Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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jueves, 23 de diciembre de 2010

El Icono de la Natividad



Villancico

Noche pálida y oscura, vete al punto de aquí
y honra este día
que ve diciembre convertido en mayo.
¿Por qué sonríe la fría mañana de invierno
como un campo de trigo?
¿O huele, de repente, como pradera segada?
Acércate y comprueba
la causa de tanta fragancia.

Robert Herrick


El Icono de la Natividad, por Jean Hani


El icono de la Natividad constituye una síntesis teológica y metafísica notable expresada en un rico simbolismo.
El icono no está centrado en la cuna, sino en la gruta, la caverna rocosa. Esto, por lo demás, está en conformidad con la realidad histórica y geográfica, pues Cristo nació en una gruta, abierta en la ladera de una colina de Belén, que era usada por pastores. Ahora hay una célebre basílica encima de esta gruta, que se encuentra en el crucero.
El esquema general del icono es el siguiente: casi todo el campo de la imagen está ocupado por una montaña triangular, que se levanta hasta el cielo. En medio de la montaña se abre una caverna oscura en la que está acostado el Niño; por el eje de la montaña, baja el rayo de luz de una estrella. La Virgen-Madre, muy grande, a veces incluso gigantesca, está tendida al pie de la montaña, formando cuerpo con ella, por decirlo así. A cada lado del pico montañoso, donde crecen algunos árboles, están los Ángeles; abajo en la caverna, el buey y la mula, y, en la ladera de la montaña, los pastores y, llegado el caso, los Reyes Magos. El conjunto, muy hierático, nos introduce inmediatamente en el ambiente de un misterio suprahumano, por mediación de los diversos temas y objetos que hemos enumerado y que tienen, todos, significado simbólico.
En primer lugar la gruta, la caverna. Si Cristo nació en una gruta, es evidente que eso no se devió a la casualidad, que por lo demás es una palabra vacía de sentido. Lo mismo se ha de decir de su muerte en la cruz y la montaña del Gólgota. Aparte de su aspecto histórico, estos hechos tienen valor de signo. La caverna, a menudo asociada a la montaña, ha sido siempre y en todas partes un símbolo sagrado de primera importancia. Oscura y misteriosa, ha sido tumba y santuario. Tumba efectiva, pues durante largo tiempo se enterraba en cavernas, pero también y sobre todo tumba ritual, donde era recluido el neófito antes de ser iniciado en los misterios; con eso se quería decir que aquel hombre moría a la vida profana para renacer a una vida superior, porque la caverna, que es imagen de la Tierra Madre, también es imagen del seno materno donde se forma el niño. Por otra parte, la caverna era a menudo santuario, pues se la consideraba la imagen del mundo; en particular, simboliza el polo oscuro de la Creación, la "prima materia", la matriz universal, cuya imagen más accesible es la tierra (como elemento). Comentando el cuadro de Leonardo da Vinci "La virgen de las rocas" (Louvre), en el que se ve a la Virgen, el Niño Jesús y San Juan Bautista en una gruta, Marcel Brión nos dice: "Es la gruta de los orígenes, la matriz universal a la que la vida de cada ser y la vida del universo entero viene a obtener nuevas resurrecciones". En cuanto a la montaña, en el seno de la cual se abre la caverna, es otro símbolo del mundo, más completo y más luminoso; alzando la punta de su triángulo hacia el cielo, simboliza la creación en su movimiento ascensional hacia la luz celestial, movimiento de retorno al Creador. He aquí por qué hay santuarios en las montañas santas, que son las formas visibles de la gran Montaña cósmica, igual que hay santuarios en las cavernas. Además, la montaña constituye un símbolo axial, puesto que, como las dimensiones de la tierra son poco menos que desdeñables con respecto a la dimensión cósmica, el eje de la pirámide por una montaña cualquiera se confunde particularmente con el Eje del mundo, que pasa por el polo terrestre y el polo celeste (estrella Polar). Este eje inmóvil es una imagen sensible de Dios, "motor inmóvil" de la Creación. Puede decirse que el conjunto montaña-caverna, oscuro, representa abajo el polo tenebroso del mundo; la montaña, y sobre todo su cumbre, ofrecida al cielo, representa el polo luminoso.
