Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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lunes, 7 de septiembre de 2015

Dos historias de amor


Entre los relatos reunidos en La noche sexual de Pascal Quignard traducidos por Paz Gómez Moreno en la reciente publicación de Editorial Funambulista, destaco dos inspirados en obras literarias clásicas. El primero en la historia sobre Eros y Psique aparecida en Metamorfosis o El Asno de Oro de Apuleyo escrita en el siglo II d. de C. 
La segunda recrea la leyenda de Leandro y Hero tratada en diferentes versiones a lo largo de la historia; entre las más destacadas, la primera de la que se tiene noticia fue la aparecida en el siglo I a. C. en Heroidas de Ovidio a modo de intercambio de cartas entre dos amantes, después en el siglo V d. C. el bizantino Museo el Gramático le daría forma poética, y ya durante el Renacimiento Chistopher Marlowe comenzaría una extensa versión que tras su muerte concluiría el poeta George Chapman. 
Las acompaño con la selección de algunas pinturas y un grabado impreso también inspirados en esas inmortales historias de amor.



La noche sexual
(capítulos XXIII y XXIV)
por
Pascal Quignard



EROS Y PSIQUE


Giuseppe Maria Crespi, Cupido y Psique, s. XVIII


ELLA TIENE LA LLAMA en la mano izquierda. Se inclina. En la otra mano tiene una navaja afilada.
    Antaño Psique había sido expuesta por su padre en la cima de una roca sobre la que cayó dormida: de pronto un monstruo la raptó. A partir de entonces vivió sola en un palacio misterioso. Unas voces la obedecían como su fueran sus esclavas. Caída la tarde, después de que la noche alcanzara su plenitud, su marido invisible la visitaba, se deslizaba bajo la manta de lana y la penetraba en la noche opaca. No sólo él gozaba en ella, sino que también ella gozaba con él. Él le hablaba, pero no le preocupaba verla. Ella le respondía, pero no le veía, al igual que él no la veía a ella. Ni siquiera su sombra. Ni siquiera su silueta. Un día ella le preguntó:
    -¿Puedo verte?
    Él le respondió:
    -Sí, puedes verme, Psique. Pero piénsatelo. Pues en el mismo momento en que me hayas visto, dejarás de verme.
    Ahora bien, por muy feliz que fuera en los brazos de su marido, la joven desaba conocer el rostro de su raptor.
    Apuleyo da a entender esta queja de Psique en su Metamorfosis:
    -Nunca he podido ver el rostro del ser que me posee todas las noches. Ni siquiera sé a qué mundo pertenece. Tan solo oigo el sonido de su voz, que llega hasta mi oído entre las sombras. En la oscuridad sufro el acercamiento de un ser cuya naturaleza se me escapa (incerti status) y que huye de la luz (lucifugam). Bien que noto que es algún tipo de bestia.
    Psique toma una navaja semicircular (novacula). Afila su hoja. Rellena de aceite una pequeña lámpara portátil, prende la mecha, lo esconde todo bajo un caldero al que da la vuelta.
    Ella espera la noche. La noche llega. El monstruo solamente se presenta una vez que la noche alcanza la plenitud. Sube a la cama. Levanta la manta. La penetra. Goza. Cae dormido.
    Psique, desnuda, levanta la manta, se desliza fuera de la cama. De puntillas, va a levantar el caldero: libera la lámpara de su carcel de tinieblas ciegas (caecae tenebrate custodia). Tiene la lámpara en su mano izquierda. Se acerca. Se siente muy audaz. Levanta el brazo. Pero en cuanto la luz ilumina la cama, distingue a la más dulce de las bestias (dulcissimam bestiam).

 Jacopo Zucchi, Eros y Psique, 1589


Cupido duerme. Hasta la llama de la lámpara se aviva alegremente (hilaratum) al descubrir el joven cuerpo masculino, cautivador y desnudo, que descansa.
Entonces Psique deja caer la navaja semicircular. Su mano izquierda también comienza a temblar. Quiere contemplar todavía más de cerca a aquien desea. Se agacha. Una gota de aceite hirviendo cae sobre el hombro derecho del dios (super umerum dei dexterum). Debido a la quemadura, Cupido se despierta sobresaltado, da un brinco, se transforma en pájaro, levanta el vuelo sin mediar palabra (tacitus). El pájaro sale por la ventana. Se posa en la rama de un ciprés que se alza frente a la ventana abierta de par en  par de la habitación. Dice:
    -Ego quidem, simplicissima Psyche, immemor... (Yo también olvidadizo, Alma simplicísima, ahora huyo...)
    El pájaro abandona la rama del árbol en la que se había posado. Desaparece. Se disuelve en la noche...

François Éduard Picot, Amor y Psique, 1818



LEANDRO Y HERO


Hevelyn de Morgan, Hero esperando el regreso de Leandro, 1885


ELLA TIENE LA LLAMA en la mano derecha. La protege del viento. En lo alto de la torre prende la mecha de la lámpara secreta. Esa lamparita es como la llama de un faro que permite a Leandro orientarse en la negra noche. Museo el Grámatico compuso  su obra maestra a principios del siglo VI. Se trata de la "pequeña epopeya" (epullion) que dedicó a Leandro y a Hero. El autor llama a su poema el Nadador nocturno. Marlowe decía que la narración de Museo era "el poema de amor más hermoso del mundo". Comenzó a traducirlo antes de morir asesinado por su propia mano. La muerte que lo interrumpe le sigue dando un sentido que no aparecía en vida.
    Siempre se le da un sentido a un cadáver traído por el mar.
    Pues es un recuerdo.
    El "nadador nocturno" viviía en Abido. Hero era sacerdotisa de Afrodita y vivía en la orilla del Helesponto: servía en el templo de la diosa que estaba situado en Sesto. Cada noche, para poder reunirse con ella, Leandro tenía que  cruzar el estrecho. Primero se desnudaba para introducirse en el agua, se ataba las ropas a la frente, luego se echaba a nadar guiado por la llama de la lamparita de aceite que la sacerdotisa había prendido en secreto en lo alto de la torre-faro en el extremo de la península.
    Llegó el invierno y el mar helado, rugiente, violento, agitado por súbitas tempestades. Dejaron de verse. De repente Hero no aguanta más sin ver a su amante. ¿Dónde está? ¿Qué hace? Sube a la cubierta de la torre. Prende la lámpara.
    Al otro lado del estrecho, en Abido, el buceador de nuevo se sumerge. El viento sopló. La mecha se apagó. Leandro no pudo encontrar la costa en las tinieblas, entre las olas terribles, bajo las embestidas de la borrasca. Con la primera luz del alba, al pie de la torre, Hero vio como las olas arrastraban el cuerpo mancillado y desfigurado de su amante. Desde lo alto de la torre se arrojó al vacío.

François Chauveau, Hero y Leandro, 1676

    En el texto de Museo, en mitad de la noche, cada vez que el nadador nocturno se pone en pie en la orilla de Sesto, Hero le susurra al oído antes de lavar su cuerpo desnudo:
    -¡Oh, amante mío, olvida el olor de los peces del mar.
    He aquí lo que le susurra Hero a su amante mientras lo lava y lo perfuma en la gran pintura de Delorme, que data de 1814 y que está expuesta cerca del mar, en el museo de Brest.

 Pierre-Claude-François Delorme, Hero y Leandro, 1814


    Quinientos años antes de Museo, Ovidio había inventado dos cartas que los dos amantes se habrían escrito cuando el invierno los separaba.
Leander Heroni (Leandro a Hero) : Ya que no puedo ir, me veo obligado a escribirte. Acerca los labios, abre la boca, enseña los dientes, roe el cordelillo bajo el sello de lacre. Ya que no puedes amarme, léeme. Desnudo, era yo a la vez navío, timonel, barquero. Cada noche, bajo la claridad de la luna, al descender de la roca, dos veces me desnudaba. Cada noche , a poco que esta fuera tranquila, dos veces me despojaba de mis ropas: para introducirme en el agua, para introducirme en ti. Dos veces sumergía mi rostro. Dos veces utilizaba los remos de mi cuerpo. Dos veces un agua conocida (nota aqua) me atraía. Me abría paso. Me sumía en el silencio. Nullaque vox usquam, nullum veniebat ad aures praeter dimotae corpore murmur aquae... De ninguna parte en el espacio voz alguna llegaba a mis oídos. Ningún murmullo se levantaba si no era el del agua que mi cuerpo desplazaba en la noche.
    Hero Leandro (Hero a Leandro): ¿Dónde está ese cuerpo que mi mano secaba cuando salía totalmente desnudo del mar en la claridad de la luna? Lo lavamos en la sala de al lado. Me digo a mí misma: Veni. Non patienter amo. Ven. Amo sin paciencia. Les hablo de ti muerto a todas las cosas que me rodean. Odio el mar. Odio la torre, la llama, el viento, la orilla vacía, las gaviotas y las cornejas que graznan. Mi nodriza enjuga mis lágrimas con su pulgar. Odio su compasión y su actitud solícita. Odio el manto seco que he tenido en las manos mientras he permanecido sentada. Odio a Ulises que sobrevivió al naufragio, dormido, demacrado, barbudo, sucio, respirando entre la maleza de la isla del rey de los feacios. Odio el huso que cae, el delfín que nada, el pecio que arrasa la ola. Leandro, voy a levantarme, voy a reunirme contigo allí donde estás. Ahora me toca a mí dejar las ropas en el borde de la torre. Me lanzo de repente al aire como un gavilán marino. Ahora me toca a mí ir a reunirme contigo en el fondo del reino húmedo y nocturno del mar. 

