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viernes, 27 de junio de 2014

El poder de las imágenes


La Mónada Jeroglífica en Oedipus aegyptiacius II pag. 29 (1656). Imagen simbólica rediseñada por Athanasius Kircher a partir de la creada por John Dee en 1564.
Joscelyn Godwin comenta sobre ella: "Kircher la considera símbolo del sistema del mundo: arriba, se encuentra el universo tolomeico de elementos, planetas y estrellas fijas interseccionado por la Luna; abajo, los cuatro elementos o cuatro ángulos de la Tierra con la serpiente al pie 'que denota el poder divino que permea todas las cosas'. En su interpetación la reduce a poco más que al sómbolo de Venus, que los egipcios conocían como Anj o cruz ansata y que representa la superioridad del espíritu sobre la cruz de la materia".


Quien se acerque a la obra del jesuita Athanasius Kircher en estos tiempos de especialistas, no puede dejar de sentir asombro ante el basto círculo de conocimentos que llegó a abordar. En sus publicaciones lujosamente editadas, se tratan temas científicos y teológicos (donde el simbolismo judeocristiano y egipcio se une al de la mitología clásica siguiendo la filosofía hermética) entre los que encontramos el estudio de las manchas solares, vulcanología, experimentos con la linterna mágica, invención de aparatos musicales, metafísica, astronomía, lenguas orientales, geroglíficos egipcios, óptica, magnetismo, la Torre de Babel, el Arca de Noé, reuniendo todo ello un compendio heterodoxo por el que aspiraba a reunir todo el saber universal de su época. Destaca en su obra el amplio despliegue de imágenes utilizadas, siguiendo así la metodología de la Compañia de Jesús que les otorgaba un gran poder no tan sólo como metodología de aprendizaje, sino como herramienta por la que ejercer una influencia sobre la configuración de la estructura psíquica. Ignacio Gómez de Liaño dedicó unas palabras a esta cuestión a las que he acompañado con algunas imágenes analizadas por él mismo siguiendo en gran medida las interpretaciones que realizara Joscelyn Godwin.


Virtudes y galas de la imaginación
por
Ignacio Gómez de Liaño


Cualquiera que sea el valor que concedamos a la filosofía o a las investigaciones particulares que emprendió Kircher, no se puede por menos que elogiar sin rodeos el valor iconográfico y la vistosidad de las ricas ilustraciones que adornan los grandes infolios de Kircher. En efecto, ningún autor de los siglos XVI y XVII puede ostentar, como acompañamiento de sus investigaciones científicas o filosóficas, una comitiva tan lujosa de imágenes. Kircher, que no ignoraba la moda renacentista y barroca de los emblemas, también sabía la importancia que tuvieron para difundir el pensamiento hermético las bellas ediciones de J. T. De Bry.

Frontispicio de Ars magna lucis et umbrae (1645)
Además de la obvia iconografía astrológico sapiencial de Apolo (el sol) y Diana (la luna), la lámina define cuatro fuentes de conocimiento. La Autoridad Sagrada, encarnada en la Biblia, aparece como un rayo que procede directamente de Dios. Se halla en el lado diestro de Dios. En el izquierdo de Diana, Razón, aunque próxima a Dios, nos llega filtrada por el ojo interior, cercano a la lechuza sostenida por la nocturna Diana. El Conocimiento Sensible no viene directamente de la luz intelectual de Dios, sino de la del Sol. Uno de sus rayos pasa por un telescopio; el otro se introduce en una caverna, reminiscencia de la platónica o también de la de Empédocles. Frente a la Sagrada, la Autoridad Profana no es más que una candela que brilla débilmente entre las nubes de los desconocido. (...), el águila acompaña, como animal emblemático al Sol, y el pavo real -de cola acelada como la noche- a la luna.

