Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 27 de enero de 2016

La realidad inventada


El Gato de Cheshire en Alicia en el País de las Maravillas (Walt Disney)


-“¿podrías decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?” El gato respondió: -“Esto depende en gran parte del sitio al que quieras llegar”, -“¡No me importa mucho el sitio...!” dijo Alicia. -“Entonces, tampoco importa mucho el camino que tomes”, dijo el Gato. -“…siempre que llegue a alguna parte”, añadió Alicia. - “Oh, siempre llegarás a alguna parte”, aseguró el Gato.

Lewis Carroll, Alicia en el país de las maravillas


Nunca cesaremos de buscar y, sin embargo, la meta de todas nuestras búsquedas será retornar al punto de partida y conocer ese lugar por primera vez.

T. S. Elliot, Little Gidding



En La realidad inventada (Gedisa 2010), se reúnen una serie de ensayos escritos por investigadores de diferentes disciplinas como la literatura, la filosofía, la física, la bilogía, la psicología, en torno a la corriente de pensamiento conocida como constructivismo surgida a mediados del siglo XX. El pensamiento constructivista teoriza sobre la idea de que la realidad del observador es una construcción hasta cierto punto "inventada". Nunca podremos llegar a conocer la realidad de forma puramente objetiva, ya que siempre que observamos algo, los datos obtenidos de ello los ordenamos en nuestro propio marco teórico mental. De esta manera, el objeto o la realidad que está "fuera de nosotros" no puede ser captada de forma puramente imparcial, sino que de alguna forma es construida a partir de nuestras particulares percepciones, tanto sensoriales como conceptuales, ofreciendo solamente una aproximación a la verdad, que queda fuera de nuestro alcance. 
En el epílogo de esta obra, escrita por el recopilador y autor de alguno de los ensayos Paul Watzlawick, se hace referencia a las paradojas compartidas por la ciencia y la mística, surgidas dentro del marco teórico que anula la separación entre sujeto y objeto.



La realidad inventada (Epílogo)
(fragmentos)
por
Paul Watzlawick


(...) Para muchos el constructivismo no es más que otro nombre del nihilismo. Quien está convencido de que no se puede vivir sin un sentido definitivo en la vida no podrá ver en el constructivismo más que el precursor de la disgregación y el caos. Para esta persona la idea de que toda  realidad es en última instancia una realidad inventada le deja aparentemente sólo una conclusión: el suicidio. "Tengo el deber de documentar mi incredulidad", dice el suicida Kirillov en Demonios de Dostoyevski. "Para mí no hay idea más elevada que la que Dios no existe. En favor mío habla toda la historia de la humanidad. Hasta ahora el hombre no ha hecho otra cosa que inventar a Dios para poder seguir viviendo sin darse muerte; era la historia universal hasta ahora."
El suicida busca el sentido de la vida, en determinado momento se convence que ese sentido no existe y se mata, no porque el mundo como tal  se le revele indigno de vivirse, sino porque el mundo no satisface su exigencia de tener un sentido definitivo e inteligible. Con esa exigencia el suicida ha construido una realidad que no encaja y por eso naufraga la nave de su vida. Nada está más lejos del inventor de esta mortal realidad que la sabia discreción del rey de Alicia  en el país de las maravillas, quien lee el poema del conejo blanco, no encuentra sentido en él y aliviado declara con un encogimiento de hombros: "Si esto no tiene sentido , el hecho nos ahorra una cantidad de trabajo  pues entonces no necesitamos buscarlo". Esencialmente no dice otra cosa Wittenstein cuando en su Tractatus logico-philosophicus (párrafo 6521) escribe: "La solución del problema de la vida se entrevé al desaparecer dicho problema".
La contrapartida del suicida es el hombre que busca; la diferencia entre ambos es sin embargo insignificante. El suicida llega a la conclusión de que no existe lo que busca; en cambio, el buscador llega a la conclusión de que todavía no ha buscado en el lugar correcto. El suicida introduce el concepto de cero en la "ecuación" existencial; el otro introduce en ella el concepto del infinito; cualesquiera de esas búsquedas es autoinmunizante, en el sentido de Karl Popper, y por lo tanto no tiene fin. Son infinitos los posibles lugares "correctos" en que puede encontrarse lo buscado.
El cargo de nihilismo se reduce a sí mismo al absurdo al demostrar lo que quiere refutar, esto es, que el postulado de un sentido presupone el presunto descubrimiento de un mundo carente de sentido.
Sin embargo hasta ahora nada hemos dicho sobre la realidad que construye el propio constructivismo. En otras palabras, ¿qué experimentaría un hombre que estuviera resuelto a ver consecuentemente su mundo como su propia construcción? Ese hombre sería ante todo tolerante, como lo señaló Varela en su contribución a este libro. El que llega a comprender que su mundo es su propia invención debe acordar lo mismo a los mundos de sus semejantes. El que sabe que no puede saber la verdad sino que su visión de las cosas sólo puede encajar más o menos encontrará difícil atribuir a sus semejantes malignidad o locura y le resultará difícil asimismo persistir en el pensamiento primitivo y maniqueo de "Quien no está conmigo está contra mí". La idea de que nada sabemos mientras no sepamos que no conocemos nada de manera definitiva supone el respeto por las realidades inventadas de otros hombres. Sólo cuando esas otras realidades se hacen ellas mismas intolerantes, nuestro hombre -siempre según el sentido de Karl Popper- podría arrogarse el derecho de no tolerar la intolerancia.
Además el hombre se sentiría responsable en un sentido profundamente ético, resposable no sólo de los sueños y yerros sino también de un mundo consciente y de esas profecías suyas, creadores de realidades, que se realizan por obra de sí mismas. Para él ya no está abierto el cómodo camino de proyectar la propia culpa a las circunstancias y a otros seres humanos.
Esta responsabilidad plena significaría también su plena libertad. Quien tuviera plena conciencia de que es el inventor de su propia realidad conocería la posibilidad siempre presente de forjarla de otra manera. Sería pues, herético en el sentido original del término, es decir, alguien que sabe que puede elegir. Se encontraría en la situación en que se encuentra El lobo estepario al final de esta novela, se encontraría en el teatro mágico que le explica su psicopompo Pablo:

Mi teatrito tiene tantas puertas de palcos como queráis, diez o cien mil puertas y detrás de cada una de ellas os esperan precisamente lo que buscáis. Es un lindo gavinete de imágenes, querido amigo, pero de nada le valdría recorrerlo tal como es usted. Se verá obstaculizado o enceguecido por lo que usted está acostumbrado a llamar su personalidad. Sin duda hace ya rato que ha adivinado usted que la superación del tiempo, la redención de la realidad o cualquiera que sea el nombre que usted dé a su anhelo, éste no significa otra cosa que el deseo de verse libre de su llamada personalidad. Ella es la prisión en la cual se encuentra usted y si entrara en el teatro tal como está, vería con los ojos de Harry, lo verá a través de los antiguos anteojos del lobo estepario.

Pero en ese acto de quitarse los anteojos naufraga el lobo estepario que por eso es condenado al castigo de la vida eterna. Este vuelco  de la significación de la vida y de la muerte es mucho más que un juego de palabras logrado. Los relatos de hombres que escaparon a la muerte por un pelo muestran siempre una especie de irrupción del individuo en una realidad que es mucho más real que todo cuanto vivió entonces y en la cual nunca es uno "más yo" que en ese momento. Cuando se derrumban todas las construcciones, cuando se ha quitado todos los anteojos, "retornamos al punto de partida y por primera vez comprendemos ese lugar".
El epiléptico Dostoyevski hace decir a su príncipe Mischkin en El idiota acerca del aura epiléctica (que se da un segundo antes del ataque): "En ese momento me parece comprender de alguna manera la significación de que en adelante no habrá más tiempo". Koestler, condenado a muerte, vive ese estado junto a la ventana de su celda de prisionero en Sevilla:

Entonces tuve la sensación de que me deslizaba de espaldas por un río de paz y pasaba bajo puentes de silencio. No venía de ninguna parte ni era arrastrado a ninguna parte. Luego desapareció el río y también yo. El yo había dejado de existir en mí. (...) Cuando digo que "el yo había dejado de existir en mí" me refiero a una vivencia bien concreta que es tan difícil de expresar en palabras como las sensaciones que despierta en nosotros un concierto de piano, pero que es tan real -no, mucho más real que la realidad. En efecto, su característica más importante es la de que semejante estado es mucho más real que cualquier otra cosa vivida antes.

Innumerables soldados deben haber vivido algo semejante en el frente. Robert Musil, cuyo personaje, el estudiante Törless -como ya dijimos- pide en vano a su profesor de matemática que le explique el significado de la cantidad imaginaria i, parece haber vivido una experiencia semejante que describió en su relato Der Fliegerofeit aparentemente sin haberse dado cuenta que aquí estaba la respuestaa la pregunta de Törles:


(El silbido de la flecha al caer) era un sonido tenue, sutil, cantarino, como cuando se hace sonar el borde de una copa de cristal; pero aquello tenía algo de irreal; nunca has oído semejante cosa, me dije. Y ese sonido estaba enderezado a mí; yo estaba en relación con ese sonido y no tenía ni la menor duda de que algo decisivo estaba apunto de ocurrirme. Ninguno de mis pensamientos era de la clase de aquellos que uno tiene en los momentos en los que se despide de la vida, sino que todo cuanto experimentaba se proyectaba al futuro; y tengo que decir sencillamente que tenía la seguridad de que en el próximo minuto sentiría la proximidad de Dios en mi cuerpo. El corazón me latía amplia y serenamente, y ni por un fragmento de segundo estuve espantado; no me faltaba la partícula de tiempo más íntima en mi vida. En ese momento me invadió un sentimiento de cálida gratitud y creo que se me puso encarnado todo el cuerpo. Si alguien hubiera dicho entonces que Dios había llegado a mi cuerpo, no me habría reído. Pero tampoco lo habría creído.

