Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 26 de noviembre de 2014

Chamanes y abducidos


Ovni abduciendo


Aparte de los dioses y seres sobrenaturales a los cuales se dirigen los rezos y se ofrecen sacrificios, existen los "especialistas de lo sagrado", hombres capaces de "ver" a los espíritus, de subir al cielo con los dioses, de descender a los infiernos y de combatir los demonios, la enfermedad y la muerte. El papel esencial del chamán en la defensa de la integridad física de la comunidad reside sobre todo en el siguiente hecho: los hombres están convencidos de que uno de ellos es capaz de ayudarlos en las circunstancias críticas provocadas por los habitantes del mundo invisible.

Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis


Dejo una nueva entrada dedicada a Patrick Harpur, en esta ocasión sobre su obra "Realidad daimónica", de la que todavía no había nada publicado en este espacio. Para su autor, todos los seres imaginarios que han aparecido a lo largo de la historia -hadas, daímones, divinidades, antepasados difuntos, animales fantásticos, fantasmas, etc..., a los que se sumarían otros más recientes como extratrestres junto a avistamientos de sus ovnis y las populares abducciones-, serían expresión de fenómenos puramente psíquicos, pero en la "psique" se englobaría todo el mundo -no tan sólo la mente individual-, tal como lo entendían los neoplatónicos en su noción del Anima Mundi. Ésta sería la idea de que todo está interconectado formando una unidad, siendo en la mente humana, por su capacidad de acceder de forma espontánea o inducida a la "esfera de la imaginación", donde surgen las visiones y revelaciones que darían pie a los mitos y rituales que tradicionalmente han formado parte esencial de toda sociedad humana.
Selecciono a continuación algunos fragmentos dedicados al análisis comparativo de algunas de estas manifestaciones aparentemente muy alejadas en su significación, pero que Harpur, de forma coherente, encuentra paralelismos cuando se desvinculan de interpretaciones literales.


Humanos daimónicos
(fragmentos)
por
Patrick Harpur



Ritos de paso

La abducción de niños es toda una institución en la mayoría de sociedades tribales. Hacia la pubertad, son arrancados de la seguridad de sus hogares por entidades altas de rostros extraordinarios -bocas y narices como rendijas y ojos grandes, por ejemplo- y conducidos a un lugar oscuro, a veces subterráneo como una tumba, donde son abandonados durante días. Privados de comida y exhaustos, las entidades los visitan periódicamente y los torturan, rajándoles el pene o marcándoles la cara. Al mismo tiempo, reciben un conocimiento asombroso -secretos que no se deben revelar- antes de ser devueltos entre resplandores de luz a sus pueblos, donde sus familias ya no lo reconocen.
Por supuesto, estoy describiendo a grandes rasgos rituales de pubertad bastante habituales en que los aspirantes son arrebatados por los mayores de la tribu, que van disfrazados con máscaras y pinturas; son encerrados en la casa fetiche o aislados en el monte, y sometidos a procesos rituales como escarificaciones, circuncisiones o clitorectomías.

 Escarificación practicada a un niño como rito de paso a la edad adulta en Papua Nueva Guinea

En cierto sentido, saben lo que está pasando, pero en otro temen de veras una muerte inminente a manos de los adultos a los que una vez conocieron, pero que ahora se han transformado en seres ajenos como los espíritus de los ancestros. Los propios niños son pintados para que parezcan fantasmas -es decir, asimilados a la muerte-, pues su yo antiguo e infantil debe morir a través de la iniciación para poder renacer en un yo nuevo y adulto. Por eso, cuando regresan a sus casa a la luz de una antorcha, recién instruidos en la tradición secreta y sagrada de la tribu, sus parientes simulan no conocerlos. Y, de hecho, como pasa con todos los abducidos, apenas se reconocen a sí mismo.
El cristianismo conserva vestigios de los ritos de pubertad en las ceremonias de la Primera Comunión y la Confirmación; pero éstas han abandonado todo acercamiento al poder imaginativo y transformador. Sobre todo, carecen del miedo  y el dolor que parecen ser elementos necesarios de la iniciación. Cabría preguntarse cuáles son las consecuencias de perder los ritos oficiales y efectivos que dan significado a nuestros cambios biológicos y nos imprimen el sello de la adultez. ¿No hay peligro de que permanezcamos infantiles, egoístas y dependientes, meras víctimas de lo que quiera que nos traiga la vida? Desde luego, muchas personas son iniciadas sin darse cuenta por las exigencias de sus propias circunstancias, como catástrofes familiares, pérdidas de los seres queridos o incluso auténticas ordalías en la escuela. La iniciación no depende tanto de la experiencia en sí como de lo que hacemos de ella, cómo la utilizamos para la autotransformación. Pero sin ritos tradicionales que induzcan y al mismo tiempo canalicen el sufrimiento, resulta difícil utilizarlo correctamente, y en lugar de eso nos vemos empujados a buscarle una cura.
Sin embargo, las sociedades tribales reconocen universalmente un tipo de persona que se incia de forma espontánea, no mediante ritos de pubertad organizados a nivel social, por ejemplo, sino mediante experiencias sobrenaturales directas. Podría afirmarse incluso que esta iniciación espontánea es el modelo en que se basa toda iniciación y que imitan -reencarnan literalmente- los mayores de la tribu encargados de iniciar a los niños. El tipo de personas al que me refiero son curanderos, hombres (o mujeres) de medicina o, como está de moda llamarlos ahora, chamanes.


La tradición del chamán

Aunque un chamán puede alcanzar su posición por herencia, es igual de probable que la obtenga por vocación espontánea. Son varios los signos de tal vocación: súbitas enfermedades, ataques o leves accesos, un "gran sueño" o, sobre todo, un inesperado estado de trance o éxtasis. Bajo dicho estado, el afectado pasa por una experiencia visionaria cuyos contenidos incluyen invariablemente uno o más de los siguientes factores: desmembramiento del cuerpo por "espíritus" (dáimones) o por las almas de chamanes muertos; expulsión o abandono del cuerpo, que luego es reconstruido con nuevos órganos o "huesos de hierro"; ascensión al cielo, seguida de un dialógo con los dioses o los espíritus; descenso al Inframunddo, seguido de una conversación con espíritus subterráneos y las almas de los chamanes muertos.
Chamán siberiano
Una vez el futuro o la futura chamán han sido elegidos claramente por semejante experiencia iniciática fundamental, pasan por experiencias daimónicas subsiguientes, normalmente bajo la supervisión de un chamán en activo, con el fin de adquirir la ayuda y protección de los espíritus familiares (a menudo animales) y de los espíritus tutelares (humanos, a menudo un enano). Estos espíritus pueden poseer al chamán o hablar a través de él, pero no es ésta la característica determinante del chamanismo (cualquiera puede ser poseído), sino, más bien, la habilidad para efectuar el ascenso a los cielos o el descenso subterráneo, controlando el itinerario sagrado que se estructura de acuerdo con la cosmología tribal. Por ejemplo, entre las tribus del norte de Asia, como los tungús de Siberia -que nos proporcionaron la palabra "chamán"-, los chamanes escalan un simbólico árbol del mundo que conecta Arriba con Abajo, montan sus tambores como si fueran caballos rumbo al cielo o descienden por el orificio del humo dentro de la yurta, para recrear los viajes heroicos, celestes y subterráneos de chamanes anteriores.
Las operaciones rituales de los espíritus sobre el futuro chaman hallan su paralelo entre los abducidos por ovnis. Por ejemplo, el 16 de agosto de 1975, Sandra Larson vio gran cantidad de globos brillantes descendiendo sobre ella en el camino hacia Bismarck, Dakota del Norte. Había una hora del trayecto de la que no podía dar cuenta. Bajo hipnosis decribió una clasica abducción por ovni durante la cual sus captores le rasparon el interior de la nariz con algún tipo de instrumento y luego, tras abrirle el cráneo, le quitaron el cerebro y se lo volvieron a colocar.
El 6 de enero de 1976, Mona Stafford, Louise Smith y Elaine Thomas se toparon con un objeto enorme con múltiples luces mientras conducían hacia Liberty, Kentucky. Al llegar se encontraron con un lapso de una hora y media del que no podían responder. Bajo hipnosis, sus historias relativas a los hechos supuestamente ocurridos durante su tiempo perdido se confirmaron parcialmente entre sí. Habían sido abducidos por unas criaturas bajitas y grises cuyos ojos rasgados, la única facción visible tras una especie de visor, estaban fijos en ellas con una mirada enervante.
Las tres mujeres fueron separadas y conducidas a algo así como una cueva donde hacía un calor sofocante. Como Antônio da Silva, las sujetaron a unas mesas y vertieron un líquido caliente y pegajoso encima de ellas. Entonces les retorcieron los brazos y las piernas como para comprobar cuánta presión podían soportar. A Mona le quitaron los ojos de las cuencas, los examinaron y se los colocaron de nuevo. (Un chamán yaku, Piotr Ivanov, informó de que su iniciación incluyó la desmembración de sus huesos, la desolladura de su carne y la separación de sus ojos de las cuencas.) Recordemos que Katie Davis se encontró paralizada en su coche después del primer avistamiento ovni del que podía acordarse. Luego notó que le arrancaban las piernas y que le empujaban algo duro en el interior del útero. Tanto ella como otra abducida, Susan, describen "cosas (...) que se movían como órganos".
Otro motivo recurrente en la tradición de abducciones ovni es el "implante". Los abducidos aseguran que sus abductores les introducen, a través de la nariz y el costado de la cabeza, alguna clase de objeto diminuto cuyo propósito es desconocido (los estrarrestristas especulan con que es con algún tipo de transmisor que permite a los alienígenas seguir de cerca a sus víctimas). Se trata del vestigio casi universal en el chamanismo, del que tenemos un ejemplo tipico en una práctica de los aranda de Australia. Un "espíritui" ensarta su lanza en el cuello del iniciado mientras éste está durmiendo a la entrada de la cueva iniciática. Luego, el espíritu se lo lleva a la cueva, le extrae los órganos internos y se los reemplaza por otros. Se le introducen fragmentos de cuarzo en el cuerpo y después regresa a la vida, aunque, durante algún tiempo, se comporta como un lunático. Se supone que los cristales de cuarzo le otorgan poderes al chamán, en especial el poder de volar. Se imagina que son de origen celeste y sólo medio materiales, como "luz solidificada".
Los "implantes" beneficiosos que confieren poderes tienen su contrapartida maléfica  en los objetos mágicos que introduce en el cuerpo de una persona un brujo, demonio, espíritu de un muerto o chamán maligno. Próximos a la "perdida de alma", estos objetos mágicos son la causa más extendida de enfermedad (en todo el continente americano, por ejemplo) y deben ser extirpados por un chamán que luego los expone, como, pongamos, una hebra, un insecto, un lagarto o una piedra.
Cuando tenemos en cuenta que también las abducciones por ovnis contienen el equivalente del viaje celeste del chamán, enseñanzas o revelaciones de los espíritus e incluso ecos de la cueva de iniciación en los "interiores" circulares y de luz uniforme, parece probable que guarden relación con los tipos de experiencias que las sociedades tribales reconocen como iniciáticas.


