Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 20 de agosto de 2014

Sincronicidad


Cetonia aurata


 Nuestra psique está formada en armonía con la estructura del universo, y lo que sucede en el macrocosmos sucede igualmente en los rincones infinitesimales y más subjetivos de la psique.

C. G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos


Vuelve, regresa a mí finalmente, mi propio Yo y las partes de él que durante mucho tiempo estuvieron en el extranjero y esparcidas entre todas las cosas.

Nietzsche, Así habló Zaratrusta



Siguiendo con las lecturas de Richard Tarnas de quien publiqué la entrada anterior sobre su obra La pasión de la mente occidental, me llevé para mi descanso vacacional su otra obra publicada en castellano editada también por Atalanta, Cosmos y Psique. Entre sus primeras páginas encuentro un capítulo dedicado a la sincronicidad que teorizara Carl Gustav Jung. Siendo éste un tema que me resulta muy interesante no me resisto a transcribir unos párrafos.


 La sincronicidad y sus implicaciones 
(fragmentos)
por
Richard Tarnas



La mayoría de nosotros hemos observado en el curso de nuestra vida coincidencias en las que dos  o más acontecimientos independientes y sin aparente conexión causal parecen, no obstante, constituir un patrón de significado. En ocasiones, la fuerza interna de ese patrón nos asombra hasta el punto que nos cuesta creer que la coincidencia se deba únicamente al azar. Los acontecimientos dan la clara impresión de haber sido dispuestos con toda precisión, de haber sido imperceptiblemente orquestados.
Jung describió por primera vez este notable fenómeno, que denominó sincronicidad, en un seminario de 1928. Continuó sus investigaciones a lo largo de más de veinte años antes de intentar por fin una plena formulación del mismo, a principios de los años cincuenta. Presentó su influyente análisis de la sincronicidad, todavía en gestación, en su última ponencia  en las conferencias Eranos, a la que de inmediato siguió una larga monografía. Desarrollado en parte en discusiones con físicos, en especial con Einstein y
Wolfang Pauli, el principio de sincronicidad presentaba paralelismos con determinados descubrimientos de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Sin embargo, a causa de su dimensión psicológica, el concepto de Jung, resultaba especialmente pertinente ante el cisma de la cosmovisión moderna entre el sujeto humano en busca de sentido y el mundo objetivo vacío de sentido. Desde el primer momento, este principio ha ocupado una posición única en los análisis contemporáneos, pues los físicos lo han descrito como un reto capital a los fundamentos filosóficos de la ciencia moderna y, al mismo tiempo, los estudiosos de la religión han visto en él profundas implicaciones para la psicología de la religión. La cantidad de libros y la atención que, tanto entre eruditos como entre el público en general, se dedicaron al concepto y al fenómeno ha sido aumentado de una década a otra.
Al comienzo, Jung se interesó particularmente por las coincidencias significativas debido, sin duda, a que la frecuencia con que ocurrían habían ejercido una considerable influencia en su propia experiencia vital. También observó que, en el proceso terapéutico de sus pacientes, esos acontecimientos desempeñaban repetidamente un papel a veces poderoso, sobretodo en períodos de crisis de transformación. 
La espectacular coincidencia de significado entre un estado interior y un acontecimiento exterior simultáneo parecía producir en el individuo un movimiento sanador orientado a la plenitud psicológica y mediado por la inesperada integración de realidades internas y externas. A menudo estos acontecimientos daban lugar a un nuevo sentido de orientación personal en un mundo al que, en la nueva situación, se consideraba capaz de encarnar finalidades y significados más allá de las meras proyecciones de la subjetividad humana. De pronto, el caos aleatorio de la vida parecía encubrir un orden más profundo. Se había dado, por así decir, un giro sutil, un color inesperado en el pálido vacío de significado, un indicio, en palabras de William James, de "algo más".
Junto con las apariciones más profundas de la sincronicidad se daba la naciente intuición, que a veces se veía como un despertar espiritual, de que el individuo, hombre o mujer, no sólo estaba inserto en un fundamento más amplio de sentido y finalidad, sino que, en cierta manera, era también un foco del mismo. Este descubrimiento, que a menudo emergía después de un prolongado período de oscuridad o de crisis espiritual, tendía a ir acompañado de la apertura o nuevas potencialidades y responsabilidades existenciales. Tanto a causa de este significado personal directamente vivido, como de sus asombrosas implicaciones, semejante sincronicidad era portadora de una cierta numinosidad, una carga espiritual dinámica con consecuencias transformadoras para la persona que la experimentaba. A este respecto, el fenómeno parecía funcionar, en términos religiosos, como a algo parecido a una intervención de la gracia. Jung observó que con frecuencia estas sincronicidades se guardaban en secreto o con reserva, para evitar la posibilidad del ridículo que acecha a un acontecimiento de tan relevante significado personal.
El ejemplo clásico de una experiencia crucial de sincronicidad es la conocida descripción de Jung del caso del "escarabajo de oro". Hela aquí:

Mi ejemplo se refiere a una joven paciente que, a pesar de los esfuerzos de ambas partes, demostraba ser psicológicamente inaccesible. La dificultad estribaba en que siempre estaba mejor informada acerca de todo. Su excelente educación le había proporcionado un arma perfectamente idónea, a saber, un racionalismo cartesiano muy refinado, con una impecable concepción "geométrica" de la realidad (como en el típico modo de demostración lógica de Descartes). Tras varios e infructuosos intentos de suavizar su racionalismo con un poco más de comprensión humana, tuve que limitarme a que ocurriera algo inesperado e irracional, algo que hiciera estallar la burbuja intelectual en la que se había encerrado. Pues bien, un día estaba yo sentado frente a ella, de espaldas a la ventana, escuchando su flujo de retórica. La noche anterior, ella había tenido un sueño impresionante en el que alguien le entregaba un escarabajo de oro, una lujosa pieza de orfebrería. Mientras me contaba su sueño, oí detrás de mí que algo golpeaba suave y repetidamente la ventana. Miré y vi que se trataba de un insecto volador bastante grande, que golpeaba el cristal de la ventana desde fuera en un evidente esfuerzo por entrar en la habitación oscura. Esto me pareció
muy extraño. Abrí la ventana de inmediato y cogí el insecto en el aire mientras entraba. Era un escarabajo, una Cetonia aurata, cuyo color verde dorado lo hace muy semejante a un escarabajo de oro. Le entregué el insecto a mi paciente mientras le decía: "Aquí está su escarabajo". Esta experiencia finalmente perforó su racionalismo y rompió el hielo a su resistencia intelectual. A partir de ese momento se pudo proseguir el tratamiento con resultados satisfactorios. (Jung)

La extraordinaria coincidencia entre las imágenes poderosamente simbólicas que la mujer había experimentado en su sueño la noche anterior, y que en ese preciso momento estaba relatando, y la espontánea aparición en la ventana de un insecto que era "lo más parecido al escarabajo de oro que se puede encontrar en nuestras latitudes", penetró eficazmente a través de la coraza intelectual con la que la paciente había estado bloqueando su desarrollo psicológico. En ese momento, "su ser natural podía irrumpir... y el proceso de transformación ponerse en marcha".
En otro ejemplo semejante, que se relata en los cuadernos de Esther Harding, una paciente cuyos sueños estaban llenos de imágenes sexuales insistía en interpretarlos en términos simbólicos no sexuales, a pesar del esfuerzo de Jung para persuadirla de su más probable significado directo. El día de la sesión siguiente, dos gorriones aletearon hacia el suelo, a los pies de la mujer, y "realizaron el acto".
En algunas raras ocasiones, una sincronicidad adquiere un poder extraordinario por su impacto en un individuo históricamente significativo, de modo que, en última instancia, desempeña un papel decisivo en la vida colectiva de una cultura más amplia. La famosa coincidencia que constituyó un punto de inflexión en la vida de Petrarca tuvo lugar en el apogeo de su ascenso al Mont Ventoux, en abril de 1336, acontecimiento que durante mucho tiempo los estudiosos vieron como el comienzo simbólico del Renacimiento. Durante muchos años, Petrarca había sentido un creciente impulso a ascender esta montaña para contemplar el vasto panorama desde su cima, pese a que en su época se trataba de algo prácticamente inaudito. Por fin eligió el día y, en compañía de un hermano, realizó el largo ascenso, marcado por el intenso esfuerzo físico y la reflexión interior. Cuando, finalmente, alcanzó la cumbre, con nubes bajo los pies y vientos contra el rostro, Petrarca se sintió sobrecogido por la gran extensión del mundo que se abría ante él: montañas con el pico cubierto de nieve y el mar en la distancia, ríos y valles debajo, la inmensa expansión del cielo en todas las direcciones. James Hillman refiere así el acontecimiento:

En la cumbre de la montaña, con la sublime visión de la Provenza francesa, los Alpes y el Mediterráneo desplegados ante él, abrió su pequeño ejemplar de bolsillo de las Confesiones de Agustín. Hojeándo al azar, fue a dar en el libro X, 8, y leyó: "Los hombres viajan para admirar la altura de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la latitud unmensa del océano, el curso de los astros, y se olvida de lo mucho de admirable que hay en sí mismos...".
Petrarca quedó atónito ante la coincidencia entre las palabras de Agustín y el momento y el lugar en que las leía. Su emoción marcó el despertar de su vocación personal y proclamó a la vez la nueva actitud del Renacimiento... Petrarca extrajo su conclusión decisiva del acontecimiento del Mont Ventoux: "Nada es admirable excepto el alma" (nihil praeter animun esse mirabile). (James Hillman)

Petrarca quedó tan conmovido por la fuerza de la coincidencia de las palabras de Agustín que permaneció en silencio durante todo el descenso. Reconoció de inmediato esta coincidencia como parte de un modelo más general de tales momentos de transformación, por los que otros habían pasado en la historia de las conversiones espirituales: "No podía creer que había dado con ellas por mera casualidad. Lo que allí había leído  me parecía dirigido a mí y a nadie más que a mí, a la vez que recordaba que San Agustín había sentido lo mismo en su propio caso". Efectivamente, Agustín había sentido una experiencia casi idéntica con ocasión de su gran giro espiritual.

(...) En agudo contraste con la cosmovisión moderna, Jung dejó de considerar el mundo exterior como fondo puramente neutral sobre el cual la psique humana persigue su aislada búsqueda intrasubjetiva de sentido y finalidad. Más bien, todos los acontecimientos, internos y externos, ya emanaran del inconsciente humano, ya de la matriz más amplia del mundo, eran reconocidos como fuentes de potencial significado psicológico y espiritual. Desde esta perspectiva, no sólo la psique individual, y no sólo el inconsciente colectivo de la humanidad, sino la naturaleza entera, sostenían e impulsaban la psique humana hacia una mayor conciencia de la finalidad y el significado. Cada momento del tiempo poseía un cierto carácter o cualidad tangibles que impregnaban los diversos acontecimientos que tenían lugar en ese momento.

  De verdad, es como si el tiempo, lejos de ser una abstracción, fuera un continuo concreto que contiene cualidades o principios que pueden manifestarse con relativa simultaneidad en diferentes lugares y con paralelismos para nosotros inexplicable, como en los casos de aparición simultánea de idénticos pensamientos, símbolos o condiciones psíquicas... Todo lo que nazca en ese momento particular tiene la cualidad de ese momento. (Jung)

Carl Gustav Jung, Libro Rojo (p. 159)

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He de confesar que de donde he extraído este fragmento, -Cosmos y Psique-,  tan sólo he llegado a leer las primeras cien páginas de un volumen de más de ochocientas, pues la lectura dejó de interesarme por la forma de abordar cuestiones sobre astrología. Tras algunos intentos en los últimos días por reiniciar su lectura finalmente desisití, (no sin antes transcribir en el borrador el texto anterior) decidiendo una vez regresado a Barcelona ir a buscar otro libro que encontré en la web de una biblioteca pública cercana a casa que no cerraba por vacaciones. El caso es que este otro libro que en un principio debía estar en el estante de la sección que me indicaron en el mostrador de préstamos, no se encontraba allí, estaba desaparecido o alguien lo había cogido en aquel momento. Sin embargo otro libro en aquel mismo lugar me llamo la atención. Se trata de Auras, de Elémire Zolla, autor ya conocido por mi y que en algunas ocasiones he publicado algo. Lo cierto es que no recordaba tener noticia de este otro libro de su producción, y por ser un escritor muy de mi interés no dudé en llevármelo sin tan siquiera hojearlo. Mi sorpresa ha sido cuando al comenzar a leerlo, en sus primeras páginas aparece un capítulo titulado El aura de las coincidencias, donde se refiere al tema de la sincronicidad teorizada por Jung, para, entre otros casos, narrar también la experiencia sobre el sueño con un escarabajo de una de sus pacientes que aparece incluido en el texto anterior y del que no tuve conocimiento hasta entonces.
Dejándome llevar por el entusiasmo de la coincidencia no dudo en ampliar esta entrada transcribiendo unos pasajes de ese capítulo:


El aura de las coincidencias
(fragmentos)
por
Elémire Zolla

(...) Un autor alemán, Wilhelm von Scholz, dedicó un libro a las coincidencias. Entre otras cosas narraba que una mujer hizo una fotografía a su hijita y la llevó a revelar a Estrasburgo; luego estalló la guerra y no pudo ir a recogerla; alcabo de algunos años le hizo una fotografía al hijo y la llevó a revelar a Frankfurt. Resultó impresa sobre la película en la que había sido fotografiada años antes la hija. ¿Cómo había ido a parar a Frankfurt precisamente aquella película entregada en Estrasburgo? Jung aceptó la pregunta y meditó sobre las palabras de von Scholz: "Es como si todo fuera el sueño de una conciencia incognoscible, más grande y más vasta".
El tema se le impuso a Jung cuando una paciente le refirió el sueño de un escarabajo precisamente en la vigilia de la curación. Lo estaba contando cuando Jung oyó un ruido a sus espaldas: una cetonia aurata se restregaba por los cristales, intentando penetrar en la habitación obscura del médico y cuando él abrió los postigos voló a la palma de su mano. Durante el mismo período una paciente le explicaba que bandadas de pájaros volaban hacia ella cuando un familiar estaba en peligro de muerte (es obvio que en mi familia, siempre que se muere un familiar, un pájaro descarriado se posa en el alfeizar).
Jung notó que en ambos casos se producía una coincidencia suplementaria. Todo ocurría en momentos cruciales para la psique de quien estaba implicado y los hechos estaban combinados con un mensaje redactado en términos mitológicos arcaicos: el escarabjo es el emblema egipcio de la resurrección y de la autosuficiencia; los pájaros, tanto en Egipto como en Grecia y en otros sitios, simbolizan las almas de los difuntos, a las que Homero denomina las gorgeantes.
Jung, el cual detrás de una falsa apariencia era un filósofo de férreas deducciones, dio otro paso adelante; si las coincidencias señalan una muerte y reflejan un cambio interior mediante eventos externos, singulares y no explicables, y si dicha combinación de exterior e interior reactiva un símbolo arcaico, se puede deducir que el fenómeno depende de un arquetipo que entra en juego substituyendo a otros. La experiencia enseña, añade él, que esta muerte está acompañada por sueños de mandala, de dibujos geométricos polarizados en el centro.
Las coincidencias son,  pues, hechos relacionados entre sí por una cierta significatividad, pero sin una relación de causa efecto. Son sincrónicas pero también expresan un significado, por lo que son sincronizadas.
(...) Los sincronismos muestran la única ley válida en el mundo subatómico, donde no funciona la relación de causa y efecto; la coincidencia del encuentro entre Jung y el físico Pauli le permitió a ambos formular esta ulterior deducción. 
En el mundo subatómico que subtiende y nos rige a anosotros y a nuestras ilusiones "causales", la polarización de un fotón "produce" eventos en su pasado; entre un salto de quanta y el otro, el átomo no está en el tiempo; o sea, que el tiempo no es continuo. No existen objetos "claros y singulares", al contrario: si dos partículas se han influido respectivamente, constituyen entre sí un sistema, cualquiera que sea la distancia en la que se encuentran luego. En el corazón de la realidad están vigentes solamente coincidencias, sincronismos. El fulgor de un aura acompaña las coincidencias que notamos en la vida ordinaria, porque se intuye obscuramente que a través de ellas se manifiesta la verdad más escondida y uno se queda entusiasmado: el momento resulta glorioso.
(...) Profecía y poesía son afines: ¿qué le ocurre a un poeta si no un salpicarse de coincidencias, por lo que un tema evoca un ritmo, un metro, y luego convoca frases, hace recaer acentos y rimas en el lugar inevitable? Hace admirar una poesía aquello que en la vida hace asombrarse ante las coincidencias. El artista es simplemente un artesano a quien le acontecen sincronías en el trabajo. Pero cualquier amor, cualquier empresa afortunada o heroica evocan sincronismos. Escribir un relato o un ensayo es hermoso si la redacción se produce por coincidencias: la frase captada en el mercado resuelve un desarrollo narrativo; un libro cae al suelo y, al abrirse, muestra la cita que sella una página. Una vida, una obra, privadas de estas combinaciones discurren desoladas y apagadas.