Se vislumbra así el sentido profundo del icono de la Natividad. El Niño de Dios, en la caverna cósmica, que significa el mundo terreno, y el eje luminoso del rayo estelar que desciende a lo largo de la montaña para atravesar las paredes de la caverna e iluminarla son una síntesis poderosa del misterio de la Encarnación. Es el descenso del Verbo Divino a las "partes inferiores de la tierra", como dice el Apóstol, hasta el centro oscuro de la Naturaleza a fin de iluminarla, pues "tiene que llenarlo todo", conforme a las palabras de las Escrituras: Lux in tenebris lucet, "la Luz (del Verbo) brilla en las tinieblas" (jn, 1, 5). Eso es lo que simboliza el "momento" de la natividad: se produce a medianoche, según el ciclo diurno, y en el solsticio de invierno, según el ciclo anual, pues el solsticio de invierno está considerado en cierto modo la "medianoche" del año; así, el introito de la misa en la víspera de la Epifanía, que forma una sola fiesta con la Navidad, dice magníficamente: "Mientras el mundo entero estaba enterrado en el silencio y la noche estaba en medio de su curso, tu Verbo todopoderoso, Señor, descendió de Su regio trono del cielo"; y, en la misa del día de Navidad, la lectura del Evangelio es la del Prólogo de San Juan, donde precisamente se dice: Lux in tenebris lucet. Señalaremos de paso que la Crucifixión y la Ascensión, en cambio, se llevan a cabo a mediodía: de "medianoche" a "mediodía", ese es el trayecto de la redención que hace que el hombre y el mundo pasen de las tinieblas a la luz. El hecho de que la fiesta de Navidad está fijada el 25 de diciembre es significativo, pues esta fecha corresponde al solsticio de invierno, el punto en que el sol, llegado a lo más bajo de su curso anual, comienza a elevarse en el cielo; esta "puerta solsticial" era llamada en la Antigüedad la "puerta de los dioses", nos dice Porfirio, o sea el paso por donde se accede a los estados superiores. Enseguida se comprende lo maravillosamente bien que se aplica este simbolismo a Cristo, que es el "Sol de justicia" cuyo nacimiento fue saludado como el del "astro que nace Arriba para iluminar a los que están sentados en tinieblas y sombras de muerte, para guiar nuestros pasos por el camino de la paz" (Lc., 1, 78-79). El Verbo divino recoge la creación entera, que comienza igualmente con la explosión de la luz del Fiat Lux sobre las tinieblas de las Aguas primordiales (Gén., 1, 1-2); se vuelven a Sí mismo, por decirlo así, en lo más profundo de la materia del mundo, conforme al proceso de encarnación de todo hombre -que también "cae" en la materia y el cuerpo-, para que, en lo más profundo de todas las cosas y de todos los seres, brille de nuevo la Luz del Verbo, que también es la Vida (jn., 1, 4). "La caverna -canta una oda litúrgica bizantina para la fiesta de Navidad- se ha convertidoen un cielo".
Un símbolo tan capital como el que estudiamos nunca una sola interpretación. Habría mucho que decir sobre la figura de la Virgen, que en el icono casi se confunde con la tierra y la montaña. El artista sagrado quiso ciertamente poner aquí de relieve el aspecto terrestre, o más exactamente "ctónio" de la Madre de Dios: es la Madre universal, que ofrece a Cristo su substancia con miras a la Encarnación. En la liturgia, por otra parte, se asimila varias veces a la Santísima con la montaña; por ejemplo en los pasajes de oficio (bizantino) de la Virgen: "Oh Madre de Dios, tú eres la montaña de donde se ha sacado una piedra indestructible que ha roto las puertas del infierno". Esta invocación se inspira en un versículo del profeta Daniel, y la "piedra sacada de la montaña" designa evidentemente a Cristo, conforme a la interpretación mesiánica tradicional de este pasaje del profeta. Cristo es la piedra, la roca de la que mana el agua de la Vida. Por eso, a la entrada de la gruta de Belén, se muestra la fuente que brotó de la tierra en el momento de la Natividad.
Un elemento esencial del icono de la Natividad es la estrella. No entraremos a tratar los problemas históricos o geográficos planteados a este respecto, y no retendremos de esta estrella más que su significado simbólico, que es lo esencial. Como deciamos antes la estrella y su rayo corresponden a la Estrella Polar y al Eje del Mundo. Este eje, que pasa por la gruta, significa por tanto que la gruta está situada en el centro del mundo, lugar de comunicación entre Arriba y Abajo, el Cielo y la Tierra, y que Cristo está en el Centro del mundo por su función de "Rey del Mundo". Interviene aquí otro simbolismo, el de los Reyes Magos. Los Magos "vienen de Oriente" (mt., 2, 1); venían sin duda, históricamente, de los parajes de Irán y del Asia central, es decir, de una zona tradicional no semítica: indoeuropea. Para limitarnos a lo esencial, diremos, siguiendo a René Guénon, que los tres magos son representantes de la tradición ortodoxa primordial y representan las tres funciones fundamentales del Trighuvana: la de rey, la de sacerdote y la de profeta, simbolizadas por el oro, el incienso y la mirra. Ofreciendo estos tres presentes al Niño Dios, lo designan expresamente como rey, sacerdote y profeta, es decir, como Señor supremo, lo cual corresponde al título tradicional de "Rey del Mundo".