Muerte y renacimiento

La esencia de la iniciación, tanto para los abducidos como para los chamanes, consiste en la muerte y el renacimiento. En los ritos de pubertad, el yo infantil muere para que el yo adulto pueda vivir; el chamán es desmembrado y resucitado, muriendo su antigua perspectiva corpórea y emergiendo de nuevo con una nueva perspectiva daimónica. Muchos pueblos tribales establecen "sociedades secretas" cuyo propósito es iniciar a los adultos en el misterio de la muerte y el renacimiento mediante ritos que son del mismo tipo, aunque más suaves, que las iniciaciones chamánicas. Ésta era también la norma en la antigua Grecia, donde cualquier persona mínimamente digna estaba iniciada en los Misterios que tenían lugar en Eleusis. La sabiduría de Sócrates y la filosofía de su discípulo, Platón, no puede entenderse con propiedad sin tener en cuenta su iniciación en los Misterios de Eleusis. Puesto que estaba prohibido hablar de ellos, sabemos poco al repsecto; pero, de manera significativa, se creía que giraban alrededor del mito de Deméter-Core-Hades: el mito clásico, en otras palabras,de muerte y renacimiento.
En su tratado De anima, Plutarco compara específicamente la iniciación a los Misterios con la experiencia de muerte. Pues el alma, en la agonía, nos dice, "tiene la misma experiencia que aquellos que están siendo iniciados en los grandes misterios". Al principio, uno vaga de aquí para allá en las tinieblas; luego se topa con horrores que causan "escalofríos, temblores, sudor y asombro", hasta que al fin "lo prende una luz maravillosa" y es recibido en "prados y regiones puras, con voces y danzas y la majestad de sonidos y formas sagradas". (...)


Chamán australiano
Como los iniados a los Misterios (como los abducidos), todos los chamanes hacen hincapié en el horror de la iniciación, incluyendo el encuentro con sus espíritus o tutelares, que pueden parecer aterradores. Pero, como advirtió un chamán australiano, podemos obtener el poder de los espíritus siempre que no nos intimiden hasta dejarnos llevar por el pánico. En otras palabras, no hay nada que indique que el miedo y el dolor sean malos o erróneos, como tienden a sugerir las ideologías y psicoterapias modernas y laicas. Los sueños están repletos de miedo y dolor. Igual que los mitos y las religiones. Sólo hay que pensar en la Crucifixión como modelo de muerte iniciática y resurrección: el heroico Dios-hombre ruega que aparten de Él el amargo cáliz. No sucede así. Lo azotan, lo coronan con espinas, lo atraviesan con clavos y con una lanza en el costado; lo cuelgan de una cruz y lo dejan morir; desciende al Infierno y, al tercer día, asciende a los cielos, donde se sienta a la derecha de Dios Padre.
En la experiencia de casi muerte del señor Cunningham (el hermano Drythelm), que estableció el patrón para la mayoría de los subsiguientes viajes cristianos ultramundanos, recordemos que los demonios le infligían dolor y terror en el reino intermedio del Purgatorio. Aquí, la iniciación se cristianiza en forma de castigo por el pecado, mientras que el renacimiento se traduce en conversión. Algo de esta influencia cristiana -de esa influencia demonizante- persiste en los modernos mitos de abducción. El primer informe completo de una abducción por parte de los "grises", que ya nos resultan familiares, es el que sufrieron en septiembre de 1961 Betty y Barney Hill, mientras conducián por una carretera desierta.
Las dos víctimas fueron sometidas a la habitual operación de exploración: mientras que a Barney le colocaron un artilugio con forma de copa en los genitales -que le dejó un anillo de marcas rojas-, Betty recordó (bajo hipnosis) que le habían atravesado el abdomen con una aguja. Se trata, por supuesto, de una tortura tradicional empleada por los demonios en la iconografía cristiana; la misma operación puede verse, por ejemplo, el el Kalendrier des Bergiers del siglo XV, donde aparecen demonios torturando a las almas condenadas.

Kalendrier des Bergiers s. XV


Así pues, los cristianos fundamentalistas, especialmente locuaces en los Estados Unidos, no carecen completamente de justificación al ver a los grises como poco más que demonios al servicio de Satanás.
Otro enfoque, esta vez laico, que se ha puesto de moda en Norteamérica es tratar a los presuntos abducidos no como pecadores castigados por los demonios, sino como a víctimas. Se determina que sufren un "desorden y estrés port-traumático", y se les contempla con independencia de toda creencia en el origen de su trauma, del mismo modo que a las víctimas de violaciones o a los supervivientes de guerras. En otras palabras, su experiencia se considera una cuestión médica y se despoja de su potencial hondo e iniciático, por no decir religioso.


Lecturas:

Patrick Harpur, Realidad daimónica. Atalanta 2007

Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis. FCE 2003

Mircea Eliade, Nacimiento y renacimiento. Kairós 2001


Enlace a otras entradas con textos de Patrick Harpur:

 http://barzaj-jan.blogspot.com.es/search/label/Patrick%20Harpur


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sábado, 7 de septiembre de 2013

Deméter y Perséfone

Reencuentro de Deméter (a la izquierda con unas espigas de trigo), con su hija Perséfone (a la derecha con dos antorchas).
Bajo relieve de marmol de principios del siglo V a. C.
Eleusis, Grecia.



HERMES: ‘Hades de oscuro cabello, soberano de los muertos,
El padre Zeus te ordena que dejes libre a Perséfone
Y que vuelva con su madre para que cese su odio,
Pues ya tiene planeado aniquilar a los hombres
Y ha ocultado la semilla, para que no hagan ofrendas
Y alejada del Olimpo alimenta su rencor
Y sentada permanece junto a su templo de Eleusis.

 (Coro): Así habló el Argicida y escuchó sus palabras
El señor de los muertos, que a Perséfone dijo:

HADES: ‘Debes volver con tu madre y que te vea contenta,
Yo seré un esposo digno, pues soy hermano de Zeus
Y mientras estés conmigo serás reina soberana…

(coro): Al escuchar sus palabras, Perséfone se alegró
Pero antes de partir tomó un grano de granada,
Que es dulce como la miel y que Hades le ofreció
Porque sabía que así tendría que regresar.
(...)
Zeus Al fin envió a Rea con un mensaje
Para traer a Deméter junto al resto de los dioses,
Y prometió concederle los honores que quisiera.
También vio con buenos ojos que la muchacha estuviera
Una parte entre tinieblas y dos partes con su madre.
A cambio Zeus le pedía que cesara en su rencor
E hiciera crecer el fruto que da la vida a los hombres.
Al oir esto Deméter serenó su corazón
E hizo brotar el fruto en los campos de labranza
Y la tierra antes estéril se convirtió en un jardín.
 Desde entonces en Eleusis , en honor de la diosa
se celebran los misterios que no se pueden contar.
¡Felices aquellos hombres que los hayan conocido!
 
Himno homérico a Deméter (parte final)



El Himno homérico a Deméter es el texto más completo de la Antigüedad donde se conserva la tradición mitográfica que inspirara los ritos iniciáticos conocidos como "Misterios", que durante unos dos mil años se practicaron en la ciudad de Eleusis cercana a Atenas. El mito narra el rapto por parte de Hades (hermano de Zeus y encargado de la administración del mundo de los muertos) de Perséfone, hija de la diosa de las cosechas y la fertilidad de la tierra. El dolor provocado a Deméter, hace que impida que rebrote de nuevo la naturaleza peligrando la vida de animales y hombres, por lo que Zeus intercederá para que Hades devuelva su hija a la diosa. Pero Perséfone comió unos granos de la fruta de la granada, algo que conllevará a que tenga que volver junto a Hades durante unos meses al año. Vemos así narrado poéticamente el ciclo de la naturaleza, de las cosechas que rebrotan cada año gracias a la liberación temporal de Perséfone, para luego, tras su regreso al inframundo, quedar nuevamente los campos yermos. 
Anne Baring y Jules Cashford hacen una interesante investigación sobre las ocultas ceremonias iniciáticas relacionadas con los cultos agrarios que atrajeran a tantísimas personas del mundo grecoromano, y como veremos, su "Misterio" más profundo será transmitido a la nueva religión que triunfaría después.



Deméter y Perséfone

(fragmentos)
Por
Anne Baring y Jules Cashford


Deméter  es la madre del trigo, diosa de las doradas cosechas y de la fertilidad de la tierra arada; Perséfone, su hija, es la doncella del trigo, la simiente en la que el trigo, su madre, continuamente renace. Como Inanna, (diosa mesopotámica) a Deméter se la llama "la verde", "la que trae la fruta" y "la que trae las estaciones". Aparece coronada de espigas de trigo o sosteniendo trigo en sus manos, igual que la diosa micénica antes que ella; se inscribe en la tradición milenaria de la diosa neolítica del grano de la vieja Europa, que se sentaba al lado del dios que tenía la hoz para segar los tallos moribundos finalizada la estación. El nombre con el que se designaba la comida era el suyo: "la espelta (trigo salvaje) de Deméter"; y se invovaba su bendición en la siega y en la siembra. Es la que "llena el granero", y en Chipre da nombre a la recogida de la cosecha, damatrizein. Sus fiestas se celebraban al cambiar las estaciones, en primavera y otoño, el tiempo de la muerte y el renacimiento del trigo. En la Illíada, la imagen de Deméter es del color del trigo maduro:

cuando... la rubia Deméter separa con el presuroso soplo de los vientos el grano y las granzas. (Homero Illíada, 5, 500-1)

Deméter (Ceres), diosa de la cosecha, sujetando trigo en las manos (helénico, relieve de terracota, siglo III a. C. Magna Grecia.

(...) La historia de Deméter es inseparable de la de su hija. A Perséfone se le da a menudo simplemente el nombre de Core, que significa "doncella"; es el femenino de koros, "brote". Madre e hija son llamadas "las dos diosas", o las Demetres, como si Core, el brote, fuera la nueva forma de la planta, la madre. Una inscripción en Delos, al lado de un templo dedicado a Isis, decía: "(Propiedad) de Demeter la eleusina, doncella y mujer". En las pinturas cerámicas donde aparecen las dos juntas, es a menudo difícil encontrar algún rasgo que las distinga, aparte del cabello: largo y suelto para la doncella, recogido alrededor de la cabeza para la madre. En ocasiones Deméter lleva trigo o fruta en las manos, y Perséfone blande flores o antorchas. De hecho, el vínculo entre madre y doncella se imagina tan estrecho, y se concibe de forma tan ideal que su unión sugiere más bien una unión de principios, esto es, una figura con dos apariencias. ¿Es esta figura, entonces, la de la gran y única diosa madre en su forma dual, como madre y doncella? ¿Se trata de la faceta más joven y la menos joven de una única figura, madre de los vivos y de los muertos?
Desde una perspectiva simbólica y narratológica, la doncella, como los hijos de Innana, de Isis, de Afrodita y de Cibeles, es la imagen de lo nuevo -la semilla del trigo, la semilla de la vida- que ha nacido de lo antiguo, que se ha perdido, que se ha llorado, que se ha encontrado y que ha renacido de lo antiguo -la madre- en un ciclo tan continuo como los ciclos de la luna.