Por otro lado, el catolicismo contrarreformista puso especial empeño en la propaganda de su ideario, a fin de contrarrestar la influencia que ejercía el protestantismo, valiéndose de una hábil utilización de la pintura y la arquitectura, en suma, de las imágenes visuales. Así como las fachadas de las iglesias proclamaban en un lenguaje de piedra y proporciones numéricas a todo el ámbito de la ciudad, la belleza y dignidad de los misterios que el templo atesora en su interior, de la misma manera la profusión de imágenes que decoran sus muros y pilastras proyectaban ante los fieles una auténtica película de la fe católica y de sus excelencias. La exuberancia de las iglesias romanas de tiempos de Kircher no excluía ninguna partícula de humanidad considerada valiosa: el matemático, el físico el moralista, el poeta y, por supuesto el hombre religioso podían sentir en esas iglesias, como reflejada en un espejo, una imagen dinámica, llena de vida y no desprovista de encantos terrenales de la religión y de la concepción católica del hombre. Los autores de la Contrarreforma, y en particular la Orden de los jesuitas, sabían que las abstracciones del dogma, los misterios de la fe y las enseñanzas de la Iglesia tenían que entrar por los ojos.

Los sesenta y dos nombres de Dios en Oedipus aegyptiacus II p. 287.
La Cábala dice que Dios tiene sesenta y dos nombres, lo que Kircher interpreta escribiendo el nombre de Dios en sesenta y dos lenguas: cada uno de esos nombres posee cuatro letras, reflejando así el tetragrammaton hebreo IHVH. Esto le obliga a veces a encontrar soluciones de compromiso como en italiano IDIO y en inglés GOOD. Los otros círculos contienen diferentes atributos de Dios, Creador, Perfección, Luz, etc., a la manera de los nombres divinos en las ruedas combinatorias de Raimundo Lulio, de cuya filosofía Kircher era seguidor. En el centro está Jesús, cuyo nombre, que comprende la letra "madre" Shin, hace pronunciable el tetragrammaton impronunciable: IHSVH. Los dos árboles son los de los siete planetas y ángeles (izquierda) y los doce signos del Zodíaco y las tribus de Israel (derecha). Las hojas de la parte superior portan sesenta y dos nombres en hebreo, distribuidos en los nueve órdenes angélicos. Kircher precave para que no sean de ninguna manera utilizados en invocaciones mágicas.

El movimiento emblemático-jeroglífico de finales del siglo XVI había, además, acertado a crear un lenguaje de simbología visual que la Compañía de Jesús supo hacer suyo. Pero no se trataba sólo de ir a pedir a las imágenes un buen agente de publicidad o un medio universal de comprensión; todo jesuita sabía muy bien que San Ignacio en sus famosos Ejercicios espirituales había colocado el ejercicio de la imaginación, y de la composición mental del lugar en el mismo corazón de su doctrinario espiritual. Y está fuera de dudas que detrás de la tecnica espiritual de los ejercicios ignacianos se hallan las técnicas de la imaginación habían desarrollado, con un fuerte componente hermético y "egipcio-jeroglífico", las artes de la memoria. 

Frontispicio de Regnum naturae magneticum. La mano de Dios (arriba) sostiene las cadenas de la simpatía "magnética" o inmaterial que enlaza todos los niveles de la existencia. Tema predilecto de Plotino y el neoplatonismo, este "magnetismo" era la base de la "magia simpática" del Renacimiento. La imagen de la cadena divina se encuentra en Homero y en las leyes de Platón, donde se nos dice que los dioses mueven a los hombres mediante cadenillas metálicas como si fuesen marionetas que a lo más a que pueden aspirar es a "ejecutar los más bellos juegos". En el Ión platónico se habla de la "cadena magnética" que enlaza a la Musa, diosa de la Memoria poética, con el oyente a través del eslabón intermedio del poeta y el rapsoda. El motivo de la imagen dice; "Con arcanos nudos serán ligados los mundos". Una misma fuerza gobierna la declinación de la fuerza magnética, el rebrotar de las plantas, la vinculación de los animales con el Sol (gallo) y la luna (ciervo), los fenómenos de las flores heliotrópicas y las selenotrópicas, y las virtudes de la piedra serpentina, que es un remedio homeopático contra la mordedura de la serpiente.


