Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 25 de enero de 2015

La isla feliz


Paul Gauguin, Ia Orana Maria (1891)

"Dos jóvenes mujeres, dos tahitianas de hermosos rostros graves e ingenuos, contemplaban a otra mujer, de estatura levemente sobrehumana, que llevaba a la espalda un Niño, el cual, con gesto mimoso deja caer su cabeza sobre la de la madre. En torno a las dos cabezas, la divina aureola. Detrás de las espectadoras, que tienen juntas las manos en actitud de rezar, un ángel está entre las flores, espléndido, sereno, él mismo una real flor.
-Ia orana, María -dicen ellas: "Yo te saludo, María".
Y la naturaleza, a su alrededor, es toda ella una oración de suavidad, de lozanía, una oración que refleja la sonrisa de la Virgen, una sonrisa en la que aparece a la vez el placer y la piedad, lo majestuoso y lo seductor de la Diosa y de la mujer, tal como estas almas sencillas y naturales pueden concebir a esta virgen a través de la Diosa antigua, adorando a ésta como antes adoraban a ambas en la tierna Hina:
Ia orana, Hina.
Así, por el delicado arabesco que va desde los primeros asombros hasta la comprensión, y que implica un estado espiritual de fervor dócil y lúcido, verás, lector, que esta obra, así como su tema, que se adivina en la lectura, son: una, un rito de alegría alternado de temores, el otro la ocasión de ser feliz sin esperanza."

Charles Morice (Noa Noa la isla feliz)


En su diario Noa Noa, el pintor francés Paul Gauguin reunió las impresiones y pensamientos -junto a acuarelas y grabados que luego le servirían como apuntes para sus oleos-, recogidos durante su viaje a Tahití a finales del siglo XIX, lugar donde pasaría una larga temporada en busca de su particular paraíso perdido. Llegando considerarse una obra legendaria, sería publicado en diferentes ediciones junto a una introducción y versos intercalados del poeta Charles Morice, autor a quien pertenece el texto inspirado en la pintura con la que se abre esta entrada.



Noa Noa 
la isla feliz
(fragmentos)
por
Paul Gauguin


"¡El silencio! Estoy aprendiendo a conocer el silencio de una noche tahitiana.
Yo no oía más que los latidos de mi corazón, en medio del silencio.
Pero los rayos de la luna, a través de los bambúes de mi choza, todos a la misma distancia entre sí, venían a jugar hasta mi mismo lecho. Y esas claridades regulares me sugerían un instrumento musical, la flauta de los antiguos, que los maoríes conocían y que denominaban vivo.
La luna y los bambúes dibujaban esta flauta, exagerándola: tal como un instrumento silencioso durante el día y que por la noche, en la memoria, y gracias a la luna, repite al soñador los aires queridos. Con esta música me dormí.
Entre el cielo y yo, nada, a no ser el gran techo, alto, frágil, de hojas de pandanos, en el que anidan los lagartos.
¡Estaba muy lejos de esas cárceles que son las casas europeas! Una choza maorí no aísla al hombre de la vida, del espacio infinito...
Sin embargo, allí me sentía solo.
De una parte a otra, los habitantes del distrito y yo nos observábamos, y la distancia entre nosotros permanecía entera.
A los dos días yo había agotado mis provisiones. ¿Qué hacer? Había pensado que con dinero encontraría todo lo necesario para vivir. Me había equivocado. Franqueado el umbral de la villa, es la naturaleza a quien hay que dirigirse para vivir. Ésta es rica y generosa, nada niega a quien va a pedirle su parte de los tesoros, de inagotables reservas, que posee en los árboles, en la montaña, en el mar. Pero es preciso saber trepar a los árboles altos, es preciso saber ir a la montaña y regresar cargado de fardos pesados, saber coger pescado, poder sumergirse y arrancar al fondo del mar la concha fuertemente adherida al guijarro. ¡Hay que saber, hay que poder!
Era pues yo, el civilizado, singularmente inferior, en esas circunstancias, a los salvajes. Y los envidiaba. Los veía vivir, felices, apacibles, alrededor mío, sin realizar más esfuerzo que el esencial para satisfacer las necesidades cotidianas, sin la menor preocupación por el dinero: ¿A quién vender, cuando los bienes de la naturaleza están al alcance de la mano?"

Paul Gauguin, paisaje con pavos reales (Matamoe, 1892)


"He acabado por comprender bastante bien la lengua maorí y la hablaré rápidamente sin difcultad.
Mis vecinos -tres, muy próximos, y los otros, numerosos, de distancia en distancia- me miran como a uno de los suyos.
En contacto perpetuo con los guijarros, mis pies se han endurecido, familiarizándose con el suelo. Mi cuerpo, casi constantemente desnudo, no sufre ya los efectos del sol.
La civilización se va yendo de mí, poco a poco.
Yo comienzo a pensar con simplicidad, y a tener menos odio hacia mi prójimo, mejor dicho, comienzo a amarlo.
Tengo todos los goces de la vida libre, animal y humana. Huyo de lo ficticio, de lo convencional, de lo acostumbrado. Entro en lo verdadero, en la naturaleza. Con la certidumbre que me dan una serie de días semejantes a éste de ahora, también libres, también hermosos, la paz desciende hacia mí y me desenvuelvo normalmente, sin más preocupaciones banales."


