Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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jueves, 21 de junio de 2012

El alma cautiva

Shout 18

Brillante y luminosa como eres, oh alma, por tu propia naturaleza, viniste a este mundo de tinieblas y trabaste batalla en él; y el mundo de las tinieblas oscureció tu luz, y te abarcó con su oscuridad, y te cegó, y te hizo perder la visión de todo lo que habías visto, y olvidar todo lo que habías conocido; y finalmente, fuiste capturada y hecha prisionera.
(Corpus herméticum)



Recojo en esta entrada citas y fragmentos de poemas escritos por autores de diferentes épocas y tradiciones que giran en torno a la idea del estado caído del hombre. Las imágenes que he selecionado, pertenecientes a la obra del fotógrafo ruso Misha Gordin (n. 1946), me parecieron ideales como acompañamiento para expresar ese pesar que aflora en la conciencia humana y un ejemplo artístico más dónde lo podemos encontrar reflejado.


Mental Door

Tal armonía está en las almas inmortales; pero hasta que cae esta envoltura de barro que groseramente la aprisiona, no podemos escucharla.
(Shakespeare,
El mercader de Venecia)



Siege

Escápate muy lejos de estos mórbidos miasmas,
Sube a purificarte al aire superior

Y apura, como un noble y divino licor,

La luz clara que inunda los límpidos espacios.


Detras de los hastíos y los hondos pesares

Que abruman con su peso la neblinosa vida,

¡Feliz aquel que puede con brioso aleteo

Lanzarse hacia los campos luminosos y calmos!

(Charles Baudelaire)




Prisioner

Oh corazón, ¿por qué estás cautivo en la tierra que pasa?
Vuela lejos de esta prisión, como pájaro que eres del mundo espiritual.

Eres mi amigo querido, siempre tras el velo secreto:

¿Por qué establecer tu morada en este lugar perecedero?

Mira tu estado, ve y viaja

desde la prisión del mundo formal al prado de las Ideas.

Eres pájaro del mundo santo, compañero íntimo en la asamblea del Amor.

(Shams de Tabriz)




Crowd 45 (detalle)

El estado eterno, bienaventurado y natural ha sido sofocado por esta vida de ignorancia.
(Sri Ramana Maharshi)




Doubt 11

Arrastado y manchado por la corriente de las cualidades, inestable, vacilante, confundido, lleno de deseos, alocado, el yo cae en un estado de engreimiento. Pensando "este soy yo" y "esto es mío", se atrapa a sí mismo en su yo como un pájaro con una red.
(Maitri Upanishad, III, 2)




Sheptun 3

Apresúrate tú también a dejar el cielo y la tierra, para que puedas contemplar el agua fluyendo desde el sinlugar. Que el pez de tu alma pueda escapar de esta charca, y sorber agua del mar ilimitado.
(Jalal al-Din Rumi)




The Graduate

Al comienzo de la creación, el corazón de la Shekhinah estaba en las regiones inferiores. Y como la Shekhinah estaba abajo, el cielo y la tierra eran uno y estaban en perfecta armonía. El hontanar y los canales por los que todo lo que hay en las regiones superiores fluye hacia las inferiores estaban todavía activos, completos y sin obstáculos, y así Dios llenó lo de abajo con todo lo de arriba. Pero cuando Adán vino y pecó, el orden de las cosas se convirtió en desorden, y los canales celestiales se rompieron.
(José Gikatilla)




Fifth Column

¿Cuál es el camino por el que llegué? Yo regresaría, pues esto no me gusta. La ausencia por un momento del sendero del Amado es ilícito de acuerdo con la doctrina de los amantes. Sólo que en toda la ciudad hubiera alguien -por Alá, una señal sería suficiente. ¿Cómo escapará el pinzón? Pues ni siquiera el simurg es de pies ligeros en esta sólida trampa.
(Jalal al-Din Rumi)





Tomas 8

El alma... a causa de las pasiones ha llegado a ser el principal cómplice de su propia cautividad. (Platón, Fedón, 82e)



Sheptun 7

¡Abandono, miseria, silencio!
Cautivo entre cadenas de la mente,

Cual grillos de hielo contraídos a la par,

Desbaratado, privado de la Eternidad.

Dando golpes en sus grillos de hierro

Los
sus hornos encendió y sobre ellos

Virtió sudor de hierro y sudor de bronce.


Atormentado se volvió el cautivo inmortal,

De insoportable angustia y dolor poseído,

Hasta que un tejado mísero y turbulento,

Cerró en su bóveda la fuente del pensamiento.

(William Blake,
El libro de Urizen)



Fallen 2

Hubo un tiempo en que... contemplamos la visión beatífica y fuimos iniciados a un misterio que puede ser verdaderamente llamado el más bendito, celebrado por nosotros en nuestro estado de inocencia, antes de que experimentáramos los males que posteriormente hemos sufrido, cuando fuimos admitidos a la visión de apariciones inocentes, simples, calmas y beatíficas, que contemplamos brillando en una luz pura, siendo puros nosotros mismos y no encerrados todavía es esa tumba viviente que llevamos de acá para allá, ahora que estamos encarcelados en el cuerpo, como una ostra en su concha.
(Platón, Fedro, 250c)



Web oficial de Misha Gordin:



Entras relacionadas:


Guardianes del limite

La mirad lúdica

Eterno instante
http://barzaj-jan.blogspot.com.es/2010/11/eterno-instante.html

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martes, 12 de junio de 2012

Arte en la Piel

Tatuaje tradicional japonés (fot. Hiro Hata)



"La profundidad está en la superficie"

Proverbio chino



Epitafios de la piel
por
Iñigo Ramirez de Haro



Cuenta la tradición que cuando aquél artista Kano no sabía cómo pintar un dragón, requirió el consejo de un monje zen, que le contestó simplemente: "Convierteté en un dragón". Al cabo de un tiempo se había transforma
do en un dragón pintándose a sí mismo. Las fronteras se borran; la piel se hace alma. Exterior e interior confluyen en el espacio distinto al vacío.


Y en medio, como imperceptibles medusas marinas, los cuerpos tatuados, no como simples caprichos de decoración u obsesión, sino más bien selva de algas apenas pentrables por las diferentes viscosidades de significaciones. Donald Richie, en su libro El tatuaje japonés, intenta sugerir olores, ruidos, tactos...
Porque, antes que nada, el tatuaje es la marca, la marca indeleble que individualiza a su poseedor hasta la muerte. Entre los maoríes era sello de hombría; los
autores clásicos mencionan su utilización por parte de los egipcios, griegos y diferentes comunidades bárbaras; los romanos a criminales y esclavos; y los nazis a comunistas, homosexuales, judíos y gitanos. (...)
En las compilaciones
Nihon Shoki sobre el Japón antiguo del año 720, se encuentra ya definido un código especializado de tatuajes primitivos para marcar a los "intocables". Estos pertenecían al grupo social de los hinin (no-personas) e incluía por igual a verdugos, artistas, enterradores y otras subespecies bajo el nombre de eta, siendo el eufemismo burakumin o gentes del pueblo.
Ya a principios del siglo
XVIII, los criminales eran tatuados con un vocabulario especializado de marcas, tácitamente reconocible por el resto de la sociedad. En la región de Tama, por ejemplo, se les estampaba el ideograma para "perro" en medio de la frente. (...) En una sociedad de fuerte cohesión familiar, el ostracismo del tatuado era la forma más sofisticada y eficiente de enterrar en vida a uno de sus miembros. Mucho más que cualquier alternativa de castigo, prisión, tortura o exílio. Como en los toros bravos, los pinos de resina o las orejas de los conejos caseros, esta marcas de diferenciación, de individualidad obligada, fueron evolucionando hacia variantes más permisibles. A las mujeres ainu, aborígenes de Hokkaido, se les marcaban los dedos y brazos con el fin de que no olvidaran que trabajaban para el marido. Con los labios efectuaban la misma operación para recordarles que hablaban para él. En los límites de la coacción se religó cualquier cabo de duda haciéndoles creer que no había salvación posible tras la muerte sin los labios tatuados. El círculo se había completado con el terror de la borradura del estigma, casi como el que debió sentir la esposa de Don Pitas Pajas en el pasaje del carnero pintado del Arcipreste. La siguiente variante en la apreciación del tatuaje se presentaría como signo embellecedor. Estética y religión, como veremos, fluirán paralelos en este río de la piel.
Del estigma forzoso al forzoso estigma sólo mediaba el tópico de la naturaleza imitando al arte, o mejor el ovidiano del arte copiando el azar. La novela china Shui-Hu Chuan se traduce al japonés con el nombre de Suikoden (Todos los hombres son hermanos) a finales del siglo XVIII, y produce tal furor que en las décadas siguientes conocerá múltiples traducciones. La versión de Bakin y las ilustraciones de Kuniyosi se hicieron inmensamente populares. Los antiguos tatuajes de hinin y eta, o de juramentos amorosos y religiosos, adquirieron un sentido desconocido hasta el momento. El secreto se escondía en que los héroes legendarios de la novela aparecían con sus cuerpos tatuados. El nuevo "tatuaje pictórico" copiará el estilo y la iconografía. Paralelamente, sucesivos edictos del gobierno Tokagawa (1603-1868) condenaban la nueva práctica por subversiva, bajo la calificación legal de "perjudicial para la moral pública". Al igual que en Occidente, el hombre tatuado siempre será un marginado de las altas instancias, estancias del poder. Su poder sólo puede en los submundos. Cualquier signo de individualidad -llevar ropas elegantes sin pertenecer a la clase dirigente, gozar con espectáculos inocentes del tipo kabuki...-era rigurosamente regulado con penas extremas. La individualidad siempre fue revolucionaria.
"Los japoneses hacían todo lo posible por embe
llecerse... Diseños chillones de dibujo y color bailaban sobre los cuerpos masculinos", escribía Junichiro Tanizaki para subrayar el impulso fundamentalmente estético, decorativo, del nuevo tatuaje voluntario. Como las mariposas o los travestís, los tatuados de cuerpo entero ostentan una autoplástica que convierte su piel en un obra de arte... inútil.
Ya recalcamos que entre los aborígenes
ainu, el tatuaje de los labios desvió su connotación hacia el encanto cosmético. En el Koshoku Ichidai Otoko de 1682, traducido por "La vida de un enamoradizo", Saikaku relata como prostitutas y amantes de baja y alta condición, sacerdotes y acólitos imprimían determinados juramentos amorosos o religiosos, los irebokuro, ire significando "inyectar" y bokuro, "lunar". Uno habitual era grabarse el ideograma para inochi (vida) junto al nombre de la persona amada, recordándole que se la amaba más que a la propia existencia; una novia se imprimía en el hombro izquierdo tantos puntos como la edad de su amor.
Mientras los gobiernos del siguiente periodo Meiji hacían más efectiva la prohibición de exhibiciones y concursos públicos de los tatuados, en las cortes europeas de finales de siglo se puso de moda. Los entonces Duque de York y Zarevich de Rusia, luego Jorge V y Nicolás II respectivamente, lucían sus
discretos emblemas bajo la epidermis.(...)
Aparentemente, la motivación erotico-solitaria para el tatuaje de seres m
arginados es prioritaria de Occidente, donde se desarrollo en ambientes de marineros, legionarios, chulos, presidiarios, etc., una modalidad autodenigratoria, morbosa, patibularia, feista, trágica, turbulenta o simplemente provocadora, con frases tipo: "Nacido para perder", "Peligro de muerte", "Maldita suerte", "No me olvides"... sin parangón en el Japón. El especialista americano (Donald Richie) invita a no dejarse llevar por las simplificaciones y rescata asombrosos parecidos con este macho deal occidental, en expresión de su compatriota William Tucker.
El mundo femenino japo
nés continúa atado a las ancestrales jerarquías familiares. La cantidad de mujeres atraídas por los tatuajes masculinos no resulta mínimamente apreciable. El matiz de narcisismo homosexual-masoquista se presenta con muchas más posibilidades de justificación psicológica. Pequeños grupúsculos de seres marginados definidos en un doble espejo de atracción consigo mismo y con sus compañeros de existencias. Es dificil pasar inadvertida la enorme dosis de masoquismo que subyace en todo el proceso. En las mismas fotografías del libro, las caras contraídas hasta el orgullo, apenas esconden la marea del dolor. Ya en Tahití, donde el capitán Cook escuchó por primera vez en 1769 la palabra tatou, el pigmento se incustraba en la piel con un instrumento semejante a un rastrillo. Los maoríes utilizaban una azuela de hueso y los japones un manojo de agujas -los hari- insertas en un mango de madera. No solamente es doloroso sino también largo y sangriento. En un tatuaje de cuerpo entero se requiere más de un año entero a un ritmo de una hora semanal. Es imposible proceder más deprisa: terminada cada sesión, el cliente inflamado se sumerge en baños de agua caliente; a las pocas horas, la piel recientemente impresa se llena de costras que tardan aproximadamente una semana en desaparecer; restablecido, regresa a la siguiente intervención. Los grandes maestros artesanos se precian por su habilidad de hacer sufrimiento y sangre mínimos. De todos modos, el convencido cliente resiste impasible con su entereza de clan. Podrían hacer suyo aquel lema de Fernando el Católico en Valladolid: "Como yunque sufro y callo por el tiempo en que me hallo".