Los neoplatónicos herméticos del Renacimiento, como Ficino, o Camilo Delminio, para no hablar de Giordano Bruno, estaban persuadidos de la importancia que poseen las imágenes no sólo para aprehender y consolidar los conocimientos, sino para incluso configurar la estructura del psiquismo. Por eso, bien puede decirse que en los siglos XVI y XVII el espejo en que se miraron los príncipes y los pontífices, los místicos y el pueblo llano y, por supuesto, los escritores y los artistas, era un espejo de imágenes, un espejo de la imaginación. (...)
Kircher, cuya misma figura intelectual era un monumento propagandístico de los tesoros intelectuales de la Compañía de Jesús y de la libertad que disfrutaban sus miembros para explorar los confines más heterodoxos del saber, supo propagar o difundir su obra también gracias a esos edificios en forma de libros -provistos de elegantes portadas y frontispicios- que se desbordaban en brillantes imágenes de su ciencia.

Frontispicio de La Chine Illustrée.
El padre jesuita Adam Schall (a la izquierda) y el padre Mateo Ricci (a la derecha), propagadores de la fe cristiana en el Celeste Imperio, sostienen, secundados por un ángel, un mapa de China con algunas de sus ciudades más importantes (Pekín, Xián, Cantón, etc.), y parte del archipiélago japonés y de la India. Como puede verse, La Gran Muralla y el arenos desierto  separan a China de Tartaria. Encima del portico corintio de puro estilo imperial romano se ve a San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola acompañados de los ángeles emblemáticos de la pureza (con lirios o azucenas) y la caridad o el martirio (el cáliz)

Pues el desbordamiento de la imaginación que fácilmente se detectan en prosistas como el jesuita Gracián -ya sea en El Criticón, ya en El comulgatorio-, en poetas como Góngora, o en dramaturgos como Calderón -tanto en los dramas profanos como en sus autos sacramentales-, es comparable al desbordamiento de imágenes que los volúmenes de Kircher apenas logran representar, como ocurre cuando las ilustraciones se convierten en desmesurados desplegables que se escapan de los márgenes generalmente generosos  de los libros y producen en el lector la ilusión de que en le espacio cotidiano de su biblioteca acaba de ser erigido realmente el Obelisco Salustiano o el Panfilio, la Torre de Babel o el Arca de Noé. Los libros de Kircher poseen, sin duda, la monumentalidad de la arquitectura.

 La Torre de Babel, Turris Babel (1679), pp. 40-41
El estilo de la torre kircheriana parece derivar de la reconstrucción del Templo de Salomón de Villalpando, así como las pinturas de Brueghel el Viejo. Kircher o Creyl podían haber visto grabados de éste. A su vez, la torre de Brueghel se relaciona estrechamente con le minarete más antiguo del Islam, el Sawma de Jamai Sayydi Uqbah en al- Quayrawan, 728 d. C., así como con otros similares de Marruecos y Sevilla (la Torre del oro). Por lo demás, el dibujante Creyl sitúa la famosa torre en un paisaje arquitectónico del tipo ecléctico que habría hecho las delicias del emperador Adriano; no faltan en él característicos edificios de la arquitectura romana, pirámides egipcias e incluso, a la derecha, una versión del Templo de Salomón, según se le imaginó en la época.