Paul Gauguin, Montañas tahitianas (1893)


"Alejándome del camino que sigue la orilla del mar, tomo un estrecho sendero en medio de una espesura profunda. El sendero me lleva hasta bastante lejos en la montaña, y yo espero, al cabo de algunas horas, alcanzar un pequeño valle cuyos habitantes viven a la moda antigua de los maoríes. Son dichosos y serenos. Sueñan, aman, duermen, cantan, ruegan, y en nada se nota que el cristianismo haya llegado hasta aquí. Veo perfectamente, aunque en realidad ellas hace largo tiempo que han desaparecido, las estatuas de las divinidades. ¡Estatuas de Hina, sobre todo, y fiestas en honor de la Diosa lunar! El ídolo, de un solo bloque, tiene diez pies de un hombro a otro y cuarenta pies de altura. Lleva sobre la cabeza, en forma de bonete, una enorme piedra de color rojizo. Alrededor de ella se danza según los ritos de otros tiempos -matamua- y el vivo (flauta maorí) varía sus notas, claras y alegres, melancólicas y sombrías, segun el color de las horas.
Yo sigo mi camino."

Paul Gauguin, Mahana no atua (dia de la divinidad) 1894



"-¿Dónde vas tú? -me pregunta una bella maorí, como de unos cuarenta años.
-Voy a Itia.
-¿Qué vas a hacer allí?
Yo no sé qué idea pasó por mi espíritu, o quizás dije inconscientemente el fin del viaje hasta entonces secreto para mí mismo:
-A buscar mujer -respondí.
-En Faone hay muchas, y de las bonitas. ¿Quieres tú una?
-Sí.
¡Pues bien!, si te gusta, yo te daré una. Es mi hija."

 Paul Gauguin, Tehura (1893)

"Entonces comenzó la vida plenamente feliz. La dicha y el trabajo se levantaban juntos con el sol, radiantes como él. El oro del rostro de Tehura inundaba de alegría y claridad el interior del alojamiento y el paisaje de alrededor. Ella no me estudiaba más, yo tampoco la estudiaba más. Ella no me ocultaba ya que me amaba, yo ya no le decía que la amaba. ¡Vivíamos los dos juntos, con tan perfecta simplicidad!
¡Qué agradable era, por la mañana, ir a bañarnos en el riachuelo vecino, como hacían, según imagino, en el Paraíso, el primer hombre y la primera mujer!
Paraíso tahitiano -nave, nave fenua-, tierra deliciosa.
Y la Eva de este Paraíso se entregaba cada vez más, dócil, amante. Me sentía perfumado por ella: ¡noa noa! Ella ha entrado en mi vida en el momento justo. Más temprano, quizás yo no la habría podido comprender, y más tarde hubiera sido demasiado tarde. Hoy la comprendo tanto como antes, y por ella penetro, al fin, en los misterios que hasta aquí no se me revelaban. Pero por el momento mi inteligencia no razona aún y mis descubrimientos aún no están ordenados en mi memoria. Es a mi sensibilidad a lo que Tehura confía todo cuanto me dice. Es en mis sensaciones y mis sentimientos en los que yo encontraré, más tarde, inscritas sus palabras. Así ella me conduce, con más seguridad que la que yo podría alacanzar por medio de otro método cualquiera, a la plena conprensión de su raza, por medio de la enseñanza cotidiana de la vida.
Y ya no tengo más conciencia de los días y de las horas, del mal y del bien. La felicidad es tan extraña al tiempo, que éste suprime su noción. Yo solamente sé que todo está bien, porque todo es bello."

 Paul Gauguin, Te Arii Vahine (La mujer del rey) 1896


"Desde hacía una quincena de días las moscas, antes raras, abundaban y eran insoportables. Y todos los maoríes se alegraban de ello. Los bonitos y los atunes iban a surgir desde las aguas profundas. Las moscas anunciaban la estación de la pesca, la estación del trabajo. Pero no olvidemos que en Tahití el trabajo es un placer.
Cada uno verificaba la solidez de sus aparejos, de su hilo, de sus anzuelos. Mujeres y niños, con una actividad insólita, se empleaban para alargar las redes, o rápidamente tejer anchas barreras de hojas de cocotero a lo largo de la costa, sobre los corales que guarnecen el fondo del mar, entre la tierra y los arrecifes. De esta manera se consigue atrapar ciertos pececillos por los cuales son golosos los atunes. (...)
Nos hicimos a la mar (yo, naturalmente, participaba en la fiesta) una hermosa mañana y pronto traspusimos la línea de los arrecifes. Nos aventuramos bastante profundamente mar adentro. Aún veo una tortuga, con la cabeza fuera del agua, que mira cómo pasamos.
Todos los pescadores estaban de alegre humor y remaban vivamente.
Llegamos a un lugar en el que el mar era muy profundo, al cual se le llama Agujero de los Atunes, frente a las Grutas de Mara. Es allí, dicen, adonde estos peces van a dormir por la noche, en profundidades inaccesibles a los tiburones. (...)
Sobrepasamos, pues, el Agujero de los Atunes, y un hombre fue designado por el patrón de las piraguas para sumergir la pértiga en el mar y lanzar el anzuelo.
Se esperó durante largos minutos. Ningún atún mordía.
Le tocó el turno a otro remero y esta vez picó un soberbio atún que hizo doblar la pértiga. Cuatro vigorosos brazos alzaron el arbusto tirando de las cuerdas situadas a popa, y el atún apareció en la superficie. Pero rápidamente un gran tiburón dio un brinco sobre las olas: dio varias terribles dentelladas y nosotros no vimos más, en el garfio del anzuelo, que una cabeza cortada.
El patrón me dio la señal. Yo arrojé el anzuelo.
Al cabo de muy poco tiempo, pescábamos un enorme atún. (...)
Y regresamos.
La noche, en los trópicos, cae pronto. Se trataba de adelantarse a ella. Veintidos zagales seguros se sumergían y volvían a emerger juntos en el mar, y los remeros, para excitarse, gritaban rítmicamente. Una estela fosforescente se abría detrás de nuestras piraguas.
Yo tuve la sensación de una fuga loca: los temibles amos del océano nos perseguían. Alrededor nuestro daban saltos como fantásticos rebaños, de formas infinitas, los peces asustados y curiosos.
Dos horas después estábamos cerca de la entrada de los arrecifes. (...)
Ante nosotros, la tierra se iluminaba con fuegos animados, llamas de enormes antorchas hechas con las ramas secas de los cocoteros. Y el espectáculo era admirable: sobre la arena, al borde de las aguas iluminadas, las familias de los pescadores nos esperaban. Algunas figuras estaban sentadas, inmóviles, y otras corrían a lo largo de la orilla, agitando las antorchas; los niños saltaban aquí y allá, y se oían desde lejos sus gritos agudos.
Con un poderoso impulso, la piragua entró en la arena de la playa.
Inmediatamente se procedió al reparto del botín.
Todos los peces fueron depositados en tierra, y el patrón los dividió en tantas partes iguales como personas habíamos concurrido, hombres, mujeres, niños, a la pesca de los atunes y a la pesca de los pececillos-cebos. En total treinta y siete partes."