 William Etty, Hero y Leandro, 1828


Lecturas:

Pascal Quignard, La noche sexual. Editorial funambulista 2013

Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro. Biblioteca digital Miguel de Cervantes 1999

Christopher Marlowe, Hero y Leandro. La Palma Ediciones 2009

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domingo, 16 de noviembre de 2014

Tras la murallla


Murallas de Itchan-kala (Khiva, Uzbekistán)



"...La música, los estados de la felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder..."

Jorge Luis Borges, La muralla y los libros



La leyenda árabe sobre la mítica ciudad de Cobre oculta tras sus infranqueables murallas, dio lugar a lo largo del tiempo a ingeniosas versiones en la literatura popular musulmana con el fin de desvelar el misterio que albergaba tal fortaleza. Entre ellas, la narrada en Las mil y una noches a modo de "aviso para la meditación" tal como su anónimo autor la presentó, pareciendo invitar a poner en marcha la imaginación interpretativa con la que descubrir significados profundos. Posiblemente a los lectores de Fragmentalia les sugiera interesantes metáforas. 


La ciudad de Cobre
Recopilación de
María Jesús Rubiera


La ciudad de Cobre es uno de los mitos de la historia  árabe-musulmana, perteneciente al ciclo de las conquistas musulmanas, donde los conquistadores se encontraron toda clase de maravillas. En principio, la ciudad de Cobre no es un arquetipo de arquitectura, sino tan sólo una ciudad misteriosa:

La ciudad de Cobre que construyeron los genios para Salomón, hijo de David -sobre ellos la paz-, en tierras de al-Andalus, cerca del Mar Tenebroso. 
Contó Lahqad ibn Ziyad que 'Abd al-Malik ibn Marwan tuvo noticia de la existencia  de la ciudad de Cobre que estaba en al-Andalus y escribió a su gobernador en el Magrib, diciéndole:"Me ha llegado la noticia de la existencia de la ciudad de Cobre que construyeron los genios de Salomón, hijo de David; ve a ella y escríbeme con lo que veas de extraordinario en ella; apresúrate a responderme, si Dios quiere". Cuando llegó la carta del califa a su gobernador en el Magrib Musa ibn Nusayr, éste salió con un gran ejército; iban con él los adalides que le guiaban hacia aquella ciudad; fue por diferentes caminos durante cuarenta días, hasta que llegó a una tierra muy amplia con muchas aguas, fuentes, árboles, animales, pájaros, hierbas y flores. Y apareció ante ellos la muralla de la ciudad de Cobre, como si no la hubiesen hecho manos humanas, y se asustaron.

Murallas de Itchan-kala (Khiva, Uzbekistán)

El emir Musa dividió el ejército en dos partes: instaló a cada una a un lado de la muralla de la ciudad y envió a un general con mil jinetes, ordenándole que rodease la ciudad, mirase dónde estaba la puerta y si había gente alrededor de ella. Fue aquel general y permaneció ausente seis días y no vio a ningún ser humano ni encontró la puerta. Entonces Musa ibn Nusayr dijo: "¿Cómo podremos saber lo que hay en la ciudad?" Los ingenieros le dijeron que ordenase socavar los cimientos de las murallas y así sería posible entrar en la ciudad. Cavaron los cimientos de las murallas hasta llegar al nivel del agua, pero se encontraron que los cimientos de cobre estaban clavados bajo el agua, de modo que comprendieron que no podrían entrar por allí. Entonces los ingenieros dijeron: "Construye en una de las esquinas de las torres de la ciudad una construcción que la domine". Cortaron piedras, llevaron yeso y cal, e hicieron en una esquina de una torre, cuyo tamaño era de 300 codos, una construcción, hasta que no pudieron levantar más piedras, yeso y cal y quedaron todavía 200 codos. Ordenó Musa ibn Nusayr que se emplease madera para construir sobre la torre de piedra que habían levantado y llegaron a 170 codos más. Luego cogieron una gran escalera y subieron con cuerdas por la construcción hasta alcanzar lo más alto del muro de la ciudad.
Entonces Musa ibn Nusayr arengó a sus hombres con las siguientes palabras: "Quien suba a lo más alto de la muralla, le daré como recompensa su precio en sangre. Se adelantó un valiente, pidió la recompensa; Musa ordenó que se la diesen y el hombre la tomó y se la dejó al emir en depósito, diciendo:  "Si me salvo, será i recompensa; si muero será mi herencia". Subió hasta lo más alto de la escalera y cuando se asomó a la ciudad, se echó a reir, agitó sus manos y se arrojó al interior de la ciudad. Oyeron entonces un gran alboroto y voces terribles que los atemorizaron. Aquellos gritos duraron tres días y tres noches y cuando callaron, los hombres del ejército gritaron el nombre del desaparecido desde todos los rincones y no encontraron respuesta. Cuando desistieron de llamarle, Musa les convocó y dijo: "A quien suba a lo alto, le daré mil dinares". Se ofreció otro valiente, que dijo: "Yo subiré a lo alto del muro". El emir ordenó que le diesen el dinero y el hombre hizo lo mismo que el anterior, dejándolo en depósito. El emir le dijo el siguiente consejo: "No hagas lo que
hizo tu compañero; infórmanos de lo que veas y no bajes al interior de la ciudad". El hombre subió y cuando se asomó por lo alto del muro, se echó a reir, sacudió sus manos y se arrojó al interior. Todos los del ejército gritaron: "No lo hagas, no vayas con ellos, ven". Escucharon esta vez también grandes voces terribles, más fuertes aún que la primera vez hasta el punto de que les entró un terror de muerte; duraron tres días y tres noches, luego callaron y dijo Musa ibn Nusayr: "Si nos marchamos de aquí sin saber lo que hay en la ciudad, qué escribiré al Príncipe de los Creyentes. A quien suba le daré el equivalente a dos precios de sangre". Se presentó otro valiente que dijo: "Yo subiré, pero atadme una cuerda a la cintura fuertemente, cuyo extremo sujetaréis, y cuando yo quisiera arrojarme al interior de la ciudad, impedídmelo". Así lo hicieron; subió el hombre y cuando se asomó a la ciudad, se echó a reir, sacudió las manos y quiso tirarse al interior de la ciudad, mientras sus compañeros tiraban de la cuerda hasta que el hombre se partió en dos mitades: la mitad inferior cayó fuera y la superior al interior de la ciudad, produciéndose de nuevo los gritos y el tumulto.
Entonces el emir Musa se desesperó de saber algo de la cudad y dijo: "Sin duda los genios cogen a todo el que sube a lo alto de la ciudad", y ordenó que el ejército partiese.
Abu Hamid al-Garnati, Tuhfat al-Albad

Esta historia cuya clave todavía no ha sido hallada, incitó la imaginación de los literatos. No podían quedarse sin saber que había en el interior de la ciudad: por ello se inventaron que un personaje, el jeque 'Abd al-Samad lograse entrar rezando aleyas del Corán. Así surgió una ciudad fantásica, habitada por muertos, pero que presenta las características idealizadas de una ciudad musulmana. Esta versión es la que aparece en Las mil y una noches. En la noche 574, la imaginación árabe popular nos descubre el terrible secreto de la atracción que hacía despeñarse a los hombres de Musa: diez jóvenes bellísimas:

Dijo el jeque 'Abd al-Samad: Cuando llegué a lo alto de la muralla vi diez lunas que me hacían señas con las manos diciendo: "¡Ven con nosotras!". Al mismo tiempo me pareció que a mis pies había un mar de agua. Quise arrojarme como nuestros compañeros hicieron, pero los vi muertos y me abstuve. Recité algo del Libro de Alá -ensalzado sea- y El apartó de mí las argucias de las muchachas, que desaparecieron.

El jeque 'Abd al-Samad abrió las puertas de la ciudad después de algunas peripecias y Musa, con su ejército, pudo entrar en la ciudad. En ella vemos una de las características de las ciudades musulmanas de la Edad Media: los zocos repartidos en gremios:

El emir Musa cruzó la puerta de la ciudad con la mitad de sus hombres, todos armados. Vieron a sus compañeros que estaban muertos y los enterraron. Encontraron a los porteros, criados, chambelanes y guardianes que yacían en lechos de seda muertos.
Luego entraron en el zoco de la ciudad y vieron que era un mercado enorme, con altos edificios de tamaño uniforme. Las tiendas estaban abiertas, las balanzas colgadas, los recipientes alienados y los almacenes de toda clase de mercancías. Los comerciantes estaban muertos en sus tiendas: tenían la piel seca y los huesos cariados: eran como un aviso para la meditación. Vieron cuatro zocos independientes entre sí, cuyas tiendas estaban llenas de riquezas. Los dejaron atrás y pasaron al zoco de las telas. En él había sedas, brocados y tejidos de todos los colores, bordados con oro rojo y blanca plata, pero sus dueños yacían muertos sobre alfombras de cuero y parecían a punto de hablar.
Pasaron de largo y entraron en e zoco de las piedras preciosas, las perlas y los jacintos. De allí fueron al zoco de los cambistas de monedas y los encontramos también muertos a todos, echados sobre sedas de diferentes clases; sus tiendas estaban llenas de oro y plata.
Pasaron luego al zoco de los perfumistas: sus tiendas estaban llenas de toda clase de perfumes, vasijas de almizcle, ámbar, alóe, ámbar gris, alcanfor y otras cosa semejantes. Todos los comerciantes estaban muertos y no aparecieron cosa que comer.
Al salir del palacio de los perfumistas encontraron cerca de él un alcázar muy decorado y bien construido. Entraron en él y hallaron banderas desplegadas, espadas desenvainadas, arcos tensados con cuerdas, escudos colgados con cadenas de oro y plata y cascos dorados con oro rojo. En el vestíbulo del palacio había bancos de marfil revestidos de oro de seda, en los que se hallaban hombres cuya piel se había secado sobre los huesos.



