Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 27 de enero de 2016

La realidad inventada


El Gato de Cheshire en Alicia en el País de las Maravillas (Walt Disney)


-“¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?” El gato respondió: -“Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar”, -“¡No me importa mucho el sitio...!” dijo Alicia. -“Entonces, tampoco importa mucho el camino que tomes”, dijo el Gato. -“…siempre que llegue a alguna parte”, añadió Alicia. - “Oh, siempre llegarás a alguna parte”, aseguró el Gato.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas


Nunca cesaremos de buscar y, sin embargo, la meta de todas nuestras búsquedas será retornar al punto de partida y conocer ese lugar por primera vez.

T. S. Elliot, Little Gidding



En La realidad inventada (Gedisa 2010), se reúnen una serie de ensayos escritos por investigadores de diferentes disciplinas como la literatura, la filosofía, la física, la bilogía, la psicología, en torno a la corriente de pensamiento conocida como constructivismo surgida a mediados del siglo XX. El pensamiento constructivista teoriza sobre la idea de que la realidad del observador es una construcción hasta cierto punto "inventada". Nunca podremos llegar a conocer la realidad de forma puramente objetiva, ya que siempre que observamos algo, los datos obtenidos de ello los ordenamos en nuestro propio marco teórico mental. De esta manera, el objeto o la realidad que está "fuera de nosotros" no puede ser captada de forma puramente imparcial, sino que de alguna forma es construida a partir de nuestras particulares percepciones, tanto sensoriales como conceptuales, ofreciendo solamente una aproximación a la verdad, que queda fuera de nuestro alcance. 
En el epílogo de esta obra, escrita por el recopilador y autor de alguno de los ensayos Paul Watzlawick, se hace referencia a las paradojas compartidas por la ciencia y la mística, surgidas dentro del marco teórico que anula la separación entre sujeto y objeto.



La realidad inventada (Epílogo)
(fragmentos)
por
Paul Watzlawick


(...) Para muchos el constructivismo no es más que otro nombre del nihilismo. Quien está convencido de que no se puede vivir sin un sentido definitivo en la vida no podrá ver en el constructivismo más que el precursor de la disgregación y el caos. Para esta persona la idea de que toda  realidad es en última instancia una realidad inventada le deja aparentemente sólo una conclusión: el suicidio. "Tengo el deber de documentar mi incredulidad", dice el suicida Kirillov en Demonios de Dostoyevski. "Para mí no hay idea más elevada que la que Dios no existe. En favor mío habla toda la historia de la humanidad. Hasta ahora el hombre no ha hecho otra cosa que inventar a Dios para poder seguir viviendo sin darse muerte; era la historia universal hasta ahora."
El suicida busca el sentido de la vida, en determinado momento se convence que ese sentido no existe y se mata, no porque el mundo como tal  se le revele indigno de vivirse, sino porque el mundo no satisface su exigencia de tener un sentido definitivo e inteligible. Con esa exigencia el suicida ha construido una realidad que no encaja y por eso naufraga la nave de su vida. Nada está más lejos del inventor de esta mortal realidad que la sabia discreción del rey de Alicia  en el país de las maravillas, quien lee el poema del conejo blanco, no encuentra sentido en él y aliviado declara con un encogimiento de hombros: "Si esto no tiene sentido , el hecho nos ahorra una cantidad de trabajo  pues entonces no necesitamos buscarlo". Esencialmente no dice otra cosa Wittenstein cuando en su Tractatus logico-philosophicus (párrafo 6521) escribe: "La solución del problema de la vida se entrevé al desaparecer dicho problema".
La contrapartida del suicida es el hombre que busca; la diferencia entre ambos es sin embargo insignificante. El suicida llega a la conclusión de que no existe lo que busca; en cambio, el buscador llega a la conclusión de que todavía no ha buscado en el lugar correcto. El suicida introduce el concepto de cero en la "ecuación" existencial; el otro introduce en ella el concepto del infinito; cualesquiera de esas búsquedas es autoinmunizante, en el sentido de Karl Popper, y por lo tanto no tiene fin. Son infinitos los posibles lugares "correctos" en que puede encontrarse lo buscado.
El cargo de nihilismo se reduce a sí mismo al absurdo al demostrar lo que quiere refutar, esto es, que el postulado de un sentido presupone el presunto descubrimiento de un mundo carente de sentido.
Sin embargo hasta ahora nada hemos dicho sobre la realidad que construye el propio constructivismo. En otras palabras, ¿qué experimentaría un hombre que estuviera resuelto a ver consecuentemente su mundo como su propia construcción? Ese hombre sería ante todo tolerante, como lo señaló Varela en su contribución a este libro. El que llega a comprender que su mundo es su propia invención debe acordar lo mismo a los mundos de sus semejantes. El que sabe que no puede saber la verdad sino que su visión de las cosas sólo puede encajar más o menos encontrará difícil atribuir a sus semejantes malignidad o locura y le resultará difícil asimismo persistir en el pensamiento primitivo y maniqueo de "Quien no está conmigo está contra mí". La idea de que nada sabemos mientras no sepamos que no conocemos nada de manera definitiva supone el respeto por las realidades inventadas de otros hombres. Sólo cuando esas otras realidades se hacen ellas mismas intolerantes, nuestro hombre -siempre según el sentido de Karl Popper- podría arrogarse el derecho de no tolerar la intolerancia.
Además el hombre se sentiría responsable en un sentido profundamente ético, resposable no sólo de los sueños y yerros sino también de un mundo consciente y de esas profecías suyas, creadores de realidades, que se realizan por obra de sí mismas. Para él ya no está abierto el cómodo camino de proyectar la propia culpa a las circunstancias y a otros seres humanos.
Esta responsabilidad plena significaría también su plena libertad. Quien tuviera plena conciencia de que es el inventor de su propia realidad conocería la posibilidad siempre presente de forjarla de otra manera. Sería pues, herético en el sentido original del término, es decir, alguien que sabe que puede elegir. Se encontraría en la situación en que se encuentra El lobo estepario al final de esta novela, se encontraría en el teatro mágico que le explica su psicopompo Pablo:

Mi teatrito tiene tantas puertas de palcos como queráis, diez o cien mil puertas y detrás de cada una de ellas os esperan precisamente lo que buscáis. Es un lindo gavinete de imágenes, querido amigo, pero de nada le valdría recorrerlo tal como es usted. Se verá obstaculizado o enceguecido por lo que usted está acostumbrado a llamar su personalidad. Sin duda hace ya rato que ha adivinado usted que la superación del tiempo, la redención de la realidad o cualquiera que sea el nombre que usted dé a su anhelo, éste no significa otra cosa que el deseo de verse libre de su llamada personalidad. Ella es la prisión en la cual se encuentra usted y si entrara en el teatro tal como está, vería con los ojos de Harry, lo verá a través de los antiguos anteojos del lobo estepario.

Pero en ese acto de quitarse los anteojos naufraga el lobo estepario que por eso es condenado al castigo de la vida eterna. Este vuelco  de la significación de la vida y de la muerte es mucho más que un juego de palabras logrado. Los relatos de hombres que escaparon a la muerte por un pelo muestran siempre una especie de irrupción del individuo en una realidad que es mucho más real que todo cuanto vivió entonces y en la cual nunca es uno "más yo" que en ese momento. Cuando se derrumban todas las construcciones, cuando se ha quitado todos los anteojos, "retornamos al punto de partida y por primera vez comprendemos ese lugar".
El epiléptico Dostoyevski hace decir a su príncipe Mischkin en El idiota acerca del aura epiléctica (que se da un segundo antes del ataque): "En ese momento me parece comprender de alguna manera la significación de que en adelante no habrá más tiempo". Koestler, condenado a muerte, vive ese estado junto a la ventana de su celda de prisionero en Sevilla:

Entonces tuve la sensación de que me deslizaba de espaldas por un río de paz y pasaba bajo puentes de silencio. No venía de ninguna parte ni era arrastrado a ninguna parte. Luego desapareció el río y también yo. El yo había dejado de existir en mí. (...) Cuando digo que "el yo había dejado de existir en mí" me refiero a una vivencia bien concreta que es tan difícil de expresar en palabras como las sensaciones que despierta en nosotros un concierto de piano, pero que es tan real -no, mucho más real que la realidad. En efecto, su característica más importante es la de que semejante estado es mucho más real que cualquier otra cosa vivida antes.

Innumerables soldados deben haber vivido algo semejante en el frente. Robert Musil, cuyo personaje, el estudiante Törless -como ya dijimos- pide en vano a su profesor de matemática que le explique el significado de la cantidad imaginaria i, parece haber vivido una experiencia semejante que describió en su relato Der Fliegerofeit aparentemente sin haberse dado cuenta que aquí estaba la respuestaa la pregunta de Törles:


(El silbido de la flecha al caer) era un sonido tenue, sutil, cantarino, como cuando se hace sonar el borde de una copa de cristal; pero aquello tenía algo de irreal; nunca has oído semejante cosa, me dije. Y ese sonido estaba enderezado a mí; yo estaba en relación con ese sonido y no tenía ni la menor duda de que algo decisivo estaba apunto de ocurrirme. Ninguno de mis pensamientos era de la clase de aquellos que uno tiene en los momentos en los que se despide de la vida, sino que todo cuanto experimentaba se proyectaba al futuro; y tengo que decir sencillamente que tenía la seguridad de que en el próximo minuto sentiría la proximidad de Dios en mi cuerpo. El corazón me latía amplia y serenamente, y ni por un fragmento de segundo estuve espantado; no me faltaba la partícula de tiempo más íntima en mi vida. En ese momento me invadió un sentimiento de cálida gratitud y creo que se me puso encarnado todo el cuerpo. Si alguien hubiera dicho entonces que Dios había llegado a mi cuerpo, no me habría reído. Pero tampoco lo habría creído.

Sin embargo todas estas citas antológicas y posibles paralelos, todas esta descripciones vagas y subjetivas del instante último suenan como algo exaltado y "místico" en el mal sentido de esta palabra. Y sin embargo no se les puede negar, por índole, el caracter místico, puesto que en estos  ejemplos evidentemente se anula la división de sujeto y objeto, aunque sólo sea por unos segundos. El problema está sólo en descubrir esos momentos. Los llamados místicos o bien guardan silencio -como recomienda Wittgenstein- o bien se ven obligados a recurrir al lenguaje de las grandes imágenes religiosas, mitológicas, filosóficas de su época. Pero así quedan a la vez prisioneros de la realidad construida mediante tales imágenes. Con la incomparable sencillez de su estilo Lao-Tsé expresa este dilema en las primeras palabras de su Tao Te King: "El sentido que podemos forjar no es el sentido eterno." Quien es capaz de escribir semejante afirmación conoce la relatividad y el origen subjetivo de todo sentido y de todo nombre. Sabe que todo acto de atribuir sentido y significación y todo acto de nombrar crean una realidad bien determinada. Pero para llegar a este grado de saber tiene que, por así decirlo, haberse comprendido en flagrante acto de invención de una realidad. En otras palabras, tiene que descubrir cómo creó primero un mundo "a su imagen", sin tener conciencia del acto de su creación, y vivir luego dicha realidad como el mundo "exterior e independiente de él" -precisamente el mundo de los objetos-, de cuyo modo de ser él mismo se construyó autorreferencia. Esta búsqueda es inevitable y su sin sentido se torna significativo. Debe recorrer el camino errado para que éste se revele como camino errado. Wittgenstein debe de haber pensado en algo parecido cuando escribió:


Mis enunciaciones son de tal condición que aquel que me comprende termina por considerarlas desatinadas cuando las recorre, cuando pasa por ellas y se eleva por encima de ellas. (Por así decirlo, debe tirar las escalera depués de haber subido por ella.) (9, Párrafo 6.54)

Comprendemos ahora que la pregunta alrededor de la cual gira este epílogo ("¿Qué realidad construye el propio constructivismo?") está en el fondo mal formulada y además que también era necesario tropezar con tal error para que este se revelara como tal. El constructivismo no crea ni "explica" ninguna realidad "exterior" sino que revela que no existe un interior ni un exterior, un mundo de objetos que se encuntre frente a un sujeto. El constructivismo, más bien, muestra que no existe separación de sujeto y objeto (sobre cuyo supuesto se construyen infinidad de "realidades"), que la división del mundo en opuestos está forjada por el sujeto viviente y que las paradojas abren el camino que conduce a la autonomía.
Como esta ideas ya han sido expresadas por prominentes figuras en un lenguaje riguroso, citaremos aquí a manera de perspectiva panorámica algunas de esas manifestaciones. En su libro Mind and Matter escribió Schrödinger ya en el año 1958:


La razón por la cual nuestro yo, que siente, percibe y piensa, no puede encontrarse en ninguna parte de nuestra imagen científica del mundo puede expresarse en nueve palabras: porque el yo mismo es esa imagen del mundo. El yo es idéntico al todo y, por lo tanto, no puede estar contenido en él como parte.

Estas palabras suenan como algo casi místico, pero piénsese que proceden de la pluma de un prominente físico que por sus investigaciones alcanzó el premio Nobel. (...)



Lecturas:

Paul Watzlawick y otros, La realidad inventada. Gedisa 2010.



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Mi realidad es simplemente diferente a la tuya”.
“¡No estoy loco! Mi realidad es simplemente diferente a la tuya”. - See more at: http://culturacolectiva.com/frases-alicia-pais-maravillas-huir-realidad/#sthash.WaylZ3qo.dpuf
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2 comentarios:

hiniare dijo...

Acabo de hacer una asignatura de psicología, por lo que este tema me suena muy familiar. Una de las teorías del constructivismo es que el conocimiento es intersubjetivo, es decir, no se trata de un sujeto frente al mundo, sino de la especie humana interactuando para establecer qué es la realidad. Por cierto que por fin he tenido tiempo de leerme “Realidad daimónica” de Patrick Harpur, del que ya has hablado, que va mucho más allá, en la estela de Jung: no sólo se trata de que la mente construya la realidad, sino que ES la realidad. No tenemos que percibir nada fuera de nosotros, porque nosotros ya estamos fuera, estamos en todas partes. “El yo es idéntico al todo”. Bueno, me parece una delicia el estilo de Harpur y cómo llega a las conclusiones a las que llega. Sus libros pasan por mi vida como un meteorito, dejan una estela que dura, y dura, y dura...
h.

Jan dijo...

Bien por recordar aquí a Patrick Harpur, hiniare. Alguno de los textos que de él y otros que han ido apareciendo en el blog sin duda están en sintonía con la vertiente más radical del constructivismo, no es casualidad que tras descubrir a Paul Watzlawick me decidiera a publicar algo suyo. Ya sea desde la mística, la psicología, la filosofía o la física, se encuentran autores que apuntan hacia la idea de que que no hay separación entre el observador y lo observado, entre uno y el mundo. Siempre resulta sugerente descubrir puntos de confluencia entre caminos emprendidos desde diferentes lugares.