Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 27 de febrero de 2013

El rey de la máscara de oro



 Él entonces descendió y se sumergió siete veces en el
Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios; y su carne
se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.

(2 Reyes 5, 14)


Cuando descendió Jesús del monte le
seguía mucha gente.
Y he aquí vino un leproso y se postró
diciendo: Señor, si quieres, puedes
limpiarme.
Jesús extendió la mano y le tocó,
diciendo: Quiero, sé limpio. Y al instante
su lepra desapareció.

(Mateo 8, 1-4)


La lepra según los cánones de los textos sagrados hebreos era consecuencia de la maldición divina, siendo considerada la enfermedad como expresión del pecado. En consecuencia la lepra exigiría un tratamiento de caracter religioso dirigido por los sacerdotes tal como es descrito en los capítulos 13 y 14 del Levítico.
Durante la Edad Media será la enfermedad simbólica e ideológica por excelencia (como enfermedad individual, la peste lo sería en lo grupal) siendo advertida como "lepra del alma". Se  veía en quien la padecía  la encarnación del mal, y no necesariamente por haber cometido pecado personalmente, ya que se sospechaba la había heredado a través de la raza, los padres o el lugar de nacimiento. La mascara cubriendo el rostro enfermo se convirtió en un distintivo, así como las campanillas que delataban su presencia.
Desde la Biblia hasta la literatura moderna la lepra se ha reflejado como una enfermedad terrorífica. Entre los autores del periodo romántico que le dieron protagonismo en sus obras destaca el francés Marcel Schwob (1867-1905) que escribiera el cuento con tintes de redención El rey de la máscara de oro, teniendo en cuenta seguramente algunos de los aspectos referidos.
Además parece probable que Schow también tomara en consideración al histórico Rey Balduino IV de Jerusalén conocido como "El leproso" que contrajo la enfermedad de muy joven llegando a tener que cubrirse el rostro desfigurado con una máscara (en la imagen una caracterización del Rey Balduino en el film  El reino de los cielos). Así mismo, Jorge Luis Borges (lector y admirador de Schwob) pudo encontrar alguna idea de ese cuento para el relato "El espejo y la máscara" perteneciente a su conocido "El libro de arena". Aquí la maldición (como en el cuento de Schwob) también recae en un rey, pero en este caso por ser testigo de la Belleza expresada en un poema que ordenó componer al poeta de la corte a quien ofreció como prenda de aprobación una máscara de oro. El relato de Borges acaba así:

-¿No has ejecutado la oda? -preguntó el Rey; -Sí -dijo tristemente el poeta-. Ojalá Cristo Nuestro Señor me lo hubiera prohibido.
-¿Puedes repetirla?.: -No me atrevo.
-Yo te doy el valor que te hace falta -declaró el Rey.
El poeta dijo el poema. Era una sola línea. Sin animarse a pronunciarla en voz alta, el poeta y su Rey la paladearon, como si fuera una plegaria secreta o una blasfemia. El Rey no estaba menos maravillado y menos maltrecho que el otro. Ambos se miraron, muy pálidos.
-En los años de mi juventud -dijo el Rey- navegué hacia el ocaso. En una isla vi lebreles de plata que daban muerte a jabalíes de oro. En otra nos alimentamos con la fragancia de las manzanas mágicas. En otra vi murallas de fuego. En la más lejana de todas un río abovedado y pendiente surcaba el cielo y por sus aguas iban peces y barcos. Éstas son maravillas, pero no se comparan con tu poema, que de algún modo las encierra. ¿Qué hechicería te lo dio?
-En el alba -dijo el poeta- me recordé diciendo unas palabras que al principio no comprendí. Esas palabras son un poema. Sentí que había cometido un pecado, quizá el que no perdona el Espíritu.
-El que ahora compartimos los dos -el Rey musitó-. El de haber conocido la Belleza, que es un don vedado a los hombres. Ahora nos toca expiarlo. Te di un espejo y una máscara de oro; he aquí el tercer regalo que será el último.
Le puso en la diestra una daga. Del poeta sabemos que se dio muerte al salir del palacio; del Rey, que es un mendigo que recorre los caminos de Irlanda, que fue su reino, y que no ha repetido nunca el poema. 

Quizás en el texto del sabio argentino se pueda descubrir algo que de alguna forma parece anunciarse en el cuento de su admirado Marcel Schwob. ¿Sería el pecado de los antepasados del rey de la máscara de oro -y cuya maldición fue heredada por él- haber tenido conocimiento de la Belleza, del Misterio revelado? En cualquier caso el cuento de gran contenido mitográfico me parece una lectura altamente sugerente y abierta a múltiples lecturas.


El rey de la máscara de oro
Por
Marcel Schwob


A  Anatole France

El rey de la máscara de oro se levantó del trono donde se hallaba sentado desde hacía horas  y preguntó por la causa del tumulto, ya que los guardianes de las puertas habían cruzado sus picas y se oían ruido de armas. En torno del brasero de bronce también se habían levantado los cincuenta sacerdotes de la derecha y los cincuenta bufones de la izquierda, y las mujeres, dispuestas en semicírculo ante el rey, agitaban sus manos. La llama rosada y púrpura que resplandecía a través de la criba de bronce del brasero hacía brillar las máscaras de los rostros. A imitación del rey descarnado, las mujeres, los bufones y los sacerdotes tenían inmutables rostros de plata, de hierro, de cobre, de madera y de tela. Y las máscaras de los bufones estaban abiertas por la risa, mientras que las de los sacerdotes estaban negras de preocupación. Cincuenta rostros risueños se regocijaban a la izquierda, y cincuenta rostros tristes se enfurruñaban a la derecha. Entretanto, las telas claras extendidads sobre las cabezas de la mujeres remedaban rostros verdaderamente graciosos, animados de una sonrisa artificial. Mas la máscara de oro del rey era majestuosa, noble y verdaderamente soberana.
Ahora bien, el rey se hallaba silencioso y, a causa de dicho silencio, semejante a la estirpe de los reyes, de los cuales era el último. Antaño, la ciudad había sido gobernada por principes que llevaban el rostro descubierto; pero desde hacía mucho tiempo se había instalado una larga horda de reyes enmascarados. Ningún hombre había visto la cara de estos reyes y hasta los sacerdotes ignoraban el por qué de esta situación. Asimismo, desde los tiempos antiguos se había dado la orden de cubrir los rostros de quienes se aproximaban a la residencia real; y esta familia de reyes solo conocía las máscaras de los hombres.
Y mientras se estremecían los herrajes de los guardianes de la puerta y retumbaban sus sonoras armas, el rey les interrogó con voz grave:
-¡Quién osa perturbarme, en las horas de sesión con mis sacerdotes, mis bufones y mis mujeres!
Y los guardianes, temblorosos, respondieron:
-Muy imperioso rey, máscara de oro, se trata de un hombre miserable, vestido con un largo atuendo; al parecer, es uno de los piadosos mendigos que vagabundean por la comarca, y tiene el rostro descubierto.
-Deja entrar a ese mendigo -dijo el rey.
Entonces, el sacerdote que tenía la máscara más grave se volvió hacia el trono y, luego de inclinarse dijo:
-Oh rey, los oráculos han predicho que no era bueno para tu estirpe ver el rostro de los hombres.
Y el bufón cuya máscara estaba hendida por la risa más amplia volvió la espalda al trono y, luego de inclinarse, declaró:
-Oh mendigo, a quien aún no he visto, sin duda eres más que el rey de la máscara de oro, pues está prohibido mirarte.
Y la mujer cuyo falso rostro poseía el bozo más sedoso juntó las manos, las separó y curvó como para asir las copas rituales. El rey, no obstante, volviendo sus ojos hacia ella, temió la revelación de un  rostro desconocido.
Luego, un mal deseo se deslizó en su corazón.
-Dejad entrar a ese mendigo -dijo el rey de la máscara de oro.
Y entre el tembloros bosque de picas, a través de las cuales brotaban las hojas de las espadas como resplandecientes hojas de acero salpicadas de oro verde y oro rojo, un anciano de erizada barba se adelantó hasta el pie del trono y alzó hacia el rey un rostro desnudo donde se estremecía un par de ojos inciertos.
-Habla -dijo el rey.
El mendigo replicó con voz fuerte:
-Si quien me dirige la palabra es el hombre de la máscara de oro, responderé, por cierto; y pienso que lo es. ¿Quién, antes que él osaría alzar la voz? Más no puedo asegurame de ello con mis ojos, pues soy ciego. No obstante, sé que en esta sala las mujeres, por el suave roce de sus manos sobre sus hombros; y bufones, oigo risas; y sacerdotes, ya que éstos susurran de manera grave. Los hombres de este lugar, no obstante, me han dicho que estabais enmascarados; y tú rey de la máscara de oro , último de tu raza, jamás has contemplado rostro de carne. Escucha: eres rey y no conoces a las gentes. Quienes están a mi izquierda son los bufones; oigo sus risas; quienes están a mi diestra son los sacerdotes, oigo sus llantos; y percibo que los músculos de los rostros de estas mujeres son grotescos.
El rey se volvió hacia quienes el mendigo llamaba bufones, y su mirada encontró las máscaras negras de preocupación de los sacerdotes; y se volvió hacia quienes el mendigo llamaba sacerdotes, y su mirada encontró las máscaras alegres de los bufones; y bajó los ojos hacia la media luna de sus mujeres sentadas, y sus rostros le parecieron hermosos.
-Mientes, extranjero -dijo el rey-; eres tú el jocoso, el llorón y el grotesco; ya que tu horrible rostro, incapaz de estar fijo, fue hecho móvil con el fin de disimular. Aquellos que designaste como bufones son mis sacerdotes, aquellos que llamaste sacerdotes son mis bufones. Y tú, cuyo rostro se pliega a cada palabra, ¿cómo podrías juzgar acerca de la inmutable belleza de mis mujeres?
-Ni acerca de ésta, ni acerca de la tuya .dijo el mendigo en voz baja-, ya que nada puedo saber de ellas, por ser ciego, y ni siquiera tú sabes nada de los otros ni de ti mismo. Pero soy superior a ti por esto: yo sé que no se nada. Y puedo conjeturar. Así, es posible que quienes te parecen bufones lloren bajo sus máscaras; y es posible que quienes a tu juicio son sacerdotes tengan su verdadero  rostro torcido por la alegría de engañarte; y de igual modo, ignoras si las mejillas de tus mujeres son color de ceniza bajo seda. Y tú mismo, rey de la máscara de oro, ¿quién sabe si no eres horrible a pesar de tus galas?
Entonces,  el bufón que tenía la boca más amplia y hendida de alegría lanzó una carcajada semejante a un sollozo; y el sacerdote cuya frente era la más sombría elevó una súplica que se asemejaba a una risa nerviosa, y todas las máscaras de las mujeres se estremecieron.
Y el rey de la cara de oro hizo una señal. Y los guardianes asieron por los hombros al anciano de la cara desnuda y le arrojaron por el portal de la gran sala.
Transcurrió la noche y el rey se sintió inquieto durante el sueño. De mañana vagó por su palacio, porque un mal deseo se había deslizado en su corazón. Pero ni en los dormitorios, ni en el salón enlosado de los festines, ni en las salas pintadas y doradas de las fiestas, encontró lo que buscaba. En toda la extensión de la residencia real no había ni un solo espejo. Así lo habían establecido la orden de los oráculos y la ordenanza de los sacerdotes desde hacía largos años.
El rey en su negro trono no se divirtió con los bufones ni escuchó a los sacerdotes ni miró a sus mujeres; pensaba en su rostro.
Cuando el poniente arrojó la luz de sus metales sangrientos hacia las ventanas del palacio, el rey abandonó la sala del brasero, apartó a los guardias, atravesó rápidamente los siete patios concéntricos cerrados por siete murallas fulgurantes y salió al campo por una poterna baja, furtivamente.
Temblaba y sentía curiosidad. Sabía que iba a encontrar otros rostros, acaso el suyo. En el fondo de su alma, quería estar seguro de su propia belleza. ¿Por qué ese miserable mendigo había sembrado la duda en su pecho?
El rey de la mascara de oro llegó al sitio donde se hallaban los sotos que rodeaban la margen de un río. Los árboles estaban vestidos de cortezas pulidas y rutilantes. Habían troncos de una blancura resplandeciente. El rey quebró algunas ramitas. En la rotura, algunas sangraban un poco de savia espumosa y el interior estaba veteado de manchas oscuras; otras revelaban secretos enmohecimientos y negras fisuras. La tierra era oscura y húmeda bajo el variopinto tapiz de hierbas y florecillas. El rey volvió con el pie un terrón grande jaspeado de azul, cuyas hojuelas espejeaban bajo los últimos rayos; y un sapo de blando buche escapó del cenagoso escondrijo con un sobresalto de espanto.
En la linde del bosque, sobre el remate de la escarpada orilla, el rey que emergía de los árboles se detuvo, encantado. Una joven estaba sentada en la hierba; el rey veía su cabello suelto, su nuca graciosamente encorvada, su flexible espalda que hacía ondular su cuerpo hasta los hombros; entre dos dedos de su mano izquierda giraba un huso muy hinchado y la punta de un grueso copo se deshilaba junto a su mejilla.
Se irguió, desconcertada, mostró su rostro y, en la confusión, asió entre sus manos las hebras del hilo que modelaba. Así, sus mejillas parecieron atravesadas por un corte de suave palidez.
Cuando el rey vio esos ojos negros agitados, y ese temblor de los labios, y esa redondez del mentón que descendía  hacia la graganta acariciada por la luz rosada,se abalanzó hacia la joven, transportado, y cogió violentamente sus manos.
-Por primera vez -dijo- querría adorar un rostro desnudo; querría quitarme esta máscara de oro, puesto que me separa del aire que besa tu piel; y ambos, maravillados, iríamos a contemplarnos en el río.
Sorprendida, la joven tocó con la punta de los dedos las láminas metálicas de la máscara real. Mientras tanto, el rey deshizo impacientemente los abrochadores de oro, la máscara rodó por la hierba y la joven, llevando las manos a sus ojos, lazó un grito de horror.
Un instante después huía entre las sombras del soto, apretando contra su pecho el copo envuelto en cáñamo.
El grito de la joven resonó dolorosamente en el corazón del rey, quien corrió hacia la orilla y se inclinó sobre el agua del río. De sus propios labios brotó un gemido ronco. En el momento en que el sol desaparecía tras las oscuras  y azules colinas del horizonte, acababa de percibir un rostro blancuzco, tumezacto, cibierto de escamas, con la piel levantada por asquerosas hinchazones, y supo enseguida, por el recuerdo de los libros, que era leproso.