Sin embargo todas estas citas antológicas y posibles paralelos, todas esta descripciones vagas y subjetivas del instante último suenan como algo exaltado y "místico" en el mal sentido de esta palabra. Y sin embargo no se les puede negar, por índole, el caracter místico, puesto que en estos  ejemplos evidentemente se anula la división de sujeto y objeto, aunque sólo sea por unos segundos. El problema está sólo en descubrir esos momentos. Los llamados místicos o bien guardan silencio -como recomienda Wittgenstein- o bien se ven obligados a recurrir al lenguaje de las grandes imágenes religiosas, mitológicas, filosóficas de su época. Pero así quedan a la vez prisioneros de la realidad construida mediante tales imágenes. Con la incomparable sencillez de su estilo Lao-Tsé expresa este dilema en las primeras palabras de su Tao Te King: "El sentido que podemos forjar no es el sentido eterno." Quien es capaz de escribir semejante afirmación conoce la relatividad y el origen subjetivo de todo sentido y de todo nombre. Sabe que todo acto de atribuir sentido y significación y todo acto de nombrar crean una realidad bien determinada. Pero para llegar a este grado de saber tiene que, por así decirlo, haberse comprendido en flagrante acto de invención de una realidad. En otras palabras, tiene que descubrir cómo creó primero un mundo "a su imagen", sin tener conciencia del acto de su creación, y vivir luego dicha realidad como el mundo "exterior e independiente de él" -precisamente el mundo de los objetos-, de cuyo modo de ser él mismo se construyó autorreferencia. Esta búsqueda es inevitable y su sin sentido se torna significativo. Debe recorrer el camino errado para que éste se revele como camino errado. Wittgenstein debe de haber pensado en algo parecido cuando escribió:


Mis enunciaciones son de tal condición que aquel que me comprende termina por considerarlas desatinadas cuando las recorre, cuando pasa por ellas y se eleva por encima de ellas. (Por así decirlo, debe tirar las escalera depués de haber subido por ella.) (9, Párrafo 6.54)

Comprendemos ahora que la pregunta alrededor de la cual gira este epílogo ("¿Qué realidad construye el propio constructivismo?") está en el fondo mal formulada y además que también era necesario tropezar con tal error para que este se revelara como tal. El constructivismo no crea ni "explica" ninguna realidad "exterior" sino que revela que no existe un interior ni un exterior, un mundo de objetos que se encuntre frente a un sujeto. El constructivismo, más bien, muestra que no existe separación de sujeto y objeto (sobre cuyo supuesto se construyen infinidad de "realidades"), que la división del mundo en opuestos está forjada por el sujeto viviente y que las paradojas abren el camino que conduce a la autonomía.
Como esta ideas ya han sido expresadas por prominentes figuras en un lenguaje riguroso, citaremos aquí a manera de perspectiva panorámica algunas de esas manifestaciones. En su libro Mind and Matter escribió Schrödinger ya en el año 1958:


La razón por la cual nuestro yo, que siente, percibe y piensa, no puede encontrarse en ninguna parte de nuestra imagen científica del mundo puede expresarse en nueve palabras: porque el yo mismo es esa imagen del mundo. El yo es idéntico al todo y, por lo tanto, no puede estar contenido en él como parte.

Estas palabras suenan como algo casi místico, pero piénsese que proceden de la pluma de un prominente físico que por sus investigaciones alcanzó el premio Nobel. (...)



Lecturas:

Paul Watzlawick y otros, La realidad inventada. Gedisa 2010.



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Mi realidad es simplemente diferente a la tuya”.
“¡No estoy loco! Mi realidad es simplemente diferente a la tuya”. - See more at: http://culturacolectiva.com/frases-alicia-pais-maravillas-huir-realidad/#sthash.WaylZ3qo.dpuf
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lunes, 18 de enero de 2016

Profecías autocumplidas


M. C. Escher, Vínculo de unión, 1956


"A menudo la profecía es la causa principal del acontecimiento profetizado".

Thomas Hobbes, Behemoth


"Hasta tal punto estamos desligados de la vida, que hasta sentimos aversión hacia la auténtica ‘vida viva’ y no soportamos que nadie nos la recuerde. Hemos llegado al extremo de tomarla por un trabajo, como si de un servicio se tratara, y en nuestro fuero interno nos persuadimos de que es mucho mejor vivir conforme a los libros. ¿Y qué andamos escarbando frecuentemente por ahí, de qué nos encaprichamos, y qué es lo que pedimos? No lo sabemos ni nosotros mismos.  (...) ¡Ni siquiera sabemos en qué consisten las cosas vivas, ni qué es lo vivo, ni qué nombre tiene! ¡Déjennos solos y sin libros, y al momento nos extraviaremos, nos perderemos, no sabremos qué hacer, ni dónde dirigirnos; qué amar y qué odiar, qué respetar y qué despreciar! ".

Fiodor Dostoievski, Memorias del subsuelo



Profecías que se autocumplen
(fragmentos)
por
Paul Watzlawick


Una profecía que se autocumple es una suposición o predicción que, por la sola razón de haberse hecho, convierte en realidad el suceso supuesto, esperado o profetizado y de esta manera confirma su propia "exactitud". Por ejemplo, si alguien por alguna razón supone que se le desprecia, se comportará precisamente por eso de modo desconfiado, insoportable, hipersensible que suscitará en los demás el propio desdén del cual el sujeto estaba convencido y que queda así "probado". Por bien conocido y corriente que sea este mecanismo, en su base hay circunstancias que de algún modo forman parte de nuestro pensamiento cotidiano y que tiene profunda y vasta significación en la imagen de la realidad que nos forjamos.
En el pensamiento causal tradicional el suceso B se considera en general como el efecto de un suceso anterior, la causa (A), que naturalmente a su vez tenía sus propias causas, así como la aparicón de B determina luego por su parte sucesos que son efecto de B. En la secuencia A - B, A es por consiguiente la causa y B su efecto. La causalidad es lineal y B sigue a A en un curso temporal. En este modelo de causalidad, B no puede tener ningún efecto en A pues eso supondría una inversión del flujo del tiempo: el presente (B) debería ejercer un efecto sobre el pasado (A).
En el ejemplo siguiente las cosas ocurren de manera diferente: en marzo de 1979 los periódicos de California comenzaron a publicar sensacionales noticias sobre una inminente reducción en el suministro de gasolina. Los automovilistas californianos se precipitaron a los surtidores para llenar sus tanques. El hecho de haberse llenado doce millones de tanques de gasolina (que en aquél momento estaban vacíos en un promedio de un 75%) agotó las enormes reservas, y de la noche a la mañana provocó la pronosticada escasez de combustible; por otro lado, a causa de mantener llenos lo más posible los tanques de los automóviles (en lugar de llevarlos casi vacíos como hasta ese momento), se formaron largas colas de vehículos y la gente se pasaba horas esperando ante los surtidores; así aumentó el pánico. Luego, cuando los ánimos se calmaron, se comprobó que el suminstro y distribución de gasolina en el estado de California no había disiminuido de ninguna manera.
Aquí fracasa el pensamiento causal tradicional. La escasez nunca se habría producido si los medios de difusión no lo hubieran pronosticado. En otras palabras, un hecho todavía no producido (es decir, futuro) determinó efectos en el presente (los automovilistas que se precipitaban a los surtidores), efectos que a su vez hicieron que cobrara realidad el hecho pronosticado. En este sentido, aquí el futuro -y no el pasado- determinó pues el presente.
A esta afirmación se podría objetar en primer lugar que lo ocurrido no es ni sorprendente ni desconocido. ¿Acaso casi todas las decisiones humanas no están en su mayor parte condicionadas (o por lo menos deberían estarlo) por estimaciones de sus propios efectos, de sus ventajas y peligros? ¿Acaso el futuro no influye así siempre en el presente? Por sensatas que parezcan estas preguntas en sí mismas, resultan sin embargo falsamente planteadas en este contexto. Quienquiera que trata, basándose en su experiencia anterior, de estimar los efectos futuros de una decisión tiene normalmente en miras el mejor resultado posible. La acción en cuestión procura entonces calcular el futuro y posteriormente se revelará verdadera o falsa, correcta o incorrecta, pero no tiene por qué ejercer influencia alguna en el curso de las cosas. En cambio, un acto que es resultado de una profecia que se autocumple crea primero las condiciones para que se dé el suceso esperado y en este sentido crea precisamente una realidad que no se habría dado sin aquél. Dicho acto no es pues ni verdadero ni falso; sencillamente crea una situación y con ella su propia "verdad". (...)

G. Moreau, Edipo y la esfinge (1864)
El oraculo había profetizado a Edipo que daría muerte a su padre y que se casaría con su madre. Sobrecogido de horror por esa predicción que él indudablemente toma por cierta, Edipo procura protegerse del fatal infortunio, pero precisamente las medidas de precaución que toma lo conducen inevitblemente a la realización de la profecía. Como se sabe, Freud utilizó este mito como metáfora para designar la innata atracción incestuosa que tiene todo niño por el padre del sexo opuesto y el consiguiente miedo de que el padre del mismo sexo lo castigue por ello; Freud veía en esta situación primaria, el conflicto de Edipo, la causa principal de ulteriores desarreglos neuróticos. En su autobiografía recientemente publicada, el filósofo Karl Popper se refiere a una profecía autocumplidora, que él ya había descrito veinte años atrás y que había llamado el efecto Edipo:

Una idea que traté en Elend des Historizismus era la de la influencia de una predicción sobre el suceso pronosticado. Llamé a este fenómeno "efecto de Edipo" porque la predicción del oráculo desempeñó un papel extremadamente importante en la serie de sucesos que condujeron a la realización de la profecía. (Al mismo tiempo era una indirecta dirigida a los psicoanalistas, que se mostraban singularmente ciegos a este interesante hecho, aunque el propio Freud había admitido que los sueños de los pacientes a menudo se ajustaban notablemente bien a la teorías particulares de sus analistas; Freud los llamó sueños de complaciencia".)

