Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 14 de septiembre de 2014

La enfermedad "sagrada"


Renée Jeanne Falconetti en "La pasión de Juana de Arco" (1928) de Carl Theodor Dreyer



El diablo está escondido detrás de la cruz.

Proverbio español


Un mero destello de la Realidad puede ser tomado equivocadamente  por la realización completa.

Gampopa



La epilepsia fue reconocida en la Antigüedad por Hipócrates como enfermedad sagrada por considerar que el trastorno sufrido era consecuencia de la inspiración divina. Sin embargo, a lo largo de la historia generalmente despertaría miedo, discriminación y rechazo, por ver contrariamente en quien la padecia una posesión del diablo. Los ataques epilécticos pueden manifestarse de diferentes formas, entre ellos los denominados como "extáticos" por los que se producen sensaciones de éxtasis o dicha trascendente con implicaciones místicas o religiosas. Entre estos se encuentran casos conocidos y documentados como los sufridos por el escritor ruso Fiodor Dostoievsky, sobre el que Oliver Sacks nos habla en un capítulo de su obra Alucinaciones. Además especula sobre la idea de que la heroina francesa Juana de Arco, tras el análisis de su biografía y algunos de sus escritos, también padeciera esta "sagrada" enfermedad.


La enfermedad "sagrada"
(fragmentos)
por
Oliver Sacks


Fiodor Dostoievsky
 (...) Los ataques de Dostoievsky comenzaron cuando era niño, pero se volvieron frecuentes después de cumplir los cuarenta, tras su regreso del exilio en Siberia. En sus ataques esporádicos, a menudo emitía (tal como escribió su mujer) "un grito aterrador, que no tenía nada de humano", y a continuación caía al suelo inconsciente. Muchos de estos ataques iban precedidos de una excepcional aura mística o extática, aunque a veces sólo aparecía el aura, sin convlusiones posteriores ni pérdida de consciencia. El primero tuvo lugar el Sábado de Gloria, tal como su amiga Sofía Kovalévskaia escribió en sus Recuerdos de infancia (Alajouanine lo cita en su artículo sobre la epilepsia de Dostoievsky). El escritor ruso estaba hablando de religión con dos amigos cuando una campana comenzó a dar la medianoche. De repente exclamó: "¡Dios existe, existe!" Posteriormente relató en detalle la experiencia:

Un gran ruido llenaba el aire, e intenté moverme. Tuve la sensación de que el cielo caía sobre la tierra y me engullía. Toqué realmente a Dios. Él entró en mí, sí, Dios existe, grité y no recuerdo nada más. Todos vosotros, dijo, personas sanas, no podéis imaginar la felicidad que sentimos los epilécticos durante los segundos anteriores al ataque. (...) No sé si esa felicidad dura segundos, horas o meses, pero, creedme, no lo cambiaría por todas las alegrías que pueda traerme la vida.

En otras ocasiones ofreció una descripción parecida, y en sus novelas varios de sus personajes sufren ataques parecidos al suyo, y a veces idénticos. Uno de ellos lo sufre el príncipe Mishkin en El idiota:

La sensación de vida, de conciencia de sí mismo, casi se duplicaba en aquellos instantes, que duraban lo que un relámpago. La mente y el corazón se iluminaban con una luz insólita; todas las excitaciones, todas las dudas, todas las inquietudes se apaciguaban repentinamente, se resolvían en una calma superior llena de armonía, dicha y clara esperanza, llena de comprensión y sentido por la causa final.

Hay descripciones de ataques extáticos en Los demonios, Los hermanos Karamázov y Humillados y ofendidos, mientras que en El doble aparecen descripciones de "pensamientos forzados" y "estados oníricos" casi idénticos a los que Hughlings Jackson describía casi por la misma época en sus magníficos artículos neurológicos.
Además de sus auras extáticas -que siempre le parecen a Dostoievsky revelaciones de la verdad definitiva, un conocimiento directo y válido de Dios-, su personalidad sufrió cambios extraordinarios y progresivos a lo largo de los últimos años de su vida, su época de mayor creatividad. (...)
Fue ese cambio, que al parecer se iba desarrollando en Dostoievsky entre ataque  y ataque ("interictalmente", en la jerga neurológica), lo que fascinó especialmente al neurólogo estadounidense Norman Geschwind, que escribió diversos artículos sobre el tema en las décadas de 1970 y 1980. Observó la preocupación cada vez más obsesiva de Dostoievsky por la moralidad y el buen comportamiento, su creciente tendencia a "dejarse enredar en discusiones nimias", su falta de humor, su relativa indiferencia hacia la sexualidad, y, a pesar de su elevado tono moral y su seriedad, "una disposición a enfadarse a la menor provocación". Geschwind se refirió a todo ello como un "sindrome de personalidad interictal". Los pacientes a menudo desarrollan una intensa preocupación por la religión. A veces también desarrollan una tendencia compulsiva a la escritura, un interés insolitamente intenso por lo artístico o por la música.
Se desarrolle o no un sindrome de personalidad interictal -y no parece ser algo universal o inevitable en los casos de epilepsia del lóbulo temporal-, no hay duda de que aquellos que padecen ataques extáticos pueden verse profundamente conmovidos por ellos, incluso buscar de manera activa sufrir más ataques. En 2003, Hansen Asheim y Eylert Brodtkorb publicaron en Noruega un estudio de once pacientes con ataques extáticos; ocho de ellos deseaban volver a experimentar los ataques, y de estos, cinco encontraron la manera de inducirlos. Más que ningún otro tipo de ataque, los ataques extáticos pueden percibirse como epifanías o revelaciones de una realidad más profunda. (...)


Juana de Arco
Tal como observó William James, una condición religiosa aguda y apasionada en una sola persona puede movilizar a miles. La vida de Juana de Arco es un ejemplo. Durante seiscientos años la gente se ha quedado perpleja ante cómo fue posible que la hija de un granjero sin ninguna educación pudiera llegar a convencerse de que tenía una misión y consiguiera que miles de personas la ayudaran a intentar expulsar a los ingleses de Francia. La primera hipóteis de inspiración divina (o diabólica) ha dado paso a otras expliciones médicas, con diagnósticos psiquiátricos compitiendo con los neurológicos. Tenemos muchos testimonios, desde la transcripción de su juicio (y su "rehabilitación" veinticinco años más tarde) hasta los recuerdos de sus contemporáneos. No se puede esperar ninguna conclusión definitiva, pero sugieren, al menos, que Juana de Arco pudo haber padecido epilepsia de lóbulo temporal con auras extáticas.
Juana experimentaba visiones y voces desde la edad de trece años. Surgían en episodios separados que duraban, como mucho, segundos o minutos. La primera aparición la asustó mucho, pero después sus visiones le producían una gran dicha, y la llevaron a creer que tenía una misión. Los episodios a menudo se precipitaban cuando oía campanas de iglesia. Juana describió la primera aparición que tuvo:

Tenía trece años cuando oí una Voz de Dios que me ofrecía ayuda y guía. La primera vez que oí esa Voz me asusté mucho; fue un mediodía de verano, en el jardín de mi padre. (...) Oí la Voz a mi derecha, en dirección a la Iglesia; rara vez la oigo sin que vaya acompañada también de una luz. La luz procede del mismo lado que la Voz. Generalmente es una luz intensa. (...) Cuando la oí por tercera vez, reconocí que se trataba de la Voz de un Ángel. Ésa voz siempre me ha protegido, y yo siempre la he comprendido; me ordenó que fuera buena y asistir a menudo a la iglesia, me dijo que era necesario que luchara por Francia (...) me lo decía dos o tres veces por semana: "Debes luchar por Francia." (...) Me dijo: "Ve, levanta el sitio de la Ciudad de Orleans. ¡Ve!" (...) y yo contesté que no era más que una pobre niña, que no sabía ni montar ni pelear. (...) No pasa un día que no oiga esta Voz; y la necesito muchísimo.

Muchos otros aspectos de los supuestos ataques de Juana, así como testimonios de su lucidez, sensatez, modestia, fueron estudiados en un artículo de 1991 por las neurólogas Elizabeth Foote-Smith y Lydia Bayne. Aunque presentan una caso muy verosimil, otros neurólgos disienten, y parece improbable que la cuestión se resuelva de manera definitiva. Las pruebas son débiles, como ocurre en casi todos los casos históricos.

