Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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sábado, 8 de octubre de 2011

La Cenicienta


La transformación de la Cenicienta (Walt Disney)


Recuerda que eres el hijo de un rey (...) Recuerda tu vestido de gloria, acuérdate de tu espléndido manto, para que puedas vestirlos y engalanarte con ellos (...) Del ropaje sucio e impuro de ellos me desprendí, y lo dejé en su tierra, y busqué un camino que me llevara a la luz de nuestra tierra, Oriente. (...)
Mi vestido de gloria y el manto que lo cubría, mis padres los enviaron para mi por los tesoros que guardaban. De su esplendor me había yo olvidado, habiéndolo dejado en la casa de mi Padre cuando era un niño.

Himno de la Perla, Evangelio gnóstico de los Hechos del apóstol Tomás



Anne Baring, psicoanalista junguiana, y Jules Cashford, experta en mitología, simbolismo y folklore, hacen en el siguiente ensayo una interesante interpretación del cuento de La Cenicienta bajo una mirada psicoanalítica dentro del panorama de la tradición mitológica universal. Pertenece a la obra El mito de la diosa que publicaran conjuntamente.


La historia de la Cenicienta comienza con la imagen de Sofía. Los cuentos de hadas hablan con la sabiduría inmemorial del alma para llamar la atención sobre lo que la tradición cultural consciente ha perdido o denigrado. Relatan la historia de lo que le ha sucedido a la dimensión que falta y de lo que todavía debe ocurrir para que se restaure el equilibrio de la iconografía arquetípica. En esta historia perviven tantos elementos de culturas anteriores que es imposible decidir cuándo y dónde se originaron. Una cosa es indudable: la universalidad y la duración de su atractivo demuestra su importancia para el alma. La Cenicienta relata la historia de un único motivo que hallamos desde la mitología de la cultura de la diosa hasta en los misterios del mundo pagano, como también en la literatura sapiencial del judaísmo. Podemos seguir su rastro a través del gnosticismo y del misticismo cristiano hasta la alquimia, las leyendas del grial y los cuentos de hadas predilectos. Los místicos de las religiones judía, cristiana e islámica lo alimentaron. Es la historia del nacimiento del alma al mundo manifiesto, su pérdida de todo recuerdo acerca de su lugar de origen, su búsqueda de una comprensión de sí misma y su relación con la fuente o mundo divino del que ha emanado y al que, cuando alacanza el conocimiento absoluto de quién es, se le permite regresar.
¿Quién es el hada madrina, sino la propia Sofía, la sabiduría divina, el Espíritu santo -madre, fuente y vientre- la luz y la inteligencia que constituyen el fundamento mismo del alma? ¿Quién si no podría presidir, como madrina, la búsqueda de comprensión intuitiva, iluminación y unión por parte de su hija? Respondiendo a la petición de ayuda de la Cenicienta, da comienzo a la labor de transformación, haciendo posible su encuentro con el principe y conduciéndola a la boda real pasados los tres días lunares de prueba u oscuridad. El cuento de la Cenicienta relata la historia de la transformación del alma: de ser una esclava llorosa y manchada de hollín pasa a convertirse en novia radiante.
Existen numerosas interpretaciones posibles del cuento de la Cenicienta; sin embargo, en los primeros años del siglo XX, Harold Bayley fue el primero en concebirlo como la historia del despertar del alma y en relacionarlo con el Cantar de los cantares y con mitos sumerios, egipcios y gnósticos. En su obra, The Lost Languaje of Symbolism, siguió las huellas de la transmisión histórica de muchas historias y símbolos diferentes, cuyo núcleo es la imagen de la luz escondida en las tinieblas, una luz que debía ser rescatada y restituida a su lugar legítimo. El autor era poseedor de un conocimiento profundo de las técnicas europeas de elaboración de papel y de marcas de agua, los medios de transmisión de ideas gnósticas y alquímicas en una época de crueles persecuciones. A través de estos conocimientos, nos ofrece una imagen asombrosa de la relación entre la mitología y los cuentos de hadas que llegaron hasta diferentes centros de cultura europeos. Se habían recogido aproximadamente 345 versiones de la historia de la Cenicienta, que la Folklore Society publicó poco antes de que Bayley comenzase a escribir su obra. El autor recurrió a esta abundancia de material par demostrar la relación entre el cuento de hadas y mitos anteriores.
Con el paso de los siglos mucho se ha perdido; sólo ahora, en este siglo, pueden recuperarse los fragmentos y volverse a unir de nuevo. Es posible que la conocida Cenicienta del cuento de hadas tenga, a primera vista, muy poco que ver con el mito griego de Perséfone pidiendo a gritos la ayuda a su madre, Deméter; es posible que ha primera vista sea ajena al mito gnóstico de Sofía, la hija, que exiliada lejos de su madre, en la dimensión celestial, se lamenta. Tampoco se asocia de forma inmediata con la sulamita del Cantar de los cantares, ni con la Sekiná exiliada. Sin embargo, un cierto conocimiento de mitología sugiere que una relación entre ellas no puede ser fortuita. Los mitos más antiguos y la imagen del matrimonio sagrado, propia de la Edad del Bronce, se vislumbran en este relato y en el de la Bella Durmiente y Blancanieves, conectando al alma que sea receptiva a su carácter numinoso con esta raíces míticas.
Tanto el fuego como la luz y la luminosidad deslumbrante de la dimensión estelar son imágenes que se asociaron, a través de las eras, con el resplandor de la Sabiduría. Ésta, que es la fusión del amor y el conocimiento, o gnosis, expresa la unión entre el rey y la reina, las más altas cualidades femenina y masculina del alma. En el cuento de hadas toman forman humana en las figuras de la Cenicienta y el príncipe. El rasgo particular de la Cenicienta, esa entrega hacia cualquier cosa que se le pida que haga, se subraya en cada versión de la historia. El reconocimiento de la Cenicienta por parte del príncipe demuestra su capacidad de percepción intuitiva, como lo demuestra la tenacidad y resolución con la que emprende la búsqueda de su "verdadero"amor.
El motivo predominante en el relato de la Cenicienta es el de la transformación; el alquimista que preside la gran obra es la propia Sabiduría, que, con un toque de su varita, transforma en caballos blancos como la nieve a unos ratones, en carruaje dorado (o de cristal) una calabaza, una rata en un cochero y, por supuesto, a la propia Cenicienta en la imagen misma de la belleza, adornada con vestidos que reflejan el resplandor de las estrellas, la luna y el sol.










Unas versiones de la Cenicienta subrayan más lo arduo de la labor de transformación; así, por ejemplo, está aquel en el que la madrina derrama una gran cantidad de semillas por el suelo para que la protagonista las separe en montones. Esta escena es idéntica a aquella en la que, en el relato de Eros y Psique, a esta última le es encomendada la misma labor por Venus, su hada madrina. A la Cenicienta la ayudan palomas y gorriones a separar las semillas; estas aves, que pertenecen a la imagen de la diosa en Sumer y Egipto, también señalan al príncipe, en algunas versiones, que una novia falsa lleva el zapato destinado a la Cenicienta, cuando atraen la atención del príncipe sobre la sangre que mana de los pies heridos de las hermanas feas.
Los vestidos de la Cenicienta, su "manto de gloria", son, según las descripciones, "azules como el cielo", bordados con estrellas del firmamento, con rayos de luna, con rayos de sol, o están echos de todas las flores del mundo. A veces aparece la metáfora marina, y su vestido es "del color del mar", o "como olas del mar", o "como el mar con peces que en él nadan" y como "el color del mar cubierto con peces dorados". A veces, como Isis, está cubierta de un manto negro azabache; a veces su vestido brilla como el sol o el oro, cubierto de diamantes y perlas "de un esplendor indescriptible", y que resuena con un repicar de campanas. En su relato, la Cenicienta "resuena como una campana mientras baja las escaleras"; recuerda al sistro de la diosa Isis, y también a las campanas que repicaron al acercarse la Sekiná. Pero también recuerdan a la descripción del manto que llevaba el iniciado en el poema gnóstico titulado "Himno del manto de gloria": "Oí el sonido de su música, que murmuraba mientras descendía".
"¡Qué lindos se ven tus pies con sandalias, hija de príncipe!", exclama el novio en el Cantar de los cantares (Ct 7, 2). Las sandalias o zapatos de la Cenicienta son, según las descripciones, de cristal, de oro o de vidrio azul, o están bordados con perlas. No se habría reconocido a la Cenicienta sin su zapato de cristal, que sólo podía caber en el pie de aquella cuya posición existencial se hubiese vuelto traslúcida a la luz de la sabiduría.
La madrina de la Cenicienta le señala que debe abandonar el palacio antes de medianoche, o arriesgarse a ser devuelta a su forma anterior. ¿Cuál podría ser el significado de esto? ¿Podría ser que la medianoche marca la intersección entre las dimensiones de la eternidad y del tiempo? El no conseguir mantener el equilibrio entre ambas es arriesgarse a permanecer anclado en una de ellas, incapaz de relacionarse con o acordarse de la otra dimensión de la experiencia. Permanecer en el baile pasada la medianoche es olvidar los valores humanos y las relaciones humanas, perdiendo el contacto con la vida cotidiana. No pedir ir al baile es permanecer sometido a las limitaciones de una consciencia "caída" y fragmentada, sin acceso alguno a otro nivel de percepción.
La imagen del viaje del alma atraviesa como un hilo de oro una mitología y una literatura que abarcan cinco mil años. Primero aparece en Sumer, cuando Inanna, reina del cielo y de la tierra, se despoja de cada una de las piezas de su indumentaria en cada una de las siete puertas en su camino al reino subterráneo de su hermana Ereshkigal. Vuelve a ponérselas al ascender a la luz, tras permanecer tres días "crucificada" en las tinieblas. Como Eva, el alma es expulsada del jardín del Edén y se va al exilio, como la Sekiná "viuda" y Sofía, la hija gnóstica. La Cenicienta del cuento de hadas personifica todas estas figuras míticas anteriores, que a su vez personifican el alma humana y el trance en el que se halla la "luz" oscurecida que no tiene conocimiento de sí misma. Como en los relatos de la Bella Durmiente y de Blancanieves, el alma se despierta cuando el príncipe la besa; como novio solar y consorte de la diosa lunar, en éste se personifica el principio divino de la vida.

