Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 6 de noviembre de 2016

Guárdame un secreto...


TUTAE CUSTODIBUS ISTIS (Por estos se custodian todas las cosas)
Jacob Bosch, Symbolographia sive de arte Symbolica (1701)



Autores que durante el Renacimiento escribieron tratados sobre las normas que debían regir el arte de los emblemas, recomendaban la creación de imágenes enigmáticas que despertaran la curiosidad pero sin llegar a un nivel de dificultad que impidiese desvelar su significado. La complejidad tenía que ser calculada para que el lector culto tuviera la satisfacción de resolverla, convirtiéndose en el medio visual por el que obtenía una lección de índole moral o la revelación de una verdad última. El candado de combinación, compuesto por varios anillos con letras grabadas que sólo se abría al formar la palabra correcta, fue uno de los objetos que se adecuaban muy bien a esos requisitos, atrayendo a muchos emblemistas que lo utilizaron para diferentes significados. Veamos algunos de ellos.



¡Guárdame un secreto... O deséame suerte!
Posibilidades emblemáticas de 
un ingenioso artefacto
(fragmentos)
por
José Javier Azanza López
Universidad de Navarra




EL CANDADO COMO DEPOSITARIO DE UN SECRETO

Por la dificultad que ofrece la apertura de su mecanismo y la seguridad con que protege los objetos cuya custodia le son confiados, el candado de combinación ha simbolizado la idea del secreto que debe guardarse, aplicándose en muy diferentes ámbitos. Uno de ellos es el religioso-moral, como podemos comprobar en Lux Evangelica, obra del jesuita Enricus Engelgrave en la que los misterios evangélicos se transforman en enigmas simbólicos ilustrados con emblemas, acomodados a los distintos momentos de la liturgia (Engelgrave, 1655: 215-227). El emblema XVII muestra en su pictura una estancia con una mesa cubierta por un rico tapete, sobre la que se dispone un arca sellada con un candado de combinación.

  Enricus Engelgrave, Lux Evangelica (1665)
Emb. XVII

En la parte superior figura una breve sentencia evangélica: «Nemini dixeritis» (No contéis a nadie), correspondiente al acontecimiento de la Transfiguración del Señor en el Tabor, cuando ordenó a Pedro, Santiago y Juan que mantuvieran en secreto la visión que habían contemplado hasta que no resucitase el Hijo de Dios. El mandato divino se ejemplifica así mediante el candado de combinación que custodia el valioso contenido del baúl. En la parte inferior queda una nueva frase, «Pandit secreta loquendo» (Hablando se descubre el secreto), que antecede al domingo en el que se proclama el evangelio, y a una explicación que relaciona éste con la imagen emblemática y con la enseñanza moral que Engelgrave pretende extraer de todo ello: «Sobre el secreto que hay que guardar. Para que la lengua de un candado de ruedas no divulgue nunca las cosas secretas que hay que mantener en lo más oculto de nuestro interior».(...)

Pero el candado como símbolo del secreto se extiende igualmente a otros ámbitos como el amatorio, si bien no exento de connotaciones moralistas. Así queda de manifiesto en Sinnepoppen (1614), colección de pequeñas piezas de contenido moral que se convirtió en el libro de emblemas más popular del Siglo de Oro neerlandés, obra de Roemer Visscher. Los 183 emblemas de Sinnepoppen se distribuyen en tres partes, llamadas Schocken, y en su configuración definitiva intervino su hija Anna, quien a partir de la segunda edición (1620) añadió a cada grabado el pequeño epigrama que figura a los pies de la pictura (Schama, 1991: 408-410; Van Vaeck, 2005: 203-223). Llama nuestra atención el emblema XXIX del primer Schocken que, con el lema «Zy weet ‘tsecreet» (Ella sabe el secreto), muestra, sobre un fondo paisajístico, un candado de combinación sostenido por una cinta, cuyas letras componen la palabra ISRAE L, dejando un espacio libre entre los dos últimos caracteres (Visscher, 1614: 29).

 Roemer Visscher, Sinnepoppen (1614), embl. XXIX


Como resulta característico de su obra, Visscher recurre a un objeto de la vida cotidiana holandesa –S. Sebastián (1995) ha aludido a Sinnepoppen como diccionario iconográfico que bien pudo convertirse en apoyo literario para multitud de composiciones pictóricas contemporáneas a la obra–, en este caso un candado de letras, que según dice en su explicación podía verse a diario protegiendo los abastos en puertos y mercados. Afirma el autor holandés que el candado es símbolo de aquellos enamorados que esconden su amor y lo mantienen en secreto, de manera que a menudo prefieren morir antes que darlo a conocer; por tal motivo, su sentimiento puede convertirse en una enfermedad de la que es necesario sanar, si no se quiere acabar siendo esclavo del amor. (...)


EL CANDADO, ENTRE LA FORTUNA Y EL TRABAJO

(...) El candado de combinación asociado a la idea de fortuna o trabajo trascendió el ámbito de la literatura emblemática italiana en fechas tempranas. En 1612, Henry Peacham publicaba Minerva Britanna, considerado como el más im- portante libro de emblemas compuesto en Inglaterra (Bath, 1994; The English Emblem Tradition , 1998). Se trata de una colección de 206 emblemas divididos en dos partes (100 y 106 emblemas respectivamente), en los que mote y pictura se acompañan de un texto moralizante en verso, convirtiéndose en un manual de comportamiento. Entre las diversas influencias que pueden rastrearse en la obra se encuentran las Imprese illustri de Camilli, como ha puesto de manifiesto Höltgen (1986: 98-102) a propósito del emblema 67 ( «Mihi conscia recti» ), incluido en la primera parte. Podemos constatar igualmente la relación entre ambas en el emblema 180 de la segunda parte, que muestra el candado de combinación sobre un fondo paisajístico, acompañado de una filacteria que repite el lema «Sorte, aut Labore».

 Henry Peacha,  Minerva Britanna.
Segunda parte embl. 180 


El significado se explicita en la breve composición poética, que en este caso no queda personalizada en Honorio de Belli, sino que se extiende en una consideración moral en torno a la necesidad del trabajo en la vida. Significa Peacham que quien no ha sido bendecido, por nacimiento o por fortuna, con los medios necesarios para poder vivir, debe procurar su bienestar mediante el trabajo; pues aunque muchos han sido elevados cuando menos lo espe- raban, los bienes conseguidos fácilmente a menudo desaparecen con la misma rapidez con que se han recibido, mientras que todo cuanto se logra con esfuerzo cuenta con la bendición de Dios (Peacham, 1612: 180).


LECTURA E INTERPRETACIÓN DEL CANDADO EN CLAVE TEOLÓGICA

(...) No deja de resultar sorprendente la aplicación de un objeto mecánico para tratar de explicar de forma sencilla y cercana algunas verdades de la fe que entrañan suma complejidad.
Una de ellas es la virginidad perpetua de María, que fue Madre de Cristo sin perder su pureza. De nuevo se cruza en nuestro camino Silvestre Pietrasanta, considerado uno de los pioneros en la difusión de la teoría de las empresas fuera de Italia. En su obra De symbolis heroicis, los ejemplos se organizan a lo largo de una nueva ordenación jerárquica según la cual las empresas de gobernantes y guerreros van precedidas de las sagradas, cuyo propósito es poner de manifiesto los misterios de la fe. En consecuencia, el Libro Primero se inicia con la serie de los Divorum Symbola dedicados a los personajes sagrados, en particular a la Virgen María, a quien corresponde la primera empresa, compuesta por el lema «Uni patet Verbo» (Una sola Palabra lo abre), la pictura , que muestra un candado de cilindros giratorios, y un breve epigrama que contribuye a esclarecer el significado de la yuxtaposición verbo-visual, dado que mote e imagen, por sí solos, resultarían ambiguos.

 Silvestre Pietrasanta, De symbolis heroicis
 Libro primero, empresa primera


Apoyándose en Jn 1,14 («Y la Palabra se hizo carne, y acampó entre nosotros»), explica el jesuita italiano que mediante el candado se representa a la gran heroína a la que el Ángel del Señor llamó Madre, y a la vez conservó intacta su virginidad; pues al igual que aquél tan sólo se abre cuando las letras forman una palabra particular, así también el vientre virginal de María se abrió únicamente para acoger la Palabra Divina (Pietrasanta, 1634: 3).
El texto conecta así el misterio de la Encarnación con un objeto de uso cotidiano, un candado, que recibe un nuevo y trascendental significado mediante un discurso pedagógico y un proceso de metamorfosis asombrosamente capaz de unir lo humilde y lo sublime (Catellani, 2008: 39-51). Como significa G. Arbizzoni (2007: 20-21), la capacidad expresiva de los símbolos parece alcanzar un punto culminante en este tipo de empresas en las que por medio de un ejemplo de comprensión humana resulta posible acercarse a la verdad divina, gracias a la línea seguida por los tratados involu- crados en la vinculación de empresas al antiguo lenguaje de los jeroglíficos. A partir de la empresa de Pietrasanta, la imagen del candado de combinación alcanzó cierta difusión en el ámbito de la literatura emblemática de la Compañía de Jesús. (...)