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Nota de Fragmentalia: Entre la información que aparece en internet sobre la fortaleza de Itchan-Kala en Uzbekistán cuyas imágenes de sus muros me parecieron idóneas para ilustrar el texto, encuentro lo que me resulta toda una tentación para aventurarse en un viaje: 
 "Pero lo verdaderamente impresionante se encuentra tras los muros, al acceder, a través de la enorme puerta, al interior de la fortaleza. En este espacio de 600 metros de largo por 400 de ancho se aloja un verdadero laberinto donde, a lo largo de los siglos, se creó lo que hoy parece un museo al aire libre, sembrado de magníficos conjuntos arquitectónicos decorados de azulejos. Pasear por las callejuelas y rincones, a los pies de los bellos minaretes, transporta al visitante a los cuentos de Las mil y una noche."
 


Lecturas:

María Jesús Rubiera, La arquitectura en la literatura árabe. Ediciones Hiperión 1988

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domingo, 15 de diciembre de 2013

Recuerdos del origen

Recreación digital del big bang


Italo Calvino en una sugerente hipótesis a partir de la moderna teoría científica del big bang, y donde también se percibe la influencia de los tradicionales mitos cosmogónicos, especula sobre las condiciones que pudieron provocar el origen del universo.


Todo en un punto
Por
Italo Calvino


A través de los cálculos iniciados por Edwin P. Hubble sobre la velocidad del alejamiento de las galaxias, se puede determinar el momento en que toda la materia del universo se hallaba concentrada en un solo punto, antes de empezar a expandirse en el espacio. La "gran explosión" (big bang) en la que tuvo origen el universo debió de ocurrir aproximadamente hace quince o veinte mil millones de años.

Por supuesto que todo estaba allí -dijo el viejo Qfwfq-, ¿y dónde si no? Todavía nadie sabía que existía el espacio. Y el tiempo, ídem: ¿qué queréis que hiciéramos con el tiempo estando allí apretados como sardinas en lata?
He dicho "apretados como sardinas en lata" sólo por emplear una imagen literaria: en realidad ni siquiera había espacio para apretarnos. Cada punto de cada uno de nosotros coincidía con cada punto de cada uno de los demás en un único punto que era aquel en el que estábamos todos. En suma, ni siquiera nos molestábamos, a no ser por la cuestión del carácter, porque cuando no hay espacio, tener siempre por el medio a un antipático como el señor Pber1 Pberd es de lo más molesto.
¿Cuántos éramos? Bueno, nunca pude darme cuenta ni siquiera aproximadamente. Para contarnos, debíamos separarnos al menos un poquito uno de otro, pero todos ocupábamos ese mismo punto. Al contrario de lo que pudiera parecer, no era una situación que favoreciera la sociabilidad; sé que, por ejemplo, en otras épocas los vecinos se visitaban; en cambio allí, debido al hecho de que todos éramos vecinos, ni siquiera nos decíamos buenos días o buenas noches.
Cada cual acababa por relacionarse sólo con un reducido número de conocidos. Los que yo recuerdo sobre todo son la señora Ph(i)Nk0, su amigo De XuaeauX, una familia de inmigrantes, unos tales Z'zu, y el señor Pber1 Pberd, al que ya he citado. También había una señora de la limpieza -"empleada del mantenimiento", así se la llamaba-, una sola para todo el universo, dado el ambiente tan pequeño. A decir verdad no tenía nada que hacer en todo el día, siquiera quitar el polvo -dentro de un punto no cabe siquiera un granito de polvo-, y se desahogaba en continuos chismorreos y quejas.
A éstos -que ya he dicho que eran numerosísimos- añadidles las cosas que debíamos tener allí amontonadas: todo el material que luego habría servido para formar el universo, desmontado y concentrado de modo que no eras capaz de distinguir lo que más tarde iría a formar parte de la astronomía (como la nebulosa de Andrómeda) de lo que estaba destinado a la geografía (por ejemplo, los Vosgos) o la química (como algunos isótopos de berilio). Además, siempre chocábamos con los utensilios de la familia Z'zu, con la excusa de que eran una familia numerosa, se comportaban como si en el mundo sólo estuvieran ellos: incluso pretendían colgar cuerdas a través del punto para tender la colada.
Sin embargo, los demás también se equivocaban con los Z'zus, empezando por esa definición de "inmigrantes", basada en la pretensión de que, mientras los demás estaban allí antes, ellos habían llegado después. Que eso fuera un prejuicio sin fundamento me parece claro, dado que no existía ni un antes ni un después ni otro lugar del que emigrar, pero había quien sostenía que el concepto de "inmigrante" se podía entender en estado puro, es decir, independientemente del espacio y del tiempo.
Era una mentalidad, digamos estrecha la que teníamos entonces, mezquina. Culpa del ambiente en que nos habíamos formado. (...)

 Que quede bien claro: a mí la teoría de que el universo, después de haber alcanzado un punto extremo de rarefacción, volverá a condensarse y que, por lo tanto, tendremos que volvernos a encontrar en ese punto para volver a comenzar a continuación, nunca me convenció. Y, sin embargo, muchos de nosotros no cuentan más que con eso, siguen haciendo proyectos para cuando todos volvamos a estar allí. El mes pasado entro en el cafe de la esquina y ¿a quién veo? Al señor Pber1 Pberd.
-¿Qué hay de bueno? ¿Cómo usted por aquí? -me entero de que tiene una representación de materiales plásticos en Pavía. Sigue tal cual, con su diente de plata y sus tirantes floreados-. Cuando volvamos allí -me dice en voz baja-, en lo que hay que tener más cuidado es en que esta vez alguna gente se quede fuera... ¿Me ha entendido? Esos Z'zu...
Hubiera querido responderle que esto ya se lo había oído a más de uno de nosotros, que añadía: "¿Me ha entendido...?
Para no seguirle la corriente me apresuré a decir:
-¿Cree que volveremos a encontra a la señora Ph(i)Nko?
-Ah, si... A ella sí... -dijo él, poniéndose colorado como un tomate.
Para todos nosotros la esperanza de regresar al punto es, sobretodo, la de volver  a encontrarnos juntos con la señora Ph(i)Nko. (Y lo mismo me pasa a mí aunque no lo crea.) Y como ocurre siempre, nos pusimos a acordarnos de ella conmovidos, y hasta la antipatía del señor Pber1 Pberd se difuminaba ante aquel recuerdo.
El gran secreto de la señora Ph(i)Nko era que nunca había provocado celos entre nosotros, ni siquiera chismorreos. Que se iba a la cama con su amigo el señor De XuaeauX era algo sabido. Pero si en un punto hay una cama, ocupa todo el punto, y, por tanto, no se trata de irse a la cama sino de estar, porque cualquiera está en el punto y también en la cama. En consecuencia, era inevitable que ella se fuera a la cama también con cada uno de nosotros. Su hubiera sido otra persona, a saber cuántas cosas se habrían murmurado a sus espaldas. La señora de la limpieza era siempre la que le quitaba el tapón a las maledicencias, y los demás no se hacían mucho de rogar para imitarla. De los Z'zun, aunque fuera para cambiar de asunto, cuántas cosas horribles teníamos que oír: padre hijas hermanos hermanas madres tías, nadie se detenía ante ninguna sucia insinuación. En cambio, con ella era distinto: la felicidad que me venía de ella era al mismo tiempo la de ocultarme yo puntiforme en ella, y la de protegerla a ella puntiforme en mí, era contemplación viciosa (dada la promiscuidad de la convergencia puntiforme de todos en ella) y al mismo tiempo casta (dada la impenetrabilidad puntiforme de ella). En suma, ¿qué más podía desear?
Y todo esto, así como era verdad para mí, también valía para cada uno de los demás. Y para ella: contenía y era contenida con igual júbilo y nos acogía y amaba y habitaba a todos por igual.
Estábamos tan bien todos juntos que algo extraordinario tenía que suceder. Bastó con que en un determinado momento ella dijera:
"Chicos, si tuviera un poco de sitio, ¡cómo me gustaría haceros unos tallarines!", y en ese momento pensamos en el espacio que habrían ocupado los redondos brazos de ella moviéndose delante y atrás con el rodillo sobre la masa de pasta, su pecho dejándose caer en el gran montón de harina y huevos que llenaba la larga mesa mientras sus brazos amasaban amasaban, blancos y untados de aceite hasta más arriba del codo; pensamos en el espacio que habría ocupado la harina, y el trigo para hacer la harina, y los campos para cultivar el trigo, y las montañas de las que corría el agua para regar los campos, y los pastos para los rebaños de terneros que habrían dado su carne para la salsa; en el espacio que habría sido necesario para que el Sol llegase con sus rayos para madurar el trigo; en el espacio para que de las nubes de gas estelares el Sol se condensase y ardiera; en las cantidades de estrellas y galaxias y en las acumulaciones galácticas en fuga por el espacio que habrían sido necesarias para sostener cada galaxia cada nebulosa cada sol cada planeta, y al mismo tiempo que pensábamos ese espacio, imparablemente se formaba, al mismo tiempo que la señora Ph(i)Nko pronunciaba esas palabras: "¡...Tallarines , eh, chicos!", el punto que la contenía a ella y a todos nosotros se expandía en un nimbo radiado de distancias de años luz y siglos luz y miles de millones de milenios luz, y todos nosotros lanzados a los cuatro rincones del universo (el señor Pber1 Pberd hasta Pavía), y ella disuelta en no sé qué especie de energía luz calor; la señora Ph(i)Nko, la que en medio de nuestro mundo cerrado y mezquino había sido capaz de un impulso generoso, el primero, "¡Chicos, qué tallarines os voy a preparar!", un auténtico impulso de amor general, dando comienzo en el mismo momento al concepto de espacio, y al espacio propiamente dicho, y al tiempo, y a la gravitación universal, y al universo que gravitaba, haciendo posibles miles de millones de miles de millones de soles, y de planetas, y de campos de trigo, y de señoras Ph(i)Nko, distribuidas por los continentes de los planetas amasando con sus brazos enharinados y generosos, y ella, desde ese momento, perdida, y nosotros echándola de menos.