Los ataques extáticos, religiosos o místicos ocurren sólo en un pequeño número de pacientes de epilepsia del lobulo temporal. ¿Se debe a que hay algo especial en estas personas: una disposición preexistente hacia la religión o hacia las creencias metafísicas? ¿O a que los ataques estimulan zonas específicas del cerebro donde residen los sentimientos religiosos? Naturalmente, podría ser cualquiera de las dos cosas. Y sin embargo personas muy escépticas, indiferentes a la religión, y nada propensas a las creencias religiosas, también pueden -para su propia sorpresa- tener una experiencia religiosa durante un ataque.
En un artículo de 1970, Kenneth Dewhurst y A. W. Beard aportaban diversos ejemplos. Uno se refería a un cobrador de autobús que padeció un ataque extático mientras cobraba los billetes.

De repente le invadió un sentimiento de dicha. Se sintió literalmente en el cielo. Cobró las tarifas de manera correcta, y al mismo tiempo les comunicó a los pasajeros lo contento que estaba en el cielo. (...) Siguió es ese estado de exaltacion, ojeando voces divinas y angélicas, durante dos días. Posteriormente consiguió recordar esas experiencias y siguió creyendo en su validez. (...) Durante los dos años siguientes no hubo nungún cambio en su personalidad; no expresó ninguna idea extraña, pero siguió siendo religioso. (...) Tres años más tarde tras sufrir tres ataques en tres días consecutivos, volvió a sentirse eufórico. Dijo que su mente se había "iluminado". (...) Durante ese episodio perdió la fe.

Ya no creía en el cielo ni en el infierno, ni en la otra vida, ni en la divinidad de Cristo. Esta segunda conversión (al ateísmo) arrastraba el mismo entusiasmo y cualidad reveladora que la conversión religiosa original.
Los ataques extáticos sacuden los cimientos de nuestra fe, nuestra imagen del mundo, aunque anteriormente uno haya sido totalmente indiferente a cualquier pensamiento acerca de la trascendencia o lo sobrenatural. Y la universalidad de los fervorosos sentimientos místicos y religiosos -esa idea de lo sagrado- en todas las culturas sugiere que podrían tener una base biológica; al igual que la percepción estética, podrían afirmar parte de nuestro patrimonio humano. Hablar de base biológica y precursores biológicos de la emoción religiosa -e incluso, como sugieren los ataques extáticos, de una base nerviosa muy específica, en los lóbulos temporales y sus conexiones- no es más que hablar de causas naturales. No nos dice nada del valor, el sentido o la "función" de esa emociones, ni de las narraciones y creencias que podamos construir sobre esa base.


Lecturas:

Oliver Sacks, Alucinaciones. Anagrama 2013


Entradas relacionadas:

El doble

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martes, 2 de septiembre de 2014

Ángeles

 Arcangel Miguel, siglo XV. Museo bizantino de Atenas



En nuestro imaginario los ángeles se muestran como seres celestes cuyo principal elemento para reconocerlos es la posesión de alas. Sin embargo ésta característica tan propia de la iconografía cristiana aparecería, según el investigador del Instituto Warburg Fritz Saxl, a partir del siglo V por influencia de la herencia pagana. La imagen de la figura celeste alada tendría un origen oriental en los albores de nuestra civilización, pasando a tener un papel importante en Grecia y Roma. Al principio la nueva religión no la contemplaría por no encajar en los textos del Antiguo y Nuevo Testamento, pero el poder de su imagen fue tal que acabaría por conquistar la mentalidad cristiana. El texto que sigue a continuación ilustra perfectamente cómo las imágenes van definiéndose y adquiriendo diferentes connotaciones según el curso de la historia, y, de la misma manera  que influyera Oriente sobre Occidente en la creación de doctrinas religiosas, lo haría también sobre la iconografía de su arte.



La vida de las imágenes
(Fragmento)
por
Fritz Saxl


(...) En el Antiguo Testamento, el ángel es nombrado con la palabra hebrea mal'akh, que quiere decir mensajero. Los griegos tradujeron la palabra por άγγελος , que significa el que anuncia, y la palabra griega fue introducida en las lenguas modernas como angelo, ángel, Éngel y ange.
Lo más curioso es que la connotación moderna del término es distinta de la que tenía en los textos hebreos y griegos. Por ángel entendemos hoy  figura alada, pero este no es el caso  ni en hebreo ni en griego. Tómese por ejemplo el relato del Libro de los Jueces (XXIII, 2 y ss.), en el que el ángel del Señor se aparece a la esposa de Manué con el mensaje de que concibiera a un hijo que será el que empezará a liberar a Israel de la mano de los filisteos.
"Fue la mujer y dijo a su marido: 'Ha venido a mí un hombre de Dios, y su aspecto era el de un ángel de Dios, muy temible'." No se mencionan alas. El ángel reaparece: "Y Manué dijo al ángel del Señor: 'Te ruego que permitas que te detengamos, hasta que hayamos preparado un cabrito par ti'." El ángel contesta: "¿Para qué me preguntas mi nombre, sabiendo que es secreto?'." Manué tomó el cabrito... y para ofrecerlo al Señor; y el ángel hizo un prodigio... Pues aconteció que cuando subía la llama de sobre el altar hacia el cielo, el ángel del Señor se puso sobre la llama del altar... Y Manué y su mujer... ya no vieron más al ángel del Señor. Entendió entonces Manué que era el ángel del Señor."
Esta historia, y especialmente la última frase, sería irrelevante si el mensajero hubiera sido alado, como imaginamos que deben ser los ángeles; porque entonces Manué no habría dudado de su naturaleza divina.
El hecho de que los autores de la Biblia no se imaginaran a los ángeles alados es aún más evidente en el Libro de Josué (V, 13): "Estando Josué cerca de Jericó, alzó los ojos y vio que estaba un hombre delante de él, en pie, con la espada desnuda en la mano: y Josué se fue hacia él y le dijo: '¿Eres de los nuestros o de los enemigos?' Y él le respondió: 'No, soy un principe de las huestes del Señor, que vengo ahora'." No hay duda de que el ángel apareció como guerrero, no como aparición angélica, que baja veloz a la tierra volando y subirá cuando haya cumplido la orden divina.
Es seguro que los primeros cristianos consideraron la palabra ángel en su sentido griego, es decir, el de mensajero. En una vasija griega encontramos una representación de Yocasta y Antígona. Sobre la figura intermedia está la inscripción angelos porque esta figura es el mensajero en la obra que aquí se ilustra. En Santa María la Mayor de Roma encontramos un mosaico del siglo V con la escena entre Josué y el ángel que acabamos de citar, y el ángel  está representado como un guerrero exactamente como lo exige el texto.

 Josué y el ángel. Mosaico. Roma, Sta. María la Mayor. Siglo V

Pero una representación posterior de la misma escena muestra la transformación. Aquí el ángel es alado.

Josué y el ángel, manuscrito siglo X, Biblioteca Vaticana

Recuérdese el texto: Josué levantando la vista, ve a un hombre ante él con la espada desnuda y le pregunta directamente: "¿Eres de los nuestros o de los enemigos?" Se darán ustedes cuenta de que la ilustración más tardía es ilógica por la intrusión de una figura alada. Josué jamás le hubiera hecho su pregunta a este mensajero celeste porque habría reconocido  en el acto que se trataba de un ángel.
¿Cuando se introdujo esta concepción del ángel en el arte cristiano? Encontramos la respuesta en la misma iglesia de Santa María la Mayor de Roma. En el arco de triunfo  decorado con una serie de mosaicos que ilustran la infancia de Nuestro Señor, la Virgen y el Niño aparecen rodeados no por mensajeros, sino por ángeles en el sentido moderno de la palabra. 
 

La Virgen con los ángeles. Mosaico Roma, Sta. María Maggiore. Siglo V

Uno de ellos está suspendido en el aire. Es, por tanto, en la primera mitad del siglo V cuando surge la nueva imagen del ángel.
¿Creó el cristianismo una nueva imagen o adaptó una antigua? ¿Cuales son sus antecedentes y durante cuanto tiempo siguió existiendo sin que fuera puesta en tela de juicio? (...)
Los griegos desarrollaron varios tipos de mensajeros divinos alados: Mercurio, Iris y, sobre todo, la Victoria que baja veloz del cielo para coronar al vencedor tras la batalla, ya sea lucha armada o competición de poetas o atletas en Olimpia.

 Victoria alada (Nike) Bronce griego siglo V a. C.

El tipo más grande y elegante de victoria serena se desarrolló a partir del tipo de victoria corriendo.


Victoria de Samotracia. Grecia, siglo II a. C

Los romanos, al ser una nación guerrera, tuvieron innumerables representaciones de la diosa, especialmente en tiempos de los emperadores, y en el arte romano cambia de caracter. No se precipita al suelo como mensajera de los dioses, sino que es una pesada figura erguida.