En ocasiones toda una empresa de Pietrasanta –lema y pictura – vuelve a aparecer en Imago; en otras sin embargo se trata únicamente de semejanzas o conexiones más sutiles, como la que nos ocupa. La empresa «Ratio conscientiae Superiori ad nutum reddenda» (Rendimiento de conciencia que se debe a los superiores), con el mote «Tantum opus est verbo» (Tan bella es la palabra), representa un gran corazón cerrado por medio de un candado de combinación.

Imago Primi Saeculi, 1640


La empresa explica cómo el corazón de los novicios sólo puede ser abierto por las palabras adecuadas y sinceras del Superior, que deben entenderse como la combinación del candado. En esta ocasión, en Pietrasanta se encuentra únicamente la fuente iconográfica, el candado, por cuanto el mote y el sentido final varían ( Imago Primi Saeculi , 1640: 202). (...)

Un nuevo significado del candado en clave teológica es propuesto por el teatino Paolo Aresi en Delle sacre imprese, obra en seis libros compuestos entre 1615 y 1635, en cada uno de los cuales aborda de ma- nera secuencial asuntos relacionados con la Divinidad, los santos, las virtudes y los vicios. Aresi concibe la empresa 34 del Libro Cuarto (primera parte) en elogio y alabanza del Santísimo Nombre de Jesús. Protagoniza la pictura un candado de combinación –buena muestra del in-terés del autor por aquellos objetos que contienen un mecanismo–, acompañado en esta ocasión del lema «Eruditus in verbo reperiet» (Al que atiende a la palabra le irá bien), extraído de los Proverbios 16, 20.

 Polo Aresi, Delle sacre imprese (1630)

La octava real que precede a la extensa subscriptio resume el sentido de la misma, al significar que en los círculos del candado se esconde y da vueltas, como si de un laberinto se tratara, el nombre que posibilita su apertura; pero el Padre Eterno no quiere que permanezca oculto a los hombres aquel gran Nombre con el que se abren los cielos. El Nombre de Jesús es Divina Elocuencia, y en Él debemos depositar nuestra confianza para alcanzar la vida eterna (Aresi, 1630: 61-81). (...)


EL CANDADO COMO DIVISA PERSONAL E INSTITUCIONAL

(...) Asimismo, el candado de combinación puede adaptarse como empresa de una institución. La Accademia dei Raffrontati de la ciudad italiana de Fermo, instituida en 1594 por Girolamo Alberti, tenía por empresa un candado formado por varios anillos, en cada uno de los cuales figuraban grabadas diferentes letras del alfabeto, con el mote: «Rite junctis» (Debidamente unidos). El motivo de tal elección se encuentra en el propio término raffrontare (comparar, cotejar) pues, al igual que el candado se abre con facilidad al colocarse correctamente sus letras unas junto a otras, así también el mérito y la fama de la Academia se lograrán de la unión y esfuerzo intelectual de todos sus miembros. El candado como divisa dei Raffrontati es recogido por Giovanni Ferro en su Teatro d’Imprese (Ferro, 1623: 455-456), y de ello se harán eco más adelante autores como Picinelli o Bosch.

 Giovanni Ferro, Teatro d'imprese (1623)

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Recuerdo a los lectores de Fragmentalia, que en mi Facebok estoy publicando regularmente emblemas con comentarios. 

miércoles, 8 de junio de 2016

Imaginario hermético

J. C. Barchusen, Elementa chemicae (1718)



"No debemos perder nunca de vista el hecho de que la Piedra Filosofal, elusiva meta de la Búsqueda alquímica, constituye una realización tan material como espiritual. Su proceso de elaboración, resumido en el axioma hermético Solve et coagula, consiste fundamentalmente en una repetida Disolución, seguida de Cristalizaciones, del Tema secreto de los Sabios, la Materia Prima o Piedra de los Filósofos. (...) Así pues, la espiritualización de la materia precede a la materialización del espíritu y la Piedra de los Filósofos se convierte en la Piedra Filosofal, sustancia muy evolucionada capaz de conseguir los efectos más extraordinarios".

Stanislas Klossowski de Rola 



La imagen hermética y su dimensión emblemática:
Una síntesis
por
José Julio García Arranz
Universidad de Extremadura




Síntesis histórica del hermetismo occidental

Cuando hablamos de disciplinas «esotéricas», entendidas éstas como reductos de sabiduría reservados a un círculo restringido y selecto de iniciados, nos referimos a una serie de materias de consolidada tradición, en particular la astrología, la magia y la alquimia, que proclaman como común aspiración la comprensión unificada de todo aquello que se produce en la naturaleza: desde los fenómenos astrales, físicos y biológicos hasta la causa de las enfermedades, y desde la composición de la materia inorgánica a la vida y propiedades de los animales y las plantas. De todas ellas será la alquimia o ciencia hermética —el «arte de Hermes»— la que determine unos más estrechos lazos de parentesco con la moda literaria de los emblemas que nace con la tercera década del milquinientos, hasta el extremo de llegar a formar parte integrante del género.
De modo muy genérico, puede definirse a la alquimia como forma de conocimiento orientada a la transformación psicológica y espiritual del individuo por medio del dominio de las energías creadoras que impregnan la naturaleza y el espíritu humano.

 J. J. Becher, Physica subterranea (1703)
"El sol y la luna fuentes de toda vida sobre y bajo la tierra. En las entrañas de la madre tierra se gesta la perfecta maduración de los metales". Alexander Roob, Alquimia & Mística


Comprende una parte práctica —alquimia operativa—, fundada sobre el estudio de la materia y de los elementos a través de un proceso iniciático — opus alchimicum o «gran obra»— que, imitando las operaciones de la naturaleza, persigue la obtención del lapis philosophorum , sustancia o polvo fermentativo que transmuta los metales viles en oro al tiempo que sirve de elixir o remedio universal para todos los males naturales de hombres, animales o plantas. En el plano teórico —alquimia espiritual—, se nos presenta como un tipo de saber universal basado en los principios del acuerdo de los opuestos — concordia oppositorum —, que proporciona al iniciado la posibilidad de unir armoniosamente todos los aspectos de la naturaleza y la existencia humana. El propósito del verdadero alquimista, además, se corresponde a una ética: la ciencia hermética busca el perfeccionamiento del alma y su salvación como trasunto espiritual de la purificación de los metales innobles.

http://farm8.staticflickr.com/7110/7719866048_d00581bf48.jpg 
Heinrich Kunrath, Amphiteatrum sapientae aeternae, Hannover, 1609. La doble vertiente hermética: el oratorio y el laboratorio alquímico


Se considera que el término «alquimia» procede del griego chyméia o chêmeia, que, por etimología, puede emparentarse con chyma —«fundición de metal»—, si bien algunos textos griegos aluden a un primus inventor llamado Chymès; de ahí derivan los nombres árabes kîmiyâ’ o al-kímya, así como la alchemia o alchimia latina. La consideración del hermetismo como parte integrante de la prisca sapientia —el auténtico saber primigenio acerca de la naturaleza y el hombre— llevó a algunos de sus autores a afirmar que los primeros textos alquímicos tenían un origen premosaico, atribuible a diversas figuras legendarias de las principales corrientes espirituales y religiosas: Adán, Túbal-Caín, Salomón, Isis, Ostanés, María la Profetisa..., nombres míticos con los que se tratan de amplificar los aportes simbólicos de los procesos y sustancias a los que la alquimia atiende. Según la tradición escatológica, fueron los ángeles rebeldes quienes enseñaron a los hombres cómo conquistar la piedra filosofal:  «Y Azâzêl enseñó a los hombres a fabricar espadas, cuchillos, escudos y petos, y les enseñó el conocimiento de los metales de la tierra y el arte de trabajarlos, y los brazaletes y los adornos y el uso del antimonio y el embellecimiento de los párpados y todo tipo de piedras preciosas y todos los tintes de colores». Pero, si nos remitimos a la creencia más extendida, la alquimia es una ciencia que el fabuloso Hermes Trismegisto confió a ciertos elegidos, y cuyos arcanos fueron transmitidos secularmente de maestros a discípulos, lo que le otorgará su carácter de disciplina simbólica, revelada y tradicional.

