Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

El poder de los sultanes


El sultán otomano Mehmed IV escoltado por dos jenízaros


"Eran particularmente imponentes las procesiones celebradas en ocasión de la circuncisión del joven príncipe. El muftí iba a la cabeza del desfile, sentado en un alto tabernáculo a lomos de un camello, e iba leyendo un Corán que llevaba en la mano; (...) Tras impartir sus bendiciones, hacer votos, prodigar felicitaciones y formular auspicios, el muftí descendía de lo alto de su acastillada cabalgadura para ir a colocar sus ofrendas a los pies del soberano mientras todos se postraban ante el Gran Turco, Representante de Dios en la Tierra, Sombra de Alá, Hermano del Sol y de la Luna, Rey de Reyes, Señor de las Coronas, Amo de este tiempo y Pavón del Mundo".

Gianni Guadalupi, Otomanos en Palacio.




Un interesante y bello manuscrito del siglo XVII alojado en la Biblioteca Nacional de Austria despierta mi curiosidad bibliófila. En el se da cuenta de la tradición en la corte otomana de atribuir un origen ilustre y mítico a sus monarcas a través de tablas genealógicas, algo común en la propaganda ideológica y política tanto en realezas orientales como occidentales dirigida a legitimar su poder. La autoría  del texto de esta obra titulada Subhat-al-ahbar (árbol genealógico), es atribuida al derviche Mahûd ibn Ramadân, los retratos miniados y motivos decorativos fueron pintados por Hasan de Estambul.



Mahmûd ibn Ramadân, árbol genealógico
por
Solveig Rumpf-Dorner
(Biblioteca Nacional de Austria)



Orhan, Murad I, Bayezid I y Mehmed I
Al igual que muchos potentados europeos de la Antigüedad, la Edad Media y la Edad Moderna, los otomanos intentaron demostrar mediante tablas genealógicas que su dinastía descendía de nobles y de renombrados señores o que tenía incluso un origen divino para fundamentar (y legitimar) así su derecho al poder. Según la leyenda, el mítico príncipe Oghuz, imperioso  señor de los oguzos, descendía en línea directa de Jafet, hijo de Noé, y a su vez Ertugral, padre del primer sultán otomano y patriarca de la tribu turca, pertenecía al pueblo de los oguzos. Con ello quedaba demostrado que la casa de Osmán era de ilustre alcurnia, comparable al menos con la de otros clanes como el de los descendientes de Gengis Khan.
De esta forma surgió una larga serie de tablas genealógicas, algunas de ellas en forma de libro y otras en forma de rollo, que, partiendo  de Adán y Eva, no sólo recogían el origen familiar de los sultanes turcos, sino también el de muchos otros linajes árabes, persas y turcos. Muchas de esas tablas genealógicas no están iluminadas y "sólo" presentan medallones de texto con los nombres, en su mayoría bellamente caligrafiados; otras están decoradas con miniaturas de los miembros más importantes de la familia, como es el caso de este magnífico manuscrito del siglo XVII.
Entre los personajes protagonistas se cuentan los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento, así como otras figuras del Nuevo Testamento, de los que el Corán dice: "(Abraham) recibió de nosotros a Isaac y a Jacob, y ambos fueron guiados por nosotros, como antes dirigimos a Noé y a sus descendientes, a David, Salomón, Job, José, Moisés y Aarón;... y también a Zacarías, Juan, Jesús, Elías, todos ellos hombres justos... Ésta es la mano de Alá, con la que Él guía a los siervos que le agradan" (Sura 6, 85-89).

 Mahoma con el rostro cubierto por un velo

En este árbol genealógico otomano se recogen miniaturas y medallones con los nombres de todos esos seres "bíblicos", así como imágenes de Mahoma, el ultimo y mayor profeta del Islam, a quien se representa tradicionalmente con velo, e incluso de Alejandro Magno, héroe legendario que también está mencionado en el Corán (fol. 8r). Los textos narran las leyendas de los personajes míticos o las biografías de los personajes históricos.

Arriba Adán y Eva; debajo a la izquierda Abb al Harith, quien según la leyenda islámica era hijo suyo, y debajo de él Gayumard, patriarca de la renombrada dinastía persa. A la derecha Abel; debajo Caín. En los medallones del centro  se menciona a Set y a todos los descendientes.

El manuscrito sólo contiene la representación de una mujer en una miniatura de Eva (imagen de arriba). La figura de María, como se conoce en otros árboles genealógicos otomanos (Biblioteca Nacional de Austria, cod. A. F. 17), no tiene cabida aquí, si bien el códice le reserva un pequeño medallón junto a la miniatura de Jesús, con la inscripción "Jesus, el hijo de María" (imagen de abajo). Otros medallones dorados contienen los nombres de las hijas del profeta Mahoma.

 A la izquierda Alejandro Magno y Jesús; a la derecha, Zacarías y Juan el Bautista

La forma de representación de las distintas figuras sigue determinados modelos de los profetas con resplandecientes nimbos dorados, Mahoma y sus descendientes directos con turbante verde, los reyes persas por lo general como guerreros con guardabrazos y armas (fol. 5r), y Caín el fratricida caracterizado como adorador del fuego. Los tipos y los atributos de los personajes "bíblicos" presentan además ciertos paralelismos con las caracterizaciones cristianas habituales: Jesús con barba, cabello largo, una sencilla túnica y un libro en las manos; Noé tiene un atril con un Corán ante sí y al fondo se ve el Arca.

 Noé leyendo el Corán (fol. 5 r.)

Este árbol genealógico se encargó seguramente al derviche Mahmûd ibn Ramadân, quien lo dedicó al sultán Suleimán el magnífico (m. 1566). En esta copia se llega hasta el monarca Mehmet IV (derrocado en 1687). Las últimas páginas del manuscrito muestran de dos a cuatro medallones grandes cada una con retratos de sultanes otomanos, en la última hoja, escondidad a los pies del trono del sultán Mehmet IV, aparece la firma del artista: Hasan de Estambul.


Datos del manuscrito:

EXTENSIÓN: 17 hojas de papel oriental.
TAMAÑO: 300 x 185 mm.
ECUADERNACIÓN: turca del siglo XVII en piel de cabra marrón con medallón gofrado en oro.
AUTOR: Mahmûd ibn Ramadán (siglo XVI)
MATERIAS: Subhat-al-ahbar (árbol genealógico)
IDIOMA: turco.
MINIATURISTA: Hasan al-Istanbuli (siglo XVII).
ORNAMENTACIÓN: títulos en viñetas, 102 miniaturas con retratos, medallones de nombres, fondo con motivos florales en dorado, orlas, motivos caligráficos, representaciones de animales y plantas a página entera.
PROPIETARIOS ANTERIORES: el manuscrito llegó a manos del prícipe Eugenio de Saboya (1663-1736) en calidad de botín de las guerras turcas; desde 1737 está documentado en la Biblioteca de la corte.
SIGNATURA: Viena, ÖNB, cod. A. F. 50. 

Caín como adorador del fuego (detalle del Fol. 4v)


Lecturas:

Varios autores, Las Bíblias más bellas. Taschen 25 aniversario

Gianni Guadalupi, Otomanos en Palacio, Revista FMR edición española pags. 84-96


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Laberintos literarios

Opicinus de Calistris y la pulsión creativa

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sábado, 4 de abril de 2015

Opicinus de Canistris y la pulsión creativa


Opicinus de Canistris, Palatinus latinus 1993 (1336)


“Un creador no es alguien que trabaja por placer. Un creador no hace sino aquello que necesita absolutamente.”