 Paul Gauguin, Pescadoras Tahitianas (1891)


"Tuve que regresar a Francia. Me lo exigían imperiosos deberes de familia.
¡Adios, tierra hospitalaria, tierra deliciosa, patria de libertad y de belleza! Parto, envejecido por dos años más, rejuvenecido en veinte, más bárbaro que a la llegada y mucho más instruido.
Sí, los salvajes han enseñado muchas cosas al viejo civilizado, muchas cosas de la ciencia de vivir; esos ignorantes me han enseñado el arte de ser dichoso. Sobre todo, me han hecho conocerme mejor, me han dicho mi propia verdad.
-¿Era éste tu Secreto, mundo misterioso? ¡Oh!, mundo misterioso, por ser Toda Claridad, tú has hecho en mí la luz, y yo he engrandecido la admiración hacia tu antigua belleza, que es la juventud inmemorial de la Naturaleza. Y yo me hice mejor por haber comprendido y haber amado tu alma humana, una flor que acaba de florecer y que nadie, jamás, puede respirar su olor.
Cuando abandoné el muelle, en el momento de hacerse el barco a la mar, miré por última vez a Tehura.
Había llorado varias noches antes. Cansada ahora, y triste siempre, se mantenía sentada sobre la piedra, con las piernas colgando, rasgando con sus pies anchos y sólidos el agua salada. La flor que llevaba por la mañana, en su oreja, había caído sobre sus rodillas, marchitada.
De trecho en trecho, otras como ella miraban, fatigadas, mudas, sin pensamientos, el pesado humo del navío que nos llevaba a todos muy lejos, para siempre, amantes de un día.
Y desde el puente del barco, con los catalejos, mientras nos alejábamos, durante mucho tiempo aún, creíamos leer sobre sus labios estos viejos versos mahoríes:

Vosotras, ligeras brisas del Sur y del Este,
Que os juntáis para jugar y acariciaros, sobre mi cabeza,
Apresuraos a correr juntas a la otra Isla.
En ella encontraréis, sentado a la sombra de su árbol preferido,
A aquel que me abandonó.
Decidle que me habéis visto anegada en lágrimas.


 Paul Gauguin, Manao tupapau (ella piensa en el aparecido) 1894-1895
 (pareja haciendo el amor en un flor de loto, acuarela y plumilla)


Lecturas:

Paul Gauguin y Charles Morice, Noa Noa la isla feliz. Olañeta editor 2004


Entradas relacionadas:

En el Bosque


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viernes, 16 de enero de 2015

Presagios del mal


Hermafrodita, acuarela de Ulisse Aldobrandi (1522-1605)



"Varron dice que portentos son las cosas que parecen nacer en contra de la ley de la naturaleza. En realidad, no acontecen contra  la naturaleza de todo lo creado. (...) En consecuencia, el portento no se realiza en contra de la naturaleza conocida. Y se conocen con el nombre de portentos, monstruos y prodigios porque anuncian (portendere), manifiestan (ostendere), muestran (mostrare) y predicen (praedicare) algo futuro. (...)
La aparición de determinados portentos parece querer señalar hechos que van a acontecer; pues en ocasiones Dios quiere indicarnos lo que va a suceder al través de determinados perjuicios de los que nacen, como sirviéndonos de sueños y de oráculos advierte e indica a algunos pueblos u hombres las desgracias futuras."

San Isidoro de Sevilla, Etimologías Libro XI


Durante el Renacimiento y décadas posteriores surgieron un gran número de tratados donde se recogían y clasificaban -relacionándolos con las conocidas razas fabulosas o monstruosas-, los casos de nacimientos anómalos tanto de personas como de animales. En los comienzos de la nueva ciencia conocida como teratología, se tenía la idea de que estos monstruos, portentos o prodigios tal como se les denominaba, eran resultado del castigo divino, siendo su aparición un designio que debía ser interpretado. Así, estos "fenómenos contranatura" anunciaban acontecimientos -generalmente males y catástrofes- que un gran número de augures y adivinos de la época se esforzarían en pronosticar.