Natividad, s. VII

El conjunto de los diferentes temas que aparecen alrededor de la Gruta pone de relieve esta supremacía del Niño Dios, que no es otro que el Verbo Divino. En el cielo, a uno y otro lado del eje luminoso, aparecen los Ángeles, que representan el mundo celestial, mientras que abajo, en la montaña o en la tierra, se ven hombres, en forma de pastores; si se añaden los árboles en la ladera de la montaña, así como el buey y el asno, nos damos cuenta de que la composición del cuadro reúne los representantes de toda la escala de los seres, repartidos entre el Cielo y la Tierra. Así, el icono constituye una poderosa síntesis cósmica, una visión espiritual del mundo centrada en Cristo, "recapitulación de la creación", cuyo descenso restablece la armonía esencial entre Arriba, donde "se gloria a Dios", y Abajo, donde "se da paz a los hombres". Gloria in excelsis Deo et in terra pax hominibus.(...)
Para terminar, simplemente haremos unas cuantas observaciones con respecto a la estrella y la gruta, observaciones que permitirán penetrar mejor en la inteligencia del misterio del divino nacimiento. En Occidente, la estrella de los "pesebres" suele tener cinco puntas; en Oriente tiene seis. Esta estrella de seis puntas, que no es otra que el "Sello de Salomón", está además en relación con el simbolismo complementario de la montaña y de la caverna; y es que los dos triángulos invertidos del sello corresponden respectivamente, el superior, a la pirámide de la montaña, y el inferior, al esquema de la gruta. Este simbolismo expresa la unión del mundo celestial y el mundo terrenal, y por tanto el Hombre el Hombre Universal. La estrella de cinco puntas está en relación directa con el hombre individual. Aplicadas a Cristo, estas dos estrellas se refieren a las dos naturalezas que hay en Él.
Hubo varias grutas que desempeñaron un papel importante en la vida de Cristo: la gruta de la Anunciación, la de la tentación, la de Getsemaní y la del Gólgota. Esta última merece retener la atención para el tema que nos ocupa. En el peñón del Gólgota, casi debajo mismo del agujero donde se plantó la Cruz, se extiende una caverna convertida en capilla dedicada a Adán. Según la tradición hebraica, recibida por algunos padres de la Iglesia, como San Ambrosio, en aquella gruta fue enterrado el craneo de Adán, que había conservado Noé y que dejó Sem en aquel lugar, donde sabía que iba a morir el Mesías. En el momento de la muerte de Cristo, cuentan que se rajó la roca y que por allí corrió la sangre para lavar las culpas del primer hombre.