La luna, como una aérea máscara amarilla, subía por encima de los árboles. A veces se oía un mojado aleteo en medio de las cañas. Un reguero de bruma flotaba en el borde de la corriente. El espejo del agua se prolongaba a gran distancia y se perdía en la profundidad azulada. Algunos pájaros de cabeza escarlata arrugaban la corriente con círculos que se disipaban lentamente.
Y el rey, de pie, mantenía los brazos separados de su cuerpo, como si le repugnara tocarse.
Recogió la máscara y la colocó sobre su rostro. Caminado como entre sueños, se dirigió hacia su palacio.
Golpeó el gong en la puerta de la primera muralla y los guardianes salieron tumultuosamente con sus antorchas. Iluminaron su cara de oro; el rey tenía el corazón sobrecogido de angustia, pensando que los guardianes veían las escamas blancas sobre el metal. Y atravesó el patio bañado de luna; y por siete veces su corazón se sobrecogió con la misma angustia en las siete puertas donde los guardianes llevaron las antorchas rojas a su máscara de oro.
Entretanto, junto con la rabia, como una planta negra enroscada por una planta salvaje, crecía en él la pena. Y los frutos sombríos y turbios de la pena y la rabia se asomaron por su boca, y él paladeó su amargo jugo.
Entró en palacio, y el guardián que se hallaba a su izquierda giró sobre la punta de un pie, con la otra pierna extendida, coronándose con un círculo luminoso de su sable; y el guardián de la derecha giró sobre la punta del otro pie, con su pierna opuesta extendida, cubriéndose con una pirámide deslumbradora mediante rápidos remolinos de su masa diamantina.
Y el rey ni siquiera recordó que eran éstas las ceremonias nocturnas; pasó estremeciéndose, al haber imaginado que los soldados querían golpear o hendir su asquerosa cabeza hinchada.
Las salas del palacio estaban desiertas. Algunas antorchas solitarias ardían suavemente en sus anillos. Otras se habían apagado y lloraban frías lágrimas de resina.
El rey atravesó las salas de las fiestas, donde los cojines bordados de tulipanes rojos y crisantemos amarillos aún se hallaban esparcidos, con hamacas de marfil y apagados asientos de ébano realzados por estrellas de oro. Velos engomados y figuras de pájaros de patas esmaltadas y picos de plata, pendían del techo, donde se engarzaban hocicos de animales de maderas coloreadas. Había candelabros de bronce verdusco, de una sola pieza, atravesados por prodigiosos agujeros laqueados de rojo, en los que una mecha de seda cruda pasaba por el centro de rodajas repletas de un negro aceitoso. Había sillones largos, bajos y arqueados, donde no era posible sentarse sin que se alzara la cintura, como llevada por manos invisibles. Había jarrones fundidos de metales casi transparentes que a la menor caricia sonaban de una manera aguda, como si se las hiriera.
En el extremo de la sala, el rey asió un hachón de bronce que apuntaba sus lenguas rojas a las tinieblas. Las gotitas llameantes de resina cayeron temblorosas sobre sus mangas de seda. Pero el rey no las notó. Se dirigió hacia una galería alta, oscura, donde la resina dejó un surco perfumado. Allí, en las paredes cortadas por diagonales cruzadas, podían verse retratos resplandecientes y misteriosos: las pinturas estaban enmascaradas y coronadas de tiaras. Únicamente el retrato más viejo, separado de los demás, representaba un joven pálido, de ojos dilatados de horror, con la parte inferior del rostro disimulada por los adornos reales. El rey se detuvo ante su retrato y lo iluminó alzando el hachón. Luego gimió y dijo:
-¡Oh, primero de mi raza, hermano mío, qué lamentables somos! -y besó el retrato en los ojos.
Y ante el segundo rostro pintado, que estaba enmascarado, el rey se detuvo y desgarró la tela de la máscara, diciendo:
-Esto es lo que había que hacer, padre mío, segundo de mi raza.
Y así desgarró las máscaras de los demás reyes de su raza, hasta llegar a él mismo. Bajo las máscaras arrancadas se veía la desnudez oscura de la muralla.
Luego llegó a las salas de los festines, donde las mesas relucientes aún estaban preparadas. Llevó el hachón sobre su cabeza y algunas líneas púrpuras se precipitaron hacia los rincones. En el centro de las mesas había un tronco con pies de león, sobre el cual descansaba una piel moteada; algunas cristalerías parecían amontonadas en los ángulos, con piezas de plata bruñida y tapas perforadas de oro humoso. Algunos frascos espejeaban con resplandores violetas, otros estaban chapeados en el interior con delgadas láminas traslúcidas de metals preciosos. Como una terrible indicación de sangre, un destello del hachón hizo centellear una copa oblonga, tallada en un granate, y en la cual los escanciadores acostumbraban verter el vino de los reyes. Y la luz acarició también de bermejo un cesto de plata tejida donde estaban dispuestos panes redondos de limpia corteza.
Y el rey atravesó las salas de los festines desviando la cabeza.
-¡No se avergonzarán -dijo- de morder el pan vigoroso  bajo su máscara, y de tocar el vino sangrante con sus labios blancos! ¿Dónde está aquel  que, conociendo su mal, prohibe los espejos de su casa? Está entre aquellos cuyos falsos rostros he arrancado: y yo he comido pan de su panera, y he bebido vino de su copa...
Por una estrecha galería revestida de mosaicos se llegaba a los dormitorios, y en ella se deslizó el rey, llevando su sangrienta antorcha en las manos. Un guardián, inquieto,se adelantó, y su cinturón de amplios anillos llameó sobre su túnica blanca; luego reconoció al rey por su rostro de oro, y se prosternó.
Una luz pálida, que provenía de una lámpara de bronce suspendida en el centro, iluminaba una doble fila de lechos ornamentales; las mantas de seda estaban tejidas con filamentos de matices envejecidos. Un tubo de onix dejaba caer monótonas gotas en una fuente de piedra pulida.
Primero, el rey consideró el recinto de los sacerdotes; y la máscaras graves de los hombres acostados eran semejantes durante el sueño y la inmovilidad. Y el recinto de los bufones, la risa de sus bocas dormidas tenía exactamente la misma amplitud. Y la inmutable belleza del rostro de las mujeres no se había alterado en el reposo; tenían los brazos cruzados sobre los pechos, o una mano bajo la cabeza, y no parecían preocuparse por su sonrisa, que era tan graciosa cuando ellas la ignoraban-
En el fondo de la última sala se extendía un lecho de bronce, con bajorrelieves de mujeres encorvadas y flores gigantes. Los cojines amarillos conservaban la huella de un cuerpo agitado. Allí habría debido descansar, a estas horas de la noche, el rey  de la máscara de oro; allí habían dormido  sus antepasados durante años.
Y el rey desvió la cabeza de su lecho:
-Ellos pudieron dormir -dijo- con es secreto sobre su rostro, y el sueño vino a besarles en la frente, como a mí. Y no sacudieron su máscara al negro rostro del sueño, con el fin de espantarlo para siempre. Y yo rocé este bronce, yo toqué estos cojines donde antaño reposaban los miembros de aquellos pusilánimes...
Y el rey pasó al cuarto del brasero, donde la llama rosada y púrpura todavía danzaba y arrojaba sus rápidos brazos sobre los muros. Y golpeó el gran gong de cobre con un golpe sonoro que hizo vibrar a todas las cosas metálicas de alrededor. Los guardias asustados se abalanzaron medio desnudos, con sus hachas y sus bolas de acero erizadas de puntas, y aparecieron los sacerdotes, dormidos, arrastrando sus hábitos, y los bufones olvidaron todos los sacramentales saltos de entrada, y las mujeres mostraron sus rostros sonrientes en el vano de las puertas.
Entonces, el rey subió a su trono y ordenó:
-He golpeado el gong con el objeto de reuniros para algo importante. El mendigo ha dicho la verdad. Todos vosotros me engañáis. Quitaos las máscaras.
Se oyó el estremecimiento de los miembros y las ropas y las armas. Luego, lentamente, los que allí estaban se decidieron y descubrieron sus rostros.
Entonces, el rey de la máscara de oro se volvió hacia los sacerdotes y consideró cincuenta caras gordas risueñas con ojitos pegados por la somnolencia; y, volviéndose hacia los bufones, examinó cincuenta caras demacradas surcadas por la tristeza, con ojos sanguinolientos de insomnio; luego, inclinándose hacia la media luna de las mujeres asentadas, lanzó una carcajada, porque sus rostros eran absolutamente aburridos y feos, y estaban revocados de estupidez.
-Así, pues, me habéis engañado desde hace tantos años acerca de vosotros mismos y acerca de todo el mundo -dijo el rey-. Aquellos que creía serios y que me daban consejos sobre las cosas divinas y humanas son similares a odres hinchados de viento o de vino; y aquellos con quienes me divertía por su continua alegría  eran tristes hasta el fondo de su corazón; ¡y vuestra sonrisa de esfinges, oh mujeres, no significaba absolutamente nada! Qué miserables sois; pero yo soy el más miserable de todos vosotros. Soy rey y mi rostro parece real. No obstante, mirad: el más desdichado de mi reino no tiene nada que envidiarme.
Y el rey se quitó su máscara de oro. Y un grito se alzó de las gargantas de quienes lo veían, ya que la llama rosa del brasero iluminaba sus blancas escamas de leproso.
-Son ellos quienes me engañaron, mis padres, quiero decir -gritó el rey-, que eran leprosos como yo y me transmitieron su enfermedad con la herencia real. Me embaucaron y os forzaron a mentir.
A través del ventanal de las sala, abierto hacia el cielo. la luna mostró su máscara amarilla.
-Así como esta luna, que siempre vuelve hacia nosotros el mismo rostro dorado, quizá tenga otra cara oscura y cruel -dijo el rey-, así mi realeza fue extendida sobre mi lepra. Pero nunca más veré la apariencia de este mundo, y dirigiré mi mirada hacia las cosas oscuras. Aquí, ante vosotros, me castigo por mi lepra, y por mi mentira, y mi estirpe conmigo.
El rey alzó su máscara de oro; y, ante el negro trono, entre la agitación y las súplicas, hundió en sus ojos los ganchos laterles de la máscara, con grito de angustia; por última vez, una luz roja respandeció ante él y una oleada de sangre corrió sobre su rostro, sobre sus manos, sobre las oscuras gradas del trono. Desgarró su ropa, descendió tambaleando los peldaños y, luego de apartar a tientas a los guardias, mudos de horro, partió solo en la noche.