Victoria romana, Ostia

Los ángeles crisitianos son, con ciertas diferencias, derivaciones de estas creaciones imperiales de Roma y en la nueva Roma de Oriente, Constantinopla.

Angel, mosaico siglo VI. Rávena, San Apollinare Nuovo

Mientras que la Victoria era siempre una mensajera, los ángeles crisitanos no son hombre ni mujer; llevan un nuevo traje cortesano los mensajeros celestes en torno a Nuestro Señor o la Virgen. Son seres inmaculados del mundo sin pecado de los santos, vestidos de largas túnicas blancas. Pero no puede haber la menor duda de que la fuente principal de esta nuestra nueva imaginería se encuentra en las representaciones de la Victoria. (...)

 Cristo rodeado de ángeles, siglo VI San Apollinare Nuovo

Después del siglo V, la imagen permanece sin apenas cambios. La Edad Media, el Renacimiento, el período barroco no podrían apenas concebir un ángel si no es alado, y la gente que leía la Biblia se imaginaba las escenas de una manera bastante diferente a como los autores de los textos pretendían ser entendidos. El impacto de la imagen pagana sobre las mentes cristianas era tan fuerte que hizo que la gente imaginara cosas que no estaban en el texto escrito o que incluso eran contrarias a éste.


Lecturas: 

Fritz Saxl, La vida de las imágenes. Alianza Editorial 1989


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miércoles, 20 de agosto de 2014

Sincronicidad


Cetonia aurata


 Nuestra psique está formada en armonía con la estructura del universo, y lo que sucede en el macrocosmos sucede igualmente en los rincones infinitesimales y más subjetivos de la psique.

C. G. Jung, Recuerdos, sueños, pensamientos


Vuelve, regresa a mí finalmente, mi propio Yo y las partes de él que durante mucho tiempo estuvieron en el extranjero y esparcidas entre todas las cosas.

Nietzsche, Así habló Zaratrusta



Siguiendo con las lecturas de Richard Tarnas de quien publiqué la entrada anterior sobre su obra La pasión de la mente occidental, me llevé para mi descanso vacacional su otra obra publicada en castellano editada también por Atalanta, Cosmos y Psique. Entre sus primeras páginas encuentro un capítulo dedicado a la sincronicidad que teorizara Carl Gustav Jung. Siendo éste un tema que me resulta muy interesante no me resisto a transcribir unos párrafos.


 La sincronicidad y sus implicaciones 
(fragmentos)
por
Richard Tarnas



La mayoría de nosotros hemos observado en el curso de nuestra vida coincidencias en las que dos  o más acontecimientos independientes y sin aparente conexión causal parecen, no obstante, constituir un patrón de significado. En ocasiones, la fuerza interna de ese patrón nos asombra hasta el punto que nos cuesta creer que la coincidencia se deba únicamente al azar. Los acontecimientos dan la clara impresión de haber sido dispuestos con toda precisión, de haber sido imperceptiblemente orquestados.
Jung describió por primera vez este notable fenómeno, que denominó sincronicidad, en un seminario de 1928. Continuó sus investigaciones a lo largo de más de veinte años antes de intentar por fin una plena formulación del mismo, a principios de los años cincuenta. Presentó su influyente análisis de la sincronicidad, todavía en gestación, en su última ponencia  en las conferencias Eranos, a la que de inmediato siguió una larga monografía. Desarrollado en parte en discusiones con físicos, en especial con Einstein y
Wolfang Pauli, el principio de sincronicidad presentaba paralelismos con determinados descubrimientos de la teoría de la relatividad y la mecánica cuántica. Sin embargo, a causa de su dimensión psicológica, el concepto de Jung, resultaba especialmente pertinente ante el cisma de la cosmovisión moderna entre el sujeto humano en busca de sentido y el mundo objetivo vacío de sentido. Desde el primer momento, este principio ha ocupado una posición única en los análisis contemporáneos, pues los físicos lo han descrito como un reto capital a los fundamentos filosóficos de la ciencia moderna y, al mismo tiempo, los estudiosos de la religión han visto en él profundas implicaciones para la psicología de la religión. La cantidad de libros y la atención que, tanto entre eruditos como entre el público en general, se dedicaron al concepto y al fenómeno ha sido aumentado de una década a otra.
Al comienzo, Jung se interesó particularmente por las coincidencias significativas debido, sin duda, a que la frecuencia con que ocurrían habían ejercido una considerable influencia en su propia experiencia vital. También observó que, en el proceso terapéutico de sus pacientes, esos acontecimientos desempeñaban repetidamente un papel a veces poderoso, sobretodo en períodos de crisis de transformación. 
La espectacular coincidencia de significado entre un estado interior y un acontecimiento exterior simultáneo parecía producir en el individuo un movimiento sanador orientado a la plenitud psicológica y mediado por la inesperada integración de realidades internas y externas. A menudo estos acontecimientos daban lugar a un nuevo sentido de orientación personal en un mundo al que, en la nueva situación, se consideraba capaz de encarnar finalidades y significados más allá de las meras proyecciones de la subjetividad humana. De pronto, el caos aleatorio de la vida parecía encubrir un orden más profundo. Se había dado, por así decir, un giro sutil, un color inesperado en el pálido vacío de significado, un indicio, en palabras de William James, de "algo más".
Junto con las apariciones más profundas de la sincronicidad se daba la naciente intuición, que a veces se veía como un despertar espiritual, de que el individuo, hombre o mujer, no sólo estaba inserto en un fundamento más amplio de sentido y finalidad, sino que, en cierta manera, era también un foco del mismo. Este descubrimiento, que a menudo emergía después de un prolongado período de oscuridad o de crisis espiritual, tendía a ir acompañado de la apertura o nuevas potencialidades y responsabilidades existenciales. Tanto a causa de este significado personal directamente vivido, como de sus asombrosas implicaciones, semejante sincronicidad era portadora de una cierta numinosidad, una carga espiritual dinámica con consecuencias transformadoras para la persona que la experimentaba. A este respecto, el fenómeno parecía funcionar, en términos religiosos, como a algo parecido a una intervención de la gracia. Jung observó que con frecuencia estas sincronicidades se guardaban en secreto o con reserva, para evitar la posibilidad del ridículo que acecha a un acontecimiento de tan relevante significado personal.
El ejemplo clásico de una experiencia crucial de sincronicidad es la conocida descripción de Jung del caso del "escarabajo de oro". Hela aquí:

Mi ejemplo se refiere a una joven paciente que, a pesar de los esfuerzos de ambas partes, demostraba ser psicológicamente inaccesible. La dificultad estribaba en que siempre estaba mejor informada acerca de todo. Su excelente educación le había proporcionado un arma perfectamente idónea, a saber, un racionalismo cartesiano muy refinado, con una impecable concepción "geométrica" de la realidad (como en el típico modo de demostración lógica de Descartes). Tras varios e infructuosos intentos de suavizar su racionalismo con un poco más de comprensión humana, tuve que limitarme a que ocurriera algo inesperado e irracional, algo que hiciera estallar la burbuja intelectual en la que se había encerrado. Pues bien, un día estaba yo sentado frente a ella, de espaldas a la ventana, escuchando su flujo de retórica. La noche anterior, ella había tenido un sueño impresionante en el que alguien le entregaba un escarabajo de oro, una lujosa pieza de orfebrería. Mientras me contaba su sueño, oí detrás de mí que algo golpeaba suave y repetidamente la ventana. Miré y vi que se trataba de un insecto volador bastante grande, que golpeaba el cristal de la ventana desde fuera en un evidente esfuerzo por entrar en la habitación oscura. Esto me pareció
muy extraño. Abrí la ventana de inmediato y cogí el insecto en el aire mientras entraba. Era un escarabajo, una Cetonia aurata, cuyo color verde dorado lo hace muy semejante a un escarabajo de oro. Le entregué el insecto a mi paciente mientras le decía: "Aquí está su escarabajo". Esta experiencia finalmente perforó su racionalismo y rompió el hielo a su resistencia intelectual. A partir de ese momento se pudo proseguir el tratamiento con resultados satisfactorios. (Jung)