¿Cuál es la relevancia de la historia de la Cenicienta en la nueva era que está despuntando? La ausencia de la imagen del matrimonio sagrado entre naturaleza y espíritu, diosa y dios, ha sido notoria en la tradición judeocrisitana ortodoxa, y esto ha causado una profunda herida en el alma que debe todabía ser sanada. El cuento de hadas restablece la imagen de unión entre dos arquetipos primarios; ha sido portador, por así decirlo, para nuestra cultura, hasta que llegase el momento en que la necesidad de dicha imagen pudiese volverse consciente. El reconocimiento, por parte de la conciencia humana, de la grave situación en que se encuentra el arquetipo femenino, va en aumento; abarca la imagen del sufrimiento del alma y la ignorancia de sí misma en que ésta se ve sumida, y el sufrimiento de la tierra, de la naturaleza y del cuerpo físico que, separados del espíritu, también necesitan que se los rescate. La Cenicienta personifica estos tres aspectos del valor femenino, relegado durante tanto tiempo a la servidumbre. Aquellos que, durante siglos de persecución, sacrificaron a menudo sus vidas a la transmisión de la tradición de la sabiduría, de forma que ésta no cayese en el olvido, desvaneciéndose, han preparado la "resurección" del arquetipo femenino. Es posible que incluso uno de ellos -judío, cristiano o musulmán- fuese el primero en imaginar este cuento de hadas, sirviéndose del depósito de mitos que heredó la tradición mística de las tres culturas de su pasado sumerio, babilónico y egipcio. Esta tradición enseñaba la inmanencia de lo divino en la naturaleza y en la naturaleza humana. Declaraba la necesidad de descubrir la presencia de la radiente esencia espiritual oculta en las infinitas formas de vida y en la oscuridad de la consciencia humana no reflexiva. Cada uno de ellos habría reconocido, como hizo Harold Bayley, que Cenicienta, "la refulgente, la resplandeciente, que, sentada entre las cenizas, mantiene el fuego encendido", es "la personificación del Espíritu santo que habita, sin ser honrado, entre las brasas candentes de la divinidad del alma, latente y nunca totalmente extinguida".



Me ha parecido interesante acompañar esta interpretación del cuento de La Cenicienta con algunas notas extraídas de la introducción de Heinrich Zimmer a su obra El rey y el cadaver. Cuentos mitos y leyendas sobre la recuperación de la integridad humana.
Encuentro especialmente destacable la apreciación que hace en cuanto al deleite que produce la lectura de los cuentos y relatos míticos. De alguna forma este deleite produciría la estimulación de la actividad imaginativa y la intuición creativa, nutridas por la fuente inagotable que emana del interior de las formas simbólicas, siempre inspiradoras, transmitida por cuentos y narraciones mitológicas. El símbolo en su profundidad, nos acercaría a lo inabarcable de la abundancia del ser eterno, siendo inutil pretender acotarlo dentro de una limitada interpretación.



El diletante ante los símbolos
por

Heinrich Zimmer



Contar historias ha sido siempre, a lo largo de los tiempos, un asunto serio y, a la vez, una diversión frívola. De un año a otro, las historias se piensan, se ponen por escrito, se devoran y se olvidan. ¿Qué sucede con ellas? Apenas unas pocas sobreviven, y son aquellas que, cual semillas llevadas por el viento, vuelan a través de generaciones, dan lugar a nuevas historias y ofrecen alimento espiritual a muchos pueblos. Casi todo lo que constituye nuestra herencia literaria nos ha llegado así, desde lo hondo de épocas remotas, desde rincones lejanos y desconocidos del mundo. Cada nuevo poeta les añade algo de la sustancia de su propia imaginación, y así, alimentadas, vuelven a vivir de nuevo. Su facultad germinativa permanece eternamente viva, esperando solamente un contacto para volver a despertar. Y aunque de vez en cuando algunas variedades puedan dar la impresión de haberse extinguido, reaparecen un buen día, haciendo salir de nuevo sus característicos brotes, tan verdes y frescos como antaño.(...)
La psicología proyecta unos rayos X sobre el interior de las imágenes simbólicas de la tradición popular, sacando a la luz elementos estructurales de vital importancia que hasta entonces estaban sumidos en la oscuridad. La única dificultad es que la interpretación de las formas así reveladas no puede ser reducida a un sistema seguro y digno de confianza, pues los símbolos verdaderos tienen por naturaleza algo de ilimitable. Son inagotables en su fuerza sugestiva e instructiva, y de ahí que el hombre de ciencia, el psicólogo "científico", se sienta en un terreno muy peligroso, muy inseguro y ambiguo, desde el momento en que se aventura en el campo de la investigación del folclor. Los contenidos discernibles y aparentes de las imágenes tan ampliamente repartidas a lo largo del mundo no dejan de cambiar ante sus ojos en permutaciones incesantes, como cambian las culturas a través del mundo y en el curso de la historia. Es necesario releer perpetuamente los significados, comprenderlos continuamente de forma nueva. Esta interpretación de las metamorfosis siempre imprevisibles y sorprendentes es cualquier cosa menos un trabajo metódico bien ordenado. (...)
El cuento de hadas, la leyenda infantil (es decir, el elemento portador del mensaje), son metódicamente considerados una materia demasiado mediocre para merecer nuestro respeto y nuestra sumisión, por ser el mismo cuento y la parte de nuestra inteligencia que a él responde insuficientemente adultos. Sin embargo, a través de la mutua interacción de la inocencia exterior, la del cuento, y la inocencia interior, la de nuestro espíritu, podría ser activado el poder fertilizante del símbolo, revelando así su contenido oculto.(...)
Por estar vivas, por poseer el poder de revivir y ser capaces de ejercer una influencia eficaz, siempre renovada, indefinible y sin embargo coherente, en el plano del destino humano, las imágenes del folclor y el mito rechazan cualquier intento de sistematización. No son cadáveres, sino espíritus poseedores. Con una risa súbita y un brusco cambio de lugar se burlan del especialista que se imagina haberlas sujetado con alfileres en su cuadro sinóptico. Lo que exigen de nosotros no es el monólogo oficial de un juez de instrucción, sino el diálogo de una conversación viva.(...)
Lo que caracteriza al diletante (del italiano dilettante, participio presente del verbo dilettare, "complacerse en..." es aquel que se deleita) es el placer que encuentra en la naturaleza siempre preliminar de su reflexión, de la que sabe que nunca alcanzará su punto culminante. Pero ésa es, a fin de cuentas, la única actitud admisible ante personajes que han descendido hasta nosotros desde el fondo del pasado más lejano, sea en las monumentales epopeyas de Homero y Vyasa, sea en las maravillosas y encantadoras historias de la tradición popular. Son los eternos oráculos de la vida. Es necesario preguntarles y consultarles de nuevo en cada época, pues cada época los aborda con su particular variedad de ignorancia y comprensión, con su espécifica serie de problemas, y sus preguntas inevitables. Pues los modelos de vida que vamos a tejer nosotros, hombres de hoy, no son los mismos que los de otras épocas; los hilos que vamos a manipular y los nudos que debemos desatar difieren considerablemente de los del pasado. Las respuestas ya dadas, por consiguiente, no pueden servirnos. Es necesario consultar de nuevo directamente a las fuerzas, consultarlas y volverlas a consultar, siempre sin cesar. Nuestro deber primordial es aprender no lo que se dice que han dicho, sino cómo acercarnos a ellas, cómo arrancarles palabras frescas, y comprender esas palabras.
Con tal misión que cumplir, debemos permanecer como diletantes, nos guste o no. Sin duda, algunos de nosotros -especialistas eruditos- tengamos tendencia a preferir métodos de interpretación muy precisos, y en consecuencia limitados, admitiendo únicamente aquellos que entran en el campo de nuestra influencia y nuestra competencia. Otros intérpretes son partidarios apasionados de una u otra concepción esóterica de la tradición, persuadidos de poseer el único y verdadero hilo conductor, y tienen a su particular sistema de símbolos por el oráculo único del ser que todo lo abarca y que se basta a sí mismo. En realidad, las actitudes rígidas de este tipo no pueden sino atarnos más firmemente a lo que ya somos y sabemos, fijando nuestras miradas sobre un solo y particular aspecto de la simbolización. Ateniéndonos estrictamente a esas convicciones rigurosas, nos mantenemos ajenos a las infinitudes de la inspiración que viven en el interior de las formas simbólicas. Y de esta manera, incluso los intérpretes más metódicos no son, finalmente, más que aficionados. Ya se remitan, como científicos, a rigurosos métodos filológicos y comparativos, o ya sigan piadosamente, como iniciados, las enseñanzas secretas y oraculares de cualquier tradición que se pretenda esóterica, no dejan de estar abocados, en última instancia, a permanecer como simples principiantes, habiendo apenas superado el punto de partida en esta tarea sin fin que consiste en sondear las oscuras aguas del significado.
El deleite, por el contrario, libera en nosotros la intuición creadora, permitiéndole revivir al contacto con la fascinante escritura de los cuentos antiguos y sus personajes. A partir de ahí, sin temor a las críticas de los especialistas enamorados del método (cuya censura está inspirada, en gran medida, por una actitud de agorafobia crónica: un miedo enfermizo ante la infinitud virtual que se despliega continuamente a partir de los trazos crípticos de esa expresiva escritura en imágenes que es objeto de su atención profesional), podemos permitirnos dar libre curso a no importa qué serie de reacciones creadoras que pueda sugerirnos nuestra inteligencia imaginativa. Ciertamente, nunca llegaremos a agotar las profundidades; de eso podemos estar seguros; ni nosotros ni nadie. Pero, tomado en el hueco de la mano, un simple sorbo de las frescas aguas de la vida resulta más dulce que toda una reserva dogmática de aguas canalizadas y garantizadas.
"La abundancia se saca de la abundancia, sin embargo la abundancia permanece." Así reza una hermosísima máxima de los Upanihad de la India. En el origen de esta máxima está la referencia a la idea de que la plenitud, la totalidad de nuestro universo -inmensamente vasto, con sus miríadas de esferas turbulantes y brillantes, poblado por multitudes innumerables de seres vivos- procede de una fuente superabundante de sustancia trascendente y de energía potencial; la abundancia de este mundo es extraída de la abundancia del ser eterno y, sin embargo, puesto que la potencialidad sobrenatural no puede disminuir, poco importa la grandeza de la donación que de ella se derrama; la abundancia permanece. En realidad, todos los símbolos verdaderos, todas las imágenes míticas, se refieren, de una forma u otra, a esta idea, y están dotados de la milagrosa propiedad de la inagotabilidad. Cada vez que nuestra inteligencia bebe en esos símbolos, en esos mitos, se revela a nuestro espíritu un universo de sentido; hay ahí verdadera plenitud y, sin embargo, la plenitud permanece. Sea cual sea la lectura, sea cual sea la interpretación accesible a nuestra visión actual, no puede ser final y definitiva. No puede ser más que una ojeada preliminar, un vislumbre. Deberiamos por tanto tenerla siempre por un estímulo, por una inspiración, sin duda, pero no por una definición final que excluyera posteriores observaciones y aproximaciones diferentes. (...)
El verdadero dilettante estará siempre dispuesto a recomenzar de nuevo. Y en él enraizarán las maravillosas semillas venidas del pasado y crecerán de manera sorprendente.