G. Deleuze, Deux régimes de fous


“Existe una pulsión irrefrenable en el ser humano que le empuja a expresarse más allá de la escasez de medios, la falta de formación artística o las circunstancias adversas. Esa necesidad, nacida de la urgencia y las pulsiones más primarias, es especialmente rastreable en el arte realizado por personas diagnosticadas con enfermedades mentales, excluidas de la sociedad o que viven al margen de las convenciones."

Graciela García, El hombre jazmín (web)



Opicinus de Canistris (1296-1350) nació en un pueblo cercano a la ciudad de Pavia, lugar del que tuvo que exiliarse junto a su familia por problemas políticos. El lugar de acogida fue Génova, allí estudió teología y desarrolló la práctica del dibujo para más tarde ingresar en un monasterio de la  corte papal de Avignon donde ejercería de amanuense y cartógrafo. Víctima desde muy joven de periodos depresivos y ataques psicóticos, en 1334 padece una crisis que lo mantiene en coma durante dos semanas. Tras la convalecencia comienza un periodo en el que experimenta éxtasis visionarios, manteniendo encuentros con la Virgen quien le abre la mente a la "Visión de la Verdad" según sus propias palabras. También padece parálisis en el brazo derecho, miembro que -como también dejó relatado-, adquiría en ocasiones movilidad autónoma sintiendo su mano como dirigida por una entidad sobrenatural que le llevaba a dibujar de forma desenfrenada, algo que quedaría registrado en los manuscritos por los que ha pasado a ser conocido: el Palatinus latinus 1993 y Vaticanus latinus 6435.

Opicinus de Canistris, Vaticanus latinus 6435 (1337)

En estas obras aparecen numerosos mapas diseñados antropomórficamente, confluyendo de forma fantástica la geografía física junto a sus propias experiencias psíquicas, narradas autobiográficamente en lo que parece un intento de poner orden a su mundo interior.
Tan extraordinarios documentos despertaron interés en el mundo científico contemporáneo, dentro del cual el mismo Carl Gustav Jung le dedicaría un seminario en 1943 dentro del desarrollo de sus teorías sobre el principio o proceso de individuación (Principium individuationis), editándose más tarde un libro a partir de las notas recogidas por dos de los asistentes (imagen izquierda).
Para algunos especialistas del ámbito de la psiquiatría que también han analizado lus manuscritos de Opicinus, estaríamos ante un caso de esquizofrenia o del síndrome de Geschwind.

Recientemente Graciela García investigadora del que se conoce como Arte Outsider, ha dedicado un texto en su interesante web El hombre jazmín al extraordinario cartógrafo medieval a partir de las notas autobiográficas que éste dejó escritas junto a mapas e imágenes cosmogónicas.



 La mano sola
(fragmento)
por
Graciela García


(...) En la noche del 15 de agosto, vi en un sueño a la Virgen con el Niño en su regazo. Es gracias a ella que ahora puedo dejar este testimonio: por sus méritos y palabras he recobrado parte de mi conocimiento pero, sobre todo, ha sido obrado en mí un milagro: un doble espíritu ha tomado morada en mi cuerpo y mente: mi mano ahora es la que ve, la que sabe. Yo soy su siervo y traductor.
Mi mano derecha es endeble y torpe para el trabajo mundano. Desde febrero de este Año del Señor 1335, de mi propia voluntad he renunciado a los trabajos del scriptorium, no siendo capaz de realizar el trabajo que me había sido encomendado a causa de la debilidad de mis miembros, en especial el brazo derecho, que cuelga dormido a lo largo de mi flanco la mayor parte del tiempo, y queriendo dedicarme por completo a ser mensajero del Señor. 

 Opicinus de Canistris, Vaticanus latinus 6435 (1337)


La enfermedad de la mano y su languidez me acompañan y hasta escribir estas líneas me resulta harto fatigoso. Sin embargo, cuando la Sagrada Virgen se apodera de ella, mi mano es capaz de trabajar noches enteras: todas estas imágenes han sido dibujadas sin ninguna ayuda humana sino la del Señor y de la Virgen. La Verdad que atesoran viene de Dios, de quien yo no soy más que un humilde mensajero.
Tal y como la inteligencia divina abarca juntamente todas las cosas, y tal y como toda cosa en el cielo inteligible también es cielo, y allí también la tierra es cielo, como también lo son los animales, las plantas, los varones y el mar, Dios está en el centro de todo y todo alrededor, y mi mano es su mansa y dócil servidora.
Ahora que todo lo veo, ahora sé: en mí habitan los doctores de la iglesia, las cuatro órdenes monásticas con sus fundadores, los cuatro tipos de exégesis, los cuatro evangelistas, los profetas mayores y menores y la genealogía de María Santísima toda.

Opicinus de Canistris, Palatinus latinus 1993 (1336)


En mí, en mi cuerpo, está ahora todo. Todo el mundo revelado, sus tribulaciones, pecados y gozos están en mí. Y así hace Dios, a través de mí, como si Europa fuese hombre, de un lado, y África mujer, del otro. Adán y Eva y el Mare Diabólicum Satanás.
He aquí el templo derrotado del Señor, cuyos ríos se han convertido en sangre corruptible:
Detalle de la imagen superior girada 180ª
Europa tiene los ojos cerrados, la boca congelada, el brazo cuelga sin fuerzas a su lado, como el mío -porque yo también soy tal, Europa soy yo y sus ríos son heridas sangrantes que debilitan mi cuerpo. Y como en el dibujo que mi mano ha obrado, por gracia de Dios, un dragón muerde mi talón, un león atenaza mi cogote y sobre todo ella, África hija de Satanás, y sus hijos que siembran cizaña en el templo del Señor, susurran a mi oído obscenidades. La corrupción ha sembrado la división en la Iglesia del Señor, y siento yo en mi cuerpo todo este dolor, las mordeduras del león y del dragón. El pecado y la corrupción también están en mí, como está también el Señor y su gracia, como espejos que se miran y reflejan su contrario y se multiplican infinitas veces.
Mi mano sola ha dibujado todo esto, con frenesí, en horas de trabajo febril y doloroso, guiada por la luz de la Virgen y el Señor conjuntamente.
Mi enfermedad se ve con recelo en el monasterio. He sabido que por orden del padre abad, les ha sido prohibida a mis hermanos la visión de mis trabajos. Sólo el hermano Paltius puede entrar en mi celda y visitarme. Paltius me ha hecho saber esta mañana que un tribunal de examinadores de Su Santidad vendrá a verme en cuanto mis condiciones mejoren. Mientras tanto, sus sangrías me mantienen lejos de la ominosa tropa de hijos de Satanás anidados en la Iglesia del Señor. Cuando mis trabajos estén terminados, podré por fin descansar en paz. Haré que los pergaminos sean enviados a Su Santidad, porque en ellos está la Verdad y en la mano de Su Santidad está la salvación del mundo y de la Cristiandad. Que Dios nos proteja y salve.