Pero la imaginación o, por mejor decir, la imagineria en que tanto descuellan las publicaciones kircherianas cuentan con una importante virtualidad que resumimos así: lo que puede representarse mediante imágenes ha de considerarse resuelto. Así pues, las imágenes que ilustran en la obra de Kircher la organización interna del Arca de Noé o la construcción de laTorre de Babel, el diseño urbanístico de Babilonia o la dispersión por el mundo de los hijos de Noé, las antiguas villas latinas o los hábitos, usos y dioses de la China, los obeliscos y jeroglíficos egipcios o la astrología y el magentismo, la acústica o la catóptrica, son, para la mentalidad media del hombre del Barroco, una prueba indubitable, diríase que autoevidente, del rigor de los tratados kircherianos. Además, todo espíritu ilustrado que hubiera leído el Fedro platónico sabía que el ojo, órgano helioide, solar y divino, es el órgano intelectual por excelencia. 

 Aguas subterráneas en Mundus subterraneus I (1664-65), pp. 186-187
La acción del viento forma canales acuíferos subterráneos (hidragogos) que permanecen debajo de las uperficie de la Tierra, en forma de fuentes, ríos o lagos, cuyo caudal con el tiempo vuelve al mar. Descartes, Kepler y Palissy también aceptaban esta teoría. Obsérvese cómo el agua penetra en el interior de la Tierra tanto desde la base de los montes como de las fosas oceánicas. La zona central de la Tierra que lleva la letra A representa la gran masa de fuego y los "piragogos", o ríos de fuego, que atraviesan el interior del planeta.

El hombre del Barroco podía pensar que la realidad y el mundo no eran más que apariencia y engaño, pero estaba fácilmente dispuesto a creer que las imágenes estaban investidas de una fuerza incomparable. Para emplear la terminología neoplatónica, las imágenes que adornan los volúmenes de Kircher no son ni han de ser vistas como "fantasmas", es decir, como meras ilusiones, sino como "eikones", es decir, como imágenes precisas de la realidad, imágenes dignificadas por el hecho de que el mismo hombre, la naturaleza humana, era una imagen, un eikon de Dios, y Cristo la primera de las imágenes divinas. Posteriormente, conforme la inteligencia europea se fue adaptando progresivamente a la abstracción y a las simbologías artificiales, se pudieron olvidar esos valores metafísicos de la imagen, pero se retuvo el hecho innegable de que las imágenes poseen una singular fuerza psicológica que el pedagogo ha de tener muy en cuenta cuando quiere transmitir sus enseñanzas.

Curación por la música del venenoso mordisco de la tarántula, página 206 de Phonurgia nova (1673)
En lo que debe ser el primer tratado de terapia musical, Kircher menciona el curioso fenómeno del tarantismo, que afecta a los nativos de Apulia, en el sur de Italia, y que los obliga a danzar frenéticamente sin atender a ninguna convención social. De esta enfermedad era culpable la mordedura de la tarántula, y la única manera de curarse era interpretar repetidamente la melodía (la trantela), hasta que las víctimas quedaran exaustas. (...) De arriba abajo:
Melodía que sirve de antídoto contra la mordedura de la tarántula. Comarca de Apulia donde se da esta enfermedad. Imagen auténtica de tarántula de Apulia. Las reproducciones ha sido hechas apartir de ejemplares de tarántula que el propio Kircher poseía, debidamente guardados en frascos, en su museo romano.



Lecturas: 

Ignacio Gómez de Liaño, Athanasius Kircher. Itinerario del éxtasis o las imágenes de un saber universal. Siruela 1985

Joscelyn Godwin, Athanasius Kircher. La búsqueda del saber de la antigüedad. Editorial Swan 1986

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martes, 7 de enero de 2014

El Arca de Noé de Athanasius Kircher


Athanasius Kircher, El arca de Noé, pag. 122 (Entrada de los animales en el Arca)


"De todos los animales puros tomarás para ti siete parejas, macho y hembra, y de todos los animales que no son puros, una pareja, macho y hembra. (...) Porque dentro de siete días haré llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, y exterminaré de sobre la faz del suelo todos los seres que hice."

