Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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jueves, 5 de diciembre de 2013

Paolo Ucello y el Misterio revelado

Reproducción en taracea de un mosaico diseñado por Paolo Ucello



"No entre aquí quien no sepa geometría"

Inscripción en el frontón de la Academia Platónica


"Es infinito, incomprensible, inmensurable; excede nuestras capacidades y está más allá de nuestro análisis. Su lugar, el 'de dónde' y el 'a dónde', la manera y cualidad de su ser, nos son desconocidos. Se mueve en absoluta quietud; y su quietud se mueve en su interior"

Hermes


 Paolo Ucello, pintor
Por
Marcel Schwob



En realidad se llamaba Paolo di Dono, pero los florentinos lo llamaron también Ucello o también Pablo Pájaros, por la gran cantidad de pájaros y animales pintados que llenaban su casa: era tan pobre que no podía mantener animales ni procurarse los que no conocía. Cuentan incluso que en Padua realizó un fresco de los cuatro elementos, y que atribuyó al aire la imagen del camaleón. Lo malo es que nunca había visto camaleones, así que se inventó un camello panzudo y boquiabierto, a pesar de que ya entoncez Vasari explicaba que el camaleón se parece a una lagartija áspera mientras que el camello es un animal grande y desgarbado. La verdad es que a Ucello le importaba poco la realidad de las cosas y atendía más a su multiplicidad y a lo infinito de las lineas, de modo que pintó campos azules, ciudades rojas, caballeros con armaduras negras en caballos de èbano que despedían fuego por la boca, lanzas apuntadas como rayos de luz hacia cualquier rincón del cielo. Y además se dedicaba a dibujar mazzocchi, que son círculos de madera cubiertos por un paño que se ponen en la cabeza, de manera que los pliegues del tejido que cuelga enmarquen el rostro. Ucello imaginó los mas diversos diseños, puntiagudos, cuadrados, poliédricos, en forma de cono y de pirámide, explorando todos los aspectos de la perspectiva, hasta encontrar un mundo de combinaciones en los pliegues del mazzochio. Y el escultor Donatello le decía: "¡Ah! ¡Paolo, descuidas la sustancia por la sombra!"

Paolo Ucello, estudio de perspectiva para un Mazzochio

El pájaro, sin embargo, proseguía su paciente labor, acumulaba círculos, dividía ángulos, examinaba todas las criaturas bajo sus diversos aspectos y visitaba a su amigo el matemático Giovanni Manetti para averiguar la interpretación de los problemas de Euclides. Luego se encerraba y llenaba de puntos y curvas sus pergaminos y sus tablas. Nunca dejó de estudiar arquitectura, para lo que requirió la ayuda de Filippo Brunelleschi, aunque no tuviese intención alguna de construir. Se limitaba a observar la dirección de las líneas, desde los cimientos hasta las cornisas, y la convergencia de las rectas en sus intersecciones, y la manera de cerrar las bóvedas, y el escorzo en abanico de las vigas del techo que parecen unirse en la extremidad de las salas largas.



 Paolo Ucello, El milagro de la hostia profanada 1465-69

También representaba todos los animales y sus movimientos, y los gestos de los hombres, a fin de reducirlos a simples líneas.


 Paolo Ucello, Micheleto da Cotignola participando en la batalla, 1450


En seguida, igual que el alquimista encorvado sobre las mezclas de metales y órganos a la espera de que se fundan en su hornillo para encontrar oro, Ucello volcaba todas las formas en el crisol de las formas. Las reunía, las combinaba,  las fundía, a fin de obtener su trasmutación en la forma simple de la que dependen todas las demás. Por eso Paolo Ucello vivió como un alquimista en el fondo de su pequeña casa. Creyó que podría mudar todas las líneas en un solo aspecto ideal. Quiso concebir el universo creado tal como se refleja en el ojo de Dios, que ve surgir todas las figuras de un centro complejo. Alrededor de él vivían Ghiberti, della Robbia, Brunelleschi y Donatello, cada cual orgulloso y dueño de su arte, burlándose del pobre Ucello y de su locura por la perspectiva y sintiendo lástima de su casa llena de arañas y vacía de provisiones; pero Ucello era más orgulloso aún. A cada nueva combinación de líneas esperaba haber descubierto el modo de crear. No era la imitación su finalidad, sino el poder de desarrollar soberanamente todas las cosas, y la extraña serie de capuchas con pliegues le parecía más reveladora que las magníficas figuras de mármol del gran Donatello.
Así vivía el Pájaro, su cabeza meditabunda envuelta en su capa, y no advertía lo que comía ni lo que bebía, y se parecía en todo a un ermitaño. (...)


Paolo Ucello, estudio para un cáliz 1430

El pájaro se volvió viejo, y ya nadie comprendía sus cuadros. No enseñaban más que una confusión de curvas. No diferenciaba ya la tierra, ni las plantas, ni los animales, ni los hombres. Desde hacía largos años, Uccello trabajaba en su obra suprema, que escondía de todas las miradas. Aquella obra debía abarcar todas sus búsquedas y ser, en su concepción, la imagen de ellas. Era Santo Tomás incrédulo tocando la llaga de Cristo. Ucello terminó un cuadro a los ochenta años. Invitó a Donatello y piadosamente lo descubrió ante él y Donatello exclamó: "¡Oh, Paolo, oculta ese cuadro!" El pájaro interrogó al gran escultor, pero éste no quiso decir más. De modo que Ucello supo que había conseguido el milagro. Sin embargo, Donatello sólo había visto un caos de líneas.
Y algunos años más tarde encontraron a Paolo Ucello muerto de inanición en su catre. Tenía el rostro radiante de arrugas. Sus ojos se clavaban en el misterio revelado. En su rollo de pergamino cubierto de entrelazamientos que iban del centro a la circunferencia y que volvían de la circunferencia al centro.


 Paolo Ucello  (1397- 1475) fue pintor y matemático del quattrocento italiano que destacó por sus investigaciones dirigidas  al método científico de perspectiva aplicable al arte, algo que, según el biógrafo Giorgio Vasari en  su Vida de los artista, se convirtió en algo obsesivo acabando por ser su rasgo más distintivo: "se complació en investigar los complicados mecanismos y las extrañas obras del arte de la perspectiva". Existen numerosas anécdotas sobre su persona que hablan de él como un ser solitario, fanático, obsesionado por la ciencia, más empeñado en vencer las dificultades que surgían de ésta que de aplicarse a ser un buen pintor que le aportara mayor reconocimiento. Se dice que era más amigo de los animales que de los hombres, interesándose de forma especial por los pájaros. Por ello se le dio el apodo de Ucello, que en italiano significa pájaro.
Su biografía fue recreada por Marcel Schwob en el texto aquí presentado junto a otras de personajes históricos en su obra Vidas imaginarias.



Lecturas.

Marcel Schwob, Vidas imaginarias. Bruguera 1982


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La fiesta de todos los santos

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lunes, 28 de octubre de 2013

La fiesta de Todos los Santos

   Isabelle Allen como Cosette en una versión cinematográfica de Los Miserables de Victor Hugo



Cuánto esplendor habrá cuando la luz del sol eterno ilumine las almas glorificadas... Un gozo extraordinario no puede esconderse, si irrumpe en gozo o júbilo y cánticos, en los que irán al reino de los cielos.