Así, pues, el rey leproso y ciego caminaba en la noche. Tropezó con las siete murallas concéntricas de sus siete patios y con los viejos árboles de la residencia real, y se hirió las manos al tocar las espinas de los setos. Cuando oyó el ruido de sus pasos supo que estaba en el camino principal. Caminó durante horas y horas, sin experimentar siquiera la necesida de tomar alimento. Sabía que lo iluminaba el sol por el calor que velaba su rostro, y reconocía la noche por el frío de la oscuridad. La sangre que había corrido de sus ojos arrancados le cubría la piel con una costra negruzca y seca. Y cuando hubo caminado mucho tiempo, el rey ciego se sintió cansado y se sentó en el borde del camino. Ahora vivía  en un mundo oscuro, y sus miradas había entrado en él mismo.
Cuando vagaba por esa llanura sombría de los pensamientos, oyó de pronto un ruido de campanillas. Inmediatamente se imaginó el regreso de un rebaño de ovejas de espesa lana, llevado por carneros cuya gruesa cola caía en tierra. Y estendió las manos para tocar la blanca lana, ya que no tenía vergüenza de los animales. Pero sus manos encontraron otras manos tiernas, y una voz suave le dijo:
-Pobre ciego, ¿qué quieres? -el rey reconoció la encantadora voz de una mujer .
-No debes tocarme -exclamó el rey-. Pero ¿dónde están tus ovejas?
Ahora bien, ocurría que la joven que se hallaba ante él era leprosa, y por eso llevaba campanillas suspendidas a su ropa. Pero no se atrevió a confesarlo, y respondió con una mentira:
-Están un poco detrás de mí.
-¿Dónde vas así? -dijo el rey ciego.
-Vuelvo a casa -respondió ella-, a la ciudad de los Miserables.
Entonces el rey recordó que, en un lugar alejado de su reino, había un asilo donde se refugiaban quienes habían sido rechazados de la vida por sus enfermedades o sus crímenes. Vivían en chozas construidas por ellos mismos o encerrados en guaridas cavadas en el suelo. Y su soledad era extrema.
El rey resolvió dirigirse a esa ciudad.
-Llévame -dijo.
La joven le cogió por la manga.
-Déjame que te lave el rostro -dijo-; la sangre ha corrido por tus mejillas quizá desde hace ya una semana.
Y el rey tembló, pensando que ella se horrorizaría de su lepra y le abandonaría. Pero ella vertió el agua de su calabaza y lavó el rostro del rey.
-¡Pobre -dijo luego-, cómo has debido sufrir por el arrancamiento de los ojos!
-Cómo he sufrido antes sin saberlo -dijo el rey-. Pero bueno, adelante. ¿Llegaremos esta noche a la ciudad de los Miserables?
-Así lo espero -manifestó la joven.
Y lo condujo hablándole con ternura. Entretanto, el rey ciego oía las campanillas y, volviéndose, quería acariciar las ovejas. Y la joven temía que adivinara su enfermedad.
Ahora bien, el rey estaba extenuado de fatiga y hambre. Ella sacó una hogaza de pan de sus alforjas y le ofreció su calabaza. Pero él se negó, temiendo ensuciar el pan y el agua.
-¿Ves la ciudad de los Miserables? -preguntó poco más tarde.
-Todavía no -dijo la joven.
Y siguieron adelante. Ella recogió lotos azules para él, quien los mascó para refrescarse la boca. El sol se inclinaba hacia los grandes arrozales que ondulaban en el horizonte.
-Puedo sentir el olor de  la comida que llega hasta mí -dijo el rey ciego- ¿No nos acercamos a la ciudad de los Miserables?
-Todavía no -dijo la joven.
Y, cuando el disco sangriento del sol aún cortaba el cielo violeta, el rey desfallecía de cansancio e inanición. En el extremo del camino temblaba una delgada columna de humo entre las techumbres de herbajes. La bruma de los pantanos flotaba en los alrededores.
-He aquí la ciudad -afirmó la joven-, puedo verla.
Entraré solo en otra -dijo el rey ciego-. No tenía más que un deseo; habría querido descansar mis labios sobre los tuyos, para refrescarme en tu rostro que debe ser tan hermoso. Pero te habría manchado pues soy leproso.
Y el rey se desvaneció en la muerte.
La joven rompió a llorar, viendo que el rostro del rey ciego era puro y límpido, y sabiendo que ella misma temía mancharlo.
En ese momento, de la ciudad de los Miserables se adelantó un viejo mendigo de barba herizada, cuyos ojos inciertos temblaban.
-¿Por qué lloras? -preguntó.
Y la joven replicó que el rey ciego había muerto, después de haberse arrancado los ojos, pensando que era leproso.
-Y no quiso darme el beso de la paz -dijo- para no mancharme; y soy yo quien es verdaderamente leprosa a los ojos del cielo-
Y el viejo mendigo le respondió:
-Sin duda, la sangre del corazón que había brotado de sus ojos le curó la enfermedad. Y murió, pensando que tenía una máscara miserable. En ese momento, no obstante, abandonó todas las máscaras, la de oro, la de lepra y la de carne.

Ilustración de Santiago Caruso inspirada en El Rey de la máscara de oro.



Lecturas:

Marcel Schwob, El rey de la máscara de oro. Edicones Abraxas 2003
Marcel Schwob, La cruzada de los niños (con prólogo de Jorge Luis Borges) Tusquets 1984
Marcel Schwob, Corazón doble. Siruela 1996
Marcel Scwob, Vidas maginarias. Bruguera 1972


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miércoles, 17 de octubre de 2012

La mujer que llegó de las estrellas


 Gustav Klimt, Nuda Veritas (La verdad desnuda) (detalle) 1899



 "Pero quien no es verdadero no verá la verdad"

Paracelso


"El Conocimiento surge en la medida en que el objeto conocido está dentro del conocedor"

Santo Tomás de Aquino



El siguiente cuento es una versión africana de la historia del hombre que es visitado por una mujer sobrenatural y se enamora de ella. En esta versión contada por Lauren van der Post y recogida por Wendy Doniger en su libro "Mitos de otros pueblos", la mujer llega desde las estrellas llevando consigo un cesto. Me ha parecido interesante sumar tanto las anteriores citas como las que aparecen al final del texto. 


Antes de casarse con él, la esposa le había hecho prometer que nunca levantaría la tapa del cesto ni miraría en su interior hasta que ella le diera permiso para hacerlo. Si lo hiciera, un gran desastre podría abatirse sobre ellos. Pero fueron pasando los meses y el hombre empezó a olvidar su promesa. Su curiosidad iba en aumento, al ver el cesto tan cerca día tras día, con la tapa siempre firmemente cerrada. Un día, cuando estaba solo, entró en la cabaña de su esposa, vio el cesto, en las sombras, y no pudo soportarlo por más tiempo. Quitando la tapa, miró en el interior. Por un momento permaneció incrédulo, luego estalló a reír. Cuando por la noche regresó su esposa, supo enseguida lo que había sucedido. Se puso la mano en el corazón y mirándole con lágrimas en los ojos, le dijo: "Has mirado en el cesto". l lo admitió y le dijo riendo: "Qué tonta eres. ¿Por qué has armado tanto jaleo con ese cesto? No hay nada en su interior". "¿Nada?" dijo ella, sin apenas fuerza para hablar. "Sí, nada", contestó él enfáticamente. En ese momento, ella le dio la espalda, se marchó entrando directamente en la puesta de sol y desapareció. Nunca más se la volvió a ver sobre la tierra. Y todavía hoy oigo a la sirvienta negra que me dice: "¿Y sabes por qué se fue, amito? No porque él hubiera roto su promesa, sino porque, al mirar dentro del cesto, lo había encontrado vacío. Se fue porque el cesto no estaba vacío; estaba lleno de cosas hermosas del cielo que ella almacenaba allí para los dos; él no pudo verlas y se rió, así que ya no tenía sentido que ella estuviera en la tierra y desapareció.


"El conocimiento exige un órgano hecho  a la medida de su objeto"

"El ojo no podría ver el sol si no fuera ya semejante al sol, y el alma no podría tener visión de la Belleza si no fuera ella misma bella"

Plotino



Lecturas:

 Wendy Doniger, Mitos de otros pueblos. Siruela 2005



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sábado, 29 de septiembre de 2012

El mundo en guerra

Stalin brinda en honor de Hitler después de firmar el Pacto germano-ruso de no agresión el 23 de Agosto de 1939


"Es de gran importancia disfrazar las propias inclinaciones y desempeñar bien el papel del hipócrita"

Nicolás Maquiavelo, El Príncipe



El Panchatantra es la colección mejor conocida de fábulas hindúes en idioma sánscrito que alcanzó su forma actual en el siglo III d. C. Gran parte de su material procede de fuentes más antiguas ya que la obra se basa en una rica y antiquísima tradición heredada. A partir del siglo VI ya conoció traducciones al pahlevi (persa literario), para dos siglos después ser acogida por el idioma árabe en la recopilación Kalila wa-Dimna difundiéndose por toda Europa. En 1251 posiblemente el rey Alfonso X El Sabio mandó traducir el texto al castellano conocido como Calila e Dimna. Más tarde, como diría La Fontaine, se difundió "en toutes les langues".
Esta tradición hindú de fábulas de animales corre paralelo a  tratados sistemáticos, técnicos y minuciosos poco conocidos en Occidente como el Arthasastra de Canakya Kautilya, escritos por brahmanes (sacerdotes) en su función de consejeros de los déspotas hindúes tanto en la vida secular como en la espiritual, dirigidos especialmente a educar en la "ciencia política" a cancilleres y ministros, incluyendo en ocasiones alguna fábula para ilustrar sus teorías. 
En la sabiduría política hindú expuesta en sus textos en forma de fábulas, de las que también aparecen ejemplos en el Mahabharata, según Heinrich Zimmer, autor de la conferencia pronunciada en 1942 que a continuación transcribo, descubrimos una excelente clave para interpretar la política internacional de todo el mundo. "Su punto de vista amoral o premoral pone de manifiesto y formula, con la fría precisión de una especie de álgebra política, ciertas leyes naturales fundamentales que gobiernan la vida política en todas partes. El espíritu hindú siempre ha visto cuán aplicables son las fábulas de animales al elevado arte de la intriga y la defensa".