Lecturas:

Richard Tarnas, Cosmos y Psique. Atalanta 2008

Elémire Zolla, Auras. Paidos 1994


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martes, 19 de julio de 2011

C. G. Jung: Visiones

Carl Gustav Jung, Folio 54 del Liber Novus


Carl Gustav Jung (1875-1961), el gran investigador de la Psicología de las profundidades, redactó a finales de los años 50 su autobiografía (publicada en español Recuerdos, sueños, pensamientos). Ésta ha sido considerada testimonio del viaje interior por el que su autor manifestó el proceso psíquico que le llevó a desarrollar las teorías sobre el Inconsciente Colectivo, la idea de los arquetipos, la interpretación de los sueños y las imágenes simbólicas... Testamento vital narrado, así como exposición de su periplo espiritual.
Entre los capítulos que la componen, especiálmente interesante me parece el titulado Visiones, donde describe las visiones y ensoñaciones que tuvo durante una convalecencia en la que estuvo al borde de la muerte, interpretando algunas de ellas como imágenes simbólicas del proceso de individuación, de reintegración de la psique en la Unidad. Dejo algunos fragmentos más adelante. Las imágenes que los acompañan están extraidas del manuscrito que el mismo Jung pintó a la manera de las miniaturas de los códices medievales, donde también puso en práctica su habilidad como calígrafo.


El manuscrito que Jung denominó Liber Novus (Libro Nuevo) que escribiera entre 1914 y 1930, se conoció luego como el Libro Rojo por el color de su encuadernación, no editándose hasta 2009, siendo muy pocos los que hasta entonces conocían la obra. Aquí se puede bajar una reproducción digital: http://www.megaupload.com/?d=KN43U01O
En muchas de las pinturas de Jung se pone de manifiesto la influencia del arte del Antiguo Egipto, Oriente Medio, América Precolombina, la India, el Tibet, así como de los manuscritos medievales y tratados alquímicos, de los que se sabe, poseía una importante colección. Las aquí mostradas son sólo una pequeña selección.