La extraordinaria coincidencia entre las imágenes poderosamente simbólicas que la mujer había experimentado en su sueño la noche anterior, y que en ese preciso momento estaba relatando, y la espontánea aparición en la ventana de un insecto que era "lo más parecido al escarabajo de oro que se puede encontrar en nuestras latitudes", penetró eficazmente a través de la coraza intelectual con la que la paciente había estado bloqueando su desarrollo psicológico. En ese momento, "su ser natural podía irrumpir... y el proceso de transformación ponerse en marcha".
En otro ejemplo semejante, que se relata en los cuadernos de Esther Harding, una paciente cuyos sueños estaban llenos de imágenes sexuales insistía en interpretarlos en términos simbólicos no sexuales, a pesar del esfuerzo de Jung para persuadirla de su más probable significado directo. El día de la sesión siguiente, dos gorriones aletearon hacia el suelo, a los pies de la mujer, y "realizaron el acto".
En algunas raras ocasiones, una sincronicidad adquiere un poder extraordinario por su impacto en un individuo históricamente significativo, de modo que, en última instancia, desempeña un papel decisivo en la vida colectiva de una cultura más amplia. La famosa coincidencia que constituyó un punto de inflexión en la vida de Petrarca tuvo lugar en el apogeo de su ascenso al Mont Ventoux, en abril de 1336, acontecimiento que durante mucho tiempo los estudiosos vieron como el comienzo simbólico del Renacimiento. Durante muchos años, Petrarca había sentido un creciente impulso a ascender esta montaña para contemplar el vasto panorama desde su cima, pese a que en su época se trataba de algo prácticamente inaudito. Por fin eligió el día y, en compañía de un hermano, realizó el largo ascenso, marcado por el intenso esfuerzo físico y la reflexión interior. Cuando, finalmente, alcanzó la cumbre, con nubes bajo los pies y vientos contra el rostro, Petrarca se sintió sobrecogido por la gran extensión del mundo que se abría ante él: montañas con el pico cubierto de nieve y el mar en la distancia, ríos y valles debajo, la inmensa expansión del cielo en todas las direcciones. James Hillman refiere así el acontecimiento:

En la cumbre de la montaña, con la sublime visión de la Provenza francesa, los Alpes y el Mediterráneo desplegados ante él, abrió su pequeño ejemplar de bolsillo de las Confesiones de Agustín. Hojeándo al azar, fue a dar en el libro X, 8, y leyó: "Los hombres viajan para admirar la altura de los montes, las grandes olas del mar, las anchurosas corrientes de los ríos, la latitud unmensa del océano, el curso de los astros, y se olvida de lo mucho de admirable que hay en sí mismos...".
Petrarca quedó atónito ante la coincidencia entre las palabras de Agustín y el momento y el lugar en que las leía. Su emoción marcó el despertar de su vocación personal y proclamó a la vez la nueva actitud del Renacimiento... Petrarca extrajo su conclusión decisiva del acontecimiento del Mont Ventoux: "Nada es admirable excepto el alma" (nihil praeter animun esse mirabile). (James Hillman)

Petrarca quedó tan conmovido por la fuerza de la coincidencia de las palabras de Agustín que permaneció en silencio durante todo el descenso. Reconoció de inmediato esta coincidencia como parte de un modelo más general de tales momentos de transformación, por los que otros habían pasado en la historia de las conversiones espirituales: "No podía creer que había dado con ellas por mera casualidad. Lo que allí había leído  me parecía dirigido a mí y a nadie más que a mí, a la vez que recordaba que San Agustín había sentido lo mismo en su propio caso". Efectivamente, Agustín había sentido una experiencia casi idéntica con ocasión de su gran giro espiritual.

(...) En agudo contraste con la cosmovisión moderna, Jung dejó de considerar el mundo exterior como fondo puramente neutral sobre el cual la psique humana persigue su aislada búsqueda intrasubjetiva de sentido y finalidad. Más bien, todos los acontecimientos, internos y externos, ya emanaran del inconsciente humano, ya de la matriz más amplia del mundo, eran reconocidos como fuentes de potencial significado psicológico y espiritual. Desde esta perspectiva, no sólo la psique individual, y no sólo el inconsciente colectivo de la humanidad, sino la naturaleza entera, sostenían e impulsaban la psique humana hacia una mayor conciencia de la finalidad y el significado. Cada momento del tiempo poseía un cierto carácter o cualidad tangibles que impregnaban los diversos acontecimientos que tenían lugar en ese momento.

  De verdad, es como si el tiempo, lejos de ser una abstracción, fuera un continuo concreto que contiene cualidades o principios que pueden manifestarse con relativa simultaneidad en diferentes lugares y con paralelismos para nosotros inexplicable, como en los casos de aparición simultánea de idénticos pensamientos, símbolos o condiciones psíquicas... Todo lo que nazca en ese momento particular tiene la cualidad de ese momento. (Jung)

Carl Gustav Jung, Libro Rojo (p. 159)

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He de confesar que de donde he extraído este fragmento, -Cosmos y Psique-,  tan sólo he llegado a leer las primeras cien páginas de un volumen de más de ochocientas, pues la lectura dejó de interesarme por la forma de abordar cuestiones sobre astrología. Tras algunos intentos en los últimos días por reiniciar su lectura finalmente desisití, (no sin antes transcribir en el borrador el texto anterior) decidiendo una vez regresado a Barcelona ir a buscar otro libro que encontré en la web de una biblioteca pública cercana a casa que no cerraba por vacaciones. El caso es que este otro libro que en un principio debía estar en el estante de la sección que me indicaron en el mostrador de préstamos, no se encontraba allí, estaba desaparecido o alguien lo había cogido en aquel momento. Sin embargo otro libro en aquel mismo lugar me llamo la atención. Se trata de Auras, de Elémire Zolla, autor ya conocido por mi y que en algunas ocasiones he publicado algo. Lo cierto es que no recordaba tener noticia de este otro libro de su producción, y por ser un escritor muy de mi interés no dudé en llevármelo sin tan siquiera hojearlo. Mi sorpresa ha sido cuando al comenzar a leerlo, en sus primeras páginas aparece un capítulo titulado El aura de las coincidencias, donde se refiere al tema de la sincronicidad teorizada por Jung, para, entre otros casos, narrar también la experiencia sobre el sueño con un escarabajo de una de sus pacientes que aparece incluido en el texto anterior y del que no tuve conocimiento hasta entonces.
Dejándome llevar por el entusiasmo de la coincidencia no dudo en ampliar esta entrada transcribiendo unos pasajes de ese capítulo:


El aura de las coincidencias
(fragmentos)
por
Elémire Zolla

(...) Un autor alemán, Wilhelm von Scholz, dedicó un libro a las coincidencias. Entre otras cosas narraba que una mujer hizo una fotografía a su hijita y la llevó a revelar a Estrasburgo; luego estalló la guerra y no pudo ir a recogerla; alcabo de algunos años le hizo una fotografía al hijo y la llevó a revelar a Frankfurt. Resultó impresa sobre la película en la que había sido fotografiada años antes la hija. ¿Cómo había ido a parar a Frankfurt precisamente aquella película entregada en Estrasburgo? Jung aceptó la pregunta y meditó sobre las palabras de von Scholz: "Es como si todo fuera el sueño de una conciencia incognoscible, más grande y más vasta".
El tema se le impuso a Jung cuando una paciente le refirió el sueño de un escarabajo precisamente en la vigilia de la curación. Lo estaba contando cuando Jung oyó un ruido a sus espaldas: una cetonia aurata se restregaba por los cristales, intentando penetrar en la habitación obscura del médico y cuando él abrió los postigos voló a la palma de su mano. Durante el mismo período una paciente le explicaba que bandadas de pájaros volaban hacia ella cuando un familiar estaba en peligro de muerte (es obvio que en mi familia, siempre que se muere un familiar, un pájaro descarriado se posa en el alfeizar).
Jung notó que en ambos casos se producía una coincidencia suplementaria. Todo ocurría en momentos cruciales para la psique de quien estaba implicado y los hechos estaban combinados con un mensaje redactado en términos mitológicos arcaicos: el escarabjo es el emblema egipcio de la resurrección y de la autosuficiencia; los pájaros, tanto en Egipto como en Grecia y en otros sitios, simbolizan las almas de los difuntos, a las que Homero denomina las gorgeantes.
Jung, el cual detrás de una falsa apariencia era un filósofo de férreas deducciones, dio otro paso adelante; si las coincidencias señalan una muerte y reflejan un cambio interior mediante eventos externos, singulares y no explicables, y si dicha combinación de exterior e interior reactiva un símbolo arcaico, se puede deducir que el fenómeno depende de un arquetipo que entra en juego substituyendo a otros. La experiencia enseña, añade él, que esta muerte está acompañada por sueños de mandala, de dibujos geométricos polarizados en el centro.
Las coincidencias son,  pues, hechos relacionados entre sí por una cierta significatividad, pero sin una relación de causa efecto. Son sincrónicas pero también expresan un significado, por lo que son sincronizadas.
(...) Los sincronismos muestran la única ley válida en el mundo subatómico, donde no funciona la relación de causa y efecto; la coincidencia del encuentro entre Jung y el físico Pauli le permitió a ambos formular esta ulterior deducción. 
En el mundo subatómico que subtiende y nos rige a anosotros y a nuestras ilusiones "causales", la polarización de un fotón "produce" eventos en su pasado; entre un salto de quanta y el otro, el átomo no está en el tiempo; o sea, que el tiempo no es continuo. No existen objetos "claros y singulares", al contrario: si dos partículas se han influido respectivamente, constituyen entre sí un sistema, cualquiera que sea la distancia en la que se encuentran luego. En el corazón de la realidad están vigentes solamente coincidencias, sincronismos. El fulgor de un aura acompaña las coincidencias que notamos en la vida ordinaria, porque se intuye obscuramente que a través de ellas se manifiesta la verdad más escondida y uno se queda entusiasmado: el momento resulta glorioso.
(...) Profecía y poesía son afines: ¿qué le ocurre a un poeta si no un salpicarse de coincidencias, por lo que un tema evoca un ritmo, un metro, y luego convoca frases, hace recaer acentos y rimas en el lugar inevitable? Hace admirar una poesía aquello que en la vida hace asombrarse ante las coincidencias. El artista es simplemente un artesano a quien le acontecen sincronías en el trabajo. Pero cualquier amor, cualquier empresa afortunada o heroica evocan sincronismos. Escribir un relato o un ensayo es hermoso si la redacción se produce por coincidencias: la frase captada en el mercado resuelve un desarrollo narrativo; un libro cae al suelo y, al abrirse, muestra la cita que sella una página. Una vida, una obra, privadas de estas combinaciones discurren desoladas y apagadas.