Opicinus de Canistris, Vaticanus latinus 6435 (1337)


Lecturas:

Graciela García, Arte Outside. La pulsión creativa al desnudo. Sans Soleil Ediciones 2015


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lunes, 27 de enero de 2014

Laberintos literarios


Rabano Mauro, De laudibus Sanctae (Biblioteca Digital Hispana)


El laberinto, pentacróstico o poema cúbico como también se le denominó en época barroca, es un género entre la literatura y las artes plásticas que alcanzó gran difusión durante la Edad Media. Sus orígenes los encontramos en la Antigüedad grecolatina en autores como Simmias de Rodas creador de primitivos modelos de estos artificios literarios, al que luego, a comienzos de la era cristiana, le seguirían otros como Publio Optaciano Porfirio desarrollando nuevas y complejas variantes . El primero es autor de caligramas donde demuestra su ingenio formando con el texto imágenes de objetos como por ejemplo una doble hacha, un huevo o unas alas.

Doble Hacha o labrys
Huevo


Alas
Así (según Rafael de Cózar)  estos poemas caligramáticos donde se aglutina la forma con el mensaje, aludirían a personajes mitológicos: el Huevo a Eros, la hacha doble a Epeios constructor del caballo de Troya, y las alas a Hermes. Dentro de la tradición heredada que otorgaba a la palabra un valor mágico y a su inscripción un poder talismánico, el poema de éste último se inserta en un sistema de lectura en espiral donde se alternan los versos iniciales y finales hasta llegar al centro donde se descifra el sentido.

Crismón
 En el siglo IV Publio Optaciano Porfirio superará la dificultad de los modelos griegos con la creación de los laberintos de letras. Si en los caligramas la forma externa sugería el contenido de los poemas, en los laberintos son las letras las que dibujan en el interior del texto significativas figuras geométricas como las que delinean el Crismón, símbolo del primitivo cristianismo y emblema de la totalidad. En el ejemplo de la imagen vemos resaltadas en el texto las iniciales interseccionadas del nombre griego de Jesucristo, Iesus Xristos que componen su monograma.

Durante la Edad Media la iglesia impulsará la creación de laberintos alcanzando un gran desarrollo en toda Europa. Este arte se convertirá en un gran vehículo de enseñanza religiosa pero con el mensaje oculto siguiendo la tradición bíblica de que la verdad divina debe velarse. De esta manera, como poesía criptográfica, sería dirigida a iniciados. 
El autor de laberintos más interesante de la Edad Media fue el teólogo aleman Rabano Mauro (s. IX) que llegaría a ser obispo de Maguncia. Su tratado De laudivis Sanctae Crucis tuvo una enorme influencia en este arte, siendo ampliamente copiada en manuscritos a lo largo de varios siglos de los que se conservan algunos, y llegando a ser impresa en épocas más recientes. Sobre esta obra Rafael de Cózar dedica parte de un capítulo en su excelente tesis doctoral editada Poesía e Imagen. Formas difíciles de Ingenio Literario (págs. 172-179) del que a continuación dejo unos fragmentos. Las imágenes pertenecen al manuscrito que se puede encontrar en la Biblioteca Digital Hispánica, clicando sobre ellas se pueden ampliar para facilitar la lectura de los textos.


Rabano Mauro: el autor más importante de laberintos 
(fragmentos)
Por
Rafael de Cózar
(Universidad de Sevilla)


(...) En el conjunto de los pentacrósticos o laberintos del tratado de Rabano Mauro hemos observado cuatro tipos de estructuras formales diferenciadas, aunque es la cruz, como decíamos, el elemento básico que componen las figuras del libro: agrupamos así en un primer conjunto los textos con representación figurativa: el segundo viene definido por el fundamento letrista en la elaboración de las cruces y símbolos; el tercero y más numeroso se caracteriza por las figuras geométricas como elementos constructivos, mientras el último, con muy escasos ejemplos, agrupa a los laberintos menos complejos, basados en una cruz simple formada con los ejes vertical y horizontal del cuadro de letras.
En cuanto al primer prototipo, es el dibujo o representación figurativa, en relación con el tema a que alude el texto, lo que delimita las nuevas lecturas a partir de las letras que integra. Todos los cuadrados de letras tienen así una lectura lineal, directa, que procede de los versos en disposición horizontal, pero es posible además obtener otra con las letras que contiene cada figura o dibujo y, en este caso, en cualquier dirección. Entre los objetos representados en este primer tipo de laberintos de figuras pueden verse: la imagen del rey Ludovico Pio, a quien se dedica el tratado ; así como la representación de Cristo con los brazos abiertos, texto de difícil lectura, en el que las líneas del dibujo delimitan las mayúsculas que deben leerse, dentro de la superficie del cuerpo.

 Ludovico Pio



 En la corona aparece: “Rex regum et dominorum”. Si leemos ahora desde los dedos índice y corazón del brazo derecho, a lo largo de este, y el borde de la cabeza hacia el otro brazo, para terminar en los mismos dedos de la mano izquierda, la lectura nos da: “Dextra Dei summi cuncta creavit IHS (Iesus) XPS (Christus) laxabit e sanguine debita mundo”.
La lectura continuaría ahora a partir de los dos dedos de la mano derecha hacia abajo, a lo largo del cuerpo y la pierna derecha hasta el pie, para remontar sobre el borde interno de la pierna izquierda y seguir desde el pie ascendiendo por el borde exterior hasta el cuerpo, el brazo izquierdo y terminar en los dos dedos de la mano. En este caso la lectura nos ofrece el siguiente texto: “In cruce sic positus desolvens vincla tyranni aeternus Dominus deduxit ad astra beatos atque salutiferam dederat Deus arce coronam”. Esta línea se ha visto cortada por el lienzo central que cubre al Cristo, en el que se lee: “Veste quidem parva hic tegitur qui continet astra atque solum palmo claudit ubiq (ubique)suo”.
Otro de los laberintos representa una cruz formada por los ejes vertical y horizontal del cuadrado de letras y los querubines y serafines insertos en las superficies que delimitan los cuatro ángulos de la citada cruz. 


Este texto podría aludir formalmente a la cruz de Jerusalén o de los cruzados, dada la disposición de los cuatro dibujos con las manos y las alas de las imágenes extendidas; este símbolo se compone de una cruz central y cuatro más insertas en los ángulos de la anterior.
Encontramos también un laberinto que forma la cruz a partir del dibujo del cordero dentro de la misma y los símbolos de los cuatro evangelistas en las cuatro direcciones del signo cristiano. Se trata de un poema cuadrado de 36 letras cada uno. 



En la superficie delimitada por el cordero central puede leerse: “Ecce agnus Dei ecce qui tollit peccata mundi”.
El águila, situada en la parte superior del cuadrado de letras y referida a San Juan, nos dice: “Altivolans aquila et verbum hausit in arce Iohannes” y el pedestal o pie del dibujo: “In principio erat V ” (verbum). A modo de brazo derecho de la cruz aparece el león como símbolo de San Marcos con la inscripción “Marcus regem signat” y “vox clamantis” en su base. El brazo derecho lo constituye el toro, San Lucas, con el texto: “Dat Lucas pontificem” y al pie: “Fuit in diebus Hero (Herodis)”. El ángel representa a San Mateo con el texto: “Mattheus hunc hominem signavit in ordine stirpis”, y “liber generationis” en su base.
El cordero tiene además siete cuernos y en la corona en forma de cruz que rodea su cabeza puede leerse también: “SEPTE SPS (spiritus) DEI”.