Visiones
por

Carl Gustav Jung


A comienzos del año 1994 me fracturé el pie y a ello siguió un infarto cardiaco. En estado de inconsciencia experimenté delirios y visiones que debieron comenzar cuando estaba expuesto a un inminente peligro de morir y me daban oxígeno y alcanfor. Las imágenes eran tan sobrecogedoras que yo mismo concluí que estaba cerca de la muerte. Mi enfermera me dijo más tarde: "Estaba usted como rodeado por un claro resplandor!" Éste era un fenómeno que ella había observado algunas veces en los moribundos. Estaba en el límite más extremo y no se si me encontraba en un sueño o en éxtasis. En todo caso, comenzaron a sucederse ante mí cosas sumamente impresionantes.
Me pareció como si me encontrase allá arriba en el espacio. Lejos de mí veía la esfera de la tierra sumergida en una luz azul intensa. Veía el mar azul profundo y los continentes. Bajo mis pies, a lo lejos, estaba Ceilán y ante mí estaba el subcontinente de la India. Mi campo de visión no abarcaba toda la tierra, sin embargo, su forma esférica era claramente visible, y sus contornos brillaban plateados a través de la maravillosa luz azul. En diversos lugares la esfera terráquea parecía coloreada o manchada de verde oscuro como plata oxidada. "A la izquierda", en la lejanía, había una amplia extensión: el desierto amarillo-rojizo de Arabia. Era como si allí la plata de la tierra hubiera adoptado una tonalidad amarillo-rojiza. Luego estaba el mar Rojo, y muy a lo lejos, también "a la izquierda y arriba", podía divisar todavía un cabo del Mediterraneo. Mi mirada se dirigía precisamente allí. Todo lo demás aparecía borroso nada más. También veía las montañas nevadas del Himalaya, pero allí estaba nublado o envuelto en vapor. Hacia la "derecha" no miré. Sabía que estaba a punto de abandonar la Tierra.
Posteriormente me informé a qué altura debía encontrarme para poder alcanzar una visión de tal extensión. ¡Aproximadamente a unos 1.500 kilómetros! La contemplación de la Tierra desde tal altura es lo más grandioso y más fascinante que he experimentado.
Después de un rato de contemplar el panorama me volví. Me situé, por así decirlo, de espaldas al océano Índico, con la cara hacia el norte. Entonces me pareció como si me volviese hacia el sur. Algo nuevo apareció ante mi vista. A escasa distancia divisé en el espacio una enorme masa de piedra oscura, como un meteorito, aproximadamente del tamaño de mi casa, quizás mayor todavía. La piedra en el universo flotaba y yo mismo flotaba en el universo.
He visto piedras parecidas en la costa del golfo de Bengala. Son bloques de granito marrón oscuro en los cuales algunas veces se esculpían templos. Un bloque enorme oscuro de ese tipo era mi piedra. Un acceso conducía a un pequeño vestíbulo. A la derecha, sobre un banco de piedra, estaba sentado un indio negro en trono de loto. Llevaba vestiduras blancas y se encontraba en un estado de impasividad total. Así me esperaba a mí: silencioso. Dos peldaños conducían a este vestíbulo en cuya parte interior izquierda se encontraba la puerta del templo. Innumerables cavidades como pequeños nichos, llenos de aceite de coco y mechas ardientes, rodeaban la puerta con una corona de pequeñas llamas. También esto lo vi una vez en la realidad. Cuando visité en Kandy (Ceilán) el templo del diente sagrado, varias filas de lámparas de aceite ardiendo flanqueaban así la puerta.
Cuando me acerqué a los peldaños de la entrada en la roca me sucedió algo extraño: tuve la sensación de que todo aquello desaparecería borrado por mí. Todo cuanto pensaba, deseaba o creía, toda la fantasmagoría de existencia terrena me abandonó o me fue arrebatada: un proceso extraordinariamente doloroso. Pero algo quedó; pues era como si todo lo que había vivido o realizado, todo cuanto había sucedido a mi alrededor, lo tuviese ahora conmigo. Podría también decir: estaba en mí, y yo era esto. Por así decirlo, yo me componía de esto. Me componía de mis historias y tenía la sensación plena de ser ahora Yo. "Yo soy este haz de lo realizado y lo pasado." Esta vivencia me dio la sensación de la más extrema miseria, pero también a la vez de la mayor satisfacción. No existía ya nada que yo pretendiese o desease, sino que permanecía, por así decirlo, objetivo: era esto lo que había vivido. Es verdad que primero predominó la sensación de la aniquilación, de ser arrebatado o de ser despojado, pero repentinamente también esto pasó. Todo parecía expirado, quedaba un fait accompli, sin relación alguna con lo antiguo. Ya no había que lamentar que algo hubiera desaparecido o caducado. Por el contrario: tenía todo lo que yo era y no tenía más que esto.