Lecturas:

Richard Tarnas, Cosmos y Psique. Atalanta 2008

Elémire Zolla, Auras. Paidos 1994


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lunes, 28 de julio de 2014

Integrar los opuestos

Buch der heiligen Dreifaltigkeit (manuscrito alquímico s. XV)


 Acabo de leer La pasión de la mente occidental de Richard Tarnas y me ha parecido una obra muy recomendable. De forma narrativa, su autor hace a lo largo de 700 páginas un repaso del pensamiento occidental siguiendo la evolución de los cambios más importantes de la cosmovisión en nuestra civilización. Desde los griegos y los hebreos antiguos hasta la era posmoderna, recoje e intenta comprender las grandes ideas y movimientos filosóficos, religiosos y científicos, que a través de los siglos ofrecieron luz al conocimiento del mundo en el que vivimos, para, tomando conciencia de su trayectoria, analizar la época actual y descubrir señales con las que abrirse a una nueva visión. Traslado en esta entrada las últimas palabras con las que concluye su epílogo.


Integrar los opuestos
por
Richard Tarnas


Podrían hacerse muchas generalizaciones acerca de la historia del pensamiento occidental pero, hoy por hoy, tal vez lo que se presenta con evidencia más inmediata sea que, desde el principio hasta el final, se ha tratado de un fenómeno abrumadoramente masculino: Sócrates, Platón, Aristóteles, Pablo, Agustín, Tomás de Aquino, Lutero, Copérnico, Galileo, Bacon, Descartes, Newton, Locke, Hume, Kant, Darwin, Marx, Nietzsche, Freud … La tradición intelectual de Occidente ha sido producida y canonizada casi íntegramente por hombres y se ha inspirado predominantemente en perspectivas masculinas. Está claro que este predominio masculino en la historia intelectual de Occidente no se debe a que las mujeres sean menos inteligentes que los hombres, pero ¿se puede atribuir exclusivamente a las restricciones sociales? Yo pienso que no. Creo que hay en ello algo más profundo: algo arquetípico. La masculinidad de la mentalidad occidental lo ha invadido todo, ha sido fundamental, tanto en hombres como en mujeres, ha afectado todos los aspectos del pensamiento occidental y ha determinado su concepción básica del ser humano y el papel humano en el mundo. Las principales lenguas en que se desarrolló la tradición occidental, desde el griego y el latín, tendieron sin excepción a personificar la especie humana con palabras de género masculino: anthropos, homo, l’homme, man, l’uomo, chelovek, der Mensch, el hombre. Como ha quedado fielmente reflejado en el relato histórico de este libro, siempre ha sido «el hombre» esto y «el hombre» lo otro: «el ascenso del hombre», «la dignidad del hombre», «la relación del hombre con Dios», «el lugar del hombre en el cosmos», «la lucha del hombre con la naturaleza», «la gran conquista del hombre moderno», y así sucesivamente. El «hombre» de la tradición occidental fue un héroe masculino inquisitivo, un rebelde prometeico biológico y metafísico que ha buscado sin cesar la libertad y el progreso, y que se ha esforzado permanentemente por diferenciarse de la matriz de la cual emergió y controlarla. Esta predisposición masculina en la evolución de la mentalidad occidental, aunque en gran medida inconsciente, no sólo ha sido característica de dicha evolución, sino que ha sido, también, esencial a ella.
En efecto, la evolución de la mentalidad occidental ha sido siempre impelida por un impulso heroico a forjar una identidad humana racional y autónoma, separándola de su unidad primordial con la naturaleza. Todas las perspectivas religiosas, científicas y filosóficas fundamentales de la cultura occidental se han visto afectadas por esta decisiva masculinidad, que empezó hace cuatro milenios con las grandes conquistas patriarcales nómadas en Grecia y Oriente Medio a expensas de antiguas culturas matriarcales, y se manifestó en la religión patriarcal de Occidente a partir del judaísmo, en su filosofía racionalista a partir de Grecia y en su ciencia objetivista a partir de la Europa moderna. Todo esto ha servido a la causa de la evolución de la voluntad y el intelecto humanos autónomos: el yo trascendente, el yo individual independiente, el ser humano que se autodetermina en su originalidad, en su separación y en su libertad. Pero para lograr esto, la mentalidad masculina reprimió a la femenina. Esto puede verse en el sojuzgamiento y revisión de las mitologías matrifocales prehelénicas que tuvo lugar en la Grecia antigua, o bien en la negación judeocristiana de la Gran Diosa Madre, o bien en la exaltación que hizo la Ilustración del frío yo racional, consciente de sí y escindido de una naturaleza exterior desencantada. En cualquier caso, la evolución de la mentalidad occidental se ha fundado en la represión de lo femenino, en la represión de la conciencia unitaria indiferenciada, de la participation mystique con la naturaleza, esto es, una progresiva negación del anima mundi, del alma del mundo, de la comunidad del ser, de lo omnipresente, del misterio y la ambigüedad, de la imaginación, la emoción, el instinto, el cuerpo, la naturaleza, la mujer.
Pero esta separación entraña, necesariamente, un anhelo de reunión con lo que se ha perdido, sobre todo después de que la heroica búsqueda masculina ha sido llevada a su extremo unilateral en la conciencia tardomoderna, que en su aislamiento absoluto se ha apropiado de toda la inteligencia consciente del universo (el hombre es un ser consciente e inteligente, el cosmos es ciego y mecanicista, Dios ha muerto). El hombre se enfrenta a la crisis existencial derivada de su condición de ser un yo consciente solitario y mortal arrojado a un universo que, en última instancia, carece de sentido y es incognoscible. Y se enfrenta a la crisis psicológica y biológica derivada de vivir en un mundo modelado de tal manera que corresponde a su cosmovisión; esto es, en un medio artificial de fabricación humana y cada vez más mecanicista, atomizado, sin alma y autodestructivo. La crisis del hombre moderno es esencialmente una crisis masculina, y creo que su resolución ya empieza a advertirse con el tremendo surgimiento de lo femenino en nuestra cultura. Pero este surgimiento no se manifiesta únicamente en el auge del feminismo, en el creciente poder de las mujeres y en la amplia apertura a los valores femeninos por parte tanto de hombres como de mujeres, o en el auge de los estudios y las perspectivas sensibles al género en prácticamente todas las disciplinas intelectuales, sino también en el sentido creciente de unidad con el planeta y con todas las formas de la naturaleza, en la creciente conciencia ecológica y en la reacción cada vez mayor contra las estrategias políticas y corporativas que mantienen la dominación y la explotación del medio, en la solidaridad creciente con el conjunto de la comunidad humana, en el colapso acelerado de antiguas barreras políticas e ideológicas que separan a los pueblos del mundo, en el reconocimiento cada vez más profundo del valor y la necesidad de colaboración, de pluralismo y de conjugación de muchas perspectivas. También se manifiesta en la urgencia por volver a tomar contacto con el cuerpo, las emociones, el inconsciente, la imaginación y la intuición, en el nuevo interés por el misterio del parto y la dignidad de lo maternal, en el creciente reconocimiento de una inteligencia inmanente en la naturaleza, en la popularidad de la teoría Gaia. Se manifiesta en la apreciación cada vez mayor de las perspectivas culturales indígenas y arcaicas, tales como las de los nativos de América o África y los europeos antiguos, en la nueva conciencia de las perspectivas femeninas de lo divino, en la recuperación arqueológica de la tradición de la Diosa y el resurgimiento contemporáneo del culto a la Diosa, en el ascenso de la teología judeocristiana de orientación sofiánica y en la declaración papal de la Assumptio Mariae, en la brusca y espontánea aparición, ampliamente observada, de fenómenos arquetípicos femeninos en sueños individuales y en la psicoterapia. Y también es evidente en la gran oleada de interés en la perspectiva mitológica, en las disciplinas esotéricas, en el misticismo oriental, el chamanismo, la psicología arquetipal y transpersonal, la hermenéutica y otras epistemologías no objetivistas, en teorías científicas del universo holonómico, campos morfogéneticos, estructuras disipativas, teoría del caos, ecología de la mente, universo participativo y un largo etc. Como profetizó Jung, en la psique contemporánea se está produciendo un cambio histórico, una reconciliación entre las dos grandes polaridades, una unión de opuestos: un hieros gamos (matrimonio sagrado) entre lo masculino, dominante durante mucho tiempo, pero ahora alienado, y lo femenino, reprimido durante mucho tiempo, pero ahora en ascenso.