(...) Como gran madre de la vida y de la muerte, y concretamente de la agricultura, Deméter contiene en su interior el mundo superior y el inframundo, y su leyenda explora la relación paradójica entre los dos, ya que lo que muere sobre la tierra se adentra bajo la misma para regresar, nuevo, diferente pero a la vez idéntico. En las figuras de Deméter y Perséfone, la diosa única está dividida en los dos aspectos de los superior y lo inferior, lo vivo y lo muerto; aunque, al imaginar estos dos estados, generalmente antagónicos, como madre e hija, no se colocan en polos opuestos, sino que se unen por la raíz. Este hecho es lo que expresa la idea de renacimiento. Como mito de la naturaleza, Perséfone es la semilla que se separa del cuerpo del grano maduro, la madre, cuando tras hundirse bajo tierra regresa en primavera como el nuevo brote. La etimología de su nombre -"la que brilla en la oscuridad"- sugiere que la semilla no muere realmente, sino que continúa viviendo en el inframundo, aunque no pueda ser vista desde la superficie. Quizás esto sea misterio suficiente; sin embargo, la idea de tradición mistérica se refiere al examen explícito de la analogía entre la vida de la vegetación y la vida humana, de tal manera que la verdad de la una se revela, al mismo tiempo, como la verdad de la otra. (...)


Eleusis

Placa votiva donde se representan elementos de los Misterios de Eleusis, descubierta en el santuario de Eleusis s. IV a. C.


El propósito y significado de los Misterios era la iniciación a una visión. "Eleusis" significa "el lugar de la feliz llegada", de donde los campos Eliseos toman su nombre. El término "Misterios" proviene de la palabra muein, que significa "cerrar" tanto ojos como boca. Hace referencia al secreto que rodea las ceremonias, y a la conformidad requerida del iniciado; es decir, se exige que él o ella permita que se le haga algo: de ahí se deduce el significado de "iniciar". La culminación de la ceremonia consistía en la exposición de objetos sagrados en el santuario interno  a manos del sumo sacerdote o hierofante -o hierá phaion, "el que hace que los objetos sagrados aparezcan"-. Únicamente se permitía hacer alusiones indirectas acerca de lo que incurría. Entre ellas, la fundamental era simplemente que Deméter hallaba a su hija y se reunía con ella en Eleusis. Sólo los escritores cristianos violaron estas reglas: aunque su testimonio no es objetivo, un escritor gnóstico señala que el punto culminante de la cremonia consistía en la acción de cortar una espiga de trigo en silencio.
Cualquiera podía asistir a los Misterios, siempre que supiera hablar griego y no hubiera derramado sangre, indicándose así la dimensión moral de la fiesta. Los Misterios menores, que se celebraban al final del invierno en el mes de las flores, el Antesterión, eran condición previa para la participación en los Misterios mayores, que se celebraban en otoño. El primer estadio de la iniciación en los Misterios menores era el sacrificio de un cerdo joven, el animal consagrado a Deméter, que sustituía simbólicamente la muerte del propio iniciado. Como en las Tesmoforias (festival de otoño dedicado a Deméter) este rito se ajusta a la variante órfica del mito mencionado por Luciano, que asociaba la muerte del cerdo con el rapto de Perséfone.

 Vista general del santuario de Deméter y Perséfone con las ruinas del Telesterión, edificación donde los iniciados celebraban el ritual de los Misterios mayores. Eleusis, Grecia.

El segundo estadio de la iniciación era una ceremonia de purificación en la que al iniciado se le tapaban los ojos con una venda. En ciertos relieves, Heracles aparece llevando velo y sentado sobre la piel de un carnero, siguiendo el ejemplo de Deméter en el himno; se le acerca una antorcha desde abajo, o se sostiene una horca para aventar encima de él. Debía ser una situación aterradora, una prueva de valor del iniciado con el fin de prepararlo para lo que estaba por venir. Las sucesivas etapas de los ritos de iniciación son descritas, de nuevo, a través de alusiones, inteligibles para los ya iniciados, pero no para los profanos. Clemente de Alejandría cita a un iniciado que dijo: "Ayuné, bebí el ciceón, cogí del cesto y, después de probarlo, lo deposité en la canasta y de la canasta al cesto". Lo que estaba oculto en el cesto ha sido objeto de mucha especulación, por parte de los cristianos, acerca de la naturaleza de los genitales, considerados o no de forma simbólica; sin embargo, el escritor griego Teofrasto señala que los instrumentos para moler el trigo se consideraban sagrados, de manera que es posible que estuvieran ocultos en el cesto un mortero y una maja, objetos que se utilizaban para preparar el kykeón, la bebida de cebada. 
Los Misterios mayores se celebraban al principio cada cinco años. Más tarde se comenzaron a celebrar anualmente, en otoño; comenzaban el quince del mes de Boedromión y duraban nueve días. Acudían iniciados de todos los rincones del mundo helénico y romano, y se declaraba una tregua entre las ciudades estado griegas durante cuarenta y cinco días, desde el mes anterior hasta el mes siguiente. En la víspera del inicio, se llevaban los objetos sagrados, o hierá, de Deméter en procesión desde Eleusis hasta Atenas. El primer día tenía lugar la convocatoria y preparación de los iniciados, que el segundo día se purificaban en el mar, un rito llamado la "expulsión". El mismo día, los iniciados sacrificaban lechones, probablemente ahogados en el mar. El tercer día parece que se celebraba un sacrificio oficial en nombre de la ciudad de Atenas. El cuarto día, llamado el Asclepia en honor de Asclepio, el dios de la curación, era otro día de purificación. El quinto día (el decimonoveno del mes Boedromión), llamado Yacós, era el día de celebración; tenía lugar una gran procesión desde Atenas hasta Eleusis siguiendo el itinerario sagrado. Se recorrían unos 32 km. Unas sacerdotisas llevaban las hierá en kista cerradas, cofres o cestas, rodeadas por la multitud que bailaba y gritaba extáticamente el nombre de Yaco, cuya estatua, coronada de mirto y llevando una antorcha se llevaba de pie en un carruaje.
Yaco era otro nombre de Dioniso, que, según la leyenda órfica, era el hijo de Perséfone y de Zeus, padre de la misma. Fue concebido una noche en que el dios se le acercó en una caverna subterránea transformado en serpiente. No se trataba de Dioniso, dios del vino y del toro (cuyo equivalente es el cretense Zagreo), dios que es desmembrado pero que vive de nuevo. Era Dioniso como niño de pecho místico, imagen de la renovación perpetua y señal de que los misterios de Eleusis y los de Dioniso se habían fundido en uno.

Deméter y Dioniso (relieve de mármol, 470-460 a. C. Locri, Italia). Dioniso, con vides cayendo de su espalda, entrega la copa de transformación a Deméter, que está sentada, alzando sus espigas de trigo. Si comparamos esta escultura con la de Perséfone y Hades de abajo, también de Locri, el parecido es tal que es casi como si Perséfone y Hades representaran un matrimonio en el inframundo, mientras que Deméter y Dioniso celebran otro en el mundo superior, con frutos y festejos. Esto relacionaria las cuatro figuras en una relación de especularidad; la vida del grano y de la vid son una imagen cíclica de transformación, conectando lo que está arriba con lo que está abajo.


(...) Imagínese la gran sala de los misterios envuelta en la oscuridad, atestada de gente esperando en silencio. Se vislumbran en la oscuridad siluetas de sacerdotes, que se mueven de aquí a allá llevando parpadeantes antorchas. En el centro de la oscuridad se está representando algún drama secreto. Repentinamente un gong suena como un trueno, el inframundo se abre y desde las profundidades de la tierra aparece Core. Una luz radiante llena la cámara, crecen las llamas de la hoguera, enorme y chisporroteante, y el hierofante canta: "La gran diosa ha dado a luz a un hijo sagrado: Brimo ha parido a Brimós". Entonces, en el silencio profundo, alza en la mano una espiga de trigo.
Ahora es el momento de las celebraciones. Hay cantos y bailes en el patio, se sacrifica un gran toro, y todos rompen su ayuno a la vez. Finalmente, el sacerdote llena dos copas y, alzando una hacia el oeste y otra hacia el este, derrama al suelo lo que contienen. El pueblo, mirando hacia el cielo, grita "¡lluvia!" y, mirando hacia la tierra, grita "¡concibe!": hýe, kýe. Así acaban los Misterios de Eleusis.
"Tres veces benditos son aquellos mortales que han visto estos ritos y penetran así en el Hades: pues sólo para ellos hay vida, para los otros todo es pesar."  Son palabras de Sófocles, que desarrolla esta idea en el himno. Y también dice Píndaro: "¡Feliz el que, después de haberlos visto, desciende a la tierra; feliz el que conoce el fin de la vida, y conoce el comienzo que otorgan los dioses!". Es imposible no preguntarse qué veían; ¿acaso apariciones, phantasmata? Cuando Heracles dice, "he visto a Core", ¿quiere decir que vio  a una diosa alzarse de debajo de la tierra? ¿O se produjo un crecimiento milagroso y repentino del trigo en otoño, fuera de temporada, que se cortó para obtener la espiga, revelándose así la trascendencia de la ley natural? O quizá la pregunta no es qué vieron, sino cómo lo vieron. El ayuno, beber de una poción especial, la comunión en la oscuridad y la revelación fianl pueden entenderse también como una preparación para un cambio de mente en el que, sea lo que fuere lo que vieran los participantes, veían con tal intensidad que se unían con lo que veían, trasladándose así a un nivel psíquico totalmente diferente.
Tenemos que preguntarnos, por lo tanto, cómo se hacía posible esta revelación. Es significativo que las dos características principales de la ceremonia religiosa, posiblemente desde el Neolítico, están presentes también en Eleusis; esto es, el matrimonio sagrado y el nacimiento del niño. Harrison escribe que "el rito del matrimonio sagrado y el nacimiento del niño sagrado... eran, creo, el misterio central". Las ceremonias concluían con el matrimonio simbólico de la lluvia celestial con la receptiva tierra, que había de concebir el hijo del grano; pero es posible que se celebrase un matrimonio sagrado, simbólica o literalmente, entre el hierofante y una sacerdotisa antes de que tuviera lugar el regreso de Core (o más bien para traer de vuelta a Core). Clemente de Alejandría hace referencia a la fórmula mediante la que los epoptes se reconocían entre sí, describiéndola como ligeramente distinta de la que se usaba en los Misterios menores. Incluía un pastós o cámara nupcial: "Yo comí en el tambor, bebí en el címbalo, llevé los vasos sagrados, penetré abajo en la cámara nupcial (pastós)". Asterio, obispo de Amasea, al final del siglo V d, C., hace referencia al matrimonio sagrado, como rito culminante de los Misterios, con el horror propio de un cristiano:

¿No se ejecuta el descenso a la oscuridad, la venerada unión del hierofante con la sacerdotisa, de él solo con ella sola? ¿No se apagan las antorchas y no cree la incontable muchedumbre que su salvación reside en lo que ellos hacen en la oscuridad?