Todavía me preocupaba otra cosa: tenía la certeza, mientras me acercaba al templo, de que entraba en una sala iluminada y encontraría allí a todos aquellos hombres con los que tuve relación en la realidad. Allí comprendería por fin -también esto era evidente- a qué afiliación histórica pertenecía yo o mi vida. Sabría lo que había visto antes de mí, por qué existí y donde me conduciría mi vida en lo sucesivo. Mi vida transcurrida me parecía a menudo una historia que no tenía ni principio ni fin. Tenía la sensación de ser un precedente y subsecuente. Mi vida me parecía como recortada con las tijeras de una larga cadena y muchas cuestiones habían quedado sin respuesta. ¿Por qué transcurrió así? ¿Por qué he aportado tales hipótesis? ¿Qué he hecho con ello? ¿Qué resultará de todo ello? A todo esto -estaba seguro de ello- hallaría respuesta. Allí sabría por qué todo había sido así y no de otro modo. Me encontraría con hombres que sabían la respuesta a mis preguntas sobre el pasado y el porvenir. (...)
En realidad transcurrieron todavía tres semanas hasta que pude decidirme a volver a vivir. No podía comer porque sentía un dégout por todas las comidas. El panorama de ciudad y montañas, que se divisaba desde mi cama de enfermo, se me antojaba como una cortina pintada con negros agujeritos, o como una hoja de periódico agujereada con fotografías que no me decían nada. Desilusionado, pensaba: "¡Ahora debo volver a insertarme en el sistema de los "cajoncitos"! Pues parecía como si tras el horizonte del cosmos se hubiera construido artificialmente un mundo tridimensional, en el cual cada hombre se encontrara por separado en un cajoncito. ¡Y ahora tendría que volver a imaginarme que esto valía la pena! La vida y el mundo entero parecían una carcel y me indigné mucho al pensar que volvería a encontrarlo bien. Había estado tan contento de que finalmente hubiera terminado todo esto, y ahora todo volvía a ser como si yo -al igual que los demás- estuviera en una cajita colgando de unos hilos. Cuando estaba en el espacio, yo era ingrávido y nada me atraía. ¡Y ahora esto debía terminar otra vez! (...)
Aquella semana viví a un ritmo extraño. De día estaba casi siempre deprimido. Me sentía desvalido y débil, apenas tenía ánimo para moverme. Muy afligido pensaba: ahora debo volver a penetrar en este lúgubre mundo. Por la tarde me dormía y mi sueño duraba hasta medianoche aproximadamente. Luego volvía en mí y permanecía despierto quizás una hora, pero en un estado totalmente distinto. Me encontraba como en éxtasis o en un estado de máxima felicidad. Me sentía como si flotase en el espacio, como si estuviese oculto en el seno del universo -en un vacío inmenso, pero desbordante de una sensación de máxima felicidad. ¡Esto es la eterna bienaventuranza, no hay modo de describirlo, es demasiado maravillosa!, pensaba.
También el ambiente parecía embrujado. A aquella hora de la noche la enfermera me traía la comida, pues sólo entonces podía tomar algo y comía con apetito. Por algún tiempo me pareció ser una anciana judía, mucho más vieja de lo que era en realidad y como si me trajera comidas rituales, preparadas según el rito judío. Cuando la miraba era como si tuviera un halo azul alrededor de su cabeza. Yo mismo me encontraba -así me lo parecía- en el Pardes rimmonim, en el jardín de las granadas y tenía lugar la boda de Tieferet con Malkut (1). O yo era como el rabí Simon ben Jochai, cuyas bodas se celebraban entonces. Se trataba de las bodas místicas, tal como se representan en la tradición cabalística. No puedo decirles a ustedes lo maravilloso que esto era. Sólo podía pensar incesantemente: "¡Éste es el jardín de las granadas! Ahora son las bodas entre Malkut y Tiferet." No sé exactamente qué papel desempeñaba yo allí. En el fondo se trataba de mí mismo: yo era las bodas. Y mi bienaventuranza era una boda bienaventurada.
Paulatinamente la vivencia del jardín de las granadas fue desvaneciéndose y se transformó. Siguió "la fiesta pascual" en Jerusalén, que estaba solemnemente adornado. No soy capaz de describirlo en detalles. Eran estados de bienaventuranza indescriptibles. Había ángeles y luz. Yo mismo era la "fiesta pascual".
También esto desapareció y se me presentó una nueva representación, la última visión. Ascendía por un amplio valle hasta la cumbre, al borde de una apacible cordillera. El final del valle formaba un anfiteatro antiguo. Se veía extraordinariamente bello en medio del verde paisaje. Y allí, en el teatro, tenía lugar el hierosgamos (2). Bailarines y bailarinas entraron en el escenario y, en un lugar adornado con flores, ejecutaron el hierosgamos para Zeus, el padre del universo, y Hera, como se describe en la Ilíada.
Todas esta vivencias eran maravillosas, y me sumergieron noche tras noche en la más pura bienaventuranza, "escoltado por las imágenes de toda criatura". Paulatinamente los motivos se confundieron y palidecieron cada vez más. Casi siempre las visiones duraban apoximadamente una hora; luego volvía a dormirme y ya cerca del amanecer volvía a sentir: ¡Ahora vuelve la lúgubre mañana! ¡Ahora vuelve el lúgubre mundo con sus sistemas de celdas! ¡Qué estupidez, qué horrible disparate! Pues las vivencias internas eran fantásticas que en comparación con ellas este mundo parecía francamente ridículo. En la medida en que me acercaba de nuevo a la vida, apenas tres semanas después de la primera visión, cesaron los estados visionarios.
