Renée Jeanne Falconetti en "La pasión de Juana de Arco" (1928) de Carl Theodor Dreyer
El diablo está escondido detrás de la cruz.
Proverbio español
Un mero destello de la Realidad puede ser tomado equivocadamente por la realización completa.
Gampopa
La epilepsia fue reconocida en la Antigüedad por Hipócrates como enfermedad sagrada por considerar que el trastorno sufrido era consecuencia de la inspiración divina. Sin embargo, a lo largo de la historia generalmente despertaría miedo, discriminación y rechazo, por ver contrariamente en quien la padecia una posesión del diablo. Los ataques epilécticos pueden manifestarse de diferentes formas, entre ellos los denominados como "extáticos" por los que se producen sensaciones de éxtasis o dicha trascendente con implicaciones místicas o religiosas. Entre estos se encuentran casos conocidos y documentados como los sufridos por el escritor ruso Fiodor Dostoievsky, sobre el que Oliver Sacks nos habla en un capítulo de su obra Alucinaciones. Además especula sobre la idea de que la heroina francesa Juana de Arco, tras el análisis de su biografía y algunos de sus escritos, también padeciera esta "sagrada" enfermedad.
La enfermedad "sagrada"
(fragmentos)
por
Oliver Sacks
| Fiodor Dostoievsky |
Un gran ruido llenaba el aire, e intenté moverme. Tuve la sensación de que el cielo caía sobre la tierra y me engullía. Toqué realmente a Dios. Él entró en mí, sí, Dios existe, grité y no recuerdo nada más. Todos vosotros, dijo, personas sanas, no podéis imaginar la felicidad que sentimos los epilécticos durante los segundos anteriores al ataque. (...) No sé si esa felicidad dura segundos, horas o meses, pero, creedme, no lo cambiaría por todas las alegrías que pueda traerme la vida.
En otras ocasiones ofreció una descripción parecida, y en sus novelas varios de sus personajes sufren ataques parecidos al suyo, y a veces idénticos. Uno de ellos lo sufre el príncipe Mishkin en El idiota:
La sensación de vida, de conciencia de sí mismo, casi se duplicaba en aquellos instantes, que duraban lo que un relámpago. La mente y el corazón se iluminaban con una luz insólita; todas las excitaciones, todas las dudas, todas las inquietudes se apaciguaban repentinamente, se resolvían en una calma superior llena de armonía, dicha y clara esperanza, llena de comprensión y sentido por la causa final.
Hay descripciones de ataques extáticos en Los demonios, Los hermanos Karamázov y Humillados y ofendidos, mientras que en El doble aparecen descripciones de "pensamientos forzados" y "estados oníricos" casi idénticos a los que Hughlings Jackson describía casi por la misma época en sus magníficos artículos neurológicos.
Además de sus auras extáticas -que siempre le parecen a Dostoievsky revelaciones de la verdad definitiva, un conocimiento directo y válido de Dios-, su personalidad sufrió cambios extraordinarios y progresivos a lo largo de los últimos años de su vida, su época de mayor creatividad. (...)
Fue ese cambio, que al parecer se iba desarrollando en Dostoievsky entre ataque y ataque ("interictalmente", en la jerga neurológica), lo que fascinó especialmente al neurólogo estadounidense Norman Geschwind, que escribió diversos artículos sobre el tema en las décadas de 1970 y 1980. Observó la preocupación cada vez más obsesiva de Dostoievsky por la moralidad y el buen comportamiento, su creciente tendencia a "dejarse enredar en discusiones nimias", su falta de humor, su relativa indiferencia hacia la sexualidad, y, a pesar de su elevado tono moral y su seriedad, "una disposición a enfadarse a la menor provocación". Geschwind se refirió a todo ello como un "sindrome de personalidad interictal". Los pacientes a menudo desarrollan una intensa preocupación por la religión. A veces también desarrollan una tendencia compulsiva a la escritura, un interés insolitamente intenso por lo artístico o por la música.
Se desarrolle o no un sindrome de personalidad interictal -y no parece ser algo universal o inevitable en los casos de epilepsia del lóbulo temporal-, no hay duda de que aquellos que padecen ataques extáticos pueden verse profundamente conmovidos por ellos, incluso buscar de manera activa sufrir más ataques. En 2003, Hansen Asheim y Eylert Brodtkorb publicaron en Noruega un estudio de once pacientes con ataques extáticos; ocho de ellos deseaban volver a experimentar los ataques, y de estos, cinco encontraron la manera de inducirlos. Más que ningún otro tipo de ataque, los ataques extáticos pueden percibirse como epifanías o revelaciones de una realidad más profunda. (...)