Los monstruos como presagios;
historiografía humanista
(fragmentos)
por
Rudolf Wittkower


Mientras que la concepción agustiniana había hecho aceptables los monstruos a la Edad Media, y monumentos  como el tímpano de Vézelay les otorgaba su lugar correspondiente en la creación, mientras que el final de la
Edad Media había visto en ellos símiles de las cualidades humanas, ahora, en el siglo del humanismo, vuelve el temor pagano a los monstruos como presagio del mal. Nos enfrentamos a la curiosa paradoja de que la supersticiosa Edad Media defendiera con una mente de amplias miras a los monstruos como pertenecientes al inexplicable plan divino del mundo, mientras que el período "ilustrado" del humanismo volvió al "contra naturam" de Varrón y los considera creaciones de la ira de Dios para presagiar acontecimientos extraordinarios. Lycosthenes es un exponente de ideas que, habiendo estado mucho tiempo en suspenso, recibieron en el círculo del emperador alemán Maximiliano. Su efecto fue amplio e inmediato, y sacó a la superficie creencias populares que no habían tenido cabida en la concepción medieval oficial del mundo.
A. Warburg ha interpretado brillantemente el temor a los monstruos en el círculo de Maximiliano, Blasio Höltzl (1502) y de Jakob Mennel para el propio emperador (1503). Anteriormente, Sebastian Brant había dedicado a Maximiliano su augurio sobre la cerda monstruosa nacida en Landster en 1496, que es conocida por el grabado "científico" de Durero.

Cerda monstruosa de Landster en un grabado de Durero


Esos nacimientos anómalos se relacionaban con acontecimientos extraordinarios en el firmamento, como eclipses de sol y cometas, y se ligaban con la creencia astrológica en el poder de las estrellas. El propio Lutero vio un augurio de la muerte del elector Federico el Sabio en la aparición de un arco iris junto con el nacimiento de un niño sin cabeza y otro con los pies del revés. Estas supersticiones siguieron vivas en los círculos protestantes. Se confeccionaron publicaciones de presagios como las de Jobus Fincelius para fomentar las tendencias antipapales, y la enciclopédica colección de mirabilia de Johannes Wolf, impresa primero en 1600-1608 y reeditada en 1671, es la expresión más amplia de esta corriente supersticiosa en el seno del protestantismo.

En algunos casos la visión de los monstruos como presagios tuvieron motivaciones propagandísticas al servicio del conflicto religioso. Una de ellas vino de la mano del propio Martín Lutero y Melanchton (ilustrada imaginativamente en la imagen superior), al interpretar el nacimiento anómalo en Roma de una especie de pez como señal del fin de la iglesia católica y augurio de que el Papa era el Anticristo.

 
Desde principios del siglo XVI en adelante apareció en todos los países europeos un número siempre creciente de tratados proféticos basados en los monstruos. Aldus Manutius, el editor veneciano que fue el principal responsable de la difusión del mejor saber clásico, también desenterró y publicó en 1508 la crónica de prodigios del escritor del siglo IV Julius Obsequens, más tarde reeditada por Lycosthenes. Autores como Pierre Boaistuau y Marcus Frytschius e incluso médicos como Jacob Rueff, Ambroise Paré y Cornelius Gemma relacionaron los nacimientos monstruosos con acontecimientos políticos. Uno o dos ejemplos pueden dar idea de la tendencia de estas obras. El célebre monstruo nacido en Rávena en 1512, que nunca se omitió en ningún tratado de monstruos durante casi doscientos años, se consideró habitualmente un presagio de las devastación de Italia por Luis XII de Francia. La interpretación del monstruo así como su dibujo fueron normalizados y aceptados por numerosos estudiosos más allá de toda sospecha.

El monstruo de Rávena

Boaistuau, que alegaba que no había incluido ninguna fábula en su obra, sino sólo datos sostenidos por la autoridad de autores célebres, publicó como un presentimiento de la paz entre Venecia y Génova la imagen de un mónstruo nacido en Italia con cuatro piernas y cuatro brazos. (imagen derecha, Prodigiorum ac ostentorum Chronicon 1557)
La misma historia con el mismo grabado en madera apareció en Paré, Fenton y otros. Sin embargo, este monstruo tiene un antiguo pedigrí; apenas se puede diferenciar del descrito por Julius Obsequens en el año 164 d. C., ilustrado en la edición de Lycosthenes de 1552. John Bulwer, un empirista que se salió de sus criterios para asegurar en los términos de Lycosthenes que los monstruos son enviados por Dios "para castigo y advertencia de los hombres", repitió la historia de Boaistuau a mediados del siglo XVII, y citaba al mismo tiempo a las personas de seis brazos mencionadas en el Libro de Alexander para demostrar que la multiplicación de los miembros no de puede llamar monstruosa, "pues hay muchas naciones que aparecen con esa redundancia braquial".
La mayor parte de esos augurios estaban basados en monstruos individuales, reales o imaginarios, más que en razas monstruosas, y por lo tanto parecen introducirnos en un campo algo diferente. (imagen iz. Cornelius Gemma De naturae Divinis Characterismis 1575) Sin embargo, los escritores vieron un vínculo genético entre los monstruos individuales y las razas monstruosas. Hasta la destrucción de la torre de Babel "era la tierra toda de una sola lengua y de unas mismas palabras" (Gn 11, 1), "y los dispersó de allí Yahvé por toda la faz de la tierra" (Gn 11, 9). Sólo entonces pudieron originarse las razas monstruosas y, en consecuencia, también los monstruos individuales. Por esta razón Lycosthenes presenta en su primer libro todas las razas monstruosas que aparecieron despues de la dispersión de la humanidad, y a partir del segundo libro los monstruos individuales y portentos por orden cronológico. Cornelius Gemma unía la creación de razas "después del cartaclismo de Babilonia" y la existencia de monstruos individuales de la misma manera.