Encontramos también una cruz formada por siete flores en horizontal y vertical que aluden, según nos dice el título, a los siete dones del Espíritu Santo enumerados por Isaías , y dentro también de este mismo grupo de laberintos, destacamos el que representa, al final del tratado, una cruz y un monje a su pie adorándola, imagen que se refiere al propio autor.



Este último ejemplo, de sencilla lectura, nos da en la cruz superior el siguiente texto: “Oro te ramus aram ara sumar et oro”. Lo más interesante es que se trata de un anacíclico o retrógrado perfecto, lo que permite la lectura invertida letra a letra con el mismo resultado.
Ello supone que podemos iniciar la misma por cualquier de los cuatro vértices de la cruz sin alterar la frase. Esta forma de artificio, a la que hemos aludido con frecuencia en capítulos anteriores, no parece muy frecuente en esta época y, sin embargo, nuestro autor la integra en la dificultad del laberinto.
Si unimos además las letras que ofrece la superficie del monje, situado en posición de adoración al pie de la cruz, obtenemos el texto: “Rabanum memet clemens rogo Criste tuere o pie iudicio”, por el que el autor pide a Cristo le justifique.

El segundo tipo de laberintos, también con siete ejemplos, está constituido por textos con cruces insertas y formadas a partir de diversos moldes de letras. En estos casos el autor agrupa diversas letras del poema para formar con ellas otras letras mayores que constituyen a su vez nuevas palabras. Con estas se construye la cruz en varios de los casos. Esta forma llama la atención por su complejidad y los diversos escalones de lectura que permite. Como en todos los textos del tratado de Rabano Mauro, sigue existiendo una dimensión discursiva, lineal, que procede de la disposición horizontal de los versos. Sobre esta base de unidades mínimas se destacan otras letras que agrupan a las anteriores y nos dan un nuevo texto si unimos las letras que integran cada una, a la vez que una o más palabras en este escalón de lectura. Junto a esto, con frecuencia esta palabra forma gráficamente una cruz, último aspecto a considerar.



La figura de arriba nos sirve de ejemplo para explicar esta compleja estructura. Se trata de un cuadrado de 26 versos sobre los que destacan nueve mayúsculas colocadas en forma de cruz. Cada una de estas letras agrupan otras del texto formando las palabras: C: Seeraphin, R: Cheerubin, V: Arcangeli, X: Aangeli, S: Virtutes, A: Potestate, L: Throni, V: Principat, S: Dominationes, y están dispuestas, según decíamos, en forma de cruz, formando la inscripción: CRUX SALUS.



La figura superior, interesante monograma de Cristo que responde al tipo llamado lábaro o “signum Dei”, compuesto por las dos iniciales griegas de su nombre: La “X” y la “P”.
Este es para algunos un símbolo cristiano anterior incluso al de la cruz, y en este caso las dos letras vienen formadas por otras mayúsculas griegas, cada una de las cuales es a su vez un conjunto formado por las letras del poema (cuadrado de 41 versos). La letra “P” iniciada en la base del arco, para continuar hacia abajo por el palo, en sentido contrario a las agujas del reloj nos da las letras: OCHP IHCYC ALHQIA en las que se inscribe el texto: “Nam alma decet radiant scripta hinc quod nomine Christi, sancta salutaris laudat haec scriptio Christum”. La letra “X”, iniciada en el vértice superior izquierdo, nos da: QCXPCIHC que compone: “Christus homo est placidus nempe arbiter hic quoque mundi est”.



El último laberinto de este tipo también constituído por una cruz con las mayúsculas ALLELUIA sobre el eje en forma de cruz. El punto central del cuadrado de letras es una pequeña cruz con las letras “Amén” destacadas. El texto inserto en las letras mayúsculas nos da de arriba a abajo y de izquierda a derecha: “Crux aeterna Dei es laus vivis in arce polorum”.
El tercer tipo en que podemos agrupar los laberintos de Rabano Mauro integra las cruces formadas por figuras geométricas diversas. Es el tipo más frecuente en este tratado y suele tener a menudo implicaciones numéricas, sirve para simbolizar aspectos que el contenido del poema desarrolla.



La figura superior referida a las cuatro virtudes fundamentales, constituye una cruz teutónica a partir de cuatro triángulos con la base hacia el exterior: prudencia, justicia, fortaleza y templanza son los temas a los que aluden estos.



En esta otra la cruz viene formada por cuatro círculos que simbolizan a los cuatro elementos, las cuatro plagas, las cuatro estaciones y los cuatro cuadrantes del día, temas a los que alude el título de laberinto y que aparecen recogidos en los citados círculos.



Una cruz con los vértices finalizados en tres ramificaciones, una central y dos diagonales, un poco en la línea de la cruz teutónica o triangulada, con doce puntas por tanto que aluden a los doce meses, los doce signos, los doce apóstoles, las plagas y los diversos misterios de este número.



Esta otra continúa en esta línea de interpretación de valores numéricos: “De numero septuagenario et sacramentis eius” mediante una cruz con cuatro circunferencias a modo de brazos y otra central, que se han formado resaltando determinadas letras con pequeños recuadros. Entre cada uno de estos se deja una letra libre dentro de la superficie de cada uno de los cinco puntos de la cruz: el centro y los cuatro brazos. Nos recuerda esta forma la de la llamada cruz “botanada”, en la que las citadas circunferencias representan los puntos cardinales de cualquier espacio.



En cuanto a esta, reproduce la cruz triangulada y nos da como texto, a partir de las letras resaltadas por pequeños cuadrados, formando los triángulos: “Crux sacra tu aeterni es regis victoria Christi”. Son cuarenta letras insertas en estos cuatro triángulos, lo que nos explica el tema sintetizado en el título del laberinto: “De mysterio quadragenarii numeri”.



Esta se refiere también a interpretaciones numéricas, en este caso del número sesenta, y aparece en ella la cruz "ovalizada" que simboliza, según M. Vázquez: "El movimiento contínuo de las fuerzas en todo ser vivo, movimiento que toma el aspecto centrípeto o el centrífugo según se considere un lado u otro de cada óvalo"



El cuarto y último prototipo, sin duda el de más fácil realización y el menos numeroso en el tratado de Rabano Mauro, es el constituído por laberintos de letras en los que se ha destacado el verso central en disposición horizontal y vertical para formar la cruz. Este es el siguiente caso, un cuadro con la cruz central y la letra O en los extremos de la cruz y los cuatro ángulos del cuadrado.


Lecturas:

Rafael de Cózar, Poesía e Imagen. Formas difíciles de Ingenio Literario. El Carro de Nieve 1991 (Sevilla)

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lunes, 3 de junio de 2013

Imágenes del Apocalipsis


Beato de Fernando I y Sancha de Aragón, folio 230 v. (detalle)



Beato, abad de Liébana (730-785), capellán de la reina Osinda, esposa de Silo rey de Oviedo, escribió un comentario sobre el Libro del Apocalipsis, texto incluido en el Nuevo Testamento donde se narra la visión experimentada en la isla de Patmos por el apóstol Juan en el siglo primero de la era cristiana. La obra de Beato que vio la luz en años cercanos al fin del milenio, enseguida gozó de gran popularidad y fue copiada e ilustrada en numerosos manuscritos, lo que contribuyó sobre todo a partir del siglo X, a enriquecer el simbolismo y la iconografía expresada por constructores de catedrales y escultores románicos. Entre los "Beatos" conservados se encuentra el que perteneció a Fernando I y Sancha de Aragón, considerado uno de los más bellos por las miniaturas que lo ilustran, exponente de arte mozárabe en su esplendor. 
El semiólogo y medievalista Umberto Eco dedicó algunos estudios a este manuscrito conservado actualmente en la Biblioteca Nacional de España, parte de ellos publicados por la revista FMR en su edición española de 1991 que ahora inspiran esta entrada. Especialmente interesantes me resultaron los comentarios dirigidos a analizar algunas de sus imágenes, facilitándome con ello el adentrarme en la iconografía de esta obra maestra de la iluminación medieval.