Héroe suidoken tatuado en la espalda


Pero los héroes suidoken eran ante todo héroes y, como los griegos, respondían a la descripción bowriana de persecución del honor a través del riesgo. Valentía, audacia y virilidad, dentro de los esquemas caballerescos, los hacían especialmente atractivos para ese grupúsculo social al que la tradición atribuye haber sido el pionero en tatuarse el cuerpo: los bomberos. Eran los gaen, bandas de rufianes contratadas por el gobierno para atajar los numerosos incendios de la antigua capital Edo. Poco a poco se hicieron trabajadores a tiempo completo organizados en su Kumi. Emulaban a sus ancestros heroicos del Suidoken tatuándose el cuerpo entero con sus símbolos favoritos. El ejemplo cundió entre las clases inferiores -obreros, siervos, ladrones, gansters yakuza, etc.- y corría el dicho de que una de las "siete maravillas de la capital" era encontrar un artesano sin tatuaje. Fueron los momentos de gloria de la artesanía. Protección, seguridad, cohesión. El individuo aislado y amorfo se defiene irrevocablemente mediante el tatuaje como miembro de un grupo codificado, de un nekama, de un "adentro· frente a un "afuera", con una intensidad de unión en muchas ocasiones superior a la de la propia familia. Un nekama posee un complejo orden de reglas. Para acceder a él, como primer requisito se exige que el candidato se un hombre y no un otokorashikunai (no-hombre) ni un shombenkusai (apesta-a-orina), refiriéndose a los niños. El rito iniciático del tatuaje grantiza la nueva condición y va acompañado de determinadas ceremonias y normas de comportamiento. La eternidad de la marca grantiza la estabilidad de la persona. La piel impresa la soporta, la define, le da el ser. En la interminable pregunta que es la cultura japones, algo se intuye de la respuesta del poeta anónimo del siglo VI: "Para el hombre / ¿No es acaso como la flor / Del cerezo / Un caparazón de la langosta".
Todos los caminos de la piel conducen a los dioses. ¿Cuál es la vejez de los dioses?, se interrogaba Moritake. Aquel tatuaje primitivo de juramento amoroso fácilmente se tornaba hacia Buda. Frases piadosas y oraciones re
zaban inscritas en las capas cutáneas. Polinesios y maoríes, chanteles mejicanos, ibos nigerianos, pimos de Arizona o senois de Mala incorporaban las prácticas tatuísticas de las celebraciones rituales. El tatuaje se transforma en un medio de acceder a Dios. Pero el budismo no permite que nada se interponga entre lo que se trata de expresar y la expresión. En realidad, se convierte en un medio de convertirse en Dios.
Con este talismán, el nipón tatuado afronta la vida y la muerte. En las leyendas populares, los monjes
viajeros se tatuaban para ser respetados por hombres y fieras. El dibujo mágico actúa de pasaporte protector frente a la caducidad de la vida y a los peligros de la naturaleza. Y el precio es la marca del autosuplicio, del sacrificio.
Ricchie subraya que durante su estancia en Japó
n, los tatuados hablaban constantemente de la muerte. No es casualidad que algunas profesiones -los yakuza- sean casi garantía de defunciones de jóvenes. A diferencia de aquellos franceses del siglo XIX, con la palabra "mort" grabada en el pecho y un collar de puntos inscritos en el cuello para facilitar el trabajo de la guillotina, los nipones se encaran a la parca con el fin de lograr una especie de seguro de muerte y de permanencia inmutable. Por un lado, una defunción adelantada, un rigor mortis de la piel; por otro, la inmortalidad prematura, el contraveneno frente al aguijón. En cualquier caso, ese mismo temblor que resuena en su sutil poesía: Cuento las olas / En la tarde, y hallo / El centro del otoño" (Minamoto-no-Shitagau, siglo X).
No deja de sorprender que en la fantasía de los tatuados se vislumbre una esperanza de que su piel preciosa resista a la descomposición. El sujeto se hace objeto. Osamu Tatsuda, en su interesantísima recolección de
ensayos sobre este tema, consideraba que la razón primordial para marcar a criminales y proscritos era conseguir la desumanización efectiva. El tatuaje forzoso o voluntario vierte su personalidad para ser objeto coherente y manejable. Pero en este viaje a través de la piel, en esta introspección hacia la superficie, la imagen espacial del occidental se resiente. El alma, lo profundo, lo fundamental, no se sitúa en el interior del cuerpo. La creación no surge desde un sólido reducto del yo. El ideal oriental dirime con la paradoja aparente: vaciarse e incluir. O como recordaba el proverbio chino; "la profundidad está en la superficie". Otomo-no-Yacamochi se cuestionaba: "¿Qué importa convertirme / En pájaro / O insecto?" Desde los distintos ángulos, los límites se disuelven entre las personas de carne y el símbolo de tinta, entre el interior y el exterior, entre la piel y el alma. El hombre se metamorfosea en la imagen pintada. Ya en el Suikoden, lo héroes aparecían tatuados con la representación del ser que les confería su única existencia mística. Busho combatió un tigre y lo llevaba grabado en la espalda. Dioses, fauna y flora, héroes legendarios e históricos de la imaginería tatuística coinciden con el corpus cultural coherente de símbolos y mitos del pueblo nipón.
Buda bajo el árbol, a diferencia del Cristo crucificado cristiano, nunca se imp
rimiría en la piel. Sí, en cambio, diversas divinidades inferiores como Nico, Kannon -la diosa de la Misericordia equivalente a la Virgen María- y Fudo -el guardián con colmillos del Infierno, dios de la ira, que protege la fe, el orden y el trabajo. La flor del cerezo y la hoja de arce son dos de las representaciones más estimadas por los japoneses. Como la rosa roja occidental, conllevan un mensaje de amor inmarchitable. La trascendencia implicada, sin embargo, incorpora las cualidades mutables de la naturaleza. El símbolo de la transitoriedad es una afirmación de la vida percedera. De nuevo, la paradoja: lo transcendente es lo transitorio.