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| Juana de Arco |
Tal como observó William James, una condición religiosa aguda y apasionada en una sola persona puede movilizar a miles. La vida de Juana de Arco es un ejemplo. Durante seiscientos años la gente se ha quedado perpleja ante cómo fue posible que la hija de un granjero sin ninguna educación pudiera llegar a convencerse de que tenía una misión y consiguiera que miles de personas la ayudaran a intentar expulsar a los ingleses de Francia. La primera hipóteis de inspiración divina (o diabólica) ha dado paso a otras expliciones médicas, con diagnósticos psiquiátricos compitiendo con los neurológicos. Tenemos muchos testimonios, desde la transcripción de su juicio (y su "rehabilitación" veinticinco años más tarde) hasta los recuerdos de sus contemporáneos. No se puede esperar ninguna conclusión definitiva, pero sugieren, al menos, que Juana de Arco pudo haber padecido epilepsia de lóbulo temporal con auras extáticas.
Juana experimentaba visiones y voces desde la edad de trece años. Surgían en episodios separados que duraban, como mucho, segundos o minutos. La primera aparición la asustó mucho, pero después sus visiones le producían una gran dicha, y la llevaron a creer que tenía una misión. Los episodios a menudo se precipitaban cuando oía campanas de iglesia. Juana describió la primera aparición que tuvo:
Tenía trece años cuando oí una Voz de Dios que me ofrecía ayuda y guía. La primera vez que oí esa Voz me asusté mucho; fue un mediodía de verano, en el jardín de mi padre. (...) Oí la Voz a mi derecha, en dirección a la Iglesia; rara vez la oigo sin que vaya acompañada también de una luz. La luz procede del mismo lado que la Voz. Generalmente es una luz intensa. (...) Cuando la oí por tercera vez, reconocí que se trataba de la Voz de un Ángel. Ésa voz siempre me ha protegido, y yo siempre la he comprendido; me ordenó que fuera buena y asistir a menudo a la iglesia, me dijo que era necesario que luchara por Francia (...) me lo decía dos o tres veces por semana: "Debes luchar por Francia." (...) Me dijo: "Ve, levanta el sitio de la Ciudad de Orleans. ¡Ve!" (...) y yo contesté que no era más que una pobre niña, que no sabía ni montar ni pelear. (...) No pasa un día que no oiga esta Voz; y la necesito muchísimo.
Muchos otros aspectos de los supuestos ataques de Juana, así como testimonios de su lucidez, sensatez, modestia, fueron estudiados en un artículo de 1991 por las neurólogas Elizabeth Foote-Smith y Lydia Bayne. Aunque presentan una caso muy verosimil, otros neurólgos disienten, y parece improbable que la cuestión se resuelva de manera definitiva. Las pruebas son débiles, como ocurre en casi todos los casos históricos.
Los ataques extáticos, religiosos o místicos ocurren sólo en un pequeño número de pacientes de epilepsia del lobulo temporal. ¿Se debe a que hay algo especial en estas personas: una disposición preexistente hacia la religión o hacia las creencias metafísicas? ¿O a que los ataques estimulan zonas específicas del cerebro donde residen los sentimientos religiosos? Naturalmente, podría ser cualquiera de las dos cosas. Y sin embargo personas muy escépticas, indiferentes a la religión, y nada propensas a las creencias religiosas, también pueden -para su propia sorpresa- tener una experiencia religiosa durante un ataque.
En un artículo de 1970, Kenneth Dewhurst y A. W. Beard aportaban diversos ejemplos. Uno se refería a un cobrador de autobús que padeció un ataque extático mientras cobraba los billetes.
De repente le invadió un sentimiento de dicha. Se sintió literalmente en el cielo. Cobró las tarifas de manera correcta, y al mismo tiempo les comunicó a los pasajeros lo contento que estaba en el cielo. (...) Siguió es ese estado de exaltacion, ojeando voces divinas y angélicas, durante dos días. Posteriormente consiguió recordar esas experiencias y siguió creyendo en su validez. (...) Durante los dos años siguientes no hubo nungún cambio en su personalidad; no expresó ninguna idea extraña, pero siguió siendo religioso. (...) Tres años más tarde tras sufrir tres ataques en tres días consecutivos, volvió a sentirse eufórico. Dijo que su mente se había "iluminado". (...) Durante ese episodio perdió la fe.
Ya no creía en el cielo ni en el infierno, ni en la otra vida, ni en la divinidad de Cristo. Esta segunda conversión (al ateísmo) arrastraba el mismo entusiasmo y cualidad reveladora que la conversión religiosa original.
Los ataques extáticos sacuden los cimientos de nuestra fe, nuestra imagen del mundo, aunque anteriormente uno haya sido totalmente indiferente a cualquier pensamiento acerca de la trascendencia o lo sobrenatural. Y la universalidad de los fervorosos sentimientos místicos y religiosos -esa idea de lo sagrado- en todas las culturas sugiere que podrían tener una base biológica; al igual que la percepción estética, podrían afirmar parte de nuestro patrimonio humano. Hablar de base biológica y precursores biológicos de la emoción religiosa -e incluso, como sugieren los ataques extáticos, de una base nerviosa muy específica, en los lóbulos temporales y sus conexiones- no es más que hablar de causas naturales. No nos dice nada del valor, el sentido o la "función" de esa emociones, ni de las narraciones y creencias que podamos construir sobre esa base.