El mundo en guerra (fragmento)
Por

Heinrich Zimmer



Cuando en agosto de 1939 leí la noticia del pacto germano-ruso de no agresión, que se firmó poco antes de comenzar la guerra actual, me sorprendió tanto como a muchos a quienes cabía suponer más entendidos que los indólogos acerca de asuntos políticos, y que debieran haber estado mejor informados. Sin embargo, tan pronto, como tuve conocimiento de esta asombrosa alianza entre dos potencias que todos consideraban como enemigos naturales, con intereses e ideales de vida antagónicos, me acordé de un cuento hindú, una fábula de animales que figura en el Mahabharata, tesoro sin par e inagotable de sabiduría espiritual y secular. Era la parábola de un gato y un ratón, y enseñaba que los dos mortales enemigos, como la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin, podían muy bien aliarse y presentar un frente unido si ese arreglo, convenía a los intereses momentáneos de ambos.
Una vez -así empieza este cuento- vivían un gato montés y un ratón, y habitaban el mismo árbol en la selva: el ratón en un agujero de la raíz, y el gato montés e
n las ramas de la copa, donde se alimentaba con huevos de pájaros y con pichones inexpertos. Al gato también le gustaba comer ratones; pero el ratón del cuento había conseguido mantenerse fuera del alcance de sus garras.
Un día un tramper
o puso una red disimulada bajo el árbol y por la noche el gato quedó atrapado en las mallas. El ratón, muy contento, salió de su agujero y dio muestras de gran regocijo caminando en torno de la trampa mordisqueando el cebo y sacando el mayor partido posible de la desgracia. Pero de pronto se dio cuenta de que habían llegado otros dos enemigos: arriba, en el oscuro follaje del árbol, se había posado un lechuza de ojos resplandecientes, que estaba por abalanzarse sobre él, mientras por el suelo se aproximaba una mangosta. El ratón, de pronto sin saber qué hacer, decidió enseguida adoptar una sorprendente estratagema. Se acercó al gato y le dijo que si le permitía entrar en la red y ocultarse en su regazo lo recompensaría royéndole las mallas que lo aprisionaban. El gato aceptó, y el animalito, apenas oyó el permiso, alegremente se coló por la red.
Pero si el gato esperaba ser liberado enseguida, sufrió una decepción; el ratón anidó comodamente contra su cuerpo, ocultándose tan profundamente como pudo entre su pelo, con el fin de no ser visto por los dos enemigos que vigilaban afuera, y una vez protegido en su refugio, decidió echarse una buena siesta. El gato protestó; el ratón replicó que no había prisa. Sabía que le era posible deslizarse de la trampa en un instante y que a su disgustado anfitrión no le quedaba otro remedio que tener paciencia, con la esperanza de quedar en libertad. Así fue que el ratón le dijo francamente a su natural enemigo que pensaba esperar hasta que apa
reciera el trampero; de ese modo el gato, amenazado a su vez, no podría aprovechar su libertad para atrapar y devorar a su libertador. El animal mayor no podía hacer nada. Su pequeño huésped durmió la siesta en sus mismas zarpas. El ratón esperó pacientemente la llegada del cazador y luego, al ver que el hombre se aproximaba a inspeccionar sus trampas, cumplió sin dificultad su promesa royendo con rapidez la red y entrando de un salto en su agujero, mientras el gato, en un desesperado esfuerzo, consiguió zafarse, trepó hasta la rama y escapó de una muerte segura.
Ésta es un ejemploi típco del vasto y precioso repertorio de fábulas indias de animales que enseñan la sabiduría política. El cuento da una idea del frío y cínico
realismo y falsía que son la savia vital y el sabor mismo del viejo estilo de la teoría política y la causística indias. El agudo ratón, sin ningún prejuicio para contraer alianzas a fin de evitar el peligro, era, además de atrevido, un maestro en el arte de hacer las cosas en el momento oportuno. Pero con el episodio de la red no acaba la cosa. El resto del cuento contiene el punto destinado a la instrucción de los reyes indúes y de sus cancilleres.
Cuando el defraudado cazador se hubo alejado con su red destrozada, el gato bajó de las ramas y, aproximándose al agujero, llamó dulcemente al ratón. Lo invitó a salir y a reunirse con su viejo compañero. La crisis de la noche anterior ya había pasado -decía el gato- y el auxilio que ambos se habían prestado con lealtad en su lucha común por la existencia había forjado un lazo duradero que cancelaba sus antiguas dif
erencias. En adelante ambos serían amigos para siempre y confiarían absolutamente el uno en el otro. Pero el ratón se mostraba reticente. La retórica del gato no lo impresionaba y se negaba resueltamente a salir de su segura guarida. Habiendo pasado la paradójica situación que los había juntado en una curiosa colaboración momentánea, no había palabras que pudieran inducir al sagaz animalito a aproximarse nuevamente a su natural enemigo. Para justificar su rechazo de los amables e insidiosos sentimientos expresados por el gato, el ratón pronunció la fórmula destinada a servir de moraleja al cuento, que, dicha franca y simplemente, es esta: en el campo de la batalla política no existe amistad perdurable.
No puede haber lazo tradicional, alianza cordial, unión futura basada en experiencias, peligros y victorias del pasado. A través de la incesante lucha de los poderes políticos -que es como la de las bestias en el desierto, donde se devoran entre sí y cada una se apodera de lo que puede-, las amistades y las alianzas son solo actitudes y expedientes temporales, forzados por los intereses comunes y sugeridos por la necesidad y el deseo. Pasada la ocasión de ayuda mutua, ha pasado también la razón que daba seguridad a la compañía, pues la política no está nunca gobernada por la amistad sino por la colaboración y el auxilio momentáneos, inspirados por amenazas comunes o por afines esperanzas de lucro y apoyadas por el natural egoísmo de cada uno de los aliados. No hay nunca una alianza altruista. Las lealtades no existen. Y cuando se confiesa amistad, es sólo una máscara. No puede haber proyectos de unión duradera.

Nicolas Sarkozy y el coronel Muamar Gaddafi


Barack Obama y Hosni Mubarak



Lecturas:

Heinrich Zimmer, Filosofías de la India. Editorial Sexto Piso 2008


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viernes, 25 de mayo de 2012

Las babuchas de Abu Kasem



El cuento tradicional Las babuchas de Abu Kasem, ha gozado de gran popularidad a lo largo de los siglos en el mundo de influencia árabe. Transmitido en infinidad de versiones, ha sido interpretado habitualmente en un sentido moralista sobre las consecuencias que pueden acarrear la avaricia y la tacañería. Para el mitólogo Heinrich Zimmer, el relato reune elementos que lo hacen atractivo para realizar una lectura a nivel más profundo, descubriendo en su análisis algunos de los ocultos entresijos que nos conforman a las personas, pudiendo ser revelador el tomar conciencia de ello. Se servirá de la versión que hizo del cuento Ibn Hijat al-Hamawi en la recopilación Thamarat ul-Awrak ("Los frutos de las hojas")