 Felices fiestas !

Que en estos próximos días de celebraciones no falte la imaginación, la risa ni la generosidad, y como sugerencia, ¡no dejéis de añadir un buen plato de tallarines a la bolognesa al menú navideño!

Tallarines Big Bang

 
Lecturas:

Italo Calvino, Todas las cosmicómicas, Siruela 2007


Entradas relacionadas:

Un cosmos que danza

Recuerdo del origen en la armonía celeste

¿Qué son las Estrellas?

Cuarteto para el fin de los tiempos


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lunes, 28 de octubre de 2013

La fiesta de Todos los Santos

   Isabelle Allen como Cosette en una versión cinematográfica de Los Miserables de Victor Hugo



Cuánto esplendor habrá cuando la luz del sol eterno ilumine las almas glorificadas... Un gozo extraordinario no puede esconderse, si irrumpe en gozo o júbilo y cánticos, en los que irán al reino de los cielos.

San Buenaventura (Sermones, VI)



 El Zueco
Por
Marcel Scwob



El bosque de Gâvre está cortado por doce grandes caminos. La víspera de Todos los Santos, el sol aún brillaba en las hojas verdes con un resplandor sangre y oro, cuando una niña errante apareció en la gran carretera del Este. Llevaba un pañuelo rojo en la cabeza, atado bajo la barbilla, una camisa de tela gris con un botón de cobre, una falda deshilachada, un par de pantorillas doradas, finas como alambres, que terminaban en unos zuecos reforzados de hierro. Y cuando llegó al gran cruce de caminos, como no sabía adónde ir, se sentó junto al mojón de los kilómetros y se echó a llorar.
La niña lloró durante mucho tiempo, tanto que la noche lo cubrió todo mientras las lágrimas corrían entre sus dedos. De las ortigas colgaban sus racimos de granos verdes. Los grandes cardos cerraban sus flores violetas, la carretera gris a lo lejos se volvía aún más gris entre la bruma. Al hombro de la pequeña subieron de repente dos patas y un fino hocico; luego un cuerpo totalmente aterciopelado, seguido de una cola en forma de penacho, anidó en sus brazos, y la ardilla metió su nariz en la manga corta de tela. Entonces la niña se levantó y penetró bajo los árboles, bajo unos arcos de ramas entrelazadas con matorrales espinosos llenos de endrinas, de donde brotaban de repente avellanos que se erguían muy rectos hacia el cielo. Y al fondo de uno de los negros pasadizos, vio dos llamas rojísimas. Los pelos de la ardilla se erizaron, se oyó como un rechinar de dientes y la ardillla saltó al suelo. Pero la niña había corrido tanto por los caminos que había dejado de tener miedo, y avanzó hacia la luz.
Un ser extraordinario estaba acurrucado bajo un matorral, con los ojos llameantes y la boca de un violeta oscuro. En la cabeza se alzaban dos cuernos puntiagudos, y masticaba avellanas que cogía sin cesar con su larga cola. Abría las avellanas con los cuernos, las pelaba con sus manos secas y peludas, cuyo interior era de color rosa, y rechinaba los dientes al comerlas. Cuando vio a la niña dejó de comisquear y se la quedó mirando, guiñando continuamente los ojos.
-¿Quién eres? -dijo ella.
-¿No ves que soy el diablo? -respondió la bestia incorporándose.
-No, señor diablo -grito la niña-, pero, oh..., oh..., no me hagas daño. No me hagas daño señor diablo. Yo no te conozco, ¿sabes? Nunca he oído hablar de ti. ¿Eres malo? 
El diablo se echó a reír. Adelantó su garra puntiaguda hacia la niña y lanzó las avellanas a la ardilla. Cuando se reía, los mechones de pelo que le crecían en los orifcios de la nariz y en el interior de las orejas le bailaban en la cara.
-Querida niña -dijo el diablo-, sé bienvenida. Me gustan las personas simples. Me da la impresión de que eres una buena niña, pero no conoces tu catecismo. Seguramente algún día te enseñarán que yo me llevo a los hombres: vas a ver que no es verdad. Sólo vendrás conmigo si quieres.
-Pero -dijo la niña- no quiero diablo. Eres muy feo.Seguro que en tu casa está todo negro. A mí me gusta correr al sol por la carretera. Cojo flores, y, a veces, cuando pasan damas o señores, me las compran por monedas. Y por la noche encuentro mujeres bondadosas que muchas veces me dejan acostarme en la paja o en el heno. Sólo esta noche no he comido nada porque estamos en el bosque.
-Escucha, pequeña, y no tengas miedo. Voy a ayudarte. Se te ha caído el zueco, póntelo.
Mientras hablaba, el diablo cogió una avellana con el rabo y la ardilla se puso a mordisquear otra.
La niña introdujo su pie mojado en el grueso zueco y, de golpe, se encontró en la carretera, el sol asomaba en bandas rojas y violetas por Oriente entre el aire fresco de la mañana, con la bruma todavía flotando sobre los prados. Ya no estaba el bosque, ni la ardilla, ni el diablo. Un carretero borracho, que pasaba al galope llevando una carretada de becerros que mugían bajo un toldo empapado, le azotó las piernas con un látigo a modo de saludo. Los alionines de cabeza azul piaban en los setos de espinos sembrados de flores blancas. La niña, asombrada, emprendió la marcha. Durmió bajo una encina en el extremo de un campo. Y al día siguiente continuó su viaje. De camino en camino llegó a unos montes pedregosos donde el aire era salado.
Y más lejos encontró cuadrados de tierra llenos de agua salobre, con montones de sal que amarilleaban en el cruce de los diques. Petreles y nevatillas picoteaban el estiércol del camino. Enormes bandadas de cuervos se abatían de campo en campo con roncos graznidos.
Una noche se encontró en la carretera a un mendigo andrajoso, la frente vendada con una vieja tela, el cuello surcado de cuerdas tirantes y retorcidas, y unos párpados enrojecidos y semicerrados. Cuando la vio llegar se levantó y le cerró el paso con los brazos extendidos. La niña lanzó un grito; sus gruesos zuecos resbalaron en el puente del arroyo que cortaba la carretera:; la caída y el susto la dejaron sin aliento. El agua, que silbaba ligeramente, le mojaba el pelo; las arañas rojas corrían entre las hojas de los nenúfares para mirarla; acurrucadas, las ranas verdes fijaban en ella la mirada mientras tragaban aire. Mientras tanto, el mendigo se rascó lentamente el pecho bajo la ennegrecida camisa y siguió su camino arrastrando la pierna. Poco a poco el repiqueteo de su escudilla contra el bastón se desvaneció.
La pequeña se despertó cuando ya era completamente de día. Estaba algo magullada y no podía mover el brazo derecho. Sentada en el puentecillo intentaba vencer el aturdimiento.
Luego, a lo lejos, en la carretera, sonaron los cascabeles de un caballo. Poco después oyó las ruedas de un coche. Protegiéndose los ojos del sol con una mano, vio una cofia blanca que brillaba entre las blusas azules. El faetón avanzaba rápidamente; delante trotaba un caballito bretón con la collera llena de cascabeles y dos tupidos plumeros encima de las anteojeras. Cuando llegó a su altura, la niña extendió el brazo izquierdo en gesto de súlpica.
La mujer gritó:
-¿Qué veo? Parece una chiquilla pidiendo. Detén el caballo, Jean, a ver qué le pasa. Sujétalo bien para que yo me baje y no se ponga a trotar. ¡oh! ¡Vamos allá! -veamos qué le ocurre.
Pero cuando la miró, la niña ya había vuelto al país de los sueños. El sol le había lastimado demasiado los ojos, y también la blanca carretera, y el dolor sordo del brazo le había estrangulado el corazón en el pecho.
-Está medio muerta -resopló la campesina-. Pobre chica. O es una idiota o la ha mordido un cocodrilo o un loco. Esas bestias son muy malas, van corriendo de noche por los caminos. Jean, sujeta el jamelgo, que no se ponga a trotar. Mathurin, échame una mano para subirla.
Y el carricoche empezó a traquetear, y el caballito trotando delante con sus dos plumeros que se agitaban cada vez que una mosca le hacía cosquillas en la testuz, y la mujer de la cofia blanca, apretada entre las blusas azules, se volvía de vez en cuando hacia la pequeña, que todavía estaba muy pálida. Y por fin llegó a una casa de pescador, cubierta de cañas. El pescador era uno de las más importantes de la región, gozaba de buena posición y podía mandar el pescado al mercado en la trastera de una carreta.