Harrison comenta que el matrimonio y el nacimiento eran, efectivamente,

los actos rituales culminantes, actos por los que la unión con lo divino, la finalidad de todo ceremonial místico, se consideraban en un primer momento ejecutados realmente, más tarde sólo simbólicamente efectuados... El hombre hace los ritos de los dioses a imagen de su propia conducta humana. Los misterios de estos dioses hechos por el hombre no son sino los eternos misterios de la vida del hombre.

¿Cómo se convertía este "matrimonio" en algo "real" para los iniciados? Ésta es una pregunta tan desconcertante en este contexto como lo sería en el de los "misterios" de cualquier otro ritual religioso; sobre todo porque a los que hacen la pregunta dicho matrimonio los deja, por definición, indiferentes. Hacen preguntas desde el intelecto que sólo pueden ser contestadas por la pasión. Sólo un místico comprende los Misterios.
El matrimonio sagrado, la unión de zoé y bíos, se celebraba en Mesopotamia, Egipto y Creta como un ritual nupcial entre la diosa madre y su hijo-amante. En este contexto este mito fundamental experimenta distintas variaciones porque las figuras de la madre y la doncella constituyen su núcleo. Es posible que Zeus fuese el hijo-amante de la diosa en Creta, donde tanto él como Deméter surgieron, pero ahora es consorte y padre por derecho propio. A pesar de todo, Deméter era indudablemente la madre en Eleusis, y no se menciona en el mito a consorte divino alguno; de manera que es posible que el matrimonio entre el hierofante y la sacerdotisa mantuviese todavía su importancia original: la biós masculina -la vida que comienza y termina, ya sea Zeus o el cretense Yasión- se une con la zoé femenina, el principio atemporal e inmortal de regeneración, simbolizado aquí en Deméter, la madre.

(...) La secuencia de acontecimientos en las celebraciones de los Misterios sugiere que el matrimonio sagrado representado por el hierofante y la sacerdotisa hace posible, en primer lugar, el "nacimiento" de Core del inframundo; y después el nacimiento del niño, Brimós. El nombre Brimo significa "poderoso"  o el "iracundo", y evoca la ira de Deméter que acabó finalmente por hacer volver a su hija. Brimo era una diosa del inframundo en Tesalia, al norte. Los nombres Brimo y Brimós sugieren que en la introducción de la agricultura y de los Misterios en Grecia hubo influencia tesalia, y más tarde, tracia, pero no nos cuentan mucho más, aparte de que la madre da a luz a una versión masculina de sí misma. ¿Quienes eran Brimo y Brimós en Eleusis? La respuesta se nos escapa todavía, aunque ha habido distintas sugerencias: o Perséfone dio a luz a Yaco-Dioniso, el dios que eternamente muere y que vive eternamente, o Deméter dio a luz a Pluto. Kerényi considera que Brimo es "fundamentalmente un nombre que designa la reina del reino de los muertos, atribuido a Deméter, Core y Hécate en su calidad de diosa del inframundo". En este caso, el hijo es el espíritu de renovación concebido en el inframundo como testimonio vivo de que en la muerte hay vida, ya sea ésta la "riqueza" de la cosecha, o el "tesoro" del conocimiento intuitivo espiritual. El significado de Pluto y Yaco-Dioniso es aquí el mismo. Sin embargo, es posible que haya un significado adicional implícito en el mismo hecho de suscitar la pregunta. La "gran diosa" no se nombra quizá porque, en el momento de la epifanía, las dos diosas se han convertido en una y, simbólicamente al menos, es esta unión trascendental la que "da a luz" a la nueva visión que es el niño. (...)


Triptolemo

Triptolemo entre Deméter y Perséfone.
Bajorrelieve de marmol, Eleusis s. V a. C.


A Triptolemo se le suele representar de pie entre las dos diosas, como si fuera el hijo de ambas. En el relieve de arriba le está entregando a Deméter la espiga de trigo (que se desprendió); detrás de él, a la misma altura que Deméter, está Perséfone con la mano sobre su cabeza, como en señal de bendición. Es frecuente que Deméter lleve el grano y Perséfone las antorchas como si a través de elllas el ciclo continuo  de la vida y la muerte rodease al joven. Pero ¿quien era Triptolemo? ¿Es una versión humana del divino niño Yaco o Pluto? ¿Puede desprenderse de la disposición de las figuras -Perséfone está detrás de él y Deméter delante- que ha vuelto a la vida desde la muerte?
En el himno homérico, Triptolemo se menciona como uno de los cuatro legisladores de Eleusis, e historicamente era el rey local. Harrison añade que "puede que se le representase joven para equipararle con el niño Yaco, una imagen rival y complementaria". Normalmente aparece conduciendo un carro tirado por dos grandes serpientes, a veces aladas; también son serpientes las que acompañan a Deméter en otras imágenes. Viajó por toda la tierra sobre este carro, enseñando a las gentes el arte de la agricultura y probablemente también el significado de los Misterios. Algunas veces lo acompaña Hermes, como para indicar que podía ir y venir entre los reinos de la vida y la muerte. En ocasiones se representa a Dioniso en el reverso del vaso, sugiriéndose una relación entre Triptolemo y Yaco. Kerényi señala que "es posible que Triptolemo fuese también un nombre que designara al hombre primordial, ya que hay una genealogía que lo presenta como hijo de Océano y Gea, la tierra. Esto transformaría la historia en un mito de creación del origen de la humanidad. Su nombre puede significar "triple guerrero"; dicho significado se aproxima al de Demofonte, el bebe de corta edad al que Deméter colocó en el fuego, cuyo nombre significa "el que mata al pueblo"; posiblemente los dos estén intrisicamente relacionados o quizá llegaron a ser identificados con el tiempo. Existe una tradición que afirma que la diosa era su niñera; según otra, él era el amante de Deméter bajo el nombre de Yasión, puesto que el significado de su nombre también puede designar tres veces arado.
Nos hallamos, por lo tanto, ante una increible confusión de papeles y significados; todos vinculan a Triptolemo con la diosa, y lo describen como algo más que un mero héroe local que, casualmente, era uno de los cuatro reyes de Eleusis cuando Deméter pasó por ahí. Desde otra perspectiva, Triptolemo se inserta en la tradición de los hijos amantes de la diosa, como Osiris, que enseñó la agricultura y las artes de la civilización a la humanidad, igual que Dioniso enseño el arte de transformar la uva en vino. Kerényi concluye que "no hay duda de que el mito de Triptolemo se remonta a una época muy arcaica, precediendo la existencia del himno homérico". A veces Triptolemo descansa entre sus dos serpientes como un rey, y su figura es similar a la de Dioniso o Yaco. A veces representa el principio generador de la vida, igual que el eje del caduceo, como si antaño hubiese sido el hijo de Deméter y Perséfone y ahora fuese el amante, articulando el don del conocimiento de la vida y de la muerte.


La espiga de trigo

Gavilla de trigo y flor simbólica en un relieve en marmol perteneciente al santuario de Eleusis, s. V a. C.


Eurípides, en su obra Hipsípila, hace que un personaje reaccione ante la muerte de un niño mediante una imagen del grano: "Uno entierra niños, tiene nuevos niños, muere uno mismo; esto los hombres lo soportan mal, llevando tierra a la tierra. Pero es necesario recolectar la vida como una espiga de trigo cargada de frutos, y que uno sea y el otro no".
Aunque se representan necesariamente como sucesos separados, podríamos decir que el nacimiento del niño y la epifanía de la espiga de trigo expresan el mismo significado simbólico. La fuente principal que lo demuestra es el autor anónimo de los Philosophoúmena, del siglo III a. C., que habla de los atenienses que iniciaban a las gentes en Eleusis y que enseñaban a los iniciados "el más completo, epóptico, poderoso y maravilloso misterio: una espiga de trigo segada en silencio solemne". De manera significativa, inmediatamente antes, el autor señala que los frigios creen que dios "es una espiga de trigo fresca recién cogida", añadiendo que los frigios también consideraban el "trigo cortado" como misterio. Junto con los festivales de muerte y resurrección de Adonis, esto se inserta dentro de la tradición larga y continua del misterio del trigo. Se encuentran espigas de trigo en la arquitectura de Eleusis y en los pequeños propileos; de hecho, la espiga de trigo fue el emblema de Eleusis, como lo fue, en menor grado, el cerdo. Es imposible  no pensar en Osiris, de cuyo cuerpo postrado
surgieron brotes de trigo, sobre todo si se tiene en cuenta la ceremonia paralela en ambas tradiciones, en la que tanto Osiris como Core son convocados desde el inframundo por el mismo golpe de gong. Osiris era identificado con el trigo, y en el templo de File reposa en un sarcófago del que se alzan espigas de trigo paralelas, regadas por un sacerdote, con una inscripción que dice "ésta es la forma de lo innombrable, secreto Osiris que se apresura hacia arriba".
El trigo cortado es como el árbol cortado en Creta y Roma, la imagen de lo que muere cada día y, sin embargo, revive. Como Osiris, Atis y Adonis, y como Perséfone, la hija, la siega del trigo no significaba la muerte de lo que hacía crecer al trigo; de hecho, la paradoja del trigo cortado es que es su muerte la que trae de vuelta la vida. En el Ática se sembraba maíz sobre las tumbas; Cicerón explica que esto sucedía "para que la tierra, purificada por esta semilla, pudiera ser devuelta a los vivos".
¿Qué veían, entonces, los iniciados en la espiga de trigo? Cuando el hierofante la cortaba y la alzaba en silencio, es indudable que lo que estaba exhibiendo era el receptáculo transparente de una verdad esencial de la vida humana. En los términos que hemos intentado establecer hasta ahora, ¿no esposible que los iniciados tuviesen una visión de bíos unido con zoé, en la que la vida individual y la fuente de toda vida se funden en una sola realidad? Normalmente el trigo cortado se considera algo que se ha terminado, que está a punto de morir y de no ser nada, como bíos separado de zoé: se trata de una imagen de muerte, tal y como se la concibe generalmente. Pero quizá los mistos percibían, en una visión, el trigo cortado como imagen de bíos y zoé juntos, de la muerte y de la vida eterna fundidos en una unidad. De esta manera, una sencilla ceremonia agrícola se convierte en un símbolo del destino humano.
Este simbolismo es muy conocido entre nosotros por la tradición cristiana, cuyos rituales culminan también en la ofrenda de una oblea de trigo. Jesús dijo:

En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él sólo; pero si muere, da mucho fruto.
El que ama su vida, así la pierde; y el que odia su vida en este mundo la guardará para una vida eterna (Jn 12, 24-25).




Recientemente los amigos de Salud y Románico han publicado un artículo en el que identifican la talla en un capitel de la iglesia románica de Santa María de Covet (Catalunya), como una representación del rapto de Perséfone (Proserpina). Se puede leer AQUÍ. No me cabe duda tras la iconografía analizada por ellos de que es así.
Feliz y significativo encuentro el de una imagen escultórica inspirada en el mito relacionado con los Misterios de Eleusis, en un templo que sirve de marco para la ritualización del Misterio de la Eucaristía cristiana.