Este dramático desarrollo no es meramente una compensación, un simple retorno de lo reprimido, ya que, a mi entender, fue siempre la meta subyacente a la evolución intelectual y espiritual de Occidente. Pues la pasión más profunda de la mentalidad occidental ha sido la de reunirse con el fundamento de su propio ser. El impulso conductor de la conciencia masculina de Occidente fue su indagación dialéctica no sólo én busca de autorrealización, sino también, en último término, para recuperar su conexión con el todo, para armonizarse con el gran principio femenino de la existencia: diferenciarse de lo femenino, pero luego redescubrirlo y reunirse con él, con el misterio de la vida, la naturaleza y el alma. Esta reunión puede darse ahora en un nivel nuevo y profundamente distinto del de la unidad inconsciente primordial, pues la larga evolución de la conciencia humana ha puesto por fin a ésta en condiciones de abrazar libre y conscientemente el fundamento y la matriz de su propio ser. El telos, la dirección y la meta inherentes al espíritu occidental, ha consistido en volver a conectar con el cosmos en una participation mystique madura, en entregarse a sí mismo, libre y conscientemente, a una unidad mayor que preserva la autonomía humana a la vez que trasciende la alienación humana.
Pero para lograr esta reintegración de lo femenino reprimido, lo masculino debe pasar por un sacrificio, por una muerte del yo. La mente occidental debe tener la voluntad de abrirse a una realidad cuya naturaleza podría hacer añicos sus creencias mejor establecidas acerca de sí misma y del mundo. Éste es precisamente el acto de heroísmo que ha de tener lugar. Ahora es necesario cruzar un umbral que exige un valeroso acto de fe, de imaginación, de confianza en una realidad más amplia y compleja; umbral que, además, exige un acto de auto exploración sin flaqueza alguna. He aquí el gran desafío de nuestra época, el imperativo evolutivo de que lo masculino vea más allá de su hybris y su unilateralidad, que tome conciencia de su sombra inconsciente, que elija entrar en una relación fundamentalmente nueva de mutualidad con lo femenino en todas sus formas. Lo femenino, pues, deja de ser lo que se debe controlar, negar y explotar, para convertirse en lo que se debe plenamente reconocer y respetar, y a lo que se debe dar la palabra; deja de ser lo que no se reconoce como «otro» objetivado, para convertirse en fuente, meta y presencia inmanente.
Éste es el gran reto, aunque creo que se trata de un reto para el cual la mente occidental se ha venido preparando lentamente durante toda su existencia. Creo que el incansable desarrollo interior de Occidente y el incesante ordenamiento masculino de la realidad ha ido llevando poco a poco, en un movimiento dialéctico de inmensa longitud, hacia un matrimonio profundo y en muchos niveles de lo masculino y lo femenino, una reunión triunfal y restauradora. Y a mí me parece que gran parte del conflicto y la confusión de nuestro tiempo es reflejo del hecho de que este drama evolutivo se está aproximando a sus fases culminantes. Nuestra época está produciendo algo fundamentalmente nuevo en la historia humana: somos testigos y protagonistas del trabajo de parto de una nueva realidad, una nueva forma de existencia humana, un «hijo» que es fruto de este gran matrimonio arquetípico y que lleva en su seno todos sus antecedentes, pero en una nueva forma. Por tanto, reafirmaría los ideales que han expresado las perspectivas contraculturales feministas, ecologistas, arcaicas y otras. Pero también quisiera dar mi apoyo a quienes han valorado y sostenido la tradición central de Occidente, pues creo que esta tradición (toda la trayectoria desde los poetas épicos griegos y los profetas hebreos, la larga lucha intelectual y espiritual desde Sócrates y Platón, Pablo y Agustín, a Galileo y Descartes y a Kant y Freud), todo este estupendo proyecto occidental debería considerarse una parte necesaria y noble de una gran dialéctica, y no ser rechazado simplemente como una confabulación imperialista-chauvinista. No sólo esta tradición ha preparado arduamente el camino para su autotrascendencia, sino que posee recursos, dejados atrás y olvidados por su propio avance prometeico que apenas hemos comenzado a integrar (paradójicamente, sólo la apertura a lo femenino nos permitirá integrarlos). Cada perspectiva, masculina y femenina, es aquí afirmada a la vez que trascendida, reconocida como parte de un todo que la abarca; cada polaridad requiere a la otra para su plena realización. Y su síntesis lleva más allá, pues ofrece una inesperada apertura a una realidad más amplia que no se puede aprehender antes de tiempo, porque esta nueva realidad es, ella misma, un acto creador.
¿Por qué la omnipresente masculinidad de la tradición intelectual y espiritual de Occidente se nos ha hecho de pronto evidente, tras haber permanecido invisible para casi todas las generaciones anteriores? Creo que eso sólo ocurre hoy porque, como sugirió Hegel, una civilización no puede tomar conciencia de sí misma, no puede reconocer su propio significado, hasta que no ha madurado lo suficiente como para aproximarse a su muerte.
Hoy en día estamos viviendo algo que se asemeja mucho a la muerte del hombre moderno, que se asemeja mucho, en verdad, a la muerte del hombre occidental. Tal vez el final del «hombre» esté al alcance de la mano. Pero el hombre no es una meta. El hombre es algo que debe ser superado … y completado, en el abrazo con lo femenino.


Sin título, relieve en estuco policromado sobre tabla
Obra realizada en 2003 por quien edita este blog.



Lecturas:

Richard Tarnas, La pasión de la mente occidental. Atalanta 2008


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miércoles, 16 de julio de 2014

Agartha

John Martin, Pandemonium (1841)


Desde la Antigüedad aparecen relatos que muestran la curiosidad y fascinación ejercida por las ciudades subterranes excabadas por los hombres donde encontraban su modo de vida. Un ejemplo de ello es la descripción que dejó Jenofonte en Anábisis sobre estas construcciones en Anatolia, que aún hoy en día perduran y alcanzan varios niveles de profundidad como las que se pueden visitar en la región de Capadocia. Entre esas ciudades destacó la de Derinkuyu, originariamente con once niveles capaces de albergar entre tres mil y cinco mil personas conectada por túneles con otras ciudades, lugar donde se ocultaron los primeros cristianos huyendo de las persecuciones religiosas, para más tarde servir para protegerse de las incursiones de los musulmanes. 
En base a estas experiencia reales, junto a distintas teorías ocultistas sobre la Tierra hueca, la Atlántida, Hiperborea y Lemuria, asi como a leyendas de la India donde aparece la mítica Shambala, surgió en el siglo XIX de la mano de algunos escritores el mito de una inmensa extensión desplegada bajo la superficie terrestre denominada Agartha. Auténtico país construido a base de ciudades conectadas entre sí, todo un mundo subterráneo depositario de conocimientos extraordinarios donde de forma oculta se dirige el destino del planeta albergando en lo más recóndito al poseedor del poder supremo, esto es, al Rey del Mundo.
Entre los libros de gran éxito en su época donde se hace referencia a Agartha, recojo algunos analizados por Umberto Eco acompañados con algunos de sus fragmentos. Como veremos, René Guénon también se hizo eco del mito otorgándole un sentido simbólico.