San Buenaventura (Sermones, VI)



 El Zueco
Por
Marcel Scwob



El bosque de Gâvre está cortado por doce grandes caminos. La víspera de Todos los Santos, el sol aún brillaba en las hojas verdes con un resplandor sangre y oro, cuando una niña errante apareció en la gran carretera del Este. Llevaba un pañuelo rojo en la cabeza, atado bajo la barbilla, una camisa de tela gris con un botón de cobre, una falda deshilachada, un par de pantorillas doradas, finas como alambres, que terminaban en unos zuecos reforzados de hierro. Y cuando llegó al gran cruce de caminos, como no sabía adónde ir, se sentó junto al mojón de los kilómetros y se echó a llorar.
La niña lloró durante mucho tiempo, tanto que la noche lo cubrió todo mientras las lágrimas corrían entre sus dedos. De las ortigas colgaban sus racimos de granos verdes. Los grandes cardos cerraban sus flores violetas, la carretera gris a lo lejos se volvía aún más gris entre la bruma. Al hombro de la pequeña subieron de repente dos patas y un fino hocico; luego un cuerpo totalmente aterciopelado, seguido de una cola en forma de penacho, anidó en sus brazos, y la ardilla metió su nariz en la manga corta de tela. Entonces la niña se levantó y penetró bajo los árboles, bajo unos arcos de ramas entrelazadas con matorrales espinosos llenos de endrinas, de donde brotaban de repente avellanos que se erguían muy rectos hacia el cielo. Y al fondo de uno de los negros pasadizos, vio dos llamas rojísimas. Los pelos de la ardilla se erizaron, se oyó como un rechinar de dientes y la ardillla saltó al suelo. Pero la niña había corrido tanto por los caminos que había dejado de tener miedo, y avanzó hacia la luz.
Un ser extraordinario estaba acurrucado bajo un matorral, con los ojos llameantes y la boca de un violeta oscuro. En la cabeza se alzaban dos cuernos puntiagudos, y masticaba avellanas que cogía sin cesar con su larga cola. Abría las avellanas con los cuernos, las pelaba con sus manos secas y peludas, cuyo interior era de color rosa, y rechinaba los dientes al comerlas. Cuando vio a la niña dejó de comisquear y se la quedó mirando, guiñando continuamente los ojos.
-¿Quién eres? -dijo ella.
-¿No ves que soy el diablo? -respondió la bestia incorporándose.
-No, señor diablo -grito la niña-, pero, oh..., oh..., no me hagas daño. No me hagas daño señor diablo. Yo no te conozco, ¿sabes? Nunca he oído hablar de ti. ¿Eres malo? 
El diablo se echó a reír. Adelantó su garra puntiaguda hacia la niña y lanzó las avellanas a la ardilla. Cuando se reía, los mechones de pelo que le crecían en los orifcios de la nariz y en el interior de las orejas le bailaban en la cara.
-Querida niña -dijo el diablo-, sé bienvenida. Me gustan las personas simples. Me da la impresión de que eres una buena niña, pero no conoces tu catecismo. Seguramente algún día te enseñarán que yo me llevo a los hombres: vas a ver que no es verdad. Sólo vendrás conmigo si quieres.
-Pero -dijo la niña- no quiero diablo. Eres muy feo.Seguro que en tu casa está todo negro. A mí me gusta correr al sol por la carretera. Cojo flores, y, a veces, cuando pasan damas o señores, me las compran por monedas. Y por la noche encuentro mujeres bondadosas que muchas veces me dejan acostarme en la paja o en el heno. Sólo esta noche no he comido nada porque estamos en el bosque.
-Escucha, pequeña, y no tengas miedo. Voy a ayudarte. Se te ha caído el zueco, póntelo.
Mientras hablaba, el diablo cogió una avellana con el rabo y la ardilla se puso a mordisquear otra.
La niña introdujo su pie mojado en el grueso zueco y, de golpe, se encontró en la carretera, el sol asomaba en bandas rojas y violetas por Oriente entre el aire fresco de la mañana, con la bruma todavía flotando sobre los prados. Ya no estaba el bosque, ni la ardilla, ni el diablo. Un carretero borracho, que pasaba al galope llevando una carretada de becerros que mugían bajo un toldo empapado, le azotó las piernas con un látigo a modo de saludo. Los alionines de cabeza azul piaban en los setos de espinos sembrados de flores blancas. La niña, asombrada, emprendió la marcha. Durmió bajo una encina en el extremo de un campo. Y al día siguiente continuó su viaje. De camino en camino llegó a unos montes pedregosos donde el aire era salado.
Y más lejos encontró cuadrados de tierra llenos de agua salobre, con montones de sal que amarilleaban en el cruce de los diques. Petreles y nevatillas picoteaban el estiércol del camino. Enormes bandadas de cuervos se abatían de campo en campo con roncos graznidos.
Una noche se encontró en la carretera a un mendigo andrajoso, la frente vendada con una vieja tela, el cuello surcado de cuerdas tirantes y retorcidas, y unos párpados enrojecidos y semicerrados. Cuando la vio llegar se levantó y le cerró el paso con los brazos extendidos. La niña lanzó un grito; sus gruesos zuecos resbalaron en el puente del arroyo que cortaba la carretera:; la caída y el susto la dejaron sin aliento. El agua, que silbaba ligeramente, le mojaba el pelo; las arañas rojas corrían entre las hojas de los nenúfares para mirarla; acurrucadas, las ranas verdes fijaban en ella la mirada mientras tragaban aire. Mientras tanto, el mendigo se rascó lentamente el pecho bajo la ennegrecida camisa y siguió su camino arrastrando la pierna. Poco a poco el repiqueteo de su escudilla contra el bastón se desvaneció.
La pequeña se despertó cuando ya era completamente de día. Estaba algo magullada y no podía mover el brazo derecho. Sentada en el puentecillo intentaba vencer el aturdimiento.
Luego, a lo lejos, en la carretera, sonaron los cascabeles de un caballo. Poco después oyó las ruedas de un coche. Protegiéndose los ojos del sol con una mano, vio una cofia blanca que brillaba entre las blusas azules. El faetón avanzaba rápidamente; delante trotaba un caballito bretón con la collera llena de cascabeles y dos tupidos plumeros encima de las anteojeras. Cuando llegó a su altura, la niña extendió el brazo izquierdo en gesto de súlpica.
La mujer gritó:
-¿Qué veo? Parece una chiquilla pidiendo. Detén el caballo, Jean, a ver qué le pasa. Sujétalo bien para que yo me baje y no se ponga a trotar. ¡oh! ¡Vamos allá! -veamos qué le ocurre.
Pero cuando la miró, la niña ya había vuelto al país de los sueños. El sol le había lastimado demasiado los ojos, y también la blanca carretera, y el dolor sordo del brazo le había estrangulado el corazón en el pecho.
-Está medio muerta -resopló la campesina-. Pobre chica. O es una idiota o la ha mordido un cocodrilo o un loco. Esas bestias son muy malas, van corriendo de noche por los caminos. Jean, sujeta el jamelgo, que no se ponga a trotar. Mathurin, échame una mano para subirla.
Y el carricoche empezó a traquetear, y el caballito trotando delante con sus dos plumeros que se agitaban cada vez que una mosca le hacía cosquillas en la testuz, y la mujer de la cofia blanca, apretada entre las blusas azules, se volvía de vez en cuando hacia la pequeña, que todavía estaba muy pálida. Y por fin llegó a una casa de pescador, cubierta de cañas. El pescador era uno de las más importantes de la región, gozaba de buena posición y podía mandar el pescado al mercado en la trastera de una carreta.
Allí terminó el viaje de la pequeña. Porque a partir de entonces se quedó en casa de los pescadores. Y las dos blusas azules eran Jean y Maturin, y la mujer de la cofia blanca era la tía Matho, y el viejo iba a pescar en una chalupa. Se quedaron con la niña pensando que sería útil para llevar la casa. Y fue educada como los chicos y las chicas de los marineros, con el látigo. Los palos y los capones cayeron muy a menudo sobre ella. Y cuando se hizo mayor, a fuerza de remendar las redes, y de manejar las sondas, y acarrear el achicador y limpiar las algas, y fregar los camarotes, y empapar los brazos en agua grasienta y en agua salada, las manos se le pusieron rojas y arañadas, las muñecas arrugadas como el cuello de un lagarto, y los labios negros, y la cintura ancha, el pelo colgante, y los pies endurecidos y encallecidos por haber pasado muchísimas veces sobre las pústulas de cuero del varec y los racimos de mejillones violáceos que raspan la piel con el filo de sus valvas. De la niña de antaño apenas quedaba nada aparte de dos ojos como brasas y una tez suave; mejillas ajadas, piernas torcidas, espalda encorvada por las cestas de las sardinas, era una muchacha fuerte que ya podía casarse. La prometieron a Jean, y antes de que los esponsales se hubieran convertido en la comidilla del pueblo, la boda ya estaba decidida. Y se casaron tranquilamente: el hombre fue a pescar con la traina, y a la vuelta bebió tazones de sidra y vasos de ron.
No era guapo, tenía la cara huesuda y un tupé de pelo amarillo entre dos orejas puntiagudas. Pero sus puños eran sólidos: al día siguiente de sus borracheras, su mujer tenía cardenales. Y tuvo una recua de niños pegados a sus faldas cuando fregoteaba en el umbral de la puerta la olla de papilla. También ellos fueron educados como chicos y chicas de marineros, con el látigo. Los días pasaron uno tras otro, monótonos y siempre monótonos, lavando a los niños y remendando las redes, acostando al marido cuando llegaba borracho, y por las noches, algunas veces, jugando a los dados al tres por siete con las comadres mientras la lluvia golpeaba contra los cristales y el viento agitaba las ramas en la lumbre.
Y luego el hombre se perdió en el mar y su mujer le lloró en la iglesia. Durante mucho tiempo tuvo la cara estirada y los ojos enrojecidos. Los hijos crecieron y se fueron, unos aquí, otros allá. Al final se quedó sola, vieja, impedida arrugada, temblorosa. Vivía con un poco de dinero que le mandaba uno de sus hijos, que era gaviero. Y un día, al despuntar la aurora, los rayos grises que entraron por los borrosos cristales iluminaron el hogar apagado y a la anciana que agonizaba. En los estertores de la muerte, sus puntiagudas rodillas levantaban sus harapos.
Mientras la última bocanada de aire cantaba en sus gargantas, se oyeron sonar los maitines, y sus ojos se oscurecieron repentinamente: sintió que era de noche. Vio que estaba en el bosque de Gâvre, acababa de ponerse el zueco; el diablo había cogido una avellana con el rabo, y la ardilla acababa de mordisquear otra.
Dio un grito de asombro al verse otra vez pequeña, con su pañuelo rojo, su camisa gris y su falda desgarrada; luego gritó asustada:
-¡Oh! -gimió haciendo la señal de la cruz-, ¡tú eres el diablo y vienes a llevarme!
-Has hecho muchos progresos -dijo el diablo-, eres libre de venir.
-¿Cómo? -preguntó ella-. Dios mío, ¿acaso no soy una pecadora y no vas a quemarme?
-No -dijo el diablo-: es verdad que te he hecho vivir toda tu vida, pero solamente durante el instante en que te has puesto el zueco. Elige entre la vida que has llevado y el nuevo viaje que te ofrezco.
Entonces la pequeña se tapó los ojos con la mano y pensó. Recordó sus penas y sus amarguras, y su vida triste y gris; se sintió sin fuerzas de empezar de nuevo. 
-Esta bien -dijo al diablo-, estoy condenada, pero te sigo.
El diablo soltó un chorro de vapor blanco por su boca de color violeta oscuro, hundió sus garras en la falda de la niña, y, abriendo unas enormes alas negras de murciélago, ascendió rápidamente por encima de los árboles del bosque. Haces de fuego rojo brotaban como espadas de sus cuernos, los extremos de sus alas y las puntas de sus pies; la niña colgaba inerte, como un pájaro herido.
Pero de repente sonaron doce golpes en la iglesia de Blain, y de todos los campos sombríos ascendieron formas blancas, mujeres y hombres de alas transparentes que volaban suavemente  por los aires. Eran los santos y las santas cuya fiesta acababa de empezar; el pálido cielo estaba lleno, y todos resplandecieron extrañamente. Los santos tenían alrededor de la cabeza un halo de oro; las lágrimas de las santas y las gotas de sangre que habían derramado se habían transformado en diamantes y en rubíes que salpicaban sus diáfanos vestidos. Y santa Magdalena extendió sobre la pequeña sus rubios cabellos; el diablo se encogió y calló al suelo como una araña en el extremo de su hilo; ella cogió a la niña en sus blancos brazos y dijo: -Para Dios tu vida de un segundo vale decenas de años; no conoce el tiempo y no valora sino los sufrimientos: ven a celebrar la fiesta de Todos los Santos con nosotros.