Lecturas:

Anne Baring y Jules Cashford, El mito de la diosa. Siruela 2005


Entradas relaciondas

 El arte de morir

Matrimonio Sagrado

El encuentro con la diosa

La Pasión de Osiris

"Incubatio"


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martes, 27 de julio de 2010

El viaje de Mahan

Miniatura persa contemporanea


Un camino, en verdad, que ningún ala antes
surcó, ni ningún pie holló, ni corazón alguno imaginó, sobre
desiertos sin agua, aguas sin orillas,
valles encerrando montañas altas como las nubes, que
forman a su vez otros valles más profundos que el océano;
con polvo de víboras y vapores de fuego,
donde los elementos hostiles conspiran todos
para enfrentar al alma a sí misma, y transformar
coraje en terror, esperanza en desesperación
y locura: terrores, pruebas, extraviándose
o deteniéndose por donde la muerte vaga o se demora;
medio muerto por el hambre, el esfuerzo y el calor.
La muerte significaría verdaderamente un descanso.
Un camino forjado en el sacrificio de sí
en el que aún se escucha el clamor de los gritos
y gemidos de quienes no consiguieron triunfar;
camino bloqueado por los huesos de los que fracasaron
donde resistieron casi todo, quizá para ganar
nada; y, ganando, para nunca más volver.


Farid ad-Din Attar



La obra del poeta persa Nizami (s. XII) titulada Las siete princesas, es un relato donde se conjuga astronomía y alquimia, junto con claves referidas al simbolismo del color. El relato cuenta las aventuras del principe Bahram, que al descubrir el retrato de siete bellas princesas de continentes diferentes, despierta en él un profundo anhelo. Pasados los años y convertido en Rey después de conquistar el mundo terrestre, es desposado con las siete princesas. Construye un palacio para cada una de ellas, y desde cada uno de sus siete pabellones, pintada cada cúpula con un color determinado y bajo influencia planetaria distinta, día tras día de la semana narrarán una bella historia a su esposo. Así, el itinerario comenzará con el negro, para acabar en el blanco, pasando por los diferentes colores a traves de los cuales el alma de Bahram será purificada siguiendo el siguiente esquema:

1. Negro, Sábado, Saturno, India
2. Amarillo, Domingo, Sol, Bizancio
3. Verde, Lunes, Luna, Arabia
4. Rojo, Martes, Marte, Eslovania
5. Azul, Miercoles, Mercurio, Occidente
6. Sándalo, Jueves, Júpiter, China
7. Blanco, Viernes, Venus, Irán

La princesa que habita cada pabellón viste la ropa con el color correspondiente a su palacio. La Historia de Las siete princesas simboliza el viaje iniciático de Bahram, de palacio en palacio, visitando cada una de las moradas interiores del ser, ascensión mística que tiene como modelo la del profeta Muhammad, a la que Nizami se refiere al principio de su obra. Viaje interior, de cielo en cielo, de planeta en planeta, revistiéndose de los siete colores sucesivos de las moradas del ser hacia el nucleo incoloro del alma. El itinerario del joven Bahram, de cuento en cuento, de color en color, simboliza el viaje de recomposición de la luz fragmentada. El blanco es la esfera de la deidad, unión de todos los colores, luz pura anterior a la multiplicidad. Viaje de retorno del alma exiliada, despojada de su luz original que recuperará en un proceso de transmutación alquímica, adquiriendo la "sabiduría" por los diferentes colores que lo conducirán al verdadero hogar.
El cuento que dejo a continuació es el narrado el quinto día por la princesa de Occidente, bajo los auspicios del plantea Mercurio y el color azul. En él podemos encontrar un relato circular reverberacion de Las siete princesas en el que está contenido al ser equivalente en su simbolismo iniciático, recordándonos las estructuras geométricas presentes en los diseños cerámicos islámicos, expresión de la unidad en la multiplicidad. El joven Mahan, protagonista de éste relato, se verá inmerso en una serie de tribulaciones pasando por estados contradictorios entre el placer y el dolor, paraísos e infiernos por los que transitará hasta llevarlo a una deseperada confusión por lo que clamará al cielo. En el momento de mayor angustia recibirá la visita de Jidr, también conocido como Al-Jadir, personaje enigmático de la tradición islámica considerado en el sufismo el guía interior. Éste le conducirá al Agua de la Vida, con la que se lavará el rostro despertando así de su sueño. Despertar que no es otra cosa que las muerte iniciática en el simbolismo sufí, por la que el adepto se libera de la dualidad temporal. Este simbolismo se ve reflejado también al vestirse Mahan de azul, color de luto en la antigua Persia, el mismo con el que reencuentra a sus amigos que lo habían dado por muerto por su larga desaparición, y del que ya no se desprenderá, al ser ya él mismo, reflejo del eterno cielo azul.

Dejo como introducción éste bello poema de María Escribano, pudiendo encontrar en sus palabras la sintesis de lo que sigue a continuación.


VAIVEN
"La vida fluye girando
en el tiovivo del tiempo,
y el caballito pendular
sonríe mientras ve pasar
oleadas de piedras y agua,
cielos y tierras,
noches y días,
yermos paisajes y primaverales vergeles.
Claro/oscuro sin fin
tejido de las penas y alegrías
que todos arrastramos.
Vaivén de contrastes
Anhelando silencio".