Craneo de Adán, detalle de La Crucifixión (1435) de Fra Angélico


Esta escena, cuyo valor "histórico" no importa aquí, constituye el epílogo natural de la escena de la Natividad, y constituye también un tema tradicional del arte cristiano oriental. En ambos casos, hay una caverna en el seno de la Montaña; en la Natividad, el Verbo se encarna en la caverna, centro del mundo, haciéndose semejante a Adán, sale simbólicamente de la caverna para subir a la montaña (del Calvario), donde, por medio de la Cruz, restablece la comunicación entre el Cielo y la Tierra, y arrastra hacia la cumbre de la montaña y al Cielo a los hijos de Adán encerrados en la caverna: "Cuando sea levantado de la tierra, todo lo atraeré a mí".
Se podrían decir muchas otras cosas sobre las diversas aplicaciones del simbolismo de la gruta sagrada. Señalaremos tan sólo, para terminar, el lazo que existe entre la imagen de la caverna y la del corazón. En todas las tradiciones, el corazón del hombre se asimila a la caverna; asimilación basada en la analogía de estructura entre la gruta y el órgano físico, interiormente ahuecado en alveolos cavernosos y, por otra parte, en el hecho de que el corazón es el centro del ser, lo mismo que la caverna es el centro del mundo. Vemos así como funciona en este campo la analogía universal entre el macrocosmo y el microcosmo. En el orden microcósmico, el corazón es el centro, no sólo físico, sino también sutil y espiritual del hombre, el "lugar" en el que el hombre se encuentra con la Divinidad. "Debes saber -dice un texto indú- que este Agni, que es el fundamento del mundo eterno, y por el cual éste puede ser alcanzado, está oculto en la caverna (del corazón)"
Así, la escena de la Natividad, tal como se describe en el icono, significa a un tiempo, en el plano macrocósmico el nacimiento del Verbo en el mundo y, en el plano microcósmico, el nacimiento del Verbo en el corazón del hombre, que es el lugar del "segundo nacimiento", así como la caverna es el lugar ritual de este segundo nacimiento en ciertos rituales iniciáticos. El corazón del hombre se convierte en la gruta en la que nace Cristo interiormente a fin de transformar todo su ser. Un himno de la Iglesia latina, para el oficio de Laudes en tiempo de Navidad, canta: "Niño divino, ven a nacer en nuestro corazón"; haciendo eco, según parece, a este versículo de la II Epístola de San Pedro (1, 9) que nos invita a esperar que "se levante la Estrella en nuestros corazones", igual que se levantó sobre la gruta sagrada de Belén.



Fragmentalia desea a sus lectores una Luminosa Natividad y lo mejor para el 2011



Lecturas:


Jean Hani, Mitos, ritos, símbolos, los caminos hacia lo invisible. Olañeta editor

René Guénon, Símbolos fundamentales de la ciencia sagrada. Paidos Orientalia 2002


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sábado, 6 de febrero de 2010

El templo del Sol


"Y no es Él quien tiene deseo de nosotros como para estar alrededor de nosotros, sino nosotros de Él. De modo que somos nosotros quienes estamos alrededor de Él. Y siempre estamos alrededor de Él, pero no siempre miramos hacia Él, sino que del mismo modo que un coro desentona aun estando alrededor de un corifeo, bien puede ser que sea porque está al espectáculo, mientras que si se vuelve, canta hermosamente alrededor del corifeo, así también nosotros estamos alrededor de aquél, mas no siempre miramos hacia Él. Pero cuando miramos hacia Él es cuando alcanzamos "la meta y el descanso" y dejamos de desentonar mientras danzamos una danza inspirada.
Y al danzar esta danza, uno ve la Fuente de la vida, la Fuente de la Inteligencia, el principio del Ser, la Causa del bien, la Raíz del alma. No es que estas cosas primero emanen de Él y luego lo aminoren, no, pues no es un masa. Si no, sus productos serían perecederos, mientras que, en realidad, son eternos, porque su Principio permanece en el mismo estado, no desintegrándose en ellos, sino permaneciendo íntegro. Y, por eso, también sus productos son permanentes, del mismo modo que perdurando el sol, también la luz perdurará. Es que no estamos desconectados ni disociados de Él, aunque la naturaleza del cuerpo, desplomándose, nos arrastre consigo, sino que respiramos y nos conservamos no dándonoslo Él y luego retirándose, sino surtiéndose incesantemente mientras siga siendo el Mismísimo que Es".