No es posible hacerse una idea de la belleza e intensidad del sentimiento que experimentaba durante las visiones. Fueron lo más inmenso que he experimentado en mi vida. ¡Y luego este contraste con el día! Entonces me sentía atormentado y con los nervios enteramente destrozados. Todo me irritaba. Todo era demasiado material, demasiado grosero y demasiado torpe, limitado espacial y espiritualmente, ceñido artificialmente a irreconocibles fines, y sin embargo poseía algo así como una fuerza hipnótica que hacía creer en ellos, como si se tratara de la misma realidad, mientras que se podía reconocer fácilmente su vanidad. En principio, desde entonces, pese a la fe revalorizada en el mundo, nunca más me he librado completamente de la impresión de que la "vida" es un fragmento de existencia que se desenvuelve en un sistema adecuado de magnitud tridimensional. (...)
Se recela de la expresión "eterno", pero yo sólo puedo describir el vivir como beatitud de un estado no temporal, en el cual presente, pasado y futuro son una misma cosa. Todo cuanto sucede en el tiempo estaba allí compendiado en una totalidad objetiva. Ya nada se encontraba separado en el tiempo ni podía medirse mediante normas temporales. El vivir podría definirse en última instancia como un estado, como un estado de ánimo, que, sin embargo, no puede imaginarse. ¿Cómo puedo imaginarme que existo a la vez anteayer, hoy y pasado mañana? Entonces algo no habría comenzado todavía, otra cosa sería de la más diáfana actualidad y nuevamente algo estaría ya terminado, y, sin embargo, todo sería una misma cosa. Lo único que la sensibilidad podría captar sería una suma, una irisada totalidad en la que estaría incluida tanto la esperanza de lo que comienza, como la sorpresa acerca de lo ya sucedido y la satisfacción o desilusión sobre el resultado de lo sucedido. Un todo indescriptible en el que se está inmerso; y, sin embargo, se percibe con objetividad completa. (...)
La vivencia de esta objetividad volví a experimentarla otra vez. Fue después de la muerte de mi mujer. La vi en un sueño que fue como una visión. Ella estaba a cierta distancia y me miraba de hito en hito. Se encontraba en la flor de su edad, tenía unos treinta años y llevaba el vestido que mi prima, la medium, le había hecho hecho hacía muchos años. Fue quizás el vestido más bonito que jamás llevara. La expresión de su cara no era ni de contento ni de tristeza, sino de objetivo convencimiento sin la menor reacción sensible, como más allá de las nieblas del afecto. Yo sabía que no era ella sino una imagen motivada o establecida por mí. Encerraba el principio de nuestras relaciones, los acontecimientos de los cincuenta y tres años de nuestro matrimonio y también el fin de su vida. Frente a una integración de este tipo uno se queda atónito, pues apenas se puede concebir.
La objetividad que experimenté en este sueño y en mis visiones pertenece a la plena individuación. Significa un librarse de las clasificaciones y de lo que designamos como compenetración afectiva. En la compenetración afectiva reside mucho del hombre en general. Pero ello implica siempre proyecciónes de las que hay que prescindir para llegar a se uno mismo y conseguir la objetividad. Las relaciones afectivas son relaciones volitivas, lastradas por la pasión y la ausencia de libertad; se espera algo del otro, por lo cual, éste y uno mismo dejan de ser libres. El conocimiento objetivo se encuentra detrás de la dependencia afectiva; parece ser el misterio fundamental. Sólo a través de él resulta posible la verdadera Coniunctio (unificación alquímica).


Carl Gustav Jung, Folio 97 del Liber Novus


(1) Pardes rimmonium es el nombre de un tratado cabalístico de Mose Cordovero del siglo XVI. Malkut y Tiferet son, según la concepción cabalística, dos de las diez esferas de las manifestaciones divinas, en las que Dios sale de su retiro. Representan un principio femenino y masculino dentro de la divinidad.
(2) Bodas santas o espirituales. Unificación de figuras arquetípicas en los mitos de reencarnación, antiguos misterios y también en la alquimia. Ejemplos típicos son las representaciones de Cristo y la Iglesia como esposo y esposa (sponsus et sponsa) y la unificación alquímica (coniunctio) de Sol y Luna.



Algunos libros de C. G. Jung:

Recuerdos, sueños, pensaminentos. Seix Barral 2003
Psicología y Alquimia. Grupo Editorial Tomo 2002
Símbolos de transformación. Paidós 1998
Simbología del espíritu. F. C. E. 1998
Formaciones de lo inconsciente. Paidós 2000
Psicología y simbólica del arquetipo. Paidós 1999
Psicología de la transferencia. Paidós 2001


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