También aquí tenemos la inversión de causa y efecto, de pasado y futuro, sólo que de un modo más crítico y terminante puesto que, como se sabe, el psicoanálisis se atiene a una teoría de la conducta humana que postula una causalidad lineal según la cual el pasado determina el presente. Y Popper vuelve a llamar la atención sobre la importancia de esta inversión cuando después dice:

Durante mucho tiempo creía que la existencia de efecto de Edipo distinguía las ciencias sociales de las ciencias de la naturaleza. Pero aun en la biología, y hasta en la biología molecular, las espectativas a menudo desempeñan su papel: ayudan a que se produzca lo que se esperaba.


Podríamos reunir gran profusión de citas semejantes que se refieren al efecto de factores "tan poco científicos" como las meras expectativas y suposiciones en la ciencia... y este libro está concebido como una contribución de tal tipo. Séanos lícito recordar a este respecto por ejemplo una observación que hizo Einstein en una conversación con Heisenberg: "En una teoría es imposible aceptar sólo magnitudes observables. Es más bien la teoría la que decide lo que se puede observar". En 1959 Heinsenberg hasta llegó a escribir: "...y deberíamos recordar que lo que observamos no es la naturaleza misma, sino la naturaleza impuesta por nuestra manera de plantear nuestra preguntas". Y aun más radical es el teórico de la ciencia Feyerabend: "Las que guían la investigación son las suposiciones, no conservadoras, sino anticipatorias".
Algunas de las investigaciones más seguras y elegentes de profecías que se autocumplen en la esfera de la comunicación humana está vinculada con el nombre del psicólogo Robert Rosenthal de la Universidad de Harvard. Citemos aquí sobre todo su libro de tan acertado título Pygmalión in the Classrom, en el cual el autor comunica los resultados de sus experimentos llamados Oak-School. Se trata de una escuela de dieciocho maestras y más de seiscientos cincuenta alumnos: La profecía que se autocumple se introdujo en el cuerpo docente del modo siguiente: antes de comenzar el año escolar los alumnos deberían ser sometidos a un test de inteligencia y se comunicó a las maestras que, según el test, había un 20% de alumnos que durante al año escolar harían rápidos progresos y tendrían un rendimiento por encima del término medio. Después de la administración del test de inteligencia pero antes de que las maestras entraran por primera vez en contacto con sus nuevos alumnos, se entregaron a las maestras los nombres de aquellos alumnos (en verdad la lista de esos nombres se confeccionó eligiéndolos por entero al azar) de quienes podría esperarse con seguridad un desempeño extraordinario según los tests. De esta manera, la diferencia entre estos alumnos y los demás chicos estaba solamente en la cabeza de la maestra; al terminar el año escolar se repitió el mismo test de inteligencia administrado a todos los alumnos, y efectivamente resultaron cocientes de inteligencia superiores al término medio en aquellos alumnos "especiales"; además el informe del cuerpo docente señalaba que esos niños aventajaban a sus condiscípulos también en conducta, en curiosidad intelectual, en simpatía, etc...
San Agustín agradecía a Dios por no ser responsable de sus sueños. A nosotros nos falta ese consuelo. El experimento de Rosenthal es sólo un ejemplo, aunque particularmente claro, de los profundos y determinates efectos de nuestras espectativas, prejuicios, supersticiones y deseos -es decir, construcciones puramente mentales a menudo desprovistas de todo aquello de efectividad- sobre nuestros semejantes, y también es un ejemplo de las dudas que estos descubrimientos pueden suscitar sobre la cómoda suposición del sobresaliente papel que desempeñan las predisposiones heredadas e innatas.



Porque lo cierto es que estas construcciones pueden tener efectos no sólo positivos sino también negativos. Somos responsables no sólo de nuestros sueños sino también resposables de la realidad que engendra nuestros pensamientos y esperanzas.(...)

Ciertamente desde hace tiempo se conocen diagnósticos "mágicos" en el cabal sentido de la palabra. En un trabajo ya clásico, Voodoo Death, el fisiólogo norteamericano  Walter Cannon describe una cantidad de casos de muertes misteriosas repentinas difíciles de explicar científicamente; se trata de muertes por maldiciones, hechizos o por la trasgresión de un tabú que entraña la muerte. Un curandero maldice a un indio brasileño y éste es incapaz de defenderse de sus reacciones emocionales a esta sentencia de muerte, de manera que muere una horas después. Un joven cazador africano abate y como sin saberlo determinada gallina silvestre relacionada con un tabú. Cuando se da cuenta de su crimen cae en desesperación y muere a las veinticuatro horas. Un curandero  de los bosques australianos apunta con un hueso provisto de fuerzas mágicas a un hombre. Persuadido de que nada podrá salvarlo de la muerte, el hombre cae en un letargo y se prepara para morir. A último momento lo salvan los otros miembros de la tribu que obligan al curandero a levantar el hechizo.
Cannon llegó al convencimiento de que en el caso de la muerte vudú se trata de un fenómeno

que es característico del hombre primitivo, de hombres tan primitivos, tan supersticiosos y tan ignorantes que ellos mismos se consideran desorientados forasteros de un mundo hostil. En lugar de saber, esos hombres tienen fructíferas e ilimitadas fantasías que animan su ambiente con toda clase de malos espíritus, los cuales son capaces de influir irremisiblemente en la existencia de los hombres.

En el momento en que Cannon escribía estas líneas, centenares de millares de hombres en modo alguno supersticiosos o ignorantes eran confundidas víctimas en un mundo inconcebiblemente hostil. Desde el fantasmal y oscuro mundo de los campos de concentración, Viktor Frankl nos cuenta un fenómeno que corresponde al de la muerte vudú:

Quien ya no cree en un futuro, quien ya no cree más en su futuro está perdido en el campo de concentración. Cuando pierde la creencia en el futuro, pierde el sostén espiritual y entonces se derrumba interiormente y sufre una decadencia tanto corporal como psíquica. Esto ocurre las más de las veces de una manera repentina, en la forma de una especie de crisis cuyo modo de manifestarse es familiar a los moradores del campo más o menos experimentados... Generalmente las cosas ocurrían así: un día el prisionero permanecía tendido en la barraca, de la cual no se movía ni para vestirse, ni para ir al cuarto de baño, ni para acudir al lugar donde eran convocados los presos. Ya nada hacía efecto en él, nada lo asustaba tampoco;... en vano se le ruega, se lo amenaza, se lo golpea: el hombre sencillamente permanece acostado...

 Campo de concentración de Auschwitz


Un compañero de prisión de Frankl perdió su voluntad de vivir cuando no se realizó una predicción que había tenido en un sueño y que de esta manera tuvo un autocumplimiento negativo:

"Mira, doctor, me gustaría contarte algo. Hace poco tuve un sueño notable. Una voz me dijo que podía desear algo... y que sólo debía decir lo que me gustaría saber pues ella respondería a todas mis preguntas. ¿Y sabes lo que le pregunté? Que quisiera saber cuándo terminaría la guerra para mí. Es decir, quería saber cuándo seríamos liberados de este campo y tendrían término nuestros sufrimientos... Y en voz baja y misteriosa me susurró: "El 30 de marzo".

Pero cuando llegó el día anunciado por la profecía y los aliados estaban todavía muy lejos del campo, todo tomó para el compañero de sufrimientos de Frankl, el prisionero F., un curso fatal:

El 29 de marzo F. se enfermó súbitamente con fiebre alta. El 30 de marzo -es decir, el día en que según la profecía terminaría la guerra y también los sufrimientos "para él"-, F. comenzó a delirar gravemente y terminó por perder el conocimiento... El 31 de marzo murió. Había muerto de fiebre tifoidea.

Para Frankl resultó claro que su camarada F. habá muerto a causa de su profundo desengaño al comprobar que no se realizaba la esperada liberación y esto hizo que de pronto se redujeran las defensas de su organismo contra la ya latente infección de una fiebre tifoidea. Se le paralizaron su fe en el futuro y su voluntad de vivir de modo que su organismo sucumbió a la enfermedad... y así vino a confirmarse lo que le dijera la voz de su sueño. (...)

Pero basta de ejemplos. Las profecías que se autocumplen son, pues, fenómenos que no sólo sacuden las bases de nuestra concepción personal de la realidad, sino que hasta pueden poner en tela de juicio la imagen del mundo de la ciencia. Todas comparten la capacidad evidente de crear una realidad y suscitar determinada creencia en el "ser así" de las cosas, una creencia que puede ser tanto una superstición como una teoría científica aparentemente rigurosa derivada de la observación objetiva. Pero, mientras hasta hace poco aún era posible rechazar sin más ni más la noción de las profecías que se autocumplen y considerarlas anticientíficas o atribuirlas a deficiente adaptación a la realidad de ciertos cerebros confundidos o románticos, esta cómoda posición hoy ya no es posible.
Lo que todo esto signifca todavía no puede evaluarse adecuadamente. El descubrimiento de que nosotros mismos construimos  nuestra realidad equivale a una expulsión del paraíso del presunto "ser así" del mundo, del cual empero sólo  nos sentimos responsables en muy limitada medida. Pero ahora estamos ante la posibilidad de asumir plena responsabilidad por nosotros mismos además ante la responsabilidad de inventar y elaborar realidades para otros.
Y aquí está el peligro. Los acontecimientos del constructivismo han posibilitado la elaboración deseable en alto grado de nuevas y eficaces formas terpéuticas, pero presenta también la posibilidad de que se abuse de ellas. La promoción y la propaganda son dos ejemplos particularmente feos. Ambas procuran bastante conscientemente suscitar actitudes, suposiciones, prejuicios, etc. cuya realización  parece luego natural y lógica. En efecto, gracias a este lavado de cerebro se verá el mundo "así" y por lo tanto el mundo es así. En la novela Mil novecientos ochenta y cuatro este lenguaje de la propaganda, creador de realidades, se llama Newspeak, y Orwell explica que ese lenguaje "hace imposible todas las otras formas de pensar".