Génesis, 7


De la extensa producción literaria del jesuita Athanasius Kircher (1602-1680), en El Arca de Noé es quizás donde de una forma más evidente se muestra la artificiosidad que tuvo que poner en práctica para compaginar razón y fe, "cuestiones fronterizas" como se las ha llamado, a las que exegetas de las consideradas como escrituras reveladas hacian frente intentando "casar" de la mejor manera posible. Una tarea que el Concilio de Trento se encargó de complicar, ya que la inspiración bíblica debía interpretarse en un sentido literal, algo, por otra parte, dificil de admitir en una época que la ciencia irrumpía ofreciendo nuevos descubrimientos. Éstos eran conocidos muy bien por Kircher y no serían obstáculo para, haciendo ingeniosas adaptaciones, demostrar que ningún argumento razonable podía poner en cuestión el hecho de que el diluvio universal fue un suceso real, consiguiendo así ser admirado por los científicos de su época de la misma manera que respetado por el brazo de la Inquisición. Entre las teorías que ideó, está por ejemplo la que resolvia la cuestión de que una pareja o septena de todas las especies de animales pudieran tener cabida en el interior del Arca, cuyas medidas establecidas por Dios eran de 300 codos de largo, 50 de ancho y 30 de largo. Aquí el padre jesuita establece una teoría evolutiva que recuerda en algunos aspectos a la de Darwin. Según él, no todos los animales fueron creados por Dios, o sea, no todos eran "puros", sino que muchos fueron el resultado -después del diluvio- de uniones espúreas entre miembros de distintas especies, sumándose a las causas de esas variedades morfológicas el influjo de los astros en las distintas regiones, la variedad de climas, así como la fuerza y el poder que ejerce la imaginación durante el coito en los cuadrúpedos, afectando de igual forma a las aves durante el tiempo de incuvación.

Dejo a continuación el breve análisis que Joscelyn Godwin dedicó a esta obra, al que he intercalado algunos párrafos del propio Kircher traducidos al castellano por Atilano Martinez Tomé acompañando las ilustraciones de una peculiar selección de animales.


El Arca de Noé
Por
Joscelyn Godwin


Arca de Noé fue dedicado a Carlos II de España, que contaba solo doce años en la fecha de la dedicatoria (1637) y estaba recibiendo una estricta educación jesuita. De todos los libros de Kircher éste es el que más podría agradar a un niño. Tras la apariencia de tratado bíblico no es sino un cuento de hadas iliustrado. Kircher se limita a tomar el relato del Diluvio y del Arca de Noé del Génesis y a embellecerlo con toda suerte de detalles precisos pero imaginados como solamente él podía hacerlo. No cabe aquí más que una breve muestra anecdótica.

 Comienzo del Diluvio (Arca de Noé, pág. 126)

El Diluvio tuvo lugar, se nos dice, en el anno mundi 1657 - es decir el año 2369 antes de Cristo, según los cálculos de Kircher- y duró exactamente 365 días desde que cayó la primera gota hasta el momento en que Noé y su familia salieron a tierra firme en Ararat. Antes del diluvio el hombre era extremadamente malvado; pero no sólo había seres humanos pues "en aquellos días había gigantes sobre la tierra" (Génesis, 6, 4). Se el ocurre a Kircher preguntarse si el propio Noé no sería un gigante, pero las dimensiones del arca le parecen insuficientes para acomodar a una familia de ocho gigantes aparte de todos los animales. Descubre, sin
embargo, que las proporciones del Arca, como las del Altar de Moisés en el Templo de Salomón, reflejaban las del cuerpo humano, y esto sirve para apoyar las diferentes interpretaciones alegóricas de la historia sin que ello afecte desde luego a su creencia en su veracidad literal. El arca no sólo representa el cuerpo humano sirviendo como vehículo para el alma a través de las tempestades de la existencia terrena; es también un símbolo de la iglesia. A su vez, Noé es símbolo y prefiguración de Cristo, mediador entre Dios y el hombre pecador.
La parte más deliciosa del libro es la referente a los animales, muchos de los cuales están ilustrados en los grabados de madera. 

