Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 14 de septiembre de 2014

La enfermedad "sagrada"


Renée Jeanne Falconetti en "La pasión de Juana de Arco" (1928) de Carl Theodor Dreyer



El diablo está escondido detrás de la cruz.

Proverbio español


Un mero destello de la Realidad puede ser tomado equivocadamente  por la realización completa.

Gampopa



La epilepsia fue reconocida en la Antigüedad por Hipócrates como enfermedad sagrada por considerar que el trastorno sufrido era consecuencia de la inspiración divina. Sin embargo, a lo largo de la historia generalmente despertaría miedo, discriminación y rechazo, por ver contrariamente en quien la padecia una posesión del diablo. Los ataques epilécticos pueden manifestarse de diferentes formas, entre ellos los denominados como "extáticos" por los que se producen sensaciones de éxtasis o dicha trascendente con implicaciones místicas o religiosas. Entre estos se encuentran casos conocidos y documentados como los sufridos por el escritor ruso Fiodor Dostoievsky, sobre el que Oliver Sacks nos habla en un capítulo de su obra Alucinaciones. Además especula sobre la idea de que la heroina francesa Juana de Arco, tras el análisis de su biografía y algunos de sus escritos, también padeciera esta "sagrada" enfermedad.


La enfermedad "sagrada"
(fragmentos)
por
Oliver Sacks


Fiodor Dostoievsky
 (...) Los ataques de Dostoievsky comenzaron cuando era niño, pero se volvieron frecuentes después de cumplir los cuarenta, tras su regreso del exilio en Siberia. En sus ataques esporádicos, a menudo emitía (tal como escribió su mujer) "un grito aterrador, que no tenía nada de humano", y a continuación caía al suelo inconsciente. Muchos de estos ataques iban precedidos de una excepcional aura mística o extática, aunque a veces sólo aparecía el aura, sin convlusiones posteriores ni pérdida de consciencia. El primero tuvo lugar el Sábado de Gloria, tal como su amiga Sofía Kovalévskaia escribió en sus Recuerdos de infancia (Alajouanine lo cita en su artículo sobre la epilepsia de Dostoievsky). El escritor ruso estaba hablando de religión con dos amigos cuando una campana comenzó a dar la medianoche. De repente exclamó: "¡Dios existe, existe!" Posteriormente relató en detalle la experiencia:

Un gran ruido llenaba el aire, e intenté moverme. Tuve la sensación de que el cielo caía sobre la tierra y me engullía. Toqué realmente a Dios. Él entró en mí, sí, Dios existe, grité y no recuerdo nada más. Todos vosotros, dijo, personas sanas, no podéis imaginar la felicidad que sentimos los epilécticos durante los segundos anteriores al ataque. (...) No sé si esa felicidad dura segundos, horas o meses, pero, creedme, no lo cambiaría por todas las alegrías que pueda traerme la vida.

En otras ocasiones ofreció una descripción parecida, y en sus novelas varios de sus personajes sufren ataques parecidos al suyo, y a veces idénticos. Uno de ellos lo sufre el príncipe Mishkin en El idiota:

La sensación de vida, de conciencia de sí mismo, casi se duplicaba en aquellos instantes, que duraban lo que un relámpago. La mente y el corazón se iluminaban con una luz insólita; todas las excitaciones, todas las dudas, todas las inquietudes se apaciguaban repentinamente, se resolvían en una calma superior llena de armonía, dicha y clara esperanza, llena de comprensión y sentido por la causa final.