 Fotograma del film 1984 de Michael Radford (1984)

En un comentario acerca de un conjunto de ensayos recientemente publicados en Londres sobre la censura de la Republica Popular de Polonia, Daniel Weiss escribe lo siguiente sobre la magia del lenguaje:

Considérese, por ejemplo, la característica profusión de adjetivos en el "nuevo lenguaje": todo desarrollo ya es "dinámico", toda sesión plenaria del Partido es "histórica", toda masa es "trabajadora". El sobrio teórico de la información no puede ver en esta inflación de epítetos vacíos de sentido y automatismos más que una redundancia. Al ser escuchada repetidamente, esta mecánica cobra empero el carácter de conjuro: la palabra hablada ya no es más portadora de información sino que sirve para fines mágicos.

En definitiva, entonces el mundo es así. Cómo se hace esto es algo que ya sabía Joseph Goebbels cuando, por ejemplo, el 25 de marzo de 1933 dio instrucciones a los directores de la radio alemana:

Este es el secreto de la propaganda: aquel a quien va dirigida la propaganda debe quedar saturado de las ideas de la propaganda sin que advierta que es penetrado por ellas. Desde luego, la propaganda tiene un propósito, pero ese propósito tiene que ser ocultado tan inteligente y virtuosamente que aquel a quien se refiere este propoósito no lo advierta en modo alguno.

En esta necesidad de ocultar el propósito está empero la posibilidad de superarlo. Como ya vimos, la realidad inventada llega a ser realidad "verdadera" sólo cuando se cree en el invento. Cuando falta el elemento de la creencia, del ciego convencimiento, dicha realidad es ineficaz. Con la mejor comprensión de la naturaleza de las profecías que se autocumplen aumenta nuestra capacidad de trascenderlas. La profecía de la cual sabemos que es solo una profecía, ya no puede autocumplirse. Siempre está la posibilidad de elegir otra cosa y la posibilidad de infringirla. Que nosotros veamos y aprovechemos la posibilidad es ciertamente harina de otro costal. Importante es aquí una comprobación que procede de un dominio aparentemente muy alejado, la teoría matemática de los juegos. Ya en sus Observaciones sobre los fundamentos de la matemática, Wittgenstein llamaba la atención sobre el hecho de que en ciertos juegos se puede ganar con un sencillo ardid. Apenas alguien nos hace notar la existencia de este ardid, no necesitamos seguir jugando ingenuamente (y perdiendo). Basándose en estas consideraciones, el teórico del juego Howard formula su axioma existencialista según el cual aquel "que cobra conciencia de una teoría relativa a su conducta ya no está más sometido a ella, sino que tiene la libertad de pasar por encima de ella. En otro pasaje este autor declara:

Al tomar una decisión consciente siempre tiene uno la libertad de infringir su anterior teoría relativa a su propia conducta. Se podría decir también que uno siempre puede "trascender" esa teoría. Este supuesto parece enteramente realista. Dentro del marco de las teorías de las ciencias sociales, creemos, por ejemplo, que la teoría marxista por lo menos en parte naufragó porque ciertos miembros de la clase dominante que adquirieron conciencia de la teoría comprendieron que era de su mejor interés infringirla.

Y casi cien años antes de Howard el hombre de la resistencia de Dostoyevski escribe en sus Memorias del subsuelo:

En realidad, si alguna vez se llegase a descubrir la fórmula de todos nuestros deseos y caprichos, una fórmula que explicara además sus causas, leyes que los rigen, forma en que se desarrollan, fines a que en tal y tal caso propenden y así sucesivamente hasta hallar una verdadera fórmula matemática, entonces sí que podría ocurrir que el hombre dejase de desear y hasta seguro que eso sucedería. ¿Qué placer habría en desear por orden ajena? Y, además, ¿por qué habría de transformarse el hombre en trompeta de órgano o algo por el estilo?

Pero, aun si alcanzáramos esa matetización de nuestra vida, en modo alguno se comprendería la complejidad de nuestra existencia. La más hermosa teoría es impotente frente a la antiteoría; el cumplimiento de las más correcta profecía puede destruirse si conocemos de antemano el resultado. Para Dostoyevsky la esencia del ser humano es mucho más:
Sólo que también el argumento del hombre del subsuelo podría ser una profecía que se autocumple.



Lecturas:

Paul Watzlawick y otros, La realidad inventada. Editorial Gedisa 2010


Hay un cuento de Gabriel García Marquez titulado "Algo muy grabe va a suceder en este pueblo"  que suele utilizarse como modelo ficticio para ejemplificar la profecia autocumplida. Puede leerse AQUÍ 


Entradas relacionadas:

El lado oscuro dela mente

La mente creadora

Inteligencia libre


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viernes, 8 de enero de 2016

Sucumbir a la belleza


La enigmática pintura Venus y Cupido realizada en 1540 por el veneciano Lorenzo Lotto, contiene todos los ingredientes representativos del manierismo italiano. Dentro de este estilo artistico de las postrimerías del Renacimiento, surgieron composiciones con alegorías moralizantes altamente rebuscadas, cuya artificiosidad en ocasiones han sido consideradas como extravagantes. Arte dirigido a un público erudito y elitista de los ambientes cortesanos a quienes se invitaba, como en un juego, a intentar desentrañar el mensaje oculto poniendo a prueba su ingenio. La difícil lectura de estas obra ha tenido como resultado que las interpretaciones de muchas de ellas por parte de los investigadores revelen significados diferentes. La que a continuación se propone sobre la pintura de Lotto, descubre la clave de su sentido final en un elemento aparentemente insignificante que, después de un recorrido por otras obras de arte, revelará en la conclusión de su estudio.



(Lorenzo Lotto) De amore
por
Jesús María de Zárate


Lorenzo Lotto, Venus y Cupido (1540)


Pintura de difícil estudio iconográfico es la titulada Venus y Cupido que hacia 1540 realizara Lorenzo Lotto establecido en la ciudad de Venecia y que se conserva en el Metropolitan Museum of Art de New York gracias a la donación de Mrs. Charles Wrightsman en 1986. Pirovano comenta la pintura en su descripción considerando sorprendentes los elementos que la configuran, lo que entiende como dificultosa simbología: «de las rosas deshojadas a la serpiente, desde el bastoncillo a la caracola, de la hiedra hasta el cupido que irrespetuoso orina a través de la corona de mirto que se mantiene por el incienso que arde, compone un verdadero y propio epitalamio de explicitas alusiones sexuales, alegre y bienaventurado, invención alegre hasta lo grotesco, una vez mas contracorriente, casi irreverente» (2002:120). Y es así, pues son variados los elementos semánticos que el artista nos ofrece. Observamos nuevamente la corona de mirto en la figura de Cupido que ya consideramos como «corona nupcial».


    Cupido, coronado, se encuentra orinando. La micción se dirige hacia el sexo de Venus. Un detalle llama la atención: otra corona de mirto sostiene en su mano a la vez que Venus la toma mediante un lazo. Con ello se establece la idea que vamos comentando sobre la unión amorosa, unión que se manifiesta, por otra parte, entre el sexo de ambos a través de la orina de Cupido, aspecto de complicada lectura y que quizás pudiera responder a la llamada «lluvia dorada», es decir, cierto tipo de fetichismo donde la orina se convierte en motivo de placer y satisfacción sexual. Se trataría de la urofilia.
No obstante, Cupido orinando tiene precedentes iconográficos tales como el caso de la plancha abierta por Alaert du Hamel (imagen izquierda) donde esta acción, también protagonizada por Cupido, se dispone junto a unos amantes y rodeado de cepas con abundantes racimos, imagen de la fecundidad. Con el mismo propósito se observa un Cupido orinando en el argumento de Tiziano sobre la Bacanal de los Andrios conservada en el Museo del Prado y en Francesco Albiani y su Flora con putti en referencia a la abundancia y fecundidad primaveral (Roma, Galleria Nazionale D’Arte Antica Di Palazzo Barberini).

 Tiziano, Bacanal de los Andrios,1523 (detalle)

Estas relaciones semánticas que establecemos no resultan extrañas. Se ha explicado por parte de Lucia Impelluso que la pintura responde a unos esponsales, aspecto a no desdeñar si seguimos las fuentes antiguas. Pirovano precisa sobre la composición, siguiendo a Christiansen, que posiblemente se trata de un regalo matrimonial.
Siguiendo en los detalles (ver imagen derecha), por el árbol al que se une la hiedra se puede entender tal consideración pero en un sentido muy concreto. Los tratadistas en emblemas consideran, por la unión de la hiedra y el árbol, entre otros conceptos, la muerte, pues aquella ocasiona su final.
  Juan de Horozco relaciona la hiedra con la mala mujer, la prostituta, que procura la destrucción del hombre: «[...] a la comparación con la yedra ninguna cosa puede ser en el mundo más propia, pues todos ven de la manera que gasta la virtud, y consume del todo a cualquier árbol que se deja acompañar de ella, por grande y crecido que sea» (l. III, emb. XIV).

Andrea Mantegna, Sansón y Dalila (s. XV)

Detalle de Sansón y Dalila
Mantegna dispone el árbol con la cepa para explicar similar intención, leemos en el tronco: «FOEMINA / DIABOLO TRIBUS / ASSIBUS EST / MALA PEIOR» [Una mala mujer es tres veces peor que el diablo]. En consecuencia, esta composición puede ser entendida como imagen del enamorado, pero de un enamorado muy distinto que desea, como veremos, «morir de amor». (...)

