Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 18 de septiembre de 2016

El jardín platónico


J. W. Waterhouse, Psique abriendo la puerta al Jardin de Cupido (1904)


"Y como la vida se ha manifestado y cunde perennemente entre los seres, por eso se dice que los dioses celebran un festín, como gozando de una dicha parecida a la de un festín. Y así es como éste, el Amor, comenzó a existir necesariamente y por siempre, nacido de la aspiración del Alma a lo superior y al Bien, y así es como existió por siempre desde que el alma existe".

Plotino, Enéadas (III, 5)



Interpretaciones platónicas del jardín
(fragmento)
por
Francisco Fonseca Martín
(Universidad del País Vasco)




En los textos de Platón aparece en algunas ocasiones la metáfora del jardín, se menciona el jardín de Zeus y el de Eros. Queremos entender por qué Platón recurrió a tal imagen y qué significa.
Para entenderlo buscamos en los textos de Platón, y también, especialmente a los de Plotino (s.III d. C .) y Ficino (s.XV) que desglosaron algunos de los textos que citamos y atendieron la cuestión con detenimiento.
Respecto a quien es Zeus, y qué simboliza, lo más próximo que encontramos a una definición del estatus de Zeus lo hallamos en el Filebo de Platón, cuando dice: «en la naturaleza de Zeus hay un alma de rey y un intelecto de rey». En Fedro lo denomina: «poderoso señor de los cielos, conduciendo su alado carro, marcha en cabeza, ordenándolo todo y de todo ocupándose».

 Recreación de la estatua de Zeus en el templo de Olimpia


Vemos que Zeus parece regentar el lugar más alto de la jerarquía entre los dioses, y representa el más elevado grado del saber.
Plotino, cuando estudió las definiciones de Platón respecto a Zeus dedujo que: «Zeus ha de ser idéntico a la Inteligencia, mientras que Afrodita, que es su hija, nacida de él y con él habrá de ser identificada con el Alma (...) Afrodita se identificará con el alma de Zeus».
Platón se refería del siguiente modo al nacimiento de Afrodita: « Cuando nació Afrodita, los dioses celebraron un banquete y, entre otros, estaba también Poros, el hijo de Metis. (...) Poros embriagado entró en el jardín de Zeus y entorpecido por la embriaguez se durmió. (..) Poros se acostó a su lado y concibió a Eros».
De modo que por un lado Zeus, representa la Inteligencia, conoce la verdad porque la contempla directamente de las ideas supracelestiales. Por otro lado esa misma inteligencia conocedora de la verdad, —que es única, según el sistema platónico— genera (en la mente de los hombres) el deseo de conocimiento, que aparece figurado por Afrodita.

Venus-Afrodita bajo Eros-Cupido en La Primavera de Botticelli


Respecto al jardín de Zeus y Eros 

Como hemos visto, según el texto de Platón, Afrodita nació en el jardín de Zeus, y el jardín ¿qué simboliza? Platón es escueto al respecto, pero Plotino se extiende en ello y lo explica del siguiente modo:

 ...todo jardín es un engalanamiento y un lujo de riqueza. Más la finca de Zeus está engalanada con una razón, y su lujo son las galas transmitidas al Alma por la Inteligencia en sí. ¿O qué otra cosa puede ser el jardín de Zeus sino sus estatuas y sus galas? Y sus galas y sus adornos ¿qué pueden ser sino las razones emanadas de él? Y el conjunto de razones es Poros, la profusión y la riqueza de cosas bellas hechas ya patentes. Y en esto consigue el embriagarse de néctar. Porque ¿qué es el néctar para los dioses sino lo que la divinidad toma? Ahora bien, lo que toma la divinidad sita bajo la Inteligencia es una razón. (...) la Razón es prole de la Inteligencia. (Enéadas, III, 9, 5-2)

Ficino se lo explica del siguiente modo: « Por el jardín de Júpiter se entiende la fecundidad de la vida angélica, en la cual cuando desciende Poro, o sea, el rayo de Dios, unido a Penia, esto es, la indigencia que antes había en éste, crea el amor».