El viaje de Mahan






Había una vez en El Cairo un hombre llamado Mahan, cuyo aspecto superaba en hermosura a la luna llena: era el José de los egipcios en belleza y tenía por siervos mil turcos. Un grupo de amigos de su misma edad, que disfrutaban con su rostro, se dedicaron a deleitarse con cantos bajo el firmamento azul durante varios días, y cada uno de ellos dispuso un recibimiento en casas y jardines para aquella lámpara gloriosa. Un día llegó un rico noble de no poca importancia para invitarlo a su jardín. Si el verjel era dulce y delicado, cien veces más lo fueron los amigos. Se solazaron allí hasta la noche, ora bebiendo vino, ora comiendo fruta, cada instante con una nueva alegría, cada momento con un nuevo sabor. Cuando la noche elevó su estandarte de almizcle y manchó de pez la plata, se amplió el placer en aquel jardín, con la copa de vino en la mano y la melodía en el canto. En aquella rosaleda empeñaron el corazón y renovaron el júbilo del placer. El claro de luna que iluminaba el cielo convertía la noche en un día resplandeciente. Cuando el vino caldeó su mente, Mahan vio el claro de luna y como un ebrio recorrió todos los rincones del jardín hasta llegar a un bosquecillo de palmeras, más allá del prado, donde vio a un hombre que avanzaba hacia él. Lo informó de su presencia y, al reconocerlo, Mahan vio que era un compañero y socio comercial. Le preguntó: "¿Cómo vienes a estas horas, sin compañía ni siervos ni esclavos?" Respondió aquél: "He llegado esta noche de lejos, pero no podía esperar a verte porque, gracias a Dios, he conseguido unas ganancias sin límite, pero al acercarme a la ciudad era demasiado tarde, las puertas estaban cerradas y no pude ir a casa. Al enterarme de que estabas aquí como invitado he venido, porque volver juntos será más fácil y tú deberías venir a la ciudad, ya que como dice el proverbio, nadie asegura mejor la hacienda que su propio amo y, de ese modo, será posible esconder la mitad de la ganancia a los aduaneros de la noche tenebrosa". El corazón de Mahan, alegre ante la perspectiva de la riqueza, siguió al compañero, y abrieron a escondidas la puerta del jardín, sin que nadie lo viera ni pudiera decirles nada. Caminaron ambos como el viento, hasta que hubieron pasado una o dos vigilias nocturnas: el socio viajero iba delante y él lo seguía como el polvo. Pero cuando dejaron atrás la casa y la flecha del pensamiento dio en el blanco, dijo Mahan: "Desde mi casa hasta la orilla del Nilo no hay más de una milla de distancia, así que hemos caminado al menos cuatro pasarangas de más y nos hemos desviado de la circunferencia adecuada". Y añadió: "Quizás haya visto mal o se deba a mi embriaguez, porque mi guía conoce el camino y es persona avisada". Así andaron de acá para allá, el de detrás iba despacio, el de delante más ligero, llamando al de detrás cuando se rezagaba, de modo que uno y otro dieron pocas vueltas hasta que cantó el gallo. Cuando batió las alas el pájaro del alba, se vació de fantasías el cerebro de la noche y la mirada de los hombres inclinados a los sueños se salvó del engaño vano de las imágenes. El compañero de Mahan había desaparecido y Mahan se encontraba perdido y desesperado. Con el cerebro traspasado por la embriaguez y el cansancio, se durmió. Derramó lágrimas como la vela a medio consumir y quedó allí dormido hasta el mediodía. Cuando el calor del sol le calentó la cabeza más aún que el fuego calentaba su corazón, abrió los ojos y buscó el camino a su alrededor. Quiso hallar el jardín de rosas y no vio rosa en el jardín, sino un corazón lleno de mil llagas. Vio que el lugar donde se encontraba plagado de cavernas, donde las serpiente eran peores que dragones. Así que, aunque ya no tenía fuerzas en los pies, predominó en él la voluntad de irse: caminó sin fuerzas, anduvo sin guía y tuvo miedo incluso de su sombra hasta que vino la noche a colocar su trípode. Y cuando ésta extendió su entramado negro y el tiempo quedó liberado de su actuar blanco y honrado, cayó, fuera de sí, en la entrada de una caverna, donde cada brizna de hierba se le antojaba una serpiente. Aún se hallaba medio desmayado en aquella morada de ogros, cuando le llegó al oído una voz humana. Abrió los ojos y vió a dos personas, un hombre y una mujer, cada una de las cuales llevaba un peso a la espalda que le obligaba a caminar lentamente. Al verlo en su camino, el hombre avisó a la mujer para que se detuvieran y avanzó, gritando: "Oye, ¿quién eres tú? ¿De quién te acompañas como viento?" Respondió: "Soy un desgraciado forastero y me llamo Mahan Kusyar". Dijo: "¿Cómo has llegado hasta este lugar desolado, sin ninguna habitación, a esta tierra de ogros donde los propios leones gimen de terror?" Respondió: "¡Buen hombre, por amor de Dios, haz lo que te ordena tu humanidad, porque no he llegado hasta aquí por culpa mía! Olvídate de los ogros, que yo soy humano. Ayer gozaba de delicias y comodidades; era huésped sobre los tapices del jardín de Iram (1), cuando llegó un hombre y dijo ser mi compañero y socio, me sacó de aquel paraíso para arrojarme a esta desolación y desapareció al anunciarse el día. Así que aquel amigo ignorante de los deberes que impone la amistad o estaba equivocado o ha querido engañarme. Al menos tú actúa humanamente conmigo y, por amor de Dios, muéstrame el camino que he perdido". Entonces el hombre: "Hermoso joven, te he salvado por un pelo de un gran luto, porque el que tú llamas hombre era un ogro, conocido como el "Horror de los desiertos", y cuando se te manifestaba como compañero de negocios, sólo buscaba tu perdición. Ya ha hecho perder el norte a cien como tú, y todos perecieron en una colina pedregosa. Esta mujer y yo seremos tus amigos y te custodiaremos esta noche; ten valor y camina entre nosotros, paso a paso". Así pues, Mahan se encaminó entre los dos guías, recorriendo con ellos millas y millas. Hasta el alba no digeron palabra, ni hicieron otra cosa que caminar uno junto a otro. Cuando el canto del gallo dejó oír su tambor y el alba ató su áureo atabal a la camella(2), aquellos dos se transformaron en prisión sin llave y desaparecieron por la puerta del pueblo. Mahan, desesperado de nuevo, se detuvo abatido por el cansancio, y cuando el día brilló plenamente y la tierra, alumbrándose de rojo, dió testimonio del asesinato de la noche, entró Mahan por una estrecha garganta donde sólo vio montes y cuevas de tigres. Ya no le quedaban fuerzas, porque el único alimento que había recibido era dolor y llanto: púsose a recoger raices y semillas, que convirtión en su comida. No se atrevió a dejar de caminar, ni abandonó el camino, aunque ya no había tal cosa. Así, anduvo de monte en monte hasta la noche, entristecido con el mundo y la vida. Cuando el mundo blanco se hizo negro, el fatigado caminante se introdujo en una hendidura y durmió algo, escondiendo el rostro a los viandantes. Al poco, oyó el sonido de los cascos de un caballo, salió al camino y vio aproximarse a un caballero que, espoleando su cabalgadura, sostenia otro corcel por la brida. Al acercarse a Mahan, observó la figura que se agazapaba entre las piedras, y tirando ligeramente de las bridas de su caballo, dijo: "¡Oh caminante hipócrita!, ¿quién eres y que vienes a hacer aquí? ¡Informamé de tu secreto o te cortaré inmediatamente la cabeza!" Mahan temblando de pavor arrojó, como un campesino, semilla de palabras persuasivas, y dijo: "Oh caminante de hermosa andadura, oye bien lo que me ha sucedido!" Luego , mientras aquél escuchaba, lo contó todo lo que sabía, manifiesto o escondido. Cuando el caballero oyó la historia, se mordió la mano estupefacto y dijo: "Bien puedes exclamar que Dios nos libre, porque te has salvado de morir de manos de dos grandes monstruos. Se trata de dos ogros engañadores, hombre y mujer, que desvían a los hombres del camino recto, los arrojan a un pozo, derraman su sangre y escapan con el canto del gallo. La hembra se llama Hilan; el macho Gila; y no ocasionan más que males y desgracias; agradece a Dios que te haya salvado de la muerte a sus manos, y ahora, si eres un hombre monta a caballo, toma las riendas y no hables ni para bien ni para mal. Guía el veloz corcel tras el mío e invoca a Dios en tu corazón". Mahan, aturdido e impotente, desde la entrada de aquella caverna montó en el corcel volador y cabalgó tras el otro a tal velocidad que aventajaban al viento. Después de recorrer un buen trecho, pasado el peligro de las montañas, apareció tras el declive de un monte bajo una campiña llana tan lisa como la palma de la mano. De todas partes llegaban melodías de laúd, melífluas notas de arpa y tonos de canto. Por una parte llamaban: "¡Ven hacia nosotros!" Por otra, gritaban: "Bebe y buen provecho te haga la copa!" Aquella llanura no estaba llena de flores y vegetación, sino de ogros y de gritos. Montes y valles aparecían infestados de demonios, el monte huía en el llano y el llano en el monte, y millares de demonios sentados uno junto a otro elevaban gritos desde montes y valles, y levantaban remolinos de polvo como trombas de aire, largos y negros como gusanos; hasta el punto de que, a derecha e izquierda, se elevaba hasta el cielo un enorme clamor. Danzas y palmas formaban el estrépito que enloquecían las mentes, en un tumulto que aumentaba a cada instante. Pasado algún tiempo, aparecieron a lo lejos mil antorchas de luz y, de pronto, se vieron numerosas personas con figuras altas y horrendas, cabezas de carnero con prominentes labios de negros, todos con mantos oscuros y cabellos como la pez, todos con trompas y cuernos como una reunión de toros y elefantes, y todos con un horrendo fuego en la mano como furiosos guardianes del infierno que arrojaban de su garganta lenguas de fuego, entonaban versos y gritaban amenazas. Haciendo sonar las campanas que traían en torno al cuello, lanzaron el mundo entero en loca danza, de modo que el caballo de Mahan comenzó a bailar como el que anda con graciosos movimientos. Mahan miró entonces su corcel para saber por qué le habían salido alas en las patas, pero lo que vió debajo fue un monstruo horroroso, un dragón con cuatro pezuñas y dos alas y, lo que era aún mas maravilloso, siete cabezas (no debe asombrarnos que el cielo, que nos envuelve como un cinturón, sea un dragón de siete cabezas), y él, sobre el dragón infernal, se mantenía aferrado con los pies al cuello, mientras que el cruel demonio embaucador le hacía a cada momento un nuevo juego: batía las pezuñas con mil brincos, retorciéndose como una cuerda, mientras él, allá arriba, era como un husillo que transporta el torrente desde la montaña al valle. El monstruo le sacudía de un lado para otro, fatigándolo y machacándolo; lo obligaba a corre rápido como un borracho, arrojándolo hacia arriba y hacia abajo: unas veces lo lanzaba como si fuera una pelota; otras lo llevaba con los pies por alto hasta el firmamento. Hasta que llegó el alba y canto el gallo, le jugó mil trastadas como éstas. Cuando la aurora despuntó desde la roja boca leonina del horizonte, el monstruo lo arrojó de su cuello y se marchó, y con él desapareció del mundo el clamor y el tumulto y dejaron de bullir las negras cacerolas. Cuando el caballero del demonio cayó del demonio, salió fuera de sí como quien un demonio ha visto, y quedó desmayado en aquel camino, fatigado, más aún muerto, de modo que hasta que el sol no volvió a calentarse no tuvo más noticia ni de sí ni del mundo. Una vez que el calor le llegó al cerebro, la conciencia volvió al cuerpo del inconsciente: se frotó los ojos, se puso en pie y observó durante algún tiempo a un lado y a otro. Vio que le rodeaba un desierto infinito, de arenas de colores que se extendían en hileras rojas como la sangre y calientes como el infierno. Siempre que se avate la espada sobre la cabeza del condenado, se vierte arena y se extiende la alfombra de la ejecución, así, aquel desierto había elevado la enseña de sangre y dispuesto la alfombra del carnicero. El hombre, puesto a prueba por los sufrimientos de la noche anterior, esperó a que se recuperase su cuerpo y su espíritu y hulló de las trampas de aquellas fieras. Encontró un camino hacia el pueblo de los doloridos y corrió como el humo, aterrorizado por la atmósfera envenenada. Iba tan rápido que habría aventajado en la carrera a una flecha lanzada al máximo de su velocidad, de modo que, cuando la tarde adoptaba ya el negro de la noche, había atravesado todo el desierto. Descubrió entonces una tierra verde, donde corría el agua, y su envejecido corazón rejuveneció como su suerte. Bebió de aquella agua, se lavó con ella y buscó un lugar para dormir, diciendo: "Más valdrá que repose de noche, porque a esas horas se me turba el pensamiento. Mi propio temperamento melancólico, la sequedad del aire y la soledad del camino formaron imágenes horrendas. Es un juego de imágenes lo que me destruye la mente. Esta noche trataré de dormir tranquilo para no ver esos fantasmas engañosos". Cuando se apartó para encontrar un lugar saludable, descubrió un valle amplio en el que habían excavado una fosa profunda, donde se abría la boca de un pozo con miles de escalones, habitado unicamente por la sombra. Como José entró en el pozo(4), porque los pies eran cuerdas que ya no le respondían, y llegó al fondo como un pájaro llega a su nido. Escondido en aquel refugio profundo se sintió a salvo de los peligros y, apoyando la cabeza en el suelo, durmió durante algún tiempo. Luego al despertarse del sueño se puso a preparar como pudo una cama. En tanto, miraba alrededor del pozo, dibujando con los ojos imágenes de seda negrísima, cuando vio una luz blanca y redonda como un dracma, como un jazmín en la negra sombra de un sauce. Miró todo alrededor de la luz para descubrir su origen y percibió que la alta esfera del destino había abierto un agujero a través del cual pasaba el claro de luna. Cuando comprendió que aquel haz de luz procedía de la luna y que la luna estaba lejos de allí, excavó el agujero con las manos y las uñas, y con mucho esfuerzo amplió su estrechez, hasta el punto de que pudo introducir la cabeza y el cuello. Al sacar la cabeza por el agujero, descubrió un jardín y un rosal, un lugar delicado y luminoso. Excavó la apertura de nuevo, hasta que con esfuerzo y habilidad logró salir entero. Vio un jardín, ¡qué digo!, un paraíso mejor que el de Iram, tanto en sustancia como en naturaleza, un vergel con cien imágenes, bojes y cipreses innumerables, y árboles frutales tan cargados que se inclinaban hasta el suelo. Las frutas, innumerables, eran frescas como el alma y el alma refrescaban. Manzanas como copas de rubí colmadas de néctar; granadas como cofres de gemas; membrillos como bolas rellenas de almizcle; pistachos que mostraban una sonrisa húmeda en los resecos labios. El color de los melocotones, en las cintas de las ramas, mostraban abundancia de joyas rojas y amarillas. El plátano, con el "bocado del califa"(5), daba en secreto tres besos por cada mordisco al dátil. La pera, riente de sonrisa azucarada, se engalanaba de collares de uvas. La miel del higo y la médula de la almendra hacían del paladar del jardín un plato de paluda(6). La vid, con el sombrero inclinado sobre la cabeza, veía negros y blancos a sus órdenes. La uva y la granada color de fuego eran como gránulos de sangre en una herida y la rama del naranjo y las hojas del fresco pomelo habían plantado en todas las esquinas figuras florales. El jardín parecía, en definitiva, un mago predistigitador, cuyas cajas de colores eran los melones. Al verse en tal paraíso, el corazón de Mahan se liberó del infierno de la noche anterior. Comió abundantemente de aquella fruta dulcísima y, saboreando aquel dulca de miel, el chasquido de sus labios llegaba al oído. Se encontraba aún estupefacto entre las frutas, de las que unas comía y otras dejaba caer, cuando de repente, se elevó un grito desde una esquina del jardín: "¡Al ladrón, al ladrón, cerradle el paso!" y apareció un viejo cargado de ira y odio, con un bastón al hombro, que dijo: "¿Quién eres tú, demonio y ladrón de fruta? ¿Qué vienes a hacer de noche a este jardín? Hace muchos años que no he soportado aquí asaltos nocturnos de ladrones, ¿quién eres?, ¿cómo te llamas?, ¿de donde vienes?" Cuando Mahan oyó aquellas palabras, el pobre quedó medio muerto de miedo, y dijo: "Soy un extranjero que se encuentra muy lejos de su casa, en lugar desconocido. Trata amistosamente a los extranjeros que sufren, para que el cielo pueda llamarte consolador de peregrinos". Al oír las excusas, el anciano mostró deseos de tratarlo gentilmente, bajó enseguida el bastón, le permitió acomodarse, se sentó a su lado y dijo: "Cuéntame tus aventuras. ¿Por qué has sufrido? ¿Qué cosas te acaecieron? ¿Qué injusticias han cometido contigo los necios, qué maldades los malvados?" Al ver que el viejo le hablaba con ternura e intentaba consolarlo, Mahan le contó sus aventuras y desgracias, su caída de un tormento a otro, los renovados desastres que lo afligían todas las noches y su desesperación, su hacer ora blanco ora negro hasta encontrar aquel pozo y la fausta lámpara que lo condujera desde las tinieblas al jardín. En resumen, le narró punto por punto su historia, descubriéndole todos los secretos. Oyendo tales palabras, dijo el anciano, asombrado de tanta maravilla: "Debemos dar gracias a Dios por haberte salvado de miedos y tormenos". Cuando Mahan, que era harto amable y amistoso, comprendió la deuda que había contraído con el viejo, le preguntó a su vez: ¿Qué tierra es aquel lugar infausto y a qué país pertenece? Me refiero al lugar donde ayer noche me atacó el desastroso tumulto, sin que criatura alguna escuchara mis gritos. Los humos de mi cerebro crearon un fuego tal que aquel desorden me pareció surgido de una chispa; vi un