Unas palabras de la artista Ana Crespo que ya dejara en otra entrada (La Visión Intelectual), manifiestan sintonía con el texto de Zimmer sobre las motivaciones y el papel del verdadero diletante-artista.

"La función del artista es ser amante y derretirse en el calor del propio fuego. La función del artista es amar la luz del Intelecto, núcleo luminoso del ser, más allá de todo deseo, deseo tentador de refugiarse en la seguridad de aquello dicho y aceptado por otros labios. La función del artista es penetrar en el bosque interior y caminar directo hacia la Fuente de donde brotan todos los Secretos, allí lavarse las manos, el rostro, el cuerpo, pero sobre todo lavarse la mirada, para descubrir aquello que necesita ser descubierto: el Secreto, el Tesoro de luz escondido en el fondo del corazón. La función del artista es abrir este Tesoro y mostrarlo al Universo y de esta manera multiplicar los dones, tomar la energía del Universo y devolverla al Universo..."



Sobre el simbolismo gnóstico de El Himno de la Perla en este blog:

http://barzaj-jan.blogspot.com/2011/03/simbolismo-gnostico.html


Otras entradas relacionadas:

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http://barzaj-jan.blogspot.com/2010/09/mundus-imaginalis.html
http://barzaj-jan.blogspot.com/2010/11/matrimonio-sagrado.html
http://barzaj-jan.blogspot.com/2010/12/la-tempestad.html


Lecturas:

Anne Baring y Jules Cashford. El mito de la diosa, Siruela 2005

Heinrich Zimmer. El rey y el cadaver. Cuentos, mitos y leyendas sobre la recuperación de la integridad humana. (compilado por Joseph Campbell) Paidós Orientalia 1999

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miércoles, 28 de septiembre de 2011

El Desfile de las Hormigas


Rueda de la vida (Pintura tibetana)




La vida es la travesía de un sueño cósmico y colectivo realizada por un sueño individual, una conciencia, un ego. La muerte extrae el sueño particular del sueño general y arranca las raíces que el primero ha hundido en el segundo. El universo es un sueño tejido de sueños.

F. Schuon


El Shaikh (Ibn 'Arabi) dice en el Fass i-Shu'aibî, que el universo consta de accidentes, pertenecientes todos a una substancia simple, que es la Realidad que subyace en todas las existencias. Este universo cambia y se renueva incesantemente a cada momento y en cada aliento. A cada instante, un universo es aniquilado y otro semejante a él toma su lugar, aunque la mayoría de los hombres no lo perciben.

Jâmî



El desfile de las Hormigas
(Mito hindú)



Indra mató al dragón, titán gigantesco que se ocultaba en las montañas en forma de nube y serpiente y retenía cautivas en su vientre las aguas del cielo. El dios arrojó un rayo al centro de sus pesados anillos, y el monstruo saltó en pedazos como un montón de juncos secos. Se liberaron las aguas, y se desparramaron en franjas sobre la tierra para correr de nuevo por el cuerpo del mundo. Este diluvio es el diluvio de la vida y pertenece a todos. Es la savia del campo y el bosque, la sangre que circula por las venas. El monstruo se había apropiado del bien común, hinchado su cuerpo egoísta y codicioso entre el cielo y la tierra; pero ahora ha muerto. Han vuelto a manar los jugos. Los titanes se han retirado al submundo; los dioses han vuelto a la cima de la montaña central de la tierra para reinar desde las alturas.
Durante el periodo de supremacía del dragón, se habían ido agrietando y desmoronando las mansiones de la excelsa ciudad de los dioses. Lo primero que hizo Indra ahora fue reconstruirla. Todas las divinidades del cielo lo aclamaron como su salvador. Llevado de su triunfo, y consciente de su fuerza, llamó a Visvakarman, dios de los oficios y de las artes, y le ordenó que erigiese un palacio digno del inigualable esplendor del rey de los dioses.
Visvakarman, genio milagroso, logró construir en un solo año una espléndida residencia, con palacios y jardines, lagos y torres. Pero a medida que avanzaba su trabajo, las demandas de Indra se volvían más exigentes y las visiones que revelaba más vastas. Pedía terrazas y pabellones adicionales, más estanques, más arboledas y parques. Cada vez que Indra se acercaba a elogiar los trabajos, daba a conocer visiones tras visiones de maravillas que aún quedaban por realizar. Así que el divino artesano, desesperado, decidió pedir auxilio arriba, y acudió a Brahma, creador demiurgo, encarnación primera del Espíritu Universal que habita muy arriba, lejos de la tumultuosa esfera olímpica de la ambición, la lucha y la gloria.
Cuando Visvakarman se presentó en secreto ante el altísimo trono y expuso su caso, Brahma consoló al solicitante.
-Pronto serás liberado de esa carga- dijo-. Vete en paz.
Acto seguido, mientras Visvakarman bajaba presuroso a la ciudad de Indra, subió Brahma a una esfera aún más alta. Se presentó ante Visnu, el Ser Supremo, de quien él mismo era mero agente. Visnu escuchó con beatífico silencio, y con un mero gesto de cabeza le hizo saber que la petición de Visvakarman sería satisfecha.
A la mañana siguiente apareció antes las puertas de Indra un jovencísimo brahman con el bastón de peregrino, y pidió al guardián que anunciase su visita al rey. El centinela corrió a avisar a su señor, y éste acudió en persona a recibir al auspicioso huésped. Era un niño delgado, de unos diez años, resplandeciente de sabiduría. Indra lo descubrió entre la multitud de chicos que miraban embelesados. El niño saludó al anfitrión con una mirada dulce de sus ojos negros y brillantes. El rey inclinó la cabeza ante el niño; le dio alegre su bendición. Se retiraron los dos al gran salón de Indra, y allí le dio ceremoniosamente la bienvenida a su invitado, con ofrendas de miel, leche y frutos. Y dijo a continuación:
-¡Oh, venerable niño, dime el objeto de tu visita!
El hermoso niño contestó con una voz que era profunda y suave como el trueno lento de las nubes prometedoras de lluvia:
-¡Oh, Rey de los dioses, he oído hablar del poderoso palacio que estás construyendo, y he venido a exponerte las preguntas que me vienen a la cabeza! ¿Cuántos años harán falta para completar esa rica e inmensa residencia? ¿Qué nuevas proezas de ingeniería se prevé que lleve a cabo Visvakarman? ¡Oh, el más Alto de los Dioses- el semblante del niño luminoso esbozó una sonrisa bondadosa, apenas perceptible-, ningún Indra anterior ha conseguido completar un palacio como el que va ser el tuyo!
Embriagado de triunfo, al rey de los dioses le divirtió la pretensión de este niño de saber sobre los Indras anteriores a él. Con una sonrisa paternal, le preguntó:
-Dime, criatura, ¿has visto tú muchos Indras y Visvakarmans...o has oído hablar siquiera de ellos?
El maravilloso huésped asintió con aplomo.
-Desde luego; he visto muchos-su voz era cálida y dulce como la leche de vaca recién ordeñada-. Hijo mío- prosiguió el niño -, yo he conocido a tu padre Kasyapa, el Anciano Tortuga, señor y progenitor de todos los seres de la Tierra. Y he conocido a tu abuelo, Marici, Rayo de Luz Celestial, hijo de Brahma. Marici fue engendrado por el espíritu puro del dios Brahma; su riqueza y su gloria fueron su santidad y su devoción. Y también conozco a Brahma, al que Visnu hace salir del cáliz del loto nacido de su ombligo. Y al propio Visnu, el Ser supremo que sostiene a Brahma en su labor creadora, lo conozco también.
“Oh, Rey de los Dioses, yo he conocido la disolución espantosa del universo. He visto perecer a todos una y otra vez, al final de cada ciclo, momento terrible en que cada átomo se disuelve en las aguas puras y primordiales de la eternidad de donde habían salido originalmente. Así, pues, todo regresa a la infinitud insondable y turbulenta del océano cubierto de absoluta negrura y vacío de todo vestigio de seres animados. Ah, ¿quién puede calcular los universos que han desaparecido y las creaciones que han surgido, una y otra vez, del abismo informe de las aguas inmensas? ¿Quién puede contar los siglos efímeros del mundo según se van sucediendo interminablemente? ¿Y quién enumerar los universos que hay en la infinita inmensidad del espacio, cada uno con su Brahma, su Visnu y su Siva? ¿Qué decir de los Indras que hay en ellos, los Indras que reinan a la vez en los innumerables mundos, los que desaparecieron antes de que éstos surgieran, y los que se suceden en cada línea, remontándose a la divina realeza, uno tras otro, y, uno tras otro despareciendo? Oh, Rey de los Dioses, hay entre tus siervos quien sostiene que es posible contar los granos de la arena que hay en la tierra y las gotas de lluvia que caen del cielo, pero que jamas pondrá nadie número a todos esos Indras. Eso es lo que saben los Sabios.
“La vida y reinado de un Indra dura setenta y un eones; y cuando han expirado veintiocho Indras, ha transcurrido un Día y una Noche de Brahma. Pero la existencia de un Brahma, medida en Días o Noches de Brahma, es sólo de ciento ocho años. Brahma sucede a Brahma; desaparece uno y surge el siguiente; no se pueden contar sus series interminables.
"Pero ¿quién puede calcular el número de universos que hay en un momento dado, cada uno albergando un Brahma y un Indra? Más allá de la visión más lejana, apretujándose en el espacio exterior, los universos vienen y se van, formando una hueste interminable. Como naves delicadas, flotan en las aguas insondables y puras que son el cuerpo de Visnu. De cada poro de ese cuerpo borbotea e irrumpe un universo. ¿Puedes tú presumir de contarlos? ¿Puedes contar los dioses de todos esos mundos, de los mundos presentes y pasados?”
Una procesión de hormigas había hecho su aparición en la sala durante el discurso del niño. En orden militar, formando una columna de cuatro metros de anchura, la tribu avanzaba por el suelo. El niño reparó en ellas; calló y se quedó observándolas; luego soltó una asombrosa carcajada, pero acto seguido se abismó en mudo y pensativo silencio.
-¿De qué te ríes?- tartamudeó Indra-. ¿Quién eres tú, ser misterioso, bajo esa engañosa apariencia de niño?- el orgulloso rey se sentía secos los labios y la garganta; su voz siguió repitiendo entrecortada-: ¿Quién eres tú, Océano de Virtudes, envuelto en bruma ilusoria? El asombroso niño prosiguió: -Me han hecho reír las hormigas. No puedo decir el motivo. No me pidas que lo desvele. Ese secreto encierra la semilla del dolor y el fruto de la sabiduría. Es el secreto que abate con una hacha el árbol de la vanidad mundana, y corta sus raíces y desmocha su copa. Ese secreto es una lámpara para los que andan a tientas a causa de la ignorancia. Ese secreto se halla enterrado en la sabiduría de los siglos y rara vez se revela siquiera a los santos. Ese secreto es el aire vital de los ascetas que renuncian a la existencia mortal y la trascienden; pero a las personas mundanas, engañadas por el deseo y el orgullo, las destruye. El niño sonrió y se quedó callado. Indra le miró, incapaz de moverse. -¡Oh, hijo de brahman- suplicó el rey a continuación, con nueva y visible humildad-, no sé quién eres! Pareces la encarnación de la Sabiduría. Revélame ese secreto de los tiempos, esa luz que disipa las tinieblas. Requerido de este modo, el niño enseñó al dios la oculta sabiduría: -He visto, oh Indra, cómo desfilan las hormigas en larga procesión. Cada una fue un Indra en otro tiempo. Al igual que tú, cada uno, en virtud de piadosas acciones pasadas, ascendió al rango de rey de los dioses. Pero ahora, tras multitud de renacimientos, cada uno se ha convertido otra vez en hormiga. Ese ejército es un ejército de antiguos Indras. La piedad y las acciones sublimes elevan a los habitantes del mundo al reino glorioso de las mansiones celestiales, o a los dominios superiores de Brahma y de Siva, y a la esfera más alta de Visnu; pero las acciones reprobables los hunden en mundos inferiores, en abismos de sufrimiento y dolor que implican la reencarnación en pájaros o sabandijas, y se convierte en esclavo o en señor. Por sus acciones alcanza uno el rango de rey o de brahman, o de algún dios, o de un Indra o un Brahma. Y merced a sus acciones, además contrae enfermedades, adquiere belleza o deformidad, o vuelve a nacer en la condición de monstruo. "Esa es la sustancia del secreto. Esa es la sabiduría que, surcando el océano del infierno, conduce a la beatitud. "La vida en el ciclo de los innumerables renacimientos es como la visión de un sueño. Los dioses de las alturas, los árboles mudos y las piedras, son otras tantas apariciones de esta fantasía. Pero la Muerte administra la ley del tiempo. A las órdenes del tiempo, la Muerte es señora de todos. Perecederos como burbujas son los seres buenos y los seres malos de ese sueño. El bien y el mal se alternan en ciclos interminables. De ahí que los sabios no se aten al bien ni al mal. Los sabios no se atan a nada en absoluto. El niño concluyó la lección sobrecogedora y miró a su anfitrión en silencio. El rey de los dioses, a pesar de su esplendor celestial, se había reducido ante sí mismo a la insignificancia. (...)