Y los harapos de la pequeña desaparecieron, y uno después de otro sus dos zuecos cayeron al vacío de la noche, y dos resplandecientes alas surgieron en sus hombros. Y emprendió el vuelo, entre santa María y Santa Magdalena, hacia un astro bermejo y desconocido donde están las islas de los Bienaventurados. Allí va un segador misterioso todas las noches, con la luna como hoz; y siega entre las praderas de asfódelos resplandecientes estrellas que siembra en la noche. 


Lecturas:

Marcel Scwob, Corazón Doble. Siruela 1996


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martes, 19 de marzo de 2013

El terror futuro

Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1912


Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento. Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?

Apocalipsis de San Juan (6:12-17)


La tierra está yerma. Los campos están arrasados en lágrimas.Por una carretera infame circula un coche gris.
La techumbre de una casa se ha desplomado.
Caballos muertos se pudren en charcos.
Se divisan líneas oscuras más allá de las trincheras.
Una granja arde lentamente en el horizonte.
Estallan los disparos; se extinguen – pop, pop, pauuuu.
Los jinetes desaparecen lentamente en el bosque pelado.
Nubes de metralla iluminan el cielo y se apagan. Un camino en hondonada
nos acoge. Allá se detiene la infantería, mojada y llena de barro.
La Muerte es tan indiferente como la lluvia que comienza.
¿A quién le importa el ayer, el hoy o el mañana?

Wilhelm Klemm, En el frente



El pintor expresionista alemán Ludwig Meidner (1884-1966) es sobre todo conocido por su serie pictórica Paisajes apocalípticos, algunos de ellos pintados unos meses antes de desencadenarse la Primera Guerra Mundial, motivo por el que se considerarían visiones premonitorias de lo que más tarde sucedió. En estas pinturas se muestran panorámicas que exiben de forma desgarrada y terrible el horror de una guerra que parece adquirir proporciones cósmicas, algo sobre lo que posiblemente tuvo que ver el interés que Meidner dedicó en aquella época a lecturas sobre mística judía y del Apocalipsis de San Juan. Puede que el escritor simbolista Marcel Schwob (1867-1905) también prestara atención a este último texto perteneciente al Nuevo Testamento cuando se puso a escribir el relato que acontinuación dejo, y que sin duda parece anticiparse unas cuantas décadas -tanto en el motivo, cómo en la forma expresionista de ser narrado- a las escenas apocalípticas de Meidner, pareciéndome idóneas para acompañarlo. He incluído además dos poemas expresionistas, uno más arriba de Wihelm Klemm y otro al final de Georg Trakl, en los que expresaron la visión de la guerra que padecieron en primera persona desde el frente.


El terror futuro
Por
Marcel Schwob



Los organizadores de aquella Revolución tenían la cara pálida y los ojos de acero. Sus ropas eran negras, ceñidas al cuerpo; sus palabras breves y áridas. Ahora eran así, aunque antaño habían sido diferentes. Porque habían predicado a las multitudes, invocando los conceptos del amor y la piedad. Habían recorrido las calles de las capitales, con la creencia en los labios, cantando la unión de los pueblos y la libertad universal. Habían inundado los hogares de proclamas llenas de caridad; habían anunciado la nueva religión que debía conquistar el mundo; habían reunido a numerosos adeptos entusiasmados por la naciente fe.
Ludwig Meidner, Revolución 1913
 Luego, en el crepúsculo de la noche de ejecución, su modo de actuar cambió. Desaparecieron en una casa consistorial, donde tenían su sede secreta. Grupos de sombras corrieron a lo largo de las paredes, vigiladas por rígidos inspectores. Se oyó un murmullo lleno de funestos presintimientos. Los accesos a los bancos y a las casa ricas se estremecieron con una vida nueva subterránea. Se alzaron gritos, como repentinos chasquidos, en los barrios apartados. Un zumbido de máquinas en movimiento, la trepidación del suelo, el terrible desgarro de los tejidos, y después un asfixiante silencio semejante a la calma antes de la tormenta; y de golpe la tempestad sangrienta, ardiente.
Estalló con la señal de una larga bengala resplandeciente que salió del Ayuntamiento hacia el negro cielo. Hubo un grito lanzado desde todos los pechos de los rebeldes, y un impulso que sacudió la ciudad. Temblaron los grandes edificios, destrozados en su base; un fragor jamás oído atravesó la tierra en una sola oleada; las llamas ascendieron como sangrientas horcas por las paredes inmediatamente ennegrecidas, produciendo furiososas proyecciones de vigas, frontispicios, tejas de pizarra, chimeneas, cruces de hierro, adoquines; los cristales de las ventanas volaron, multicolores, en un haz de fuegos artificiales; chorros de vapor reventaron las tuberías, fundiéndose a ras del suelo de los pisos; los balcones saltaron, retorcidos; la lana de los colchones enrojeció caprichosamente, como brasas que se apagan, en las ventanas abiertas; todo se llenó de una horrible luz, de estelas de chispas, de humo negro y de clamores.

 Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1913

Los edificios se separaban unos de otros, se abrían como piezas dentadas, y cubrían la sombra de una capa roja: detrás de las construcciones que caían a ambos lados, se extendía la magnitud del incendio. Las masas de ruinas parecían enormes montones de hierro al rojo. La ciudad no era sino una cortina de llamas, unas veces claras, otras azul oscuro, con puntos de intensidad profunda, por donde se veían pasar gesticulantes manchas negras.
Paisaje apocalíptico 1913 (detalle)
 Los porches de las iglesias estaban abarrotados de la aterrada muchedumbre, que afluía desde todas partes como largas cintas negras; las caras se dirigían, llenas de ansiedad, hacia el cielo, mudas de espanto con los ojos fijos, horrorizados. Había ojos desmesuradamente abiertos, llenos de una especie de asombro estúpido, y ojos endurecidos por los negros rayos que lanzaban, y ojos rojos de furia, relucientes por los reflejos del incendio, y ojos brillantes y suplicantes llenos de angustia, y ojos pálidos y resignados, en los que las lágrimas se habían detenido, y ojos agitados por el temblor de la pupilas que viajaban sin cesar por todos los rincones de la escena, y ojos cuya mirada era interior. En la procesión de caras macilentas, lo único diferente eran los ojos; y las calles, entre los pozos de luz siniestra que se abrían en el ángulo de las aceras, parecían rodeadas de ojos en movimiento. 
Envueltas en una espantosa descarga, masas humanas retrocedían en las plazas, perseguidas por otras masa humanas que avanzaban implacablemente. El grupo que huía agitaba tumultuosamente los brazos extrañamente iluminados; y otro grupo caminaba apretado, denso, regulado, resuelto, con miembros que actuaban  acompasadamente, sin vacilación, bajo silenciosas órdenes. Los cañones de los fusiles formaban una sola hilera de bocas asesinas, de las que salían finas y largas líneas de fuego que rayaban la noche con su escenografía mortal. Por encima del estruendo continuo, entre los terroríficos instantes de tregua, sonaba una singular e ininterrumpida crepitación. 

 Ludwig Meidner, La ciudad en llamas 1913


 También había nudos de hombres, agrupados de tres en tres, de cuatro en cuatro, de cinco en cinco, entrelazados y oscuros, por encima de los cuales serpenteaba el brillo de los largos sables de la caballería y afiladas hachas, robadas en los arsenales. Unos individuos delgados enarbolaban estas armas y abrían las cabezas con furia, agujereaban los pechos con inmenso placer, destripaban los vientres con voluptuosidad, y pisoteaban las vísceras. 
Y. a través de las avenidas, semejantes a resplandecientes meteoros, largas corazas de acero pulido rodaban rápidamente, arrastradas por caballos al galope, espantados, con las crines al viento. Parecían cañones cuyas caña y culata tuvieran un mismo diámetro; detrás, una jaula de chapa sujeta por dos hombres activos que calentaban un montón de brasas, con una caldera y un tubo del que salía humo; delante, un gran disco brillante, cortante, dentado, montado sobre un mecanismo, y que giraba vertiginosamente ante la boca del alma. Cada vez que la embocadura de la parte dentada se ponía en contacto con el agujero negro  del tubo, se oía el ruido de un gatillo.
Aquellas galopantes máquinas se iban deteniendo de puerta en puerta: formas vagas se desprendían de ellas y entraban en la casa. Luego salían, cargadas de dos en dos con paquetes atados y chirriantes. Los hombres de las brasas metían regularmente, metódicamente, en el alma de acero los grandes fardos humanos; durante un segundo veía, proyectado hacia delante, surgiendo hasta el saliente de los hombros, una cara descolorida y convulsa; luego, cuando giraba la parte dentada del disco, lanzaba una cabeza en su convulsa revolución; la placa de acero permanecía inmutablemente pulida cuando soltaba por la rapidez de su movimiento un círculo de sangre que llenaba los vacilantes muros de figuras geométricas. Un cuerpo caía sobre el pavimento, entre las altas ruedas de la máquina; las ataduras se rompían en la caída, y, con los codos clavados en el suelo en un gesto reflejo, el cadáver todavía vivo eyaculaba un chorro rojo. 

  Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1912


Luego los caballos encabritados, con el vientre despiadadamente azotado con una correa, arrastraban los tubos de acero: se producía un sobresalto metálico, una nota profunda de diapasón en la sonoridad de su alma, dos líneas de llamas reflejadas en su contorno y una brusca detención ante una nueva puerta.
No había, excepto en los locos que mataban aisladamente con arma blanca, ni odio, ni furia. Solamente una destrucción y una masacre regulares, que iban aniquilando progresivamente, semejantes a una marea de muerte, que no dejaba de ascender, inexorable e inevitable. Los hombres que daban las órdenes, orgullosos de su obra, contemplaban la acción con rostro rígidos, petrificados de su ideal.
Ludwig Meidner, Visión apocalíptica 1912
 En la esquina de una negra calle, los chapoteantes cascos de los caballos encontraron una barrera de cadáveres sin cabeza, un enorme montón de troncos. La batería de tubos de acero se detuvo ante aquel amasijo de carne; por encima de los brazos confusamente crispados se alzaba un bosque de dedos que señalaban todos los puntos del espacio, levantados hacia el cielo como los brotes coloreados de una cosecha del futuro.
Al detenerse ante los pedazos guillotinados, los caballos se negaron relinchando a continuar el asalto, echaban humo por las fauces y aplastaban bajo sus herraduras las verdes entrañas. Entre la carne palpitante, entre la maleza de manos inanimadas, desesperadamente rígidas, había chorros de sangre que seguían manando.
Los padres de la masacre subieron a la barricada humana en la que se le hundieron los pies, agarraron a los caballos por lacabeza, los arrastraron por la brida, mientras resoplaban y obligaban a las ruedas a pasar sobre los miembros esparcidos cuyos huesos no dejaban de crujir.
Y de pie sobre su carnicería, con el rostro iluminado por la Idea de dentro y por el Incendio de fuera, los apóstoles de la nada miraron atentamente el fondo de la noche, en el horizonte, como si esperaran a un astro desconocido.
Ante ellos veían montones de fachadas destrozadas, escalones de piedra plantados de forma diversa, cabrios humeantes, ladrillos virutas de madera, trozos de papel, pedazos de tela, y un gran número de adoquines, agrupados en montones, como lanzados por una mano prodigiosa.

 Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1916


También había una casa pobre, medio derruida, en las que las chimeneas cortadas a lo largo habían dejado un largo reguero de hollín, con ramificaciones a diferentes alturas. La escalera de madera se había desplomado por debajo, a media distancia del último piso, hasta el punto de que los temblorosos peldaños iban no se sabía adónde, hacia las ascendentes llamas y los crispados cadáveres, como una frágil pasarela que venía del cielo. En aquellas miserables habitaciones destrozadas, al descubierto, se veía toda la vida inferior, una parrilla de carbón, un horno de barro rajado con diversos parches, un puchero lleno de una pasta oscura, cazuelas negras, abolladas, trapos amontonados en los rincones, una jaula roñosa en la que todavía flotaban algunas hierbas verdes, donde yacía boca arriba un pajarillo gris, con las patas encogidas bajo las plumas de su vientre, frascos de farmacia esparcidos, un catre de pie contra la pared, colchones reventados de los que salían manojos de paja, y macetas despedazadas, mezcladas con la tierra vegetal y fragmentos de plantas.
Y sentado entre las aceradas baldosas, arrancadas del cemento gris, un niño frente a una niña le mostraba triunfalmente una bala de cobre que había subido hasta allí. La pequeña se había metido una cuchara en la boca y le miraba con curiosidad. El pequeño apretaba los dedos, cuya delicada piel aún estaba arrugada, sobre la tuerca móvil llena de agujeros, y, manipulando el mecanismo, se abstraía en la contemplación del instrumento. Como los dos agitaban sus pies menudos, sacándolos de las zapatillas, profundamente distraídos, no estaban nada sorprendidos del aire que entraba, ni de la horrible luz que les invadía, y la niña, sacando la cuchara que le inflaba la mejilla, dijo a media voz: "Qué extraño, papá y mamá han desaparecido con su habitación, la calle está llena de enormes luces rojas, y la escalera se ha caído".
Todo esto vieron los organizadores de la Revolución, y el nuevo sol cuya aurora esperaban no llegó. Pero la idea que tenían en el cerebro surgió bruscamente; se les encendió una especie de luz; vislumbraron vagamente una vida superior a la muerte universal; la sonrisa de los niños se agrandó y fue como una revelación; la piedad descendió sobre ellos. Y con las manos en los ojos que aún no estaban cubiertos de párpados, descendieron tambaleándose de la muralla de hombres degollados que debía rodear la nueva Ciudad, y escaparon enloquecidos, por las rojas tinieblas, entre el estruendo metálico de las máquinas que galopaban.

**********************************************************

Por la tarde resuenan en los bosques otoñales
las mortíferas armas, y en las llanuras áureas
y en los lagos azules rueda el sol más oscuro.
La noche abraza a los guerreros moribundos,
irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.
Pero silenciosas en la pradera,
rojas nubes que un dios airado habita
convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;
y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas
vaga la sombra de la hermana (muerte) por el bosque silencioso
saludando las almas de los héroes,
las cabezas sangrantes.
Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño.
Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;
un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,
por los nietos que no han nacido aún.

Georg Trakl, Grodek (Poeta expresionista que participó en la batalla de Grodek en 1914, quedando tan horrorizado que tuvo que ser ingresado en un hospital psiquiátrico de Cracovia donde a los pocos días se suicidó.



Lecturas:

Marcel Schwob, Corazón doble. Siruela 1996

Dietmar Elger, Expresionismo. Taschen 1991


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El rey de la máscara de oro

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miércoles, 27 de febrero de 2013

El rey de la máscara de oro



 Él entonces descendió y se sumergió siete veces en el
Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; y su carne
se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.

(2 Reyes 5, 14)


Cuando descendió Jesús del monte le
seguía mucha gente.
Y he aquí vino un leproso y se postró
diciendo: Señor, si quieres, puedes
limpiarme.
Jesús extendió la mano y le tocó,
diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante
su lepra desapareció.

(Mateo 8, 1-4)


La lepra según los cánones de los textos sagrados hebreos era consecuencia de la maldición divina, siendo considerada la enfermedad como expresión del pecado. En consecuencia la lepra exigiría un tratamiento de caracter religioso dirigido por los sacerdotes tal como es descrito en los capítulos 13 y 14 del Levítico.
Durante la Edad Media será la enfermedad simbólica e ideológica por excelencia (como enfermedad individual, la peste lo sería en lo grupal) siendo advertida como "lepra del alma". Se  veía en quien la padecía  la encarnación del mal, y no necesariamente por haber cometido pecado personalmente, ya que se sospechaba la había heredado a través de la raza, los padres o el lugar de nacimiento. La mascara cubriendo el rostro enfermo se convirtió en un distintivo, así como las campanillas que delataban su presencia.
Desde la Biblia hasta la literatura moderna la lepra se ha reflejado como una enfermedad terrorífica. Entre los autores del periodo romántico que le dieron protagonismo en sus obras destaca el francés Marcel Schwob (1867-1905) que escribiera el cuento con tintes de redención El rey de la máscara de oro, teniendo en cuenta seguramente algunos de los aspectos referidos.
Además parece probable que Schow también tomara en consideración al histórico Rey Balduino IV de Jerusalén conocido como "El leproso" que contrajo la enfermedad de muy joven llegando a tener que cubrirse el rostro desfigurado con una máscara (en la imagen una caracterización del Rey Balduino en el film  El reino de los cielos). Así mismo, Jorge Luis Borges (lector y admirador de Schwob) pudo encontrar alguna idea de ese cuento para el relato "El espejo y la máscara" perteneciente a su conocido "El libro de arena". Aquí la maldición (como en el cuento de Schwob) también recae en un rey, pero en este caso por ser testigo de la Belleza expresada en un poema que ordenó componer al poeta de la corte a quien ofreció como prenda de aprobación una máscara de oro. El relato de Borges acaba así:

-¿No has ejecutado la oda? -preguntó el Rey; -Sí -dijo tristemente el poeta-. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.
-¿Puedes repetirla?.: -No me atrevo.
-Yo te doy el valor que te hace falta -declaró el Rey.
El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.
-En los años de mi juventud -dijo el Rey- navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?
-En el alba -dijo el poeta- me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.
-El que ahora compartimos los dos -el Rey musitó-. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.
Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema. 

Quizás en el texto del sabio argentino se pueda descubrir algo que de alguna forma parece anunciarse en el cuento de su admirado Marcel Schwob. ¿Sería el pecado de los antepasados del rey de la máscara de oro -y cuya maldición fue heredada por él- haber tenido conocimiento de la Belleza, del Misterio revelado? En cualquier caso el cuento de gran contenido mitográfico me parece una lectura altamente sugerente y abierta a múltiples lecturas.