En la pintura se manifiestan otros elementos que nos invitan a detenernos. Venus parece presentar un leve pronunciamiento de su vientre, un embarazo. El escarabajo y la serpiente que se disponen en la composición se pueden relacionar con este asunto.
 El ofidio explica la fecundidad ya que penetra en la tierra; también la eterna juventud por sus cambios de piel, es decir, una perpetua edad de oro en el amor. (...)

El escarabajo se dispone bajo el pétalo de la rosa (imagen izquierda). Por el coleóptero se puede precisar la imagen del varón, del unigénito y, por lo mismo, entender el fruto de la unión que entre los esposos se espera, es decir, el primer nacimiento y, como no era extraño en la época, se deseaba fuera varón. Horapolo nos dice: «Cuando quieren representar unigénito, nacimiento, padre, universo o varón, pintan un escarabajo [...] unigénito porque el animal nace de sí mismo... varón porque no tienen género femenino» (1991: 68). Volvemos otra vez a Eliano por cuanto en él podemos encontrar otros sentidos a la figuración que vamos considerando. El tratadista nos habla del escarabajo para precisar: «Si alguien derrama perfume sobre escarabajos, que son animales malolientes, éstos no pueden soportar la fragancia, sino que mueren» (I,38). En su libro IV añade: «Se mata a un escarabajo echándole encima rosas» (IV,18).
Picinelli, en su Mundus Symbolicus, recoge esta idea en su tratado para decirnos que así como la paloma disfruta y toma fuerzas con la suavidad del perfume de las rosas, para el escarabajo aquel se convierte en arma mortífera y por esto, señala, lo pintaron cerca de una rosa con el mote «Suavis effugat odor» [lo ahuyenta el olor suave] (VII,IX).
Con anterioridad, en las Divisas de Claudio Paradine (Lyon 1551), se presenta al escarabajo muerto en el centro de una rosa con el mote «Turpibus exitium» [repugnante destrucción] (imagen derecha), señalando así a quienes viven solamente para la lujuria (1567: 228). La estampa de Joris Hoefnagel de 1598 en la que observamos a un putto con la calavera en su mano junto a unas rosas, habla de la vida y la muerte, de lo pasajero y efímero de la existencia; rodeando este tipo iconográfico de la emblemática se dan cita una secuencia de animales, entre ellos el escarabajo huyendo de la rosa.

 Joris Hoefnagel, Alegoría de la vida y de la muerte (1598)


Esta composición fue muy repetida en la literatura emblemática como apreciamos en los ejemplos de Whitney ( A Choice of Emblemes, Leiden, 1586), también Joachim Camerarius ( Symbolurum et Emblematum . III. 1597) y Sebastián de Covarrubias, entre otros, pues en su Tesoro de la lengua castellana (1610), señala: «el escarabajo en medio de una rosa significa la virtud del varón enervada y atenuada por los deleites: así por el olor de la rosa cae repentinamente muerto este animalillo al suelo». No hemos de olvidar que la rosa es la flor de Venus. Ripa propone la corona de rosas como alegoría del Encanto ya que es la flor de Afrodita. En su comentario sobre el Juicio de París nos dice que tanto Minerva como Juno se pusieron la citada corona de rosas y se vieron bellas, pero cuando descansó en la cabeza de Venus quedaron asombradas de tanta hermosura, añade:

«[...] la rosa, por el encanto que posee, es reina de las flores, adorno de la tierra, esplendor de las plantas y florido ojo que inspira amor y concilia las delicias de Venus entre los amantes» (Encanto).

 Dante Gabriel Rossetti, Venus Verticordia ("la que transforma los corazones") 1868


Así, la rosa, junto al mirto, se convierte en el tradicional atributo de Venus pues resume la suprema belleza. Es por lo tanto la rosa expresión de Venus, imagen de la belleza y del amor; toma su precedente en la Antigüedad clásica como lo observamos en Ovidio (Fastos IV, 138). A modo de ejemplo podemos reparar en el citado texto Imágenes de Filostrato.


 Baco y Ariadna en un grabado del siglo XVII inspirado en el texto cásico "Imágenes..." de Filostrato.


El tratadista, considerando el amor entre Baco y Ariadna, nos dice: «[...] aquí, Dionisio sólo está representado por su amor [...] Dioniso se ha echado encima un manto de púrpura y ha puesto rosas en su cabellos para acercarse a Ariadna, ebrio de amor, como dice el poeta de Teos de quienes han sido vencidos por la pasión amorosa» (I,15). En consecuencia, que el pétalo de rosa repose sobre el escarabajo se ajusta a la lectura propuesta por Eliano y explica el sentido final de la pintura: morir ante el oloroso perfume del amor, sucumbir a la belleza.


Lecturas:

Jesús María de Zárate, Lorenzo Lotto. De amore. IMAGO. Revista de emblemática y cultura visual (nº 5, 2013) pp.  47-69


Entradas relacionadas:

Anatomía de la Lujuria


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domingo, 27 de diciembre de 2015

¿Qué nos dicen las piedras?


Joaquín Reyes, "Realidad a la piedra", 2013


Las piedras -por excelencia las piedras duras-, continúan hablando a los que quieren oírlas. Hablan a cada cual un lenguaje a su medida.

André Breton, La lengua de las piedras



Joaquín Reyes, guionista y actor en delirantes programas televisivos como "Muchachada Nuy", "Museo Coconut" y "Viaje a Lilifor" tiene también una faceta como humorista gráfico que ha dado como resultado algunos títulos publicados entre los que encontramos "Realidad a la piedra", del que dejaré aquí algunas de sus viñetas. 
Como dijera el ideólogo del surrealismo André Breton, las piedras -al igual que todo lo que forma parte de la naturaleza y nuestro entorno podríamos añadir- hablan a cada cual en función de la particular capacidad que tenga para oirlas. En el caso del autor que nos ocupa, todo lo que le dicen las piedras no es captado por su sentido del oído, sino por su imaginativo sentido del humor. Es desde esa particular clave -saludable para observar la realidad del mundo y la propia de tanto en tanto- con la que Fragmentalia se despide por este año, enviando así mismo los mejores deseos para el 2016 a todos sus lectores y amigos.


Realidad a la piedra
(selección de viñetas)
por
Joaquín Reyes




















Lecturas: 

Joaquín Reyes, Realidad a la piedra, Random House Mondadori 2013


Entradas relacionadas:

Hablan las Piedras

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miércoles, 16 de diciembre de 2015

El poder de los sultanes


El sultán otomano Mehmed IV escoltado por dos jenízaros


"Eran particularmente imponentes las procesiones celebradas en ocasión de la circuncisión del joven príncipe. El muftí iba a la cabeza del desfile, sentado en un alto tabernáculo a lomos de un camello, e iba leyendo un Corán que llevaba en la mano; (...) Tras impartir sus bendiciones, hacer votos, prodigar felicitaciones y formular auspicios, el muftí descendía de lo alto de su acastillada cabalgadura para ir a colocar sus ofrendas a los pies del soberano mientras todos se postraban ante el Gran Turco, Representante de Dios en la Tierra, Sombra de Alá, Hermano del Sol y de la Luna, Rey de Reyes, Señor de las Coronas, Amo de este tiempo y Pavón del Mundo".

Gianni Guadalupi, Otomanos en Palacio.




Un interesante y bello manuscrito del siglo XVII alojado en la Biblioteca Nacional de Austria despierta mi curiosidad bibliófila. En el se da cuenta de la tradición en la corte otomana de atribuir un origen ilustre y mítico a sus monarcas a través de tablas genealógicas, algo común en la propaganda ideológica y política tanto en realezas orientales como occidentales dirigida a legitimar su poder. La autoría  del texto de esta obra titulada Subhat-al-ahbar (árbol genealógico), es atribuida al derviche Mahûd ibn Ramadân, los retratos miniados y motivos decorativos fueron pintados por Hasan de Estambul.



Mahmûd ibn Ramadân, árbol genealógico
por
Solveig Rumpf-Dorner
(Biblioteca Nacional de Austria)



Orhan, Murad I, Bayezid I y Mehmed I
Al igual que muchos potentados europeos de la Antigüedad, la Edad Media y la Edad Moderna, los otomanos intentaron demostrar mediante tablas genealógicas que su dinastía descendía de nobles y de renombrados señores o que tenía incluso un origen divino para fundamentar (y legitimar) así su derecho al poder. Según la leyenda, el mítico príncipe Oghuz, imperioso  señor de los oguzos, descendía en línea directa de Jafet, hijo de Noé, y a su vez Ertugral, padre del primer sultán otomano y patriarca de la tribu turca, pertenecía al pueblo de los oguzos. Con ello quedaba demostrado que la casa de Osmán era de ilustre alcurnia, comparable al menos con la de otros clanes como el de los descendientes de Gengis Khan.
De esta forma surgió una larga serie de tablas genealógicas, algunas de ellas en forma de libro y otras en forma de rollo, que, partiendo  de Adán y Eva, no sólo recogían el origen familiar de los sultanes turcos, sino también el de muchos otros linajes árabes, persas y turcos. Muchas de esas tablas genealógicas no están iluminadas y "sólo" presentan medallones de texto con los nombres, en su mayoría bellamente caligrafiados; otras están decoradas con miniaturas de los miembros más importantes de la familia, como es el caso de este magnífico manuscrito del siglo XVII.
Entre los personajes protagonistas se cuentan los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento, así como otras figuras del Nuevo Testamento, de los que el Corán dice: "(Abraham) recibió de nosotros a Isaac y a Jacob, y ambos fueron guiados por nosotros, como antes dirigimos a Noé y a sus descendientes, a David, Salomón, Job, José, Moisés y Aarón;... y también a Zacarías, Juan, Jesús, Elías, todos ellos hombres justos... Ésta es la mano de Alá, con la que Él guía a los siervos que le agradan" (Sura 6, 85-89).