Algunas notas de Heinrich Zimmer sobre el relato:

El maravilloso relato del desfile de las Hormigas nos abre una perspectiva de espacio desconocida, y late con un pulso de tiempo extraño para nosotros. Dentro de una tradición y una civivlización dadas, las nociones de espacio y tiempo se dan normalmente por supuestas. Rara vez se discute o se cuestiona su validez; ni siquiera por parte de quienes discrepan de manera radical en temas sociales, políticos o morales. Parece que son inevitables, anodinas, insignificantes; porque nos movemos en ellas como peces en el agua. Nos hallamos inmersos en ellas y atrapados por ellas, ignorantes de su peculiar carácter porque nuestro conocimiento no va más allá de ella. De ahí que al principio las nociones indias de espacio y tiempo nos parezcan a los occidentales erróneas y extravagantes. Los fundamentos de la visión occidental están tan cerca de nuestros ojos que escapan a nuestra crítica. Pertenecen a la estructura de nuestra experiencia y nuestras reacciones. Así que nos sentimos inclinados a considerarlas básicas para la experiencia humana en general, y forman parte integrante de la realidad.
La asombrosa historia de la reeducación del orgulloso y afortunado Indra juega con una visión de ciclos cósmicos -eones sucediéndose en la infinitud del tiempo, eones coetáneos en las infinitudes del espacio- que apenas tendrían cabida en el pensamiento sociológico y político de Occidente. En la India "intemporal", estas inmensas diástoles proporcionan el ritmo vital de todo el pensamiento. La rueda del nacimiento y la muerte, el ciclo de la emanación, fruición, disolución y reemanación, es lugar común del lenguaje popular a la vez que tema fundamental de la filosofía , del mito y el símbolo, de la religión, de la política y del arte. Se aplica no sólo a la vida del individuo, sino a la historia de la sociedad y al curso del cosmos. Cada momento de la existencia es medido y juzgado sobre el telón de fondo de este pleroma.


Según las mitologías del hinduismo, cada ciclo del mundo está subdividido en cuatro yuga o edades del mundo. Éstos son comparables a las cuatro edades de la tradición grecorromana y, como ésta, declinan en excelencia moral según avanza la rueda. Las edades clásicas tomaron nombre de los metales: Oro, Plata, Bronce y Hierro; las del hinduismo, de los cuatro lances del juego indio de los dados: Krta, Treta, Dvapara y Kali. En ambos casos las denominaciones sugieren las virtudes relativas a los periodos, a medida que se suceden unas a otras en lenta e irreversible procesión.(...)
Olvidamos con facilidad que nuestra idea estrictamente lineal y evolutiva del tiempo (evidentemente establecida por la geología, la paleontología y la historia de la civilización) es característica del hombre moderno. Ni siquiera la compartieron los griegos de los tiempos de Platón y Aristóteles, que están mucho más cerca de nuestra forma de pensar y sentir de nuestra tradición actual que los hindúes. En realidad, parece que fue san Agustín el primero en concebir esta moderna idea del tiempo. Su concepción se fue instaurando gradualmente en oposición a la noción antigua vigente.
La Agustinian Society ha publicado un trabajo de Erich Frank donde se señala que tanto Platón como Aristóteles creían que cada arte cada ciencia habían llegado a su apogeo y desaparecido muchas veces. "Estos folósofos", escribe Frank, "creían que incluso sus propias ideas eran sólo el redescubrimiento de pensamientos conocidos por filósofos de periodos anteriores". Esta creencia coincide exactamente con la tradición india de una filosofía perenne, una sabiduría eterna revelada una y otra vez, restablecida, perdida y vuelta a restablecer a lo largo de los ciclos de las edades. "La vida humana", afirma Frank, "no era para Agustín un mero proceso de la naturaleza. Era un fenómeno único, irrepetible; tenía una historia individual en la que todo cuanto sucedía era nuevo y jamás había acontecido antes. Tal concepción de la historia era desconocida para los filósofos griegos. Los griegos tenían grandes historiadores que investigaban y consignaban la historia de su tiempo; pero... la historia del universo la consideraban un proceso natural en el que todo se repetía en ciclos periódicos, de manera que no ocurría nada realmente nuevo". Ésta es precisamente la idea de tiempo que subyace en la mitología y la vida hindúes. El paso periódico de la evolución a la disolución en la historia del universo se concibe como un proceso biológico gradual e inexorable de deterioro, corrupción y desintegración. Sólo después de haber abocado todo en la aniquilación total y haberse reincubado en la infinitud de la noche cósmica intemporal reaparece el universo perfecto, prístino, hermoso y renacido. Tras lo cual, inmediatamente, con el primer latido del tiempo, comienza otra vez el proceso irreversible. La perfección de la vida, la capacidad humana para aprehender y asimilar ideales de la más alta santidad y de pureza desinteresada -en otras palabras, la cualidad o energía divina del dharma-, está en continua declinación. Y durante el proceso tienen lugar las historias más extrañas, aunque nada que no haya acontecido antes muchas, muchísimas veces, en el interminable girar de los eones. (...)