Hay descripciones de ataques extáticos en Los demonios, Los hermanos Karamázov y Humillados y ofendidos, mientras que en El doble aparecen descripciones de "pensamientos forzados" y "estados oníricos" casi idénticos a los que Hughlings Jackson describía casi por la misma época en sus magníficos artículos neurológicos.
Además de sus auras extáticas -que siempre le parecen a Dostoievsky revelaciones de la verdad definitiva, un conocimiento directo y válido de Dios-, su personalidad sufrió cambios extraordinarios y progresivos a lo largo de los últimos años de su vida, su época de mayor creatividad. (...)
Fue ese cambio, que al parecer se iba desarrollando en Dostoievsky entre ataque  y ataque ("interictalmente", en la jerga neurológica), lo que fascinó especialmente al neurólogo estadounidense Norman Geschwind, que escribió diversos artículos sobre el tema en las décadas de 1970 y 1980. Observó la preocupación cada vez más obsesiva de Dostoievsky por la moralidad y el buen comportamiento, su creciente tendencia a "dejarse enredar en discusiones nimias", su falta de humor, su relativa indiferencia hacia la sexualidad, y, a pesar de su elevado tono moral y su seriedad, "una disposición a enfadarse a la menor provocación". Geschwind se refirió a todo ello como un "sindrome de personalidad interictal". Los pacientes a menudo desarrollan una intensa preocupación por la religión. A veces también desarrollan una tendencia compulsiva a la escritura, un interés insolitamente intenso por lo artístico o por la música.
Se desarrolle o no un sindrome de personalidad interictal -y no parece ser algo universal o inevitable en los casos de epilepsia del lóbulo temporal-, no hay duda de que aquellos que padecen ataques extáticos pueden verse profundamente conmovidos por ellos, incluso buscar de manera activa sufrir más ataques. En 2003, Hansen Asheim y Eylert Brodtkorb publicaron en Noruega un estudio de once pacientes con ataques extáticos; ocho de ellos deseaban volver a experimentar los ataques, y de estos, cinco encontraron la manera de inducirlos. Más que ningún otro tipo de ataque, los ataques extáticos pueden percibirse como epifanías o revelaciones de una realidad más profunda. (...)


Juana de Arco
Tal como observó William James, una condición religiosa aguda y apasionada en una sola persona puede movilizar a miles. La vida de Juana de Arco es un ejemplo. Durante seiscientos años la gente se ha quedado perpleja ante cómo fue posible que la hija de un granjero sin ninguna educación pudiera llegar a convencerse de que tenía una misión y consiguiera que miles de personas la ayudaran a intentar expulsar a los ingleses de Francia. La primera hipóteis de inspiración divina (o diabólica) ha dado paso a otras expliciones médicas, con diagnósticos psiquiátricos compitiendo con los neurológicos. Tenemos muchos testimonios, desde la transcripción de su juicio (y su "rehabilitación" veinticinco años más tarde) hasta los recuerdos de sus contemporáneos. No se puede esperar ninguna conclusión definitiva, pero sugieren, al menos, que Juana de Arco pudo haber padecido epilepsia de lóbulo temporal con auras extáticas.
Juana experimentaba visiones y voces desde la edad de trece años. Surgían en episodios separados que duraban, como mucho, segundos o minutos. La primera aparición la asustó mucho, pero después sus visiones le producían una gran dicha, y la llevaron a creer que tenía una misión. Los episodios a menudo se precipitaban cuando oía campanas de iglesia. Juana describió la primera aparición que tuvo:

Tenía trece años cuando oí una Voz de Dios que me ofrecía ayuda y guía. La primera vez que oí esa Voz me asusté mucho; fue un mediodía de verano, en el jardín de mi padre. (...) Oí la Voz a mi derecha, en dirección a la Iglesia; rara vez la oigo sin que vaya acompañada también de una luz. La luz procede del mismo lado que la Voz. Generalmente es una luz intensa. (...) Cuando la oí por tercera vez, reconocí que se trataba de la Voz de un Ángel. Ésa voz siempre me ha protegido, y yo siempre la he comprendido; me ordenó que fuera buena y asistir a menudo a la iglesia, me dijo que era necesario que luchara por Francia (...) me lo decía dos o tres veces por semana: "Debes luchar por Francia." (...) Me dijo: "Ve, levanta el sitio de la Ciudad de Orleans. ¡Ve!" (...) y yo contesté que no era más que una pobre niña, que no sabía ni montar ni pelear. (...) No pasa un día que no oiga esta Voz; y la necesito muchísimo.

Muchos otros aspectos de los supuestos ataques de Juana, así como testimonios de su lucidez, sensatez, modestia, fueron estudiados en un artículo de 1991 por las neurólogas Elizabeth Foote-Smith y Lydia Bayne. Aunque presentan una caso muy verosimil, otros neurólgos disienten, y parece improbable que la cuestión se resuelva de manera definitiva. Las pruebas son débiles, como ocurre en casi todos los casos históricos.