El Beato de Fernando y Sancha
(comentarios a ilustraciones)
Por
Umberto Eco



El Arca de Noé

Folio 109

El Arca de Noé.
El capítulo sobre el Arca de Noé es una de las disgresiones ajenas al texto del Apocalipsis que aparecen en el Comentario del Beato. Se encuentra después del comentario a Ap. 3, 14, sobre la iglesia de Laodicea, la última de las siete iglesias asiáticas.
Beato sostiene que el Arca de Noé representa las siete iglesias y basa su afirmación en una serie de paralelismos simbólicos.
 "Haec itaque arcae fabrica ecclesiae nostrae tipum perspicue indicabat..." ("Así este Arca indica claramente la construcción de nuestra Iglesia...") Noé representa a Cristo, y el Arca, de madera imperecedera, a su Santa Iglesia, cuyas siete subdivisiones asiáticas están representadas por las siete personas que el Génesis dice que entraron con Noé.


 El Arca es tripartita y sus tres partes representan el paraíso, la tierra nueva en la que aparecerá la Jerusalén Celeste y el reino de los cielos. También sus medidas tienen un valor simbólico: por ejemplo, el hecho de que midiesen cincuenta codos de latitud se refiere al hecho de que el día de Pentecostés es el quincuagésimo día después de la Pasión. El miniaturista, de todas formas, ha dejado de lado el texto de Beato y ha representado algunos de los animales del bestiario medieval. Amen de animales exóticos, como el elefante y el dromedario, aparecen también animales legendarios como la esfinge, el grifo o el dragón.



Apertura de los cuatro primeros sellos 

Folio 135

Apertura de los cuatro primeros sellos.
La referencia es Apocalipsis 6, 1-8. Aparecen los cuatro jinetes. El texto de la miniatura dice: "Equus / alvus (por albus) et qui sebebat / super eum abebat / arcum / Equus roseus et qui / sebebat eum abebat / gladium. / Equus niger et qui sedebat / super eum abebat gladium / Infernus sequebatur / eum". El ilustrador no sigue literalmente el texto de San Juan. El diablo que los sigue representa el infierno, aunque para Beato el diablo es el mismo cuarto jinete. La exégética usual afirma que el primer jinete (que recibe una corona) representa el reino de los Partos, y por lo tanto las invasiones bárbaras, el segundo la guerra, el tercero la carestía y el cuarto la muerte y las epidemias.
Beato, en cambio, ve al primer jinete como el espíritu de la predicación, y por eso los "Beatos" lo hacen coronar por un ángel; el segundo es la guerra y el tercero el hambre, pero el cuarto es la encarnación misma del pueblo de los muertos a la gracia y a la salvación, el príncipe de la contradicción y el primer aviso del Anticristo. Beato aprovecha para pronunciarse contra herejes y cismáticos, volviendo a antiguas polémicas antidogmáticas, olvidadas hacia varios centenares de años.


Apertura del pozo del abismo y subida de las langostas

Folio 171 v.

Apertura del pozo del abismo y subida de las langostas.
Apocalipsis 9, 7-12. Aquí se dice que las langostas tenían el aspecto de "caballos preparados para la guerra", rostros de hombres, cabellos de mujer, dientes de león, corazas de hierro, colas como escorpiones, y sus alas hacían el ruido de muchos caballos que corren a la batalla. El texto de la miniatura es el siguiente: "Hec locuste ubi / angelus perdic/ tionis super eas / imperat / Ubi locuste / ledunt homi / nes". El ángel de la predicción, llamado Abaddón, o el Destructor, lo cita el Apocalipsis.
Aquí la tradición iconográfica interpreta más bien libremente, conserva los caracteres animales e insinúa los cabellos de mujer pero olvida los demás atributos humanos y las alas. El gusto teratológico de esta página nos recuerda que Neuss aprecia en el manuscrito de Madrid, aquí reproducido, interesantes analogías con el arte celta, que se perciben en los juegos decorativos que encuadran muchas miniaturas. Por otra parte, las analogías estilísticas llegan hasta cierto punto.
En estas miniaturas no se advierte la furia zoomófica con la que los entrelacs irlandeses se enroscan y se generan unos a otros en un conjunto "abierto" y orgánico. En el Beato de Madrid hay más bien, como se ha observado, una repetición continua de combinaciones geométricas y un juego de superficies que "cierra" el cuadro y, en vez de desencadenar alucinaciones, concentra la atención del espectador.


Los jinetes, sobre caballos con cabezas de león que vomitan fuego

Folio 174 v.

Los jinetes, sobre caballos con cabezas de león que vomitan fuego.
Apocalipsis 9, 17-22. El exterminio de la tercera parte de los hombres por los cuatro ángeles del Eufrates es obra de innumerables ejércitos de caballeria, con caballos con la cabeza de león y cola de serpiente. La miniatura dice: "Ubi equos habent capita leonum et ignis exit / ex ore eorum / et sedentes super eos habebant loricas igneas / et sulforeas / Ubi occisa est tertia pars hominum". (Traductor de Google: "Cuando los caballos tienen las cabezas de leones, y el fuego se apaga / fuera de la boca / y los que estaban sentados sobre ellos tenían corazas de fuego / y sulforeas / Dónde fue muerto la tercera parte de los hombres") 
También quí el juego cromático de los caballos, la textura de su capa y de los trajes de los jinetes, prevalece sobre cualquier proyecto simbólico. El miniaturista mozárabe se encuentra evidentemente en una situación distinta de la del artista románico o gótico que, sobre el mismo texto apocalíptico, dos o tres siglos más tarde, será inducido por el comitente (y coautor) a precisas y codificadas representaciones con una fidelidad didáctica. 
Aquí la actividad iluminatoria, llevada a cabo  dentro de la scriptoria, permite al artista algunas variaciones, respetando los canónes estilísticos y los modelos internos de la tradición de los "Beatos", pero sin atenerse literalmente al texto ilustrado. Sin embargo, sería imprudente hablar de predominio del decorativismo sobre la dramatización. Sin duda los manuscritos que Neuss adscribe al primer tronco de "Beatos", cuyo representante más ilustre es el Apocalipsis de San Severo, son más "realistas" en el sentido moderno occidental del término; pero también en los segundos del tronco, al que pertenece el nuestro, la representación, por ejemplo de los cuerpos de los muertos,deciyuntados y retorcidos, alcanzan la máxima dramatización consentida por las reglas figutativas seguidas. Y para el lector del manuscrito tales imágenes siempre evocaban visiones de terror y amenaza de castigos indescriptibles.
Por otro lado, se realiza aquí una convención que Panofsky señalaba en el arte egipcio: los personajes de la visión, los agentes divinos, son hieráticos y están ennoblecidos por la gracia y compostura de los gestos, pero en los personajes "humanos" (como aquí los muertos) se acentúa la perspectiva, hay contorsión naturalista a su manera.