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 Michael Maier, Symbola aureae mensae, Francfort, 1617. Representación de Hermes Trismegisto


Su conocimiento se cifra en un lenguaje velado y enigmático que no puede comprenderse hasta finalizada una larga iniciación, y que, en consecuencia, resulta extraño e inaccesible a los profanos. Al margen de las disquisiciones de sus adeptos, la alquimia occidental germina y se desarrolla en el Egipto ptolemaico  —en especial Alejandría y otras ciudades del Bajo Nilo— a partir del s. I d. C. Sus primeros textos eran simples recetas referidas a ciertas técnicas de orfebrería, tinturas y tratamiento de los minerales naturales para ornamentación de los templos, que ocasionalmente aluden a la imitación del oro y de la plata, pero que no abordan aún la cuestión del cambio integral de los metales. Tales conocimientos, desarrollados por los artesanos del recinto sagrado, fueron transmitidos oralmente bajo secreto, y después consignados por escrito y archivados en los talleres de aquellos santuarios. Los primeros testimonios de estas prácticas artesanales, fechados hacia el 300 d. C., responden a sendos papiros griegos conservados, respectivamente, en Leiden y Estocolmo.
La Alejandría de los primeros siglos de nuestra era fue lugar de confluencia ecléctica de especulaciones filosófico-místicas y tradiciones artesanales seculares en un sincretismo ideológico y religioso que se conjugó con los ritos y mitos asociados a las artes del fuego, propiciando que una alquimia aún balbuciente fuera asimilada con enorme prontitud. A la aportación del pensamiento griego a través de las teorías aristotélica y estoica de la materia, se suman las fuentes místicas orientales —caldeas o iranias—, las técnicas de iluminación y salvación de la gnosis cristiana y pagana, la astrología babilónica o la cábala judía.

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 S. Michelspacher, Cabala, Augsburgo, 1616


De este modo la alquimia adquirió sus principales rasgos definitorios, con lo que alcanzará su primera edad de oro a fines del s. III con adeptos como Zósimo de Panópolis, Sinesius u Olimpiodoro, que fundamentaron las diferentes facetas filosóficas, místicas o científico-experimentales de la disciplina.
Esta ciencia fue asimilada por la cultura árabe con la traducción de textos griegos —especialmente Zósimo— a raíz de la conquista de Egipto y de Siria, figurando Geber, Razi (Ar-Râzî) o el pseudo-Avicena entre sus más ilustres exponentes. Tales conocimientos fueron transmitidos al occidente europeo, probablemente desde mediados del s. XII, a través de España, Sicilia y las tierras ocupadas por los cruzados. Ello determinó la aparición de las primeras traducciones latinas de los tratados alquímicos árabes, que posibilitaron tanto el acceso a la filosofía hermética como una renovación de los conocimientos de mineralogía y metalurgia en la cristiandad. En el s. XIII la alquimia conoce una prodigiosa expansión por Europa, con atención tanto a su aspecto científico como a su dimensión espiritual, a través de trabajos fundamentales de Alberto Magno, Michael Scotus, Roger Bacon, Arnau de Vilanova o el pseudo-Llull, entre otros. Los príncipes cristianos y la Iglesia estimularon o condenaron su práctica dependiendo del lugar y el momento, pero sin recurrir a condenas irrevocables o persecuciones sistemáticas.

 http://www.lib.udel.edu/ud/spec/exhibits/alchemy/images/geberi-philosophi-alchemy.jpg
 Portada de un tratado alquímico atribuido a Dshabir Ibn Hayyan (Geber). 
Estrasburgo 1533


El pensamiento renacentista acogió con varia fortuna la ciencia de Hermes, pues ésta encontró en los círculos humanistas, caracterizados por su sincretismo intelectual, fervientes partidarios, pero también severos detractores. En tanto Erasmo de Rotterdam rechazaba su práctica, Martín Lutero y los seguidores de Calvino la ensalzaron por su capacidad para plasmar en forma alegórica los misterios cristianos, lo que propició la incorporación de ciertos iconos religiosos al imaginario alquímico. Un impulso decisivo llegará de la mano de intelectuales como Pico della Mirandola o, de forma más indirecta, Marsilio Ficino, que propugnaron una síntesis de la hermética y la cábala judía con el fin de resaltar la dimensión anímica de la magia natural, así como una cosmología de raíz platónica que concede protagonismo a los entes espirituales que actúan como lazos de unión entre Dios y la creación como alternativa a la filosofía natural de Aristóteles. Este enfoque neo-platónico se mantendrá vigente gracias a su reelaboración por parte del influyente Paracelso, que entiende la alquimia como ciencia que continúa y completa la obra creadora de la naturaleza, y que posibilita el verdadero conocimiento de la esencia de las cosas, percibida como dimensión espiritual e incorpórea que es responsable de las propiedades de las sustancias. Ello derivó hacia una concepción del opus magnum como medio de perfeccionamiento interno y purificación del hombre y su entorno que recrea la obra redentora de Cristo, filosofía asumida por oscuras sectas, como la fraternidad secreta de los Rosacruces, desde inicios del s. XVII.

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 Simbología alquímica de la Orden Rosacruz


Pero, sin duda, el auge de la alquimia a fines del s. XVI e inicios del XVII respondió ante todo al patrocinio concedido a sus más notorios valedores por parte de diversas cortes principescas. Desde los Habsburgo españoles y austríacos a los Medici de Florencia, los gobernantes mantendrán en sus palacios a alquimistas, e incluso practicarán personalmente este arte, por razones que podían ir de lo estrictamente crematístico —producción del oro— al conocimiento metafísico de la naturaleza y la sabiduría divina, del mero pasatiempo a su ostentación como signo de intelectualidad o poder. Los hermetistas encontraron un singular respaldo en las cortes alemanas, al amparo de determinados nobles interesados tanto en los aspectos prácticos como en los conceptos teóricos de la alquimia, tales como el landgrave Moritz von Hessen-Kassel, Friedrich I von Württemberg Wolfgang II von Hohenlohe y, sobre todo, el emperador Rodolfo II en Praga, quien protegió entre otros a Michael Maier, John Dee, Michael Sendivogius o Heinrich Khun-rath. Sin embargo el estatuto de alquimista cortesano, muy codiciado, atrajo también a farsantes e impostores que a largo plazo acabaron por dañar y trivializar la imagen de esta práctica.

La iconografía alquímica y su naturaleza hermética

La imagen fue uno de los medios de expresión primordiales del ars alquímica, hasta el extremo de concitar un vasto imaginario de naturaleza sincrética cuyos componentes, a pesar de su variada procedencia, fueron articulados desde la Baja Edad Media conforme a un sistema que llegará a adquirir una sorprendente coherencia interna. Conjunto de símbolos universales, según Carl G. Jung, cuyo carácter arquetípico nos revela aspectos fundamentales de la mentalidad y el inconsciente del hombre, parece que la iconografía hermética adoptó como punto de partida el imaginario mítico de los mineros, fundidores y herreros, del que procede la concepción de la materia como algo sagrado, la transferencia del principio de sexualidad a los procesos químicos o la idea de la participación del hombre en la obra de la naturaleza. Desde entonces, los alquimistas incorporaron progresivamente fábulas y mitos clásicos, ciertos episodios históricos y un buen número de figuras alegóricas, símbolos y emblemas —o «jeroglíficos»— procedentes del ámbito moral y religioso, en un «complejo sistema de correspondencias múltiples», de notable riqueza expresiva y capacidad de sugerencia, pero cuya comprensión implicaba una ardua labor de iniciación.

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 Aurora consurgens, s. XVI. "La naturaleza no da nada perfecto, es el hombre queien tiene que consumarlo. Esta consumación se llama alquimia. El alquimista es el panadero que cuece el pan, el bodeguero que hace el vino, el tejedor que teje paño". (Paracelso)


Tan rica y variada iconografía se sustenta en ese tono enigmático, auténtica marca de la casa, con que se inviste a sus motivos y composiciones: la necesidad de mantener sus conceptos, sustancias y procesos bajo secreto fue requisito indispensable de la práctica y la literatura alquímicas, de modo que permitieran revelar sus arcanos a los iniciados, pero que, al mismo tiempo, desconcertaran y ahuyentaran a profanos y curiosos. Con el fin de alcanzar este objetivo —ocultar, más que explicitar—, los alquimistas se sirven de unos indicios o «sobrenombres», muchas veces insólitos y ambiguos, adoptados de analogías, metáforas y alegorías, que se aplicaban a las sustancias y procesos en cuestión; se trata de figuraciones procedentes de la Biblia, la mitología clásica, la historia humana y natural, la filosofía, la teología, la astrología, las fábulas de animales o ciertas actividades cotidianas, trasladadas a un contexto significativo radicalmente diferente. Para poder inducir a la necesaria confusión y extrañamiento en el profano, la conexión entre imagen alegórica y concepto no debe ser evidente. De este modo, las denominaciones de dioses/planetas que se asocian a ciertos metales no se consideran sobrenombres, sino sinónimos, por su obviedad; en cambio sí son auténticos sobrenombres, por ejemplo, las alusiones a ciertos depredadores —león, dragón, lobo— para designar un metal corrosivo, o el empleo de un ave para referir una sustancia volátil. Otro sistema de desplazamiento fue la denominación de una sustancia con el nombre de otra: así todos los líquidos se llaman «agua», todas las materias combustibles «azufre», las corrosivas «fuego» o las volátiles sal ammoniacum. También se puede crear confusión atribuyendo denominaciones diversas a una misma sustancia. Había autores, en fin, que creaban su propio glosario de sobrenombres en el que incluían, en diferente contexto, conceptos utilizados por otros, o sencillamente inventaban nuevos nombres.