Los ataques extáticos, religiosos o místicos ocurren sólo en un pequeño número de pacientes de epilepsia del lobulo temporal. ¿Se debe a que hay algo especial en estas personas: una disposición preexistente hacia la religión o hacia las creencias metafísicas? ¿O a que los ataques estimulan zonas específicas del cerebro donde residen los sentimientos religiosos? Naturalmente, podría ser cualquiera de las dos cosas. Y sin embargo personas muy escépticas, indiferentes a la religión, y nada propensas a las creencias religiosas, también pueden -para su propia sorpresa- tener una experiencia religiosa durante un ataque.
En un artículo de 1970, Kenneth Dewhurst y A. W. Beard aportaban diversos ejemplos. Uno se refería a un cobrador de autobús que padeció un ataque extático mientras cobraba los billetes.

De repente le invadió un sentimiento de dicha. Se sintió literalmente en el cielo. Cobró las tarifas de manera correcta, y al mismo tiempo les comunicó a los pasajeros lo contento que estaba en el cielo. (...) Siguió es ese estado de exaltacion, ojeando voces divinas y angélicas, durante dos días. Posteriormente consiguió recordar esas experiencias y siguió creyendo en su validez. (...) Durante los dos años siguientes no hubo nungún cambio en su personalidad; no expresó ninguna idea extraña, pero siguió siendo religioso. (...) Tres años más tarde tras sufrir tres ataques en tres días consecutivos, volvió a sentirse eufórico. Dijo que su mente se había "iluminado". (...) Durante ese episodio perdió la fe.

Ya no creía en el cielo ni en el infierno, ni en la otra vida, ni en la divinidad de Cristo. Esta segunda conversión (al ateísmo) arrastraba el mismo entusiasmo y cualidad reveladora que la conversión religiosa original.
Los ataques extáticos sacuden los cimientos de nuestra fe, nuestra imagen del mundo, aunque anteriormente uno haya sido totalmente indiferente a cualquier pensamiento acerca de la trascendencia o lo sobrenatural. Y la universalidad de los fervorosos sentimientos místicos y religiosos -esa idea de lo sagrado- en todas las culturas sugiere que podrían tener una base biológica; al igual que la percepción estética, podrían afirmar parte de nuestro patrimonio humano. Hablar de base biológica y precursores biológicos de la emoción religiosa -e incluso, como sugieren los ataques extáticos, de una base nerviosa muy específica, en los lóbulos temporales y sus conexiones- no es más que hablar de causas naturales. No nos dice nada del valor, el sentido o la "función" de esa emociones, ni de las narraciones y creencias que podamos construir sobre esa base.


Lecturas:

Oliver Sacks, Alucinaciones. Anagrama 2013


Entradas relacionadas:

El doble

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viernes, 16 de mayo de 2014

El doble


René Magritte, La reproduction interdite (1937)


"Y el juez, de pie ante el hombre, se planteaba un terrible problema. De los dos personajes diferentes que había tenido ante él, uno era culpable  y el otro no lo era. Aquel hombre era doble y tenía dos consciencias; pero de los dos seres reunidos en uno, ¿cuá era el verdadero? Uno de ellos había actuado, pero ¿era aquél el ser primordial? En el hombre doble que se había revelado, ¿dónde estaba el hombre?"

Marcel Schwob, El hombre doble


"Eramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el diálogo. Cada uno de los dos era el remendo cricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy."

Jorge Luis Borges, El otro



El neurólogo Oliver Sacks se refiere a diferentes casos de experiencias extracorpóreas identificadas con el término científico de autoscopia padecidas por algunas personas . Entre ellas, las más leves serían las asociadas con la parálisis del sueño o ataques de migraña por las que el afectado, bajo un estado de alucinación, siente que abandona su cuerpo y flota por el espacio, algo sobre lo que teóricos de lo paranormal han identificado como "viajes astrales". Otras causas inductoras de tales estados serían, por ejemplo, la ingestión de drogas o cuando el cerebro no recibe el necesario riego sanguineo motivado por un ataque de corazón. Las visiones tenidas por enfermos o accidentados donde se ven a sí mismo atraídos hacia un tunel oscuro propias de las conocidas como "experiencias cercanas a la muerte" también estarían incluidas dentro de esta fenomenología. Son experiencias puntuales en las que el paciente se ve a sí mismo desde un yo desdoblado. Cuando esta situación se agudiza en forma de una continuada presencia del doble a ojos del afectado como consecuencia de afecciones cerebrales -entre otras patologías la epilepsia o la esquizofrenia-, puede dar como resultado una variedad de curiosos y estremecedores casos clínicos, algunos con consecuencias trágicas, como los que a continuación Sacks describe en un capítulo de su último libro Alucinaciones.