Nuestra noción de las largas eras geológicas que precedieron a la población humana del planeta y prometen sucederla, y nuestras cifras astronómicas para la descripción del espacio exterior y los pasos de las estrellas, pueden habernos preparado en cierta medida para concebir las dimensiones matemáticas de la visión; pero apenas alcanzamos a intuir su relación con una filosofía práctica de la vida.Así que fue una gran experiencia para mí cuando, leyendo uno de los puranas, topé con el mito brillante y anónimo que he contado al principio del capítulo. De repente, las tandas de números vacíos se llenaron de vida dinámica. Se revelaron repletas de valor filosófico y de significación simbólica. Tan vívida fue la explicación, tan poderoso el impacto, que no necesité disecar la historia para extraer su significado. Era fácil entender la lección.Los dos grandes dioses, Visnu y Siva, instruyen sobre el mito a los oyentes humanos mediante la enseñanza de Indra, rey de los olímpicos. El niño prodigioso que resuelve los enigmas y derrama sabiduría con sus labios infantiles es una figura arquetípica corriente en los cuentos maravillosos de todas épocas y de muchas tradiciones. Es una versión del Niño Héroe que descifra el enigma de la Esfinge y libra al mundo de los monstruos. Es igualmente la figura arquetípica el Anciano Sabio, ajeno a la ambición y a las ilusiones del ego, atesorando e impartiendo la sabiduría que hace libres, destruyendo la esclavitud de los bienes materiales, la esclavitud del sufrimiento y el deseo.
Pero la sabiduría que se enseña en este mito habría sido incompleta si la última palabra hubiese sido la de la infinitud del espacio y el tiempo. La visión de innumerables universos surgiendo a la existencia unos junto a otros, y la lección de la serie interminable de Indras y Brahmas, habrían anulado todo el valor de la existencia individual. Este mito establece un equilibrio entre esa visión ilimitada y sobrecogedora y el problema opuesto del papel limitado del individuo efímero. Brhaspati, sumo sacerdote y guía espiritual de los dioses, encarnación de la sabiduría hindú, enseña a Indra (es decir, a nosotros, los individuos confusos) cómo dar a cada esfera lo que le corresponde. Se nos enseña a reconocer la esfera divina, impersonal de la eternidad, girando siempre y eternamente a través del tiempo. Pero se nos enseña también a estimar la esfera transitoria de los deberes y los placeres de la existencia individual, que es tan real y vital para el ser humano como un sueño para el alma durmiente.


Hee Sung Lee, La rueda de la vida. Oleo sobre papel 2004


Lecturas:

Heinrich Zimmer, Mitos y símbolos de la India. Siruela 1995

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lunes, 19 de septiembre de 2011

"Amores Perros"


Mir Tuni, Dama dando de beber a un perro. Pintura sobre papel.
Isfahan s. XVII



Llámame perro, ¡oh Amada mía!, y no me eches de Tu umbral,
que un solo hueso me basta viviendo en Tu vecindad.
Si en Tu vecindad encuentro un simple hueso,
un gran festín ofreceré al ave de la fortuna.

Farid ad-Din ATTAR


Recojo en esta entrada, algunas anotaciones a partir de la lectura del libro El perro y los sufíes, en el que el Dr. Javad Nurbakhsh recopila y comenta pasajes extraídos de la literatura clásica del sufismo amoroso persa, muchos con un gran sentido alegórico que servían para difundir las enseñanzas entre los discípulos.

El perro ha sido considerado tradicionalmente como un ser impuro tanto en el Islam como en otras religiones semíticas. Despreciados por la mayoría de la gente, sólo los adiestrados en la caza y el pastoreo gozaban de algo de respeto aunque siempre bajo la condición de esclavitud. Los vagabundos y callejeros eran los peor tratados. Ostentaban los peores atributos de fealdad y bestialidad, y llamar a alguien perro era el peor de los insultos. Dentro del Islam, los sufíes de influencia persa fueron los primeros en reaccionar contra esa visión injusta hacia el perro, descubriendo en él virtudes de las que muchos seres humanos carecían, encontrando en la fidelidad y sumisión a su amo, la imagen metafórica por la que el iniciado en la Senda se identificaba en su entrega al Amado, a la divinidad. Se ha de tener en cuenta que para los persas practicantes de religiones arias anteriores a la invasión islámica, el perro era considerado animal casi sagrado. Compusieron versos y relatos en los que mostraban amor hacia el perro siendo objeto de caricias y respeto. Unos de los más divulgados fueron los dedicados al perro guardián de la casa de Laila, amada de Majnum, protagonistas de la historia de amor más bella de la literatura persa, interpretada por los sufies como los desvelos por el amor divino. En esta versión procedente del Masnavi de Rûmî, se hace también referencia a un aspecto de suma importancia dentro de las enseñanzas de esta tradición, el no dejarse cegar por las realidades exteriores:

Una vez Majnum fue visto acariciando y besando a un perro, dando vueltas con gran reverencia y humildad alrededor de él, como un peregrino que gira alrededor de la Kaaba. Besaba la cabeza, las patas y el ombligo del animal y le ofrecía una ambrosía más dulce que la miel.
Un ocioso hablador que pasaba por allí vio a Majnúm y le dijo en tono crítico: "Oh tú, inmaduro Majnúm!, ¿acas te has vuelto loco? ¡Qué insensatez es esa de adorar y besar a un animal tan impuro como ese, que se alimenta de toda clase de basuras y se limpia con la lengua!".
El hombre seguía enumerando pródigamente los defectos del perro, sin saber que quien se fija en los defectos externos de las cosas es incapaz de contemplar su realidad interior.
Majnum le contestó: "Viajero, tú eres totalmente prisionero de la forma y el aspecto externo. ¡Entra en mis ojos y mira a través de ellos!, porque éste perro es un talismán sellado por el Señor y es el guardián de la morada de mi amada Laila. ¡Contempla cuán puro es su corazón y cuán elevada su sabiduría que ha elegido este sublime lugar para morar! Es un animal de semblante bendito, el perro de mi cueva, que comparte mi pena y mi aflicción. El polvo de las garras de un perro que mora en la vecindad de mi amada es más valioso que los leones poderosos. No cambiaría un solo pelo de este perro de la morada de mi amada por cientos de leones. ¡Oh amigo!, ¿cómo puedo hablarte de mi amada, de quien los leones no son sino simples esclavos de los perros de su vecindad? Así que, ¡déjame y sigue tu camino!"
¡Oh amigos!, si vais más allá de la forma, es el Paraíso y rosaledas dentro de rosaledas. (Sólo) cuando logras quebrantar y anonadar tu propia forma podrás quebrar (ir más allá) de todas las formas.

Se escribieron poemas donde el sufí se considera igual o incluso inferior al perro ejemplificando el estado de pobreza espiritual, vaciamiento necesario para la Unión con el Amado. Este de Yami es muy ilustrativo:

¡Oh Tú!, hacia quien todas las criaturas
vuelven el rostro de la necesidad.
¡Oh Tú!, que diriges la mirada de Tu gracia hacia todos.
Los enamorados se desviven por Tu amor.
Con ardor en sus corazones, Te desean.
La pena de Tu amor es su único compañero.
La quemadura de Tu amor, el bálsamo de sus penas.
En Tu adoración, se han liberado de sí mismos.
En Tu servidumbre, han encontrado el verdadero señorío.
Vestidos con el manto de la pobreza y el anonadamiento,
se esfuerzan en la Senda de la sinceridad y la pureza.
Orgullosos por llevar dogal como Tus perros,
recorren velozmente el camino de la felicidad.
También yo (Yami), el más pequeño de Tus siervos,
sigo como ellos la tradición de la lealtad (hacia Ti)
He caído en el lazo de Tu amor,
¡no me prives de la marca de Tus perros!
He cerrado mis ojos al banquete de la riqueza (material),
¡arroja un hueso de pobreza espiritual ante mi!
¡Regálame con la paciencia en la pobreza y el anonadamiento!,
¡hazme dulce la amargura de la espera (de Tu Unión)!


Detalle de miniatura persa inspirada en la Sura coránica de La Caverna, donde un perro forma parte del grupo de compañeros elegidos por Dios


En el siguiente relato de Farid ad-Din Attar, el perro protagoniza una escena alegórica cuya meditación será reveladora para decidirse a iniciar el camino de la Senda.

Una vez alguien preguntó a Shebli sobre quién le había guiado por primera vez en la Senda de Dios, y respondió: "Vi a un perro sediento al borde de un camino. Había allí un charco tal que, cada vez que el animal se acercaba a él, veía su propia imagen y se alejaba con horror, pensando que dentro había otro perro. El miedo al otro animal le imposibilitaba beber el agua. Finalmente, se desesperó tanto que no pudo contener su sed por más tiempo y se lanzó a beber, lo que hizo que el otro perro, que no era más que su propia imagen reflejada en el agua, desapareciera. Cuando (la imagen de) él mismo se borró de sus ojos, quedó claro que él era su propio velo. Esto me enseñó que yo era mi propio velo (entre yo y Dios). Por tanto, me anonadé en el Amado y alcancé la Unión. Así que un perro fue mi primer maestro en la Senda".
¡Oh enamorado!, levanta tú también el obstáculo de tus propios ojos, porque tú eres tu propio velo. Apártate de en medio. Si hay un solo pelo de tu yo en la Senda, se convertirá en su propia cadena. Habría sido una dicha par ti, ¡oh hombre débil!, si te hubieran llevado directamente desde la cuna al ataúd. El honor que Dios concedió a Moisés fue que había cambiado la cuna por un ataúd (una cesta). Si anhelas que la presencia de Dios sea continua para ti, abandona tu yo completamente. No vengas (a Su presencia) con tu propio yo, aléjate de ti mismo, porque esta no-existencia del yo es "Luz sobre luz".

Aquí la imagen reflejada en el charco simboliza el ego, lo que se interpone en el viaje espiritual. También en muchos escritos los maestros sufíes se refieren al ego (nafs) -considerado el alma inferior o cualidad negativa del yo dominante- como al perro que ha de ser dominado, condición indispensable para progresar en la Senda del amor. Estos otros versos de Farid ad-Din Attar son explícitos al respecto:

Has caído bajo por tu nafs perruno,
ahogado en impureza y defectos.

Aquel perro del infierno del que has oído hablar,

oculto está en ti, y tú, inconsciente de él, descansas.

Este perro del infierno que se alimenta del fuego,

que devora todo cuanto le das,

es el perro de tu nafs, de tu yoidad (soberbia), que mañana,

por su enemistad hacia ti, te hará emerger en el infierno.
Este nafs es tu enemigo, es un perro rabioso, y aún peor.
¿Hasta cuando seguirás alimentándolo? ¡Oh ignorante!