Las babuchas de Abu Kasem
Por
Heinrich Zimmer



¿Conocéis la historia de Abu Kasem y sus babuchas? Esas babuchas fueron tan célebres -incluso proverbiales- en el Bagdad de su tiempo como lo fue la desmesurada avaricia y roñosería de su dueño. Todo el mundo las tenía por el signo visible de su repugnante codicia. En efecto, Abu Kasem era rico y trataba de ocultarlo; incluso el mendigo más harapiento se habría avergonzado de morir calzando unas babuchas como las que él llevaba, hasta tal punto estaban remendadas y cubiertas de trozos y de parches. Vieja historia y verdadera espina en el costado de todos los zapateros de Bagdad, habían terminado por ser proverbiales en boca de las gentes del pueblo. Quien quería encontrar un modo de expresar el ridículo, no dejaba de traer a colación las famosas babuchas.
Así pues, con el sórdido que había llegado a ser inseparable de su imagen pública, este conocido hombre de negocios arrastraba sus pies por el bazar. Sucedió un buen día que llevó a cabo un negocio especialmente ventajoso: un enorme cargamento de pequeñas botellas de cristal que se las arregló para comprar por una miseria. Después, unos días más tarde, coronó su operación comprando gran cantidad de esencia de rosas procedente de la quiebra de un negociante de perfumes. La combinación de ambos negocios resultó un golpe de suerte especialmente feliz, y no se dejó de comentar en el bazar. Cualquier otro habría celebrado la ocasión de la forma habitual, con un pequeño banquete a sus colegas más próximos. Sin embargo, a Abu Kasem sólo se le ocurrió hacer algo para sí mismo. Decidió visitar los baños públicos, lugar donde no se le había visto desde hacía mucho tiempo.
En el vestíbulo, donde se dejan ropas y zapatos, encontró a uno de sus conocidos que, llevándole a un lado, trató de hacerle comprender el lamentable estado de sus babuchas.
Acababa de quitárselas, y a la vista de todos estaba su penosa condición. El amigo le dijo que se sentía profundamente apenado de verle convertido en el hazmerreir de toda la ciudad; un hombre de negocios tan despierto como él debía tener medios para comprarse un par de babuchas decentes. Abu Kasem examinó detenidamente aquel horror que se le había vuelto tan querido. "Dios mío, se dijo, he estudiado la cuestión durante años, pero, verdaderamente, no están tan gastadas como para que no me sigan sirviendo todavía." A continuación, los dos amigos, habiendo terminado de desnudarse, dejaron el vestuario para ir a tomar su baño.
Mientras nuestro avaro se regalaba con un placer para él completamente excepcional, llegó el cadí de Bagdad con la intención de tomar también un baño. Abu Kasem, que había terminado antes que Su Excelencia, volvió al vestuario para vestirse. Pero, ¿dónde estaban sus babuchas? Habían desaparecido y en su lugar, o casi en su lugar, había otro par de babuchas, preciosas, brillantes, claramente nuevas. ¿Se trataría de un regalo, de una sorpresa que había tenido a bien hacerle su amigo que no podía soportar que alguien más rico que él se exhibiese en andrajos, y deseaba congraciarse con un hombre próspero mediante una delicada atención? Fuera cual fuera la explicación, Abu Kasem se las puso. En cualquier caso, le evitarían la molestia de ir de compras y tener que regatear para conseguir un par nuevo. Razonando así, y con su conciencia bien tranquila, dejó los baños.
Cuando el juez volvió de su baño, ¡qué escena! Sus esclavos procedieron a una verdadera batida por todos los rincones, pero no pudieron encontrar las babuchas de su amo. En su lugar había un asqueroso par de cosas hechas jirones que todos reconocieron inmediatamente como el famoso calzado de Abu Kasem. Loco de ira, el juez mandó buscar al culpable; el ujier de la corte no tardó en encontrar las babuchas desaparecidas en los pies de Abu Kasem y le metieron en chirona. Le costó mucho al viejo avaro librarse de las garras de la ley, tanto más cuanto que en la corte se sabía, como lo sabía todo el mundo, que se trataba en realidad de un hombre rico. ¡Pero al menos recuperó sus viejas y queridas babuchas!
Triste y afligido, Abu Kasem volvió a su casa y allí, en un brusco acceso de cólera, tiró por la ventana su tesoro. Cayeron en el Tigris, cuyas cenagosas aguas se deslizaban perezosamente al pie de la casa. Unos días más tarde, un grupo de pescadores creyó haber capturado un pez de un peso excepcional; lo subieron con gran esfuerzo a la barca, y ¿qué vieron entonces? ¡Las famosas babuchas del avaro! Los clavos (una de las ideas de Abu Kasem en materia de economía) habían provocado varios desgarrones en la red, lo que, como se pueden imaginar, enfureció a los pescadores. Con todas sus fuerzas lanzaron aquellos restos enlodados y pegajosos a través de una ventana abierta, que resultó ser la ventana de la casa de Abu Kasem. Volando por el aire, las babuchas volvían a su propietario cayendo estrepitosamente sobre la mesa en que había colocado cuidadosamente los preciosos frascos de cristal comprados tan baratos, y más preciosos ahora en razón de la valiosa esencia de rosas con que acababa de llenarlos, listos para la venta. Todo aquel brillante y perfumado esplendor se encontró de golpe por los suelos, y allí se quedó, como una masa resplandeciente e informe de pedazos de cristal mezclados con el barro.
El narrador que nos contó la historia renunció a describir la inmensidad de la pena del avaro.
-¡Esas malditas babuchas!- gritó Abu Kasem (y esto es todo lo que nos dice)-. ¡Esas malditas babuchas sólo me traerán desgracias de aquí en adelante!
Y, diciendo así, cogió una pala, se dirigió con paso vivo y decidido a su jardín, y se puso a cabar un hoyo para enterrar aquella porquería. Quiso el azar que el vecino de Abu Kasem estuviera precisamente espiándole; como es lógico, se interesaba enormemente por todo lo que pasaba en casa del ricachón cuya puerta estaba pegada a la suya, y, como es frecuente entre vecinos, no tenía ninguna razón especial para apreciarle. "Ese viejo avaro tiene bastantes sirvientes -se dijo- y sin embargo se pone él mismo a cabar un hoyo. Debe haber algún tesoro enterrado ahí. ¡Claro! ¡Es obvio!" Y ni corto ni perezoso el vecino corrió al palacio del gobernador a denunciar a Abu Kasem, pues cualquier cosa que encuentra un buscador de tesoros pertenece por ley al califa, al ser la tierra y todo lo que ella oculta propiedad del gobernador de los creyentes. Abu Kasem, en consecuencia, fue llamado ante el gobernador, y la historia que contó, que sólo habia cavado un hoyo para enterrar un viejo par de sandalias, desató la risa de todos. ¿Alguien se había acusado así mismo de manera tan evidente? Cuanto más insistía el viejo avaro, más increible parecía su historia y más culpable parecía. Al dictar sentencia, el gobernador tuvo en cuenta el tesoro, y Abu Kasem se quedó literalmente anonanado al oír el importe de la multa.
Estaba desesperado y maldecía sin parar las desgraciadas babuchas. ¿Cómo podría desembarazarse de ellas? Lo único que podía hacer era sacarlas de algún modo de la ciudad. Así que hizo un largo recorrido por el campo y las arrojó a un estanque, muy lejos de allí. Cuando las vio hundirse y desaparecer en las aguas transparentes, lanzó un profundo suspiro de alivio. ¡Por fin se había librado de ellas! Pero sin duda el diablo andaba mezclado en el asunto, pues lo que Abu Kasem había tomado por un estanque era el depósito que aseguraba el abastecimiento de la red de agua de la ciudad, y, arrastradas por los remolinos, las babuchas se metieron por el deagüe de la cañería principal y la taponaron por completo. Los oficiales del servicio de aguas que fueron a arreglar los desperfectos encontraron las babuchas y, reconociéndolas (¿quién no las habría reconocido?), dirigieron un informe al gobernador en el que se acusaba a Abu Kasem de haber contaminado las aguas de la ciudad; y de este modo Abu Kasem fue a dar de nuevo con sus huesos en prisión. Fue castigado con una multa mucho más fuerte que la anterior. Pagó. ¿Qué otra cosa podía hacer? Y recuperó sus queridas y viejas babuchas, pues el recaudador no se queda jamás con lo que no le pertenece.
Bastantes problemas le habían causado las babuchas, así que, de una vez por todas, iba a arreglar el asunto para que no pudiesen jugarle ya nunca más una mala pasada. Decidió quemarlas, pero como todavía estaban húmedas, las puso a secar en el balcón. Un perro que estaba en el balcón de al lado vio aquellos objetos extraños, se interesó por ellos, saltó por encima de la balaustrada, y cogió una de las babuchas con su boca. Pero jugueteando con ella, la dejó caer a la calle, y, desde una altura considerable, el mísero objeto fue a caer en la cabeza de una mujer que pasaba por allí. Sucedió que la mujer estaba embarazada. Lo súbito del choque y la violencia del golpe le provocaron un aborto. Su marido se apresuró a presentarse ante el juez y demandó al rico y avaro comerciante por daños y perjuicios. Abu Kasem estaba fuera de sus casillas, pero de nuevo se vió obligado a pagar.
Antes de abandonar el tribunal para volver a casa, absolutamente fuera de sí, blandió solemnemente en alto las malhajadas babuchas y, con una sinceridad que no podía dejar de impresionar al juez, exclamó:
-Señor, ésta ha sido la causa fatal de todos mis sufrimientos. Esta malditas babuchas me han reducido a la mendicidad. Dignaos pues ordenar que no se me haga nunca más responsable de todas las desgracias que, con toda seguridad, seguirán haciendo caer sobre mi cabeza.
Y el contador oriental concluye con esta lección moral: el cadí no pudo rechazar la solicitud; Abu Kasem había aprendido -pero le había costado enormemente caro- todo el mal que puede resultar de no cambiar con suficiente frecuencia de babuchas.
Pero, ¿es ésa realmente la única enseñanza que se puede extraer de este célebre cuento? Ciertamente, el consejo es un tanto banal: no hacerse esclavo de la avaricia. ¿No habría qué decir algo al respecto de esos misteriosos caprichos del destino que llevaban siempre las babuchas a su legítimo propietario? Parece que se esconde un cierto sentido en esa maliciosa repetición de un mismo acontecimiento, y en el crescendo con el que esos diabólicos objetos afectan a su hechizado poseedor. ¿Y no habría que atribuir también un sentido a la forma sorprendente en que se va entrelazando, por decirlo así, todas las personas y las cosa que, en este asunto, juegan en las manos del azar (vecinos, perros, funcionario y leyes de todo tipo, baños públicos y conducciones de agua), permitiendo así a éste cumplir su obra y apretar más el nudo del destino? El moralista contador no ha visto en este relato más que al avaro que obtiene su merecido, no se ha interesado en la forma en que el vicio venía a encontrarse con el destino de quien se entrega a él. Ha entendido pues la historia como un ejemplo de la manera en que alguien puede castigarse a sí mismo al abandonarse a su inclinación preferida. (...)
A partir de una serie de puras coincidencias se teje la trama de un destino. Cada uno de los esfuerzos que hace la víctima para terminar con sus dificultades no sirve más que para hacer engordar la bola de nieve, que crece hasta el punto de convertirse en una avalancha que le sepulta bajo su peso. Un bromista le cambia las babuchas que están en el vestuario de los baños, probablemente sin otra razón que divertirse con la confusión del avaro. El azar lleva las babuchas bajo la ventana de la casa desde donde se las ha tirado al río. El azar las arroja en medio de los valiosos frascos. El azar atrae la atención de un vecino sobre las ocupaciones del avaro en su jardín. El azar hace que los remolinos arrastren las babuchas por las conducciones del agua. El azar atrae al perro del balcón de al lado, y hace caer una de las babuchas en la cabeza de una mujer embarazada que pasaba por allí. Pero, ¿por qué razón semejantes accidentes revisten un carácter tan fatídico? Siempre hay mujeres embarazadas paseando por las calles, a los perros siempre les gusta agarrar lo que pertenece a los otros, el agua corre continuamente por las cañerías y, de vez en cuando, esas cañerías se atascan. Equivocarse de frasco, confundir los paraguas, este tipo de cosas sucede todos los días sin que por ello nazca, de esos acontecimientos anodinos, la menor historia que tenga un significado particular. El aire está lleno de esos minúsculos granos de polvo del destino; forman la atmósfera de la vida y de todos sus acontecimientos. Los que tejieron la desgracia de Abu Kasem no fueron más que un puñado de ellos entre miles.
Con la historia de las babuchas de Abu Kasem abordamos una cuestión de excepcionales consecuencias entre todas aquellas que se refieren a la vida humana y al destino, una cuestión que la India ha mirado de frente al formular concepciones tales como las de