demonio y salí fuera de mí, porque así enloquece quien ve demonios: se me presentaros mil casas de demonios, todas habitadas por cien mil ogros y bestias; uno me tiraba, otro me daba golpes, otros me arrojaban, monstruos y fieras, añadiendo una maldad a otra. Llave de las tinieblas es la luz. Hay que descubrir el blanco en el negro, pero yo vi tanto negro sobre negro que llegué a temer hasta el negro de mis pupilas. Me vi turbado e impotente, con la boca reseca y los ojos húmedos: ora me lamentaba de mis ojos,ora me frotaba los ojos con la mano. Eché luego a andar y me abrí camino, pronunciando jaculatorias e invocando el nombre de Dios, hasta que Él me salvó de los tormentos y mi tiniebla se transformó en Agua de Vida cuando encontré un jardín más bello que Iram y un jardinero más gracioso que el propio jardín. Dime, pues, de dónde procede el terror de ayer, y de dónde la salvación y alegría de hoy". Dijo el anciano: "Oh tú que, salvado de la cadena del dolor, llegas al santuario de la salvación, has de saber que el desierto que circunda esta región es patria árida y terrible de demonios, y sus habitantes, semejantes a negros, son ogros devoradores de hombres, a los que engañan con el objeto de destruirlos. Cantan derecho y juegan torcido, y si te toman de la mano es para tirarte al pozo. Su gentileza conduce al odio, porque tal es la costumbre demoníaca. El hombre engañoso es él mismo como los demonios de esas fosas, y estos demonios en el mundo son tales que, siendo necios, se ríen de los necios: ora visten una mentira disfrazada de verdad, ora vierten veneno en la miel. En la imagen mentirosa hay impotencia, porque sólo la eternidad es garantía de verdadero. La permanencia es la clave de la verdad, por eso proceden de la magia los falsos milagros. Tu naturaleza original era simple, por eso se introdujo esa fantasía, ya que los seres turbios juegan tales juegos sólo a los simples. Es tu miedo lo que te ha asaltado jugando fantasmagóricamente con tu imaginación, y el asalto que han echo por la fuerza derivó del terror de haber perdido el camino, porque si lo hubieras mantenido firme el corazón no habrías visto fantasmas en tu mente. Pero, puesto que has salvado la vida de aquella morada de ogros, ¿hasta cuándo beberás vino limpio de heces? Haz cuenta que tu madre te ha engendrado de nuevo esta noche y que Dios te ha traído hasta nosotros desde este mundo. Este jardín precioso, color de cielo, que has conquistado con sangre de tu corazón, es posesión mía, cosa que nadie objeta, pues no hay flor que no lo proclame. Hay en él frutas cultivadas con amor. Los árboles frutales como jardines enteros es lo único que saco de ello, pero aun cuando es poco, podrían hacer prosperar a una ciudad entera. Tengo, además, un palacio y un almacén, oro a quintales y gemas a montones. Pero, teniendo tanto, me falta un hijo al que vincular mi corazón. Cuando te he visto tan virtuoso he ligado mi corazón a ti, como a un hijo, y si aceptas, ¡oh tú de quien me declaro siervo!, pondré todo esto a tu nombre para que entres en el fresco jardín, comas de sus frutos y te solaces. Luego, si tienes intención, buscaré una esposa que arrebate los corazones, pondré en vosotros mi corazón y seré feliz, y os daré graciosamente todo lo que queráis. Si obedeces esta orden, dame la mano para sellar el pacto". Respondió Mahan: "Por qué hablas así? ¿Es acaso el espino digno de un cipres? Puesto que me aceptas como hijo, soy ya tu siervo y tú eres mi amo. ¡Bendito tú, que me has hecho feliz, por quien mi casa ha vuelto a ser próspera una vez más!" Lleno de alegría, le besó las manos y luego le dio la suya. El viejo se la estrechó con fuerza, sellando con él un pacto solemne. Luego le pidió que se levantara, y cuando el huésped lo hizo, de la izquierda donde se encontraba lo trasladó a la derecha y le mostró un patio elevado, todo cubierto de alfombras de seda; una terraza que llegaba al cielo, de altas arcadas, muros de mármol y espléndidas estancias como de plata virgen; un vestíbulo amplio y un ápice estrecho por la enorme cantidad de ramas de cipreses, sauces y chopos. De la jamba de la puerta colgaba una cortina cuyos pliegues besaba el cielo. Ante aquella terraza digna de un palacio imperial, crecía un árbol de sándalo alto y ancho, adornado de tantas ramas que aquel ornamento le obligaba a curvarlas hasta el suelo; en él habían construído un sitial elegante, un asiento de sólidas tablas, sobre el que habían extendido perfumadas y suaves alfombras como hojas de árbol. Dijo el anciano: "Acércate a aquel árbol y, si sientes necesidad de bebida o alimento, encontrarás una mesa bajo la cual hay una ánfora llena de pan blanco y agua azul; mientras, iré a prepararlo todo para ti y te embelleceré la casa, pero no has de moverte hasta que yo vuelva, ni descender del sitial. No atiendas a nadie, ni permitas que te engañe por mucha que sea su gentileza. Cuando vuelva, cerciórate de que soy yo antes de que me acerque, porque, puesto que entre tú y yo, según el pacto que hemos establecido, se ha creado una mistad como la de la leche y la miel, y ahora el jardín y la casa son tuyos y mi nido es tu nido, esta noche debes cuidarte del mal de ojo, hasta que otras noches puedas dencansar tranquilo". Luego de haberle dado estos consejos, el viejo, junto a los consejos, le ofreció juramento. Había una escalera de cuero para subir al sitial. Dijo el anciano: "Sube y pisa ese cuero, esta noche serán de cuero tus pies(7). Luego recoge esa larga escala larga para que nadie pueda tenderte alguna trampa. Esta noche hazte de ese cuero un cinturón de serpiente y mañana podrás jugar con el tesoro, pues, aunque nuestro dulce haya venido de noche, su azafrán regocijante ha de verse de día. Si la pera de la noche te estrangula, la aurora llegará con una granada risueña en la mano(8)". Dicho esto, el viejo se dirigió al palacio para preparar la comida del huesped, mientras Mahan se subía al árbol alto y recogía el cuero del lazo. Se sentó en el alto sitial y todas las cosas altas quedaron bajas a sus pies. Se retiró en una habitación semejante, vestida de perfume de ámbar como viento tramontano. Abrió la mesa y comió un poco de hogaza blanca y dulces amarillos. Bebió de aquel fresco jarro limpísima agua, criada por el viento del norte. Cuando en aquel trono de bizantinos ornamentos hubo descansado sobre alfombras chinas, la rama del sándalo perfumado de alcanfor le alejó del corazón el dolor de la melancolía. Se recostó y miró en torno al jardín, cuando, he aquí que a lo lejos brillaron numerosos cirios, cada uno de ellos en la mano de una recién casada, y el rey del nuevo trono se transformó en su nuevo adorador. Se acercaron por el camino diecisiete princesas que habían robado a la luna sus diecisiete cualidades(9), cada una adornada de forma diversa, envolviendo la rosa y el azucar(10) con un velo distinto. Cuando llegaron a la terraza del jardín con los cirios en la mano, ellas mismas lámparas, prepararon un banquete imperial extendiendo por el suelo ricos tapices, y mientras el rostro del tapiz se hacía cirio sobre cirio, se creaba dulzura y alegría, rostro sobre rostro. La muchacha de mejillas de hada que iba en cabeza, gema central de aquel collar de perlas, fue a sentarse sobre un trono especial y mandó que las restantes se dispusieran a su lado. Luego, comenzaron a cantar como pájaros, atrayendo a los pájaros del aire, y su voz era tan fascinante que no sólo a Mahan, sino a la luna, habrían robado la tranquilidad. Los pies danzaban rápidos como plectros que tocan las cuerdas y daban palmas para saquear las casas. Más tarde llegó el viento a narrar otras historias y descubrir redondos senos de naranja. La noche negra de melancolía destilaba azúcar y el sándalo se mezclaba con el naranjo, mientra en la pasión por aquellas naranjas ebrias, Mahan quedaba lejos, frotándose la cabeza con el sándalo. Pensó en cien formas de encontrar remedio para, bajando del árbol, entrar en el paraíso con aquellas huríes sin necesidad de resurrección, pero le vinieron a la memoria las palabras del viejo y amarró a los epilécticos de su naturaleza impulsiva, mientras que las hermosas continuaban el juego como hábiles predistigitadoras. Después de divertirse algún tiempo, dispusieron la mesa y comenzaron a comer: la mesa estaba llena de rubíes y perlas, alimentos que no habían visto ni el fuego ni el agua, perfumados de almizcle y áloe; de caldos preparados con azafrán y azucar; jugos de granada más exquisitos que el caldo; lechal húngaro; pescado fresco; pollos cebados; hogazas blancas como el alcanfor, tiernas y delicadas como los pechos y las espaldas de las huríes ; una bandeja de halva(11) confitada, más de lo que puede describirse; y turrón y mil especies distintas, elaboradas en aceite y perfume. Cuando hubieron dispuesto aquella mesa (aunque más que mesa era un mundo) la reina de las hermosas dijo dulcemente: "Aquella de entre nosotras que esté sola, pronto encontrará un compañero. Siento el olor del áloe del sándalo virgen, vayamos hacia ese áloe que se halla en el sándalo. Un perfumado de áloe está, cubierto de áloe, sobre el sándalo, inmerso en el sándalo y vestido de él. Nuestro laúd perfeccionó con sándalo la noche negra como áloe y el sándalo amarillo. El perfume ha llegadao hasta nuestra nariz: por otra parte, bien se llevan lo dulce y lo perfumado. Me parece que allí arriba , en el árbol, se encuentra un amigo que se abrasa de pasión por nosotras. Dile que baje, que sea amable y juegue con nuestras imágenes de fantasía. Y si no quiere, añade: "La mesa está lista, pero el amor de aquella graciosa es superior a todo lo demás, porque no quiero poner la mano en la mesa antes de que venga el huésped; ven, pues, y goza la unión con ella. La mesa está puesta no quieras hacerla esperar". Se dirigió la hermosa hada hacia la rama del sándalo, con boca pequeña y súplicas grandes, y gorgeando como un ruiseñor lo bajó del árbol como si se tratara de una flor. Él siguió rápidamente a la mediadora, ya que él mismo no buscaba otra cosa en ese momento que una intermediaria, y la juventud de su cabeza le impedía recordar las palabras del viejo. ¿Cómo puede acordarse de los consejos de un viejo el joven cuya naturaleza hierve? Puesto que el amor había apartado la verguenza, Mahan se hizo huesped de la luna (mah). La luna, viendo el rostro de Mahan, se arrodilló ante él, como se hace ante los tronos de los reyes, y lo acomodó sobre el tapiz privado, junto a sí; ella destiló azucar, y él, arrope. Fue su compañera en la comida, porque es costumbre de los anfitriones, y con afecto y amor le ofreció a cada instante un bocado especial. Al acabar de comer, la copa de rubí se convirtió en alimento del alma, y cuando hubieron bebido varias copas de vino, perdida por completo la vergüenza y rasgado por la embriaguez el velo del pudor, aumentó el fuego de Mahan por aquella luna. Mientras la apretaba en un abrazo, ella volvió púdicamente la cabeza. Estrechó contra su pecho a la muñeca china, a la rosa de cien pétalos, al ciprés de plata, y posó los labios sobre la fuente de nectar, sello de rubí puso sobre el ágata. Pero cuando dirigió una mirada gentil de amor a aquella luz de los ojos, a aquella fuente de azúcar, vio un monstruo de los pies a la cabeza, creada por las iras de Dios. Un búfalo con colmillos de jabalí; un dragón nunca visto, más aún, un Ahriman(12), todo él boca del cielo a la tierra, con una joroba a la espalda de la que Dios nos libre, que era un arco tragado a duras penas; una joroba con el hocico de un cangrejo y un hedor que llegaba a mil pasarangas; con una nariz como el horno para cocer ladrillos y una boca como el caldero de los tintoreros. Abriendo los labios como el paladar de una ballena, estrechaba contra su pecho al huésped y le besaba el rostro y la cabeza, diciendo: "Oh tú, cuya cabeza ha caído en mi poder! ¡Oh tú, cuyo pecho desgarran mis dientes! Has alargado hacia mí la mano e incluso los dientes para besarme en los labios y en el gracioso hoyito de la barbilla, mira ahora una mano y unos dientes como espadas y lanzas; así, no como los tuyos, han de ser los dientes y las manos. Los labios son los mismos ¡pídeme besos! Las mejillas son la mismas, ¡no cierres los ojos! ¡No tomes vino de las manos de un copero que te engaña y te da vinagre! ¡No alquiles una casa en el barrio donde se esconde, como un ladrón, el policia! ¡Ay, desgraciado, es justo que yo haga lo que debo, porque si no me comporto como es digno de ti, sería como la que has visto antes!" De esta forma, a cada instante le procuraba un nuevo tormento y le infligía violencias de fuego. Cuando el pobre desesperado Mahan vio una luna transformarse en dragón, una muchacha de piernas de plata transformarse en bestia de pezuñas de jabalí, y una hermosa de ojos de vaca mudarse en monstruo con rabo de toro, bajo aquel dragón negro como la pez, comenzó a hacer aguas por debajo (entiéndase el sentido) y elevó un grito como un niño que resquebraja el seno materno o una madre que acaba de parir, mientras que aquel jabalí negro como el Demonio Blanco prendía fuego en el sauce de los besos. Así continuó hasta que despuntó la aurora y se oyó el canto del pájaro de la mañana, se levantó del mundo el telón de las tinieblas y desaparecieron los fantasmas, todos ellos viles terrones con apariencia de gemas que desaparecieron sin dejar rastro. Sólo quedó Mahan, tirado en tierra a la puerta del palacio, hasta que se hizo completamente de día. Una vez recuperados los sentidos, gracias al aroma del día luminoso, abrió los ojos y vió un lugar horrendo, un infierno ardiente en lugar del paraíso. Habían desaparecido las ricas visiones. Sólo quedaba frotarse los ojos, porque estaban llenos de polvo de la fantasía. Se asombrño de que el edificio, que en origen era fantástico, no hubiera durado más que un abrir y cerrar de ojos, y vio que el jardín era un zarzal y la mesa una nada llena de vanos vapores; cipreses y bojes no eran sino espinas y zarzas; las frutas, hormigas; las ramas, fructíferas serpientes; las pechugas de pollo y las costillas de cordero era carroña muerta diez años atrás; las flautas, los laudes y los rabeles de los músicos, huesos de onagro y otros animales; los velos incrustados de gemas, pelos sucios de excrementos; las piscinas limpias como lágrimas, pozos de agua pútrida y estancada; y las sobras de la comida y lo que quedaba del vino de las copas bien sabe Dios que nada tenían que ver con alimentos sabrosos, sino que era pus inmundo procedente de heridas; y lo que parecía albahaca y aroma era solo la escurridura de una sentina. De nuevo quedó asombrado Mahan, incapaz de recitar jaculatorias, carente hasta de fuerza para emprender camino o de coraje para quedarse a esperar, diciendo para sus adentros: "¡Qué extraño es todo! ¿Qué compás o que conexión hay entre estas cosas? ¡Ayer veo un jardín florido, hoy un lugar de tormentos! ¿Que será este parecer rosa y resultar espina? ¿Cuál era, pues, el fruto del jardín del tiempo?" No sabía que en todo lo que tenemos hay un dragón escondido bajo el velo de la luna(13). ¿Sabes acaso con quién galantearán los necios cuando por fin se levante el velo? Estas figuras bizantinas y chinas se han convertido, como ves, en un horror negro; solo piel estirada sobre sangre sucia, perfume por fuera y sentina por dentro. Si aquella piel se quitan con el baño, nadie querría la inmundicia. ¡Ay, cuántos perspicaces compraron "piedras de sierpes"(22), creyendo que era piedra pero encontraron sierpes en el cesto! ¡Y cuántos necios en esa árida bolsa encontraron un nudo de madera de áloe, en vez del húmedo almizcle! Cuando Mahan quedó a salvo del martirio de los malvados, tal como yo me he salvado de la historia de Mahan, formuló una firme intención de hacer bien, se arrepintió he hizo votos: refugió en Dios su corazón puro, mientras caminaba y le llovían lágrimas de sangre por las mejillas. De este modo llegó hasta un agua reluciente, se lavó, bajó el rostro a tierra, se arrodilló, barrió humíldemente el polvo con la cara, implorando así al amigo de los desesperados: "¡Oh Tú, que abres y deshaces, deshaz mis dificultades! ¡Oh Tú, que muestras la vía, guía mi camino! Tú solo puedes deshacer este dificil nudo y mostrarme el camino. Carezco de guía en mi soledad, pero ¿a quién no muestras Tú la vía?" Durante algún tiempo se lamentó de esta manera ante su Dios, barriendo con el rostro el polvo de su oratorio, y cuando alzó la cabeza del pecho vio a un hombre de aspecto semejante al suyo. Todo él vestía de verde como la estación de abril, y tenía el rostro rojo como el alba luminosa. Mahan preguntó: "¿Quién eres, señor? !Preciosa perla es en verdad tu naturaleza!" Respondió aquél: "Soy Jidr(14), oh devoto adorador de Dios, y vengo a socorrerte. Tu buena intención te ha servido de guía y te conducirá de nuevo a casa. Levántate y dame la mano, cierra los ojos y vuelve a abrirlos". Cuando Mahan oyó el saludo de Jidr estaba sediento y halló el Agua de la Vida: puso enseguida su mano en la del otro, cerró los ojos y volvió a abrirlos enseguida, y he aquí que se encontró en el mismo lugar seguro en que estaba cuando el demonio lo desvió la primera vez de su camino. Abrió la puerta del jardín y a toda prisa regresó a El Cairo desde aquella tierra desolada. Vio que todos sus amigos guardaban silencio, vestidos de azul por el luto, y les contó de cabo a rabo lo sucedido, comprendiendo que llevaban luto por él, porque estaban acostumbrados a su compañía(15). Los lavó, pero el fuerte color azul no se iba de la piedra, ni desaparecía: entonces, trató de ponerse en sintonía con ellos, se hizo un vestido azul y se lo puso. Así, el color azul se implantó en él y, como el firmamento, tomó el color del destino.