Dentro de la utilización del perro como imagen de los aspecto negativos que el ser humano alberga, dejo unos últimos versos de Rûmî que dan testimonio de una realidad que se muestra en circunstancias, que, lamentablemente, son propiciadas de forma continua en un mundo que fomenta la competitividad y el acúmulo material, teniendo como resultado la avaricia y depredación tan extendida.

Los deseos son como perros dormidos,
el bien y el mal están en ellos.
Cuando ven un cadaver,
entonces, la llamada de la avaricia les despierta.
Cuando un burro cae muerto en un barrio,
son despertados por él cien perros dormidos.
Cada pelo en cada perro se transforma en un colmillo,
menean la cola para conseguir su objetivo.
En nuestro cuerpo están dormidos cien perros tales.
Cuando no tienen presa, permanecen ocultos.



Lecturas:

Dr. Javad Nurbakhsh, El perro y los sufíes. Editorial Nur 2011


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jueves, 8 de septiembre de 2011

Cuento sin fin


M. C. Escher, Encuentro. Litografía 1937.


En el cuento de Salvador Elizondo La Historia según Pao Cheng que dejo en esta entrada, aparece el tema del soñador que es soñado, tratado también por Borges en su relato Las ruinas Circulares y anteriormente por Unamuno en Niebla. Aquí el personaje Pao Cheng viajará con la imaginación para encontrarse con el que escribe sobre él, creándose en ese encuentro el dilema de quién imagina o sueña a quién, apareciendo, al igual que cuando se enfrenta un espejo a otro, la posibilidad de la repetición infinita. Esta posibilidad se refuerza por la visión del tiempo circular en la que se desarrolla el cuento. En el tiempo circular todas la cosas se repiten de forma cíclica y sin fin.
Nada mejor para ilustrar el cuento que algunos de los grabados y litografías de Maurits Cornelis Escher (1898-1972), artista que de forma intuituva plasmó en su obra una mirada dirigida al infinito. En éste otro encuentro, ¿ el cuento de Elizondo se refleja en la obra de Escher, o es la obra de Escher que se refleja en el cuento de Elizondo?
Precederá al texto unos versos de Octavio Paz de inspiración taoísta donde se encuentra la misma paradoja a la vez que parecen entretejer un puente por donde el alma individual y el Alma Universal se unen.



M. C. Escher, Metamorfosis I. En este grabado de 1937 se muestra la transformación paulatina de una pequeña ciudad primero en exaedros para acabar en el diseño de un muñeco chino.



La mariposa volaba entre los autos
Maria José me dijo: ha de ser Chuang Tzu,

de paso por New York.
Pero la mariposa

no sabía que era una mariposa

que soñaba ser Chuang Tzu

o Chuang Tzu

que soñaba ser una mariposa.

La mariposa no dudaba:
volaba.

Octavio Paz


La historia según Pao Cheng
por

Salvador Elizondo


En un día de verano, hace más de tres mil quinientos años, el filósofo Pao Cheng se sentó a la orilla de un arroyo a adivinar su destino en el caparazón de una tortuga. El calor y el murmullo del agua pronto hicieron, sin embargo, vagar sus pensamientos y olvidándose poco a poco de las manchas del carey, Pao Cheng comenzó a inferir la historia del mundo a partir de ese momento. “Como las ondas de este arroyuelo, así corre el tiempo. Este pequeño cauce crece conforme fluye, pronto se convierte en un caudal hasta que desemboca en el mar, cruza el océano, asciende en forma de vapor hacia las nubes, vuelve a caer sobre la montaña con la lluvia y baja, finalmente, otra vez convertido en el mismo arroyo…” Este era, más o menos, el curso de su pensamiento y así, después de haber intuido la redondez de la tierra, su movimiento en torno al sol, la traslación de los demás astros y la propia rotación de la galaxia y del mundo, “¡Bah! –exclamó- este modo de pensar me aleja de la Tierra de Han y de sus hombres que son el centro inamovible y el eje en torno al que giran todas la humanidades que en él habitan…” Y pensando nuevamente en el hombre, Pao Cheng pensó en la Historia. Desentrañó, como si estuvieran escritos en el caparazón de la tortuga, los grandes acontecimientos futuros, las guerras, las migraciones, las pestes y las epopeyas de todos los pueblos a lo largo de varios milenios. Ante los ojos de su imaginación caían las grandes naciones y nacían las pequeñas que después se hacían grandes y poderosas antes de ser abatidas a su vez. Surgieron también todas las razas y las ciudades habitadas por ellas que se alzaban un instante majestuosas y luego caían por tierra para confundirse con la ruina y la escoria de innumerables generaciones. Una de estas ciudades entre todas las que existían en ese futuro imaginado por Pao Cheng llamó poderosamente su atención y su divagación se hizo más precisa en cuanto a los detalles que la componían, como si en ella estuviera encerrado un enigma relacionado con su persona. Aguzó su mirada interior y trató de penetrar en los resquicios de esa topografía increada. La fuerza de su imaginación era tal que se sentía caminar por sus calles, levantando la vista azorado ante la grandeza de las construcciones y la belleza de los monumentos. Largo rato paseó Pao Cheng por aquella ciudad mezclándose a los hombres ataviados con extrañas vestiduras y que hablaban una lengua lentísima, incomprensible, hasta que pronto se detuvo ante una casa en cuya fachada parecían estar inscritos los signos indescifrables de un misterio que lo atraía irresistiblemente. A través de una de las ventanas pudo vislumbrar a un hombre que estaba escribiendo. En ese mismo momento Pao Cheng sintió que allí se dirimía una cuestión que lo atañía íntimamente. Cerró los ojos y acariciándose la frente perlada de sudor con las puntas de sus dedos alargados trató de penetrar, con el pensamiento, en el interior de la habitación en la que el hombre estaba escribiendo. Se elevó volando del pavimento y su imaginación traspuso el reborde de la ventana que estaba abierta y por la que se colaba una ráfaga fresca que hacía temblar las cuartillas, cubiertas de incomprensibles caracteres, que yacían sobre la mesa. Pao Cheng se acercó cautelosamente al hombre y miró por encima de sus hombros, conteniendo la respiración para que éste no notara su presencia. El hombre no lo hubiera notado pues parecía absorto en su tarea de cubrir aquellas hojas de papel con esos signos cuyo contenido todavía escapaba al entendimiento de Pao Cheng. De vez en cuando el hombre se detenía, miraba pensativo por la ventana, aspiraba un pequeño cilindro blanco y arrojaba una bocanada de humo azulado por la boca y por las narices; luego volvía a escribir. Pao Cheng miró las cuartillas terminadas que yacían en desorden sobre un extremo de la mesa y conforme pudo ir descifrando el significado de las palabras que estaban escritas en ellas, su rostro se fue nublando y un escalofrío de terror cruzó, como la reptación de una serpiente venenosa, el fondo de su cuerpo. ”Este hombre está escribiendo un cuento”, se dijo. Pao Cheng volvió a leer las palabras escritas sobre las cuartillas. “El cuento se llama La Historia según Pao Cheng y trata de un filósofo de la antigüedad que un día se sentó a la orilla de un arroyo y se puso a pensar en… ¡Luego yo soy un recuerdo de ese hombre y si ese hombre me olvida moriré…!”El hombre, no bien había escrito sobre el papel las palabras “…si ese hombre me olvida moriré”, se detuvo, volvió a aspirar el cigarrillo y mientras dejaba escapar el humo por la boca, su mirada se ensombreció como si ante él cruzara una nube cargada de lluvia. Comprendió, en ese momento, que se había condenado a sí mismo, para toda la eternidad, a seguir escribiendo la historia de Pao Cheng, pues si su personaje era olvidado y moría, él que no era más que un pensamiento de Pao Cheng, también desaparecería.

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Nudo infinito tibetano

El nudo infinito o eterno es un símbolo del budismo tibetano. Se ha interpretado como imagen representativa de la interrelación del Camino Espiritual, el flujo del tiempo y del movimiento dentro de Eso que es Eterno. Toda existencia está vinculada con el tiempo y el cambio, para finalmente reunirse con lo Divino, lo Eterno, Buda, la Mente de Dios. (Wikipedia)




Más obras de M. C. Escher:

http://eschersite.com/EscherSite/MC_Escher_Art_Gallery.html


Lecturas:

Salvador Elizondo, Narda o el verano. Fondo de Cultura Económica. México 2007
Bruno Ernst, El espejo mágico de M. C. Escher. Taschen 2007

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martes, 30 de agosto de 2011

"Inteligencia Libre"


Si las puertas de la percepción
quedaran depuradas,

todo se habría de mostrar al hombre
tal cual es: infinito.

William Blake


La expresión Inteligencia Libre es formulada por Aldous Huxley recordando una interesante teoría del filósofo Henri Bergson en relación con la memoria y la percepción de los sentidos. Según esa teoría a medio camino entre la ciencia y la metafísica, en el hombre estaría contenido de forma latente el recuerdo de todo cuanto le ha sucedido, al mismo tiempo que tendría la capacidad de percibir en todo momento lo que ha sucedido y está sucediendo en cualquier parte del universo. Los sentidos junto al cerebro actuarían como una válvula que limitaría el flujo de esa "infinita percepción", con la finalidad de preservar nuestra condición biológica-animal. Huxley la expondrá dentro de su ensayo "Las puertas de la percepción", cuyo título fue inspirado por los conocidos versos de William Blake que aparecen como epígrafe en esta entrada. En ese ensayo, el autor narra su experimentación con la mescalina, el alcaloide psicoactivo del peyote, y que según él, actuó como medio para ampliar la apertura de la ya comentada válvula . Más adelante dejo un fragmento. Esta obra tuvo una gran influencia en el movimento contracultural de los años 60, en la llamada generación Beatnik y la moda Hippie, despertando interés por explorar los estados alterados de conciencia. Dentro de estas corrientes surgió el llamado Arte Psicodélico, en el que se intenta reflejar la experiencia inducida por drogas como el LSD, las conocidas como sustancias psicodélicas, o la influencia estética derivada de ellas. Acompañan esta entrada algunas imágenes representativas de ese arte. Psicodelia es la adaptación del ingles psychedelia, neologismo formado a partir de las palabras griegas psyché, "alma" y délomai, "manifestar". En una carta dirigida a Aldous Huxley, el científico Humphry Osmond acuñó la palabra psychedelic, que se puede traducir como "que hace manifestarse al alma".