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 Abraham Eleazar, Uraltes chemistes. Leipzig, 1760


Tales procedimientos permitieron traducir en imágenes los procesos químicos de transmutación mediante personificaciones o motivos procedentes fundamentalmente de la mitología o del bestiario, campos de conocimiento que proporcionan unos relatos extensos de hechos fantásticos —a veces son presentados como «visiones» o «sueños»— que posibilitan la detallada transcripción de largos procesos de laboratorio recurriendo a la forma metafórica. Ello dará origen, en las postrimerías del Medievo, a la iconografía alquímica clásica, que será trasladada, a inicios del s. XVII, a un formato «emblemático». Fechados en el s. XIV encontramos los primeros manuscritos iluminados de Artephius, Alberto Magno, Ramón Llull o Hermes; sin embargo, estas primeras ilustraciones, aún bajo el influjo del sesgo esencialmente experimental de la alquimia árabe, se limitaron por lo común a representaciones de instrumentos o escenas de laboratorio. Es a finales de esa centuria, momento en que el hermetismo «científico» se ha transformado en una disciplina esotérica sensible a las interpretaciones religiosas, cuando esta imaginería deviene en un auténtico «arte hermético», con sus rasgos propios e intransferibles, capaz de transformar en iconos los intrincados textos alegóricos o las místicas operaciones descritas en los tratados. Igual que sucede con la emblemática —lo que podría explicar su inevitable encuentro—, el arte alquímico se apropia de los tres principales sistemas de representación gráfica —narrativo, alegórico y jeroglífico—, simultaneando sin reparo los tres registros en sus desconcertantes composiciones.

 http://api.ning.com/files/5Bm0EO89jnqOZyrdW9dBuBjEXINJpAg4GFs2kzL5kCr4PttTBwooYCdb5IW6l*Ko8NrdQbWuhJVOYl3xggfY1pys6elkYmD1/MyliusAnatomiaauritheroyalbrotherandsisterwanttoproduceaheavenlychild.jpg?width=417&height=600
 J. D. Mylius, Anatomia auri, Francfort, 1628


En el imaginario alquímico los colores jugarán un papel esencial. La división de la gran obra en diferentes fases de acuerdo con el tratamiento y transformación de los compuestos se concretó simbólicamente mediante una serie de correspondencias cromáticas: la nigredo (= negro), la albedo (= blanco), la viriditas (= verde), la citrinitas (= amarillo) y la rubedo (= rojo). A cada etapa-color de la obra se asocia un planeta, una divinidad y un mito iniciático: por ejemplo, la nigredo , o retorno del compuesto al estado informe originario —putrefacción—, se simboliza mediante la figura de Saturno devorando a sus hijos, en tanto que Júpiter hace referencia al estado de la sublimación, también representada como resurrección del alma liberada de su lastre corporal.

Principales fuentes de inspiración del imaginario alquímico. Alquimia y mística cristiana

La ciencia hermética, concebida en su dimensión espiritual como técnica de perfeccionamiento y salvación, no tardó en vincularse a la mística cristiana: el relato evangélico de la muerte del hombre-dios y de su renacimiento bajo un aspecto divino, liberado ya de su lastre humano, corresponde a la génesis de la piedra filosofal, que, a imagen de Cristo, encarna el paso de la imperfección material a la perfección espiritual.

(Imagen izquierda, resurección de Cristo como victoria de la Piedra Filosofal, Rosarium philosophorum, 1550).

Los orígenes de esta idea son remotos: ya Zósimo de Panópolis describió en sus Memorias auténticas —cap. I— una visión en la que los metales aparecen bajo la forma de hombres martirizados, posible alusión al destino terrestre de Cristo que devino hombre sujeto al sufrimiento. Al menos desde los escritos de los ss. XIV —el Codicillus atribuido a Ramón Llull, Pretiosa margarita novella de Petrus Bonus— y XV — Liber Trinitatis fratris Almanni —, se plantea el paralelismo Cristo-lapis , sustentado en ciertas similitudes entre el sufrimiento, la muerte y la resurrección del Hijo de Dios y las distintas fases del «martirio» del mercurio —separación del espíritu mercurial del cuerpo físico del metal—, y de la fijación del azufre en el transcurso de la gran obra. La función redentora del Salvador es de este modo asimilada a aquélla de la piedra filosofal, capaz de transmutar los metales viles en oro y de liberar de los elementos corporales el espíritu vital que impregna todas las sustancias del universo. También el hermetista Michael Maier subrayó a inicios del s. XVII las conexiones entre la epopeya del Redentor y la de la piedra, y no tardan en crearse ritos alquímicos inspirados en el gradual de la misa, clara expresión de los propósitos místicos de la ciencia de Hermes.
El Cristo lapis  será lugar común de la gráfica alquímica a partir del s. XVI, incluido, por ejemplo, en el Rosarium philosophorum (Francfurt, 1550). Junto a éste, los alquimistas tomarán prestados otros motivos concretos de la iconografía cristiana: el dogma de la Trinidad, por ejemplo, alude alquímicamente a la tríada fundamental del azufre, mercurio y sal/arsenio, o triple germen de la «obra». La Virgen María, y concretamente los tipos de la Virgo gravida o Virgo lactans —donde aparece engendrando o alimentando al Hijo, símbolo del oro—, es imagen de la pureza de la piedra, que tampoco se encuentra mancillada por la cópula. Llegaron a utilizarse incluso pasajes como la caída de Lucifer o del Pecado original para simbolizar la corrupción de los metales innobles.
Pero los paralelismos no se agotan aquí. Seguidores de Paracelso —que llegó a ofrecer una interpretación alquímica del Génesis en su Philosophia ad Athenienses al valorar la creación como un proceso de separación de contrarios—, en especial el polémico Heinrich Khunrath, más allá de la defensa del opus magnum como medio de purificación general —léase «redención»— de la humanidad y la naturaleza, insistieron en la concepción del universo como resultado de una alquimia divina.

 http://2.bp.blogspot.com/-hR6LlLs5LHA/Tx1CtvOFBTI/AAAAAAAAA4w/BXDW-3FZ4_M/s1600/Khunrath+four+res.jpg
 Heinrich Khunrat, Amphitheatrum sapientiae aeternae (1602)
"El hijo del macrocosmos, el lapis, se asimila aquí a Cristo como hijo del microcosmos. Ambos resucitan después del martirio y la muerte, en un cuerpo celestial indestructible, que tiene el poder de salvar todos los demás elementos perecederos". Alexander Roob, Alquimia & Mística


En la Inglaterra del s. XVII se difundió la moda de la interpretación de la Biblia en clave hermética, de forma que Moisés fue en realidad un alquimista que adquirió sus conocimientos gracias a las revelaciones de los sacerdotes egipcios.
 
Las nuptiae chymicae: alquimia y sexualidad

El origen de la metáfora de la unión sexual —las bodas químicas de los contrarios— para designar la conjunción entre lo fijo y lo volátil previa a la sublimación o purificación de la materia, se remonta a los más tempranos textos de Zósimo y Olimpiodoro; ya estos autores resaltaban la unión armónica de principios que gobierna el equilibrio del cosmos, concretada en la reconciliación entre la dimensión masculina — animus — y femenina — anima — de la psique humana. La mujer, concebida habitualmente en la iconografía hermética como «disolvente universal», representa al mercurio, principio húmedo y volátil, que debe ser absorbido por el azufre, componente masculino, cálido y fijo. Eje axial de la literatura y el imaginario herméticos, el coito alquímico es imagen de esa asimilación esencial, y se ilustra mediante los episodios alegóricos del baño nupcial y de la unión del rey y la reina —o del sol y de la luna, de Apolo y Diana, de los hermanos Gabritius y Beia, o del encuentro incestuoso entre la madre y sus hijos—. El motivo alegórico de la coniunctio entre principios contrarios propicia la generación del lapis o «hijo de la filosofía», síntesis perfecta de los polos cósmicos opuestos.

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 Arnau de Vilanova (atrib.) Rosarium philosophorum, 1550. Conjunción del rey y la reina.