Conrad Lycosthenes, Prodigiorum ac ostentorum chronicon, 1557)



Lecturas:

Rudolf Wittkower, La alegoría y la migración de los símbolos. Biblioteca de ensayo Siruela 2006


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domingo, 4 de enero de 2015

Los Magos peregrinos


Nicolás de Verdún, Relicario de los reyes Magos, 1181 (detalle) Catedral de Colonia



Antes de dar paso a un texto de Umberto Eco sobre la leyenda de los Reyes Magos, recordemos lo escrito sobre ellos en el Evangelio según Mateo.



Después de nacer Jesús en Belén de Judea, en tiempos del rey Herodes, unos magos llegaron de Oriente a Jerusalén, preguntando: "Dónde está el rey de los judíos que ha nacido" Porque hemos visto su estrella en Oriente y venimos a adorarlo". Cuando lo oyo el rey Herodes se sobresaltó, y toda Jerusalén con él. Y convocando a todos los pontífices y escribas del pueblo, les estuvo preguntando dónde había de nacer el Cristo.
Ellos le respondieron: "En Belén de Judea; pues así está escrito por el profeta: "Y tú, Belén, tierra de Judá, de ningún modo eres la menor entre las ciudades de Judá; porque de ti saldrá un jefe que gobernará a mi pueblo Israel".
Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos y averiguó cuidadosamente el tiempo transcurrido desde la aparición de la estrella. Y encaminándolos hacia Belén, les dijo: "Id e informaos puntualmente acerca de ese niño; y cuando lo encontréis, avisadme, para que yo también vaya a adorarlo". Después de oir al rey, se fueron. Y la estrella que habían visto en el Oriente iba delante de ellos hasta que vino a pararse encima del lugar donde estaba el niño. Al ver la estrella, sintieron una inmensa alegría, vieron al niño con María, su madre, y postrados en tierra, lo adoraron; (...) y le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra. Y advertidos en sueños de que no volvieran a ver a Herodes, regresaron a su tierra por otro camino.
Después de partir ellos, un ángel del Señor se le apareció en sueños a José y le dijo: "Levantaté, toma contigo al niño y a su madre y quédate allí hasta que yo te avise. Porque Herodes se pondrá a buscar al niño para matarlo". José se levantó, y tomó consigo, de noche, al niño y a su madre, y partió para Egipto.

Evangelio según Mateo (2,1-14)



¿De dónde venían (y adónde fueron a parar) los Reyes Magos?
Por
Umberto Eco


No hay leyenda que nos resulte más familiar que la de los Reyes Magos. Ha inspirado innumerables obras maestras del arte y al mismo tiempo infinitos sueños infantiles, de modo que nadie se pregunta ya si los Magos realmente existieron, ésta cuestión se deja para los historiadores, para los biblistas o para los mitógrafos. En cualquier caso, su fugaz aparición en la historia se sitúa entre dos lugares legendarios, el de su origen y el de su sepultura.
En cuanto a documentos históricos, el Evangelio según Mateo es la única fuente cristiana canónica que describe el episodio de los Magos. Y Mateo no solo no nos dice que los Magos fuesen tres, sino que tampoco nos dice que fueran reyes, y tan solo alude a un viaje desde Oriente siguiendo una estrella, a la ofrenda de oro, incienso y mirra, y al hecho de que los Magos negaron decirle a Herodes dónde estaba el Niño. De Mateo a lo sumo puede deducirse que los Magos eran tres porque ofrecieron al Niño tres dones.
Será la tradición posterior la que vea a los Magos como reyes y trate de fijar su origen en algún país oriental concreto; también los evangelios apócrifos hablan de Magos. Aparece asimismo una referencia a los tres reyes en fuentes árabes (por ejemplo, el enciclopedista al-Tabari, en el siglo IX, hablaba de los dones ofrecidos por los Magos, citando como fuente al escritor del siglo VII Wahb ibn Munabbih).
Por otra parte, quienquiera que fuera el autor del Evangelio  de Mateo, el texto fue escrito hacia finales del siglo I y, por tanto, en tiempos del nacimiento de Jesús, Mateo o quien sea no había nacido aún y por consiguiente no podía hablar por experiencia directa. De modo que, antes del texto evangélico, las noticias sobre los Magos circulaban en cierto modo también en el mundo precristiano. Juan de Hildesheim (un tardío biógrafo de los Reyes del siglo XIV) establecía como origen de su viaje las investigaciones astronómicas hechas en el monte Vaus, llamado también monte de la Victoria, que se puede identificar con el Sabalán, la cima más alta de Azerbaiyán, en el antiguo Imperio armenio. Según la tradición, subieron a la montaña sagrada sacerdotes y astrólogos zoroástricos, que esperaban la aparición de una estrella que las profecías vinculaban a la venida de una divinidad sobre la Tierra. En efecto, "magos sabios", aunque en otros textos del Nuevo Testamento, como los Hechos de los Apóstoles, el término indica asimismo un brujo (véase Simón el Mago). Los Magos quizá procedían de Persia, aunque también podían venir de Caldea; Juan de Hildesheim sitúa su origen en las Indias, si bien entre las Indias incluye Nubia, de modo que el área de su origen se amplía de forma desconcertante, porque además Juan relaciona la historia de su viaje con el reino del Preste Juan, lo que nos lleva a alguna zona de Estremo Oriente, como pretendía la tradición en los tiempos en que escribía el hagiógrafo. 