 Mahoma con el rostro cubierto por un velo

En este árbol genealógico otomano se recogen miniaturas y medallones con los nombres de todos esos seres "bíblicos", así como imágenes de Mahoma, el ultimo y mayor profeta del Islam, a quien se representa tradicionalmente con velo, e incluso de Alejandro Magno, héroe legendario que también está mencionado en el Corán (fol. 8r). Los textos narran las leyendas de los personajes míticos o las biografías de los personajes históricos.

Arriba Adán y Eva; debajo a la izquierda Abb al Harith, quien según la leyenda islámica era hijo suyo, y debajo de él Gayumard, patriarca de la renombrada dinastía persa. A la derecha Abel; debajo Caín. En los medallones del centro  se menciona a Set y a todos los descendientes.

El manuscrito sólo contiene la representación de una mujer en una miniatura de Eva (imagen de arriba). La figura de María, como se conoce en otros árboles genealógicos otomanos (Biblioteca Nacional de Austria, cod. A. F. 17), no tiene cabida aquí, si bien el códice le reserva un pequeño medallón junto a la miniatura de Jesús, con la inscripción "Jesus, el hijo de María" (imagen de abajo). Otros medallones dorados contienen los nombres de las hijas del profeta Mahoma.

 A la izquierda Alejandro Magno y Jesús; a la derecha, Zacarías y Juan el Bautista

La forma de representación de las distintas figuras sigue determinados modelos de los profetas con resplandecientes nimbos dorados, Mahoma y sus descendientes directos con turbante verde, los reyes persas por lo general como guerreros con guardabrazos y armas (fol. 5r), y Caín el fratricida caracterizado como adorador del fuego. Los tipos y los atributos de los personajes "bíblicos" presentan además ciertos paralelismos con las caracterizaciones cristianas habituales: Jesús con barba, cabello largo, una sencilla túnica y un libro en las manos; Noé tiene un atril con un Corán ante sí y al fondo se ve el Arca.

 Noé leyendo el Corán (fol. 5 r.)

Este árbol genealógico se encargó seguramente al derviche Mahmûd ibn Ramadân, quien lo dedicó al sultán Suleimán el magnífico (m. 1566). En esta copia se llega hasta el monarca Mehmet IV (derrocado en 1687). Las últimas páginas del manuscrito muestran de dos a cuatro medallones grandes cada una con retratos de sultanes otomanos, en la última hoja, escondidad a los pies del trono del sultán Mehmet IV, aparece la firma del artista: Hasan de Estambul.


Datos del manuscrito:

EXTENSIÓN: 17 hojas de papel oriental.
TAMAÑO: 300 x 185 mm.
ECUADERNACIÓN: turca del siglo XVII en piel de cabra marrón con medallón gofrado en oro.
AUTOR: Mahmûd ibn Ramadán (siglo XVI)
MATERIAS: Subhat-al-ahbar (árbol genealógico)
IDIOMA: turco.
MINIATURISTA: Hasan al-Istanbuli (siglo XVII).
ORNAMENTACIÓN: títulos en viñetas, 102 miniaturas con retratos, medallones de nombres, fondo con motivos florales en dorado, orlas, motivos caligráficos, representaciones de animales y plantas a página entera.
PROPIETARIOS ANTERIORES: el manuscrito llegó a manos del prícipe Eugenio de Saboya (1663-1736) en calidad de botín de las guerras turcas; desde 1737 está documentado en la Biblioteca de la corte.
SIGNATURA: Viena, ÖNB, cod. A. F. 50. 

Caín como adorador del fuego (detalle del Fol. 4v)


Lecturas:

Varios autores, Las Bíblias más bellas. Taschen 25 aniversario

Gianni Guadalupi, Otomanos en Palacio, Revista FMR edición española pags. 84-96


Otras entradas sobre manuscritos:


La Hagadá de Barcelona

Imágenes del Apocalipsis

Laberintos literarios

Opicinus de Calistris y la pulsión creativa

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lunes, 7 de diciembre de 2015

Nosotros, los Zombis

Apertura de puertas de un centro comercial en el  "Viernes Negro" (Black Friday)


Sí, el mundo de los monstruos está con nosotros. Nos persigue; forma, acaso, las raíces más profundas de nuestra civilizaciónl. Más aún, nos es consustancial. Nos atreveríamos a decir que, el Mare Tenebrarum (Mar Tenebroso), lo llevamos todos dentro del alma… O, aún más, si queréis: el monstruo somos nosotros mismos.

Guillermo Diaz-Plaja, Los monstruos y otras literaturas 


 
Un artículo aparecido hace unos días en la Revista Sans Soleil dentro de los estudios de la cultura visual, se presenta también como una critica a la sociedad contemporánea de consumo. Dentro de la línea de investigación trazada por anteriores analistas, que encuentran en los monstruos de la literatura y el cine fantástico una respuesta a las angustias del imaginario colectivo provocadas por el clima social de cada época, para el joven investigador Ferrer Ventosa actualmente estarían proyectándose en la gran proliferación de secuelas, tanto de la gran pantalla como de tv, donde los zombis se erigen como protagonistas del momento.
 

Nosotros los zombis
El monstruo en la era del capitalismo avanzado
(Fragmentos)
por
  Roger Ferrer Ventosa
(Universitat de Girona)



Si hay una figura que ha encarnado en la representación artística a la monstruosidad durante el tardocapitalismo social y el posmodernismo cultural ha sido el zombi. Desde finales de los años setenta ha servido como metáfora de las condiciones de vida y de los temores sociales. Para ilustrar la tesis principal del presente estudio se comentarán algunas películas que servirán para evidenciar la condición del muerto viviente de monstruo idiosincrásico del momento. (...)

En expresión del teórico Robin Wood, las películas de terror constituyen pesadillas colectivas. Por ello, si en Frankenstein asomaba lo que el cientificismo de principios del XIX temía de su propio código de conocimiento, en Drácula se escenificaban las pulsiones ocultas de la sociedad victoriana, o el cine de psicópatas se incardinaba en la atmósfera paranoica del neoconservadurismo estadounidense reaganiano (con un imaginario marcado por el SIDA, en el que presionaban sectores radicales que tomaban la enfermedad por una venganza divina lista para castigar a los pecaminosos), en el zombi se hallan esbozadas las peculiaridades de la humanidad durante la era del tardocapitalismo caracterizado por la sociedad de consumo, la desregulación de los mercados, la globalización, la degradación de lo comunitario auspiciado por los valores del nuevo sistema, entre otros rasgos definitorios.
¿Qué nos está recordando el muerto viviente en su reinado en el imaginario terrorífico presente? Como cualquier mito cultural con potencia de significación, el fenómeno resulta ambiguo e incluso contradictorio. Para que un mito opere con verdadera fuerza ha de apelar a tendencias opuestas y crear tensión dentro de cada receptor –de gran riqueza, el mito ha de ser ambiguo–. En esta operatividad de impulsos de polaridad opuesta que crean tensión, el zombi interpreta simultáneamente como mínimo dos papeles antagónicos: interviene como el Otro pero también como yo, chivo expiatorio de lo que no queremos aceptar de la condición humana en el capitalismo avanzado y al mismo tiempo encarnación del tipo humano que genera. (...)



En el zombi se critica al ciudadano contemporáneo, abúlico consumidor comprando al dictado de la publicidad, dispuesto a satisfacer su ansia de goce como sea, a sumergirse con gusto en la gratificación instantánea, en la promesa de deseo ilimitado ofrecido por el capitalismo; ahora bien, ¿no está cualquiera infectado por ese veneno? Por otro lado, los muertos vivientes más interesantes narrativamente son aquellos lentos, vacilantes, sin apenas fuerza ni inteligencia, no obstante, ¿cómo pueden hacerse ellos con el mundo? Su victoria constituye una impugnación a las teorías darwinianas: al final serán los más ineptos, humanos podridos, los que se harán con la Tierra. Y no precisamente por su mejor adaptación al medio. El muerto viviente es el consumista pero al mismo tiempo el consumista prototípico aspira a ganar el derecho a una personalidad diferenciada y chic comprando ciertos productos que, estima, le conferirán estatus de individualidad. Con ellos está persuadido de separarse del resto. Cuanto más individual cree ser, más fundamentalmente masa es.

 Día de rebajas en artículos exclusivos de primeras marcas


Mientras los dispositivos narrativos primarios de los filmes del subgénero buscan la identificación con los pocos humanos supervivientes del holocausto zombi, en realidad el espejo deformante de la pantalla retrata a casi todos como el Otro espantoso. Cuanto más lejos cree estar el público de la horda sin voluntad de no-muertos, más próximo se halla inconscientemente. En el descerebrado vacilante se ponen de manifiesto los pecados de la conformidad con las directrices del superior jerárquico a cambio de los brillantes objetos de consumo. Los gruñidos del zombi o su andar de severa embriaguez etílica constituyen un mudo reproche a la corriente principal de la humanidad presente: “Yo soy tú. Así somos en la sociedad de consumo”, podría decirnos el zombi si no se hubieran descompuesto sus cuerdas vocales. De esta manera, los zombis activan la identificación del espectador y pasan a ser el monstruo del momento por su fuerza para simbolizar el tópico exagerado del consumista en su grado extremo; representan un papel social intuido por sus espectadores: el de ellos mismos (nosotros mismos) como base del sistema político y económico; cualquiera actúa como un zombi que ha de devorar comida, espectáculos, diversiones, fetiches si quiere seguir viviendo, un imperativo en el sistema económico actual. Si no hay consumo, la rueda se para. Así, el peso moral sobre los ciudadanos sufre otra vuelta de tuerca. Finalmente, el consumidor es consumido por esa rueda insaciable, tal y como evidencian las alegorías político-sociales rodadas por George A. Romero, que, como veremos, juegan con el nivel metafórico del monstruo.