Y de entre los numerosos héroes talismánicos, Kintaro, el valor a pesar de ser pequeño, como millones de japoneses se sienten a sí mismos, y Hagaromo, ángel femenino que sinsetiza santidad, belleza y l
ascivia, resultan particularmente apropiados en la metamorfosis del tatuado. "Cuando termino / De reunir mis miradas / En las profundidades / De mi claro espejo..." (Sedoka).
El tatuaje ha sido concluido. El maestro artesano se dispone a firmar bajo el brazo o en el muslo. Su nombre será precedido de
horu (clavar) para integrar el prestigioso gremio de los horimono.



Lecturas:

Iñigo Ramirez de Haro, Epitafios de la piel. Revista El Paseante nº 6

Donald Richie, The japanese tatoo

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lunes, 4 de junio de 2012

La vía del Conocimiento



"Yo he visto a mi señor por el ojo del Corazón.
Yo dije: ¿Quién eres Tú?

Él me respondió: Tú"

Mansûr al-Hallaj




En el siguiente texto, Elémire Zolla analiza algunos rasgos de la quizás más elevada y compleja elaboración metafísica procedente de la India, la Vedanta-advaita o conocimiento no dual. Forma parte de una trilogía (Las tres vías, Paidós Orientalia) dónde se suman el análisis de otras dos vías de liberación hindúes; la de la devoción, que su autor denomina como "la vía del corazón y del abandono, de la efusión mística y lírica", y la del tantrismo, "paradójica y misteriosa vía del exceso".


La vía del Conocimiento
Por

Elémire Zolla



No nutre e
speranzas, no tiene ni pizca de fe, el puro conocedor. Se limita a saber o a no saber o a saber dudando. No cree en nada.
A lo que sabe le conduce no un sentimiento sino una sencilla valoración. Conoce porque verifica.
Además reconoce que vive muriendo, que retrocede insensiblemente hacia la nada en cada momento. Para él la muerte será la dilatación al infinito de esta experiencia cotidiana. No concede ni una gota de confianza a una vida anterior al nacimiento o posterior a la muerte. Incluso con todo el sistema cerebral en acción, su persona es un desmontarse y componerse de nuevo sin tregua. Así ella demuestra que no existe.
Además la persona siempre es un engaño. Mudable, atacada, la hace cambia
r una bagatela: enamoramiento, infautación, alucinación. Perennemente va siendo roída por el olvido, fuerza que desmantela y desgasta el núcleo más íntimo, el único aval posible: la memoria. Recordar es una facultad que hace aguas constantemente. Si regresamos a un lugar preferido de la infancia o de la juventud: toda su pompa aparecerá ausente, esfumada. Quien únicamente recuerda, descubre de esta manera que es un charlatán colosal.
Finalmente
el puro conocedor no sabe qué hacer con la esperanza. Le basta calcular las probabilidades. Tiene plena conciencia de desvanecerse a amedida que sus recuerdos se van deshaciendo y achicando.
En la India al puro conocedor se le abre una vía específica.
La cual se puede ilustrar relatando los razonamientos inexorables de Gaudapada o de Sankara, los clásicos más honrados, pero existe, modesta y fácil, la enseñanza impartida por los millares de sabios de los pueblos. Dos maestros de este
tipo han aparecido en la India moderna, fascinando al mundo entero.
Ramana
Maharshi enseñó a los pies del Anapurna, repitiendo sin tregua que no somos nuestro cuerpo, el cual puede funcionar solo y con el cual podremos y deberemos convivir en un sonambulismo perpetuo; no somos tampoco nuestra persona, que es un aplazamiento infinito: nos damos cuenta y ya somos dos. ¿Qué es lo que queda? La atención pura, eterna, inmutable, beata, la cual coincide con nuestra identidad sin forma, es de todos y a todos constituye; ella hace conocer lo que es en la medida en que es lo que es, forma la pantalla que permite el desfile de imágenes cinematográficas que forma la existencia, el punto desde el cual vigilia, soñar, sueño se pueden comprender sin palabras como una sola entidad.
Basta repetirse "¿quien soy?" eliminando cualquier otro pensamiento y la pregunta se extinguirá, al igual que el bastoncillo que agita el cadaver que se quema y que luego se echa al fu
ego.
Nisargad
atta Maharaj dio sus clases en el pequeño apartamento de Bombay donde lo descubrió Maurice Friedman, un judío polaco, europeo característico, cuya vida giraba alrededor del compromiso político. Todas sus pías intenciones chocaron contra la racionalidad inflexible de Nisargadatta. A resultas de ello nació un primero, exquisito volumen de diálogos, I Am That, publicado por Chetana en Bombay. Más tarde Dunn y Balsekar, entre otros, transcribieron nuevos diálogos.
Nisargadatta casi nunca tomaba la palabra el primero, dejaba que las personas que habían acudido a su cuartucho le hicieran preguntas. Las contestaciones eran siempre las mismas, consistían en relacionarlo todo con los términos de la filosofía que empieza en la India alrededor del año 700 d.C., la Advaita-Vedanta o conocimiento no dual.
Con un solo intercambio de frases parecería que todo, a nivel riguroso, se había acabado; sin embargo, no es así, la repetición incesante y sin sorpresa fascina, exalta, conmueve, sosiega más que cualquier animada narración. La ausencia total de pasión hace vibrar más que la lírica, la monotonía de echo parece una bufera. Porque Nisargadatta traslada, sin ninguna duda e inmediatamente, al corazón de la filosofía advaita, cada vez que interviene realiza el milagro de transferirnos a una atmósfera purísima, que pocas personas saben respirar, pero que casi a todos hace brotar en el corazón una extraña nostalgia.
A veces actúa con una condensación inexorable: la luz del sol, observa, es el sol, tú eres el mundo, tú das testimonio de él y le das el ser; y añade: "El testimonio de esta existencia, de esta conciencia, es el testimonio de aquel principio eterno, lo absoluto": sol y luna existen porque nosotros existimos; profundicemos en esta observación hasta que gocemos con ella.
Consideremos lo que somos cuando nos contemplamos: somos similares "al gamo que reposa a la sombra de un árbol", una sombra ni clara ni obscura, ni negra ni brillante, semejante al azul turquí de algunas nubes. Aquí Nisargadatta se refiere a una metáfora difundida en la poesía: la mente devota es como un gamo siempre perseguido por los cazadores: por las desventuras de la vida; su culpa es su propia carne: las construcciones mentales con las que suscita la ilusión de la realidad. Del gamo-mente fluyen todas las cosas, no pide nada, no se desconcierta ante lo que emana: es "el estado más natural, el estado más alto". Se puede afirmar que en esta condición estática hay un solo conocimiento:
no se quién soy y lo que soy, pero sé que existo.
Esta limitación al puro ser confiere una beatitud, una plenitud excelsa. Uno se da cuenta de que de aquí deriva todo el universo que nos rodea, todo el conjunto de fenómenos respecto a los cuales aquel ápice es principio y causa. Ésta es la primera certeza. Nosotros, en cambio, estamos acostumbrados a interrogarnos desde el punto de vista de los fenómenos múltiples y por eso estamos desmembrados y confusos, creemos que hemos nacido y que debemos morir, sin darnos cuenta de que estos dos eventos son el resultado, la consecuencia de dos ideas, que hemos aplicado a la realidad de modo arbitrario a partir de la primera infancia: tiempo y espacio. El tiempo no es una experiencia, tampoco lo es el espacio: son conceptos que imprimimos sobre lo que nos parece. Cuando
yo soy sin ningún calificativo, vivo en un instante eterno.
Se podría observar que en Kant se puede hallar la misma concepción de tiempo y espacio, pero él permanece inerte: no se dedica de forma resuelta a sacar deducciones. Por el contrario, Nisargadatta no se contenta con llevarnos constantemente al
yo soy, al no ser, a la no identidad, puesto que antes de ser se es nada o al menos se es sin saber que se es.
El paso más allá del
yo soy es terriblemente arduo, es necesario detenerse hasta que al final notemos cómo nos precipitamos debajo del yo soy. El instinto natural es de salir hacia el mundo, es necesario, por el contrario, retroceder, reflexionar sobre el hecho de que pensamos y tenemos conciencia sólo gracias al cuerpo y el cuerpo no es otra cosa que alimento transformado: tenemos que regresar al "estado en que el niño no se conocía a sí mismo", era un absoluto sin conciencia de sí mismo. Es necesario regresar al momento en el cual, cuando éramos niños, se encendía en nosotros el primer indicio de conciencia, despojándonos de cualquier concepto, recogiéndonos en lo que de cada concepto se proyecta. Tal vez, así recogidos, comprenderemos que somos un actor que interpreta un papel en el escenario que es el universo.
Hay que volver hacia atrás, hacia el punto en el que se entró en la realidad, hay que adquirir el rostro que se tenía antes de nacer, dice la tradición hindú. (...)
Será necesario eliminar todos los nombres y formas, todas las palabras e imágenes y se estará fuera de la apretura.
El
yo soy o existencia es el principio del mundo; hay la posiblidad de ser sus testigos, es como ser testigos del sueño profundo. Solamente desde esta condición suprema se podrá comprender cómo el mundo de la vigilia y el de los sueños difieren porque del sueño tengo la prueba de que es inexistente apenas me despierto, mientras que en la realidad de la vigilia me empeño en invertir mi capacidad de fe.
Mientras nos consideremos individuos estamos condenados a morir; una vez despersonalizados, identificados con
yo soy, la muerte pierde toda realidad. Pero yo soy es también él mismo una ilusión, la primera y primaria ilusión, a la que los Veda denominan "huevo cósmico", porque en ella se halla contenido todo; solamente en el sueño profundo se puede olvidar.
La atención es la última ilusión, más allá de ella existe la conciencia del sueño profundo: una vez alcanzada esta cima se está liberado. Se cesa de repetir "soy esto" o "soy aquello", de hacerse implicar por la conciencia.
Yo soy es la punzada de aguja o el apretón de la pinza del escorpión del que todo nace, ¡cuidado con aquel dolor básico! Cuando se supere el yo soy, la libertad podrá inundarnos: es un punto parecido al punto geométrico, no ocupa espacio, pero determina todas las construcciones espaciales: que se elimine, que se cancele.
¿Cómo? Volviendo a ser en primer lugar niños: "Antes de la comprensión
yo soy, está Balakrisna, la ignorancia infantil. Más tarde ella se comprende a sí misma -aquélla es conocimiento. El conocimiento cancela la ignorancia, Balakrisna. En este estado de krisna, el señor Krisna expuso el conocimiento y luego se fundió en su estado original, lo Absoluto".
Nisargadatta hablaba cuando había llegado a los setenta y cuatro años, decía que se sentía un niño y exhortaba a volver a aquel estado de puro ser, en el cual el
yo soy todavía es puro, anterior a la mancillación de soy esto o soy aquello, y a abolir, finalmente, también el yo soy. Al final se podría repetir de verdad junto con Nisargadatta Maharaj: "Estoy hablando desde el punto de vista en el cual no me conozco a mí mismo, en el cual no sé que existo. No pertenezco al reino de la vigilia y del sueño". A partir de esta condición él recuerda sin tregua que nos identificamos con los propios pensamientos, pero éstos son generados por el cuerpo y el cuerpo es generado por el alimento, es alimento nacido del sol.