Mapa renacentista con una de las localizaciones del reino del Preste Juan situada en África Oriental

Lo que ha permanecido casi constante en la tradición es que probablemente eran un blanco, un árabe y un negro, para sugerir la universalidad de la redención.
En cuanto al número, la tradición ha dado rienda suelta a la imaginación; a veces se ha hablado de dos, otras de doce, esto es, Hormidz, Jazdegard, Peroz, Hor, Basander, Karundas, Melco, Caspare, Fadizzarda, Bithisarea, Melichior y Gataspha. En la tradición occidental se impuso  finalmente la idea de que eran tres: Gaspar, Melchor y Baltasar; pero para la iglesia católica etíope eran Hor, Basanater y Kardusán; en Siria para los cristianos eran Larvand, Hormisdas y Gushnsaph; en la Concordia evangelistarum de Zacarías Crispolitano (1150) se habían convertido en Appelius, Amerus y Damascus, o en forma hebrea Magalath, Serakin y Galgalath.
La realeza de los Magos se afirmó en la tradición litúrgica cuando se vinculó la fiesta de la Epifanía a la profecía del Salmo 72: "Los monarcas de Tarsis y las islas le pagarán tributo, y los reyes de Saba y de Seba le traerán presentes. Ante él se postrarán todos los reyes, serviranle las naciones".
Más interesante es tal vez la historia de su sepultura. Marco Polo dice en sus escritos que ha visitado las tumbas de los Magos en la ciudad de Saba. Pero tenemos testimonios históricos un siglo antes de Marco Polo. Cuando en 1162 Federico Barbaroja conquistó y mandó destruir Milán, en la Basílica de San Eustorgio encontró un sarcófago (todavía existe aunque vacío) que habría contenido  los restos mortales de los tres reyes. Según la tradición, en el siglo IV, el obispo Eustorgio, que deseaba ser enterrado en su día junto a los Magos, mandó trasladar sus restos desde la basílica de Santa Sofía en Constantinopla (adonde habían sido llevados por santa Elena, que los había encontrado durante su peregrinación a Tierra Santa). Y antes incluso, Reinaldo de Dassel, conocedor del valor económico de una reliquia que convertía una ciudad en meta de incesante peregrinaje, mandó trasladar los restos a la catedral de Colonia, donde todavía hoy se puede ver el arca de los Magos. Los milaneses se lamentaron largamente de aquel robo y trataron de recuperar, sin éxito, los preciosos restos; por fín, en 1904, el arzobispo de Milán mandó depositar de nuevo con solemnidad en San Eustorgio algunos fragmentos óseos de aquellos venerados despojos (dos fíbulas, una tibia y una vértebra), ofrecidos por el arzobispo de Colonia. Son muchos los lugares que se jactan de haber obtenido fragmentos de las reliquias durante el traslado de Italia a Alemania, de modo que las tumbas de los Magos (un hueso o un cratílago cada una) se multiplicaron. Peregrinos en vida, los tres reyes se convirtieron en vagabundos post morten, generando sus múltiples cenotafios.


Relicario de lor Reyes Magos, catedral de Colonia



Lecturas:

Umberto Eco, Historia de las tierra y los lugares legendarios. Ramdon House Mondadori 2007



Otras entradas de Umberto Eco:


http://barzaj-jan.blogspot.com.es/search/label/Umberto%20Eco


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sábado, 20 de diciembre de 2014

La Segunda Venida


William Blake, primera versión de El gran dragón rojo y la mujer revestida por el sol (1805-1810)



Luego apareció en el cielo otra señal: un gran dragón rojo que tenía siete cabezas, diez cuernos y una corona en cada cabeza. Con la cola arrastró la tercera parte de las estrellas del cielo, y las lanzó sobre la tierra. El dragón se detuvo delante de la mujer que iba a dar a luz, para devorar a su hijo tan pronto como naciera.

Apocalipsis 12: 3-4


“La crueldad tiene corazón humano
y la envidia humano rostro;
el terror reviste divina forma humana
y el secreto lleva ropas humanas.

Las ropas humanas son de hierro forjado,
la forma humana es fragua llameante
el rostro humano es caldera sellada
y el corazón humano, su gola hambrienta.”

William Blake, Una imagen divina


El antropólogo Adolf Bastian (1826-1905) denominó "ideas elementales" a ciertos motivos comunes que se encuentran al examinar sin prejuicio las tradiciones religiosas de la humanidad. Entre éstas, por ejemplo la idea de la vida tras la muerte o la existencia de espíritus -protectores o malévolos-, constituyendo y formando parte de las costumbres, mitologías y teologías de todos los pueblos manifestadas en su arte, sus herramientas, armas, rituales, normas sociales y formas de relación con otros pueblos. 
Haciendo un repaso de la historia desde un punto de vista psicofisiológico, Bastian observa que en el trasfondo de esas "ideas elementales", subyacen las necesidades e intereses pertenecientes a la propia esencia de la vida, constituyentes de los impulsos y energías primarias de toda la especie humana, y que, una vez desencadenadas, llegan a ser terribles y destructivas. La primera y más básica es el impulso de voracidad para la propia subsistencia, la tendencia natural de mantener la propia vida a costa de ingerir otras vidas. La segunda es el impulso sexual reproductivo donde se manifiesta la especie misma en su determinación de expandirse. La tercera motivación es el impulso irresistible de dominio sobre otras personas o pueblos que serán saqueados y expoliados. 
Para Joseph Campbell, en una visión optimista de futuro, ésta tercera motivación estaría concluyendo en nuestra actual época a la cual estaríamos asistiendo en sus últimas convulsiones. Los fragmentos del texto que dejo a continuación fueron escritos por este autor en la década de los ochenta del siglo pasado. Como veremos, hacia el final se refiere al conflicto armado, que, al día de hoy, sigue todavía sin resolverse y algunos nuevos han surgido. Esperemos, tal como pronosticó Campbell, que ciertamente los últimos coletazos de la bestia estén tocando a su fin.