Allí terminó el viaje de la pequeña. Porque a partir de entonces se quedó en casa de los pescadores. Y las dos blusas azules eran Jean y Maturin, y la mujer de la cofia blanca era la tía Matho, y el viejo iba a pescar en una chalupa. Se quedaron con la niña pensando que sería útil para llevar la casa. Y fue educada como los chicos y las chicas de los marineros, con el látigo. Los palos y los capones cayeron muy a menudo sobre ella. Y cuando se hizo mayor, a fuerza de remendar las redes, y de manejar las sondas, y acarrear el achicador y limpiar las algas, y fregar los camarotes, y empapar los brazos en agua grasienta y en agua salada, las manos se le pusieron rojas y arañadas, las muñecas arrugadas como el cuello de un lagarto, y los labios negros, y la cintura ancha, el pelo colgante, y los pies endurecidos y encallecidos por haber pasado muchísimas veces sobre las pústulas de cuero del varec y los racimos de mejillones violáceos que raspan la piel con el filo de sus valvas. De la niña de antaño apenas quedaba nada aparte de dos ojos como brasas y una tez suave; mejillas ajadas, piernas torcidas, espalda encorvada por las cestas de las sardinas, era una muchacha fuerte que ya podía casarse. La prometieron a Jean, y antes de que los esponsales se hubieran convertido en la comidilla del pueblo, la boda ya estaba decidida. Y se casaron tranquilamente: el hombre fue a pescar con la traina, y a la vuelta bebió tazones de sidra y vasos de ron.
No era guapo, tenía la cara huesuda y un tupé de pelo amarillo entre dos orejas puntiagudas. Pero sus puños eran sólidos: al día siguiente de sus borracheras, su mujer tenía cardenales. Y tuvo una recua de niños pegados a sus faldas cuando fregoteaba en el umbral de la puerta la olla de papilla. También ellos fueron educados como chicos y chicas de marineros, con el látigo. Los días pasaron uno tras otro, monótonos y siempre monótonos, lavando a los niños y remendando las redes, acostando al marido cuando llegaba borracho, y por las noches, algunas veces, jugando a los dados al tres por siete con las comadres mientras la lluvia golpeaba contra los cristales y el viento agitaba las ramas en la lumbre.
Y luego el hombre se perdió en el mar y su mujer le lloró en la iglesia. Durante mucho tiempo tuvo la cara estirada y los ojos enrojecidos. Los hijos crecieron y se fueron, unos aquí, otros allá. Al final se quedó sola, vieja, impedida arrugada, temblorosa. Vivía con un poco de dinero que le mandaba uno de sus hijos, que era gaviero. Y un día, al despuntar la aurora, los rayos grises que entraron por los borrosos cristales iluminaron el hogar apagado y a la anciana que agonizaba. En los estertores de la muerte, sus puntiagudas rodillas levantaban sus harapos.
Mientras la última bocanada de aire cantaba en sus gargantas, se oyeron sonar los maitines, y sus ojos se oscurecieron repentinamente: sintió que era de noche. Vio que estaba en el bosque de Gâvre, acababa de ponerse el zueco; el diablo había cogido una avellana con el rabo, y la ardilla acababa de mordisquear otra.
Dio un grito de asombro al verse otra vez pequeña, con su pañuelo rojo, su camisa gris y su falda desgarrada; luego gritó asustada:
-¡Oh! -gimió haciendo la señal de la cruz-, ¡tú eres el diablo y vienes a llevarme!
-Has hecho muchos progresos -dijo el diablo-, eres libre de venir.
-¿Cómo? -preguntó ella-. Dios mío, ¿acaso no soy una pecadora y no vas a quemarme?
-No -dijo el diablo-: es verdad que te he hecho vivir toda tu vida, pero solamente durante el instante en que te has puesto el zueco. Elige entre la vida que has llevado y el nuevo viaje que te ofrezco.
Entonces la pequeña se tapó los ojos con la mano y pensó. Recordó sus penas y sus amarguras, y su vida triste y gris; se sintió sin fuerzas de empezar de nuevo. 
-Esta bien -dijo al diablo-, estoy condenada, pero te sigo.
El diablo soltó un chorro de vapor blanco por su boca de color violeta oscuro, hundió sus garras en la falda de la niña, y, abriendo unas enormes alas negras de murciélago, ascendió rápidamente por encima de los árboles del bosque. Haces de fuego rojo brotaban como espadas de sus cuernos, los extremos de sus alas y las puntas de sus pies; la niña colgaba inerte, como un pájaro herido.
Pero de repente sonaron doce golpes en la iglesia de Blain, y de todos los campos sombríos ascendieron formas blancas, mujeres y hombres de alas transparentes que volaban suavemente  por los aires. Eran los santos y las santas cuya fiesta acababa de empezar; el pálido cielo estaba lleno, y todos resplandecieron extrañamente. Los santos tenían alrededor de la cabeza un halo de oro; las lágrimas de las santas y las gotas de sangre que habían derramado se habían transformado en diamantes y en rubíes que salpicaban sus diáfanos vestidos. Y santa Magdalena extendió sobre la pequeña sus rubios cabellos; el diablo se encogió y calló al suelo como una araña en el extremo de su hilo; ella cogió a la niña en sus blancos brazos y dijo: -Para Dios tu vida de un segundo vale decenas de años; no conoce el tiempo y no valora sino los sufrimientos: ven a celebrar la fiesta de Todos los Santos con nosotros.



Y los harapos de la pequeña desaparecieron, y uno después de otro sus dos zuecos cayeron al vacío de la noche, y dos resplandecientes alas surgieron en sus hombros. Y emprendió el vuelo, entre santa María y Santa Magdalena, hacia un astro bermejo y desconocido donde están las islas de los Bienaventurados. Allí va un segador misterioso todas las noches, con la luna como hoz; y siega entre las praderas de asfódelos resplandecientes estrellas que siembra en la noche. 


Lecturas:

Marcel Scwob, Corazón Doble. Siruela 1996


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jueves, 20 de junio de 2013

El fuego purificador

Hoguera en la Noche de San Juan


El Error es lo Creado. La Verdad es Eterna. El Error, o Creación, será Quemado, y entonces, y no hasta entonces, Verdad o Eternidad Aparecerán. Se Quema en el Momento en que los Hombres cesen de contemplarlo.

William Blake, Jerusalén


El norteamericano Nahaniel Hawthorne en su relato fantástico Holocausto de la tierra escrito en 1844, describe una situación en la que el fuego, en su condición de elemento purificador, adquiere una dimensión nunca antes imaginada. Tanto las piras encendidas con una finalidad simbólica en rituales como las tradicionales hogueras de la Noche de San Juan adyacente al solsticio de verano, como aquellas que a lo largo de la historia se encendieron para poner fin a un estado de las cosas, ya sean consecuencia del fervor revolucionario o religioso, nos parecen pequeñas e insignificantes ante el radical holocausto que el escritor propone. El impulso reformista en un tiempo imaginario prende la hoguera final y definitiva que suspuestamente acabará de una vez por todas con el mal perpetuado en la tierra. A ella se arrojará todo aquello heredado de tiempos anteriores con la pretensión de hacer Tabula Rasa, esto es, borrón y cuenta nueva como preludio al surgimiento de una paz universal y eterna donde, desaparecido todo signo de maldad, resplandecerá el estado de pureza y luminosidad original del ser humano. Pero no solamente avivarán las llamas lo acumulado a lo largo de la historia por la humanidad, también serán pasto de ellas todo aquello que contenga la memoria personal de los individuos, facilitándoles así un nuevo nacimiento liberados de sus pesares, mezquindades y prejuicios, frustraciones y angustias, de todo aquello que ensombrece y aprisiona el alma humana. A lo largo de la narración, tanto lo sagrado como lo profano pasarán por tan colosal acto de purificación. Entre los últimos objetos lanzados al fuego se encuentran los libros, aquellos que de forma especial se han encargado de perpetuar tanto "error" y falsedad. Pero... ¿será un holcausto de tales dimensiones suficiente para que no rebrote el viejo error e impedir que se propague de nuevo el mal y la injusticia? Veamos como despeja la incógnita Nathaniel Hawthorne en la última parte de su relato.