 Fotograma de La noche de los muertos vivientes


Aunque la analogía no fue tan clara al inicio de la nueva forma de entender el zombi nacida con La noche de los muertos vivientes (Night of the Living Dead, George A. Romero, 1968), ahora ya ha pasado a ser un cliché, hecho explícito en películas, ensayos o en la literatura fantástica del subgénero, como en David Moody: “Hasta los cadáveres que se tambaleaban por las calles tenían esa mañana cierto parecido circunstancial con las hordas de consumidores que, menos de una semana antes, habían recorrido las mismas calles en busca de una terapia consumista”. Muchas de las tramas que expondremos ponen sobre el tapete esa cuestión. De hecho, los primeros clásicos fílmicos de zombis presentaban ya analogías entre la sociedad de su momento y la ficción. Las condiciones laborales se presentaban de forma más o menos explicita en Yo anduve con un zombie (I Walked with a Zombie, Jacques Tourneur, 1943) o en La legión de los muertos sin alma (White Zombie, Victor Halperin, 1932), especialmente en esta última. En  White Zombie, el clásico de los años treinta de Halperlin, los dominados por el poder hipnótico y los brebajes de un hechicero de vudú (interpretado por Bela Lugosi) caían bajo su dominio mental, para convertirse en mano de obra ya no barata sino gratuita, seres humanos sin voluntad que trabajaban de noche refinando azúcar.

 Bega Lugosi como hechicero en White Zombie (1932)


El déspota de la plantación donde están esclavizados los zombis está orgulloso porque sus operarios le son fieles y no piden cobrar las horas extras: el muerto viviente como trabajador ideal para patronales desaforadas.
La figura putrefacta del muerto resurrecto que deambula en los filmes desde los años setenta no se aleja en cuanto a su representación de lo que se ve una madrugada de día laboral en un barrio de trabajadores.
En una producción británica, Zombies party (Shaun of the dead, Edward Wright, 2004), se aprovechan recursos cinematográficos para subrayar la comparación. Su director proyecta una mirada socarrona hacia la Inglaterra de principios del siglo XXI. En cuanto a su sentido del humor, Shaun of the dead opta más por la guasa que por el sarcasmo cínico; eso no obsta para que se compare con un zombi a todo aquel que forma parte del entramado social de la Inglaterra postatcheriana, desde los compradores y vendedores de un supermercado hasta los que pasan horas y más horas de su existencia en disputas escolásticas sobre el balompié o castigando a sus pulgares en sesiones interminables de juegos con sus videoconsolas. La película comienza con una sinfonía de ciudad en versión posmoderna en que cada imagen pasa a ser un tratado de los elementos que configuran la cotidianidad en una gran metrópolis europea: el supermercado de barrio, los autobuses, los trabajos en sucursales de las grandes empresas frecuentemente multinacionales con sus impersonales escenarios... (clica AQUÍ para ver el vídeo) Por ahí pululan unos personajes aún vivos pero que se comportan según la iconografía establecida por Romero de los muertos vivientes: el caminar lento e inseguro, la mirada vacía, la voluntad borrada. Nosotros, los zombis.

Fotograma de Shaun of the dead, Edward Wright, 2004


Lecturas:

Roger Ferrer VentosaNosotros los zombis (El monstruo en la era del capitalismo avanzado). Revista Sans Soleil,  volumen 7. Los interesados pueden leer el artículo completo AQUÍ



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viernes, 27 de noviembre de 2015

Nostalgia del Absoluto y modas culturales


Diseño inspirado en las cartas astrales


Uno de los aspectos fascinantes de la "moda cultural" es que no importa si los hechos en cuestión y su interpretación son verdaderos o no. Ningún tipo o cantidad de crítica puede destruir una moda. Hay algo de "religioso" en su impermeabilidad a la crítica, aun cuando sea una manera sectaria y estrecha. Pero incluso más allá de ese aspecto general, algunas modas culturales son muy importantes para el historiador de las religiones. Su popularidad, especialmente entre la intelligenstia, revela algo de las insatisfacciones, pulsiones y nostalgias del hombre occidental.

Mircea Eliade, Las modas culturales y la historia de las religiones



En Nostalgia del absoluto (Siruela 2001), se reunen una serie de cinco conferencias emitidas por la radio canadiense en 1974 donde George Steiner (París 1929), hace un repaso de las nuevas tendencias culturales con gran impacto social en Occidente surgidas tras la gradual pérdida de influencia de la religión teologicamente sistematizada de la Iglesia. Según nuestro autor, ese vacío moral y emocional dejado daría paso a "mitologías sustitutivas", en concreto las aportadas por la filosofía política de Marx, el psicoanálisis de Freud y la antropología estructural de Claude Lévi-Strauss, intentando erigirse en “teo-logías sustitutivas”, en visiones con pretensión de totalidad, aptas para satisfacer el hambre de mitos y de certezas consustancial a la condición humana. La última de sus conferencias, de la que a continuación dejo unos fragmentos, la dedicó al relativismo y la multiculturalidad cuyas consecuencias produjeron fenómenos sociales como el interés por los cultos orientales y la popularización de la astrología, el ocultismo, la ufología, la new age, todo ello dentro del creciente infantilismo de una sociedad materialmente opulenta. La contundente e irónica crítica desde una perspectiva con claros sesgos racionalistas encuentro que puede ser matizable y cuestionada, pero en gran parte resulta lúcida y con mucho sentido.




Los hombrecillos verdes
(fragmentos)
por
George Steiner


(...) Los cultos de la insensatez, las histerias organizadas, el oscurantismo, que se ha convertido en un rasgo tan importante de la sensibilidad y la conducta occidental durante estas décadas pasadas, son cómicos y a menudo triviales hasta cierto punto; pero  representan una ausencia de madurez y una autodegradación que son, en esencia, trágicas.
Carta astral
Los fenómenos en los que pienso son tan amplios, tan diversos e interrelacionados que es casi imposible en el espacio que disponemos ofrecer algo más que unas pocas indicaciones taquigráficas. Pero el hecho general es claro: en términos de dinero y de gasto, del número de hombres y mujeres implicados en mayor o menor grado, en términos de la literatura generada y de las ramificaciones institucionales, nuestro clima piscológico y social es el más infectado por la superstición y el irracionalismo de todo tipo desde el declinar de la Edad Media y, quizás, desde la crisis del mundo helenístico. (...)
La estadística, ciertamente provisional, nos dice que la astrología es ahora un negocio que mueve algo así como veinticinco millones de dólares al año en las sociedades industriales occidentales. (...) La literatura astrológica inunda puestos de libros; sólo en unos pocos periódicos de calidad no aparece actualmente una columna astrológica diaria o semanal. Las revistas, de las más infames a las más elegantes, publican sus horóscopos semanal o mensualmente. Haciendo un cálculo aproximado, el número de astrólogos en los Estados Unidos es el triple del número total de hombres y mujeres inscritos en el colegio profesional de física y química. (...)
Revista Más Allá
Subamos ahora por la escala de la necedad y lleguemos hasta lo astral o lo galáctico. Objetos voladores no identificados han sido observados en grupos iluminados girando, cerniéndose sobre el planeta Tierra. Sobrios pilotos han consignado avistamientos desde sus aviones en las profundidades del cielo. Platillos aerodinámicos han dado amable caza a automóviles que se apresuraban al hogar por las carreteras de Arizona o Nueva Gales del Sur. Pero esto son naderías. Los ovnis han aterrizado, han dejado marcas de quemaduras con forma de huevo y la hierva aplastada. En cierto número de casos, seres extraños pero benignos han salido y se han llevado a los terrícolas en breve custodia. Han expresado sentimientos consoladores o de advertencia sobre el futuro del hombre, su destino político, su salvación ecológica. Han colaborado con ciertos individuos humanos dotados, concediéndoles poderes de clarividencia y acción psicocinéttica (así al menos lo asegura el biógrafo de Uri Geller). (...)
El término "astral" se relaciona con una segunda clase de farsa. Lo oculto es ahora una vasta industria con subdivisiones múltiples. Fenómenos psíquicos, psicocinéticos, telepáticos, son estudiados con la mayor severidad. Clarividentes de todo tipo, que van desde la señora de las hojas de té del parque de atracciones a grafólogos, quiromantes, geomantes y echadores de cartas del Tarot. (...)
Se ha erigido todo un edificio de pseudociencia sobre los cimientos de ciertas anomalías indudablemente interesantes de la percepción humana y de las leyes de la estadística, que no son, por supuesto, leyes en ningún sentido irrevocable y trascendentalmente determinsta. A coincidencias, muchas de ellas totalmente inverificables, se les asigna un peso misterioso. Repeticiones, o grupos aparentemente anómalos en lo que debería ser solamente una serie de sucesos fortuitos -la carta acertada que se vuelve hacia arriba, una adivinación mejor que el promedio de los símbolos ocultados, etc.-, todo esto se cita como evidencia de una visión animista u oculta del universo. Sin saberlo él mismo, pero de forma plenamente familiar a los adeptos de la Rosacruz, el Golden Lotus, o los Atlantes Ocultos, el hombre moderno está enredado en una red de fuerzas psíquicas. Hay inversiones o sincronismos del tiempo en los que pasado, presente y futuro se superponen. Las presencias astrales serán manifiestas; el dado mostrará  siempre el seis; el número de la licencia de tu perro es tres veces el cubo partido por dos del número de teléfono del ser amado. Los constructores de las pirámides sabían, Nostradamus sabía, Madame Blavatsky sabía el secreto a Willie Yeats. Mande a recoger gratis el folleto informativo. (...)
La basura satánica se expande ahora en libros, revistas, películas, sesiones de espiritismo, o en la pornografía homicida que sigue a acontecimientos tales como los asesinatos de Manson. La afirmación de que los agentes malignos están ahí fuera y deben ser calmados es una explotación deliberada de los miedos y las miserias humanas. Recuerden que en la magia hay siempre un chantaje.