Lecturas:

Elémire Zolla, Las tres vías. Paidós Orientalia 1997


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viernes, 25 de mayo de 2012

Las babuchas de Abu Kasem



El cuento tradicional Las babuchas de Abu Kasem, ha gozado de gran popularidad a lo largo de los siglos en el mundo de influencia árabe. Transmitido en infinidad de versiones, ha sido interpretado habitualmente en un sentido moralista sobre las consecuencias que pueden acarrear la avaricia y la tacañería. Para el mitólogo Heinrich Zimmer, el relato reune elementos que lo hacen atractivo para realizar una lectura a nivel más profundo, descubriendo en su análisis algunos de los ocultos entresijos que nos conforman a las personas, pudiendo ser revelador el tomar conciencia de ello. Se servirá de la versión que hizo del cuento Ibn Hijat al-Hamawi en la recopilación Thamarat ul-Awrak ("Los frutos de las hojas")


Las babuchas de Abu Kasem
Por
Heinrich Zimmer



¿Conocéis la historia de Abu Kasem y sus babuchas? Esas babuchas fueron tan célebres -incluso proverbiales- en el Bagdad de su tiempo como lo fue la desmesurada avaricia y roñosería de su dueño. Todo el mundo las tenía por el signo visible de su repugnante codicia. En efecto, Abu Kasem era rico y trataba de ocultarlo; incluso el mendigo más harapiento se habría avergonzado de morir calzando unas babuchas como las que él llevaba, hasta tal punto estaban remendadas y cubiertas de trozos y de parches. Vieja historia y verdadera espina en el costado de todos los zapateros de Bagdad, habían terminado por ser proverbiales en boca de las gentes del pueblo. Quien quería encontrar un modo de expresar el ridículo, no dejaba de traer a colación las famosas babuchas.
Así pues, con el sórdido que había llegado a ser inseparable de su imagen pública, este conocido hombre de negocios arrastraba sus pies por el bazar. Sucedió un buen día que llevó a cabo un negocio especialmente ventajoso: un enorme cargamento de pequeñas botellas de cristal que se las arregló para comprar por una miseria. Después, unos días más tarde, coronó su operación comprando gran cantidad de esencia de rosas procedente de la quiebra de un negociante de perfumes. La combinación de ambos negocios resultó un golpe de suerte especialmente feliz, y no se dejó de comentar en el bazar. Cualquier otro habría celebrado la ocasión de la forma habitual, con un pequeño banquete a sus colegas más próximos. Sin embargo, a Abu Kasem sólo se le ocurrió hacer algo para sí mismo. Decidió visitar los baños públicos, lugar donde no se le había visto desde hacía mucho tiempo.
En el vestíbulo, donde se dejan ropas y zapatos, encontró a uno de sus conocidos que, llevándole a un lado, trató de hacerle comprender el lamentable estado de sus babuchas.
Acababa de quitárselas, y a la vista de todos estaba su penosa condición. El amigo le dijo que se sentía profundamente apenado de verle convertido en el hazmerreir de toda la ciudad; un hombre de negocios tan despierto como él debía tener medios para comprarse un par de babuchas decentes. Abu Kasem examinó detenidamente aquel horror que se le había vuelto tan querido. "Dios mío, se dijo, he estudiado la cuestión durante años, pero, verdaderamente, no están tan gastadas como para que no me sigan sirviendo todavía." A continuación, los dos amigos, habiendo terminado de desnudarse, dejaron el vestuario para ir a tomar su baño.
Mientras nuestro avaro se regalaba con un placer para él completamente excepcional, llegó el cadí de Bagdad con la intención de tomar también un baño. Abu Kasem, que había terminado antes que Su Excelencia, volvió al vestuario para vestirse. Pero, ¿dónde estaban sus babuchas? Habían desaparecido y en su lugar, o casi en su lugar, había otro par de babuchas, preciosas, brillantes, claramente nuevas. ¿Se trataría de un regalo, de una sorpresa que había tenido a bien hacerle su amigo que no podía soportar que alguien más rico que él se exhibiese en andrajos, y deseaba congraciarse con un hombre próspero mediante una delicada atención? Fuera cual fuera la explicación, Abu Kasem se las puso. En cualquier caso, le evitarían la molestia de ir de compras y tener que regatear para conseguir un par nuevo. Razonando así, y con su conciencia bien tranquila, dejó los baños.
Cuando el juez volvió de su baño, ¡qué escena! Sus esclavos procedieron a una verdadera batida por todos los rincones, pero no pudieron encontrar las babuchas de su amo. En su lugar había un asqueroso par de cosas hechas jirones que todos reconocieron inmediatamente como el famoso calzado de Abu Kasem. Loco de ira, el juez mandó buscar al culpable; el ujier de la corte no tardó en encontrar las babuchas desaparecidas en los pies de Abu Kasem y le metieron en chirona. Le costó mucho al viejo avaro librarse de las garras de la ley, tanto más cuanto que en la corte se sabía, como lo sabía todo el mundo, que se trataba en realidad de un hombre rico. ¡Pero al menos recuperó sus viejas y queridas babuchas!
Triste y afligido, Abu Kasem volvió a su casa y allí, en un brusco acceso de cólera, tiró por la ventana su tesoro. Cayeron en el Tigris, cuyas cenagosas aguas se deslizaban perezosamente al pie de la casa. Unos días más tarde, un grupo de pescadores creyó haber capturado un pez de un peso excepcional; lo subieron con gran esfuerzo a la barca, y ¿qué vieron entonces? ¡Las famosas babuchas del avaro! Los clavos (una de las ideas de Abu Kasem en materia de economía) habían provocado varios desgarrones en la red, lo que, como se pueden imaginar, enfureció a los pescadores. Con todas sus fuerzas lanzaron aquellos restos enlodados y pegajosos a través de una ventana abierta, que resultó ser la ventana de la casa de Abu Kasem. Volando por el aire, las babuchas volvían a su propietario cayendo estrepitosamente sobre la mesa en que había colocado cuidadosamente los preciosos frascos de cristal comprados tan baratos, y más preciosos ahora en razón de la valiosa esencia de rosas con que acababa de llenarlos, listos para la venta. Todo aquel brillante y perfumado esplendor se encontró de golpe por los suelos, y allí se quedó, como una masa resplandeciente e informe de pedazos de cristal mezclados con el barro.
El narrador que nos contó la historia renunció a describir la inmensidad de la pena del avaro.
-¡Esas malditas babuchas!- gritó Abu Kasem (y esto es todo lo que nos dice)-. ¡Esas malditas babuchas sólo me traerán desgracias de aquí en adelante!
Y, diciendo así, cogió una pala, se dirigió con paso vivo y decidido a su jardín, y se puso a cabar un hoyo para enterrar aquella porquería. Quiso el azar que el vecino de Abu Kasem estuviera precisamente espiándole; como es lógico, se interesaba enormemente por todo lo que pasaba en casa del ricachón cuya puerta estaba pegada a la suya, y, como es frecuente entre vecinos, no tenía ninguna razón especial para apreciarle. "Ese viejo avaro tiene bastantes sirvientes -se dijo- y sin embargo se pone él mismo a cabar un hoyo. Debe haber algún tesoro enterrado ahí. ¡Claro! ¡Es obvio!" Y ni corto ni perezoso el vecino corrió al palacio del gobernador a denunciar a Abu Kasem, pues cualquier cosa que encuentra un buscador de tesoros pertenece por ley al califa, al ser la tierra y todo lo que ella oculta propiedad del gobernador de los creyentes. Abu Kasem, en consecuencia, fue llamado ante el gobernador, y la historia que contó, que sólo habia cavado un hoyo para enterrar un viejo par de sandalias, desató la risa de todos. ¿Alguien se había acusado así mismo de manera tan evidente? Cuanto más insistía el viejo avaro, más increible parecía su historia y más culpable parecía. Al dictar sentencia, el gobernador tuvo en cuenta el tesoro, y Abu Kasem se quedó literalmente anonanado al oír el importe de la multa.
Estaba desesperado y maldecía sin parar las desgraciadas babuchas. ¿Cómo podría desembarazarse de ellas? Lo único que podía hacer era sacarlas de algún modo de la ciudad. Así que hizo un largo recorrido por el campo y las arrojó a un estanque, muy lejos de allí. Cuando las vio hundirse y desaparecer en las aguas transparentes, lanzó un profundo suspiro de alivio. ¡Por fin se había librado de ellas! Pero sin duda el diablo andaba mezclado en el asunto, pues lo que Abu Kasem había tomado por un estanque era el depósito que aseguraba el abastecimiento de la red de agua de la ciudad, y, arrastradas por los remolinos, las babuchas se metieron por el deagüe de la cañería principal y la taponaron por completo. Los oficiales del servicio de aguas que fueron a arreglar los desperfectos encontraron las babuchas y, reconociéndolas (¿quién no las habría reconocido?), dirigieron un informe al gobernador en el que se acusaba a Abu Kasem de haber contaminado las aguas de la ciudad; y de este modo Abu Kasem fue a dar de nuevo con sus huesos en prisión. Fue castigado con una multa mucho más fuerte que la anterior. Pagó. ¿Qué otra cosa podía hacer? Y recuperó sus queridas y viejas babuchas, pues el recaudador no se queda jamás con lo que no le pertenece.