El templo con el Arca de la Alianza y la Bestia que surge del abismo

Folio 184 v.


El templo con el Arca de la Alianza y la Bestia que surge del abismo.
La primera aparición de la Bestia tiene lugar en el capítulo 11,19 y abre una serie de epifanías del animal diabólico. El texto dice: "Templum apertum / Ubi bestia ascendit de abiso". En las ediciones modernas, la bestia es nombrada en el 11, 17, pero en el texto de San Juan en el que se basa  Beato es citada en el 11, 19. Beato lee aquí una alusión a la Bestia como Anticristo que desencadena contra los cristianos, que aquí aparecen como testigos. El miniaturista, en este caso, está claramente influido por el Comentario, porque representa a la Bestia como la Bestia que viene a la tierra, refieriendose a Ap. 13, que es precisamente el Anticristo.


Lucha del Dragón con la mujer, su hijo, Miguel y sus ángeles

Folio 186v. y 187

Lucha del Dragón con la mujer, su hijo, Miguel y su ángeles.
Apocalipsis 12, 1-18. Es una de las secuencias más drámaticas de la visión de San Juan. Aparece una mujer encinta, vestida de Sol, con la luna bajo sus pies, que tiene sobre la cabeza doce estrellas; y un dragón rojo con siete cabezas y diez cuernos y sobre las cabezas siete diademas. Su cola arrastra una tercera parte de las estrellas del cielo y las precipita sobre la tierra. Luego, la Mujer da a luz un hijo varón (que es arrebatado hacia el trono de Dios) y se retira al desierto, mientrad Miguel y sus ángeles empiezan una batalla contra el dragón. Derrotados por los ángeles, el Dragón (que es Satanás) se lanza contra la Mujer, pero a ésta le son dadas dos grandes alas de águila para huir: El Dragón vomita contra ella un río de agua para sumergirla, pero la Mujer abre la boca y se traga el río. El Dragón, lleno de furor, continúa la guerra contra la descendencia de la Mujer y se detiene en la orilla del mar, de donde, en el capítulo siguiente, surgirá la Bestia que viene del mar. La leyenda dice: "Mulier / amicta sole / et luna sub pedibus / eius et super caput eius / coronam stellarum / duode / cim / Michahel et angeli / cum draco / pugnant / Ubi puer / raptus est / Ubi date / sunt mullie / ri ale aqui / le ut volaret / in heremum / Serpens / misit aquam / ex oresuo po / st mulierem / Ubi / draco / traxit / tertiam partet / Stellarum / Quos draco traxit / angeli in infernum mittunt. / Diabolus ligatus in infernum tenetur". 
La alegoría apocalíptica es bastante clara. Aunque la Mujer sea considerada Eva o el "pueblo elegido" del cual nace el Mesías, y por lo tanto la Iglesia, la tradición litúrgica la identifica con María. El resto de la batalla es una clara alusión al nacimiento del Mesías y a la lucha de las fuerzas infernales contra su pueblo fiel. La tradición de los "Beatos" esta vez se atiene literalmente al texto incluso ha intentado representar la secuencia de acontecimientos condensando en forma sincrónica la estructura temporal del relato. Así, la Mujer aparece dos veces, una coronada de estrellas y con la luna bajo los pies (elemento iconográfico que se perpetuará hasta nuestro días en las estatuas de la Virgen, pero con la serpiente, de dimensiones reducidas, aplastada bajo su pie), y otra en forma de águila. Con una espléndida figura de retórica visiva, la Mujer en lugar de encinta y vestida de sol, aparece encinta del sol. La idea se encuentra a menudo en el tronco de "Beatos" al que pertenece el nuestro (por ejemplo los de Urgel, Gerona, Valladolid). En los "Beatos" del primer tronco, más realistas, se ve, en cambio, a la Mujer que expulsa al niño (Escorial), o que lo lleva en el vientre (Osma).


 Al representar a los secuaces del demonio precipitados en el Infierno, se anticipa, para complementar la alegoría, la imagen del diablo en lo profundo de los infiernos, que en el Apocalipsis, en cambio, no aparece has el capítulo 20.
Obsérvese, también, la precisión con que, distribuyéndolas sea en parejas o bien aisladamente sobre cada cabeza, la tradición iconográfica representa diez cuernos sobre siete cabezas.
 Evidentemente nos encontramos ante una imagen que estimulaba la fantasía de los contemporáneos y que remitía a otros casos de la pedagogía al uso. El miniaturista se siente investido, pues, de una función didáctica y simbólica, cosa que no ocurre en otras ilustraciones. De aquí que la fuerza de la representación y la precisión de los detalles, se encontrase en el estático esquematismo de otras páginas.
El mismo Beato, por su parte, ve a la Mujer como la iglesia y a las doce estrellas como las doce tribus de Israel. Por lo que respecta  a los diez cuernos, representan los diez reinos que seguirán a la caída de Roma, hasta llegar al undécimo, que será el Anticristo.
La obsesión del Anticristo  lo induce a interpretar simbólicamente  todas las acciones del Dragón, no sólo como momentos de una batalla entre el Mesías y el diablo , sino como figuraciones del Anticristo venidero, aunque en este caso el Dragón y el diablo aparecen como representaciones de Herodes. Se aadvierte aquí la probable interferencia de varios comentarios. De todas maneras, desde este capítulo en adelante, Beato inicia su canto "apocalíptico" sobre el Anticristo, y el tema seguirá, en todas las páginas del Comentario. 


El quinto ángel vierte una copa sobre el trono de la Bestia

Folio 219

El quinto ángel vierte su copa sobe el trono de la Bestia.
Apocalipsis 16, 10-11. Al verterse la copa sobre la Bestia, su reino queda envuelto en tinieblas y los hombres se muerden la lengua de dolor, blasfemando contra Dios, pero no se arrepienten de sus actos. Es la plaga que cae directamente sobre el Imperio Romano. San Agustín había hablado de ello en tonos dramáticos, ya que mientras escribía tenía lugar el saqueo de Roma por los bárbaros.
La miniatura dice: "Ubi quintus angelus / effundit fialam suam / super tronum bestie".
La tradición iconográfica no es muy coherente en el uso de sus códigos heráldicos. La Bestia debería de ser la que antes surgió del mar, y efectivamente tiene siete cabezas pero no tiene diez cuernos.


De la boca del Dragón, de la Bestia  y del pseudo profeta salen tres espíritus inmundos en forma de ranas

Folio 220 v.