Ilustración de Le Roman de la Rose


De todo ello podemos deducir que el jardín se nos presenta, sobre todo como algo grato y fecundo, esa fecundidad no es otra que la inteligencia, que a su vez engendra el deseo de verdad, y este deseo es una forma de amor. Dicho de otra manera es inherente a la inteligencia el amor, porque nada da frutos más jugosos y provechosos que el descubrimiento de la verdad, que es una forma de amor, la más elevada.
Hay que entender el nacimiento de Afrodita en el jardín de Zeus, como un fruto de ese jardín fecundo, y el jardín como una metáfora de los dones de la inteligencia. El Uno se prodigó para comunicar al mundo sublunar, es decir a las cosas y a los hombres su «divina influencia», Ficino incluso dijo que el amor nació (en el jardín de Júpiter), «engendrado a la sombra de la vida, puesto que el deseo de entender nace inmediatamente después del vigor de la vida». Afirmando así que vivir verdaderamente significa buscar el saber, desear la verdad. Aunque la sola razón resulta insuficiente para alcanzarla; en ocasiones, los que se aplican intensamente a tal búsqueda, alcanzan un temporal éxtasis místico que les permite vislumbrarla, y es ésta, precisamente, la más plena actividad de la inteligencia.
Y, ¿cómo entender el jardín en el que suele aparecer Eros? Los Eros o amores, son hijos de Afrodita; pues cada forma de la belleza despierta o engendra uno de esos amores. Esa multitud Eros o de deseos que la belleza despierta, deseos que mueven el mundo, que generan la actividad del mundo y que constituyen el estímulo de la vida, suelen aparecer representados en los jardines, pues sugieren la idea de fertilidad, prodigalidad y abundancia. A unque, como sabemos, dentro de esos deseos hay una distinción entre los más terrenales, los dirigidos a la belleza de los cuerpos, y, otros —considerados por los platónicos más elevados, y finalidad última de todo saber— los que buscan la belleza de lo imperecedero, o el conocimiento de la verdad. Aplicarse a la búsqueda de este conocimiento, sería la manifestación del amor más elevado.

 Hermes elevando a Psique hacia el Olimpo, Loggia di Psiche, Villa Farnesina



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El Amor transformador en La Primavera de Botticelli

Sobre la Belleza


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domingo, 20 de junio de 2010

Misticismo Astral


Como miré la Tierra durante bastante tiempo, él me preguntó: "¿Hasta cuándo, Africano, fijarás tu atención en el suelo? ¿Acaso no ves los templos a los que has venido? Tienes ante ti los nueve círculos, o mejor dicho, las nueve esferas, una de las cuales es la celeste, la más alejada, que rodea a todas las demás: es el dios supremo en persona, quien engloba y contiene las otras. En ella están fijadas las estrellas, que giran con movimiento perpetuo. Debajo de ellas están situadas las siete esferas que giran al revés, en sentido contrario al de la rotación del cielo.
Esa estrella que en la Tierra llaman Saturno ocupa una de ellas. Después viene aquel astro fulgurante, próspero y beneficioso para el género humano que recibe el nombre de Júpiter. A continuación, aquel que denomináis Marte, rojizo y horrible para la Tierra. Después, más o menos en la zona central, reina el Sol, guía soberano y moderador de los demás cuerpos luminosos; es la mente y el regulador del mundo, y sus dimensiones son tales, que ilumina y envuelve con su luz todo el universo. Lo acompaña, a su vez, la órbita de Venus y la de Mercurio, y, en la esfera inferior, gira la Luna, alumbrada por los rayos del Sol. Debajo de ésta, por último, ya no hay nada que no sea mortal y perecedero, excepto las almas, don que los dioses concedieron al género humano. Por encima de la Luna todo es eterno. En lo que respecta a la novena esfera, que se halla en el medio, la Tierra, es inmóvil y se encuentra en la parte más baja, y hacia ella tienden todos los cuerpos pesados según su gravedad."

Marco Tulio Cicerón, El sueño de Escipión



El siguiente texto es un extracto de la V conferencia titulada Misticismo Astral que aparece en la obra Astrología y Religión, del gran investigador de la Antigüedad Franz Cumont editada por Edicomunicación S. A.
Al final de la entrada se encuentra un video con la música inspirada en el planeta Neptuno de Gustav Holst, considerado por él como "El místico", y con la que podeis acompañar la lectura.