Las extensiones interiores del espacio exterior
(fragmentos del prólogo)
por
Joseph Campbell


(...) Una tercera motivación, que ha sido la única generadora de acción sobre la escena histórica mundial -al menos desde la época de Sargón I de Acadia, en el sur de Mesopotamia, ca. 2300 a. C.- es el impulso en apariencia irresistible al saqueo y la expoliación. Desde el punto de vista psicológico, este impluso quizá podría considerarse una extensión del enérgico mandato biológico para alimentarse y consumir; pero esta motivación no posee la fuerza biológica primordial de las otras, sino que se trata de una inducción lanzada desde los ojos, que impulsa no a consumir sino a poseer. La Biblia proporciona una amplia antología de textos que ejemplifican de manera muy clara esta tendencia; así leemos, por ejemplo:

Cuando el Señor tu Dios te haya introducido en el país al que vas a entrar para tomarlo en posesión, y haya arrojado antes de ti a muchas naciones; al hitita, al guirgaseo, al amorreo, al cananeo, al perizeo, al jivveo y al yebuseo, siete naciones más poderosas que tú, y cuando el Señor tu Dios te las haya entregado y tú las hayas derrotado, deberás destruirlas por completo. No pactarás alianza con ellas ni les tendrás compasión. No emparentarás con ellas dando tus hijas a sus hijos ni tomando a sus hijas para tus hijos, porque eso apartaría de mí a tu hijo y le haría servir a otros dioses; y entonces la ira del Señor se encendería contra vosotros y pronto se exterminaría. Por el contrario, así os comportaréis con ellas: demoleréis sus altares, romperéis sus estelas, derribaréis sus aserás y prenderéis fuego a sus ídolos. Porque eres un pueblo consagrado al Señor tu Dios; es el Señor tu Dios quien te ha escogido de entre todos los pueblos de la tierra para que seas pueblo de su propiedad. (Deuterenomio 7: 1-6)

Cuando te acerques a una ciudad para combatirla, le brindarás la paz. Si la acepta y te abre sus puertas, toda la población que haya en ella te quedará sometida a prestación de trabajo y a servirte. Pero si no quiere la paz y te declara la guerra, la sitiarás; y cuando el Señor tu Dios la entregue en tu mano, pasarás al filo de la espada a todos sus varones. Pero las mujeres, los niños, el ganado y cuanto hubiere en la ciudad los tomarás para ti como botín; y disfrutarás de los despojos de tus enemigo que el Señor tu Dios te entregó. Así haras con todas las ciudades que estén muy distantes de ti, que no sean ciudades de las naciones de aquí. Pero en las ciudades de estos pueblos que el Señor tu Dios te va a dar en posesión, no dejarás con vida a ningún ser animado, sino que los destruirás totalmente: al hitita, el amorreo, el cananeo, el perizeo, el jivveo y el yebuseo, como el Señor tu Dios te ha ordenado. (Deuterenomio 20: 10-17)

Y cuando el Señor tu Dios te haya introducido en la tierra de tus padres, Abraham, Isaac y Jacob, juró que te daría, con ciudades grandes y magníficas que tú no has edificado, casas repletas de toda suerte de bienes que tú no has acumulado, cisternas excavadas que tú no excavaste, viñedos y olivares que tú no plantaste, y comas y te sientas saciado, guárdate entonces de olvidarte del Señor, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de los esclavos. (Deuterenomio 6: 10-12)