Bastantes problemas le habían causado las babuchas, así que, de una vez por todas, iba a arreglar el asunto para que no pudiesen jugarle ya nunca más una mala pasada. Decidió quemarlas, pero como todavía estaban húmedas, las puso a secar en el balcón. Un perro que estaba en el balcón de al lado vio aquellos objetos extraños, se interesó por ellos, saltó por encima de la balaustrada, y cogió una de las babuchas con su boca. Pero jugueteando con ella, la dejó caer a la calle, y, desde una altura considerable, el mísero objeto fue a caer en la cabeza de una mujer que pasaba por allí. Sucedió que la mujer estaba embarazada. Lo súbito del choque y la violencia del golpe le provocaron un aborto. Su marido se apresuró a presentarse ante el juez y demandó al rico y avaro comerciante por daños y perjuicios. Abu Kasem estaba fuera de sus casillas, pero de nuevo se vió obligado a pagar.
Antes de abandonar el tribunal para volver a casa, absolutamente fuera de sí, blandió solemnemente en alto las malhajadas babuchas y, con una sinceridad que no podía dejar de impresionar al juez, exclamó:
-Señor, ésta ha sido la causa fatal de todos mis sufrimientos. Esta malditas babuchas me han reducido a la mendicidad. Dignaos pues ordenar que no se me haga nunca más responsable de todas las desgracias que, con toda seguridad, seguirán haciendo caer sobre mi cabeza.
Y el contador oriental concluye con esta lección moral: el cadí no pudo rechazar la solicitud; Abu Kasem había aprendido -pero le había costado enormemente caro- todo el mal que puede resultar de no cambiar con suficiente frecuencia de babuchas.
Pero, ¿es ésa realmente la única enseñanza que se puede extraer de este célebre cuento? Ciertamente, el consejo es un tanto banal: no hacerse esclavo de la avaricia. ¿No habría qué decir algo al respecto de esos misteriosos caprichos del destino que llevaban siempre las babuchas a su legítimo propietario? Parece que se esconde un cierto sentido en esa maliciosa repetición de un mismo acontecimiento, y en el crescendo con el que esos diabólicos objetos afectan a su hechizado poseedor. ¿Y no habría que atribuir también un sentido a la forma sorprendente en que se va entrelazando, por decirlo así, todas las personas y las cosa que, en este asunto, juegan en las manos del azar (vecinos, perros, funcionario y leyes de todo tipo, baños públicos y conducciones de agua), permitiendo así a éste cumplir su obra y apretar más el nudo del destino? El moralista contador no ha visto en este relato más que al avaro que obtiene su merecido, no se ha interesado en la forma en que el vicio venía a encontrarse con el destino de quien se entrega a él. Ha entendido pues la historia como un ejemplo de la manera en que alguien puede castigarse a sí mismo al abandonarse a su inclinación preferida. (...)
A partir de una serie de puras coincidencias se teje la trama de un destino. Cada uno de los esfuerzos que hace la víctima para terminar con sus dificultades no sirve más que para hacer engordar la bola de nieve, que crece hasta el punto de convertirse en una avalancha que le sepulta bajo su peso. Un bromista le cambia las babuchas que están en el vestuario de los baños, probablemente sin otra razón que divertirse con la confusión del avaro. El azar lleva las babuchas bajo la ventana de la casa desde donde se las ha tirado al río. El azar las arroja en medio de los valiosos frascos. El azar atrae la atención de un vecino sobre las ocupaciones del avaro en su jardín. El azar hace que los remolinos arrastren las babuchas por las conducciones del agua. El azar atrae al perro del balcón de al lado, y hace caer una de las babuchas en la cabeza de una mujer embarazada que pasaba por allí. Pero, ¿por qué razón semejantes accidentes revisten un carácter tan fatídico? Siempre hay mujeres embarazadas paseando por las calles, a los perros siempre les gusta agarrar lo que pertenece a los otros, el agua corre continuamente por las cañerías y, de vez en cuando, esas cañerías se atascan. Equivocarse de frasco, confundir los paraguas, este tipo de cosas sucede todos los días sin que por ello nazca, de esos acontecimientos anodinos, la menor historia que tenga un significado particular. El aire está lleno de esos minúsculos granos de polvo del destino; forman la atmósfera de la vida y de todos sus acontecimientos. Los que tejieron la desgracia de Abu Kasem no fueron más que un puñado de ellos entre miles.
Con la historia de las babuchas de Abu Kasem abordamos una cuestión de excepcionales consecuencias entre todas aquellas que se refieren a la vida humana y al destino, una cuestión que la India ha mirado de frente al formular concepciones tales como las de
karma y maya. Todo lo que un ser humano toma de la masa arremolinada de los átomos de lo posible, haciéndolo entrar en contacto directo con él, todo eso, sea lo que sea, se confunde y se amalgama con su propio ser en un acierta configuración, en un modelo de vida. En la medida en que admita que algo le concierne, le concierne efectivamente, y si se refiere a sus objetivos y a sus aspiraciones más profundas, a sus temores y a la nebulosa fábrica de sus pensamientos, puede llegar a ser una parte importante de su destino. Y, finalmente, si siente que ello afecta a las raíces mismas de su vida, será precisamente eso lo que constituya su punto de vulnerabilidad. Pero, por otra parte, y en virtud de la misma experiencia íntima, en la medida que uno pueda liberarse a sí de sí mismo, escapa automáticamente a todas las cosas que parecen accidentales. Por otra parte, éstas tienen a veces un sentido tan profundo, y muestran un cariz de acontecimiento tan oportuno y pertinente, que no merecen ese nombre demasiado banal de "simple accidente". Son el tejido del destino. La sublime y serena libertad consistiría en librarse de la natural compulsión a elegir entre ellas, elegir entre los átomos turbulentos de la mera posibilidad, algo que llegaría a estar imbricado con uno mismo como un destino posible, y que incluso llegaríamos quizás a tocar en la raíz de nuestro ser. (...)
El balance de la vida de un hombre, su personalidad social, la máscara que se adapta a los contornos de su ser interior, eso son las babuchas de Abu Kasem. Son la textura, la trama de la personalidad consciente de su propietario. Además, son la suma total de los deseos y los éxitos de que hace alarde ante sí mismo y ante el mundo, y en virtud de los cuales se ha convertido en un personaje social. Son el balance de la vida por la que ha luchado. Si no tuvieran esa especie de significado secreto, ¿por qué serían entonces tan peculiares, tan reconocibles con una originalidad propiamente única? ¿Por qué habrían llegado a se proverbiales? ¿Por qué serían como unos viejos amigos, seguros, dignos de confianza? De la misma forma que representan a los ojos del mundo la personalidad total de Abu Kasem, y su avaricia, también representan inconscientemente para él su principal virtud, la que ha cultivado más a sabiendas, su codicia de mercader. Todo esto, sin duda, llevó a nuestro hombre bastante lejos, pero tiene más poder sobre él de lo que supone. No es tanto Abu Kasem quien posee la virtud (o el vicio) cuanto el vicio (o la virtud) quien le posee a él. Su avaricia ha llegado a ser la motivación soberana de su ser, le tiene como hechizado. Repentinamente, sus babuchas empiezan a jugarle malas pasadas; por malicia, piensa él. Pero, ¿no es él quien se está jugando a sí mismo esas malas pasadas?
La penosa desventura de Abu Kasem es la consecuencia natural de sentirse obligado a arrastrar a todas partes con él algo a lo que se ha negado a renunciar en su momento, una máscara, una idea que se hacia de sí mismo y de la que habría debido despojarse. Abu Kasem es de esos que no consienten en pasar con el tiempo que pasa, sino que vuelven a llevar todo hacia sí mismos y atesoran celosamente un "yo" que ellos mismos han fabricado. Tiemblan con la idea de esas muertes consecutivas y periódicas que, umbral tras umbral, se despliegan al tiempo que se atraviesan las salas de la existencia, y que son el secreto de la vida. Se agarran ávidamente a lo que son, a lo que fueron. Y, finalmente, la personalidad usada, esa personalidad que habría debido mudar como el plumaje anual de los pájaros, se le pega de tal manera a la piel que, aun cuando se haya convertido para ellos en motivo de exasperación, nunca llegan a quitársela de encima. Hicieron oídos sordos cuando sonó la hora, ¡y hace mucho tiempo que sonó! (...)