Agartha y Shambala
(fragmentos)
por
Umberto Eco

  (...) El nombre de Agartha apareció por primera vez en la obra de un curioso personaje, Louis Jacolliot, autor de libros de aventuras del estilo de Verne o Salgari, pero más famoso en su época por su extensa obra sobre la civilización india. En Le spiritusme dans le monde (1875) buscaba las raíces indias del ocultismo occidental, y no debió de costarle mucho porque la mayoría de los ocultistas de su época se remitía en gran medida a auténticos o falsos mitos orientales. Jacolliot hacia referencia a un texto sanscrito desconocido para los expertos, Agrouchada-Parikchai, una especie de cóctel que quizá él mismo había reunido a base de pasajes tomados de los Upanishad y de otros textos sagrados, a los que añadió algunos elementos de la tradición masónica occidental. Afirmaba que en unas tablillas sánscritas (nunca especificadas) se hablaba de una tierra llamada Rutas, que había sido tragada por las aguas del océano Índico; aunque luego hablaba del Pacífico y la identificaba con la Atlántida, que debería haber estado en el océano Atlántico, pero como ya hemos visto la Atlántida había sido imaginada un poco en todas partes. Por último, en Les fils de Dieu (1873 o 1871) Jacolliot describía "Asgartha" como un inmenso subterráneo en el subcontinente índio, ciudad del gran sacerdote de los brahmanes.

"El brahman vivía invisible entre sus mujeres y sus favoritas en un inmenso palacio. Sus órdenes a los sacerdotes y a los gobernadores de provincias, a los brahmanes y a los aryas de todos los órdenes, eran transmitidos por medio de mensajeros que llevaban brazaletes de plata grabados con sus armas.
Cuando estos oficiales pasaban por las ciudades y los campos, montados en sus monstruosos elefantes blancos, vestidos de seda adornada con oro, y precedidos de gente corriendo que anunciaba su presencia al grito de "¡ahovata!, ¡ahovata!", el pueblo se arrodillaba al borde de los caminos y no alzaba la cabeza hasta que el cortejo había desaparecido (...)
Los servicios de este representante de dios en la tierra iban más allá de lo que se podría imaginar, y las descripciones que los brahmanes nos han dejadon del palacio de Asgharta superan en mucho las maravillas de Tebas, de Menfis, de Ninive y de Babilonia, que por otra parte no eran más que un débil eco de sus antepasados hindús.
Por último, los fundadores del cristianismo, tras haber copiado del brahmanismo la Trinidad y sus misterios, los nombres y las aventuras de sus encarnaciones, la Virgen madre y, como veremos, el óleo santo y el fuego del altar, el agua bendita y otras ceremonias, quisieron subrayar todavía más su afiliación llevando hasta el extremo el servilismo de su copia.
Después de haber convertido a Ieseus Christa en su Jesucristo y a la virgen Dvanaguy en la virgen María, se inspiraron en el brahmanismo para la figura de su Papa."  (Louis Jacolliot, Les fils de Dieu.)

(...) Cuando Saint-Yves escribe Mission de L'Inde, cuenta que ha recibido la visita de un misterioso afgano, Hadji Scharipf, que no podía ser afgano porque el nombre era típicamente albanés (y la única fotografía que conservamos nos lo muestra vestido con un traje de opereta balcánica); este personaje le habría revelado el secreto de Agartha, la Que no se puede Encontrar.
Como afirmaba también Jacolliot, que tal vez había inspirado a Saint-Yves, en Agartha hay ciudades subterráneas, y
gobiernan el reino cinco mil sabios o pundit

John Martin

La cúpula central de Agartha está iluminada desde lo alto por una suerte de "espejos que permiten el paso de la luz solo a través de la gama enarmónica de los colores, de la que el espectro solar de nuestros tratados de física apenas representa la diatónica". Los sabios de Agartha estudian todas las lenguas sagradas del mundo para llegar a la lengua universal, el vattan. Cuando abordan misterios demasiado profundos se separan del suelo y levitan hacia lo alto, y se fracturarían el cráneo contra la bóveda de la cúpula si sus hermanos no lo retuviesen. Esos sabios fabrican los "rayos, orientan las corrientes cíclicas de los fluidos interpolares e intertropicales, las derivaciones de las interferencias de las distintas  zonas de latitud y longitud de la Tierra", seleccionan las especies y crean animales pequeños pero con capacidades psíquicas extraordinarias, que tienen espalda de tortuga y una cruz amarilla sobre ella, y un ojo y una boca en cada extremidad. Aparece por primera vez la idea de una mente dirigente, y sin duda Saint-Yves recibió la influencia de las doctrinas masónicas que reconocían la existencia de unos superiores desconocidos en la base de todos los derechos históricos pasados y futuros. Es posible que parte de la inspiración de Saint-Yves proviniera de textos orientales que describen el reino de Shambala, aunque para muchos ocultistas la relaciones entre Agartha y Shambala son muy confusas. En muchos mapas que son fruto de la fantasía de los defensores de la Tierra hueca, Shambala sería una ciudad que surge en el continente subterráneo Agartha.


¿Dónde está Agartha? ¿En qué lugar preciso se encuentra? ¿Por qué caminos hay que andar, y qué pueblos hay que atravesar para llegar hasta allí? (...)
En la superficie y en las entrañas de la Tierra la extensión real de Agartha desafía la opresión y la coacción de la profanación y de la violencia.
Sin hablar de América, cuyo subsuelo ignorado le ha pertenecido  desde la más remota antigüedad, tan solo en Asia, cerca de quinientos millones de hombres conocen más o menos su existencia y su extensión.
Pero no se hallará ni un solo traidor entre ellos que indique la situación precisa en que se encuentran su Consejo de Dios y su consejo de los Dioses, su cabeza pontificial y su corazón jurídico. (...)
El territorio sagrado de Agartha es independiente, organizado sinárquicamente y compuesto por una población que se eleva a una cifra de casi veinte millones de almas. (...)
Desde ciclos de siglos, cada año, tan solo algunos de los iniciados de alto grado y que solo poseen el secreto de algunas de las regiones, saben el auténtico objetivo de ciertos trabajos, y están obligados a pasar tres años grabando en tablillas de piedra, con caracteres desconocidos, todos los hechos que interesan a las cuatro jerarquías de las ciencias que constituyen el cuerpo total del conocimiento.
Cada uno de estos sabios realiza su trabajo en la soledad, lejos de toda luz visible, bajo las ciudades, bajo los desiertos, bajo las llanuras y bajo las montañas.
Que el lector intente imaginar un colosal tablero de ajedrez extendiéndose bajo tierra a casi todas las regiones del planeta. En cada una de las casillas se encuentran los acontecimientos importantes de la humanidad, en algunas casillas las enciclopedias seculares y las milenarias, en otras por último, las de los yougs menores y mayores. (...)
Mediante los trabajos que ellos realizan, por orden de las potencias cósmicas, el subsuelo nos ofrece ríos subterráneos de metaloides y de metales que nos son necesarios, los volcanes protegen nuestro planeta de las explosiones y cataclismos, y se regula el régimen de nuestros ríos en valles y montañas.
Son también ellos quienes preparan los rayos, retienen bajo tierra las corrientes cíclicas de los fluidos interpolares e intertropicales, así como sus derivaciones interferenciales en las zonas de latitudes y longitudes diferentes a las de la Tierra. (...)
Estos pueblos son los autóctonos del fuego central, son los mismos que visitó Nuestro Señor Jesucristo antes de subir al Sol, para que la redención lo purificase todo, incluso los instintos ígneos de los que se eleva aquí abajo la jerarquía visible de los seres y de las cosas. (...)
Penetremos en este tabernáculo, vayamos a ver al brahatmah, prototipo de los abrámidas de Caldea, de los Melquisedec de Salem y de los Hierofantes de Tebas y de Menfis, de Sais y de Amón. (...)
Excepto los más altos iniciados nadie ha visto jamás cara a cara al soberano pontífice de Agartha. (...)
Es un anciano, descendiente de la bella raza etíope, de tipo caucásico, que después de la roja, y antes de la blanca, sostuvo tiempo atrás el cetro del gobierno general de la Tierra, y talló en todas las montañas esas ciudades y los prodigiosos edificios que encontramos en todas partes, desde Etiopía hasta Egipto, desde las Indias hasta el Cáucaso. (Saint-Yves, Misión en la India)