El rey de la máscara de oro
Por
Marcel Schwob


A  Anatole France

El rey de la máscara de oro se levantó del trono donde se hallaba sentado desde hacía horas  y preguntó por la causa del tumulto, ya que los guardianes de las puertas habían cruzado sus picas y se oían ruido de armas. En torno del brasero de bronce también se habían levantado los cincuenta sacerdotes de la derecha y los cincuenta bufones de la izquierda, y las mujeres, dispuestas en semicírculo ante el rey, agitaban sus manos. La llama rosada y púrpura que resplandecía a través de la criba de bronce del brasero hacía brillar las máscaras de los rostros. A imitación del rey descarnado, las mujeres, los bufones y los sacerdotes tenían inmutables rostros de plata, de hierro, de cobre, de madera y de tela. Y las máscaras de los bufones estaban abiertas por la risa, mientras que las de los sacerdotes estaban negras de preocupación. Cincuenta rostros risueños se regocijaban a la izquierda, y cincuenta rostros tristes se enfurruñaban a la derecha. Entretanto, las telas claras extendidads sobre las cabezas de la mujeres remedaban rostros verdaderamente graciosos, animados de una sonrisa artificial. Mas la máscara de oro del rey era majestuosa, noble y verdaderamente soberana.
Ahora bien, el rey se hallaba silencioso y, a causa de dicho silencio, semejante a la estirpe de los reyes, de los cuales era el último. Antaño, la ciudad había sido gobernada por principes que llevaban el rostro descubierto; pero desde hacía mucho tiempo se había instalado una larga horda de reyes enmascarados. Ningún hombre había visto la cara de estos reyes y hasta los sacerdotes ignoraban el por qué de esta situación. Asimismo, desde los tiempos antiguos se había dado la orden de cubrir los rostros de quienes se aproximaban a la residencia real; y esta familia de reyes solo conocía las máscaras de los hombres.
Y mientras se estremecían los herrajes de los guardianes de la puerta y retumbaban sus sonoras armas, el rey les interrogó con voz grave:
-¡Quién osa perturbarme, en las horas de sesión con mis sacerdotes, mis bufones y mis mujeres!
Y los guardianes, temblorosos, respondieron:
-Muy imperioso rey, máscara de oro, se trata de un hombre miserable, vestido con un largo atuendo; al parecer, es uno de los piadosos mendigos que vagabundean por la comarca, y tiene el rostro descubierto.
-Deja entrar a ese mendigo -dijo el rey.
Entonces, el sacerdote que tenía la máscara más grave se volvió hacia el trono y, luego de inclinarse dijo:
-Oh rey, los oráculos han predicho que no era bueno para tu estirpe ver el rostro de los hombres.
Y el bufón cuya máscara estaba hendida por la risa más amplia volvió la espalda al trono y, luego de inclinarse, declaró:
-Oh mendigo, a quien aún no he visto, sin duda eres más que el rey de la máscara de oro, pues está prohibido mirarte.
Y la mujer cuyo falso rostro poseía el bozo más sedoso juntó las manos, las separó y curvó como para asir las copas rituales. El rey, no obstante, volviendo sus ojos hacia ella, temió la revelación de un  rostro desconocido.
Luego, un mal deseo se deslizó en su corazón.
-Dejad entrar a ese mendigo -dijo el rey de la máscara de oro.
Y entre el tembloros bosque de picas, a través de las cuales brotaban las hojas de las espadas como resplandecientes hojas de acero salpicadas de oro verde y oro rojo, un anciano de erizada barba se adelantó hasta el pie del trono y alzó hacia el rey un rostro desnudo donde se estremecía un par de ojos inciertos.
-Habla -dijo el rey.
El mendigo replicó con voz fuerte:
-Si quien me dirige la palabra es el hombre de la máscara de oro, responderé, por cierto; y pienso que lo es. ¿Quién, antes que él osaría alzar la voz? Más no puedo asegurame de ello con mis ojos, pues soy ciego. No obstante, sé que en esta sala las mujeres, por el suave roce de sus manos sobre sus hombros; y bufones, oigo risas; y sacerdotes, ya que éstos susurran de manera grave. Los hombres de este lugar, no obstante, me han dicho que estabais enmascarados; y tú rey de la máscara de oro , último de tu raza, jamás has contemplado rostro de carne. Escucha: eres rey y no conoces a las gentes. Quienes están a mi izquierda son los bufones; oigo sus risas; quienes están a mi diestra son los sacerdotes, oigo sus llantos; y percibo que los músculos de los rostros de estas mujeres son grotescos.
El rey se volvió hacia quienes el mendigo llamaba bufones, y su mirada encontró las máscaras negras de preocupación de los sacerdotes; y se volvió hacia quienes el mendigo llamaba sacerdotes, y su mirada encontró las máscaras alegres de los bufones; y bajó los ojos hacia la media luna de sus mujeres sentadas, y sus rostros le parecieron hermosos.
-Mientes, extranjero -dijo el rey-; eres tú el jocoso, el llorón y el grotesco; ya que tu horrible rostro, incapaz de estar fijo, fue hecho móvil con el fin de disimular. Aquellos que designaste como bufones son mis sacerdotes, aquellos que llamaste sacerdotes son mis bufones. Y tú, cuyo rostro se pliega a cada palabra, ¿cómo podrías juzgar acerca de la inmutable belleza de mis mujeres?
-Ni acerca de ésta, ni acerca de la tuya .dijo el mendigo en voz baja-, ya que nada puedo saber de ellas, por ser ciego, y ni siquiera tú sabes nada de los otros ni de ti mismo. Pero soy superior a ti por esto: yo sé que no se nada. Y puedo conjeturar. Así, es posible que quienes te parecen bufones lloren bajo sus máscaras; y es posible que quienes a tu juicio son sacerdotes tengan su verdadero  rostro torcido por la alegría de engañarte; y de igual modo, ignoras si las mejillas de tus mujeres son color de ceniza bajo seda. Y tú mismo, rey de la máscara de oro, ¿quién sabe si no eres horrible a pesar de tus galas?
Entonces,  el bufón que tenía la boca más amplia y hendida de alegría lanzó una carcajada semejante a un sollozo; y el sacerdote cuya frente era la más sombría elevó una súplica que se asemejaba a una risa nerviosa, y todas las máscaras de las mujeres se estremecieron.
Y el rey de la cara de oro hizo una señal. Y los guardianes asieron por los hombros al anciano de la cara desnuda y le arrojaron por el portal de la gran sala.
Transcurrió la noche y el rey se sintió inquieto durante el sueño. De mañana vagó por su palacio, porque un mal deseo se había deslizado en su corazón. Pero ni en los dormitorios, ni en el salón enlosado de los festines, ni en las salas pintadas y doradas de las fiestas, encontró lo que buscaba. En toda la extensión de la residencia real no había ni un solo espejo. Así lo habían establecido la orden de los oráculos y la ordenanza de los sacerdotes desde hacía largos años.
El rey en su negro trono no se divirtió con los bufones ni escuchó a los sacerdotes ni miró a sus mujeres; pensaba en su rostro.
Cuando el poniente arrojó la luz de sus metales sangrientos hacia las ventanas del palacio, el rey abandonó la sala del brasero, apartó a los guardias, atravesó rápidamente los siete patios concéntricos cerrados por siete murallas fulgurantes y salió al campo por una poterna baja, furtivamente.
Temblaba y sentía curiosidad. Sabía que iba a encontrar otros rostros, acaso el suyo. En el fondo de su alma, quería estar seguro de su propia belleza. ¿Por qué ese miserable mendigo había sembrado la duda en su pecho?
El rey de la mascara de oro llegó al sitio donde se hallaban los sotos que rodeaban la margen de un río. Los árboles estaban vestidos de cortezas pulidas y rutilantes. Habían troncos de una blancura resplandeciente. El rey quebró algunas ramitas. En la rotura, algunas sangraban un poco de savia espumosa y el interior estaba veteado de manchas oscuras; otras revelaban secretos enmohecimientos y negras fisuras. La tierra era oscura y húmeda bajo el variopinto tapiz de hierbas y florecillas. El rey volvió con el pie un terrón grande jaspeado de azul, cuyas hojuelas espejeaban bajo los últimos rayos; y un sapo de blando buche escapó del cenagoso escondrijo con un sobresalto de espanto.
En la linde del bosque, sobre el remate de la escarpada orilla, el rey que emergía de los árboles se detuvo, encantado. Una joven estaba sentada en la hierba; el rey veía su cabello suelto, su nuca graciosamente encorvada, su flexible espalda que hacía ondular su cuerpo hasta los hombros; entre dos dedos de su mano izquierda giraba un huso muy hinchado y la punta de un grueso copo se deshilaba junto a su mejilla.
Se irguió, desconcertada, mostró su rostro y, en la confusión, asió entre sus manos las hebras del hilo que modelaba. Así, sus mejillas parecieron atravesadas por un corte de suave palidez.
Cuando el rey vio esos ojos negros agitados, y ese temblor de los labios, y esa redondez del mentón que descendía  hacia la graganta acariciada por la luz rosada,se abalanzó hacia la joven, transportado, y cogió violentamente sus manos.
-Por primera vez -dijo- querría adorar un rostro desnudo; querría quitarme esta máscara de oro, puesto que me separa del aire que besa tu piel; y ambos, maravillados, iríamos a contemplarnos en el río.
Sorprendida, la joven tocó con la punta de los dedos las láminas metálicas de la máscara real. Mientras tanto, el rey deshizo impacientemente los abrochadores de oro, la máscara rodó por la hierba y la joven, llevando las manos a sus ojos, lazó un grito de horror.
Un instante después huía entre las sombras del soto, apretando contra su pecho el copo envuelto en cáñamo.
El grito de la joven resonó dolorosamente en el corazón del rey, quien corrió hacia la orilla y se inclinó sobre el agua del río. De sus propios labios brotó un gemido ronco. En el momento en que el sol desaparecía tras las oscuras  y azules colinas del horizonte, acababa de percibir un rostro blancuzco, tumezacto, cibierto de escamas, con la piel levantada por asquerosas hinchazones, y supo enseguida, por el recuerdo de los libros, que era leproso.