Esta interpretación sexual de la producción del oro filosófico debe enlazarse, al margen del misticismo erótico que emana de ciertos textos bíblicos — Cantar de los cantares —, con la denominada «embriología metálica», concepto anclado en la creencia de que los metales crecen en la naturaleza como embriones en un vientre telúrico que les nutre materialmente, y evolucionan hasta convertirse en oro en el estado de madurez perfecta al final de su gestación. El alquimista arranca el metal embrionario del seno materno — terramater — para acelerar una maduración demasiado lenta de por sí . Deben depositarse estos embriones metálicos en vasos herméticos comparables a los órganos sexuales humanos como la matriz o el útero —motivo extremadamente frecuente en el imaginario alquímico—, en cuyo interior se opera y acelera la transformación de la materia bajo forma de unas sustancias «embrionarias» que experimentan las más diversas metamorfosis alegóricas. Por medio de la gnosis se incorporó también a esta iconografía el hermafrodita o andrógino, síntesis de contrarios que simbolizan la totalidad perfecta, o el resurgimiento de la materia a partir del caos.

El jardín y el bestiario de los filósofos

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 Daniel Mylius, Opus medico.chymicum, 1618, Plantas, animales y personificaciones del imaginario alquímico.


En el imaginario hermético descubrimos con frecuencia un jardín o huerto químico; allí los adeptos hicieron «germinar» una particular flora donde cada flor, cada árbol y cada fuente es símbolo de un concepto; lo mismo sucede con las figuras de animales reales o imaginarios, ya pertenezcan al medio terrestre, aéreo o acuático, que pueblan estos parajes mentales para describir de manera metafórica ciertos compuestos y fases de la gran obra. Los pájaros y demás seres alados —es el caso de algunos reptiles fabulosos— encarnan al principio volátil: cuando se elevan en el cielo, representan la volatilización o sublimación de las materias encerradas en el vaso, y, si descienden a tierra, simbolizan la precipitación y condensación de esos productos; los animales ápteros, por el contrario, representan el principio fijo. Con mucha frecuencia, un animal volador combate con uno terrestre para ilustrar la lucha química entre lo volátil y lo fijo, trazando su correspondencia espiritual en la oposición entre el alma y el cuerpo. Se encuentran asimismo animales de la misma especie y de sexos diferentes paseando juntos, copulando o peleando, emparejamientos que evocan de igual modo los dos principios que se unen o se enfrentan.

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 D. Stolcius von Stolcenberg, Viridiarum chymicum, 1624
"Se descubre un bello bosque en el que hay dos pájaros ligados uno al otro. Uno es blanco como la nieve (mercurio), el otro rojo (azufre), y se matan a picotazos". Despues de devorarse mutuamente, se transforman primero en una paloma (blanqueo) y después en fénix (enrojecimiento).
 

Los diversos animales contribuyen con sus propiedades reales o literarias a definir sustancias o procesos: por ejemplo, la ígnea salamandra es habitual símbolo del fuego, el feroz lobo del antimonio, e híbridos como el grifo indican la combinación del azufre y el mercurio. Para representar uno de los agentes esenciales de la transmutación, el mercurio, caracterizado por la doble naturaleza de fijo y volátil, pueden emplearse distintos emblemas zoomorfos en razón de tal dualismo: de este modo, podría ser figurado bajo forma de un ave —principio del orden aéreo—, de una serpiente —principio ctónico, acuático y telúrico— o un dragón ouroboros que se muerde la cola —símbolo de la unión de los opuestos en la totalidad originaria—. Además, también los colores de animales y plantas aluden a las diversas tonalidades que se obtienen en el curso de las operaciones, y en ellas se incardina todo tipo de metamorfosis zoomórficas: del caput corvi de la nigredo a la paloma de la albedo, de la cauda pavones de la citrinitas al pelícano que hace sangrar su pecho de la multiplicatio , o del león al fénix en la fase final de la rubedo.

Mitología, jeroglíficos y alquimia

Los alquimistas, familiarizados, como vimos, con textos en los que se recurre a un lenguaje velado y al empleo de sobrenombres para encubrir determinados conceptos y realidades a los no iniciados, entendieron la interpretación alegórica de los mitos como un modo legítimo de conocimiento de la naturaleza, que fue su principal maestra y guía. La adopción de temas y figuras procedentes de la mitología clásica en los escritos e ilustraciones alquímicos arranca de los siglos medievales, si bien aquí, si exceptuamos ciertas alusiones como la de Petrus Bonus de Ferrara en su tratado Pretiosa margarita novella (c. 1330) a que el verdadero propósito de autores como Homero, Virgilio u Ovidio no fue otro que transmitir determinados secretos herméticos, tal conexión se limitó a la identificación de los metales con sus respectivos dioses/astros. Será por tanto en el marco de la recuperación y revaloración humanísticas de la fábula antigua cuando los relatos míticos encuentren, a iniciativa e impulso de los neoplatónicos italianos, su lugar de privilegio en la literatura alquímica.

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 B. Coenders, Escalera de los sabios o la filosofía de los antiguos, 1689


Convencidos de que los «viejos sabios» habían utilizado un lenguaje simbólico y poético para hablar de los secretos naturales, los hijos de Hermes, descifrando este sentido oculto, esperaban recuperar aquella remota sabiduría. Así se procedió a interpretar en clave alquímica casi todas las leyendas y todo el orden divino, muy en especial, las insólitas transformaciones de hombres y animales que se recogen en las Metamorfosis ovidianas, que permitían articular un eficaz paralelismo con la transmutación de los metales. La fábula de Virgilio titulada La rama dorada se interpretó, por ejemplo, como un texto cifrado acerca de la fabricación de la piedra filosofal.
Son muy diversos los tópicos míticos que pasarán a formar parte del imaginario hermético —la lucha de Teseo contra Minotauro, el episodio de Dédalo e Ícaro, la fragua de Vulcano…—, si bien la atención de los alquimistas se dirige con más intensidad hacia aquellos relatos que ensalzan el valor del oro: la lluvia áurea que acontece con la seducción de Dánae por parte de Júpiter, o durante el nacimiento de Minerva del cerebro del rey del Olimpo, la expedición de Jasón y los argonautas en pos del vellocino de oro, o el relato de Atalanta, a quien Hipómenes venció en una carrera arrojando tres manzanas doradas que ella se apresuró a recoger.
En la literatura alquímica, sincrética desde sus orígenes, mitos grecorromanos y tradición jeroglífica egipcia fueron de la mano en estrecho maridaje. Como indica Klossowski de Rola, ya desde el s. XII el gramático bizantino Ioannes Tzeztes trazó una correlación entre el tratado sobre jeroglíficos de Queremón de Alejandría (s. I d. C.), hoy perdido, y la Ilíada , para concluir que Homero concibió su obra como una alegoría cifrada de diversos mitos e imágenes religiosos, sistema con el que se familiarizó gracias al estudio de los pictogramas egipcios. Esta consideración alcanzó su punto culminante con el hermetismo humanista. Giovanni Bracesco, médico de Brescia, en su diálogo Espositione de Geber Philosopho, que publica en Venecia en 1541 y 1544 29 , pone las siguientes palabras en boca del célebre alquimista árabe: «Los antiguos ocultaron los secretos de la naturaleza no sólo en escritos, sino también mediante numerosas imágenes, caracteres, cifras, monstruos y animales representados y transformados de maneras diversas. Y dentro de sus palacios y templos pintaron esas fábulas poéticas, los planetas y los signos celestes, con muchos otros signos, monstruos y animales. Y no eran comprendidos sino por quienes tenían conocimientos de tales secretos…» . De entre todos los eruditos que trataron de aunar fábulas poéticas y hermetismo merece destacarse la figura de Michael Maier, autor de una prolífica obra, a menudo ilustrada con imágenes y emblemas.

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 Micahel Maier, Arcana arcanissima (1614)


Tal y como proclama en su Atalanta fugiens (1617), o, sobre todo, en sus Arcana arcanissima hoc est Hieroglyphica Aegypto-Graeca (¿Londres?, 1614), primer tratado en el que se aborda la interpretación hermética integral de la mitología grecoegipcia, las personificaciones y relatos de estas religiones antiguas eran explicaciones veladas del proceso de transmutación o, formas alegóricas del opus magnum, hipótesis que alcanzó un amplio refrendo posterior: tales posiciones fueron defendidas poco después por el historiador Olaus Borrichius, o, ya en el s. XVIII, por el monje benedictino Antoine Joseph Pernety en Les Fables Egyptiennes et Grecques dévoilées et réduites au Même príncipe avec une Explication des Hieroglyphes et de la Gue-rre de Troye (París, 1758). Ese mismo año vio también la luz su Dictionnaire mytho hermétique, donde podemos leer: Los Antiguos empleaban comúnmente las fábulas, y aquellas de los egipcios y de los griegos no han sido inventadas sino a la revista de la Gran Obra, si hemos de creer a los Filósofos, que las han citado a menudo en sus obras […] Algunos Filósofos han empleado un lenguaje mudo para hablar a los ojos del espíritu; han mostrado, a través de símbolos y de jeroglíficos, tanto las materias requeridas para la obra como sus prepara-ciones y con frecuencia hasta los signos demostrativos o los colores que aparecen en esta materia en el transcurso de las operaciones… 


Entradas relacionadas:.