 Escultura en el "Templo Satánico" de Detroit


La tercera de las esferas de la insensatez es lo que podría ser denominado "orientalismo". El tema no es nuevo en absoluto. El recurso a la sabiduría de Oriente es habitual en el sentimiento occidental desde el tiempo de los cultos mistéricos griegos hasta la francmasonería. Registra un dramático movimiento ascendente durante la última década del siglo XIX. Inspira la obra de Hermann Hesse, de C. G. Jung y, al menos en cierta medida, de T. S. Eliot. Desde la Segunda Guerra Mundial, se ha convertido en una verdadera plaga.
Los chicos de las flores dirigieron sus pasos a Katmandú. Los pelados devotos de Hare Krishna dan saltitos por Broadway y Piccadilly, con sus túnicas azafrán, haciendo sonar sus panderetas. El ama de casa y el empresario contemplan su físico delicuescente en el triste estiramiento de la clase de yoga. Las barritas de incienso se consumen bajo el poster del mandala, junto al signo tibetano de la paz y la estera de oración en el estudio de Santa Mónica o Hammersmith. En la universidad de Bacon y Newton, de Darwin y Bertran Russell, miles de estudiantes se amontonan a los pies, calzados con sandalias, del Maharishi. Meditamos; meditamos trascendentalmente; buscamos el nirvana en trances suburbanos. Bolas de mantequilla adolescente descienden a nosotros vía Air India, proclaman que son el Camino y la Luz, ofrecen clichés inefables sobre los poderes sanadores del Amor y esparcen pétalos de flores con sus dedos rollizos.

 Celebración extática de los Hare Krishna


Llenamos el estadio para escuchar su revelación. Resulta que son astutos charlatanes y especuladores. La Luz y el Tao brillan sin atenuarse. "¿Cuál es el sonido de una mano que aplaude?", pregunta el maestro zen. "La estrella es el loto; om mani padame...", mascullan unos lamas de pacotilla. Tanka y guru, haiku y dharma; una iridiscente insensatez se ha infiltrado en nuestro discurso.
No son tanto estas apariencias externas lo que cuenta; pueden pasar, como pasó la pasión por el "estilo chino" en las tiendas de muebles del siglo XVIII. Se trata de una idealización implícita de valores excéntricos o contrarios a la tradición occidental. Pasividad contra voluntad; una teosofía de la estasis o del eterno retorno frente a una teodicea del progreso histórico; la monotonía focalizada, incluso el vacío, de la meditación y el trance meditativo como opuestos a la reflexión lógica y analítica; ascetismo contra prodigalidad de la persona y la expresión; contemplación frente a acción; un erotismo polimórfico, al tiempo sensual y abnegado, como contrario a la codiciosa, y sin embargo también sacrificial, sexualidad de la herencia judeohelénica; estos son los términos de la dialéctica.
El estudiante que pasa las cuentas de un rosario o contempla un koan mientra vaga en una neblina melancólica, el ejecutivo apresurado que corre a su clase de meditación o a la conferencia sobre el karma, están tratando de ingerir elementos pre-envasados, más o menos de moda, de culturas, rituales, disciplinas filosóficas que son, en realidad, tremendamente remotas, distintas y de difícil acceso. Pero están también, y esto es más importante, articulando una crítica consciente o instintiva de sus propios valores, de su identidad histórica. El largo y difícil viaje a Benarés o Darjeenling es un intento de escapar de las sombras de nuestra propia condición.
Estas corrientes de irracionalismo -astrológico, oculto, oriental- son, evidentemente, síntomas. ¿Cuáles son las causas subyacentes? Al implicar fenómenos tan amplios y confusos, las generalizaciones están condenadas a ser forzosamente inadecuadas. Pero ya que nos situamos ante las fuentes mismas de lo que constituye el ambiente de nuestro mundo contemporáneo, y de nuestro tema en estas conferencias, vale la pena hacer algunas conjeturas.
Es una obviedad decir que la cultura occidental está sufriendo una dramática crisis de confianza. Las dos guerras mundiales, la vuelta a la barbarie política de la que el holocausto fue sólo el ejemplo más bestial, la inflación continua -factor que corroe la estructura de la sociedad y la persona de una forma radical y no plenamente comprendida todavía-, todo esto está creando un ataque de nervios generalizado. Ya minada por el racionalismo y el punto de vista científico tecnológico, la religión organizada, y el crsitianismo en particular, se demostró impotente, y realmente corrupta, frente a la masacre de la Primera Guerra Mundial, y frente a los terrores totlitarios y genocidas después. Es algo que no se dice con frecuencia  de forma suficientemente clara. Quienes se dieron cuenta de que la misma Iglesia bendecía al asesino y a la víctima, de que las iglesias se negaban a hablar con claridad y desplegaban, bajo el peor terror que jamás azotó al hombre civilizado, una política de culpable silencio, quienes conocen estas cosas, no se sorprenden de la bancarrota de cualquier postura teológica de ese momento. (...)
Afectados por la catástrofe, viviendo bajo la amenaza palpable de la autodestrucción a causa de las armas atómicas y los al parecer problemas de superpoblación, el hambre y el odio político, hombres y mujeres comenzaron a mirar, literalmente, fuera de la Tierra. El platillo volante -cuya aparición en el panorama mental había predicho precisamente Jung- representa una infantil pero perfecta comprensible satisfacción de los deseos. Incapaz de arreglárselas por sí mismo, el hombre confía desesperadamente en una supervisión benevolente y preclara y, en última instancia, en la ayuda llegada del exterior. Las criaturas del espacio no permitirán que la especie humana se destruya. Dado que está infinitamente más evolucionados que nosotros, los extraterrestes traerán respuestas a nuestros desesperados dilemas. La humanidad puede haber sufrido rupturas apocalípticas antes de ésta. Por alguna razón, se nos dice, las especies sobrevivirán y la espiral de progreso comenzará de nuevo. Nuestros guardianes del espacio jugaron un papel en esos cataclismos anteriores; testimonio son las huellas de sus visitas; testimonio, el homenaje del hombre a esos auxiliares sobrenaturales tal como registran las religiones, la mitologías y el arte primitivo (aquí Steiner se refiere de forma irónica a las teorías sobre la supuesta presencia de extraterrestes en épocas anteriores que más atrás recopilaba. N. de Fragmentalia). Así, justo antes de que nuestros lunáticos políticos aprieten el botón termonuclear. algún personaje galáctico saldrá de su ovni y nos mirará con severa, pero en definitiva terpéutica melancolía.

El alienígena humanoide Klaatu acompañado del robot Gort dirige un mensaje para salvar la tierra. Fotograma de Ultimatum a la tierra (1953)

El sentimiento occidental de fracaso, de potencial caos político, ha provocado también una reacción contra el centralismo étnico y cultural que marca el pensamiento europeo y anglosajón desde la antigua Atenas hasta el período  de 1920-1930. La suposición de que la civilización occidental es superior a todas las demás, de que la filosofía, la ciencia y las instituciones están manifiestamente destinadas a dominar y transformar el globo, no es ya evidente por sí misma. Muchos occidentales, especialmente jóvenes, la encuentran aberrante. Horrorizados por la locura de las guerras imperialistas, ultrajados por la devastación ecológica que lleva consigo la tecnología occidental, el hijo de las flores y el freak-out, el militante de la New Left y el vagabundo del dharma han vuelto su mirada a otras culturas.
El gurú hindú Sai Baba
Son las tradiciones de Asia, de la América india, del África negra, las que atraen. Es en ellas donde encuentran aquellas cualidades de dignidad, solidaridad comunal, invención mitológica, armonización con los órdenes vegetal y animal, que el hombre occidental ha perdido o erradicado brutalmente. En esta búsqueda de la inocencia existe a menudo un legítimo impulso de reparación. Donde el padre colonialista masacró y explotó, el hijo hippy trata de conservar y hacer el bien.
Con todo lo poderosos que sean estos grandes  reflejos de miedo y compensación de la dañada sensibilidad de Occidente, me parecen no obstante un fenómeno secundario. La vuelta a lo irracional es, antes de nada, un intento de llenar el vacío creado por la decadencia de la religión. Por debajo de la gran oleada de insensatez está en acción esa nostalgia del Absoluto, ese hambre de lo transcendente, que observamos en las mitologías, en las metáforas totalizadoras de la utopía marxista, de la liberación del hombre, en el esquema de Freud del sueño completo de Eros y Tánatos, en la punitiva y apocalíptica ciencia del hombre de Lévi Strauss. La ausencia de una teología dominante de un misterio sistemático tal como estuvo encarnado en la Iglesia, es igualmente gráfica en las fantasías del seguidor de los ovnis, en los pánicos y esperanzas del ocultista, en el adepto aficionado al zen. Que la búsqueda de realidades alternativas mediante el uso de drogas psicodélicas, mediante un abandono de la sociedad de consumo, mediante las manipulaciones del trance y el éxtasis, están directamente relacionadas con el hambre de absoluto es algo obvio, aunque la dinámica particular de la relación, especialmente en el caso de los narcóticos, es más compleja de lo que se supuso al principio. Y yo preguntaría de pasada: ¿Tiene un correlato genético? ¿Refleja el destino real de la élite educada, especialmente en Francia e Inglaterra, en la Primera Guerra Mundial? El sueño de la razón llena este vacío con pesadillas e ilusiones.
Por eso, yo creo, las teologías posreligiosas o sustitutas y todas las variedades de lo irracional han demostrado no ser otra cosa que ilusiones. La promesa marxista ha fracasado cruelmente. El programa de liberación freudiana se ha cumplido sólo muy parcialmente. El pronóstico de Lévi-Strauss es de irónico castigo. El zodíaco, las apariciones y las simplezas del gurú no saciarán nuestra hambre. (...)


Lecturas:

George Steiner, Nostalgia del absoluto. Siruela 2001

Mircea Eliade, Ocultismo, brujería y modas culturales. Paidós 1997