John Martin

(...) Con bastante retraso con respecto a Sain-Yves, Ferdinand Ossendowski, un aventurero polaco que había viajado a través de Asia central, publicó un libro que alcanzaría un gran éxito, Bestias, hombres, dioses (1923), donde el autor dice que ha sabido por lo mongoles que Agarthi, como la llamaba él, debía situarse debajo de Mongolia, pero el reino se extendía a todos los pasajes subterráneos existentes en el mundo, contaba con millones de súbditos y estaba gobernado por un Rey del Mundo.
En el libro de Ossendowski encontramos muchas páginas que parecen tomadas de Saint-Yves, lo que permitiría al crítico de buen criterio hablar de plagio

"Este reino se llama Agartha y se desarrolla a través de una red de galerías subterráneas que se extiende por el mundo entero. He oido a un sabio lama decir en China al Bogdo Kan que todas las cavernas subterráneas de América están habitadas por el pueblo antiguo que desapareció en el subsuelo. Aún se encuentran huellas suyas en la superficie del país. Estos pueblos y tierras subterráneas están gobernados por soberanos que deben obediencia al Rey del Mundo. (Ferdinand Ossendowski, Bestias hombres y dioses)

Pero los fieles del mito, entre los que se encuentra René Guénon, uno de los más notables pensadores contemporáneos de la tradición, creen que Ossendowski era sincero cuando afirmaba no haber leído nunca a Saint-Yves, y la prueba de su sinceridad sería que la primera edición de Missión de l'Inde (1886) había sido destruida y solo habían sobrevivido dos ejemplares. Lo que no tiene en cuenta Guénon es que la obra fue reimpresa póstumamente por Dorbon en 1910 y, por tanto, Ossendowski habría podido conocerla.
Pero Guénon tendía a considerar a Ossendowski una autoridad indiscutible porque hablaba del Rey del Mundo, al que Guénon proporcionó más fama aún con El rey del mundo (1925). En cualquier caso, a Guénon no le preocupaba demasiado que Agartha existiese físicamente o solo fuese un símbolo, porque se remontaba a mitos interpolares, para los que realeza y sacerdocio debían estar estrechamente unidos (y obviamente una de las tragedias  de nuestro tiempo, el oscuro Kali Yuga, era haber destruido esta unidad). Para Guénon, el título de Rey del Mundo "entendido en su apreciación más elevada (...) es atribuido propiamente a Manu, el legislador primitivo y universal cuyo nombre se encuenta, en formas diversas, en muchos pueblos antiguos".

"Del testimonio concordante de todas las tradiciones se desprende claramente la siguiente conclusión: Existe una 'Tierra Santa' por excelencia, prototipo de todas las demás 'Tierras Santas', centro espiritual al que todos los demás centros están subordinados. La 'Tierra Santa' es también la 'Tierra de los Santos', la 'Tierra de los Bienaventurados', la 'Tierra de los Vivos', la 'Tierra de la Inmortalidad'; todas estas expresiones son equivalentes, y es necesario agregar además la de 'Tierra Pura', que Platón aplica a la 'morada de los Bienventurados'.
Esta morada se sitúa habitualmente en un 'mundo invisible'; pero, si se quiere comprender de qué se trata, no hay que olvidar que ocurre lo mismo con las 'jerarquías espirituales' de que hablan todas las tradiciones, y que representan en realidad grados de iniciación.
En el período actual de nuestro ciclo terrestre, es decir, en el Kali-Yuga, esta 'Tierra Santa' defendida por 'guardianes' que la ocultan  a las miradas profanas asegurando no obstante algunas relaciones exteriores es en efecto invisible, inaccesible, pero solo para aquellos que no poseen las cualificaciones requeridas para penetrar en ella. Ahora bien, su localización en una región determinada, ¿debe considerarse literalmente efectiva, o solo simbólica, o es a la vez lo uno y lo otro? A esta cuestión, responderemos que, para nosotros, los hechos geográficos mismos y también los hechos históricos tienen, como todos los demás, un valor simbólico, que por lo demás, evidentemente, no les quita nada de su realidad propia en tanto que hechos, sino que les confiere, además de esta realidad inmediata, una significación superior. (René Guénon, El rey del mundo)

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Para concluir, transcribo a continuación un fragmento del texto que Joscelyn Godwin dedico a Agartha en su obra El mito polar, donde hace referencia a un caso de acusado delirio (al parecer potenciado por la ciega creencia en el mito de Agartha) padecido por una mujer frecuentadora de los ambientes ocultistas y esotéricos en la Francia de principios del siglo XX.

Un Brahmata en Charenton
por
Joscelyn Godwin


Hay otros desarrollos del mito de Agartha que suscitan más piedad que terror. Está, por ejemplo, la historia de Madeleine V., nacida en 1889 en una acomodada familia francesa. Como muchos visionarios, experimentó visitaciones angélicas ya a los siete años de edad. Después del matrimonio, la maternidad y la muerte de su marido, se entregó con fervor al misticismo católico. Hacia 1930 supo de la existencia de René Guénon y su círculo, leyó todos sus libros y entabló correspondencia con Marcel Clavelle (o Jean Reyor), el representante de Guénon en Francia tras su mudanza a El Cairo. Después de intercambiar como un millar de cartas, Clavelle puso fin a su relación, tras lo cual, en 1937, Madelene se fue a Roma a ver al Papa. Frustrada por no haber obtenido una audiencia con él, se dirigió directamente a Dios y fue recompensada con una visión interior del Espíritu Santo en forma de paloma que voló desde su cabeza. Una voz llamó: "Roi du monde, Roi du Monde", y en esa visión apareció el sumo pontífice, que le invistió con el Arca de la Alianza como señor del Mundo.
De regreso a Francia, creyendo que había alcanzado lo que Guénon llamaba la "suprema identidad" o "liberación", volvió a verse con Clavelle, que la inició en la Orden del Divino Paracleto en 1938. En 1942 llevó a cabo un ritual por su hijo moribundo, aboliendo así la distinción entre ambos: a partir de entonces, fue andrógina. Poco más se sabe hasta su reclusión como enferma mental en 1951, salvo que dio conferencias, publicó poemas y se gastó el capital que había heredado. Acto seguido comenzó el primer año de la Era Brahmánica, que ella estableció en el manicomio de Charenton como "La divina Brahmatma", imaginándose a Guénon como el Mahatma a su derecha y a su esposo Pierre a la izquierda. Su internamiento lo consideraba el resultado de un complot masónico; a sus ojos, no reducía su influencia en lo más mínimo, pues ella dirigía la sociedad secreta "Agartha 8" y el frente de Acción Brahmánica, con sus 15 millones de miembros en Francia. Concediendo audiencias como una grande dame en su cuarto, decorado como la caseta de una adivina, y ataviada con una tiara de papel dorado, elaboró sus grandes planes para el gobierno del mundo. Cuando los estudiantes marcharon sobre los Campos Eliseos en mayo de 1968, creyó que era una manifestación de su propio grupo, y que los planes para erigir una estatua suya en la plaza Victor Hugo acababan de ser frustradas por sus oponentes. Siempre atenta a las noticias, se mantenía al día de los acontecimientos mundiales y escribía constantemente: tratados simbólicos, cartas a las Naciones Unidas y a las autoridades, planes para la unión de las religiones, etcétera. Cada dos semanas, sus hijos se la llevaban a un restaurante.
La historia de Madeleine, relatada en la tesis doctoral del doctor Jean François Allilaire, puede leerse como un cuento aleccionador; pero ¿para quien? Sus creencias e intereses están a un dedo de distancia de los de Saint-Yves d'Alveydre: comparten el misticismo católico, el mito agártico, la participación política o el tema del alma gemela. El sentimiento de Madeleine de identidad suprema y de felicidad general no son cuestionados por el doctor Allilaire; sin embargo, se le clasifica como loca, mientras que Saint-Yves era sólo un excéntrico. ¿Y qué hay de Guénon, cuyos textos plantaron las semillas del delirio en una mente que ya era sensible? ¿No creía también él en el Rey del Mundo y en el carácter único de su propia misión, que brindaba lo que su biógrafo Jean Robin llamó "la última oportunidad de Occidente" antes del final del ciclo?


Lecturas:

Umbero Eco, Historia de las tierras y los lugares legendarios. Lumen 2013

Joscelyn Godwin, El mito polar. Atalanta

René Guénon, El Rey del Mundo. Paidós 2003

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