Una teología basada en teorías de mecánica celeste, que deificaban meras abstracciones como el Tiempo y sus subdivisiones, que atribuían caracter sagrado a los propios números, debería haber sido probablemente rechazada a causa de su riguroso carácter metafísico. Creación de los astrónomos, parece imposible que llegase a atraer la atención de nadie salvo de la élite de intelectuales, o a imponerse sobre la mente de nadie a excepción de los especulativos. Os sorprenderá, a primera vista, que una religión tan árida y oscura fuese capaz de conquistar el mundo antiguo, y os preguntaréis cómo pudo hacerse con las almas de los hombres y arrastrar a una multitud de creyentes. La respueta estriba en que este poderoso sistema, establecido para satisfacer la inteligencia, consiguió ejercer un atractivo mucho más eficaz sobre la emoción. Si los cultos de Oriente pretendian responder a todas las preguntas que el hombre se plantea en relación al mundo y a sí mismo, también pretendían exaltar sus emociones, haciendo nacer en él el arrebato del éxtasis. La inclinación hacia el misticismo, uno de los rasgos del sirio Posidonio, era compartida por todos los adeptos delos credos "caldeos". Intentaremos analizar aquí el carácter de este misticismo sideral, forma original de devoción -si se le puede llamar así-, una curiosa y poco conocida expresión del sentimiento religioso en los días de la Antigüedad, y mostrar asimismo la doctrina ética que se derivó, así como la correspondiente forma de adoración, y su reconciliación con el fatalismo. Una vez expuesta la teoría, pasemos a la práctica.