De la boca del Dragón, de la Bestia y del pseudo profeta salen espíritus inmundos en forma de ranas.
Apocalipsis 16, 13-16. El trío diabólico y satánico-imperial formado por el demonio, el Imperio Romano y el Anticristo emite espíritus inmundos que obran prodigios y van a reunir a los reyes de la tierra para la lucha final contra los ejércitos divinos, en el lugar llamado Armagedón. Para Beato, que ha insistido repetidamente sobre el hecho de que el pseudo profeta o Anticristo está representado por los malos sacerdortes y por los obispos heréticos, las ranas (animales inmundos y fétidos que se revuelcan en el barro), representan la locuaz vanidad de estos seductores.
Se comprende entonces la razón de que en los distintos "Beatos" el pseudo profeta no sea representado como la Bestia que sale de la tierra, sino con forma humana. El el Beato de Osma aparece incluso vestido de obispo, con tiara y báculo.
La transformación humana del pseudo profeta incide curiosamente en las imágenes de los otros monstruos. En lugar de un dragón de site cabezas y una bestia con siete cabezas y diez cuernos, nos encontramos casi siempre con una serpiente y una bestia monocípites. La disposición es casi siempre la misma, con la serpiente que domina a los otros representante diabólicos, menos en el Apocalipsis de San Severo, donde la secuencia es horizontal. Hay además otra cosa curiosa que ni siquiera Neuss, el máximo estudios de la genealogía de los "Beatos", a explicado. 
Miremos nuestra miniatura: en lugar del pseudo profeta hay tres individuos y la rana, en realidad, no sale de su boca, como la de las dos bestias, sino que parece apoyarse sobre el cuello, como para morderlo. La primera interpretación que quisiéramos sugerir es que, influido por el texto de Beato, que habla de la acción corrupta del pseudo profeta sobre el pueblo cristiano, el miniaturista de este códice realiza una curiosa operación metonímica, confiando a sólo dos bestias la representación de las fuerzas diabólicas y representando, como en una secuencia temporal, al tercer espíritu inmundo, ya salido de la boca del pseudo profeta y en acción, vampíricamente dedicado a seducir a los fieles.



 El séptimo ángel vierte la copa en el aire

 Folio 223

El séptimo ángel vierte la copa en el aire.
Apocalipsis 16, 17-21. Se vierte la copa en el aire y una fuerte voz sale del santuario de Dios diciendo: "Hecho está!". Estallan truenos y relámpagos y hay un gran terremoto y la grande Babilonia se divide en tres partes.
La lectura es bastante clara. Para Beato las tres partes en las que se divide Babilonia son, de un lado, los infieles y los gentiles, del otro, los miembros de lo que San Agustín llamaba el corpus permixtum de la Iglesia, la Iglesia verdadera y los malvados, simulacro del Anticristo. Por esto las siete palgas son espirituales, porque coexisten en el interior del cuerpo de la Iglesia en esta tierra. El miniaturista escribe: "Et septimus angelus effudit fialam suam in aerem et factus est fulgura et grando / Civitas divisa est / in tres partes". (Y el séptimo ángel derramó su copa por el aire, y se convirtió en un relámpago y en granizo / Y la ciudad se dividió  en tres partes)
Figuradamente resuelve el drama con elegancia abstracta.


La caída de Babilonia

Folio 233 v.

La caída de Babilonia.
Apocalipsis 18, 1-20. Poéticamente es uno de los pasajes más vigorosos del texto de San Juan; está prefigurada en él la caída de Roma, resuenan los vaticinios de Ezequiel sobre la ruina de Tito, el estilo semeja un himno... El miniaturista anota: "Ubi Babilonia idest / iste mundus ardet" y luego nos ofrece una visión en la que la ciudad parece construida con un "Lego" multicolor. Y sin embargo su elección no es arbitraria, porque sigue la tradición de los "Beatos" fascinados por los pasajes que en el texto describen la riqueza de la ciudad, sus ricas mercancias, las perlas, la púrpura, la seda, los objetos de marfil. Así, Babilonia es descrita como un cofre precioso y refinado, tal cual era un momento antes de que el fuego cayese sobre ella.


La Nueva Jerusalén

Folio 253 v.

La nueva Jerusalén.
Apocalipsis 21, 1-22. Se ha hablado ya de la representación de la Nueva Jerusalén y de la descripción de las piedras preciosas que la adornan: "su esplendor es como el de una piedra preciosísima como el jaspe cristalino... Los fundamentos del muro de la ciudad están adornados de toda clase de piedras preciosas". El texto dice que sobre las doce puertas están escritos los nombres de las doce tribus de Israel, y en los doce fundamentos de los muros, los nombres de los Doce Apóstoles. La tradición iconográfica elabora una refinada combinatoria simbólica: representa la ciudad perfectamente cuadrada, como la describe San Juan, pero fusiona puertas y fundamentos, insertando en cada uno de los doce nichos un Apóstol y hace corresponder a cada Apóstol una de las piedras preciosas citadas en el texto.
Dice , en efecto, la leyenda:
"Iaspis / Petrus / Saffirus / Andreas / Carcedona Iudas / Zmaragdus / Simon Zelotes / Sardonix / Crisolitus / Iohanes / Betillus / Filipus / Tophation / Thomas / Crisofasus / Iacobus / Iacinctus / Matheus / Ematites / Mathias".
La mística del cuadrado como símbolo de perfección domina toda la Edad Media. Aquí los Doce Apóstoles aparecen en su admirable consecuencia de la multiplicación de dos números sagrados, el tres y el cuatro.


Junto a este análisis iconográfico de las pinturas que ilustran el manuscrito -realizadas unos dos siglos después de que Beato escribiera su comentario al Apocalipsis de San Juan-, Umberto Eco continúa el ensayo desde una perspectiva crítica -no exenta también de irónica autocrítica- como semiólogo y científico centrándose en la parte literaria. No considera al Abad de Liébana precisamente un gran autor, algo que podemos entender dadas las circunstacias del periódo en que vivió (s. VIII), nada favorable al desarrollo cultural. Su texto se encuentra plagado de confusiones culturales, escrito además con una sintaxis capaz de desalentar al investigador acostumbrado a las más escandalosas corrupciones del latín medieval, se suceden contradiciones continuamente así como acumulaciones de citas sin ningún orden ni sentido. En fin, una lectura nada agradable y de dificil interpretación. Pero todo ello no fue obstáculo para que la obra se convirtiera en una de las más leídas de su tiempo, algo en lo que seguro tuvo que ver una realidad social que parecía anunciar el fin de los tiempos y que encontrarían los lectores profetizada en sus páginas. Sobre ese panorama desalentador Eco hace una descripción extensa, toda la serie de hambrunas, epidemias, guerras etc... La parte final de su investigación que a continuación transcribo, la dedica a reflexionar sobre la evolución del Libro del Apocalipsis en la historia a través de lo que el llama de forma irónica sus "interpretantes" -entre ellos el propio Beato-,  y cómo en ese texto se encuentra un modelo o esquema -que podríamos llamar arquetípico- que se ha adaptado a lo largo de la historia a fines de muy diferente signo.