karma y maya. Todo lo que un ser humano toma de la masa arremolinada de los átomos de lo posible, haciéndolo entrar en contacto directo con él, todo eso, sea lo que sea, se confunde y se amalgama con su propio ser en un acierta configuración, en un modelo de vida. En la medida en que admita que algo le concierne, le concierne efectivamente, y si se refiere a sus objetivos y a sus aspiraciones más profundas, a sus temores y a la nebulosa fábrica de sus pensamientos, puede llegar a ser una parte importante de su destino. Y, finalmente, si siente que ello afecta a las raíces mismas de su vida, será precisamente eso lo que constituya su punto de vulnerabilidad. Pero, por otra parte, y en virtud de la misma experiencia íntima, en la medida que uno pueda liberarse a sí de sí mismo, escapa automáticamente a todas las cosas que parecen accidentales. Por otra parte, éstas tienen a veces un sentido tan profundo, y muestran un cariz de acontecimiento tan oportuno y pertinente, que no merecen ese nombre demasiado banal de "simple accidente". Son el tejido del destino. La sublime y serena libertad consistiría en librarse de la natural compulsión a elegir entre ellas, elegir entre los átomos turbulentos de la mera posibilidad, algo que llegaría a estar imbricado con uno mismo como un destino posible, y que incluso llegaríamos quizás a tocar en la raíz de nuestro ser. (...)
El balance de la vida de un hombre, su personalidad social, la máscara que se adapta a los contornos de su ser interior, eso son las babuchas de Abu Kasem. Son la textura, la trama de la personalidad consciente de su propietario. Además, son la suma total de los deseos y los éxitos de que hace alarde ante sí mismo y ante el mundo, y en virtud de los cuales se ha convertido en un personaje social. Son el balance de la vida por la que ha luchado. Si no tuvieran esa especie de significado secreto, ¿por qué serían entonces tan peculiares, tan reconocibles con una originalidad propiamente única? ¿Por qué habrían llegado a se proverbiales? ¿Por qué serían como unos viejos amigos, seguros, dignos de confianza? De la misma forma que representan a los ojos del mundo la personalidad total de Abu Kasem, y su avaricia, también representan inconscientemente para él su principal virtud, la que ha cultivado más a sabiendas, su codicia de mercader. Todo esto, sin duda, llevó a nuestro hombre bastante lejos, pero tiene más poder sobre él de lo que supone. No es tanto Abu Kasem quien posee la virtud (o el vicio) cuanto el vicio (o la virtud) quien le posee a él. Su avaricia ha llegado a ser la motivación soberana de su ser, le tiene como hechizado. Repentinamente, sus babuchas empiezan a jugarle malas pasadas; por malicia, piensa él. Pero, ¿no es él quien se está jugando a sí mismo esas malas pasadas?
La penosa desventura de Abu Kasem es la consecuencia natural de sentirse obligado a arrastrar a todas partes con él algo a lo que se ha negado a renunciar en su momento, una máscara, una idea que se hacia de sí mismo y de la que habría debido despojarse. Abu Kasem es de esos que no consienten en pasar con el tiempo que pasa, sino que vuelven a llevar todo hacia sí mismos y atesoran celosamente un "yo" que ellos mismos han fabricado. Tiemblan con la idea de esas muertes consecutivas y periódicas que, umbral tras umbral, se despliegan al tiempo que se atraviesan las salas de la existencia, y que son el secreto de la vida. Se agarran ávidamente a lo que son, a lo que fueron. Y, finalmente, la personalidad usada, esa personalidad que habría debido mudar como el plumaje anual de los pájaros, se le pega de tal manera a la piel que, aun cuando se haya convertido para ellos en motivo de exasperación, nunca llegan a quitársela de encima. Hicieron oídos sordos cuando sonó la hora, ¡y hace mucho tiempo que sonó! (...)
La conclusión se impone: cambiemos pues de calzado. ¡Si fuera así de simple...! Desgraciadamente, los viejos zapatos tan cuidadosamente conservados, tan amorosamente remendados durante toda una vida, vuelven siempre -como nos enseña la historia- de forma obstinada y persistente, incluso cuando por fin nos habíamos decidido a tirarlos a la basura. Aunque tomáramos prestadas las alas de la mañana para volar hasta los confines del mar, estarán siempre allí, con nosotros. Los elementos no quieren aceptarlos, el mar los vomita, la tierra se niega a recibirlos, y antes de que puedan ser destruidos por el fuego caen desde el aire para consumar nuestra ruina. ¡Ni siquiera el recaudador los quiere! ¿Por qué, en efecto, debería existir en el mundo algo o alguien dispuesto a cargar con esos demonios de nuestro ego simplemente porque al final hemos llegado a sentirnos molestos por su presencia?
¿Quién librará a Abu Kasem de sí mismo? Incluso la forma en que buscó la liberación era manifiestamente fútil: no se desembaraza uno de su ego amado, porque haya empezado a jugarnos malas pasadas, simplemente tirándolo por la ventana. Finalmente, Abu Kasem suplicó al juez que, al menos, no le tuviera por responsable de todas las jugarretas diabólicas que en el futuro pudieran hacerle sus babuchas, pero el juez se limitó a reírse de él en sus narices. Y nuestro juez, ¿no se reía también de nosotros? Nosotros somos los únicos responsables de la inconsciencia con la que, durante nuestra vida, hemos elaborado nuestro propio ego. Involuntaria y amorosamente, no hemos dejado de remendar y reforzar los zapatos que nos llevan por la vida; y así nos vemos finalmente sometidos a su incontrolable coacción.
¿Qué hemos de entender por la expresión "incontrolable coacción"? En cierta medida, lo sabemos ya por haberlo visto en acción en los otros, cuando hemos interpretado sus gestos involuntarios. Se trata de una fuerza que se manifiesta en todas partes a nuestro alrededor, en todo tipo de espresiones espontáneas: los escritos de la gente, sus fracasos, sus sueños y sus imágenes inconscientes. Esta fuerza tiene sobre el hombre mucho más poder de lo que él mismo admite o querría hacer creer a los demás, infinitamente más que su voluntad consciente. Sus impulsos son irresistibles, no podemos gobernarlos, son los demoníacos caballos enganchados al carro de nuestra vida, y en este carro, el ego consciente es tan solo el cochero. De manera que no hay otra opción que resignarse, como el Egmont de Goethe, "a sujetar firmemente las riendas, y dirigir las ruedas, ora a la derecha, ora a la izquierda, para evitar aquí una piedra, allí un precipicio".
En el comienzo nuestro destino se deposita él mismo en nuestras vidas a travé de innumerables e imperceptibles movimientos, de acciones apenas conscientes, de las cosas insignificantes en la vida de todos los días; después, por nuestras opciones y nuestros rechazos, engorda gradualmente, hasta que la solución alcanza el punto de saturación y está madura para la cristalización. Finalmente, basta un ligero choque, y lo que durante mucho tiempo había estado formándose como un líquido confuso, lo que era algo indefinido, en estado de formación, se encuentra precipitado en la forma de un destino y adquiere la transparencia y la dureza del cristal. En el caso de Abu Kasem, el humor alegre que le ocasionó el éxito de su transación, la embriaguez experimentada tras el maravilloso éxito que, por partida doble, costituía la adquisición de los frascos de cristal y la esencia de rosas, fue lo que, realzando la opinión que de sí mismo tenía, puso en marcha los engranajes de su destino. Tenía la impresión de que las cosas debían continuar par él de la misma manera, de que la fortuna continuaría así haciéndole pequeños regalos, menudos pero igualmente agradables, recompensas por toda una vida de trabajo y ahorro. "¡Valla, afortunado Abu Kasem -habría pensado-, ahí tienes otra sorpresa! Esas lujosas babuchas, flamantes y nuevas, en lugar de las viejas. Sin duda proceden de ese amigo que no quería verte deambular por más tiempo de acá para allá con tus viejas chanclas."
Engreído todavía por el hecho de su buena fortuna momentánea, la avaricia de Abu Kasem vino a torcer las cosas. Habría tenido la impresión de ultrajar su sensación de triunfo, habría disipado la satisfacción orgullosa que le habitaba, su hubiera condescendido con la idea de llevarse realmente la mano al bolsillo para comprar un par de babuchas nuevas. Hubiera podido encontrar las viejas babuchas en el vestuario, como lo hicieron inmediatamente los esclavos del juez, si simplemente se hubiera tomado la molestia de buscar un poco, si hubiera tenido la sospecha, desagradable pero normal, de que alguien podía tratar de burlarse de él. En lugar de eso, se halagó a sí mismo, se ilusionó cogiendo las babuchas nuevas, vagamente aturdido y cegado por el aspecto hermoso de las cosas; pues, en realidad, eso respondía a unas aspiraciones inconscientes cuya existencia jamás había sospechado. Era por su parte un gesto pueril de condescendiente olvido de sí, una falta momentánea de autodominio; pero algo encontró su expresión en es gesto, algo que durante mucho tiempo había descuidado. Algo que había crecido silenciosamente hasta llegar a ser irresistiblemente poderoso se veía por fin en libertad; y la partícula que crece hasta convertirse en avalancha de ponerse en movimiento.
La misma red con la que Abu Kasem había pescado en el bazar grandes beneficios le estaban apresando a él mismo sin darse cuenta; su propia avaricia había tejido las mallas. Y así se encontró metido en un buen lío, atrapado en su propia red. Lo que durante mucho tiempo se había estado elaborando y construyendo en su interior, esa tensión cargada de amenazas lentamente acumuladas, se descargó de un golpe en el mundo exterior, arrojándole en las garras de la ley y metiéndolo sin remedio en un lío de humillación pública, de chantaje por parte de sus vecinos, y de problemas con las autoridades. La propia conducta de Abu Kasem, su codiciosa prosperidad, y la avidez por acumular riquezas, había afilado desde hacía tiempo los dientes de toda esa maquinaria, los había ajustado y puesto en su lugar.
Como dice la máxima hindú, el hombre siembra la semilla y no se ocupa de su crecimiento. Esa semilla germina y madura, y entonces cada cual debe comer el fruto de su propio campo. No sólo nuestras acciones, sino también nuestras omissiones devienen nuestro destino. Incluso las cosas que no hemos llegado a realizar por completo nos son tenidas en cuenta al mismo título que nuestras intenciones y nuestras obras, y son susceptibles de desplegarse como acontecimientos de la mayor importancia para nosotros. Es la ley del
karma. Cada cual se convierte en su propio verdugo, en su propia víctima, y, como sucede en el caso de Abu Kasem, cada cual es su propio loco. La risa del juez es la misma que la de los demonios del infierno que se ríen de los condenados que han pronunciado su propia condena y arden en sus propias llamas.
La historia de Abu Kasem muestra cuán sutilmente se teje la red del
karma, y qué resistentes son sus delicados hilos. ¿Cómo podría Abu Kasem ser liberado por su ego cuyos demonios le tienen en sus garras?, ¿cómo podría ese ego matarse así mismo? En su desesperación, ¿no ha estado precisamente Abu Kasem a dos dedos de reconocer que nadie le podía librar de sus babuchas, y que, en consecuencia, es a él a quien le toca, de una manera u otra, tratar de desembarazarse de ellas? ¡Si al menos pudiera separarse de ese conglomerado de parches, remiendo a remiendo, hasta reducirlas a un par de babuchas sin importancia...!
Se dice en el cuento que el juez no puede hacer otra cosa que acceder a la petición de Abu Kasem, lo que significa que este último no iba a se en adelante atormentado y perseguido por sus terribles babuchas. En otras palabras, la luz de su nueva vida a comenzado a alumbrarse. Sin embargo, la luz de esta aurora no habría podido surgir, en definitiva, de ningún otro lugar que del profundo cráter de su alma, ese cráter que hasta entonces había obnubilado su visión con sus nebulosas erupciones.
Nemo contra diabolum nisi deus ipse. Ese misterioso ego cuya trama tiene orígenes lejanos, ese ego que él mismo había tejido de manera tan laboriosa a su alrededor para edificar su mundo personal: el juez, los vecinos, los pescadores, los elementos (pues hasta éstos tomaron parte en el drama de su ego secretamente amado), las sordidas babuchas, y su riqueza, ese ego -decía- no había dejado de enviarle avisos, uno tras otro. ¿Qué más podía pedirle al espejo de su esfera exterior? ese espejo le había hablado de la única forma que podía hacerlo, golpe tras golpe. Ahora bien, la liberación definitiva debía proceder de sí mismo, de dentro, pero, ¿cómo?
En tal momento la advertencia de un sueño puede ser de gran ayuda, o incluso una vaga intuición que hace eco al oráculo de algún tiempo intemporal. Pues el mago escondido que proyecta a la vez el ego y su mundo-espejo puede hacer más que ninguna fuerza exterior para desenredar durante una noche la tela tejida por el día. Puede susurrarnos al oído: "Cambia de zapatos". Y entonces debemos mirar y comprobar de qué estan hechas nuestras babuchas.