Holocausto de la Tierra
(parte final)
Por
Nathaniel Hawthorne.



(...) Lo cierto era que la humanidad había progresado tanto más allá de lo que hubieran podido soñar los hombres más sabios y sagaces de las épocas anteriores que habría sido un absurdo flagrante permitir que la Tierra siguiera cargando con sus pobre logros en el campo literario. En consecuencia, un grupo de investigación atento y exhaustivo había barrido librerías, quioscos, bibliotecas públicas y privadas, y hasta el estante de libros vecino a la chimenea de campo, y había acarreado la masa mundial de papel impreso, encuadernado o en hojas, para aumentar el volumen ya descomunal de nuestra ilustre fogata. Gruesos, pesados cuerpos en folio con la labor de lexícógrafos, comentaristas y enciclopedistas caían entre las brasas con un estrépito plomizo y ardían hasta las cenizas como madera podrida. Los pequeños, dorados tomos franceses de la última época, entre ellos el centenar de volúmenes de Voltaire, desaparecieron  en un diluvio de chispas y erupciones de llamitas; mientras que la literatura contemporánea de esa nación ardió en rojo y azul, y proyectó una luz infernal en los rostros de los espectadores, dándoles a todos un aspecto de demonios partidarios. De una colección de relatos alemanes manaba un olor a azufre. Los autores del canon inglés eran tan buen combustible como los más sólidos troncos de roble. En especial las obras de Milton lanzaban un resplandor poderoso, que poco a poco enrojecía en tizón y prometía durar más que casi todos los demás materiales de la pila. De Shakespeare brotaba una llama de un esplendor  tan maravilloso que los hombres se protegían los ojos como de la gloria meridiana del sol; ni cuando le fueron arrojadas encima las obras de sus comentaristas dejó de lanzar un brillo cegador- Yo creo que aún sigue resplandeciente con la misma fuerza.
-El poeta que pudiera  encender una lámpara con esa llama gloriosa -reflexioné en voz alta- no consumiría en vano el aceite de la noche.
-Eso es exactamente lo que los poetas modernos han hecho en exceso..., o al menos han intentado- respondió un crítico-. No le quepa a usted duda: el mayor beneficio que cabe esperar de esta conflagración de literatura pasada es que a partir de ahora los escritores se vean obligados a encender la lámpara en el sol de las estrellas.
-Si llegan tan alto -dije yo-. Pero haría falta un gigante que luego distribuyera la luz entre los hombres inferiores. No cualquiera puede robar el fuego del cielo, como Prometeo. Aunque cuando él lo hizo, con esa llama se encendieron mil corazones.
Me asombró mucho observar lo indefinida que era la proporción entre la masa física de cualquier autor dado y la propiedad de combustión brillante y continuada. Por ejemplo, no había un solo volumen en cuarto del siglo pasado -ni ciertamente del siglo actual- que en este particular pudiera competir con un dorado librito infantil con las canciones de Madre Oca. La vida y obra de Pulgarcito duró más que la biografía de Marlborough. Una epopeya -más aún, una docena de poemas épicos- quedó reducida a cenizas antes de que se consumiera una sola hoja de una balada antigua. En más de un caso, mientras volúmenes enteros de poemas aplaudidos se demostraban incapaces de dar más que humo sofocante, una desdeñada tonadilla de un poeta ignoto- publicada tal vez al pie de un periódico- subía a las estrellas en una llama que la igualaba en fulgor. Y hablando de las propiedades de la llama, me parece que la poesía de Shelley emitía una luz más pura que cualquier otra producción de la época, y que contrastaba bellamente con el relumbrón charro y caprichoso y con los borbotones de humo negro que despedían en remolino los volúmenes de lord Byron. En cuanto a Tomas Moro, algunas de sus obras difundían un olor como de pastilla quemada. (...)



-¡Ay, ay, desgraciado de mí!- se condolió un grueso caballero de gafas verdes-. El mundo se ha arruinado por completo; vivir no tiene sentido. Me han quitado la tarea de mi vida. ¡Ni un volumen que cambiar por amor o dinero!
-Este es una ratilla de biblioteca- explicó a mi lado el observador inmutable-. Uno de esos hombres para roer pensamientos ajenos. Fíjese que está cubierto de polvo de biblioteca. Carece de fuente interior de ideas; y, sinceramente, ahora que se han abolido las viejas reservas, no veo qué va a ser del pobre. ¿No tiene una palabra de consuelo para darle?
-Estimado señor- le dije yo al desesperado-, ¿no es mejor la naturaleza que un libro? ¿No es el corazón humano más profundo que cualquier sistema filosófico? ¿No está la vida más llena de enseñanzas que las máximas que les fue posible escribir a los observadores del pasado? ¡Arriba el ánimo! Todavía tenemos el libro del tiempo bien abierto ante nosotros; y si lo leemos bien, será como un tratado de la verdad eterna.
-Ah, mis libros, mis preciosos libros impresos- reiteró la despojada rata de biblioteca-. Yo no tenía otra realidad que el volumen empastado; ¡y ahora no me dejan ni un folleto escuálido!
De hecho, el último remanente de la literatura de todas las épocas estaba cayendo ya en la pira bajo forma de una nube de opúsculos de las prensas del Nuevo Mundo. Una vez que los consumieron las llamas, también en un abrir y cerrar de ojos, por primera vez desde los días de Cadmo la Tierra quedó libre de la plaga de las letras: ¡envidiable terreno para los autores de la generación siguiente!
-¡Caramba! ¿Y aún quedará algo por hacer? -pregunté con cierta ansiedad-. Como no prendamos fuego a la Tierra misma y demos un salto temerario al espacio infinito, no veo que esta reforma pueda llegar más lejos.
Se equivoca mucho, mi buen amigo- dijo el observador-. Créame, no permitiran que el fuego se apague sin añadir un combustible que dejará atónitos a muchos de los que hasta ahora se han alegrado de echar una mano. (...)