La magnífica apariencia del cielo centelleante ha impresionado siempre vivamente a la Humanidad, y quienquiera que haya disfrutado del suave resplandor de la noche oriental, comprenderá cómo en esa región la adoración había sido siempre estimulada de modo natural por los inextinguibles centros de luz allá en el cielo. Pero esta "emoción cósmica", como ha sido llamada, varía constantemente según la idéa previa existente sobre el Universo. Hay probablemente una enorme distancia entre las ideas del hombre primitivo que, cuando alzaba los ojos hacia el firmamento, lo hacía temeroso de que esta sólida bóveda cayese y se estrellase sobre él, y la veneración de alguien como Kant quien, considerando que los sisemas estelares se apilaban hasta el infinito por encima de él, se encontraba en la misma respetuosa adoración que sentía por la ley moral que percibía en su interior mediante la razón. Este sentimiento ha ido evolucionando con el progreso del conocimiento, y en proporción con la precisión alcanzada por las corrientes ideológicas sobre inmensidad y eternidad. Los griegos no asimilaban el cosmos, como nosotros, con la sofisticada idea de una extensión que se prolonga hasta el infinito más allá de la más distante nebulosa que pueda ser alcanzada con el telescopio. El mundo tenía sus límites. Por encima de la esfera de las estrellas fijas, que rodeaban al mundo por todas partes, los Antiguos suponían que no había nada salvo un vacío o el éter.El cielo para la astronomía era como la Tierra para la geografía, una expresión mucho más limitada delo que es hoy en día. La vasta extensión de las constelaciones visibles no era tan sobrecogedora para ellos como lo es el conocimiento científico para nosotros, y las distancias en que se situaban estos cuerpos, no les sugerían, como nos ocurre a nosotros, una distancia tan grande que su extensión trasciende los límites de la imaginación y que ni siquiera los números nos pueden ayudar a comprender. Cuando observaban las profundidades del espacio, no se sobrecogían en la misma medida que nosotros al mirar aturdidos a los abismos, ni siquiera se sentían arrebatados por ese sentimiento de la propia pequeñez. Ellos no hubieran proclamado -como Pascal al meditar en la desproporción entre el hombre y la naturaleza, inconmensurable e indescriptible-: "El silencio eterno de estos espacios infinitos me asusta". El sentimiento que brotaba en los Antiguos estaba principalmente marcado por la admiración. Séneca desarrolla la idea de que las estrellas, incluso sin tener en cuenta los beneficios que aportan a nuestra tierra, provocan nuestra maravilla por su belleza y requieren nuestra adoración por su majestad. De los capítulos dedicados a celebrar su esplendor, citaré tan sólo uno, cuyo toque final aclarará la diferencia que separa las concepciones antigua y moderna. Manilius termina su quinto libro con una grandiosa descripción del resplandor de esas noches sin Luna, cuando incluso las estrellas de la sexta magnitud encienden sus abundantes y centellantes hogueras, semillas de luz en medio de la oscuridad. Los templos resplandecientes del cielo brillan entonces con antorchas más numerosas que las arenas de la playa, que las flores de la pradera, que las olas del océano y que las ojas del bosque. "Si la Naturaleza -añade el poeta-, les hubiera otorgado el mismo número de poderes que estrellas hay en el firmamento, el propio éter sería incapaz de soportar sus llamas, y el incendio del Olimpo consumiría el mundo entero". Hemos visto como la admiración por la belleza del cosmos y el descubrimiento de la armonía celestial les llevaron a la declaración de la existencia de una Providencia guía del camino. Pero no es ésta la característica principal de la doctrina: todos los sistemas de teología invocan el orden de la Naturaleza como prueba de la existencia de Dios. Lo más sorprendente es que tomaran esta "emoción cósmica" que todo hombre siente y la transformara en un sentimiento religioso. Las estrellas resplandecientes, que persiguen eternamente su silencioso curso por encima de nosotros, son divinidades dotadas de personalidad y animadas por sentimientos. Per otra parte, el alma es una partícula desprendida de los fuegos cósmicos. El calor que anima el microcosmos humano, es parte de la misma sustancia que vivifica el Universo, y la razón que nos guía comparte la naturaleza de esas luminarias que le iluminan. Siendo ella misma una esencia ardiente, es afín a los dioses que lucen en el firmamento. Así, la contemplación del cielo se vuelve una comunión. El deseo que siente el hombre por fijar sus ojos en esa bóveda repleta de estrellas, es una pasión divina que le transporta. La llamada del cielo le conduce hasta los espacios radiantes. En el esplendor de la noche, su espíritu se embriaga con el brillo que las hogueras celestes despliegan sobre él. Como poseído, o como coribante (sacerdotes de Cibeles que con sus flautas turbaban la razón a los que tomaban parte en sus fiestas) en el delirio de su orgía, se entregaba al éxtasis, que le libera de las limitaciones de la carne y le eleva por encima de la nebulosa de su atmósfera, a las serenas regiones donde se mueven las infinitas estrellas. Nacido en alas del entusiasmo, se proyecta a sí mismo en la niebla de ese coro sagrado siguiendo sus movimientos armónicos. Participa así en la vida de estos dioses luminosos, que él, desde abajo, contempla centellear en el resplandor del éter; ya antes de su cita con la muerte participa en su divinidad, y recibe su revelación en un rayo de luz, que con su resplandor llega a deslumbrar el ojo de la razón. Tales son los sublimes pensamientos en que se deleitaba la mística elocuencia de Posidonio. Sin embargo, en esta teología ilustrada, cuyos primeros autores fueron astrónomos, la erudición nunca perdería sus derechos. El hombre, atraído por el brillo del cielo, no sólo encuentra un indescriptible placer en considerar la danza rítmica de las estrellas, reguladas por las armonías de una música divina producida por los movimientos de las esferas celestiales, sino que, no cansado de este repetido espectáculo no se limita a disfrutarlo.


Atlas Universal de Diogon Homen. Reproducido del original por Moleiro Editor


La sed de conocimiento, innata en el ser humano, le impulsa a investigar sobre la naturaleza de estos cuerpos brillantes cuyo resplandor le alcanza, a descubrir las causas y las leyes de sus incesantes movimientos. Aspira a comprener el curso de las constelaciones y el sinuoso camino de los planetas, que le revelarán las leyes de la vida y los secretos del destino. Al acercarse a los límites del cielo, su deseo de comprenderlos se inflama a medida que experimenta su satisfacción. Los medios que le conducen hasta las regiones más elevadas, no aturden su mente sino la iluminan. ¿Acaso no son todos los descubrimientos de la astronomía revelaciones de su naturaleza hechas por los dioses siderales a sus más queridos discípulos? Esta mística contemplación del cielo, fuente de toda inteligencia, pasará a ser el ideal religioso de los más nobles espíritus. El astrónomo Ptolomeo, quien alcanzó la mayor influencia entre todos los sabios de la Antigüedad, olvidará sus complicados cálculos y sus arduas investigaciones para alabar este éxtasis. De él hemos tomado la siguiente cita: "Como mortal que soy, sé que he nacido y viviré para un solo día, pero cuando contemplo esa apretada multitud de estrellas en su trayectoria circular, mis pies dejan de tocar la tierra y me elevo hasta el propio Zeus, quien me agasaja con cánticos celestiales, alimento de dioses".