Plotino, Enéada VI (Trat. VI 9, 35)


Los fragmentos que siguen a continuación se encuentran en el capítulo "Espacio y tiempo, templo y liturgia", que forma parte de la obra de Jean Hani "El simbolismo del templo cristiano".
Aquí encontramos las claves que nos haran descubrir el profundo significado simbólico que se expresa a través de la integración del espacio y el tiempo en el ritual cristiano, y por el cual se entraría en contacto con la manifestación de lo eterno. Manifestación que es reforzada por la presencia envolvente de la infinidad de colores en que se reviste la luz filtrada por las magníficas vidrieras. El lugar elegido por Hani como gran ejemplo en donde se escenifica esta maravilla, es una joya del gótico frances, la Sainte-Chapelle de París, de donde proceden todas las imágenes que he seleccionado para acompañar al texto. He intercalado también pasajes recogidos en diversas fuentes por considerarlos enriquecedores e ilustradores de lo que se expone.


La liturgia, a la que el templo está consagrado y que es su razón de ser, es de esencia luminosa y solar. ¿Cómo no ver que existe desde este punto de vista, una conexión íntima entre el culto divino y el lugar en el que este culto se celebra; que la iglesia cristiana es, en su naturaleza profunda, un templo solar destinado igualmente a un culto solar?
En las grandes catedrales del siglo XIII es, sobre todo, donde uno puede captar en todo su esplendor la naturaleza luminosa del templo, hecha patente por el incremento prodigioso de las vidrieras. A través de éstas, la luz solar toca y canta en un registro de mil matices. La obra maestra de este género es la Sainte-Chapelle de París, donde la piedra se extenúa hasta el límite de sus posibilidades, de tal forma que se ha podido decir de este monumento que era "algo inmaterial lleno de luz". Los muros quieren dar la impresión de ser los de la Jerusalén celeste, que son de pedrerías. Es la época en que Hugo de Saint-Victor y Suger dicen que la casa de Dios debe estar iluminada, deslumbrante como el paraíso; y esto, sin duda, bajo la influencia del renacimiento neoplatónico, debido a la traducción, por Escoto de Eriúgena, de las obras de Dionísio Areopagita.
En esta perspectiva, en perfecta armonía por lo demás con la escritura, Dios es luz; la Belleza esencial se identifica con la Claridad, la cual, junto con la armonía y el ritmo, reflejan la Belleza divina. Y para Suger, constructor de la basílica de Saint Denis, la belleza de la obra arquitectural debe iluminar el alma para guiarla hacia Cristo, quien dijo: "Yo soy la luz del mundo." Ego sum lux mundi. El brillo de las vidrieras, semejantes a gemas, evoca los esplendores que emanan del "Padre de las luces" y que, por su Hijo, brillan sobre el mundo generado.

Pero es preciso ir más allá de esta impresión global. Esta realización admirable que es la iglesia de las grandes épocas no es el producto de un sentimiento, ni siquiera de una intuición puramente estética. Inspirada por la teología, ella está sustentada también por la cosmología. Estas dos ciencias corren parejas en la construcción del edificio, encontrándolas igualmente en la disposición de las vidrieras. Nose trata en absoluto, como para muchos artistas de hoy, de ofrecer a la vista sensaciones de color. Éste es un resultado que obtenían los antiguos maestros, ciertamente, pero como por añadidura, pues el objetivo principal era el de transmitir, con los colores por vehículo, una enseñanza en imágenes. Las grandes vidrieras describen, en general, la historia del mundo con relación al misterio de la Redención. Esta enseñanza es de naturaleza teológica, pero el artista no olvida que el templo es por naturaleza cósmico; y en ese mundo coherente de pensamiento que es una civilización tradicional, se respetará escrupulosamente la armonía entre el orden teológico y el orden cósmico. Por esto, la ordenación de las vidrieras será estudiada de modo tal que esté en armonía con el ritmo solar que regula el curso del día. Así, por ejemplo, en la Saint-Chapelle, las vidrieras serán "leídas" a partir del muro norte, pasando por el ábside y el muro sur, para llegar hasta la rosa occidental. Las vidrieras situadas al norte describen la historia del mundo desde el Génesis hasta el fin del Antiguo Testamento; al este está situado el vitral de la Redención, y al sur, lo están los profetas escatológicos, anunciando la escena de la gran rosa, inspirada en el Apocalipsis, que canta a la ciudad celeste en que reina el Cordero.