Lecturas.

Heinrich Zimmer, El rey y el cadaver (Cuentos, mitos y leyendas sobre la recuperación de la integridad humana) Paidos Orientalia 1999

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El desfile de las hormigas

La Cenicienta

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domingo, 11 de marzo de 2012

"Las argucias de las mujeres"

Ilustración persa contemporanea


"E yo, señor, non te di este enxemplo sinon por que sepas el engaño de las mugeres, que son muy fuertes sus artes e son muchos, que non an acabo nin fin"

Libro de los engannos y los assayamientos de las mujeres. (Recopilación de cuentos árabes de origen persa ordenados traducir por Alfonso X el Sabio).




El texto que en esta entrada transcribo forma parte de una obra del siglo XIII que tiene por título Yavame' al-hekayat va lavame' al-ravayat ("Compendio de historias y destellos de narraciones"), una suerte de enciclopedia de temática variada entre lo erudito y la prosa de entretenimiento pertenecientes al mundo persa y árabe. Al parecer, su autor lo tomó del Hiyal al-nisa' (Las argucias de las mujeres), cuya estructura y temática misógina es muy parecida a las que aparecen en "Libro de los engannos y los assayamientos de las mujeres", que Alfonso X el Sabio mandó traducir del árabe. Lo encontré en la revista impresa de reciente aparición "Mundo Iranio" que generosamente recibí de forma gratuita. Me animé a publicar este cuento por el humor e ingenio que desprende. Esta es su web donde aparece el indice del número 0: www.mundoiranio.com


El libro Hiyal al-nisa'


Cuentan que había un hombre que continuamente indagaba sobre las argucias de las mujeres y que siempre estaba leyendo el libro Hiyal al-nisa'. En cierta ocasión, durante un viaje, llegó a una cabila, y se alojó como invitado en una casa. El dueño de la casa estaba ausente, pero tenía una mujer extremadamente fina y hermosa. Cuando alojó al invitado, la mujer se deshizo en atenciones. El invitado se desató el calzado, colocó a un lado su báculo y se puso a leer aquél libro. Preguntó la mujer anfitriona: "¡Señor! ¿qué libro estás leyendo?". Respondió: "Historias sobre las argucias de las mujeres". Entonces, colocó ella la flecha del coqueteo en el arco de sus cejas, apuntó a su corazón y camelóle con requiebros de tal manera que su corazón quedóse prendado.
En esto estaban cuando apareció el marido. Dijo la mujer: "¡Qué infortunio! Ahora mismo seremos muertos". Preguntó el invitado: "¿Cuál es el plan?". Respondió: "Levantaté y métete en ese baúl". El hombre se metió en el baúl, la mujer lo cerró con llave, y cuando el marido entró, corrió la mujer a su encuentro para hacerle mimos y arrumacos, y serenó al marido con palabras seductoras. Cuando estuvo un rato así, le preguntó (la mujer): "¿Te has enterado de lo que me ha pasado hoy?". Dijo: "No. Cuéntalo". Dijo: "Hoy me vino un invitado. Se trataba de un hermoso gentilhombre, bello y de buena dicción. Portaba un libro sobre las tretas de las mujeres, que leía. Yo, al verlo, quise darle juego, así que le dirigí unos guiños. El hombre estaba desprevenido: vio el grano más no la red, así que abandonóse a mis coqueterías y galanteos, cayó en la red, armóse para el amorío y el asunto pasó del cortejo a los achuchones. Nos ayuntamos un rato, pero no entramos aún en materia cuando llegaste tú y diste fin a nuestro solaz".
Mientra así hablaba la mujer, el marido se iba encolerizando y enfureciéndose, mientras aquel desgraciado se consumía de miedo dentro de aquel baúl al tiempo que se estaba despidiendo de su alma. Entonces, preguntó al marido harto embravecido: "¡¿Y dónde está ahora ese hombre?!". Respondió: "He aquí lo he metido en el baúl, que he cerrado con llave. Toma la llave y abre el baúl, y lo verás". Y el hombre tomó la llave.
Y resulta que el marido había echo una apuesta con la mujer, que mantenían hace tiempo, pero que ninguno de los dos perdía. El marido, al estar enfadado, no se acordó de la apuesta del esternón del pollo, así que cogió la llave. La mujer se puso a gritarle: "Tienes tienes , dame la prenda (1)
". Al escuchar el marido aquellas palabras, arrojó la llave y dijo: "Maldita seas por haberme tenido un rato sentado sobre el fuego. Vaya el ardid que has tramado para ganar la apuesta". Seguidamente se puso a jugar con el marido para colmarlo de contento. Al final el marido se marchó, ella abrió el baúl y dijo: "¡Oh señor! Como tú ya lo has visto, no vayas más a indagar sobre las cosas de las mujeres". Respondió: "Me arrepiento, y voy a borrar este libro ya que vuestros ardides y argucias son demasiadas como para poder escribir".

(1) O sea, que "has olvidado que hicimos una apuesta". En este caso el autor se refiere a la apuesta que se hace con un esternón de pollo, muy en boga en el Irán actual todavía. A uno le toca en la comida la pechuga de un pollo, y le propone al otro romper el esternón -que tiene forma de uve- cogiéndolo cada uno por una punta. A partir de ahí, la apuesta consiste en que ninguno de los dos tomará un objeto del otro sin decir la fórmula "yadam" ("me acuerdo"), y, en caso de que alguno de los dos olvide decirla, entonces el ganador dirá "yadam tora faramus" ("se te olvidó decir me acuerdo"), que es lo que se usa hoy en lugar de la proferida por la protagonista de esta historia.


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miércoles, 14 de diciembre de 2011

El encuentro con la Diosa


Tiziano, La Venus de Urbino (detalle) 1538


¿Perteneces al mundo de los ángeles o al de los hombres?
Dímelo, porque la confusión se burla de mi entendimiento.
Veo una figura humana, pero, si uso de mi razón,
hallo que es tu cuerpo un cuerpo celeste.
¡Bendito sea el que contrapesó el modo de ser de sus criaturas
e hizo que, por naturaleza, fueses maravillosa luz!
No puedo dudar que eres puro espíritu atraído a nosotros
por una semejanza que enlaza a las almas.
No hay más prueba que atestigüe tu encarnación corporal
ni otro argumento que el de que eres visible.
Si nuestros ojos no contemplaran tu ser, diríamos
que eras la Sublime Razón Verdadera.

Ibn Hazm de Córdoba, ¿Angel o Persona?


En el siguiente ensayo de Joseph Campbell, se analizan cuentos y mitos donde aparece la figura de la diosa como protagonista. El autor parte de los postulados de la psicología analítica, la cual señala coincidencias observadas entre el simbolismo de los sueños y los relatos mitológicos, teorizando sobre la idea de que los sistemas simbólicos de éstos, representan creaciones naturales de la mente humana, y de ahí su difusión por las diversas tradiciones culturales. La Diosa, como imagen arquetípica, ocupará un lugar destacado: la apoteosis donde culminan las aventuras del héroe que consigue superar las diferentes pruebas por las que renacer a un nuevo estado. Viaje heroico como modelo iniciático transmitido y transformado a lo largo de la historia, pudiendo encontrar su rastro en ritos, leyendas, cuentos de hadas, y en símbolos de las grandes religiones de nuestro tiempo.


El encuentro con la Diosa
Por
Joseph Campbell



La última aventura, cuando todas las barreras y los ogros han sido vencidos, se representa comúnmente como un matrimonio místico del alma triunfante del héroe con la Reina Diosa del Mundo. Ésta es la crisis en el nadir, en el cenit, o en el último extremo de la Tierra; en el punto central del cosmos, en el tabernáculo del templo o en la oscuridad de la cámara más profunda del corazón.
En el oeste de Irlanda todavía se cuenta la historia del principe de la Isla Solitaria y de la dama de Tubber Tintye. Con la esperanza de curar a la reina de Erín, el heroico joven decidió ir a buscar tres botellas del agua de Tubber Tintye, la llameante fuente de las hadas. Siguiendo el consejo de una vieja sobrenatural que encontró en el camino, y cabalgando sobre un caballo pequeño, delgado, sucio, peludo y maravilloso que ella le dio, cruzó un río de fuego y escapó al peligro que representaba un bosque de árboles que envenenaban al contacto de sus hojas. El caballo pasó con la rapidez del viento los límites del castillo de Tubber Tintye, el príncipe brincó desde el lomo de su cabalgadura por una ventana abierta y así llegó al interior del castillo, sano y salvo.
"El lugar, que era enorme, estaba lleno de gigantes dormidos y monstruos de la tierra y del mar, grandes ballenas, anguilas largas y resbaladizas, osos y bestias de todas formas y especies. El príncipe pasó cerca de ellos y por encima de ellos hasta que llegó a una gran escalera. El final de la escalera entró en una cámara donde encontró la mujer más hermosa que había visto, dormida en un diván. "No tengo nada que decirte", pensó el príncipe y pasó a la próxima, y así miró en doce cámaras y en cada una había una mujer más hermosa que en la anterior. Pero cuando llegó a la cámara décimotercera y abrió la puerta, un relámpago de oro apagó la vista de sus ojos. Estuvo de pie un momento hasta que la vista le volvió y luego entró. En la gran cámara brillante había un diván de oro montado sobre ruedas de oro. Lal ruedas giraban continuamente y el coche daba vueltas y vueltas, sin detenerse ni de día ni de noche. En el diván yacía la reina de Tubber Tintye y si sus doce doncellas eran hermosas, no lo parecían junto a ella. A los pies del diván estaba Tubber Tintye, la fuente del fuego. Había una cubierta de oro sobre la fuente y daba continuamente vueltas con el diván de la reina.
'Por mi honor -dijo el Príncipe-, que descansaré aquí un momento'. Y se subió al diván y no lo abandonó por seis días y seis noches."
La dama de la Casa del Sueño es una figura familiar en el cuento de hadas y en el mito. Ya hemos hablado de ella en las formas de Brunilda y la Bella Durmiente. Es el modelo de todos los modelos de belleza, la réplica de todo deseo, la meta que otorga la dicha a la búsqueda terrena y no terrena de todos lo héroes. Es madre, hermana, amante, esposa. Todo lo que se ha anhelado en el mundo, todo lo que ha parecido promesa de júbilo, es una premonición de su existencia, ya sea en la profundidad de los sueños, o en las ciudades y bosques del mundo. Porque ella es la encarnación de la promesa de la perfección; la seguridad que tiene el alma de que al final de su exilio en un mundo de inadecuaciones organizadas, la felicidad que una vez se conoció será reconocida de nuevo: la madre confortante, nutricia, la “buena” madre, joven y bella, que nos fue conocida y que probamos en el pasado más remoto. El tiempo la hizo desaparecer y sin embargo existe, como quien duerme en la eternidad, en el fondo de un mar intemporal.
La imagen recordada no es sólo benigna, sin embargo, también es la madre “mala”: 1) la madre ausente, inalcanzable, en contra de quien se dirigen las fantasías agresivas y de quien se teme una igual respuesta agresiva; 2) la madre que obstaculiza, que prohibe, que castiga; 3)la madre que se apodera del niño que crece y trata de huir; y finalmente 4) la madre deseada pero prohibida (complejo de Edipo) cuya presencia es una incitación a los deseos peligrosos (complejo de castración); estas imágenes persisten en la tierra escondida del recuerdo de la infancia del adulto y a veces se convierten en la fuerza más poderosa. Está en la raíz de esas inalcanzables y grandes figuras de diosa, como la casta y terrible Diana, que al realizar la destrucción del joven cazador Acteón ilustra el soplo de temor contenido en esos símbolos del deseo reprimido de la mente y del cuerpo.

Acteón tuvo oportunidad de ver a la peligrosa Diosa al mediodía, el momento fatal en que el sol detiene su ascensión poderosa y juvenil, se equilibra y empieza su marcha misma hacia la muerte. Acteón había dejado a sus compañeros descansando con los perros ensangrentados, después de una mañana de perseguir a la caza, y sin ninguna finalidad consciente había avanzado y traspasado sus habituales lugares de caza y había penetrado en los bosques vecinos. Descubrió un valle espesamente poblado de cipreses y pinos. Entró lleno de curiosidad en su espesura. Había una gruta bañada por una fuente suave y borboteante y con una corriente que se abría en un estanque bordeado de cesped. Este sombreado escondrijo era el refugio de Diana, que en ese momento se bañaba en medio de sus ninfas, completamente desnuda. Había dejado enla orilla su lanza de caza, su aljaba, su arco flojo, sus sandalias y su túnica. Una de sus ninfas desnudas había anudado sus cabellos; otras derramaban agua desde unas grandes urnas.


Tiziano, Diana y Acteón


Cuando el joven y herrante varón entró en el agradable refugio, un alarido de terror femenino se levantó, y los cuerpos se amontonaron alrededor de su ama, tratando de esconderla de los ojos profanos. Pero la cabeza y los hombros de ella sobresalian. El joven había visto y seguía viendo. Ella buscó su arco con la mirada, pero estaba fuera de su alcance, de manera que rapidamente tomó lo que tenía más a la mano, que era agua, y la echó en la cara de Acteón. “Ahora ya eres libre de decir, si puedes -le gritó enfurecida-, que has visto a la diosa desnuda”.
Le salieron astas en la cabeza. Su cuello se volvió grueso y largo, las puntas de sus orejas se afilaron. Los brazos se convirtieron en patas, y las manos y los pies en cascos. Aterrorizado, huyó, y se maravilló de poder moverse con tanta rapidez. Pero cuando se detuvo para tomar aliento y beber y vio su figura reflejada en una fuente transparente se hizo atrás, estupefacto.
Un terrible destino cayó sobre Acteón. Sus propios mastines olfatearon al gran ciervo y acudieron aullando por el bosque. En un rapto de júbilo al escucharlos hizo una pausa, luego, espontáneamente se aterrorizó y huyó. Lo siguieron y gradualmente lo alcanzaron. Cuando habían llegado a sus talones y el primero voló a su flanco, él quiso gritar sus nombres, pero el sonido de su graganta no era humano. Lo apresaron entre sus fauces. Cayó y sus propios compañeros de caza, azuzando a los perros, llegaron a tiempo para rematarlo. Diana, que milagrosamente estaba enterada de su fuga y muerte, podía ahora descansar en calma.(Ovidio, Metamorfosis, III, 138-252)
La figura mitológica de la Madre Universal imputa al cosmos los atributos femeninos de la primera presencia, nutritiva y protectora. La fantasía es en principio espontánea, porque existe una correspondencia obvia y estrecha entre la actitud del niño hacia su madre y la del adulto hacia el mundo material que lo rodea. Pero también ha habido en numerosas tradiciones religiosas un uso pedagógico conscientemente controlado de esta imagen arquetípica con la finalidad de purgar, equilibrar e iniciar a la mente en la naturaleza del mundo visible.