León. "Es un bruto cuadrúpedo, rugiente, generoso, soberbio y feroz. (...) Es un animal muy lascivo, sobre todo la hembra, que, cuando está estimulada por el celo, admite incluso al leopardo, y cuando siente el macho, se levanta con toda su fuerza para vengarse; se sirve mucho del olor y por él el macho descubre el adulterio de la hembra, la cual, con un instinto más astuto, para no ser descubierta se lava con agua y así engaña al marido". (...)

 Camello-pardo. "Es un animal nacido de la unión entre el camello y el pardo. Tiene el cuello muy largo y la cabeza como la del camello. Las patas posteriores son más pequeñas que las anteriores. El dorso es como el del pardo, cubierto de manchas blancas. El emperador César alabó sus cualidades circenses después de verle en Roma. Es un animal manso, por lo que los bárbaros le dieron un nombre casi de oveja".

Noé se hallaba demasiado ocupado en construir el Arca como para poder reunir él mismo a las criaturas, pero fueron conducidas hacia ella guiados por Dios en parejas. Kircher las divide en tres especies: insectos, cuadrúpedos (que incluyen a los anfibios) y aves. Pero los únicos "insectos" admitidos en el Arca son las serpientes, pues los demás, junto con los escorpiones, ranas e incluso ratones, no copulan y se reproducen de una manera normal. Puede parecer que lo hacen, señala Kircher, pero "esto no es más que su manera de aliviar una picazón en las partes posteriores". Su simiente la depositan en las flores, las hojas, los cadáveres de animales o el fango, donde germina y madura. A menudo se la comen otros animales y vuelve a salir en los escrementos, de donde nacen las crías de los insectos. De este modo, al terminar el año de viaje, el arca contaba con una cantidad sobrada de estas humildes criaturas.

 Serpientes (Arca de Noé, pag. sin numeración)

También fueron excluidos del arca los animales híbridos, aunque de todos ellos hay una ilustración. Primero aparece un animal familiar, la mula, cruce de un caballo y un asno, luego el leopardo, fruto de la unión entre león y una pantera. Por lo visto, la pantera se empareja con cualquiera: produce el "camellopardo" o el "hippardo", con el camello o el caballo respectivamente. Entre los híbridos más misteriosos se hallan el armadillo -que Kircher, como Kipling en Just So Stories, deriva del erizo y la tortuga- y el allopecopithicum, resultado del cruce entre zorro y mono.

Alopecopiteco. "Es un animal nacido de la unión del simio con la zorra, como indica la palabra compuesta. Cárdeno escribe que este animal nace en Etiopía, que posee la parte anterior de la zorra, pero la cola y la parte  posterior son del simio; los pies anteriores son semejantes a los humanos y en las orejas se parece al murciélago. Tiene una bolsa bajo el vientre en la que lleva a las crías y de donde solamente las saca para mamar. (...) Sea lo que sea, yo pienso un poco temerariamente que es un animal monstruoso, en cuyo origen hemos de colocar la unión de diversos animales". 

 Armadillo. "Es un animal del reino mejicano, que tenemos expuesto en el museo para los visitantes, es semejante a un caballo enjaezado, dotado de una cobertura de escamas que la naturaleza le ha distribuido admirablemente para que, al ser tocado, se meta dentro de ellas formando un globo, como el erizo, y nadie pueda hacerle daño. (...) Yo deduzco por conjeturas que procede de la tortuga y el erizo, y no lo digo forzado, sino que lo considero del género de las tortugas por su cuerpo tesselado y perteneciente a los erizos, porque el resto de sus miembros y sus costumbres pertenecen a los erizos, con excepción de la cabeza que es propia de los puercos".