Comparemos este sereno éxtasis con los arrebatos de la embriaguez dionisíaca, como describe Eurípides tan claramente en Las Bacantes, y comprenderemos enseguida la distancia que separa esta religión astral de los primeros paganos. En una de ellas, bajo el estímulo del vino, el alma se comunica con las exuberantes fuerzas de la Naturaleza, y la desbordante energía de la vida física se manifiesta en una tumultuosa exaltación de los sentidos y un impetuoso desorden del espíritu. En la otra, la razón sacia su sed de verdad con luz pura; y "la sobria embriaguez" que le exalta hasta las estrellas, no enciende en ella sino un ansia apasionada por el conocimiento divino. La fuente de misticismo se transfiere de la Tierra al cielo.
Nosotros, que en nuestras nórdicas ciudades apenas si percibimos la luz de las estrellas, velada continuamente por nieblas y paliada por los humos, nosotros, para quienes las estrellas son meros cuerpos en estado de incandescencia movidos por fuerzas mecánicas, podemos dificilmente comprender la fuerza del sentimiento religioso que las estrellas inspiraban en los antiguos. La indefinible impresión que producen los espectáculos de la Naturaleza, el deseo incontenible por demostrar las causas de sus fenómenos, eran en su caso combinados con las aspiraciones de la fe hacia esos "dioses visibles", que siempre estaban presentes para ser venerados. La pasión por el conocimiento y el ardor de la devoción, fueron mezclados en la profunda emoción suscitada por la idea de una comunión entre el hombre y la armonía de los cielos.

Manuscrito otomano sobre astrología. En su interior aparece representado el sistema Ptolemaico con los círculos planetarios por el que se basaría la teoría de la música de las esferas.




Hasta aquí el fragmento seleccionado del texto de Franz Cumont. Para finalizar esta entrada dejo otro pasaje de El sueño de Escipión, de Marco Tulio Cicerón (106-43 a. C.), texto influido sin duda por la metafísica visión del Universo que aquí se nos muestra. En esta ocasión, se relata la forma en que se produce la música de las esferas por la que es sorprendido el protagonista en su "onírico" viaje sideral.

Cuando me hube recuperado de mi asombro ante la visión de todas aquellas cosas, pregunté: «¿Qué es esa dulce y maravillosa melodía que llena mis oídos?»
«Eso», respondió él, «es esa armonía que, afectada por la combinación de intervalos irregulares, y sin embargo en armoníosas proporciones y separados así con razones, se debe al impulso y movimiento de las propias esferas: la luz combinada con los tonos más graves; los diversos sonidos, que uniformemente hacen una gran sinfonía. Pues no con silencio pueden hacerse esos movimientos hacia adelante, y la Naturaleza nos lleva a la conclusión de que los extremos dan una nota baja en un lado y una alta en el otro. Así la esfera celestial cuyo curso estelar es más rápido da un sonido alto y agudo; siendo el tono más grave el de la esfera lunar, que es inferior; pero la Tierra, la novena esfera, permanece inmóvil, siempre fija en la sede inferior en el lugar medio del Universo. Además, los movimientos de estas ocho esferas que están por encima de la tierra, y de las que la fuerza de dos es la misma, producen siete sonidos apoyados en intervalos regulares; cuyo número es el principio conector de casi todas las otras cosas. Hombres Instruidos, habiendo imitado este misterio divino con instrumentos de cuerdas y armonías vocales, se han ganado para sí mismos el regreso a este lugar al igual que otros que, dotados de una sabiduría superior, han cultivado las ciencias divinas incluso en la vida humana.»
«Ahora los oídos de los hombres se han vuelto sordos a esta melodia; no hay en vosotros un sentido más apagado. Lo mismo que en ese lugar que se llama Catatdupa, en donde el Nilo cae desde las altas montañas, las gentes que allí viven han perdido el sentido del oído por la magnitud del sonido, así ciertamente, un tremendo volumen de sonido surge de la rápida revolución de todo el Cosmos, pero los oídos humanos no son capaces de recibirlo, del mismo modo que sois incapaces de mirar directamente al Sol, cuyos rayos ciegan y vencen los sentidos.»



Neptune, the Mistic. Gustav Holst