En los libros tántricos de la India medieval y moderna la morada de la diosa se llama Mani-dvipa, "La Isla de las Joyas". Su carruaje y su trono están allí, en un bosque de árboles que conceden deseeos. Las playas de la isla son de arenas doradas. Son lavadas por las quietas aguas del océano del néctar de la inmortalidad. La diosa es roja por el fuego de la vida; la Tierra, el sistema solar, las galaxias de los espacios mayores, están dentro de su vientre. Porque ella es la creadora del mundo, siempre madre y siempre virgen. Ella circunda a lo circundante, nutre a los que alimentan y es la vida de todo lo que vivie.
También es la muerte de todo lo que muere. Todo el proceso de la existencia queda comprendido dentro de su poder, desde el nacimiento, la adolescencia, la madurez, la ancianidad y la tumba. Es el vientre y la tumba. Así reúne el “bien” y el “mal” exhibiendo las dos formas de la madre recordada, no sólo la personal sino la universal. Se espera que el devoto contemple a las dos con ecuanimidad. A través de este ejercicio su espíritu queda purgado de sus sentimentalismos y resentimientos infantiles e inapropiados y su mente abierta a la inescrutable presencia que existe como ley e imagen de la naturaleza del ser, y no primariamente como el “bien” y el “mal”, como el bienestar y la desesperación con respecto a su conveniencia humana infantil.
El gran místico hindú del siglo pasado Ramakrishna (1836-1886), era sacerdote de un templo recientemente construido a la Madre Cósmica en Dakshineswar, un suburbio de Calcuta. La imagen del templo presentaba a la divinidad en sus dos aspectos simultáneamente, el terrible y el benigno. Sus cuatro brazos presentaban los símbolos de su poder universal; la mano izquierda superior empuñaba un sable ensangrentado, la inferior tenía por el cabello una cabeza humana cercenada; la mano derecha superior estaba levantada en la actitud de quien se dice "no me temáis"; la inferior extendida en ofrenda de bienes. En el cuello usaba un collar de cabezas humanas; su falda estaba formada por brazos humanos; su larga lengua estaba fuera, para lamer la sangre. Ella era la fuerza Cósmica, la totalidad del universo, la armonía de todas las parejas de contrarios, combinando maravillosamente el terror de la destrucción absoluta con una seguridad impersonal pero materna. Por otra parte, era el río del tiempo, la fluidez de la vida, la diosa que al mismo tiempo crea, protege y destruye. Su nombre es Kali, la Negra; su título, La Barca que cruza el Océano de la Existencia.
Una tarde tranquila, Ramakrisna vio una hermosa mujer ascender del Ganges y aproximarse al campo en el que él meditaba. Él percibió que ella estaba a punto de dar nacimiento a un niño. En un instante, el niño nació y ella lo amamantó tiernamente. Después, tomó un aspecto horrible, tomó al niño en sus ahora horribles fauces y lo despedazó, masticándolo. Después de habérselo tragado, regresó al Ganges, donde desapareció.
Sólo los genios capaces de las más altas realizaciones pueden soportar la revelación completa de la sublimidad de esta diosa. Para los hombres de menores alcances, ella reduce sus fulgores y se permite aparecer en formas concordantes con las fuerzas no desarrolladas. Contemplarla en su plenitud sería un terrible accidente para cualquier persona que no estuviera espiritualmente preparada. Como testigo queda el desgraciado caso del joven y vigoroso ciervo Acteón. Él no era un santo, sino un cazador impreparado para la revelación de la forma que debe contemplarse sin las excitaciones y depresiones humanas normales (“infantiles”) del deseo, de la sorpresa y el temor.
La mujer en el lenguaje gráfico de la mitología representa la totalidad de lo que puede conocerse. El héroe es el que llega a conocerlo. Mientras progresa en la lenta iniciación que es la vida, la forma de la diosa adopta para él una serie de transformaciones; nunca puede ser mayor que él mismo, pero siempre puede prometer más de lo que él es capaz de comprender. Ella lo atrae, lo guía, lo incita a romper sus trabas. Y si él puede emparejar su significado, los dos, el conocedor y el conocido, serán libertados de toda limitación. La mujer es la guía a la cima sublime de la aventura sensual. Los ojos deficientes la reducen a estados inferiores; el ojo malvado de la ignorancia la empuja a la banalidad y a la fealdad. Pero es redimida por los ojos del entendimiento. El héroe que puede tomarla como es, sin reacciones indebidas, con la seguridad y la bondad que ella requiere, es potencialmente el rey, el dios encarnado, en la creación del mundo de ella.

Por ejemplo, se cuenta la historia de los cinco hijos del rey irlandés Eochaid; de cómo, un día que fueron de cacería, se encontraron perdidos, cercados por todas partes. Como estaban sedientos, partieron uno por uno en busca de agua. Fergus fue el primero "y llegó a una fuente en donde encontró a una anciana de pie. El aspecto de la vieja era éste: más negro que el carbón era cada pedazo y parte de su cuerpo, de la cabeza al suelo; comparable a la cola de un caballo salvaje era la grisácea y metálica masa del pelo que crecía en la parte superior de su cabeza, tenía en la cabeza una hoz, un colmillo verdoso que se curvaba hasta tocar su oreja y con ella podía cortar la rama verde de un encino en pleno florecimiento; tenía los ojos oscurecidos y nublados de humo; la nariz ganchuda, de aletas amplias; la barriga arrugada y pecosa, de diversas maneras enferma; deformes y torcidas las pantorrillas, que terminaban en pesados tobillos y un par de enormes patas; tenía las rodillas nudosas y las uñas lívidas. Toda la descripción de la dama era de hecho asquerosa. 'Así mismo soy', contestó ella. '¿Es verdad que estás cuidando la fuente?', preguntó él, y ella dijo: 'Es verdad'. '¿Me das permiso de llevarme un poco de agua?' 'Te lo doy -consintió ella-, pero primero has de besarme en la mejilla'. 'De ningún modo', dijo él. 'Entonces no te he de conceder el agua'. 'Te doy mi palabra -dijo él-, de que prefiero perecer de sed antes que darte un beso.' Entonces el joven regresó al lugar adonde estaban sus hermanos y les dijo que no había podido conseguir el agua."
Olioll, Brian y Fiachra de la misma manera fueron en su busca e igualmente llegaron a la misma fuente. Cada uno de ellos le pidió el agua a la vieja, pero le negó el beso.
Finalmente fue Niall y llegó a la misma fuente. " '¡Déjame tomar agua, mujer!', le gritó. 'Te la daré -dijo ella- si me das un beso.' Él contestó: 'No sólo te daré un beso sino que te abrazaré'. Entonces se inclinó a abrazarla y le dio un beso. Cuando terminó dicha operación y él la miró, no había en el mundo entero una joven de porte más gracioso, ni universalmente más hermosa que ella: de la cabeza al suelo, cada una de sus partes podía ser comparada a la nieve recién caída que yace en los surcos; redondeados y exquisitos eran sus brazos, sus dedos largos y delgados; tenía las piernas derechas y de adorable color; dos sandalias de bronce blanco embellecían sus pies blancos y suaves y la tierra que pisaba; la ceñía un amplio manto del más fino vellón de color de escarlata y en dicho indumento un broche de plata blanca; tenía brillantes dientes como perlas, ojos grandes y regios, la boca roja como el fruto del fresno. 'Esto, mujer, es un conjunto de encantos', dijo el joven. 'Eso es verdad'. Y ¿quién eres tú?', insistió él. 'El Poder Real soy yo', y pronunció lo siguiente:
'Rey de Tara. Yo soy el Poder Real...'

'Ve ahora -dijo ella- a tus hermanos y lleva contigo el agua; de hoy en adelante, para ti y para tus hijos ha de ser para siempre el reinado y la fuerza suprema... Y así como primero me has visto fea, brutal y repugnante, y al final hermosa, así es el poder real: porque sin batallas, sin feroces conflictos no puede ganarse; pero al final, aquel que es rey no importa de qué, se muestra gentil y hermoso.' "
¿Así es el poder real?
Así es la vida misma. La diosa guardiana de la fuerza inagotable, ya sea descubierta por Fergus, o por Acteón, o por el príncipe de la Isla Solitaria, requiere que el héroe esté dotado con aquello que los trovadores y los juglares llamaban un "corazón gentil". No por el deseo animal de un Acteón, ni por el desdeñoso rechazo de un Fergus, puede ser la diosa comprendida y servida debidamente, solo con gentileza:
awaré (simpatía gentil) se llama en la poesía romántica cortesana del Japón de los siglos décimo a duodécimo.
El encuentro con la diosa (encarnada en cada mujer) es la prueba final del talento del héroe para ganar el don del amor, que es la vida en sí misma, que se disfruta como estuche de la eternidad.
Y cuando el aventurero no es un joven sino una doncella, ella es quien, por medio de sus cualidades, su belleza o su deseo, está destinada a convertirse en la consorte de un ser inmortal. Entonces el marido celeste desciende a ella y la conduce a su lecho, ya sea que ella lo quiera o no. Si ella lo rechaza, se ciega para siempre; si lo busca, su deseo encuentra paz.
La muchacha arapaho que siguió el puerco espín por el árbol que crecía a medida que avanzaban, mereció un sitio junto al pueblo del cielo, donde se convirtió en la esposa de un mancebo celeste. Fue él quien bajo la forma del puerco espín la sedujo para llevarla a su hogar sobrenatural.

La hija del rey del cuento para niños, al día siguiente de la aventura de la fuente, oyó que llamaban a la puerta de su castillo: la rana había llegado para obligarla a cumplir su pacto. Y a pesar de su repugnancia, la rana fue a sentarse a la silla de su mesa, compartió el alimento de su platito y de su tacita de oro y hasta insistió en ir a dormir con ella en su camita de seda. Enfurecida, ella la levantó del suelo y la estrelló contra la pared. Cuando cayó, desapareció la rana y en su lugar apareció el hijo de un rey, con bellos y bondadosos ojos. Luego nos enteramos de que se casaron y fueron conducidos en un hermoso coche al imperio del joven, donde fueron rey y reina.

Y de nuevo: cuando Psique hubo llevado a cabo todos los difíciles trabajos, Júpiter mismo le concedió el elíxir de la inmortalidad; de manera que siempre estuvo unida a Cupido, su amado, en el paraíso de la forma perfecta.

La iglesia Ortodoxa Griega y la Católica Romana celebran el mismo misterio en la fiesta de la Asunción:

"La Virgen María ha sido elevada al tálamo celestial, donde el Rey de reyes está sentado en un trono estrellado."

"¿A dónde vuelas, oh Virgen prudentísima? Tu subida es semejante a la aurora que desparrama sus resplandores. Hija de Sión, toda eres bella y dulce, hermosa como la luna, pura com el Sol."

Mosaico absidal de Sta. Mª La Mayor, Roma



Lecturas:

Joseph Campbell, El héroe de las mil caras. FCE 1997


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