La luna, como una aérea máscara amarilla, subía por encima de los árboles. A veces se oía un mojado aleteo en medio de las cañas. Un reguero de bruma flotaba en el borde de la corriente. El espejo del agua se prolongaba a gran distancia y se perdía en la profundidad azulada. Algunos pájaros de cabeza escarlata arrugaban la corriente con círculos que se disipaban lentamente.
Y el rey, de pie, mantenía los brazos separados de su cuerpo, como si le repugnara tocarse.
Recogió la máscara y la colocó sobre su rostro. Caminado como entre sueños, se dirigió hacia su palacio.
Golpeó el gong en la puerta de la primera muralla y los guardianes salieron tumultuosamente con sus antorchas. Iluminaron su cara de oro; el rey tenía el corazón sobrecogido de angustia, pensando que los guardianes veían las escamas blancas sobre el metal. Y atravesó el patio bañado de luna; y por siete veces su corazón se sobrecogió con la misma angustia en las siete puertas donde los guardianes llevaron las antorchas rojas a su máscara de oro.
Entretanto, junto con la rabia, como una planta negra enroscada por una planta salvaje, crecía en él la pena. Y los frutos sombríos y turbios de la pena y la rabia se asomaron por su boca, y él paladeó su amargo jugo.
Entró en palacio, y el guardián que se hallaba a su izquierda giró sobre la punta de un pie, con la otra pierna extendida, coronándose con un círculo luminoso de su sable; y el guardián de la derecha giró sobre la punta del otro pie, con su pierna opuesta extendida, cubriéndose con una pirámide deslumbradora mediante rápidos remolinos de su masa diamantina.
Y el rey ni siquiera recordó que eran éstas las ceremonias nocturnas; pasó estremeciéndose, al haber imaginado que los soldados querían golpear o hendir su asquerosa cabeza hinchada.
Las salas del palacio estaban desiertas. Algunas antorchas solitarias ardían suavemente en sus anillos. Otras se habían apagado y lloraban frías lágrimas de resina.
El rey atravesó las salas de las fiestas, donde los cojines bordados de tulipanes rojos y crisantemos amarillos aún se hallaban esparcidos, con hamacas de marfil y apagados asientos de ébano realzados por estrellas de oro. Velos engomados y figuras de pájaros de patas esmaltadas y picos de plata, pendían del techo, donde se engarzaban hocicos de animales de maderas coloreadas. Había candelabros de bronce verdusco, de una sola pieza, atravesados por prodigiosos agujeros laqueados de rojo, en los que una mecha de seda cruda pasaba por el centro de rodajas repletas de un negro aceitoso. Había sillones largos, bajos y arqueados, donde no era posible sentarse sin que se alzara la cintura, como llevada por manos invisibles. Había jarrones fundidos de metales casi transparentes que a la menor caricia sonaban de una manera aguda, como si se las hiriera.
En el extremo de la sala, el rey asió un hachón de bronce que apuntaba sus lenguas rojas a las tinieblas. Las gotitas llameantes de resina cayeron temblorosas sobre sus mangas de seda. Pero el rey no las notó. Se dirigió hacia una galería alta, oscura, donde la resina dejó un surco perfumado. Allí, en las paredes cortadas por diagonales cruzadas, podían verse retratos resplandecientes y misteriosos: las pinturas estaban enmascaradas y coronadas de tiaras. Únicamente el retrato más viejo, separado de los demás, representaba un joven pálido, de ojos dilatados de horror, con la parte inferior del rostro disimulada por los adornos reales. El rey se detuvo ante su retrato y lo iluminó alzando el hachón. Luego gimió y dijo:
-¡Oh, primero de mi raza, hermano mío, qué lamentables somos! -y besó el retrato en los ojos.
Y ante el segundo rostro pintado, que estaba enmascarado, el rey se detuvo y desgarró la tela de la máscara, diciendo:
-Esto es lo que había que hacer, padre mío, segundo de mi raza.
Y así desgarró las máscaras de los demás reyes de su raza, hasta llegar a él mismo. Bajo las máscaras arrancadas se veía la desnudez oscura de la muralla.
Luego llegó a las salas de los festines, donde las mesas relucientes aún estaban preparadas. Llevó el hachón sobre su cabeza y algunas líneas púrpuras se precipitaron hacia los rincones. En el centro de las mesas había un tronco con pies de león, sobre el cual descansaba una piel moteada; algunas cristalerías parecían amontonadas en los ángulos, con piezas de plata bruñida y tapas perforadas de oro humoso. Algunos frascos espejeaban con resplandores violetas, otros estaban chapeados en el interior con delgadas láminas traslúcidas de metals preciosos. Como una terrible indicación de sangre, un destello del hachón hizo centellear una copa oblonga, tallada en un granate, y en la cual los escanciadores acostumbraban verter el vino de los reyes. Y la luz acarició también de bermejo un cesto de plata tejida donde estaban dispuestos panes redondos de limpia corteza.
Y el rey atravesó las salas de los festines desviando la cabeza.
-¡No se avergonzarán -dijo- de morder el pan vigoroso  bajo su máscara, y de tocar el vino sangrante con sus labios blancos! ¿Dónde está aquel  que, conociendo su mal, prohibe los espejos de su casa? Está entre aquellos cuyos falsos rostros he arrancado: y yo he comido pan de su panera, y he bebido vino de su copa...
Por una estrecha galería revestida de mosaicos se llegaba a los dormitorios, y en ella se deslizó el rey, llevando su sangrienta antorcha en las manos. Un guardián, inquieto,se adelantó, y su cinturón de amplios anillos llameó sobre su túnica blanca; luego reconoció al rey por su rostro de oro, y se prosternó.
Una luz pálida, que provenía de una lámpara de bronce suspendida en el centro, iluminaba una doble fila de lechos ornamentales; las mantas de seda estaban tejidas con filamentos de matices envejecidos. Un tubo de onix dejaba caer monótonas gotas en una fuente de piedra pulida.
Primero, el rey consideró el recinto de los sacerdotes; y la máscaras graves de los hombres acostados eran semejantes durante el sueño y la inmovilidad. Y el recinto de los bufones, la risa de sus bocas dormidas tenía exactamente la misma amplitud. Y la inmutable belleza del rostro de las mujeres no se había alterado en el reposo; tenían los brazos cruzados sobre los pechos, o una mano bajo la cabeza, y no parecían preocuparse por su sonrisa, que era tan graciosa cuando ellas la ignoraban-
En el fondo de la última sala se extendía un lecho de bronce, con bajorrelieves de mujeres encorvadas y flores gigantes. Los cojines amarillos conservaban la huella de un cuerpo agitado. Allí habría debido descansar, a estas horas de la noche, el rey  de la máscara de oro; allí habían dormido  sus antepasados durante años.
Y el rey desvió la cabeza de su lecho:
-Ellos pudieron dormir -dijo- con es secreto sobre su rostro, y el sueño vino a besarles en la frente, como a mí. Y no sacudieron su máscara al negro rostro del sueño, con el fin de espantarlo para siempre. Y yo rocé este bronce, yo toqué estos cojines donde antaño reposaban los miembros de aquellos pusilánimes...
Y el rey pasó al cuarto del brasero, donde la llama rosada y púrpura todavía danzaba y arrojaba sus rápidos brazos sobre los muros. Y golpeó el gran gong de cobre con un golpe sonoro que hizo vibrar a todas las cosas metálicas de alrededor. Los guardias asustados se abalanzaron medio desnudos, con sus hachas y sus bolas de acero erizadas de puntas, y aparecieron los sacerdotes, dormidos, arrastrando sus hábitos, y los bufones olvidaron todos los sacramentales saltos de entrada, y las mujeres mostraron sus rostros sonrientes en el vano de las puertas.
Entonces, el rey subió a su trono y ordenó:
-He golpeado el gong con el objeto de reuniros para algo importante. El mendigo ha dicho la verdad. Todos vosotros me engañáis. Quitaos las máscaras.
Se oyó el estremecimiento de los miembros y las ropas y las armas. Luego, lentamente, los que allí estaban se decidieron y descubrieron sus rostros.
Entonces, el rey de la máscara de oro se volvió hacia los sacerdotes y consideró cincuenta caras gordas risueñas con ojitos pegados por la somnolencia; y, volviéndose hacia los bufones, examinó cincuenta caras demacradas surcadas por la tristeza, con ojos sanguinolientos de insomnio; luego, inclinándose hacia la media luna de las mujeres asentadas, lanzó una carcajada, porque sus rostros eran absolutamente aburridos y feos, y estaban revocados de estupidez.
-Así, pues, me habéis engañado desde hace tantos años acerca de vosotros mismos y acerca de todo el mundo -dijo el rey-. Aquellos que creía serios y que me daban consejos sobre las cosas divinas y humanas son similares a odres hinchados de viento o de vino; y aquellos con quienes me divertía por su continua alegría  eran tristes hasta el fondo de su corazón; ¡y vuestra sonrisa de esfinges, oh mujeres, no significaba absolutamente nada! Qué miserables sois; pero yo soy el más miserable de todos vosotros. Soy rey y mi rostro parece real. No obstante, mirad: el más desdichado de mi reino no tiene nada que envidiarme.
Y el rey se quitó su máscara de oro. Y un grito se alzó de las gargantas de quienes lo veían, ya que la llama rosa del brasero iluminaba sus blancas escamas de leproso.
-Son ellos quienes me engañaron, mis padres, quiero decir -gritó el rey-, que eran leprosos como yo y me transmitieron su enfermedad con la herencia real. Me embaucaron y os forzaron a mentir.
A través del ventanal de las sala, abierto hacia el cielo. la luna mostró su máscara amarilla.
-Así como esta luna, que siempre vuelve hacia nosotros el mismo rostro dorado, quizá tenga otra cara oscura y cruel -dijo el rey-, así mi realeza fue extendida sobre mi lepra. Pero nunca más veré la apariencia de este mundo, y dirigiré mi mirada hacia las cosas oscuras. Aquí, ante vosotros, me castigo por mi lepra, y por mi mentira, y mi estirpe conmigo.
El rey alzó su máscara de oro; y, ante el negro trono, entre la agitación y las súplicas, hundió en sus ojos los ganchos laterles de la máscara, con grito de angustia; por última vez, una luz roja respandeció ante él y una oleada de sangre corrió sobre su rostro, sobre sus manos, sobre las oscuras gradas del trono. Desgarró su ropa, descendió tambaleando los peldaños y, luego de apartar a tientas a los guardias, mudos de horro, partió solo en la noche.

Así, pues, el rey leproso y ciego caminaba en la noche. Tropezó con las siete murallas concéntricas de sus siete patios y con los viejos árboles de la residencia real, y se hirió las manos al tocar las espinas de los setos. Cuando oyó el ruido de sus pasos supo que estaba en el camino principal. Caminó durante horas y horas, sin experimentar siquiera la necesida de tomar alimento. Sabía que lo iluminaba el sol por el calor que velaba su rostro, y reconocía la noche por el frío de la oscuridad. La sangre que había corrido de sus ojos arrancados le cubría la piel con una costra negruzca y seca. Y cuando hubo caminado mucho tiempo, el rey ciego se sintió cansado y se sentó en el borde del camino. Ahora vivía  en un mundo oscuro, y sus miradas había entrado en él mismo.
Cuando vagaba por esa llanura sombría de los pensamientos, oyó de pronto un ruido de campanillas. Inmediatamente se imaginó el regreso de un rebaño de ovejas de espesa lana, llevado por carneros cuya gruesa cola caía en tierra. Y estendió las manos para tocar la blanca lana, ya que no tenía vergüenza de los animales. Pero sus manos encontraron otras manos tiernas, y una voz suave le dijo:
-Pobre ciego, ¿qué quieres? -el rey reconoció la encantadora voz de una mujer .
-No debes tocarme -exclamó el rey-. Pero ¿dónde están tus ovejas?
Ahora bien, ocurría que la joven que se hallaba ante él era leprosa, y por eso llevaba campanillas suspendidas a su ropa. Pero no se atrevió a confesarlo, y respondió con una mentira:
-Están un poco detrás de mí.
-¿Dónde vas así? -dijo el rey ciego.
-Vuelvo a casa -respondió ella-, a la ciudad de los Miserables.
Entonces el rey recordó que, en un lugar alejado de su reino, había un asilo donde se refugiaban quienes habían sido rechazados de la vida por sus enfermedades o sus crímenes. Vivían en chozas construidas por ellos mismos o encerrados en guaridas cavadas en el suelo. Y su soledad era extrema.
El rey resolvió dirigirse a esa ciudad.
-Llévame -dijo.
La joven le cogió por la manga.
-Déjame que te lave el rostro -dijo-; la sangre ha corrido por tus mejillas quizá desde hace ya una semana.
Y el rey tembló, pensando que ella se horrorizaría de su lepra y le abandonaría. Pero ella vertió el agua de su calabaza y lavó el rostro del rey.
-¡Pobre -dijo luego-, cómo has debido sufrir por el arrancamiento de los ojos!
-Cómo he sufrido antes sin saberlo -dijo el rey-. Pero bueno, adelante. ¿Llegaremos esta noche a la ciudad de los Miserables?
-Así lo espero -manifestó la joven.
Y lo condujo hablándole con ternura. Entretanto, el rey ciego oía las campanillas y, volviéndose, quería acariciar las ovejas. Y la joven temía que adivinara su enfermedad.
Ahora bien, el rey estaba extenuado de fatiga y hambre. Ella sacó una hogaza de pan de sus alforjas y le ofreció su calabaza. Pero él se negó, temiendo ensuciar el pan y el agua.
-¿Ves la ciudad de los Miserables? -preguntó poco más tarde.
-Todavía no -dijo la joven.
Y siguieron adelante. Ella recogió lotos azules para él, quien los mascó para refrescarse la boca. El sol se inclinaba hacia los grandes arrozales que ondulaban en el horizonte.
-Puedo sentir el olor de  la comida que llega hasta mí -dijo el rey ciego- ¿No nos acercamos a la ciudad de los Miserables?
-Todavía no -dijo la joven.
Y, cuando el disco sangriento del sol aún cortaba el cielo violeta, el rey desfallecía de cansancio e inanición. En el extremo del camino temblaba una delgada columna de humo entre las techumbres de herbajes. La bruma de los pantanos flotaba en los alrededores.
-He aquí la ciudad -afirmó la joven-, puedo verla.
Entraré solo en otra -dijo el rey ciego-. No tenía más que un deseo; habría querido descansar mis labios sobre los tuyos, para refrescarme en tu rostro que debe ser tan hermoso. Pero te habría manchado pues soy leproso.
Y el rey se desvaneció en la muerte.
La joven rompió a llorar, viendo que el rostro del rey ciego era puro y límpido, y sabiendo que ella misma temía mancharlo.
En ese momento, de la ciudad de los Miserables se adelantó un viejo mendigo de barba herizada, cuyos ojos inciertos temblaban.
-¿Por qué lloras? -preguntó.
Y la joven replicó que el rey ciego había muerto, después de haberse arrancado los ojos, pensando que era leproso.
-Y no quiso darme el beso de la paz -dijo- para no mancharme; y soy yo quien es verdaderamente leprosa a los ojos del cielo-
Y el viejo mendigo le respondió:
-Sin duda, la sangre del corazón que había brotado de sus ojos le curó la enfermedad. Y murió, pensando que tenía una máscara miserable. En ese momento, no obstante, abandonó todas las máscaras, la de oro, la de lepra y la de carne.

Ilustración de Santiago Caruso inspirada en El Rey de la máscara de oro.



Lecturas:

Marcel Schwob, El rey de la máscara de oro. Edicones Abraxas 2003
Marcel Schwob, La cruzada de los niños (con prólogo de Jorge Luis Borges) Tusquets 1984
Marcel Schwob, Corazón doble. Siruela 1996
Marcel Scwob, Vidas maginarias. Bruguera 1972


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