Tras examinar las taxonomías zoológicas de otros autores que clasifican a los animales en carnívoros y herbívoros, limpios y sucios, Kircher decide organizar a los cuadrúpedos con arreglo a su peso. Por tanto es el elefante el que abre la procesión de todas las bestias conocidas, salvajes, domésticas y míticas, como el unicornio, la sirena y el grifo. Dice Kircher que las sirenas existen, porque él posee los restos de una cola y huesos de uno de estos seres en su museo. En cuanto a los grifos, duda de la existencia de estos quiméricos monstruos que, según dice, surgieron del cruce entre el león y el águila; pero señala que ha recibido informes de la China que mencionan la existencia real de algunos y, de momento, no se atreve a emitir un juicio.

Sirena. "Es un monstruo marino que los españoles llaman pez-mujer y los italianos pez-donna. Es un animal que tiene la parte superior, hasta el sexo, de mujer y la parte inferior de pez, terminado en cola. Nadie puede dudar de su existencia, pues su cola y sus huesos están expuestos en nuestro museo. Es un anfibio del que abusaban los bárbaros cuando le cogían en tierra".

Grifo. "Nadie duda de que el grifo haya existido en la antigüedad. Tal como lo describen, es un animal quimérico, compuesto del halcón y del león. Pero nosotros no tratamos aquí de animales quiméricos, sino de especies verdaderas y reales de aves.
Es cierto que la relación de los geógrafos y de Paulo Véneto podemos comprobar la existencia de aves de gran magnitud en las orillas de los montes y en los confines del Asia Tártara, que dichos autores llaman grifalcos, en cuya caza y cetrería encontraban gozo el monarca de los tártaros. Me consta la verdad de estos datos por los padres que estuvieron en China, pero nadie puede afirmar que les haya visto en nuestros días; no obstante, yo no quiero suspender mi juicio sobre ellos y sí decir algo sobre su incierta existencia. Si es cierto lo que refieren de ellos los autores, a mí me sería muy fácil enumerarlos entre las águilas o los buitres, pero, por la naturaleza de la región o por el influjo de los cielos, llegaron a alcanzar esas grandes dimensiones, luego debieron ser excluidos del Arca".

 Durante el viaje todos los animales se portaron bien gracias a Dios y la tripulación humana se afanaba en darles de comer y canalizar sus excrementos hasta la sentina que se hallaba aislada por brea. Había provisiones de alimentos para un año para todos los viajeros y sus crías (ya que siguieren procreando sin inhibiciones) entre los que se encontraban pollos, palomas, y otros animales en cantidad sobrada para alimentar a los humanos y a otros carnívoros.
Cuando se evaporaron las aguas apareció un mundo bastante diferente. Por ejemplo, el Paraíso, cerrado a los mortales desde la caída de Adán y Eva, había desaparecido sin dejar rastro y, en lugar de los cuatro ríos del Edén, surgieron el Tigris y el Éufrates. Teniendo en cuenta la nueva prohibición del Señor de que no se comiera carne con sangre, Kircher llegó a la conclusión de que antes del Diluvio sí podía comerse, pero que los malos espíritus eran atraídos por la sangre contribuyendo así a la degradación humana. Ahora era preciso purificar la sangre en el sacrificio consagrándola al Señor. 

 El sacrificio de Noé (Arca de Noé pag. 168)

Pero la nueva ley de Cristo, indica Kircher, elimina esto con los demás restos de la ley judaica.
Cuando hubo terminado el Diluvio, Noé vivió el tiempo suficiente para ser testigo de la repoblación del mundo por su hijos Sem, Cam y Jafet. Cada uno fue en una dirección distinta convirtiéndose en progenitores de los difrentes grupos raciales y lingüísticos.



Lecturas: 

Joscelyn Godwin, Athanasius Kircher. La búsqueda del saber de la antigüedad, Editorial Swan 1986

 Athanasius Kircher, El Arca de Noé (traducción y edición de Atilano Martinez Tomé) Ediciones Octo 1989


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