Recorremos de este modo la historia del mundo, desde la Creación hasta la Parusía, siguiendo el curso del día. La salida oriental del sol señala la victoria de Cristo sobre las tinieblas y el mal, representados en el muro sur en la zona en que no penetra el sol; y la rosa de la ciudad santa está al oeste, allá donde se pone el sol visible, porque este descenso del sol al final del día simboliza también el fin del mundo y la aparicíón del mundo nuevo, en el que ya no habrá necesidad del sol, porque el Cordero será Él mismo el astro luminoso. Esta disposición no es exclusiva evidentemente de la Saint-Chapelle; se la encuentra, con algunas variantes, en todas las iglesias que respetan las normas de artes tradicionales. Así, el ciclo completo de nuesra humanidad se inscribe en el círculo temporal elemental, el curso diurno del sol, que le corresponde analógicamente y que está él mismo "fijado" en el templo correctamente orientado.

El templo es una "cristalizaión" del movimiento celeste o petrificación del tiempo, y por este motivo, una imagen de la inmutabilidad divina. La liturgia se desarrolla también en el espacio y en el tiempo a la vez: en el espacio sagrado del templo y en el ciclo anual de las estaciones regido por el curso del sol. Pero la liturgia y el templo a ella destinado expresan, cada uno a su modo, la misma realidad, la de la presencia divina en el mundo; el templo, en modo estático, la liturgia, en modo dinámico, y ambos realizan una prodigiosa integración espiritual del espacio y del tiempo, es decir, de las condiciones mismas de lo creado, refiriéndolas y reduciéndolas a su origen divino, hasta el punto en que el tiempo y el espacio se "volatilizan", para dejar paso a la manifestación de lo eterno.

Abordamos aquí lo que constituye la razón de ser profunda del templo y la liturgia.

El tiempo y el espacio son las dos condiciones esenciales del estado corporal, que es actualmente el del hombre en la tierra. Estas dos condiciones definen, en este estado, la finitud. De estos dos elementos, el tiempo es el más "espectacular", nos atreveríamos a decir. Lo que, ante todo, hace de la criatura un ser finito, distinto de su Creador, el Ser infinito, es que este último está en la eternidad, lo Intemporal, la ausencia de tiempo, lo Inmutable, mientras que la criatura está sometida al devenir: nacimiento, crecimiento y muerte.
El Ser infinito es inmutable, estable; el ser finito está en movimiento, es movimiento. "El tiempo es la contingencia que mina las cosas... la decadencia que aleja del origen (adámico)" (F. Schuon). La sumisión al tiempo, el devenir, que implica la muerte, es para el hombre una consecuencia de la caída: "El primer hombre, escribe San Gregorio de Nisa, había sido creado de forma tal que el tiempo había transcurrido y él hubiera permanecido estable." Pero después de su pecado, "una vez perdido su estado inmortal, la corriente de la mortalidad se apoderó de él". La caída es, en primer lugar, una "caída en el tiempo", lo que equivale a decir que, para el hombre, vivir en el tiempo no es "normal"; ello va contra su naturaleza original y celeste. Vivir en el tiempo, en efecto, es una dispersión del ser, una "salida" fuera del Centro divino, inmutable, y hacia los bordes de la gran rueda cósmica que arrastra al mundo en un perpetuo cambio.(...)

"La divinidad está siempre entera y de ningún modo dividida, tanto en su poder de predicación como en su obra, pues no tiene ni principio ni fin y no se puede captar en su intemporalidad. Es como un círculo que lo contiene todo".
Santa Hildegarda de Bingen