Las puertas de la percepción (frag.)
por
Aldous Huxley





(...) Media hora después de tomada la droga advertí una lenta danza de luces doradas. Poco después hubo sinuosas superficies rojas que se hinchaban y expandían desde vibrantes nódulos de energía, unos nódulos vibrantes, con una vida ordenada, continuamente cambiante. En otro momento, cuando cerré los ojos, se me reveló un complejo de estructuras grises, dentro del que surgían esferas azuladas que iban adquiriendo intensa solidez y, una vez completamente surgidas, ascendían sin ruido hasta perderse de vista. Pero en ningún momento hubo rostros o formas de hombres o animales. No vi paisajes, ni espacios enormes, ni aparición y metamorfosis mágicas de edificios, ni nada que se pareciera ni remotamente a un drama o una parábola. El otro mundo al que la mescalina me daba entrada no era el mundo de las visiones; existía allí mismo, en lo que podía ver con los ojos abiertos. El gran cambio se producía en el campo objetivo.
Tomé la píldora a las once. Hora y medía después estaba sentado en mi estudio, con la mirada fija en un florerito de cristal. Este florero contenía únicamente tres flores: una rosa Bella de Portugal completamente abierta, de un rosado de concha, pero mostrando en la base de cada pétalo un matiz más cálido y vivo; un gran clavel de color magenta y crema; y, pálida púrpura en el extremo de su tallo roto, la audaz floración heráldica de un iris. Fortuito y provisional, el ramillete infringía todas las normas del buen gusto tradicional. Aquella misma mañana, a la hora del desayuno, me había llamado la atención la viva disonancia de los colores. Pero no se trataba ya de esto. No contemplaba ahora unas flores dispuestas del modo desusado. Estaba contemplando lo que Adán había contemplado la mañana de su creación: el milagro, momento por momento, de la existencia desnuda.
-¿Es agradable?- preguntó alguien. Durante esta parte del experimento se registraban todas las conversaciones en un dictáfono y esto me ha permitido refrescar mi memoria.
-Ni agradable ni desagradable -contesté-. Simplemente, es.
Istigkeit... ¿No era esta la palabra que agradaba a Meister Eckhart? "Ser-encía". El ser de la filosofía platónica, salvo que Platón parece haber cometido el enorme y absurdo error de separarlo del devenir e identificarlo con la abstracción matemática de la Idea. El pobre hombre no hubiera podido ver nunca un ramillete de flores brillando con su propia luz interior... nunca hubiera podido percibir que lo que la rosa, el iris y el clavel significaban tan intensamente era nada más, y nada menos, que lo que eran, una transitoriedad que era sin embargo vida eterna, un perpetuo perecimiento que era al mismo tiempo puro Ser, un puñado de particularidades insignificantes y únicas en las que cabía ver, por una indecible y sin embargo evidente paradoja, la divina fuente de toda existencia.
Continué en contemplación de las flores y, en su luz viva, creí advertir el equivalente cualitativo de la respiración, pero de una respiración sin retorno al punto de partida, sin reflujos recurrentes, con sólo un reiterado discurrir de una belleza a una belleza mayor, de un hondo significado a otro todavía más hondo. Me vinieron a la mente palabras como Gracia y Transfiguración y esto era, desde luego, lo que las flores, entre otras cosas, sostenían. Mi vista pasó de la rosa al clavel y de esta plúmea incandescencia a las suaves volutas de amatista sentimental que era el iris. La Visión Beatífica, Sat Chit Anada, Ser-Conocimiento-Bienaventuranza... Por primera vez comprendí, no al nivel de las palabras, no por indicaciones incoadas o a lo lejos, sino precisa y completamente, a qué hacían referencia estas prodigiosas sílabas. Y luego recordé un pasaje que había leído en uno de los ensayos de Suzuki: "¿Qué es el Dharma-Cuerpo del Buda?" (El Dharma-Cuerpo del Buda es otro modo de decir Inteligencia, Identidad, el Vacío, la Divinidad). Quien formula la pregunta es un fervoroso y perplejo novicio en un monasterio Zen. Y con la rápida incoherencia de uno de los Hermanos Marx, el Maestro contesta: "El seto al fondo del jardín." El novicio, en la incertidumbre, indaga: "Y el hombre que comprende esta verdad ¿qué es, puede decírmelo?" "Groucho" le da un golpecito en el hombro con el báculo y contesta: "Un león de dorado pelaje."
Cuando lo leí, no fue para ni más que desatino con algo dentro, vagamente presentido. Ahora, todo era claro como el día, evidente como Euclides. Desde luego, el Dharma-Cuerpo del Buda era el seto al fondo del jardín. Al mismo tiempo y de modo no menos evidente, era estas flores y cualquier otra cosa en que Yo -o mejor dicho, el bienaventurado No-Yo, liberado por un momento de mi asfixiante abrazo- quisiera fijar mi vista. Los libros, por ejemplo, que cubrían las paredes de mi estudio. Como las flores, brillaban cuando los miraba, con colores más vivos, con un significado más profundo. Había allí libros rojos como rubíes, libros esmeralda, libros encuadernados en blanco jade; libros de ágata, de aguamarina, de amarillo topacio; libros de lapislázuli de color tan intenso, tan intrínsecamente significativos, que parecían estar a punto de abandonar los anaqueles para lanzarse más insistentemente a mi atención. -¿Qué me dice de las relaciones espaciales? -indagó el investigador, mientras yo miraba a los libros.
Era difícil la contestación. Verdad era que la perspectiva parecía rara y que se hubiera dicho que las paredes de la habitación no se encontraban ya en ángulos rectos. Pero esto no era lo importante. Lo verdaderamente importante era que las relaciones espaciales habían dejado de importar mucho y que mi mente estaba percibiendo el mundo en términos que no eran los de las categorías espaciales. En tiempos ordinarios, el ojo se dedica a problemas como: ¿Dónde?, ¿A qué distancia? ¿Cuál es la situación respecto a tal o cual cosa? En la experiencia de la mescalina, las preguntas implícitas a las que el ojo responde son de otro orden. El lugar y la distancia dejan de tener mucho interés. La mente no tiene su percepción en función de la intensidad de la existencia, de la profundidad del significado, de relaciones dentro de un sistema. Veía los libros, pero no estaba interesado en las posiciones que ocupaban en el espacio. Lo que advertía, lo que se grababa en mi mente, ya que todos ellos brillaban con una luz viva y que la gloria era en algunos de ellos más manifiesta que en otros. En relación con esto la posición y las tres dimensiones quedaban al margen. Ello no significaba, desde luego, la abolición de la categoría de espacio. Cuando me levanté y caminé pude hacerlo con absoluta normalidad, sin equivocarme en cuanto al paradero de los objetos El espacio seguía allí. Pero había perdido su predominio. La mente se interesaba primordialmente no en las medidas y las colocaciones, sino en el ser y el significado. Y junto a la indiferencia por el espacio, había una indiferencia igualmente completa por el tiempo. -Se diría que hay tiempo de sobra. -Era todo lo que contestaba cuando el investigador me pedía que le dijera lo que yo sentía a cerca del tiempo.
Había mucho tiempo, pero no importaba saber exactamente cuánto. Hubiera podido, desde luego, recurrir a mi reloj, pero mi reloj, yo lo sabía, estaba en otro universo. Mi experiencia real había sido, y era todavía, la de una duración indefinida o, alternativamente, de un perpetuo presente formado por un apocalipsis en continuo cambio.
El investigador hizo que mi atención pasara de los libros a los muebles. Había en el centro de la habitación una mesita de máquina de escribir; más allá, desde mi punto de vista, habla una silla de mimbre y, más allá todavía, una mesa. Los tres muebles formaban un complicado dibujo de horizontales, verticales y diagonales, un dibujo que resultaba más interesante por el hecho mismo de que no era interpretado en función de relaciones espaciales. Mesita, silla y mesa se unían en una composición que parecía alguna pintura de Braque o Juan Gris, una naturaleza muerta que, según se advertía, se relacionaba con el mundo objetivo; pero expresándolo sin profundidad y sin ningún afán de realismo fotográfico. Yo miraba mis muebles, no como el utilitario que ha de sentarse en sillas y escribir o trabajar en mesas, no como el operador cinematográfico o el observador científico, sino como el puro esteta que sólo se interesaba en las formas y en sus relaciones con el campo de la visión o el espacio del cuadrado. Pero, mientras miraba, esta vista puramente estética de cubista fue reemplazada por lo que sólo se puede describir como "la visión sacramental de la realidad". Estaba de regreso donde había estado al mirar las flores, de regreso en el mundo donde todo brillaba con la luz interior y que era infinito en su significado. Las patas de la silla, por ejemplo, ¡Que maravillosamente tubulares eran, que sobrenaturalmente pulidas!. Pasé varios minutos - ¿o fueron siglos?-, no en mera contemplación de estas patas de bambú, sino realmente siendo ellas o, mejor dicho, siendo yo mismo en ellas o, todavía con más precisión -pues "yo" no intervenía en el asunto, como tampoco, en cierto modo, "ellas"-, siendo mi No-mismo en él No-misma que era la silla.
Al reflexionar sobre mi experiencia, me sentí de acuerdo con el eminente filósofo de Cambridge Dr. C. D. Broad en que "haríamos bien en considerar con más seriedad que hasta ahora el tipo de teoría que Bergson presentó en relación con la memoria y la percepción de los sentidos". Según estas ideas la función del cerebro, el sistema nervioso y los órganos sensoriales es principalmente eliminativa, no productiva. Cada persona, en cada momento, es capaz de recordar cuanto le ha sucedido y de percibir cuanto está sucediendo en cualquier parte del universo. La función del cerebro y del sistema nervioso es protegernos, impedir que quedemos abrumados y confundidos, por esta masa de conocimiento en gran parte inútiles y sin importancia, dejando fuera la mayor parte de lo que de otro modo percibiríamos o recordaríamos en cualquier momento y admitiendo únicamente la muy reducida y especial selección que tiene probabilidades de sernos prácticamente útil. Conforme a esta teoría, cada uno de nosotros es potencialmente Inteligencia Libre. Pero, en la medida en que somos animales, lo que nos importa es sobrevivir a toda costa. Para que la supervivencia biológica sea posible, la Inteligencia Libre tiene que ser regulada mediante la válvula reducidora del cerebro y del sistema nervioso. Lo que sale por el otro extremo del conducto es un insignificante hilillo de esa clase de conciencia que nos ayudará a seguir con vida en la superficie de este planeta determinado. Para formular y expresar el contenido de este reducido conocimiento, el hombre ha inventado e incesantemente elaborado esos sistemas de símbolos y filosofías implícitas que denominamos lenguajes. Cada individuo se convierte enseguida en el beneficiario y la víctima de la tradición lingüística en la que ha nacido: el beneficiario en cuanto el lenguaje procura acceso a las acumuladas constancias de la experiencia ajena y la víctima en cuanto le confirma en la creencia de que ese reducido conocimiento es el único conocimiento y en cuanto deja hechizado su sentido de la realidad, en forma que cada cual se inclina demasiado a tomar sus conceptos por datos y sus palabras por cosas reales. Lo que, en el lenguaje de la religión se llama "este mundo" es el universo del conocimiento reducido, expresado y, por decirlo así, petrificado por el lenguaje. Los diversos "otros mundo" con los que los seres humanos entran de modo errátil en contacto, son otros tantos elementos de la totalidad del conocimiento pertenecientes a la Inteligencia Libre. La mayoría de las personas sólo llegan a conocer, la mayor parte del tiempo, lo que pasa por la válvula reductora y está consagrado como genuinamente real por el lenguaje del lugar. Sin embargo, ciertas personas parecen nacidas con una especie de válvula adicional que permite trampear a la reductora. Hay otras personas que adquieren transitoriamente el mismo poder, sea espontáneamente sea como resultado de "ejercicios espirituales", de la hipnosis o de las drogas. Gracias a estas válvulas auxiliares permanentes o transitorias discurre, no, desde luego, la percepción de "cuando está sucediendo en todas las partes del universo -pues la válvula auxiliar no suprime a la reductora que sigue excluyendo el contenido total de la Inteligencia Libre-, sino algo más -y sobre todo algo diferente del material utilitario-, cuidadosamente seleccionado, que nuestras estrechas inteligencias individuales consideran como un cuadro completo, o por lo menos suficiente, de la realidad.
El cerebro cuenta con una serie de sistemas de enzimas que sirven para coordinar sus operaciones. Algunas de estas enzimas regulan el suministro de glucosa a las células cerebrales. La mescalina impide la producción de estas enzimas determinadas y disminuye así la cantidad de glucosa a disposición de un órgano que tiene una constante necesidad de azúcar. ¿Qué sucede cuando la mescalina reduce la normal ración de azúcar del cerebro? Son muy pocos los casos que han sido observados y esto impide que se pueda dar ya una contestación concluyente. Pero lo que sucede a la mayoría de los pocos que han tomado mescalina bajo fiscalización puede ser resumido como dije:
1º La capacidad de recordar y de "pensar bien" queda poco o nada disminuida. Cuando escucho las grabaciones de mi conversación bajo la influencia de la droga, no advierto que haya sido entonces más estúpido que en tiempo ordinario.
2º Las impresiones visuales se intensifican mucho y el ojo recobra parte de esa inocencia perceptiva de la infancia, cuando el sentido no está inmediata y automáticamente subordinado al concepto. El interés por el espacio disminuye y el interés por el tiempo casi se reduce a cero.
3º Aunque el intelecto no padece y aunque la percepción mejora muchísimo, la voluntad experimenta un cambio profundo y no para bien. Quien toma mescalina no ve razón alguna para hacer nada determinado y juzga carentes de todo interés la mayoría de las causas por las que en tiempos ordinarios estaría dispuesto a actuar y sufrir. No puede molestarse por ellas, por la sencilla razón de que tiene cosas mejores en que pensar.
4º Estas cosas mejores pueden ser experimentadas -como yo las experimenté- "ahí afuera" o "aquí adentro", o en ambos mundos, el interior y el exterior, simultánea o sucesivamente. Que son cosas mejores resulta evidente para todo tomador de mescalina que acuda a la droga con un hígado sano y un ánimo sereno.
Estos efectos de la mescalina son de la clase de los que cabría esperar que siguieran a la administración de una droga capaz de menoscabar la eficiencia de la válvula reducidora del cerebro. Cuando el cerebro se queda sin azúcar, el desnutrido ego se siente débil, se resiste a empender los necesarios quehaceres y pierde todo su interés en la relaciones espaciales y temporales que tanto significan para un org
anismo deseoso de ir tirando en este mundo. Cuando la Inteligencia Libre se cuela por la válvula que ya no es hermética, comienzan a suceder toda clase de cosas biológicamente inútiles. En algunos casos, se pueden tener percepciones extrasensoriales. Otras personas descubren un mundo de belleza visionaria. A otras más se les revelan la gloria, el infinito valor y la plenitud de sentido de la existencia desnuda, del acontecimiento tal cual, al margen del concepto. En la fase final de la desaparición del ego -y no puedo decir si la ha alcanzado alguna vez algún tomador de mescalina-, hay un "oscuro conocimento" de que Todo está en todo, de que Todo es realmente cada cosa. Yo supongo que esto es lo más que una inteligencia finita puede de acercarse a "pecibir cuanto esté sucediendo en todas las partes del universo".




