El Matrimonio Sagrado,
por Anne Baring y Jules Cashford
En el cristianismo ortodoxo, en el que María era una mujer humana y Dios regía el cielo como gran padre supremo, la imagen del matrimonio sagrado entre dios y diosa no era posible. Sin embargo, el deseo de que se produjese una unión entre los principios masculino y femenino se expresaba en algunos textos gnósticos excluidos, en la idea de que Jesús amó (e incluso tomó por esposa) a la mujer que llevaba el receptáculo sagrado, María Magdalena. Tras una simple lectura de los Evangelios aceptados parece casi impensable que doce siglos más tarde aparecieran imágenes con Jesús y María relacionándose ent
Hay, sin embargo, una diferencia crucial: el hijo es quien reconoce a la madre como novia, y no la madre quien reconoce a su hijo como novio, convirtiéndose así en su novia. Aquí, él corona a ella, no ella a él.
En el mosaico del siglo XIII que aparece a continuación, añadido cien años más tarde al mosaico del matrimonio sagrado en la basílica de Santa María in Trastévere, puede percibirse este cambio de papeles.
Jesús y María durmiente (mosaico de la basílica de Santa María in Trastevere, Roma, siglo XIII)..
Es el momento de transición del mundo terrenal al celestial. María duerme, sumida en el sueño que es para el común de los mortales la muerte, y Cristo lleva en sus brazos al bebé que es su alma, como si él fuese la madre de cuyo cuerpo celestial provien éste. María ya no lleva a Jesús, el niño, en sus brazos, imagen de zoé dando a luz a bíos como "da a luz" la eternidad al tiempo. Ahora Cristo, la madre espiritual, a la zaga de su madre terrenal, trae el alma eterna de ésta última a la existencia mientras ella abandona su cuerpo terrenal. Cristo es aquí la imagen de zoé, y María se ha convertido en una imagen de bíos, la cara más hermosa de la humanidad, resucitada de la condición humana a través del sacrificio voluntario de su hijo.Un siglo antes la teología era más cuestionable, como sugiere el mosaico más antiguo de la pareja divina , construido en la parte más elevada del ábside de esta misma iglesia romana.
Jesús y María en el trono (mosaico de la basílica de Santa María in Trastévere, Roma, siglo XII)Cristo está sentado al lado de una mujer de su misma edad, o incluso más joven. Su brazo se apoya ligeramente alrededor de sus hombros, en un gesto propio del novio que atrae hacia sí a su novia. Aparte del hecho de que la mano del padre se alza sobre su cabeza, colocándose en el centro de la escena, no existe diferencia de rango entre ellos: él es quien la protege, y ella se sienta tranquilamente envuelta en su brazo, como en muchas imágenes de marido y mujer a través de la eras. Sin embargo, el movimiento que se aprecia en la escena proviene de las manos de ella, al elevar el pergamino sobre su rodilla, apuntando hacia el rostro de Cristo, rodeado del halo de la cruz. Mitológicamente, se trata de la reunión bajo la luna llena, cuando el hijo, nacido bajo la luna creciente, sacrificado bajo la luna menguante y perdido bajo la luna nueva, renace como amante que reclama a aquella que le dio a luz como su novia. Bíos y zoé han vuelto a ser uno en esta imagen, y se trasciende la dualidad de lo másculino y lo femenino, de la vida y la muerte.
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Las primeras obras poéticas donde queda expresado el principio arquetípico del Matrimonio Sagrado entre la diosa y su hijo amante las encontramos en tablillas sumerias escritas cientos de años antes de Cristo, algunas de ellas intactas en la actualidad. Son poemas donde se narran las relaciones entre la diosa Innana y su consorte Dumuzi en la zona meridional de Sumer o Tamuz en la septentrional, tanto uno como otro quiere decir "hijo fiel". La diosa como madre primigenia, era asimilada a la viña o a la palmera, de las cuales su hijo es el fruto que muere y resucita simbolizando, al igual que el pastor Adonis más tarde en Grecia, la eterna renovación anual de la vegetación. Éste sería considerado como un dios por haber alcanzado la inmortalidad, y como hombre reinaría en la tierra. Un himno expresa la profunda relación hijo-amante con su madre-esposa y habla de un gran árbol cuyas raíces se extendían hasta las profundidades, lugar donde se alberga el Misterium Magnum:
"Su sede era el punto central de la tierra; su follaje era el lecho de la madre primigenia. Al corazón de su casa sagrada que extiende su sombra como bosque al que no ha penetrado nungún hombre; ahí (está el hogar de) la madre poderosa que cruza el cielo; en su centro estaba Tamuz".
Son poemas que exaltan el amor de la diosa y su consorte hasta convertirse en una relación cósmica donde la Luna tiene un lugar destacado, y donde percibimos connotaciones relacionadas con la transmisión de cultos mistéricos.
"Como rayo de luna vino ella ante él,
saliendo de la casa;
él la miró, se regocijó en ella,
la tomó en sus brazos y la besó.
Innana le dijo:
Lo que yo te diga
que el cantor en canto lo teja.
Lo que yo te diga
que fluya de boca a oreja,
que pase de viejos a jóvenes.
Las imágenes de fertilidad y de sensualidad son protagonistas en otros poemas:
En el regazo se alzaba el cedro creciente.
Plantas crecían altas a su lado.
Grano crecía alto a su lado.
Jardines florecían exuberantes.
(...)
¡Oh, señora, tu pecho es tu campo!
Inanna, tu pecho es tu campo.
De tu campo ancho plantas manan.
De tu campo ancho grano mana.
El agua brota desde las alturas para tu siervo.
El pan brota desde las alturas para tu siervo.
Viértelo para mí, Innana.
Beberé todo lo que ofrezcas.
E Inanna dijo:
Novio, caro a mi corazón,
grata es tu belleza, dulce como la miel,
león caro a mi corazón,
grata es tu belleza, dulce como la miel.
Me has cautivado; déjame, temblorosa, estar de pie ante ti.
Novio, deseo que me lleves a la alcoba,
me has cautivado; déjame, temblorosa, estar de pie ante ti.
León, deseo que me lleves a la alcoba.
Novio, déjame acariciarte,
mi preciosa caricia es más sabrosa que la miel,
en la alcoba, llena de miel,
gocemos de tu grata belleza,
león, déjame acariciarte,
mi preciosa caricia es más sabrosa que la miel.
Inanna y Dumuzi, relieve sumerio
Poemas de gran sensualidad que seguro inspiraron El Cantar de los Cantares atribuido tradicionalmente al rey Salomón que aparece en el Antiguo Testamento y del que a continuación dejo un fragmento perteneciente al capítulo segundo:
2:1 Yo soy la rosa de Sarón, Y el lirio de los valles.
2:2 Como el lirio entre los espinos, Así es mi amiga entre las doncellas.
2:3 Como el manzano entre los árboles silvestres, Así es mi amado entre los jóvenes; Bajo la sombra del deseado me senté, Y su fruto fue dulce a mi paladar.
2:4 Me llevó a la casa del banquete, Y su bandera sobre mí fue amor.
2:5 Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas; Porque estoy enferma de amor.
2:6 Su izquierda esté debajo de mi cabeza, Y su derecha me abrace.
2:7 Yo os conjuro, oh doncellas de Jerusalén, Por los corzos y por las ciervas del campo, Que no despertéis ni hagáis velar al amor, Hasta que quiera.
2:8 ¡La voz de mi amado! He aquí él viene Saltando sobre los montes, Brincando sobre los collados.
2:9 Mi amado es semejante al corzo, O al cervatillo. Helo aquí, está tras nuestra pared, Mirando por las ventanas, Atisbando por las celosías.
2:10 Mi amado habló, y me dijo: Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
2:11 Porque aquí ha pasado el invierno, Se ha mudado, la lluvia se fue;
2:12 Se han mostrado las flores en la tierra, El tiempo de la canción ha venido, Y en nuestro país se ha oído la voz de la tórtola.
2:13 La higuera ha echado sus higos, Y las vides en cierne dieron olor; Levántate, oh amiga mía, hermosa mía, y ven.
2:14 Paloma mía, que estás en los agujeros de la peña, en lo escondido de escarpados parajes, Muéstrame tu rostro, hazme oír tu voz; Porque dulce es la voz tuya, y hermoso tu aspecto.
2:15 Cazadnos las zorras, las zorras pequeñas, que echan a perder las viñas; Porque nuestras viñas están en cierne.
2:16 Mi amado es mío, y yo suya; El apacienta entre lirios.
2:17 Hasta que apunte el día, y huyan las sombras, Vuélvete, amado mío; sé semejante al corzo, o como el cervatillo Sobre los montes de Beter.
¿Perteneces al mundo de los ángeles o al de los hombres?