La conclusión se impone: cambiemos pues de calzado. ¡Si fuera así de simple...! Desgraciadamente, los viejos zapatos tan cuidadosamente conservados, tan amorosamente remendados durante toda una vida, vuelven siempre -como nos enseña la historia- de forma obstinada y persistente, incluso cuando por fin nos habíamos decidido a tirarlos a la basura. Aunque tomáramos prestadas las alas de la mañana para volar hasta los confines del mar, estarán siempre allí, con nosotros. Los elementos no quieren aceptarlos, el mar los vomita, la tierra se niega a recibirlos, y antes de que puedan ser destruidos por el fuego caen desde el aire para consumar nuestra ruina. ¡Ni siquiera el recaudador los quiere! ¿Por qué, en efecto, debería existir en el mundo algo o alguien dispuesto a cargar con esos demonios de nuestro ego simplemente porque al final hemos llegado a sentirnos molestos por su presencia?
¿Quién librará a Abu Kasem de sí mismo? Incluso la forma en que buscó la liberación era manifiestamente fútil: no se desembaraza uno de su ego amado, porque haya empezado a jugarnos malas pasadas, simplemente tirándolo por la ventana. Finalmente, Abu Kasem suplicó al juez que, al menos, no le tuviera por responsable de todas las jugarretas diabólicas que en el futuro pudieran hacerle sus babuchas, pero el juez se limitó a reírse de él en sus narices. Y nuestro juez, ¿no se reía también de nosotros? Nosotros somos los únicos responsables de la inconsciencia con la que, durante nuestra vida, hemos elaborado nuestro propio ego. Involuntaria y amorosamente, no hemos dejado de remendar y reforzar los zapatos que nos llevan por la vida; y así nos vemos finalmente sometidos a su incontrolable coacción.
¿Qué hemos de entender por la expresión "incontrolable coacción"? En cierta medida, lo sabemos ya por haberlo visto en acción en los otros, cuando hemos interpretado sus gestos involuntarios. Se trata de una fuerza que se manifiesta en todas partes a nuestro alrededor, en todo tipo de espresiones espontáneas: los escritos de la gente, sus fracasos, sus sueños y sus imágenes inconscientes. Esta fuerza tiene sobre el hombre mucho más poder de lo que él mismo admite o querría hacer creer a los demás, infinitamente más que su voluntad consciente. Sus impulsos son irresistibles, no podemos gobernarlos, son los demoníacos caballos enganchados al carro de nuestra vida, y en este carro, el ego consciente es tan solo el cochero. De manera que no hay otra opción que resignarse, como el Egmont de Goethe, "a sujetar firmemente las riendas, y dirigir las ruedas, ora a la derecha, ora a la izquierda, para evitar aquí una piedra, allí un precipicio".
En el comienzo nuestro destino se deposita él mismo en nuestras vidas a travé de innumerables e imperceptibles movimientos, de acciones apenas conscientes, de las cosas insignificantes en la vida de todos los días; después, por nuestras opciones y nuestros rechazos, engorda gradualmente, hasta que la solución alcanza el punto de saturación y está madura para la cristalización. Finalmente, basta un ligero choque, y lo que durante mucho tiempo había estado formándose como un líquido confuso, lo que era algo indefinido, en estado de formación, se encuentra precipitado en la forma de un destino y adquiere la transparencia y la dureza del cristal. En el caso de Abu Kasem, el humor alegre que le ocasionó el éxito de su transación, la embriaguez experimentada tras el maravilloso éxito que, por partida doble, costituía la adquisición de los frascos de cristal y la esencia de rosas, fue lo que, realzando la opinión que de sí mismo tenía, puso en marcha los engranajes de su destino. Tenía la impresión de que las cosas debían continuar par él de la misma manera, de que la fortuna continuaría así haciéndole pequeños regalos, menudos pero igualmente agradables, recompensas por toda una vida de trabajo y ahorro. "¡Valla, afortunado Abu Kasem -habría pensado-, ahí tienes otra sorpresa! Esas lujosas babuchas, flamantes y nuevas, en lugar de las viejas. Sin duda proceden de ese amigo que no quería verte deambular por más tiempo de acá para allá con tus viejas chanclas."
Engreído todavía por el hecho de su buena fortuna momentánea, la avaricia de Abu Kasem vino a torcer las cosas. Habría tenido la impresión de ultrajar su sensación de triunfo, habría disipado la satisfacción orgullosa que le habitaba, su hubiera condescendido con la idea de llevarse realmente la mano al bolsillo para comprar un par de babuchas nuevas. Hubiera podido encontrar las viejas babuchas en el vestuario, como lo hicieron inmediatamente los esclavos del juez, si simplemente se hubiera tomado la molestia de buscar un poco, si hubiera tenido la sospecha, desagradable pero normal, de que alguien podía tratar de burlarse de él. En lugar de eso, se halagó a sí mismo, se ilusionó cogiendo las babuchas nuevas, vagamente aturdido y cegado por el aspecto hermoso de las cosas; pues, en realidad, eso respondía a unas aspiraciones inconscientes cuya existencia jamás había sospechado. Era por su parte un gesto pueril de condescendiente olvido de sí, una falta momentánea de autodominio; pero algo encontró su expresión en es gesto, algo que durante mucho tiempo había descuidado. Algo que había crecido silenciosamente hasta llegar a ser irresistiblemente poderoso se veía por fin en libertad; y la partícula que crece hasta convertirse en avalancha de ponerse en movimiento.
La misma red con la que Abu Kasem había pescado en el bazar grandes beneficios le estaban apresando a él mismo sin darse cuenta; su propia avaricia había tejido las mallas. Y así se encontró metido en un buen lío, atrapado en su propia red. Lo que durante mucho tiempo se había estado elaborando y construyendo en su interior, esa tensión cargada de amenazas lentamente acumuladas, se descargó de un golpe en el mundo exterior, arrojándole en las garras de la ley y metiéndolo sin remedio en un lío de humillación pública, de chantaje por parte de sus vecinos, y de problemas con las autoridades. La propia conducta de Abu Kasem, su codiciosa prosperidad, y la avidez por acumular riquezas, había afilado desde hacía tiempo los dientes de toda esa maquinaria, los había ajustado y puesto en su lugar.
Como dice la máxima hindú, el hombre siembra la semilla y no se ocupa de su crecimiento. Esa semilla germina y madura, y entonces cada cual debe comer el fruto de su propio campo. No sólo nuestras acciones, sino también nuestras omissiones devienen nuestro destino. Incluso las cosas que no hemos llegado a realizar por completo nos son tenidas en cuenta al mismo título que nuestras intenciones y nuestras obras, y son susceptibles de desplegarse como acontecimientos de la mayor importancia para nosotros. Es la ley del
karma. Cada cual se convierte en su propio verdugo, en su propia víctima, y, como sucede en el caso de Abu Kasem, cada cual es su propio loco. La risa del juez es la misma que la de los demonios del infierno que se ríen de los condenados que han pronunciado su propia condena y arden en sus propias llamas.
La historia de Abu Kasem muestra cuán sutilmente se teje la red del
karma, y qué resistentes son sus delicados hilos. ¿Cómo podría Abu Kasem ser liberado por su ego cuyos demonios le tienen en sus garras?, ¿cómo podría ese ego matarse así mismo? En su desesperación, ¿no ha estado precisamente Abu Kasem a dos dedos de reconocer que nadie le podía librar de sus babuchas, y que, en consecuencia, es a él a quien le toca, de una manera u otra, tratar de desembarazarse de ellas? ¡Si al menos pudiera separarse de ese conglomerado de parches, remiendo a remiendo, hasta reducirlas a un par de babuchas sin importancia...!
Se dice en el cuento que el juez no puede hacer otra cosa que acceder a la petición de Abu Kasem, lo que significa que este último no iba a se en adelante atormentado y perseguido por sus terribles babuchas. En otras palabras, la luz de su nueva vida a comenzado a alumbrarse. Sin embargo, la luz de esta aurora no habría podido surgir, en definitiva, de ningún otro lugar que del profundo cráter de su alma, ese cráter que hasta entonces había obnubilado su visión con sus nebulosas erupciones.
Nemo contra diabolum nisi deus ipse. Ese misterioso ego cuya trama tiene orígenes lejanos, ese ego que él mismo había tejido de manera tan laboriosa a su alrededor para edificar su mundo personal: el juez, los vecinos, los pescadores, los elementos (pues hasta éstos tomaron parte en el drama de su ego secretamente amado), las sordidas babuchas, y su riqueza, ese ego -decía- no había dejado de enviarle avisos, uno tras otro. ¿Qué más podía pedirle al espejo de su esfera exterior? ese espejo le había hablado de la única forma que podía hacerlo, golpe tras golpe. Ahora bien, la liberación definitiva debía proceder de sí mismo, de dentro, pero, ¿cómo?
En tal momento la advertencia de un sueño puede ser de gran ayuda, o incluso una vaga intuición que hace eco al oráculo de algún tiempo intemporal. Pues el mago escondido que proyecta a la vez el ego y su mundo-espejo puede hacer más que ninguna fuerza exterior para desenredar durante una noche la tela tejida por el día. Puede susurrarnos al oído: "Cambia de zapatos". Y entonces debemos mirar y comprobar de qué estan hechas nuestras babuchas.