Hemos de precisar aquí la función que desempeña el rito. Éste, en la construcción y la consagración de un edificio sagrado, encierra simbólica pero realmente todo el espacio dentro de los límites del templo, lo que equivale a decir que, en el templo y por el templo, el espacio ha sido vencido: el fiel se encuentre en él en el "centro del mundo"; está simbólicamente en el Paraíso, en la Jerusalén celeste. El ritual obra de forma análoga sobre el tiempo. ¿Como consigue esto? De dos modos. Primero, mediante lo que podríamos denominar un vuelo por encima por de la totalidad del tiempo, y, a continuación, mediante una reactualización de la vida de Cristo mediante el ritual del año litúrgico. Por la repetición cada año del ritual, nos convertimos, de algún modo, en contemporáneos de Cristo y nos incorporamos poco a poco sus misterios hasta que Él "se haya formado en nosotros". Pues Cristo, desde el punto de vista que nos ocupa, se nos presenta como aquel que ha vencido al tiempo. Por la Encarnación, el infinito se ha introducido en lo finito, ha asumido todas sus condiciones, en particular el tiempo, haciendo posible así su superación y realizándola. Pero es más en particular por la Muerte de Cristo por lo que salimos del tiempo, pues en Su Muerte es en lo que Él ha sido exaltado y ha exaltado al hombre; por Su Muerte y Su Bajada a los infiernos, Cristo ha liquidado todas las consecuencias de la Caída en la humanidad, y ha permitido a ésta el seguirlo en Su Resurección y Su Ascensión, es decir, Su salida fuera del ciclo del tiempo, Su paso "más allá de todos los cielos", o sea, del movimiento cósmico. Por esto el Cristo glorioso es llamado "sol sin ocaso"-sol occasum nesciens-, inmutable fijo en el cénit.

"También la luz, por la misma razón de ser imagen visible, atrae y hace que se vuelvan hacia ellas todas las cosas que se ven, que se mueven, las que reciben la luz, las que reciben su calor, y en general todo aquello que alcanzan sus rayos luminosos. Por eso también es sol, porque lo junta todo y reune lo que está disperso. Y todos los seres sensibles tienden a él atraidos por su luz o para ver o para moverse, o para recibir la luz o el calor o en suma para que les conserve".
(Pseudo Dionisio Aeropagita, Los nombres de Dios)

La liturgia anual se nos manifiesta como un "sacramento del tiempo"; ella integra el tiempo, el cual, si no, significa pura dispersión, en una perspectiva espiritual, mostrando que él es una de las formas que reviste la manifestación cósmica del Verbo divino, y ella nos permite así "redimir al tiempo", según la viva expresión de San Pablo.(...)

La proyección de la vida de Cristo en el año no ha sido posible sino en virtud de la analogía que existe entre la revelación histórica del Verbo encarnado y la revelación cósmica del Verbo divino, revelación que no es otra que el propio mundo y el movimiento cíclico del tiempo, "imagen móvil de la Eternidad", segun la insuperable definición de Platón (Timeo, 39 e.). Y como cristo era "rey" y "luz" del mundo, fue asimilado, de forma completamente natural, al sol, él también rey y luz del mundo físico y el símbolo más adecuado de la Divinidad.(...)

Sol Justitiae, "Sol de justicia", es un Nombre divino que aparece en el profeta Malaquías, cuando éste anuncia en estos términos el Día del Señor: "Mas para vosotros, los que teméis Mi Nombre, se alzará un Sol de Justicia, que en sus rayos traerá la salvación" (4, 2). Pues bien, Zacarías saludó a Jesús en el Templo aludiendo a ese texto: "Nuestro Dios trae de Lo Alto la visita del Sol naciente, para iluminar a los que están en las tinieblas y la sombra de la muerte..." (Lc. 1, 78-79).(...)

Así, el sol visible es el centro del mundo, el "corazón del mundo" como decían los griegos (cardia cosmou), y por esta razón es la imagen de Aquel que es, en toda plenitud, el "Centro supremo" y el auténtico "Corazón del mundo".
Cristo se nos muestra como la Inteligencia Universal, que concibe todos los seres iluminándolos con los rayos de Su Ser, y como el Amor infinito, que da la vida y cuya llama, absorbiendo a todos los seres, los conduce de nuevo a la Unidad.

"Recordé las palabras: "no apartes el rostro", y no sé
de dónde surgió el pensamiento de que si uno tuviera suficiente valor y estuviera preparado para morir en vida, desde la belleza de los colores surgiría la pura luz blanca, la luz que hace visibles los colores. Había viajado mucho tiempo y ahora sentía que podía aceptar esa luz. No deseaba otra cosa".
Rashad Field, La última barrera