Lecturas:
Oliver Sacks, Alucinaciones. Anagrama 2013
Entradas relacionadas:
El doble
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Juana experimentaba visiones y voces desde la edad de trece años. Surgían en episodios separados que duraban, como mucho, segundos o minutos. La primera aparición la asustó mucho, pero después sus visiones le producían una gran dicha, y la llevaron a creer que tenía una misión. Los episodios a menudo se precipitaban cuando oía campanas de iglesia. Juana describió la primera aparición que tuvo:
Tenía trece años cuando oí una Voz de Dios que me ofrecía ayuda y guía. La primera vez que oí esa Voz me asusté mucho; fue un mediodía de verano, en el jardín de mi padre. (...) Oí la Voz a mi derecha, en dirección a la Iglesia; rara vez la oigo sin que vaya acompañada también de una luz. La luz procede del mismo lado que la Voz. Generalmente es una luz intensa. (...) Cuando la oí por tercera vez, reconocí que se trataba de la Voz de un Ángel. Ésa voz siempre me ha protegido, y yo siempre la he comprendido; me ordenó que fuera buena y asistir a menudo a la iglesia, me dijo que era necesario que luchara por Francia (...) me lo decía dos o tres veces por semana: "Debes luchar por Francia." (...) Me dijo: "Ve, levanta el sitio de la Ciudad de Orleans. ¡Ve!" (...) y yo contesté que no era más que una pobre niña, que no sabía ni montar ni pelear. (...) No pasa un día que no oiga esta Voz; y la necesito muchísimo.
Muchos otros aspectos de los supuestos ataques de Juana, así como testimonios de su lucidez, sensatez, modestia, fueron estudiados en un artículo de 1991 por las neurólogas Elizabeth Foote-Smith y Lydia Bayne. Aunque presentan una caso muy verosimil, otros neurólgos disienten, y parece improbable que la cuestión se resuelva de manera definitiva. Las pruebas son débiles, como ocurre en casi todos los casos históricos.
Los ataques extáticos, religiosos o místicos ocurren sólo en un pequeño número de pacientes de epilepsia del lobulo temporal. ¿Se debe a que hay algo especial en estas personas: una disposición preexistente hacia la religión o hacia las creencias metafísicas? ¿O a que los ataques estimulan zonas específicas del cerebro donde residen los sentimientos religiosos? Naturalmente, podría ser cualquiera de las dos cosas. Y sin embargo personas muy escépticas, indiferentes a la religión, y nada propensas a las creencias religiosas, también pueden -para su propia sorpresa- tener una experiencia religiosa durante un ataque.
En un artículo de 1970, Kenneth Dewhurst y A. W. Beard aportaban diversos ejemplos. Uno se refería a un cobrador de autobús que padeció un ataque extático mientras cobraba los billetes.
De repente le invadió un sentimiento de dicha. Se sintió literalmente en el cielo. Cobró las tarifas de manera correcta, y al mismo tiempo les comunicó a los pasajeros lo contento que estaba en el cielo. (...) Siguió es ese estado de exaltacion, ojeando voces divinas y angélicas, durante dos días. Posteriormente consiguió recordar esas experiencias y siguió creyendo en su validez. (...) Durante los dos años siguientes no hubo nungún cambio en su personalidad; no expresó ninguna idea extraña, pero siguió siendo religioso. (...) Tres años más tarde tras sufrir tres ataques en tres días consecutivos, volvió a sentirse eufórico. Dijo que su mente se había "iluminado". (...) Durante ese episodio perdió la fe.
Ya no creía en el cielo ni en el infierno, ni en la otra vida, ni en la divinidad de Cristo. Esta segunda conversión (al ateísmo) arrastraba el mismo entusiasmo y cualidad reveladora que la conversión religiosa original.
Los ataques extáticos sacuden los cimientos de nuestra fe, nuestra imagen del mundo, aunque anteriormente uno haya sido totalmente indiferente a cualquier pensamiento acerca de la trascendencia o lo sobrenatural. Y la universalidad de los fervorosos sentimientos místicos y religiosos -esa idea de lo sagrado- en todas las culturas sugiere que podrían tener una base biológica; al igual que la percepción estética, podrían afirmar parte de nuestro patrimonio humano. Hablar de base biológica y precursores biológicos de la emoción religiosa -e incluso, como sugieren los ataques extáticos, de una base nerviosa muy específica, en los lóbulos temporales y sus conexiones- no es más que hablar de causas naturales. No nos dice nada del valor, el sentido o la "función" de esa emociones, ni de las narraciones y creencias que podamos construir sobre esa base.
Lecturas:
Oliver Sacks, Alucinaciones. Anagrama 2013
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