Lecturas.

Heinrich Zimmer, El rey y el cadaver (Cuentos, mitos y leyendas sobre la recuperación de la integridad humana) Paidos Orientalia 1999

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Vuelo frustrado

El desfile de las hormigas

La Cenicienta

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miércoles, 16 de mayo de 2012

El Mito del Fénix

Fénix, Bestiario de Aberdeen, s. XII



"...que se está el alma abrasando en fuego y llama de amor, tanto, que parece consumirse en aquella llama, y la hace salir fuera de sí y renovar toda y pasar a nueva manera de ser, así como el ave fénix, que se quema y renace de nuevo."

San Juan de la Cruz. Comentario al verso 17 de su Cántico espiritual.


"Purifícate a ti mismo y conviértete en polvo, con el fin de que de tu polvo , puedan crecer flores. Si te conviertes en flor, sécala y arde alegremente con el fin de que de tu abrasamiento surja luz. Si por el abrasamiento te transformas en cenizas, tus cenizas se convertirán en la Piedra Filosofal. Mira esta Piedra Filosofal que se halla en lo Invisible que ta ha hecho nacer a partir de un puñado de polvo".

Rumî


En esta entrada me gustaría compartir con quienes siguen este espacio un par de fragmentos extraídos del capítulo X de la obra de Francesco Zambon, El alfabeto simbólico de los animales (Los bestiarios de la Edad Media), a cuya presentación a cargo de su autor junto a la especialista en simbología medieval Victoria Cirlot, tuve ocasión de asistir en una librería de Barcelona. En el primer fragmento se hace un repaso de la evolución histórica en Occidente del mito del fénix desde sus orígenes en el Antiguo Egipto. El segundo, después de hacer referencia a la importancia del fénix asimilado a la imagen cristológica de muerte-renacimiento (tanto en los textos de los padres de la iglesia como en los apócrifos gnósticos), así como el símil que algunos poetas romances crearon entre el ave fabulosa y el amante que se consume en la llama de amor, se centrará en el análisis de la novela de Chrétien de Troyes, el Cligés. Lo interesante de ésta novela es que por primera vez en la literatura romance el fénix se asocia a la figura de una mujer, tratamiento simbólico que más tarde inspiraría a otros poetas. El autor del ensayo también analiza las asociaciones griálico-alquímicas que se descubren en la bella historia de amor. Nota: quienes ya conozcan las versiones sobre el mito del fénix y su evolución histórica si quieren pueden pasar diréctamente al segundo fragmento.


El mito del fénix en la poesía romance de la Edad Media
Por
Francesco Zambon


El mito del fénix, el ave fabulosa que renace periódicamente de sus cenizas, es una historia con sucesivos resurgimientos. Los datos esenciales (muerte y resurrección, carácter unitario, relación con el Sol) se mantuvieron casi inalterados, pero el mito fue adaptándose a los distintos ámbitos históricos y culturales para encarnar nuevos temas religiosos, científicos o filosófico-literarios. A pesar de estas transformaciones, quizá el mito del fénix puede tender un puente en concepciones que, aun estando muy alejadas en el tiempo y el espacio, se centran en un mismo núcleo profundo: el nexo misterioso e inevitable entre nacimiento y muerte, inicio y fin, creación y destrucción. Simone Weil subraya varias veces la relación entre la historia de Osiris y la de Cristo, y escribe en la Carta a un religioso: "Si Osiris no es un hombre que haya vivido en la tierra aun siendo Dios, al igual que Cristo, su historia, cuando menos, es una profecía infinitamente más clara, completa y próxima a la verdad que todo aquello que así se denomina en el Antiguo Testamento". Probablemente Simone Weil no lo supiera, pero el mito primitivo del fénix se creó en Egipto, y guarda estrecha relación con la figura de Osiris, originariamente dios de la tierra egipcia y de su vegetación. Más tarde, en época cristiana, el mito se vinculó a la muerte y resurrección de Cristo. Estas fases antiguas de la historia, desde la mitología egipcia hasta la Antigüedad tardía pagana y cristiana, han sido objeto de investigaciones muy completas, entre los que se cuentan los eruditos libros de Hubaux y Leroy y de Van den Broek. Sin embargo, la historia posterior ha sido menos estudiada, pese a contar con episodios muy relevantes, especialmente en la lírica medieval y barroca, así como en la simbología hermética. Entre los siglos XII y XIV, algunos poetas romances (sobre todo italianos) realizaron una nueva y coherente adaptación al mito, y lo erigieron en elemento característico de una doctrina amorosa inédita, centrada en el tema de la muerte/renacimiento de la Mujer. Según el mito antiguo -que ofrece muchos paralelismos con el benu egipcio, aunque tal vez no derive directamente del mismo-, el rasgo principal del fénix es su condición de ave solar; animal sacrum Soli, lo definen Manilo y Tácito, mientras Horapolo afirma categóricamente que "el fénix es el Símbolo del Sol", Dicho rasgo se observa en el aspecto físico del ave, tal como la describen la mayoría de las fuentes: según Aquiles Tacio, quien resume sus características tradicionales en la novela Leucipa y Clitofonte (s, II d. C.), las alas del fénix son una mezcla de oro y púrpura, y su cabeza está rodeada por una aureola de plumas -casi una corona- que simboliza el Sol. Además, en muchas versiones, su incendio renovador tiene lugar en la ciudad de Heliópolis, centro del culto solar egipcio. Tal como ha demostrado Marcel Detienne, estos rasgos del ave se complementan con su estrecha afinidad y "consustancialidad" con los aromas de naturaleza ignea -cinamomo, mirra e incienso- que emplea para construir su hoguera. El carácter solar del fénix queda explicitado en las descripciones que lo relacionan con el ciclo diario o anual del Sol. En un apócrifo del Antiguo Testamento, el Apocalipsis griego del Pseudo Baruc (s. II d. C.), el profeta ve cómo el Sol, ceñido por una corona de oro, despunta sobre el horizonte precedido del fénix; el ave acompaña al astro a lo largo de su trayecto diurno, y hace de pantalla asus rayos para que los seres vivos de la tierra no se quemen. El ave-satélite, exhausta por el calor que ha filtrado durante todo el día, reaparece a la hora del crepúsculo, cuando los ángeles despojan al Sol de su corona para renovarla. Este texto, junto con otras fuentes, indujo a algunos estudiosos a creer que el fénix, en un principio, pudo ser la personificación mítica del planeta Venus, o Lucifer, la mañana, y Vesper, el atardecer. Tal como observan Hubaux y Leroy, "el mito del fénix atribuye gran importancia al concepto de identidad, e interpreta en clave poética un descubrimiento astronómico muy antiguo, que inspiró meditaciones a astrólogos y mitógrafos: la estrella de la mañana es el mismo astro que la estrella del atardecer". Con todo, es mucho más frecuente asociar el mito del ave a un largo ciclo de años, cuya duración varía según las fuentes; según algunos, es de 500 o 540 años, según otros, de 1000, mientras que otros aseguran que se trata exactamente de 1461. Esta última cifra, facilitada por Tácito, se refiere a la duración del llamado período sotíaco, esto es, al número de años tras el cual (el 15 de junio, día de la crecida del Nilo e inicio del año según el calendario civil egipcio) el Sol sale junto a la estrella más luminosas del cielo, Sotis o Sirio. Y, puesto que la rotación de Sirio dura 365 años y cuarto, ello sucede cada 365 años y cuarto por 4, es decir, cada 1461 años. Resulta más difícil explicar las otras cifras, si bien todas ellas indican el Gran año o ciclo a cuyo término -según la cosmología clásica- el Sol, la Luna, los planetas y las estrellas fijas completan su recorrido y vuelven a la posición de partida. Manilio, citado por Plinio, hace coincidir la vida del fénix con la duración del Gran Año. En cualquier caso, el ave simboliza la renovación periódica del universo, que sigue a su destrucción al final de cada ciclo y da inicio a una nueva edad de oro. Horapolo aún describe la imagen en estos términos: "Cuando (los egipcios) quieren simbolizar la gran renovación cíclica de los astros, representan al ave fénix, ya que cuando ésta nace se produce una renovación de las cosas".
El símbolo de dicha renovación cósmica, tras un Gran Año
o una parte del mismo, consiste en un propiedad fundamental que todos los escritores antiguos atribuyen al fénix: el echo de morir y nacer periódicamente. No obstante, existen versiones discordantes del mito cuyo origen se remonta, fundamentalmente, a dos modelos. El primero, menos difundido, procede de la descripción más antigua que se conserva del ave fabulosa, incluida en el libro II de la Historia de Herodoto (autor que no oculta sus dudas acerca de la veracidad de cuanto relata):

"Existe otr
a ave sagrada en Egipto, que se llama fénix. Yo sólo la he visto pintada. Se la ve muy raramente en Egipto; según dicen los heliopolitanos, cada quinientos años, cuando muere su padre (...). Dicen que (el fénix) parte de Arabia y transporta el cuerpo de su padre, envuelto en mirra, hasta el templo del Sol, donde le da sepultura. Y que lo transporta de este modo: primero hace un gran huevo con mirra e introduce en él a su padre, luego tapa el agujero hecho en el huevo con más mirra, de modo que, una vez introducido el cadáver, el peso sea el mismo. Y, por último, tras cubrirlo de mirra por fuera, transporta el huevo que contiene el cuerpo a Egipto, al templo del Sol".