Alquimia y emblemática: La Fuga de Atalanta

Las doce llaves

La Tempestad


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sábado, 28 de mayo de 2016

Emblemas del laberinto


El mundo como laberinto
Girolamo Rusucelli, Le imprese ilustri (1584)


"Nadie sabe qué mundo multiforme o qué multiplicada muerte llenan el laberinto. Tú tienes el tuyo, poblado de desoladas agonías".

 Julio Cortázar, Los Reyes



El simbólico laberinto está muy presente en los emblemas de los siglos XVI y XVII, siendo ocupado su centro en la mayoría de ocasiones por el  centauro en lugar del Mínotauro del mito griego original protagonizado por Teseo y Ariadna. Época de convulsiones y grandes cambios que daría paso al mundo moderno, también será el hombre el que aparece sólo en el centro o deambulando por sus senderos, imagen de la confusión y de los peligros por sortear en su recorrido por la vida terrena. 
Veamos algunos ejemplos en un intresante ensayo publicado por la revista Janus dedicada a estudios sobre el siglo de oro.



Celar, mostrar, desvelar...: estrategias
de remodelización verbovisual en la emblemática áurea
(fragmento)
por 
Giuseppina Ledda


(...) La tradición generalmente respeta el núcleo duro del mito: el Minotauro, sujeto primario encarcelado en la compleja arquitectura ideada por Dédalo, Teseo y el hilo de Ariadna que le ayuda a no perderse...

http://www.palomanavarreteoficial.com/images/blog/javiernavarrete/laberinto/Teseo.jpg
Baccio Baldini, Teseo recibe el hilo de Ariadna (1465)


En el empleo metafórico de la emblemática barroca se añaden variantes, detalles, atributos o motivos secundarios, a menudo cambiando papel y disposición: el bastón de Teseo, el hilo de Ariadna, el barco de Teseo se desplazan o son sustituidos; el árbol de amor aparece ocupando el centro o la periferia. Así que el lector, aun reconociendo el mito en su conjunto e intuyendo el significado más general – la pérdida del centro y de la orientación, la iniciación – , ha de interrogarse sobre los detalles y atributos que, en su desviación, vehiculan el mensaje que el emisor desea transmitir. El reconocimiento del camino que en el espacio cerrado lleva al centro requiere silencio, prudencia y astucia. En las ediciones de los epigramas de Alciato (2003: 27), sucesivamente enriquecidas con los grabados que dieron vida al género, se divisa tan solo el signo primario: el Minotauro. El mito no se presenta integralmente: el edificio no aparece. En primer plano, en un estandarte, el hombre lleva un bastón en la mano derecha; cruza su cuerpo la inscripción SPQR (Senatus Populusque Romanus).

 http://www.emblems.arts.gla.ac.uk/alciato/images/pic_l/A91a012.jpg
 Alciato, Emblematum Liber. Emb. XII


El lema “Non vulganda consilia” (que los secretos no deben divulgarse) recuerda que el Capitán tiene que guardar el secreto de sus consejos, al igual que la estructura de Dédalo había escondido al monstruo Minotauro.
En el espacio icónico de una empresa que Ruscelli ( 1584: 383 ) dedica a Consalvo Pérez, secretario de Carlos V y de Felipe II, aparece la representación del Minotauro, en figura de centauro, encerrado y escondido en el centro del laberinto; señal de oportuna censura, el dedo índice de la mano izquierda le cierra los labios.

Girolamo Rusucelli, Le imprese ilustri (1584)


El mote anuncia: "en silentio et spe” (en silencio y esperanza) (Isaías, 30, 15). La fuerza y la astucia del toro aluden a la prudencia del hombre de estado que tiene que guardar los secretos en los negocios del gobierno. En el interesante legado de Antonio Pérez (1625), secretario de Felipe II, culpado de traición de la Sacra corona y del asesinato de Juan de Escobedo (colección de relaciones, cartas, acotaciones marginales, copia de papeles varios, en parte atribuidos a la pluma del tal vez inexistente Rafael Peregrino), el autor incluye cuatro emblemas. Nos interesan los dos en los que domina la representación del laberinto. Encabezan el párrafo preliminar que lleva el título “La pluma arrojada a los curiosos”. Con sentido en parte coincidente con el de Ruscelli, en el emblema a la izquierda sitúa el Minotauro en el centro de un laberinto cerrado (han desaparecido Teseo, el bastón y el hilo), para significar que, a pesar de la confusión de las prisiones, guarda la esperanza de salir libre, promete la constancia en el silencio.


 Antonio Perez, Retrato al vivo del natural de la Fortuna (1625)


En el laberinto a la derecha una variante (las murallas que limitan los caminos están hechas pedazos), la mano dirigida al cielo en señal de protesta y de esperanza de justicia divina. El mote sentencia: “Usque adhuc”.
Antonio de Lorea en el David pecador ( 1674 ) reproduce el tema del Centauro en el laberinto; para escarmiento del pecador empedernido; representa su confusión en el tortuoso recorrido de la vida terrena.

 Antonio de Lorea, David pecador (1647) "De abismo en abismo"


(...) En los Emblemas morales, Sebastián de Covarrubias (1591: emblema XXXI) en la invariante del edificio aporta la variante del protagonista que suele habitarlo: desaparece el Minotauro sustituido en una singular mise en abîme por el cortesano, destinatario de la empresa. Al igual que las falsas vías del inescrutable edificio atraen y no dejan salir, así las promesas del mundo engañan y ocultan la recta vía.

 Sebastián de Covarrubias, Emblemas morales (1591)


El referente es convocado directamente sin recurso a la metamorfosis metafórico-alusiva, el autor no establece una relación de analogía y similitud: un cortesano representa al cortesano. (...)
Paolo Aresi ( 1649 ) aporta otra interesante variación. Con el lema “a vituperio del mundo” presenta en el emblema XXXI en el centro del laberinto un árbol, firmemente arraigado al suelo. El signo, es notorio, deriva de las empresas de amor, sirve en este caso para demostrar la dificultad o imposibilidad del pecador empedernido de salir del laberinto del mundo.

Paolo Aresi, Imprese sacre (1649)


(...) Otro de los motivos más frecuentes en los laberintos emblemáticos es el del mundo=laberinto en el que el alma humana puede perderse o salvarse con la ayuda divina. La afirmación es antigua y moderna: el mundo es un caos con encrucijadas tortuosas que se abren al viandante y al mismo tiempo le niegan el paso. Luca Contile ( 1574: 94v ) dedica una empresa a Giulio Beccaria en la que el signo dominante es el globo terrestre en forma de laberinto. En el cielo una estrella ilumina y el mote enuncia “Hac duce egredias” (sigue a esta guía): el alma humana puede salvarse y salir de los caminos del pecado con el auxilio de la gracia divina.

 Luca Contile, Ragionamento di Lvca Contile...(1574)

En el grabado se aprecia una riquísima orla, que ya no se limita a ser marco, “fuera de texto” con función decorativa: dos figuras contrapuestas insisten en repetir el mensaje cifrado en el cuerpo: la una dolorosa, con la mirada al suelo, desesperada por no haber hallado la justa vía, la otra alegre mirando al cielo.
El ejemplo más logrado y más asequible sobre este tema (merece ser citado pese a que, a diferencia de los precedentes, aquí la exhibición y la locuacidad vencen la esencialidad) lo ofrece Herman Hugo ( 1624 ) en los Pia desideria. Investida de una función religiosa – dedicada al tránsito por la vida terrena y a la salvación o condena del alma – la imagen aprovecha y sustituye los elementos del laberíntico mito enriqueciéndolos.

Herman Hugo, Pia Desideria


La dinámica desplegada del andar por un camino tortuoso ya no es exclusivamente centrípeta o con salida periférica, se establece una relación bajo - alto, de recorrido horizontal y vertical (la montaña y la torre). En el laberinto el alma humana, en figura y traje de peregrin o (¿o de peregrina?) con cayado y zurrón a la espalda, transita e intenta salir de los intrincados recuadros de la ingeniosa arquitectura, dirigiéndose hacia la torre - roca del cielo. Los muros que marcan el recorrido son elevados y en este caso el alma debe recorrerlos en la parte alta, así que los peligros que se le presentan son dos: caer en la parte baja o no hallar la vía de salida. En las tortuosas vías se notan dos individuos en el acto de caer, mientras un ciego guiado por un perro, que representa la confianza en Dios, halla la vía de la salvación. En la roca dos peregrinos intentan subir, pero uno de los dos cae. A lo lejos se divisan en las aguas del mar dos barcos guiados por un una luz encendida en la parte más alta. Desde una torre elevada en la cumbre de una montaña un ángel ha lanzado una cuerda al peregrino. El lema es un pasaje de los Salmos “Utinam dirigantur viae meae ad custodiendas iustificationes tuas” (¡Ojalá fuesen dirigidos mis caminos para observar tus estatutos!) (Ps, 119, 5).