Miniatura persa representando a Jidr, el que reverdece




NOTAS:

1. El jardin de Iram es un lugar mítico localizado en Yemen del que dice la leyenda que se construyó a imagen del paraíso.
2. Imagen poco clara que se puede interpretar de la siguiente manera: cuando el alba ató el disco áureo a la joroba de la montaña.
3. Hilan y Gila, ogros de la tradición árabe.
4. Alusión a la historia de José, a quien sus hermanos arrojaron al pozo para librarse de él. La historia bíblica de José forma el argumento de una azora coránica que lleva su nombre.
5. "Bocado de califa" es el nombre de un dulce.
6. El paluda es una especie de sorbete.
7. Dovalpa, "pies de cuero" pueblo fabuloso cuyos miembros tenían llas piernas flexibles como correas.
8. La imagen se fundamenta en el contraste de la forma de la pera y la granada, la primera caracterizada por una redondez que luego se estrecha como un cuello; la otra rellena de semillas perláceas, similar a una boca sonriente. El sentido completo es que a las dificultades de la noche seguirá el alba sonriente y consoladora.
9. "Las diecisiete cualidades" se refiere a virtudes lunares de carácter astrológico.
10. La boca.
11. Halva es el dulce por escelencia del mundo islámico.
12. Ahriman es el demonio opositor de Ahura Mazda en el zoroastrismo.
13. Juego de palabras vinculado al hecho de que en persa se llaman "dragones" los dos nodos de la órbita lunar, es decir, los puntos en que se cruza con la elíptica. La luna sólo puede eclipsarse cuando se encuentra con uno de los nodos, de ahí el nombre, porque se creía que durante el eclipse se la comía un dragón. La imagen se utiliza aquí para decir que bajo el velo de la belleza exterior se esconde a menudo la fealdad.
14. Jidr o Jadir, enigmático personaje que viste de color verde, produce el nacimiento de la yerba allí donde pisa. Fue capaz de llegar hasta el Agua de Vida alcanzando la inmortalidad. Aunque no se le nombra esplicitamente aparece en el Corán (XVIII) como guía del profeta Moisés. En la mística sufí es considerado el guía interior.
15. El azul era considerado el color del luto en Persia.

Recomendaciones:

Ilyas ibn Yusuf NIZAMI, Las siete princesas. Mandala Ediciones 2000

Ana Crespo, Los bellos Colores del Corazón, Color y Sufismo. Mandala Ediciones 2008