Para mi azoramiento, las personas que se acercaban al espacio vacío de alrededor de la montaña de fuego llevaban sobrepellices y otras prendas sacerdotales, mitras, báculos y una confusión de emblemas papistas y protestantes con los cuales parecían decididos a culminar el gran auto de fe. Cruces de los campanarios de antiguas catedrales fueron arrojadas al montón con tan poco remordimiento como si la reverencia de los siglos, al pasar bajo la larga sucesión de torres encumbradas, no las hubiese visto como los símbolos más sagrados. A la misma destrucción fueron dadas la pila en la cual se consagraban los niños a Dios y las copas sacramentales en las que la Piedad había recibido el trago bendito. Quizá me tocó más el corazón ver, entre las reliquias devotas, fragmentos de mesas y severos púlpitos que supe que provenían de los templos de Nueva Inglaterra. Aun si la poderosa estructura de San Pedro había enviado sus despojos al fuego, en un sacrificio terrible, bien habría podido permitirse a aquellos edificios humildes conservar las sagradas galas de las que los habían provisto los fundadores puritanos. No obstante, pensé que se trataba de meros atributos externos de la religión, de los que los espíritus más conscientes de su significado profundo podían prescindir sin peligro.
-Es todo para bien -dije animoso-. Las sendas del bosque serán nuestros pasillos de iglesia... ¡y por cúpula tendremos el firmamento! ¿Qué falta hace un techo terreno entre la Divinidad y su devoto? Que nuestra fe se permita perder los ropajes con que la han envuelto hasta los hombres más santos solo la hará más sublime su sensillez.
-Es cierto -dijo mi compañero-. Pero ¿se detendrán aquí?
No era una duda infundada. De la destrucción general de los libros que he descrito se había salvado un volumen sagrado, ajeno al catálogo de la literatura humana y, sin embargo, en un sentido, su título primero. Pero el titán de la innovación -ángel o demonio, de naturaleza doble y capaz de acciones dignas de ambos caracteres-, que al principio sólo había echado las formas viejas y podridas de las cosas, ahora, al parecer, llevaba su mano terrible a las columnas fundamentales del edificio de nuestra condición moral y espiritual. Los habitantes de la Tierra habían llegado a un grado de ilustración tan alto que ya no podían definir su fe en palabras ni limitar lo espiritual mediante alguna analogía a la existencia material. Ahora las verdades que hacían temblar a los cielos no eran más que una fábula de la infancia del mundo. Como sacrificio final del error humano, por lo tanto, ¿qué quedaba por echar a las brasas de la espantosa pira sino el libro que, aunque para épocas pasadas hubiera sido una revelación celestial, para la especie humana presente era sólo una voz de una esfera inferior? ¡Y se hizo!
En el montón candente de la falsedad y de la verdad gastada -de las cosas que la Tierra no había necesitado nunca, había dejado de necesitar o la habían cansado como se cansan los niños-, cayó la grave Biblia de la Iglesia, ese gran volumen antiguo que tanto tiempo había descansado en el cojín del púlpito y en donde tantos sabbats la voz solemne del pastor había inspirado sus proclamas. Luego cayó también la Biblia familiar que el patriarca hacía tanto tiempo sepulto había leído a sus hijos en la prosperidad y en la privación, junto al fuego y a la sombra estival de los árboles, y que había sido legada como reliquia de las generaciones. Y cayó también la Biblia íntima, el pequeño volumen amigo del alma de algún hijo del polvo que, duramente probado, encontraba en él coraje, fuera la sentencia de vida o de muerte, para enfrentarse firmemente con ambas en la certidumbre de la inmortalidad.
Todas fueron lanzadas al fuego alborotado y feroz, y entonces a través de la pradera, con un aullido lúgubre como un lamento de la Tierra por la pérdida del sol celestial, llegó un viento poderoso, sacudió la piámide de llamas y esparció entre los espectadores los tizones de las abominaciones medio quemadas.
-¡Es terrible!- dije. Me sentí palidecer, y el mismo cambio vi en las otras caras.
-Mantenga el valor- respondió el hombre con quien había conversado tanto. Él seguía mirando el espectáculo con una cara singular, como si sólo le concerniera en tanto espectador-. Sea valiente... Y tampoco se regocije demasiado todavía, que en esta hoguera no hay ni con mucho tanto bien ni tanto mal como a la humanidad le gustaría creer.
-¿Cómo es posible?- exclamé, impaciente-. ¿No se ha consumido todo? ¿No se ha tragado el fuego o fundido cada apéndice divino de nuestra condición mortal con sustancia suficiente para prender fuego? ¿Nos habrá quedado mañana por la mañana algo mejor o peor que un montón de cenizas? (...)
-Preste atención a esas personalidades- dijo él señalando a un grupo parado frente a la hoguera-. Es posible que, sin proponérselo, le enseñe algo útil.
El grupo consistía en la figura supremamente terrena que con tanta furia había defendido el patíbulo- es decir, el verdugo-, el Último Ladrón y el Último Asesino, los tres apretados en torno al Último Bebedor. Ése hacía circular generosamente la botella de coñac que había salvado de la destrucción general de vinos y licores. El cordial corrillo parecía encontrarse en el punto más bajo del abatimiennto, visto que necesariamente el mundo purificado debía ser por completo diferente de la esfera que ellos habían conocido hasta entonces, y por eso hogar extraño y desolado para caballeros de su especie.
-Lo más aconsejable, amigos -dijo el verdugo-, es que, en cuanto hayamos vaciado la botella, os ayude a terminar cómodamente en el árbol más cercano y de la misma rama me cuelgue yo. Este mundo ya no es para nosotros.
-Venga, venga, amigos- dijo un personaje atezado que ahora se unía al grupo. Era de una piel tan oscura que daba miedo, y en los ojos le brillaba una luz más roja que la de la hoguera-. No os desaniméis. Hay algo que estos presumidos han olvidado de quemar, y sin lo cual toda conflagración es fútil..., ¡aunque hagan cenizas la Tierra entera!
-¿Y qué es- preguntó ávidamente el Último Asesino.
-¡Pues el corazón humano!- dijo el moreno desconocido con una sonrisa portentosa-. Y, a menos que den con un método para purificarla, de esa caverna sucia volverán a manar todas las formas del mal y la desgracia, las mismas de antes o peores, que se han afanado tanto en reducir a cenizas. He estado por aquí toda la noche riendo para mis adentros con el asunto. ¡Tomadme la palabra! ¡Seguiremos teniendo el mismo mundo!
La breve conversación me proveyó de motivo para una reflexión prolongada. Qué verdad triste -si era verdad- que el secular empeño del hombre en pos de la perfección sólo hubiera servido, por fatal circunstancia de un error de raíz, para hacerlo objeto de burla del Principio del Mal. El corazón..., el corazón: era en esa esfera pequeña pero ilimitada donde existía el mal originario, del que el crimen y la miseria del mundo externo eran meros ejemplos. Purifiquemos esa esfera y las muchas formas del mal que acechaban lo exterior, y que hoy nos parecen casi las únicas realidades, se volverán sombras fantasmales y desaparecerán por sí solas. Pero si no ahondamos más allá del intelecto, si no discernimos qué está mal y lo rectificamos, todo lo que logremos  será un sueño, ¡y tan insustancial que poco importará si la hoguera que he descrito fielmente fue lo que nos gusta  llamar un acontecimiento real, fuego que chamusca el dedo, o sólo un resplandor fosforescente, parábola de mi cerebro!




Feliz solsticio de verano y... ¡ojito con el fuego!

Bona revetlla - Feliz verbena




Lecturas:

Nathaniel Hawthorne, Musgos de una vieja casa parroquial, Acantilado 2012


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martes, 19 de marzo de 2013

El terror futuro

Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1912


Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento. Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?

Apocalipsis de San Juan (6:12-17)


La tierra está yerma. Los campos están arrasados en lágrimas.Por una carretera infame circula un coche gris.
La techumbre de una casa se ha desplomado.
Caballos muertos se pudren en charcos.
Se divisan líneas oscuras más allá de las trincheras.
Una granja arde lentamente en el horizonte.
Estallan los disparos; se extinguen – pop, pop, pauuuu.
Los jinetes desaparecen lentamente en el bosque pelado.
Nubes de metralla iluminan el cielo y se apagan. Un camino en hondonada
nos acoge. Allá se detiene la infantería, mojada y llena de barro.
La Muerte es tan indiferente como la lluvia que comienza.
¿A quién le importa el ayer, el hoy o el mañana?

Wilhelm Klemm, En el frente



El pintor expresionista alemán Ludwig Meidner (1884-1966) es sobre todo conocido por su serie pictórica Paisajes apocalípticos, algunos de ellos pintados unos meses antes de desencadenarse la Primera Guerra Mundial, motivo por el que se considerarían visiones premonitorias de lo que más tarde sucedió. En estas pinturas se muestran panorámicas que exiben de forma desgarrada y terrible el horror de una guerra que parece adquirir proporciones cósmicas, algo sobre lo que posiblemente tuvo que ver el interés que Meidner dedicó en aquella época a lecturas sobre mística judía y del Apocalipsis de San Juan. Puede que el escritor simbolista Marcel Schwob (1867-1905) también prestara atención a este último texto perteneciente al Nuevo Testamento cuando se puso a escribir el relato que acontinuación dejo, y que sin duda parece anticiparse unas cuantas décadas -tanto en el motivo, cómo en la forma expresionista de ser narrado- a las escenas apocalípticas de Meidner, pareciéndome idóneas para acompañarlo. He incluído además dos poemas expresionistas, uno más arriba de Wihelm Klemm y otro al final de Georg Trakl, en los que expresaron la visión de la guerra que padecieron en primera persona desde el frente.


El terror futuro
Por
Marcel Schwob



Los organizadores de aquella Revolución tenían la cara pálida y los ojos de acero. Sus ropas eran negras, ceñidas al cuerpo; sus palabras breves y áridas. Ahora eran así, aunque antaño habían sido diferentes. Porque habían predicado a las multitudes, invocando los conceptos del amor y la piedad. Habían recorrido las calles de las capitales, con la creencia en los labios, cantando la unión de los pueblos y la libertad universal. Habían inundado los hogares de proclamas llenas de caridad; habían anunciado la nueva religión que debía conquistar el mundo; habían reunido a numerosos adeptos entusiasmados por la naciente fe.
Ludwig Meidner, Revolución 1913
 Luego, en el crepúsculo de la noche de ejecución, su modo de actuar cambió. Desaparecieron en una casa consistorial, donde tenían su sede secreta. Grupos de sombras corrieron a lo largo de las paredes, vigiladas por rígidos inspectores. Se oyó un murmullo lleno de funestos presintimientos. Los accesos a los bancos y a las casa ricas se estremecieron con una vida nueva subterránea. Se alzaron gritos, como repentinos chasquidos, en los barrios apartados. Un zumbido de máquinas en movimiento, la trepidación del suelo, el terrible desgarro de los tejidos, y después un asfixiante silencio semejante a la calma antes de la tormenta; y de golpe la tempestad sangrienta, ardiente.
Estalló con la señal de una larga bengala resplandeciente que salió del Ayuntamiento hacia el negro cielo. Hubo un grito lanzado desde todos los pechos de los rebeldes, y un impulso que sacudió la ciudad. Temblaron los grandes edificios, destrozados en su base; un fragor jamás oído atravesó la tierra en una sola oleada; las llamas ascendieron como sangrientas horcas por las paredes inmediatamente ennegrecidas, produciendo furiososas proyecciones de vigas, frontispicios, tejas de pizarra, chimeneas, cruces de hierro, adoquines; los cristales de las ventanas volaron, multicolores, en un haz de fuegos artificiales; chorros de vapor reventaron las tuberías, fundiéndose a ras del suelo de los pisos; los balcones saltaron, retorcidos; la lana de los colchones enrojeció caprichosamente, como brasas que se apagan, en las ventanas abiertas; todo se llenó de una horrible luz, de estelas de chispas, de humo negro y de clamores.

 Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1913

Los edificios se separaban unos de otros, se abrían como piezas dentadas, y cubrían la sombra de una capa roja: detrás de las construcciones que caían a ambos lados, se extendía la magnitud del incendio. Las masas de ruinas parecían enormes montones de hierro al rojo. La ciudad no era sino una cortina de llamas, unas veces claras, otras azul oscuro, con puntos de intensidad profunda, por donde se veían pasar gesticulantes manchas negras.
Paisaje apocalíptico 1913 (detalle)
 Los porches de las iglesias estaban abarrotados de la aterrada muchedumbre, que afluía desde todas partes como largas cintas negras; las caras se dirigían, llenas de ansiedad, hacia el cielo, mudas de espanto con los ojos fijos, horrorizados. Había ojos desmesuradamente abiertos, llenos de una especie de asombro estúpido, y ojos endurecidos por los negros rayos que lanzaban, y ojos rojos de furia, relucientes por los reflejos del incendio, y ojos brillantes y suplicantes llenos de angustia, y ojos pálidos y resignados, en los que las lágrimas se habían detenido, y ojos agitados por el temblor de la pupilas que viajaban sin cesar por todos los rincones de la escena, y ojos cuya mirada era interior. En la procesión de caras macilentas, lo único diferente eran los ojos; y las calles, entre los pozos de luz siniestra que se abrían en el ángulo de las aceras, parecían rodeadas de ojos en movimiento. 
Envueltas en una espantosa descarga, masas humanas retrocedían en las plazas, perseguidas por otras masa humanas que avanzaban implacablemente. El grupo que huía agitaba tumultuosamente los brazos extrañamente iluminados; y otro grupo caminaba apretado, denso, regulado, resuelto, con miembros que actuaban  acompasadamente, sin vacilación, bajo silenciosas órdenes. Los cañones de los fusiles formaban una sola hilera de bocas asesinas, de las que salían finas y largas líneas de fuego que rayaban la noche con su escenografía mortal. Por encima del estruendo continuo, entre los terroríficos instantes de tregua, sonaba una singular e ininterrumpida crepitación. 

 Ludwig Meidner, La ciudad en llamas 1913


 También había nudos de hombres, agrupados de tres en tres, de cuatro en cuatro, de cinco en cinco, entrelazados y oscuros, por encima de los cuales serpenteaba el brillo de los largos sables de la caballería y afiladas hachas, robadas en los arsenales. Unos individuos delgados enarbolaban estas armas y abrían las cabezas con furia, agujereaban los pechos con inmenso placer, destripaban los vientres con voluptuosidad, y pisoteaban las vísceras. 
Y. a través de las avenidas, semejantes a resplandecientes meteoros, largas corazas de acero pulido rodaban rápidamente, arrastradas por caballos al galope, espantados, con las crines al viento. Parecían cañones cuyas caña y culata tuvieran un mismo diámetro; detrás, una jaula de chapa sujeta por dos hombres activos que calentaban un montón de brasas, con una caldera y un tubo del que salía humo; delante, un gran disco brillante, cortante, dentado, montado sobre un mecanismo, y que giraba vertiginosamente ante la boca del alma. Cada vez que la embocadura de la parte dentada se ponía en contacto con el agujero negro  del tubo, se oía el ruido de un gatillo.
Aquellas galopantes máquinas se iban deteniendo de puerta en puerta: formas vagas se desprendían de ellas y entraban en la casa. Luego salían, cargadas de dos en dos con paquetes atados y chirriantes. Los hombres de las brasas metían regularmente, metódicamente, en el alma de acero los grandes fardos humanos; durante un segundo veía, proyectado hacia delante, surgiendo hasta el saliente de los hombros, una cara descolorida y convulsa; luego, cuando giraba la parte dentada del disco, lanzaba una cabeza en su convulsa revolución; la placa de acero permanecía inmutablemente pulida cuando soltaba por la rapidez de su movimiento un círculo de sangre que llenaba los vacilantes muros de figuras geométricas. Un cuerpo caía sobre el pavimento, entre las altas ruedas de la máquina; las ataduras se rompían en la caída, y, con los codos clavados en el suelo en un gesto reflejo, el cadáver todavía vivo eyaculaba un chorro rojo. 

  Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1912


Luego los caballos encabritados, con el vientre despiadadamente azotado con una correa, arrastraban los tubos de acero: se producía un sobresalto metálico, una nota profunda de diapasón en la sonoridad de su alma, dos líneas de llamas reflejadas en su contorno y una brusca detención ante una nueva puerta.
No había, excepto en los locos que mataban aisladamente con arma blanca, ni odio, ni furia. Solamente una destrucción y una masacre regulares, que iban aniquilando progresivamente, semejantes a una marea de muerte, que no dejaba de ascender, inexorable e inevitable. Los hombres que daban las órdenes, orgullosos de su obra, contemplaban la acción con rostro rígidos, petrificados de su ideal.
Ludwig Meidner, Visión apocalíptica 1912
 En la esquina de una negra calle, los chapoteantes cascos de los caballos encontraron una barrera de cadáveres sin cabeza, un enorme montón de troncos. La batería de tubos de acero se detuvo ante aquel amasijo de carne; por encima de los brazos confusamente crispados se alzaba un bosque de dedos que señalaban todos los puntos del espacio, levantados hacia el cielo como los brotes coloreados de una cosecha del futuro.
Al detenerse ante los pedazos guillotinados, los caballos se negaron relinchando a continuar el asalto, echaban humo por las fauces y aplastaban bajo sus herraduras las verdes entrañas. Entre la carne palpitante, entre la maleza de manos inanimadas, desesperadamente rígidas, había chorros de sangre que seguían manando.
Los padres de la masacre subieron a la barricada humana en la que se le hundieron los pies, agarraron a los caballos por lacabeza, los arrastraron por la brida, mientras resoplaban y obligaban a las ruedas a pasar sobre los miembros esparcidos cuyos huesos no dejaban de crujir.
Y de pie sobre su carnicería, con el rostro iluminado por la Idea de dentro y por el Incendio de fuera, los apóstoles de la nada miraron atentamente el fondo de la noche, en el horizonte, como si esperaran a un astro desconocido.
Ante ellos veían montones de fachadas destrozadas, escalones de piedra plantados de forma diversa, cabrios humeantes, ladrillos virutas de madera, trozos de papel, pedazos de tela, y un gran número de adoquines, agrupados en montones, como lanzados por una mano prodigiosa.

 Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1916


También había una casa pobre, medio derruida, en las que las chimeneas cortadas a lo largo habían dejado un largo reguero de hollín, con ramificaciones a diferentes alturas. La escalera de madera se había desplomado por debajo, a media distancia del último piso, hasta el punto de que los temblorosos peldaños iban no se sabía adónde, hacia las ascendentes llamas y los crispados cadáveres, como una frágil pasarela que venía del cielo. En aquellas miserables habitaciones destrozadas, al descubierto, se veía toda la vida inferior, una parrilla de carbón, un horno de barro rajado con diversos parches, un puchero lleno de una pasta oscura, cazuelas negras, abolladas, trapos amontonados en los rincones, una jaula roñosa en la que todavía flotaban algunas hierbas verdes, donde yacía boca arriba un pajarillo gris, con las patas encogidas bajo las plumas de su vientre, frascos de farmacia esparcidos, un catre de pie contra la pared, colchones reventados de los que salían manojos de paja, y macetas despedazadas, mezcladas con la tierra vegetal y fragmentos de plantas.
Y sentado entre las aceradas baldosas, arrancadas del cemento gris, un niño frente a una niña le mostraba triunfalmente una bala de cobre que había subido hasta allí. La pequeña se había metido una cuchara en la boca y le miraba con curiosidad. El pequeño apretaba los dedos, cuya delicada piel aún estaba arrugada, sobre la tuerca móvil llena de agujeros, y, manipulando el mecanismo, se abstraía en la contemplación del instrumento. Como los dos agitaban sus pies menudos, sacándolos de las zapatillas, profundamente distraídos, no estaban nada sorprendidos del aire que entraba, ni de la horrible luz que les invadía, y la niña, sacando la cuchara que le inflaba la mejilla, dijo a media voz: "Qué extraño, papá y mamá han desaparecido con su habitación, la calle está llena de enormes luces rojas, y la escalera se ha caído".
Todo esto vieron los organizadores de la Revolución, y el nuevo sol cuya aurora esperaban no llegó. Pero la idea que tenían en el cerebro surgió bruscamente; se les encendió una especie de luz; vislumbraron vagamente una vida superior a la muerte universal; la sonrisa de los niños se agrandó y fue como una revelación; la piedad descendió sobre ellos. Y con las manos en los ojos que aún no estaban cubiertos de párpados, descendieron tambaleándose de la muralla de hombres degollados que debía rodear la nueva Ciudad, y escaparon enloquecidos, por las rojas tinieblas, entre el estruendo metálico de las máquinas que galopaban.

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Por la tarde resuenan en los bosques otoñales
las mortíferas armas, y en las llanuras áureas
y en los lagos azules rueda el sol más oscuro.
La noche abraza a los guerreros moribundos,
irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.
Pero silenciosas en la pradera,
rojas nubes que un dios airado habita
convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;
y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas
vaga la sombra de la hermana (muerte) por el bosque silencioso
saludando las almas de los héroes,
las cabezas sangrantes.
Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño.
Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;
un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,
por los nietos que no han nacido aún.

Georg Trakl, Grodek (Poeta expresionista que participó en la batalla de Grodek en 1914, quedando tan horrorizado que tuvo que ser ingresado en un hospital psiquiátrico de Cracovia donde a los pocos días se suicidó.



Lecturas:

Marcel Schwob, Corazón doble. Siruela 1996

Dietmar Elger, Expresionismo. Taschen 1991


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