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Lecturas:

Giuseppina Ledda, Celar, mostrar, desvelar...: estrategias de remodelización verbo-visual en la emblemática áurea. Revista JANUS, estudios sobre el siglo de oro nº 4 (2015)


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viernes, 8 de abril de 2016

Amor ígneo


Detalle del emblema 115 de Amorum Emblemata (1608) de Otto Vaenius acompañando al lmote Mea vita per ignem (mi vida para el fuego), al que le sigue el poético epigrama:
 "En el fuego del amor vive el amante,
y en él crece su gloria y se recrea,
no se ha visto fortuna semejante
en cuanto ciñe el mar y el Sol rodea.
Salamandra parece que triunfante
se halla ardiendo en el monte Etna
que allí vive y goza, y lo que mata
a otros, le da vida, y le fortalece".


En esta entrada los emblemas segundo, tercero y sexto de la obra del holandés Daniël Heinsius (1580-1655) Emblemata amatoria. La selección que hago entre los 24 que componen la obra, ha sido determinada por la común presencia del fuego como imagen simbólica de la pasión amorosa. El estudio crítico de cada uno de los emblemas es autoría del profesor Santiago Sebastián, de quien este blog se ha nutrido en otras ocasiones.


La mejor emblemática amorosa del Barroco
(selección de tres emblemas de Daniël Heinsius)
por
Santiago Sebastián



Emblema II
Au dedans je me consume (Interiormente yo me consumo). Este lema lo explica así el epigrama: "Como por fuera el ardor del fuego consume lo que contienen las ollas tapadas, así también el amor ciego consume mis entrañas".

Au dedans je me consume. Heinsisus, Emblemata Amatoria (1607)


Aquí se pone de manifiesto otra de las fuentes más socorridas de Hensius, la obra Delie (Lyon 1544) de Scève, quien en su empresa 36 presenta una vasija  al fuego con un lema semejante "Dedans ie me consume". (Imagen izquierda)
En el grabado circular de Gheyn vemos a Cupido ante un paisaje abierto, que con un fuelle aviva la llama de un fuego para calentar una olla colocada encima de unas trébedes. 
Si bien la metáfora del amor como un fuego interior, que corroe a los enamorados, está en la poesía antigua, ya Alciato echó mano del componente ígneo del amor, así en el emblema 107: "Vis amoris", nos presenta a Cupido  alado quebrando el rayo para demostrar que "El fuego del amor es más fuerte que el fuego" (imagen derecha). El amor ígneo fue uno de los grandes componentes típicos  de la poesía y de las representaciones amorosas de todos los tiempos.



Emblema III
Mes pleurs mon feu decelent (Mis lágrimas descubren mi fuego). Ello se aclara en el epigrama: "¿Acaso lo dudas? Sean las lágrimas testigos de la llama de mi amor; siempre destila gotas un líquido encerrado en el alambique".

 Mes pleurs mon feu decelent, Emblemata Amatoria (1607)


De nuevo la fuente era de Scève en la empresa 23 de su Delie (Lyon 1544), en la que figura un alambique con el mismo lema (imagen izquierda). Aunque hubo una fuente emblemática anterior: Le theatre des bons engines, publicado en el mismo Lyon, tal vez en 1540, en cuyo emblema 79 nos presenta a Cupido avivando el fuego de un horno aunque con lema distinto.

Guillaume La Perrière, Le theatre des bons engines. Embl. LXXIX


Como ya señaló Praz estas imágenes emblemáticas no eran sino la traducción de conceptos muy extendidos en la poesía amorosa, especialmente la italiana, que partía de Petrarca:

"Con lágrimas que de a millones yo derramo,
conviene que el dolor por los ojos gotee
desde el corazón, que en si tiene fuego y yesca;
no sólo cual fue, sino paréceme que creciera.
¿Qué fuego no tuvieran ya apagado y muerto
las ondas que los tristes ojos derraman para siempre?
Amor, aunque tarde me haya dad cuenta,
quiere que entre los contrarios yo me consuma".

Esta paradoja de Petrarca en su balada Quel fuoco será reiterada por Serafino en su verso:

"Se porta dentro una fornace ardente..."

Y también por lo spoetas franceses, en primer lugar por Scève. El grabado de Gheyn nos muestra en primer término a Cupido, que está avivando el fuego de un alambique. El sentido amoroso lo confirma la pareja de amantes que se abrazan entre las frondas de un jardín.


Emblema VI
A autroy mort, a moy la vie (La muerte al prójimo, la vida para mí). El epígrafe explicita la imagen: "A ti, oh Salamandra, te alimentan los fuegos que a otros destruyen. Lo que a otros el fuego les da la muerte, a nosotros el fuego del amor nos da la vida". 

A autroy mort, a moy la vie, Emblemata Amatoria (1607)


La imagen de la salamandra venía a traer el punto álgido del tema del amor ígneo. (...) Pese a su mala reputación, por el poder mortífero de su veneno, el lenguaje simbólico ha hecho desempeñar a este animal papeles muy nobles. Se la vio como símbolo del fuego, por tanto los alquimistas hicieron de ella el símbolo de la calcinación; también se hizo de ella símbolo de las Justicia, pues podía vivir entre llamas avivando el fuego bueno, mientras apagaba el malo.

La salamandra como símbolo del elemento fuego en el frontispicio del tratado alquímico Musaeum hermeticum (1625)


El rey Francisco I la tomó como su divisa bajo el mote: "Nutrisco et extinguo" (Lo alimento y lo apago), que más que a la Justicia, el fuego de ella hacía alusión al del Amor, y en este sentido le dedicó Giovio la empresa VII de su Dialogo dell'Impresse militari et amorose (Venecia 1556) para referir que el príncipe francés no se vio libre de los lazos amorosos y también tuvo ánimo indomable ante la Fortuna como la Salamandra.

Paolo Giovio, Dialogo dell'Impresse militari et amorose


Mas no olvidemos que por otra parte estaba la tradición poética de Petrarca, que su composición Ben mi credea empieza así su parte cuarta: 

"De mi muerte me nutro y vivo en llamas:
¡Extraño alimento y admirable salamandra!"

Y el poeta francés Scève dirá al respecto: 

"Como una salamandra, en las llamas ardientes donde perecen otros, vivo yo alegremente".



Lecturas:

Santiago Sebastián, La mejor emblemática amorosa del Barroco. Sociedad de Cultura Valle Inclán 2001

domingo, 27 de marzo de 2016

Siete cabezas tiene la Bestia


La ramera de Babilonia, Biblia de Lutero (1534)


"Me trasladó un espíritu al desierto. Y vi a una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía  de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su  mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución, y en su frente un nombre escrito -un misterio- : 'La gran Babilonia, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra'. (...) Me dijo además (el espíritu): 'Las aguas que has visto, donde está sentada la Prostituta, son pueblos y muchedumbres, naciones y lenguas".

Apocalipsis de San Juan 17



La Hidra, el mítico monstruo policéfalo que Hércules mata en uno de sus legendarios trabajos impuestos por la Sibila delfica, encuentra correlato iconográfico con las bestias de siete cabezas descritas en Apocalipsis 12 y 17, cuyas fuentes se pueden rastrear en relatos sumerios que darían lugar a expresiones artísticas como las que podemos ver en la imagen impresa de un sello real, simbolizando la eterna lucha del bien contra el mal o la imposición del orden a las fuerzas disgregadoras y el caos.

Impresión sobre cera de un sello cilíndrico sumerio donde se representa el ataque a un monstruo de siete cabezas.


Algo de esto parece perdurar en uno de los emblemas de Sebastián de Covarrubias, el 74 de la pimera centuria, donde la Hidra se presenta como imagen para ilustrar la confusión y desavenencias que se producen cuando se enfrentan variedad de pareceres sin orden ni concierto, lo que se da a entender por las siete cabezas del monstruo sobre las que está inscrito el mote TOT SENTENTIAE (TANTAS OPINIONES)


El epigrama en verso de debajo también es explícito al respecto:

Horrendo monstruo, bestia prodigiosa,
es la comunidad y ayuntamiento,
de la bárbara gente revoltosa;
sin orden, sin razón ni entendimiento,
propone mucho y no resuelve cosa.
Hay, sobre un caso, pareceres ciento,
cada cual tiene voto diferente,
o Cancerbero, o hidra pestilente.