A finales del primer siglo de nuestra era, en la isla de Patmos, el apóstol Juan tuvo una visión. Si no fue Juan, si no tuvo la visión o simplemente si lo que escribió fue un texto del género literario de las "visiones" (o Apokalipsis, Revelación) es algo que carece de importancia. Porque de lo que nos estamos ocupando es de un texto (y del modo que fue leído). Pero es que un texto, cuando está escrito, no tiene a nadie que le respalde, y por el contrario tiene enfrente, cuando sobrevive y durante todo el tiempo que sobrevive miles de intérpretes. La lectura que éstos hacen genera otros tantos textos que son paráfrasis, comentario, utilización descarada, traducción a otros signos, palabras, imágenes, incluso música.
Un texto es un desfile de formas significantes que esperan ser rellenadas (y que la historia, como dice Barthes, se encarga de rellenar); los resultados de este "rellenar" son casi siempre otros textos. Peirce los hubiera llamado los interpretantes del primer texto. (...)
El hecho es que este artículo trata sobre "algunos interpretantes" del texto llamado Apocalipsis. Así, ya desde el principio, el primer texto nos aparece desenfocado, mediatizado por otros sucesivos que han sido elegidos como punto de partida y no como fin, e incluso  éstos han generado otros textos entre los cuales el que ahora se lee sobre estas páginas y que es una interpretación más y no la última. Si desde la periferia más amplia de este círculo en expansión de la semiosis ilimitada volvemos al texto original, no podemos ni siquiera decir que este resulte claro y definido como un cristal. Porque ese texto, el Apocalipsis de San Juan, parece hecho a propósito para mofarse de las lecturas definitivas, como han visto claro todos sus lectores. Diremos con modernidad blasfema que ésta es una obra abierta y que, probablemente (no sabremos nunca con absoluta certidumbre si la hipótesis, además de probable, es exacta), la haya querido así su autor. (...)

El Apocalipsis: esquema y variaciones.

Norman Cohn, en su libro sobre los movimientos apocalípticos, intenta demostrar que el mismo esquema inspira a Müntzer, a los bigardos, a los cátaros, a la ideología revolucionaria comunista y a las indiscutibles citas apocalípticas  que se encuentran en el Mein Kampf de Hitler. Y es verdad, en el sentido que de vez en cuando, en el curso de la historia, un grupo se presenta como llamado, elegido o privilegiado, y teoriza una situación conflictiva de la cual deberá surgir una transformación de la historia.
Pero razonando así se crean dos peligrosas confusiones: por un lado, se confunde la estructura conflictiva del Apocalipsis y su juego de oposiciones vacías con los contenidos que se pueden introducir en ellas; por el otro, se confunden disposiciones psicológicas con resultados históricos. Veamos la segunda confusión: ciertamente hay una dinámica del entusiasmo, por la cual similar energía nerviosa puede animar al anabaptista que defiende su ciudad perfecta y al joven de la Hitlerjugend que se exalta en el estadio de Nurember. Pero esta tensión psicológica cambia según el tipo de garantía en la que se apoya el entusiasta y que puede ser una visión sobrenatural, un ideal de poder, una necesidad económica o un sentido de necesidad de clase. El entusiasmo milenarístico, en este sentido, confirmó una pátina aparentemente semejante a exigencias distintas, tanto en los entusiasmos fáciles como a los sufridos y meditados. Está, además, la confusión sobre el contenido de las oposiciones. Ciertamente, si se quiere cambiar el mundo, el juego antinómico de las dos ciudades o de las dos comunidades simplifica el problema. Es evidente que, a su manera, tanto San Agustín como Marx motivan las razones y los contenidos de sus oposiciones y estos contenidos reducen la rigidez de la oposición misma. Si para Marx ça va sans dire, San Agustín resolvía la oposición bruta con una dialéctica mucho más matizada, en la que la abstracción de los opuestos se confundía en la realidad histórica para dar vida a situaciones conflictivas en las que las cartas humanas estaban muy mezcladas, y la historia de la salvación era más la historia de una sínteis de los opuestos que el jaque mate de las blancas o las negras. Lo cual es bien distinto al juego maniqueo del apocalíptico-anarquista, tipo Tanquelmo, que no duda de la absoluta pureza de su postura y resuelve la dicotomía matando a los otros. Por último, hay una manera de articular las oposiciones que, cambiando los contenidos, invierte incluso el esquema "cerrado" del modelo de San Juan; es ya importante que el joaquinita identifique a la Bestia con el clero corrompido, mientras el tafur cruzado la identifica con los judíos; y es importante que Nietzsche relea el Apocalipsis a su manera, definiendo al Anticristo como aquél a quien es providencialmente debida la plenitud del milenio futuro. Pero es todavía más importante que en los movimientos revolucionarios modernos la tierra tome el lugar del cielo y viceversa, y que el "pueblo", que en el texto de San Juan aparece siempre adorando a la Bestia y preparado para recibir el castigo infligido por los ángeles (y Beato está dominado por esta sugestión), en el Manifiesto comunista de 1848 se convertía, en cambio, en el protagonista de la historia futura, al que corresponde pronunciar el juicio final, con lo cual determinaría el fácil juego que descubre el modelo apocalíptico en cada conmoción de la historia. Y sin embargo, no podemos evitar la sospecha de que, en cierta manera, un mismo modelo subyace bajo los comportamientos más dispares: el Apocalipsis es el modelo permanente de la espera de una catástroce; es el modelo permanente de una esperanza de transformación; es el modelo permanete de una conflictividad que atraviesa toda la historia humana. El modelo funciona plenamente cuando estos tres elementos entran en juego: una pasión por lo negativo y el valor de admitir que no podemos estar satisfechos del presente; la decisión de transformar la historia; la conciencia trágica de que esta transformación implicará, de todas maneras, un conflicto jamás desvanecido definitivamente. La diferencia en la utilización del Apocalipsis depende del modo en que se articulen estos tres elementos, y de la decisión de concebir un proceso cerrado (coronado por un Final, trágico o glorioso) o un proceso abierto, donde la capacidad de transformación se convierte en el valor dominante.
Pueden considerarse apocalípticos de segundo orden los profetas de desventuras que han cantado a comienzos de nuestro siglo "los apocalípticos de nuestro tiempo", los cantores de la decadencia de la civilización, los aristócratas sensibles asustados por el ascenso de las masas: casi todos han tenido que recurrir a un renacimiento de la conciencia, cuando eran liberales e ilustrados; en el peor de los casos han servido de libro sagrado para restaurar totalitariamente un orden de otros tiempos, obra de Nuevos Elegidos. Y apocalípticos son los que han entendido la transformación como una reintegración en la Tradición. La tipología podría continuar, si no fuera quizá inútil querer juzgar todos los fenómenos culturales usando un único libro como papelillo de tornasol, ya que tampoco es seguro que la manera en que ahora se lo está leyendo no sea una más de las muchas formas en que ha sido usado y traicionado. Pero una obra abierta vive para ser traicionada, y se vuelve peligrosa cuando inspira dogmas.
La única forma de hacer justicia al Apocalipsis (y de hablar de él científicamente), es decir: hubo una vez un texto tan imaginativo y polivalente que inspiró diversas lecturas; y, aunque no nos guste, este texto sigue hoy produciendo sus efectos. Por lo demás lo único que podemos hacer es analizar los modos y los efectos derivados de una determinada lectura, que es la que hemos intentado hacer con Beato. Lo que nos ha llevado a remontarnos y llegar hasta nuestros tiempos es precisamente el mismo error cometido por Beato, e haber llenado demasiado texto. Al obrar así impresionó tanto a sus contemporáneos y (a través de diversas mediaciones) a las generaciones posteriores que obtuvo el efecto contrario: desencadenó una serie de lecturas que el jamás hubiera podido prever, y de las que el virtuoso abad y consejero del rey se habría horrorizado.
Si creyésemos en los profetas, diríamos que éste es el justo castigo para quien pretenda comentar a los profetas.


El Apóstol San Juan en el trance de su Revelación
Beato del Fernando I y doña Sancha, folio 112 v. (detalle)



Lecturas:

Revista FMR nº 7 de la edición española pgs. 15-46

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