Nota: El autor adopta el término alemán doppelgänger de origen literario que se refiere al doble fantasmagórico. La palabra proviene de doppel, que significa "doble", y gänger, traducida como "andante".  Su forma más antigua acuñada por un novelista alemán en 1796 es Doppeltgänger, "el que camina al lado". El término se utiliza para designar a cualquier doble de una persona, comunmente en referencia al "gemelo malvado".


"Doppelgängers":
Alucinaciones de uno mismo
(fragmentos)
por
Oliver Sacks


(...) El doble autoscópico es literalmente una imagen especular de uno mismo, con la derecha transpuesta a la izquierda y viceversa, que hace de espejo de la propia postura y actos. El doble es un fenómeno puramente visual, sin identidad ni intencionalidad propia. No tiene deseos ni toma iniciativas; es pasivo y neutral. Jean Lhermitte, al analizar el tema de la autoscopia en 1951, escribió: "El fenómeno del doble lo pueden producir muchas otras enfermedades del cerebro, además de la epilepsia. Aparece en la parálisis general (neurosífilis), en la encefalitis, en la encefalosis de la esquizofrenia, en lesiones focales del cerebro, en trastornos postraumáticos. (...) La aparición del doble debería hacernos sospechar seriamente que quien lo ve padece alguna enfermedad."

Se considera que un número sustancial -quizá la tercera parte- de todos los casos de autoscopia podrían ir asociados a la esquizofrenia, e incluso casos de origen manifiestamente físico u orgánico podrían ser sensibles a la sugestión. T. R. Dening y Germán Berríos describieron a un hombre de treinta y cinco años cuyas apariciones estaban relacionadas con ataques del lóbulo temporal, consecuencia de una lesión en la cabeza. El hombre dijo que en una ocasión había visto sus corbatas colgando como si fueran un grupo de serpientes, pero cuando se le preguntó si había sufrido alguna alucinación propiamente dicha o experiencias autoscópicas, dijo que no. Una semana más tarde acudió a otra visita en un estado de agitación, pues acababa de sufrir una experiencia autoscópica:
Estaba sentado en un café cuando de repente observó una imagen de sí mismo, a unos 15 o 20 metros de distancia, que miraba por la vidriera del café. La imagen era oscura y se parecía a él a los diecinueve años (cuando tuvo el accidente). La imagen no habló, y probablemente duró menos de un minuto. El hombre se sintió asombrado e incómodo, como si le hubieran golpeado físicamente, y se dijo que tenía quie ponerse en pie y marcharse. Se ahce difícil imaginar que el momento en que ocurrió este episodio no tenga nada que ver con las cuestiones formuladas por el psiquiatra la semana anterior.
(...) Una forma de alucinación de uno mismo aún más extraña y compleja tiene lugar en la "heautoscopia", una forma extremadamente rara de autoscopia, donde hay una interacción entre la persona y su doble; la interacción de vez en cuando es amistosa, pero lo más frecuente es que sea hostil. Además, se puede producir una profunda perplejidad en relación con quien es el "original" y quién el "doble", pues la conciencia y la sensación de yo suelen pasar de uno a otro. Tal vez primero se ve el mundo con los propios ojos, y luego con los del doble, lo que puede provocar la impresión de que el otro es la persona real. El doble no se construye reflejando pasivamente la propia postura y las acciones, como la autoscopia; el doble heutoscópico es capaz de hacer, dentro de unos límites, lo que se le antoje (o puede permanecer inmovil, sin hacer absolutamente nada).
La autoscopia "ordinaria" parece relativamente benigna; la alucinación es puramente visual, un reflejo que aparece sólo esporádicamente, sin pretensiones de autonomía, ni intencionalidad, ni ningún intento de interactuar. Pero la heautoscopia dobla la propia identidad, se burla de ella o la roba, puede suscitar sentimientos de miedo y horror y provocar impulsos y actos desesperados. En un artículo de 1994, Brugger y sus colegas describieron un episodio en un joven con epilepsia del lóbulo temporal:
El episodio heautoscópico ocurrió poco antes  de que lo ingresaran. El paciente abandonó su medicación de fenitoína, se tomó varias cervezas, se quedó en la cama todo el día siguiente, y por la noche lo encontraron farfullando y confuso bajo un arbusto grande casi completamente destruido, justo debajo de la ventana de su habitación en la tercera planta. (...) El paciente relató el episodio de la siguiente manera: en la mañana mencionada se levantó medio mareado. Se dio la vuelta y vio que seguía en la cama. Se enfadó con "ese tipo que sabía que era yo mismo y que no se levantaba, con lo que se arriesgó a llegar tarde al trabajo". Intentó despertar el cuerpo que había en la cama primero gritándole, luego zarandeándolo, y a continuación saltando sobre su alter ego. El cuerpo yaciente no reaccionó. Sólo entonces el paciente comenzó a sentirse intrigado por esa existencia doble y se asustó más y más por el hecho de que ya no era capaz de decir cuál de los dos era realmente. En varias ocasiones su conciencia corporal pasó del que estaba de pie al que estaba en la cama; en su modalidad cama estaba completamente despierto, pero totalmente paralizado y asustado por la figura que se inclinaba sobre él y le golpeaba. Su única intención era convertirse otra vez en una sola persona y, mientras miraba por la ventana (desde donde podía ver su cuerpo echado en la cama), de repente decidió saltar "a fin de detener la insoportable sensación de estar dividido en dos". Al mismo tiempo también tenía la esperanza de que "esa acción realmente desesperada asustara al que estaba en la cama y le impulsara a fusionarse conmigo otra vez". Lo siguiente que recuerda es despertar dolorido en el hospital.
(...) En un artículo de 1955, Kenneth Dewhurst y John Pearson describieron a un maestro que, al principio de una hemorragia subaracnoidea, vio un "doble" autóscopico, durante cuatro días:
Parecía bastante sólido, como reflejado en un espejo, y vestido exactamente igual que el paciente. Lo acompañaba a todas partes; a la hora de comer se quedaba de pie detrás de su silla y no reaparecía hasta que había terminado. Por la noche se desvestía y se echaba sobre la mesa o el sofá en la habitación de al lado. El doble nunca decía ni una palabra ni hacía ninguna señal, sólo repetía sus gestos: constantemente ponía una expresión triste. El paciente no tenía ninguna duda de que se trataba de una alucinación, aunque se había convertido en una parte de sí mismo hasta el punto que el paciente acercó una silla para su doble la primera vez que visitó a su médico privado.
En 1884, un siglo antes de que se acuñara el término, A. L. Wigan, que era médico, describió un caso extremo de heautoscopia con consecuencias trágicas:
Conocí a un hombre muy inteligente y amable que tenía la capacidad de colocar ante sus ojos a su propia persona, y a menudo se reía con ganas de su doble, que siempre parecía reír a su vez. Durante mucho tiempo fue motivo de diversión y chanza, pero el resultado final fue lamentable. Poco a poco se acabó convenciendo de que (su otro) yo lo acosaba. Ese otro yo discutía con él de manera pertinaz, y para su gran mortificación a veces le llevaba la contraria, cosa que, al estar muy orgulloso de su capacidad lógica, le resultaba tremendamente humillante. Era una persona excéntrica, pero jamás había estado recluida ni sometida a confinamiento alguno. Al final, en el colmo de su irritación, decidió de manera deliberada no entrar en otro año de existencia: pagó todas sus deudas, envolvió en papeles separados la cantidad de sus gastos semanales, y esperó, pistola en mano, la noche del 31 de diciembre. Cuando el reloj dio las doce en punto se pegó un tiro.
El tema del doble, el doppelgänger, un ser que es en parte uno mismo y en parte Otro, resulta irresistible para la mentalidad literaria, y generalmente se le retrata como presagio siniestro
"William Wilson" ilustrado por Arthur Rakham
de muerte o clamidad. A veces, como el relato "Wiilliam Wilson" de Edgar Allan Poe, el doble es la proyección tangible e invisible de una conciencia culpable que se vuelve cada vez más intolerable hasta que, por fin, la víctima ataca a su doble con intenciones aviesas y se da cuenta de que se ha apuñalado a sí mismo. A veces el doble es invisible
e intangible, como en el cuento de Guy de Maupasant, "Le Horla", pero sin embargo, ese doble deja pruebas de su existencia (por ejemplo, se bebe el agua que el narrador coloca en su botella de la mesita de noche).
En la época en que escribió su cuento, Maupassant a menudo veía un doble de sí mismo, una imagen autoscópica. Como le comentó a un amigo: "Cuando vuelvo a casa, casi siempre veo mi doble. Abro la puerta y lo veo sentado en la butaca. sé que se trata de una alucinación en cuanto lo veo. Pero ¿no es extraordinario? Si uno tuviera la cabeza fría, ¿no le daría miedo?"
En aquella época Maupassant padecía neurosífilis, y cuando la enfermedad estuvo avanzada, era incapaz de reconocerse en un espejo, y, se cuenta, saludaba a su imagen en el espejo, le hacía una reverencia e intentaba estrecharle la mano.
Este Horla que lo persigue y sin embargo es invisible, aunque quizá esté inspirado en sus experiencias autoscópicas, es algo completamente distinto; pertenece al igual que William Wilson y el
doble de Goliadkin en la novela de Dostoievski, a lo esencialmente literario, el género gótico del doppelgänger, un género que conoció sus días de gloria entre finales del siglo XVIII y comienzos del XX.
En la vida real -a pesar de los casos extremos relatados por Brugger y otros-, los dobles autoscópicos podrían ser menos malignos; incluso podría tratarse de figuras bondadosas o implicitamente morales. Uno de los pacientes de Orrin Devinsky, que sufría heautoscopia asociada a sus ataques de lóbulo temporal, describió el siguiente episodio: "Era como un sueño, pero estaba despierto. De repente, me vi a mí mismo a un metro y medio delante de mí. Mi doble cortaba el cesped, que es lo que yo había estado haciendo." Posteriormente, este hombre sufrió más de una docena de episodios justo antes de sus ataques, y muchos otros que al parecer no guardaban relación con la actividad del ataque. En un artículo de 1989, Devinsky et al. escribieron:
Su doble siempre es transparente, una figura completa ligeramente más pequeña que en la vida real. A menudo viste ropa distinta a la del paciente y no comparte sus pensamientos o emociones. Generalmente el doble lleva a cabo una actividad que el paciente considera que debería estar haciendo, y así afirma que "ese tipo es mi conciencia culapable".


Lecturas:

Oliver Sacks, Alucinaciones. Anagrama 2013


Entradas realcionadas:

C. G. Jung: Visiones

"Inteligencia libre"

El regreso


Bart Simpson y Hugo, su "gemelo malvado"


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viernes, 30 de marzo de 2012

El regreso


A los verdes prados
baja la niña,
ríense las fuentes,
las aves silban.
A los prados verdes
la niña baja,
las fuentes se ríen,
las aves cantan.

No corráis vientecillos,
con tanta prisa,
por al son de las aguas
duerme la niña.

Lope de Vega, Canción



El siguiente texto escrito por el neurólogo Oliver Sacks, forma parte de uno de sus libros donde narra los casos clínicos de algunos pacientes que ha tratado a lo largo de su carrera profesional.


Un pasaje a la India
Por
Oliver Sacks


Bhagawhandi P., una muchacha india de diecinueve años con un tumor maligno en el cerebro, fue admitida en nuestra institución en 1978. El tumor (un astrocitoma) se había manifestado por primera vez cuando tenía siete años, pero por entonces era de escasa malignidad y estaba bien delimitado, lo que permitió una resección completa y una recuperación completa de la función, y Bhagawhandi pudo volver a hacer vida normal.
Esta tregua duro diez años, durante los cuales vivió una vida plena, con una plenitud agradecida y consciente, porque sabía (era una chi
ca inteligente) que tenía una "bomba de tiempo" en la cabeza.
El tumor volvió a aparecer a los dieciocho años, mucho más expansivo y maligno ya. No era posible además extirparlo. Se efectuó una descompresión para permitir que se expandiera... y fue así, con debilidad y parálisis del lado izquierdo, con ataques esporádicos y otros problemas, como ingresó e
n nuestra institución.
Al principio se mostró bastante animosa, parecía aceptar plenamente el destino que le aguardaba, pero deseaba aún relacionarse y hacer cosas, disfrutar y experimenar mientras pudiese. A medida que el tumor iba creciendo y avanzando hacia el lóbulo temporal y la descompresión empezaba a hincharse (le administramos esteroides para reducir el edema cerebral) los ataques se hicieron más frecuentes... y más extraños.
Los primeros ataques habían sido convulsiones de grand mal, y siguió teniendo ataques de este tipo de vez en cuando. Los nuevos tenían un carácter completamente distinto. No perdía la consciencia, sino que parec
ía (y se sentía) como "ensoñando"; y era fácil apreciar (y confirmar con electroencefalograma) que había pasado a tener ataques del lóbulo frontal frecuentes, que, como nos enseñó Hughlings Jackson, suelen caracterizarse por "estados de ensoñación" y "reminiscencia" involuntaria.
Esta ensoñación vaga adquirió pronto un carácter más definido, más concreto y más visionario. Adquirió la forma de visiones de la I
ndia (paisajes, aldeas casas, jardines) que la muchacha reconocía inmediatamente como lugares que había conocido y amado de niña.
-¿Y eso te molesta? -le preguntamos-. Podemos cambiar la medicación.
-No -dijo con una plácida sonrisa-. Me gustan esos sueños... me llevan otra vez a casa.
A veces aparecía gente, normalmente de su familia o vecinos de su aldea natal; a veces se hablaba, o se cantaba o se bailaba; en una ocasión estaba en la iglesia, en otra en el camposanto; pero en general eran las llanuras, los campos, los arrozales próximos a la aldea, y las montañas bajas y suaves que se alzaban en el horizonte.
¿Eran sólo ataques del lóbulo temporal? Esto p
arecía en un principio, pero luego empezamos a estar ya menos seguros; porque los ataques del lóbulo temporal suelen tener un formato bastante fijado: Una sola escena o canción, que se repite invariablemente, acompañada de un foco igualmente fijo en el córtex. Sin embargo los sueños de Bhagawhandi no tenían ese caracter fijo, desplegaban panoramas en cambio constante y paisajes que se disolvían ante sus ojos. ¿Estaba entonces intoxicada y alucinaba debido a las enormes dosis de esteroides que estaba recibiendo? Esto parecía posible, pero no podíamos reducir los esteroides... habría entrado en coma y se habría muerto en unos cuantos días.
Y una "psicosis de esteroides", en caso de que fu
ese eso, suele ser desorganizada y agitada, mientras que Bhagawhandi estaba siempre lúcida, tranquila serena. ¿Podían ser fantasías o sueños, en el sentido freudiano? ¿O el tipo de locura-ensueño (oneirofrenia) que puede producirse a veces en la esquizofrenia? Tampoco podíamos estar seguros de eso; porque aunque había una especie de fantasmagoría, los fantasmas eran claramente recuerdos todos ellos. Se producían con conciencia y juicio normales, y no estaban evidentemente "hipercateterizados", o cargados de impulsos apasionados. Se parecían más a ciertos cuadros, o poemas sinfónicos, unas veces felices, otras tristes, evocaciones, re-evocaciones, visitas de ida y vuelta a una niñez estimada y feliz.
Día a día, semana a semana, los sueños, las visiones, se hicieron más frecuentes, más profundos. No eran ya esporádicos, sino que ocupaban la mayor parte del día. La veíamos como arrebatada, como en un trance, los ojos cerrados a veces, otras abiertos pero mirando sin ver, y siempre con una sonrisa
dulce, misteriosa en la cara. Si alguien se acercaba a ella o le preguntaba algo, como tenían que hacer las enfermeras, ella respondía inmediatamente, con lucidez y cortesía, pero se tenía la sensación, incluso entre el personal más prosaíco, de que estaba en otro mundo y de que no debíamos molestarla. Yo compartía ese sentimiento y, aunque sentía curiosidad, me resistía a indagar. Una vez, sólo una vez, le dije:
-¿Qué pasa, Bhagawhandi?
-Me estoy muriendo -contestó-. Me voy a casa. R
egreso al lugar del que vine...sí, podríamos decir que es mi regreso.
Pasó otra semana y entonces dejó de reaccionar ya a los estímulos externos, parecía completamente encerrada en un mundo propio y, aunque tenía los ojos cerrados, aún seguía presente en su rostro aquella sonrisa serena y feliz.
-Está haciendo su viaje de regreso -decía el personal-. Pronto llegará allí.
Tres días después murió... ¿o deberíamos decir "
llegó" después de completar su viaje a la India?

Niña hindú frente a campos de arroz (foto es.123 rf.com)



Lecturas:

Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero. Muchnik Editores 1987

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