Heródoto no menciona el
nacimiento del nuevo fénix, que, según esta tradición, procede de un gusano formado durante la descomposición -que gozó de mayor fortuna y que, al fin, se impuso como versión estandar del mito-, el ave fénix, llegada a una extrema vejez, se tiende en un nido lleno de exquisitos aromas, donde se quema por efecto del calor o debido a dichos aromas, y de sus cenizas nace el nuevo fénix. Ambas tradiciones, aunque se contaminan mutuamente en no pocas ocasiones, suelen discrepar en numerosos detalles, especialmente en lo tocante a la procedencia del fénix (India, Arabia, Etiopía, Líbano o un genérico Oriente), las modalidades y el lugar de su muerte (en la misma India, o en la mítica Pancaya, otra tierra solar, pero mayoritariamente en Egipto) y las fases de su renacimiento (que, según algunas fuentes, pasa por varios estadios intermedios: gusano, huevo, polluelo). El poema De ave phoenice, atribuido atribuido a Lactancio (s. III), ofrece una admirable síntesis del mito clásico, en la cual todos los elementos tradicionales de la leyenda -incluidas las dos versiones de la muerte y el resurgimiento- se funden en un relato visionario lleno de ecos simbólicos. Lactancio, o quienquiera que fuese el autor del poema, narra que el fénix nace en un lugar sagrado situado en Oriente, el bosquecillo del Sol, en cuyo centro hay un manantial que lo inunda doce veces al año. El ave, única en el mundo, sigue constantemente a Febo (sol) en su curso marcando las horas diurnas y nocturnas. Transcurridos mil años, el fénix siente su cuerpo debilitado por la vejez, y parte hacia nuestro mundo con el fin de renovarse. Llega a Siria (que recibirá el nombre de Fenicia por el ave), elige una palmera alta y construye en su copa un nido o tumba ("un nido o una tumba, pues muere para vivir, aunque se crea a sí misma") Tras llenar el nido con los más exquisitos aromas orientales, se sumerge doce veces en el agua sagrada y reposa en el nido mientras espera la salida del sol. Al despuntar el primer rayo, dedica un melodioso canto al astro; después, cuando el disco solar ha aparecido por completo, lo saluda tres veces batiendo las alas, vierte sobre su cuerpo los perfumes recogidos en Oriente y se quema por el efecto de un rayo en conjunción con la llama que sale del nido. Así, sufre una muerte vital (genitale morte) y queda reducido a cenizas. Pero la naturaleza humedece sus cenizas, las condensa y las fecunda, y de éstas sale una larva blanquecina sin miembros, que crece poco a poco hasta adquirir forma de huevo. Tras el período de incubación, el nuevo fénix sale del huevo. El ave crece alimentándose únicamente del néctar caído del cielo; llegada a la adolescencia, regresa a su país, escoltado por un coro de seres alados. Antes envuelve los restos mortales de su padre en un globo de mirra, bálsamo e incienso, los lleva a Heliópolis y los deposita en el altar del santuario. Todo el mundo acude a ver la prodigiosa criatura; sus plumas son rojas, con reflejos dorados e iridiscentes; el pico, de marfil y diamante; sus ojos brillan como dos amatistas con una llama escarlata en el centro; su cabeza está rodeada de una aureola de rayos. El poema concluye con unos versos que expresan de forma muy eficaz la paradoja en la que se centra el mito del fénix:

¡Ave de destino y muerte venturosa, a la que Dios concedió nacer de sí misma! Hembra o macho, o ni lo uno ni lo otro, feliz por no conocer pacto con Venus. Su Venus es la muerte, la muerte es su único placer. Para poder nacer, antes desea morir. Es su propia descendencia, su padre y su heredero, su propia nodriza y a la vez su criatura. Es ella y no es ella, es la misma y no es la misma, alcanzó la vida eterna por el bien de la muerte.

Aeternam vitam mortis adepta bono. Sea o no sea Lactancio el autor del poema, lo cierto es que estas palabras resultan muy adecuadas para abrir el capítulo cristiano del mito, capítulo indispensable para comprender el símil Mujer-fénix en la poesía romance de la Edad Media.(...)


Segundo fragmento. El Cligés de Chrétien de Troyes.


(...) Mucho más completa y rica en implicaciones simbólicas es la referencia al mito del fénix en la segunda novela de Chrétien de Troyes, el Cligés, cuya protagonista femenina lleva el nombre de Fenice. Por primera vez en la literatura romance, el ave fabulosa se asocia a una mujer, y esta nueva elaboración del símbolo ya deja entrever las líneas esenciales de un mito amoroso que tendrá como máximos cantores a Cecco d'Ascoli y a Petrarca. El Cligés narra la historia de amor de dos jóvenes, Cligés, heredero legítimo al trono de Constantinopla, y Fenice, hija del emperador de Alemania y esposa de Alís, tío de Cligés, quien gobierna provisionalmente el imperio y rompe su promesa de celibato. Desde su primer encuentro con Giglés en la corte de Colonia, Fenice se enamora perdidamente de él, y su amor es correspondido. Tras desposar a Alís, Fenice, gracias a un brebaje, consigue mantenerse casta para su amado, y, junto a la maga Tesala, urde un plan para unirse definitivamente a Cligés: la joven bebe una pócima que le da el aspecto de muerta. Después de soportar la torturas que le infligen tres desconfiados médicos de Salerno, es enterrada en un sarcófago construido por el artesano-arquitecto Juan. Esa misma noche, Cligés, con la ayuda de Juan, desentierra el cuerpo y lo traslada a una torre construida por este último dentro de un magnífico vergel. Al cabo de cierto tiempo, Fenice recobra el sentido, y transcurre unos años de completa felicidad junto a su amante. Al fin, la pareja es descubierta, pero, tras la providencial muerte de Alís, lograrán ver cumplido su sueño de amor.
Chrétien,al presentar a Fenice, explica el por qué de su nombre citando al ave mítica:

La doncella se llamaba Fenice, y no sin razón, pues, así como el ave fénix es más bella que las demás y no puede haber más que una, así también, creo yo, Fenice no tiene igual en belleza. Sería un milagro y un prodigio que la Naturaleza pudiese crear algo igual.

Las cualidades que menciona el autor son su extraordinaria belleza y su caracter único, dos rasgos típicos -como hemos visto- en la descripción tradicional del fénix. Sin embargo, la trama de la novela induce a creer (y así lo afirman muchos críticos) que el nombre de Fenice alude tácitamente al núcleo del mito del fénix: muerte y resurrección. A través de su falsa muerte, Fenice muere para la falsa experiencia amorosa impuesta a la fuerza por el usurpador Alís; con su "renacimiento", la joven nace a su amor verdadero por Cligés, legítimo emperador. Chrétien sitúa dicho renacer en un auténtico Edén, en cuyo centro se eleva un árbol fabuloso, donde Fenice, por decirlo así, hace su "nido", lo cual recuerda la palmera datilera de los relatos antiguos y medievales. En la novela nada justifica una interpretación gnóstica de la figura como símbolo del alma que, tras morir al mundo y rehuir al falso dios que lo gobierna, resurge en una dimensión superior para contraer un matrimonio místico con su Yo celestial y con el Dios verdadero. No obstante, a lo largo de toda la obra se observan reflejos simbólicos y sagrados: la grant clarté, más intensa que cuatro carbunclos, con la cual Fenice ilumina el palacio, recuerda el sagrado Grial que, en la última novela de Chrétien (Li contes del graal), aparece ante Perceval en el castillo del Rey Pescador, objeto cuya claridad extingue el brillo de todas las velas. Y Juan, al depositar el cuerpo de la joven dentro del sarcófago, como si fuese una reliquia, en leu de saintuaire ("en un lugar santo"), lo define como molt saint chose ("cosa muy santa"), al igual que el Grial. Por otra parte, las torturas que los médicos infligen a Fenice antes de la sepultura recuerdan la pasión de Cristo, a la cual también nos remite el símbolo del fénix, o el martirio de una santa.
Estos temas vinculados al fénix son centrales en la novela, y así lo confirma su paralelismo con la historia de Cligés, cuya figura acaba superponiéndose a la de Fenice para formar una única historia simbólica de muerte y renacimiento. Cuando Cligés llega a Colonia en p
os de Alís, Chrétien dice que su belleza se funde con la de la joven, como en un solo rayo del sol naciente que ilumina todo el palacio (observesé la alusión a la aurora, tradicional en el mito antiguo):

El día estaba un poco nublado, pero tan bellos eran ambos, la doncella y Cligés, que su belleza emanaba un rayo y hacía resplandecer el palacio, al igual que el sol, que sale claro y bermejo.

Después, mientras Fenice lleva a cabo su plan, Cligés demuestra su valor combatiendo en el torneo de Oxford, donde viste sucesivamente cuatro
armaduras -una negra, una verde, una bermeja y una blanca-, con las que se enfrenta a los caballeros más famosos de Artús. Tras vencer a los tres primeros adverarios, antes de que el héroe vista la última armadura y el duelo con su tío Gauvain termine en empate, Chrétien comenta: "Por tanto, habrá hecho cuatro mudas, pues cada día se desprende del plumaje y lo renueva". Así pues, Cligés es una especie de fénix que, tras enfrentarse a cada prueba mortal, luce novele plume. La equivalencia entre ambas imágenes queda confirmada cuando el héroe inventa un pretexto para visitar la torre donde se oculta la joven sin levantar sospechas y compara a Fenice con un azor mudado: "ha dejado allí un azor mudado, y dice que va a verlo". En cuanto a la fusión ideal de los dos protagonistas, Cligés se refiere a la misma en su lamento ante el cuerpo de Fenice, aquien cree muerta: "éramos una sola cosa", y Chrétien la pone de relieve al describir la felicidad amorosa de los jóvenes: "Así es su deseo común, como si fueran uno solo". En este sentido, no podemos dejar de coincidir con este comentario de Charles Méla: " 'Novele plume': esta formulación de la imagen, referida a Cligés, permite llevar la metáfora un poco más allá de la 'plume' con la que se ha construido el lecho de la falsa muerta; y el pretexto del azor mudado, por la crecanía de los términos, abarca la realidad secreta de la transmutación que se está produciendo. Cligés lleva los distintos colores -negro, verde, bermejo y blanco- según los cuales se dispone la materia de la Obra. El cuerpo de Fenice, manipulado por Tesala, los médicos de Salerno y el arquitecto Juan, sufre la pasión y sigue un proceso que va de las sombras subterráneas hasta su nueva ascensión a la luz del día, pues la torre da a un vergel paradisíaco". Méla concluye que las historias entrelazadas de los dos protagonistas traducen "la unidad de una misma operación, de la cual renacerá un hombre nuevo, gracias a un amor capaz de vencer sus propias tinieblas".

Bella portada de una edición del Cligés con un rostro femenino recortado por la silueta del fénix.



Lecturas:

Francesco Zambon, El alfabeto simbólico de los animales. Los bestiarios de la Edad Media. Siruela 2010
William Shakespeare, El Tórtolo y Fénix. Herder 1997
Chrétien de Troyes, Cligés, Alianza Editorial 1993


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