En el análisis iconográfico dedicado a este emblema, Juan de Dios Hernández Miñano nos relata la presencia de este fantástico animal en la literatura clásica, bíblica y patrística, junto a los idearios simbólicos y morales que lo han acompañado en diferentes contextos históricos. También en la parte final conjetura sobre cómo Covarrubias pudo servirse de esa imagen para dirigir una crítica solapada al sistema asambleario del Cabildo de la Catedral de Cuenca, en cuyas interminables controversias se viera tantas veces involucrado siendo maestrescuela.



Juan de Dios Hernández de Miñano, análisis del emblema I, 74 de Emblemas Morales de Sebastián de Covarrubias.


La hidra es un animal serpentiforme y monstruoso que el poeta griego Pisandro de Camiro describe como un animal enorme y especialmente terrible, dotado de muchas cabezas que vive en lagos y pantanos. Plinio describe este extraño animal: Es como una culebra, pero tiene el pellejo muy pintado y hermoso, esmaltado de mil colores. San Isidro refiere que cuando se le corta una cabeza a este horrendo animal, le brotan otras tres.
La bestia bíblica, símbolo de las fuerzas irracionales, posee las características de lo informe, lo caótico y lo satánico. Como confusas son sus siete cabezas que representan los siete pecados capitales, cuyos cuernos simbolizan su potencia, y las diademas y coronas con que se engalana, su pseudorealeza, ante la que todos los hombres engañados la adoran. También se identifica con el Anticristo que tanta confusión llevará a los hombres.

 Beato de Fernando y Sancha, Folio 186 v. (detalle)


Muy pronto el mundo clasico identificó a la bestia de múltiples cabezas con la imagen de la confusión, al resultar desconcertante en su forma de ser y de actuar. Platón estima que un sofista es la imagen de la hidra, porque sostiene sus argumentos con mentiras y engaños, puras opiniones. Los moralistas del mundo clásico habían distinguido entre razón y opinión, reconociendo en la primera la trascripción firme y ordenada de la verdad y, en la segunda, un parecer versátil, caprichoso y desordenado, de ordinario incurso en el error. Así, pues, la opinión del grupo o de sus miembros resulta siempre tornadiza y sin criterio y, por tanto, carente de valor y de consideración alguna. Lo que dio lugar pronto a expresiones de claro matiz despectivo, como la de Terencio: Quot capita tot sententiae (Tantas cabezas, tantas opiniones), con clara alusión a la hidra sin nombrarla expresamente. Horacio, con la profundidad crítica característica, escribe sobre la confusa vida de la Comuna romana:

Eres, pueblo de Roma, una bestia de muchas cabezas; así pues, ¿a quién o qué seguiré? Algunos se desviven por conseguir el arriendo de los impuestos públicos; otros se dedican a cazar viudas avaras con pastelitos y frutas y a conquistar ancianos para ponerlos en sus viveros, y muchos hacen crecer su fortuna con clandestina usura.

Para Tervarent, la hidra es el atributo de Hércules y también de Alejandro por ser éste el creador de un imperio que, aunque pretendidamente unitario, estaba integrado por numeros reinos con diversas lenguas y comunas ingobernables.

 Vaso griego, Heracles mata a la hidra en su segundo trabajo

La pervivencia de esta idea se aprecia en algunos bestiarios como el de Cambridge, que siguen de cerca a Plinio y San Isidoro, al pretender ver en la bestia-hidra, entre otras valoraciones, el símbolo de la gente sin criterio, hipócrita, disoluta y poco fiable, porque, de alguna manera, tiene su misma naturaleza.

 La guerra contra el dragón, manuscrito francés (1295)


En el siglo IV, Lactancio, filósofo de la Patrística, refiere que, cuando la ciencia no alcanza su objetivo, sólo queda la función de opinar; y es que todo el mundo opina sobre aquello que no sabe, incluso algunos, ante una incertidumbre, opinan que es como ellos piensan; luego desconocen la verdad, porque la ciencia se mueve en el campo de la certidumbre, y la opinión en el de la incertidumbre. De ahí que el Eclesiástico diga: ¡son tan numerosas las opiniones de los hombres, y sus locas fantasías los extravían!
No obstante, durante el Medievo, la opinión del público tenía una alta consideración por la creencia de estar dotada de virtudes naturales y ser expresión de la voluntad divina. El juicio popular era como el cauce espontáneo de la razón moral. De ahí el aforismo vox populi, vox de Dei. Pero, desde el siglo XVI, esas palabras se olvidan y se recurre cada vez más a expresiones que van en sentido opuesto. La razón está en que la opinión del pueblo se ve ahora como algo informe e inculto, como algo que surge de una masa anónima cuyo parecer no supone un orden natural de racionalidad. En este sentido, Gracián dice que por ningún acontecimiento se diga que la voz del pueblo es la voz de Dios, sino de la ignorancia, y por la boca del vulgo suelen hablar todos los diablos.


 La bestia del mar se encuentra con el dragón, manuscrito francés (1295)


Con la llegada del Renacimiento, tendría lugar la consolidación del proverbio clásico, tal como lo expresa Erasmo de Rotterdam: Tantas cabezas, cuántas opiniones. Dante Alighieri, partidario de la idea de que la unidad de acción es preferible a la caótica pluralidad que rige en la sociedad humana, refiere:

¡Oh, género humano, cuántos tormentos y pérdidas, cuántos naufragios te ves obligado a padecer por haberte convertido  en una bestia de muchas cabezas y agitarte con tendencias contrarias!

Para Ripa, la "Opinión" es todo aquello que tiene su lugar en la mente y la imaginación de los hombres, en tanto no tenga demostración patente; así que pueden ser múltiples, tantas como hombres. De ahí el conocido dicho: Cuantas cabezas, tantas opiniones. Otro hombre del Renacimiento, Fray Luis de Granada, llama a los creyentes a la prudencia para no alejarse de la comunidad cristiana, siguiendo las opiniones dispersas de algunos hombres:

A lo menos, esto es cierto, que ninguna mayor locura puede hacer un hombre que regirse por la bestia de tantas cabezas como es el vulgo, que ningún tiento ni consideración tiene en lo que dice.


Giusto de Menobuoi (1330-1390), La Bestia surgiendo del mar 

Por su parte, Baños de Velasco pretende avisar al Príncipe de lo poco consistente que son las opiniones del pueblo, pues nunca se expresan con una sola voz, sino que cada individuo es una opinión diferente y, además, se presta al cambio de acuerdo con las circunstancias:

Sabido porque lo dize el Impugnador tiene muchas cabeças el vulgo y tantas bocas como cabeças (...), si donde huviese muchas cabeças, precisamente se infiere ha de aver muchas variedades: su juizio es el peor, fluctuando a cada passo entre errores, es su boca un mar de mentiras, sus apetitos infames, sus aprobaciones imperfectas (...). Cuerpo de tantas cabeças, no es seguro para afiançar el favor, donde si se inclinase la una, han de sentir lo contrario los demás (...). Convierte esta venenosa Hydra, los cariños en manifiesta rebeldía.

En el siglo XVII, el pensador inglés Hobbes ve al hombre como un ser egoísta y sin interés por la compañía de sus semejantes; sólo intenta hacer prevalecer su opinión para destacar y someter a los demás a su criterio. Por lo que se hace necesario el nacimiento del Estado que despoje al hombre de su afán de poder, pero, al mismo tiempo, esta institución pronto se convierte en una bestia de pareceres distintos, semejante a la bíblica.
Hidra en un capitel de St. Aigna
La representación icónica de la bestia es abundante, de entre la que destacaremos la hidra o serpiente de siete cabezas de un capitel románico de la iglesia de St. Aigna (Francia), que representa los siete pecados capitales.
Más significativo resulta el grabado  que trae la obra del siglo XVII Basis Totius Moralis Theologiae (...), de Julio Mercero, que muestra a la bestia o hidra, de siete cabezas coronadas, encadenada a un obelisco donde aparece escrito: Praxis opinorum limitata (Se ha de limitar la práctica de la opinión).

Julio Mercero,Totius Moralis Theologiae... (1618)

Covarrubias fue nombrado maestrescuela de la Catedral de Cuenca, dependencia del Cabildo de esa ciudad. Durante años estuvo asistiendo normalmente a los cabildos y ocupándose de sus cargos. Con este emblema, nuestro autor arremete contra esas asambleas y sus largas controversias e indecisiones parlamentarias. Así, para González Palencia, la hidra o bestia es la imagen del Cabildo catedralicio conquense, que tantas trabas puso siempre a las solicitudes del maestrescuela. Sería, pues, una especie de pequeña venganza por parte de nuestro autor, aunque en el comentario del emblema diga que su intención no va dirigida a cabildos eclesiásticos.

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Lecturas:

Juan de Dios Hernández de Miñano, Emblemas Morales de Sebastián de Covarrubias. Ediciones de la Universidad de Murcia, 2015


Escena de Jason y los argonautas (1963) de Don Chaffey


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