Lecturas:

Aldous Huxley, Las puertas de lapercepción. Edhasa 1979
William Blake, El matrimonio del cielo y del infierno. Ediciones Hiperión 2007

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lunes, 22 de agosto de 2011

Hesperion XXI

Cuatro de los integrantes de Hesperion XXI. De iz. a der. Jordi Savall, Driss El Maloumi, Pedro Estevan y Dimitris Psonis.


De entre los conciertos programados por el Festival Internacional de Santander a los que he tenido el placer de asistir esta temporada, destaco el que tuvo lugar el pasado día 11 de este mes en la iglesia de San Pedro de la localidad cántabra de Tudanca, pueblo montañés cercano al lugar donde los últimos años suelo ir a veranear. Bajo el título de Del canto llano a las estampidas, el cuarteto formado por integrantes de la agrupación Hesperion XXI dirigido por Jordi Savall, ofrecieron a un público que llenaba a rebosar el bello recinto para la ocasión, un repertorio de música instrumental que sirvió para dar muestra de la riqueza y diversidad cultural del medievo europeo. Fue para mi un acontecimiento especial, pues hace ya tiempo que sigo la música que edita este grupo pero nunca antes había podido disfrutarla directamente en un escenario. Entre las piezas interpretadas se encontraban obras arabo-andaluzas, sefardíes, alguna composición de Alfonso X el Sabio, anónimos de Tradición Oriental, danza turca, entre otras ya clásicas del repertorio medieval como el Lamento de Tristán. En el programa de mano se anunciaba la participación de Jordi Savall con la Lira de arco, la viella y el rebab (a los que sumó la viola da gamba), Driss El Maloumi al laud (oud) y Pedro Esteban con la percusión, pero a última hora se sumó también Dimitri Psonis con el santur y el saz (algo que todos los espectadores agradecimos mucho con aplausos).
En unas notas del programa Jordi Savall escribe:


"Las estampidas son formas instrumentales de canción danzada que aparecen alrededor del siglo XII y que vienen a ser como la estela instrumental del canto llano vocal, aunque ya en el siglo X aparecen en el ámbito europeo las primeras representaciones de instrumentos pulsados y con arco en los manuscritos mozárabes de origen hispánico del Beato de Liébana (
c. 920-930) y en diferentes manuscritos catalanes como la Biblia de Santa María de Ripoll.
En el siglo XIV se representaban ya en todas partes, como describe Juan Ruiz, el arcipreste de Hita en su famoso Libro de buen amor (c. 133o).
El mundo occidental, con la excusa de un progreso incierto, no ha sabido ni podido conservar gran cosa de su patrimonio organológico (instrumental) antiguo, aunque sí ha sabido preservar las obras más significativas de su patrimonio musical escrito gracias a la invención de la notación musical.
Cabe recordar que hasta la invención de la polifonía y la harmonía, en la Península Ibérica compartimos especialmente un lenguaje musical próximo -propio de la escritura monódica-, como consecuencia de más de siete siglos de coexistencia de las tres culturas fundamentales del mundo mediterráneo: la judía, la musulmana y la cristiana."


Desde hace más de treinta años Jordi Savall desarrolla una actividad musical como intérprete de viola da gamba y otros instrumentos de cuerda antiguos, pedagogo (algo que suele poner en práctica en sus conciertos por lo que pude ver), además de investigador y creador de nuevos proyectos, situándose en la escena internacional como uno de los principales generadores del interés actual despertado hacia la música antigua, demostrando que ésta no tiene por qué ser elitista, abriéndose a un público cada vez más joven y numeroso. Es fundador entre otras agrupaciones musicales de
Hesperion XXI, nombre enraizado con Hesperia, que denominaba a las dos penínsulas más occidentales de Europa: la Itálica y la Ibérica. En griego antiguo, Hesperio significaba "originario de una de estas dos penínsulas" y también era el nombre que se daba al planeta Venus cuando aparecía de noche por Occidente.

En este vídeo vemos a Jordi Savall interpretando el mencionado Lamento de Tristán grabado en otro concierto:

http://www.youtube.com/watch?v=B4bsuqas5EI

Y en este otro una grabación realizada en el Monasterio de Santes Creus de Tarragona en el año 2007 con algunos de los temas que aparecen en el disco Estampies & Danses Royales editado por Alia Vox. Una delicia, para dejarse enamorar... Espero que la disfrutéis: