Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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lunes, 3 de enero de 2011

al-Insân al-Kâmil

William Blake, El sol en el pórtico de Oriente, 1815


"Todos son hombres en la eternidad, los ríos, las montañas, las ciudades y pueblos, y si tú entras en su interior, te vuelves cielo y tierra, al igual que tú albergas en tu interior el cielo y la tierra y todo lo que percibes; y aunque parece que está en el exterior, está en realidad en el interior, en tu imaginación, de la que este mundo mortal no es más que una sombra"

William Blake, Jerusalén


"No existe en el cosmos ningún lugar para la manifestación de la Unidad más perfecto que tú mismo cuando te sumerges en tu propia esencia y olvidas toda relación, y cuando te percibes a ti mismo por ti mismo y despojado de tus apariencias, de forma que seas tú mismo en ti mismo y cuando de entre todas las Cualidades divinas o atributos creados -que, por otra parte, te pertenecen- ningúno ya se refiere ya más a ti. Este estado del hombre es el lugar más perfecto de toda la existencia para la manifestación de la Unidad".

Abd al-Karim al-Yili, El Hombre Universal
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Los textos que transcribo en esta entrada se refieren a la doctrina del Hombre Universal, (en árabe, al-Insân al-Kâmil) presente en un número importante de tratados dentro del esoterísmo islámico, entre cuyos autores destacarían Ibn 'Arabi, y el que sería su seguidor Abd al-Karim al-Yili. Doctrina que encuentra su equivalente en la Cábala hebraica en la figura de Adam Kadmón u Hombre Primordial, que es también el "Rey" (Wang) tal como se describe en el Tao Te King de la tradición extremo oriental. A parte de los dos autores occidentales, de quienes dejo los capítulos sobre el tema que aparecen en sus obras más abajo referidas, y que yo sepa, no se encontraban hasta ahora en internet en lengua castellana, merece destacada atención el capítulo segundo titulado El Hombre Universal, de la obra de René Guénon El simbolismo de la cruz, que se puede encontrar en http://www.euskalnet.net/graal/index2.htm , de la que dejo sus primeras palabras:
La realización efectiva de los estados múltiples del ser se refiere a la concepción de lo que diferentes doctrinas tradicionales, y especialmente el esoterismo islámico, designan como el "Hombre Universal", concepción que, como hemos dicho en otra parte, establece la analogía constitutiva de la manifestación universal y su modalidad individual humana, o, por emplear el lenguaje del hermetismo occidental, del "macrocosmo" y el "microcosmo".
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El Hombre Universal, por Titus Burckhardt


La unidad esencial del mundo es la cosa más cierta al mismo tiempo que la más oculta: todo conocimiento o percepción, sea cual fuere su grado de adecuación, presupone la Unidad esencial de los seres y las cosas. Si los diversos seres perciben el universo de manera diferente, según sus distintas perspectivas y conforme a sus grados de universalidad, no por ello lo perciben de forma menos real, pues la realidad del universo apenas se disocia de la de su visión, y esa realidad es una, aunque diversa según sus aspectos; está simultáneamente presente en los sujetos cognoscentes y en los objetos conocidos. Por otra parte, la naturaleza del mundo es dualidad y discontinuidad; ver el mundo es no ver la Esencia; contemplar Ésta es no ver ya el mundo. Entre todos los seres de este mundo, el hombre es el único cuya visión intelectual engloba virtualmente todas las cosas, mientras que los demás seres orgánicos sólo tiene una visión parcial del mundo. Ciertamente, el conocimiento inmediato de la percepción humana no es más que el conocimiento corporal que le rodea, pero éste representa una imagen relativamente completa, en su nivel de existencia, de la totalidad del universo; a través de las formas sensibles, el hombre concibe las formas sutiles y las esencias espirituales. Por consiguiente, se puede decir que el hombre, que es un microcosmos, y el universo, que es un macrocosmos, son como dos espejos que se reflejan mutuamente: por una parte, el hombre no existe más que en relación con el macrocosmos, del que forma parte y por el que está determinado; por otra, el hombre conoce el macrocosmos, lo que significa que todas las posibilidades que se depliegan en el mundo están contenidas principalmente en la esencia intelectual del hombre. Ése es el sentido de las palabras coránicas: "Y Él (Dios) enseñó a Adán todos los nombres (es decir, todas las esencias de ls seres y las cosas)" (2, 31). Todo microcosmos es, a su manera, un centro del universo, pero es en el hombre donde la polarización "subjetiva" del Espíritu alcanza su punto culminante: "Él ha puesto a vuestro servicio lo que hay en los cielos y lo que hay en la tierra, todo (procede) de Él" (Corán 45, 12). En cuanto a los microcosmos no humanos que contiene nuestro mundo, son inferiores al hombre en cuanto que microcosmos, es decir, en tanto que polarizaciones "subjetivas" del Espíritu o Prototipo único, pero son relativamente superiores al hombre en tanto que participan en mayor medida de la perfección macrocósmica, lo que, en el reino animal, se expresa por el predominio creciente de la especie -de la forma específica- sobre la autonomía individual, y, en los vegetales y los minerales, por la fusión de los dos polos: especie e individuo. Cada uno de los términos de las polarizaciones sucesivas del Prototipo único contiene implícita o explícitamente el término complementario: la especie engloba a los individuos, pero cada individuo comprende virtualmente en él toda las posibilidades de la especie; el hombre contiene en él la naturaleza de la mujer, y a la inversa, y esto es así por el origen mismo de los seres: "Temed a vuestro Señor, que os ha creado de una sola alma (min nafsin wâhidah), que ha creado de ella su esposa y ha producido de esa pareja hombres y mujeres en gran número" (Corán 4, 1). Igualmente, el mundo, o macrocosmos, es evidentemente el "continente" del hombre, del que este es parte integrante. Sin embargo, el hombre conoce el mundo, pues todas las posibilidades del mundo están virtual y principalmente presentes en el hombre. El hombre y el cosmos, como hemos dicho, son semejantes a dos espejos que se reflejan uno a otro, y de ahí el adagio sufí: "El universo es un gran hombre, y el hombre un pequeño universo" (al-kawn insânum kabîrum wa-l-insânu kawnun saghîr). Se puede decir también que el universo y el hombre son formas del Espíritu universal (ar-Rûh) o del Espíritu divino, o que los dos son aspectos complementarios de un solo ser "pancósmico", símbolo de Dios; sin embargo, la forma "exterior" u "objetiva" del macrocosmos no puede ser captada en su totalidad, puesto que sus límites retroceden indefinidamente, mientras que la forma del hombre es conocida, lo que nos lleva a afirmar que el hombre es el "compendio" cualitativo del gran "libro" cósmico, y que en esta forma están expresadas, de una manera u otra, todas las cualidades universales. Por otra parte, el Profeta dice que "Dios creó a Adán en Su (propia) forma", lo que significa que la naturaleza primordial del hombre es como la culminación simbólica y de alguna manera la "suma" aparente de todas las esencias divinas inmanentes en el mundo.
En el hombre ordinario, el sentido "global" de la naturaleza humana permanece virtual; sólo llega a ser actual en aquel que, habiendo realizado de manera efectiva todas las Verdades universales que se reflejan en su forma terrenal, se identifica por ello mismo con el "Hombre perfecto" u "Hombre universal" (al-Insân al-Kâmil). En la práctica este ser tendrá por forma "exterior" su individualidad humana; pero, virtualmente y en principio, le pertenecen toda las formas y todos los estados de existencia, desde el momento en que su "realidad interior" se identifica con la realidad del universo.
Se puede comprender así por qué la expresión "Hombre universal" tiene dos significados, que coinciden o se diferencian según el punto de vista en que nos situemos: esa expresión se aplica, por una parte, a todos los hombres que han realizado la Unión o "Identidad Suprema", como los grandes mediadores espirituales, los profetas especialmente, y los "polos" entre los santos; por otra, designa la síntesis permanente y actual de todos los estados del Ser, síntesis que es a la vez un aspecto inmediato del Principio y la totalidad de todos los estados relativos y particulares de la existencia. Ése es el prototipo único (al-Unmûdhaj al-farîd) o "prototipo evidente", del que habla el Corán y que hemos mencionado antes; y recordemos aquí que, desde el "punto de vista" divino, la creación se integra en ese principio, en el que se reflejan todas las Cualidades o "relaciones" (nisab) divinas sin confusión ni separación; sólo desde el punto de vista de la criatura el universo parece múltiple. Ahora bien, los grandes mediadores, cuyo espíritu se ha identificado con el Espíritu divino, se asemejan por ello mismo a esa síntesis del universo, el gran Prototipo, que es el "objeto" único y directo del Acto divino.
Los epítetos tradicionales del Profeta en su significado esotérico se refieren al Hombre Universal, que es al mismo tiempo el Espíritu, la totalidad del universo y el símbolo humano perfecto: es el "Glorificado" (Muhammad), porque sintetiza la irradiación divina en el cosmos; es el "servidor" perfecto ('abd), porque, siendo esencialmente el Espíritu, emana directamente de Dios; es el "iletrado" (ummî) por el hecho de que recibe su ciencia inmediatamente de Dios, sin la mediación de ningún signo escrito, es decir, sin que medie ninguna criatura, y es también el "amado" (habîb) único y universal de Dios.


El Hombre Universal, por William C. Chittick

Aunque el universo es uno visto desde el punto de vista de la Esencia divina, desde el punto de vista de la relatividad hay una polarización fundamental entre el microcosmo y el macrocosmo. El macrocosmo es el universo en toda su multiplicidad indefinida, que refleja los Nombres y Cualidades divinos como otras tantas particularizaciones individuales y modos determinados. El microcosmo es el hombre, que refleja estas mismas cualidades pero como totalidad. El macrocosmo y el microcosmo son como dos espejos uno enfrente al otro; cada uno contiene todas las cualidades del otro, pero uno de una manera más exterior y objetiva y en detalle (mufassal) y el otro de una manera más interior y subjetiva y de forma sumaria (mujmal). Así, el conocimiento total de sí mismo por parte del hombre incluye en principio el conocimiento del universo entero. Por esta razón el Corán dice: "Y Él (Dios) enseñó a Adán los Nombres (esto es, las esencias de todos los seres y cosas)"(II, 31).

El padre de la humanidad, que es el señor de "Enseñó los Nombres", tiene centenares de miles de ciencias en cada vena. En su alma se acumuló (el conocimiento del) nombre de toda cosa, tal como esa cosa existe (en su naturaleza real) hasta el fin (del mundo)... Para nosotros (hombres corrientes), el nombre de toda cosa es su (apariencia) exterior; para el Creador, el nombre de toda cosa es su (realidad) interir... Puesto que el ojo de Adán vio por medio de la Pura Luz, el alma y el sentido más íntimo de los nombres se hizo evidente (I, 1234-35, 1246).

El prototipo tanto del microcosmo com del macrocosmo es el Hombre Universal o Perfecto (al-Insân al-Kâmil), que es la suma total de todos los niveles de realidad en una síntesis permanente. Todas las Cualidades divinas están contenidas dentro de él e integradas de tal modo que no están confundidas ni separadas, y sin embargo él trasciende todos los modos de existencia particulares y determinados. Por otra parte, desde el punto de vista islámico, Muhammad es la síntesis perfecta.
El Hombre Universal tiene otro aspecto cuando se considera desde el punto de vista del camino espiritual: es el modelo humano perfecto que ha realizado todas las posibilidades inherentes en el estado humano. En él los "Nombres" o esencias que el hombre contiene potencialmente (bi'l-quwwah) se actualizan de modo que se convierten en los estados mismos de su ser (bi'l-fi'l). Para él, el ego humano, con el que la mayoría de los hombres se identifican, no es más que su cáscara exterior, mientras que todos los otros estados de existencia le pertenecen internamente; su realidad interior se identifica con la realidad interior de todo el universo.
El Hombre Universal es el prototipo de toda la manifestación y por lo tanto el prototipo del microcosmo y el macrocosmo. El hombre individual, o el hombre tal como entendemos habitualmente esta palabra, es el reflejo más completo y central de la realidad del Hombre Universal en el universo manifestado, y así aparece como el último ser que entra en la arena de la creación, pues lo que es primero en el orden principal es último en el orden manifestado.
El término "Hombre Universal" adquirió prominencia con Ibn 'Arabi, aunque la doctrina era bien conocida antes de él, y necesariamente, pues desde el punto de vista del sufismo el Profeta del Islam es la manifestación más perfecta de Hombre Universal. El Profeta se refería esencialmente a este estado cuando dijo: "La primera cosa creada por Dios fue mi luz (nûri)" o "mi espíritu (rûhi)", hadith que los sufíes han citado repetidamente a lo largo de los siglos. Además, como numerosos santos, a partir de la época del Profeta, han alcanzado este estado, conocían el significado de la doctrina de Hombre Universal de manera concreta, aunque no hablaran de ella exactamente con los mismos términos que utilizó Ibn 'Arabi.
Antes de Ibn 'Arabi solía hablarse del Hombre Universal en unos terminos ligeramente diferentes a los que él empleó: el "microcosmo", en esta perspectiva anterior, es la forma externa del hombre, mientras que el "macrocosmo" es su realidad interior. Dicho de otro modo, el término "macrocosmo" se refiere esencialmente a la realidad interior del Universo y no a su forma exterior, como es el caso habitualmente en la doctrina de Ibn 'Arabi. Pero esta realidad interior es precisamente el Hombre Universal y es por lo tanto idéntica a la realidad interior del microcosmo.
También Rûmî, aunque vivió después de Ibn 'Arabi, adopta en sus escritos la terminilogía más antigua. Hablando sobre la verdadera naturaleza del hombre, Rûmî observa que los filósofos dicen que el hombre es el microcosmo, mientras que los teósofos o sufíes dicen que el hombre es el macrocosmo,
y la razón de ello es que la filosofía se limita a la forma fenoménica del hombre, mientras que la teosofía está relacionada con la verdad esencial de su verdadera naturaleza (IV, p. 302)

El hombre es en apariencia un derivado de este mundo, e intrínsecamente, la rama se originó por el fruto.
Si no hubiera habido deseo y esperanza del fruto, ¿cómo podría el jardinero haber plantado la raíz de árbol?
Por consiguiente, en realidad el árbol nació del fruto, (aunque) en apariencia (el fruto) fue generado por el arbol.
Por eso Muhammad dijo: "Adán y los (demás) profetas (me siguen) bajo (mi) bandera".
Por esta razón, ese maestro de (toda) clase de conocimiento (Muhammad) dijo la frase alegórica: "Somos los últimos y los primeros".
(Es decir), "Si en apariencia he nacido de Adán, en realidad soy el antepasado de (todos los) antepasados...
Por consiguiente, en realidad el padre (Adán) nació de mí, por consiguiente en realidad el árbol nació del fruto".
El pensamiento (idea), que es primero, es lo último que se actualiza, en particular el pensamiento que es eterno
(IV, 522 ss.).

Así se comprende que Muhammad fue el fundamento (del Universo). "De no ser por ti (Muhammad), no habría creado los cielos". Todo lo que existe, honor y humildad, autoridad y alto rango, él lo ha decretado y es su sombra, pues todo se ha hecho manifiesto a partir de él (Discourses, p. 117).

En el Gulsan-i Râz (El jardín del misterio de Shabistari) se encuentra una declaración muy explícita de la posición del hombre en el Universo:

Contempla el mundo enteramente contenido en ti,
Lo que se hizo en último lugar fue lo primero en el pensamiento.
Lo último que se hizo fue el alma de Adán,
Los dos mundos eran un medio para producirla.
No hay otra causa final más allá del hombre,
Se revela en su interior...
Eres un reflejo de "El adorado por los Ángeles (Adán)",
Por esta causa los ángeles te veneran.
Toda criatura que va delante de ti (esto es, todas las demás criaturas del universo) tienen alma,
Y de esta alma sale un hilo que va hasta ti.
Por consiguiente, todas están sujetas a tu dominio,
Pues el alma de cada una está oculta en ti.
Tú eres la médula del mundo en su centro,
Sabe que eres el alma del mundo.

Escultura de Joaquín Huertas. Sin título, 2002. Alt. 67 cm.


Lecturas:


René Guénon, El simbolismo de la cruz, Olañeta Editor 2003

Titus Burckhardt, Introducción al sufismo, Paidos Orientalia 2006

William C. Chittick, La doctrina sufí de Rumi, Olañeta Editor 2008

Abd al-Karim al-Yili, El Hombre Universal, Mandala Ediciones 2001


Entradas relacionadas en este blog:




http://barzaj-jan.blogspot.com/2010/09/mundus-imaginalis.html

http://barzaj-jan.blogspot.com/2009/11/tu-horizonte.html


martes, 26 de octubre de 2010

Juego de Reyes

Algunas piezas del Ajedrez Lewis talladas en torno al siglo XIII.

"... el único juego entre todos los ideados por el hombre que se sustrae soberanamente a toda tiranía del azar y otorga sus laureles de vencedor de un modo exclusivo al espíritu, más propiamente dicho, a una forma determinada de la habilidad intelectual. ¿Pero no se comete una falta de empequeñecimiento humillante con sólo tildar de juego al ajedrez?¿No es también una ciencia, una técnica, un arte, algo que se cierne entre esas categorías, como el ataúd de Mahoma entre el cielo y la tierra, una trabazón única entre todos los contrastes: antiquísimo y eternamente joven; mecánico en la disposición, y, sin embargo, eficaz solamente por obra de la fantasía; limitado en el espacio, geométricamente fijo y ala vez ilimitado en sus combinaciones, desarrollándose de continuo y, no obstante, estéril? un pensar que no conduce a nada; una matemática que nada soluciona; un arte sin obras; una arquitectura sin substancia y, no obstante, evidentemente más duradero en su existencia y ser que todos los libros y obras de arte; el único juego propio de todos los pueblos y tiempos y del que nadie sabe qué dios lo legó a la Tierra... "

Stephan Zweig, Una partida de ajedrez, Madrid, Espasa



Imágenes del juego del ajedrez, por Pedro J. Lavado.
(Fragmento, texto completo http://fuesp.com/revistas/pag/cai0709.html )

Posiblemente sean las imágenes del libro de Alfonso X el Sabio, al igual que otras representaciones en marfil, tejidos o grabados, las que mejor nos representan lo que supuso el ajedrez en la vida medieval y todas sus connotaciones estéticas y simbólicas. Pero, por el contrario, son pocos los ajedreces completos que se conservan del mundo medieval, habiendo quedado, por lo general, reducidos éstos a algunas piezas de cristal de roca o marfil que forman parte de relicarios y tesoros y que a menudo se encuentran en algunos Museos eclesiásticos o colecciones particulares. Las formas y decoración de las piezas nos sirven para estudiar su evolución a través del tiempo y comprender más perfectamente cómo algunos temas más o menos abstractos convergieron en aspectos figurativos más específicos.
Quizá sean las piezas de ajedrez que se conservan en el Museo Provincial de Cáceres y que, según documentación, proceden del castillo de Trigueros del Valle (Valladolid) uno de los ejemplos más completos. Datado como ajedrez de entre los siglos VIII-XI, consta de 17 piezas de madera blancas y 12 negras. La tipología de formas y el material empleado nos hacen llevar la cronología con posterioridad al siglo XIII, lo cual también conco
rdaría con la procedencia de las piezas.
Asimismo, el ajedrez del Museo Nacional de Arte Hispano-Musulmán de Granada, obra del siglo XV, conserva algunas piezas de marfil o hueso, mínimas en número, pero que coinciden en cuanto a las técnicas ornamentales con lo que muchos arqueólogos denominan mangos de cuchillo. El único tablero que conozco y de una cierta calidad es el que se muestra en el Museo Provincial de León y que, según los inventarios y publicaciones al respecto, se pone en relación con la familia Luna, uno de cuyos escudos está presente en. el marco. Es un pieza de madera que se sirve de dos tipos diferentes de madera para marcar el diferente color de las casillas y que se ornamenta con unas orlas de vegetación entre las que aparecen los escudos heráldicos y otros elementos de marquetería o taracea.

Tablero de los condes de Luna, Museo de León


Un análisis de tipo arqueológico en estas piezas, al igual que en las miniaturas de Alfonso X el Sabio, nos da pautas para la comprensión de la técnica de juego y para entender la existencia de algunos otros elementos que formaban parte del juego. Así el tablero de ajedrez de León conserva la argolla para colgar y sujetar la bolsa con las piezas, a la manera que aparece e n algunas miniaturas del Libro de Alfonso X o en el emblema 23 de Covarrubias. Los aspectos decorativos del tablero tienen paralelos también en las citadas miniaturas y en otras ilustraciones medievales, pero es curioso también constatar que se mantienen en el tiempo en algunas otras representaciones artísticas.
Aspectos relativos al juego entre caballeros, personas de diferentes países u hombres y mujeres pueden contemplarse en estas miniaturas, así como el acompañamiento de servidores, músicos y los propios elementos de mobiliario y arquitectura de la época. Pero junto a esta iconografía figurativa, el juego de ajedrez encierra otros simbolismos, caso de la antítesis entre el propio juego de ajedrez y el nard o tablas que a menudo se ofrece en el reverso del tablero, caso curioso del tablero de ajedrez del Museo de León o la combinación que se da en ejemplares más modernos.
La simbología alusiva al campo de batalla y "una astucia sin el sometimiento de los dados y sin sangre" es uno
de los elementos que ha propiciado su gran aceptación. Algunas teorías filosóficas han respaldado el juego de ajedrez, caso del qadr que defiende el libre albedrío y se identifica con este juego, mientras que el nard se encuentra afectado por el determinismo divino o yahr. En este caso, el Libro de Ajedrez, Dados y Tablas de Alfonso X es clarificador en el ejemplo aportado en el diálogo entre los tres sabios y el rey. El primer sabio defendía: "más ualie seso que uentura" (ajedrez); el segundo: "más ualie uentura que seso" (dados), y el tercero: "uenir tomando delo uno e delo al" (chaquete), ya que "qui las sopiere bien iogar que aunque la suerte delos dados le sea contraria, que por ser cordura iogar que esquiuara el danno quel puede uenir por la auentura delos dados".
De la misma forma, algunas valoraciones morales atañen al juego de ajedrez, que se pone como ejemplo de aquellos hombres que van retrasando su arrepentimiento hasta la hora de la muerte, "como jugador de ajedrez no experto que dice 'No me importa que me vayan tomando las piezas (familia), porque al fin daré mate'...". Y es que, según los moralistas medievales, el demonio es jugador experimentado, hecho que se ha representado a menudo en las imágenes medievales, en las que la muerte o el propio diablo juegan, esa partida definitiva con el hombre.
Otras valoraciones simbólicas aluden al amor de Dios por aquel gesto del jugador manteniendo largo rato la pieza de ajedrez en sus manos para liberarla del alcance del enemigo. Sin embargo, la interpretación más frecuente del juego de ajedrez y en el que conviven las imágenes que nos representan el tablero y la bolsa de las piezas es la que se refiere a los papeles desempeñados por el hombre en el mundo y que contemplan por un lado su igualdad y asimismo su espíritu de superación, como el peón que trata de llegar a alférez o dama.
"En tanto que vivimos, cada uno tiene su puesto en la república, con cuya variedad se compone y se conserva. Pero llegado el día de la muerte, la tierra nos recibe con tanta igualdad que no (h)ay distinción del rico al pobre. Y así es como la bolsa de los trebejos en el axedrez, que acabado el juego, todos entran confusamente en el saco. Y esto nos significa el emblema con el mote francés 'Roys e pions, dans le sac son eguaux'".
Explicación que también recoge Sancho Panza y que no está nada lejos del poema antes mencionado de Ibn Labbana (No somos sino piezas del ajedrez en manos del destino) : "Brava comparación... como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego, cada pieza tiene ser particular oficio; y en acabándose el juego, todas se mezclan, juntan y barajan y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura".
Una afirmación siempre vieja y nueva a la vez, pero que prueba, una vez más, que el ajedrez es algo más que un juego y que ese simple tablero de 64 escaques alternos encierra una imagen de microcosmos.

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Emblema 23 de Emblemas Morales (1610) de Sebastian Orozco Cobarrubias


Este emblema de Cobarrubias con el mote frances al que se hace referencia en el artículo anterior viene acompañado con el siguiente lema:

"El rey, la dama, alfil, roque, caballo,
cada cual de estos tiene en el tablero
su casa, su poder, y en el mudallo
se guarda orden y concierto entero.
Al fin del juego por mi cuenta hallo
que en saco el peón entra primero
y al rematar, los bienes y los males
de aquesta vida, todos son iguales."

Donde también encontramos la sentencia moral ya referida:

«En tanto que vivimos, cada uno tiene su puesto en la república, con cuya variedad se compone y se conserva. Pero llegado el día de la muerte la tierra nos recibe con tanta igualdad que no hay distinción del rico al pobre. Y así es como la bolsa de los trebejos en el ajedrez, que acabado el juego todos entran confusamente en el saco. Y esto nos significa el mote francés: roys, pyons dans le sac son eguaux».

Este ejemplo, así como los versos de Ibn Labbana "No somos sino piezas en manos del destino" como las palabras de Sancho Panza, "Braba comparación... como aquella del juego del ajedrez, que mientras dura el juego cada pieza tiene su particular oficio, y en acabándose el juego todas se mezclan, juntan y barajan y dan con ellas en una bolsa, que es como dar con la vida en la sepultura", recuerdan enormemente los siguientes versos de Omar Khayyam (1048-1132):

"He aquí la única verdad. Somos los peones de la misteriosa partida de ajedrez que juega Alá. Él nos mueve, nos detiene, vuelve a empujarnos, y al final nos arroja, uno a uno a la caja de la nada".

Versos que expresan el sentimiento trágico de una vida bajo el dominio del azar, siendo el hombre tan sólo una pieza cuyo destino se juega en un lugar misterioso y cuyo final acabará por igualar cualquier diferencia. Los encontramos evocados en el poema de Jorge Luis Borges Ajedrez:

I
En su grave rincón, los jugadores
rigen las lentas piezas. El tablero
los demora hasta el alba en su severo
ámbito en que se odian dos colores.
Adentro irradian mágicos rigores
las formas: torre homérica, ligero
caballo, armada reina, rey postrero,
oblicuo alfil y peones agresores.
Cuando los jugadores se hayan ido,
cuando el tiempo los haya consumido,
ciertamente no habrá cesado el rito.
En el Oriente se encendió esta guerra
cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.
II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
reina, torre directa y peón ladino
sobre lo negro y blanco del camino
buscan y libran su batalla armada.
No saben que la mano señalada
del jugador gobierna su destino,
no saben que un rigor adamantino
sujeta su albedrío y su jornada.
También el jugador es prisionero
(la sentencia es de Omar) de otro tablero
de negras noches noches y blancos días.
Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza
de polvo y tiempo y sueño y agonías?

Mosaico del suelo del presbítero de San Sabino en Piacenza S. XII
Imagen encontrada en
http://www.mmfilesi.com/#13

La mano que aparece a la derecha del tablero de ajedrez en este mosaico de San Sabino, podría ser interpretada como la mano dextera (mano derecha) de Dios, encontrando una imagen alegórica en consonancia con el poema de Borges " Dios mueve al jugador, y éste, la pieza". En ella vemos como el jugador dirige su mirada hacia el lugar de donde procede la mano antes de decidirse a mover la pieza. Ésta idea me parece más sugerente iconograficamente que identificarla con las más comunes representaciones medievales del caballero que juega contra la muerte.

-oOo-


En el siguiente ensayo descubrimos aspectos del simbolismo del ajedrez entroncados en la Filosofía Perenne que difieren de la única visión del hombre sometido y expuesto a los vaivenes del azar y del destino. Será la sabiduría proporcionada por el conocimiento del Arte Regia lo que brindará al hombre el dominio y gobierno de las posibilidades interiores y exteriores.


Simbolismo del Ajedrez por Titus Burckhardt


El juego de ajedrez es originario de la India. Fue transmitido al Occidente medieval por medio de los persas y los árabes. Una prueba de ello es la palabra "jaque mate" que deriva del persa (shah-rey- y el árabe mat- ha muerto).
El orden estratégico es evidente en la posición de las figuras utilizadas, igual que en la guerra en el Oriente antiguo. La tropa ligera, representada por los peones, ocupa la primera línea; el grueso del ejercito lo constituye la tropa pesada, carros de guerra (torres), caballeros (Caballos) y elefantes de combate (alfiles); el rey con su "dama" o "consejero" pe
rmanecen en el campo de las tropas.
La forma del tablero corresponde al tipo clásico del Vastumandala, el diagrama que también constituye el trazado céntrico o fundamental de un templo o ciudad. Dicho diagrama simboliza la existencia concebida como campo de acción de las fuerzas divinas. En su significado más universal, el combate figurado por el juego del ajedrez representa la batalla mítica de los devas con los asuras, de los dioses con los titanes, o de los ángeles con los demonios, derivándose de este todos los demás significados del juego.
El ajedrez es de origen brahamanico, lo prueba el carácter eminentemente sacerdotal del diagrama de 8x8 cuadrados. Los hindúes consideraban el juego como una escuela de gobierno y defensa.
Hagamos notar que los hindúes cuentan ocho planetas: el sol, la luna, los cinco planetas conocidos y Rahu, el astro oscuro de los eclipses; cada uno corresponde a las ocho direcciones del espacio. Los indios dan un sentido misterioso a la progresión geométrica efectuada en las casillas del tablero; establecen una relación entre la causa primera, que domina todas las esferas y a la que todo conduce, y la suma del cuadrado de las casillas.
El simbolismo cíclico del tablero de ajedrez reside en el hecho de que expresa el despliegue del espacio según el principio cuartario y octonario de las direcciones principales (4x4x4=8x8), y que sintetiza en forma cristalina, los dos grandes ciclos del sol y la luna: el duodenario del zodiaco y las 28 mansiones lunares. Por otra parte, el número 64, suma de las casillas del tablero, es submultiplo del número cíclico fundamental que mide con precisión los equinoccios.
Los astros simbolizan al mismo tiempo un aspecto divino, personificado por un deva. Así es como este mandala, simboliza a la vez el cosmos visible, el mundo del espíritu y la divinidad en sus múltiples aspectos.
(Mencionemos también, que en la tradición china, los 64 signos que se de
rivan de los ocho trigramas comentados en el I King. Estos 64 signos suelen estar dispuestos de manera que correspondan a las ocho direcciones del espacio. Ahí también se encuentra, pues, la idea de una división cuaternaria y octonaria del espacio, que resume todos los aspectos del universo.)
El despliegue alternativo de los cuadrados blancos y negros, pueden ser considerados como un mandala de Shiva, dios en su aspecto transformador. Los cuatro cuadrados, puestos alrededor de un centro no manifestado, simbolizan las fases cardinales de todo ciclo. La alternación de las casillas blancas y negras, en este esquema elemental, hace del equivalente rectangular del símbolo extremo oriental del yin-yang. Es una imagen del mundo en su dualismo fundamental. Son dos aspectos complementarios pero opuestos del mandala, es decir, un símbolo del espíritu universal (Purusha) en cuanto a síntesis inmutable y trascendente del cosmos. Por otra parte es emblema de la existencia (Vastu) considerada como soporte pasivo de las manifestaciones divinas. La cualidad geométrica del símbolo expresa el espíritu, y su coagulación limitativa es existencia o materia; en l
a polaridad considerada como tenebrosa y caótica, raíz del dualismo existencial. Recordemos aquí el mito de según el cual el Vastu-mandala representa un asura, personificación de la existencia bruta: los davas han vencido a este demonio y han establecido sus moradas sobre el cuerpo tendido de su víctima; así, le imprimen su "forma", pero es el quien los manifiesta.
Este doble sentido que caracteriza al Vastu-Purusha-mandala, y que, por lo demás, se encuentra de manera mas o menos explicita en todo símbolo, era como actualizado por el combate que el juego del ajedrez representa. Tal combate, decíamos, es esencialmente el de los devas y los asuras, que se disputan el tablero del mundo. El ejército blanco es el de la luz, el negro es el de las tinieblas. En un orden relativo, la batalla figurada en el tablero representa, bien la de los dos ejércitos terrenales. Cada uno de los combates en nombre de un principio, el espiritual y el de las tinieblas en el hombre, como una guerra santa. Se advertirá el parentesco del simbolismo implicado en el juego de ajedrez con el tema del Baghavad-Gita, libro que se dirige a los kshatriyas.
Se traspone el significado de las diferentes piezas del juego en el orden espiritual, estas corresponden a diferentes maneras de realizar las posibilidades cósmicas representadas por el tablero; hay el movimiento axial de las torres o carros de combate, el movimiento diagonal de los alfiles o elefantes que siguen un solo color, y el movimiento complejo de los caballos. La marcha axial que corta a través de los diversos colores, es lógica y viril. Mientras que la marcha diagonal corresponde a una continuidad existencial y, por lo tanto, femenina. El salto de los caballos corresponde a la intuición.




Lo que más fascina al hombre de casta noble y guerrera es la relación entre voluntad y destino. Pues bien, exactamente eso es lo que el juego de ajedrez ilustra, precisamente porque sus encadenamientos son siempre inteligibles, sin ser limitados en su variación. Un rey de la India quiso saber si el mundo obedecía a la inteligencia o a la suerte. Dos sabios, sus consejeros, dieron respuestas contrarias, y para probar sus tesis respectivas uno de ellos tomó por ejemplo el ajedrez, en el que la inteligencia prevalece sobre el azar, mientras que el otro trajo unos dados imagen de la fatalidad.
En cada fase del juego, el jugador es libre de elegir entre varias posibilidades, pero cada movimiento traerá una serie de consecuencias ineluctables, de modo que la necesidad delimita la libre elección cada vez más, apareciendo el final del juego no como fruto del azar sino como el resultado de leyes rigurosas.
Se revela aquí no sólo la relación entre voluntad y destino, sino también entre libertad y conocimiento: a menos que haya una inadvertencia del adversario, el jugador salvaguardará su libertad de acción solo en la medida en que sus decisiones coinciden con la naturaleza del juego, es decir, con las posibilidades que este implica. Dicho de otro modo; la libertad de acción es aquí solidaria de la previsión, del conocimiento de las probabilidades; inversamente, el impulso ciego, por libre y espontáneo que parezca en el primer momento, se revela a fin de cuentas como una no-libertad.
El arte regia es gobernar el mundo exterior o interior en conformidad con sus propias leyes. Esta arte supone sabiduría, que es el conocimiento de las posibilidades; ahora bien, todas las posibilidades están contenidas, de manera simétrica, en el espíritu divino. La verdadera sabiduría es la identificación mas o menos perfecta con el Espíritu (Purusha), siendo simbolizado este por la cualidad geométrica del tablero, sello de unidad esencial de las posibilidades cósmicas. El Espíritu es la verdad; por Ella es libre el hombre; fuera de ella es esclavo de su destino. Esa es la enseñanza del juego del ajedrez.

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Para finalizar, una fotografía que me parece un extraordinario poema visual,



el tablero de ajedrez ocupa el lugar de la partitura. ¿Que música está contenida en esa partitura? Podemos decir que toda la música está allí latente, de la misma forma que se encuentran las infinitas posibilidades de combinación por las que desarrollar una partida. Que curioso... partida-partitura parecen tener una misma raiz. Tanto el desarrollo que conforma una partida, como la música escrita en una partitura, todo movimiento, todo sonido, sus combinaciones, emanan del silencio y la quietud que estaría simbolizado por el punto indimensionado del centro del tablero.

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