Estos dioses guerreros, característicamente tribales en sus expresiones tanto de poder como de magnimidad, han proliferado sobre la tierra como los agentes fomentadores de la historia del mundo. El dios Indra de los arios védicos, los dioses Zeus y Ares de los griegos homéricos eran deidades de este tipo, contemporáneas de Yahvé; y en el período durante el cual los españoles, portugueses, franceses y anglosajones se enfrentaban por la hegemonía sobre todos los pueblos del planeta (desde el siglo XVI y todavía en el XX), las imágenes de Jesucristo, los santos y la Virgen María se convirtieron en figuras tutelares de sus ejércitos saqueadores.
En el Artha Sastra, "Manual sobre el arte de ganar", un tratado cásico indio sobre la administración política compilado al parecer por Kautilya, consejero del rey Chandragupta I (que reinó ca. 321-297), fundador de la dinastía Maurya, se lee que el orden moral que rige sobre toda forma de vida, y según el cual debe aconsejarse a monarcas y príncipes, se encuentra en la "Ley del pez" (matsya-nyaya), contenida simplemente en estas palabras: "El grande se come al pequeño, razón por la cual los pequeños deben ser numerosos y veloces".
Porque, ya sea en las recónditas profundidades del olvidado mar en el que se originó la vida o en las selvas donde evolucionó sobre la tierra seca o, ahora, en esa grandes ciudades construidas para ser posteriormente derruidas en el curso de nuestra persistentes guerras, las fuerzas motoras son siempre la misma pavorosa tríada de pulsiones que nos han sido dadas por los dioses: los impulsos de la alimentación, la procreación y el poder. Y para el buen funcionamiento de al menos la primera y tercera de estas motivaciones en el estanque de la historia, el primer requisito natural -ya mencionado en el pasaje del Deuteronomio 7: 1-6 que he citado (y que data del siglo VII a. C.) es suprimir la tandencia natural a la compasión.
Porque la compasión, la misericordia o la empatía es también un don de la naturaleza, de aparición tardía en la evolución de las especies, pero ya evidente en el cuidado y la atención que los mamíferos muestran por sus crías. En contraste con el impulso biológico a la procreación, que surge directamente del organismo, la compasión, como el deseo de expoliación, se lanza desde los ojos. Además, no es un impulso tribal ni orientado a la especie, sino abierto al favor de todos los seres vivientes. Por ello, una de las primeras preocupaciones de los profetas, ancianos y sacerdotes de la tribu, así como de los sistemas mitológicos más institucionalizados, ha sido siempre la de limitar y definir el alcance permitido de esa expansión del corazón, circunscribiéndola al área exclusiva de la propia mónada étnica, al tiempo que deliberadamente se orientan los impulsos violentos al exterior. Dentro del alcance de cada mónada particular, los actos violentos están prohibidos: "No matarás... No desearás la mujer de tu prójimo" (Éxodo 20: 13-17; también Deuterenomio 5: 17-21); mientras que fuera de la mónada esos mismos actos son un requeirmiento: "Pasarás al filo de la espada a todos sus varones. Pero las mujeres... las tomarás para ti como botín" (Deuterenomio 20: 13-14). En el pensamiento islámico, las naciones de la tierra son diferenciadas en dos reinos: dar al'islam, "el reino de la sumisión (a Alá)", y dar al'harb, "el reino de la guerra", esto es, el resto del mundo. Y en el pensamiento cristiano, las palabras que pronuncia Cristo resucitado a los once discípulos presentes -"Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos" (Mateo 28: 19) han sido interpretadas como un mandato divino para la conquista del mundo.
En este momento en que el planeta Tierra, balanceándose lenta y permanentemente en torno a su eje durante su recorrido alrededor del Sol, está a punto de pasar de la zona astrológica del signo zodiacal del Pez (Piscis) a la del Aguador (Acuario), la humanidad que lo habita parece de hecho encontrarse ente la perspectiva de una transformación histórica trascendental, en la que la era de los ejércitos conquistadores de las descomunales mónadas en pugna -iniciada en tiempos de Sargón I de Acadia, en el sur de Irak hace unos 4.320 años- puede estar tocando a su fin.
Porque ya no quedan horizontes monádicos incólumes: todos se desvanecen. Y junto con ellos se debilita el sustento psicológico de su imagen. Como reconocía hace ya medio siglo el poeta irlandés Yeats en su ominosa visión, "La segunda venida":

Girando incesantemente en creciente espiral
El halcón ya no puede oír a su halconero;
Todo se desmorona; el centro ya no se sustenta;
La elemental anarquía se ha desatado en el mundo,
La marea se desborda tinta como la sangre, y por doquier
Anega los rituales de la inocencia;
Los mejores carecen de convicción, mientras los peores
Se hinchen de apasionada intensidad.
Sin duda que una revelación es inminente...
(William Buttler Yeats, La segunda venida 1ª parte)

Los viejos dioses perecen o ya están muertos, y la gente en todas partes, en permanente búsqueda, pregunta: ¿Cuál será el nuevo mito, la nueva mitología de este planeta unificado como un solo ser armonioso? (...)

Por alguna razón cuya explicación no he encontrado aún en ningún sitio, el método fundamental que han seguido los exégetas más influyentes de todo el complejo mítico judeo-cristiano-islámico ha sido la popular y en absoluto iluminada práctica de llevar a cabo una prosaica cosificación de la imaginería metafórica. Así, por ejemplo, la idea del Nacimiento Virginal se ha presentado como un hecho histórico, cuando esa idea elemental aparece prácticamente en todas las mitologías del mundo. Los mitos de los indios americanos abundan en nacimientos virginales. Por tanto, esta imagen arquetípica no puede referirse a algo acontecido en Oriente Próximo en el siglo I de nuestra era. De manera similar, la idea de laTierra Prometida no puede originalmente haber designado una región concreta de la Tierra para ser conquistada por los ejércitos, sino a un reino de paz espiritual en nuestros corazones, que tenía que ser descubierto a través de la contemplación. Los mitos de creación, que, cuando son interpretados en su sentido místico, nos traen a la mente la idea de un trasfondo intemporal del cual habría surgido la historia que medimos en el tiempo junto con todas sus diferente poblaciones humanas, cuando se leen en cambio a la búsqueda de un sentido histórico sólo sirven para atribuir una justificación de origen sobrenatural al orden moral de una cultura particular. En suma, la función social de la mitología, contrariamente a su función mística, no es la de abrir la mente sino de cerrarla: ligar a un grupo mediante relaciones de mutuo apoyo, ofreciendo imágenes que suscitan sentimientos de pertenencia grupal, sin permitir ninguna escapatoria del grupo monádico.
Resulta, por lo tanto, evidente que cualquiera que vaya a ser la nueva mitología de nuestro planeta unificado, como lo estará en un futuro próximo, su relato de la creación y desarrollo de las civilizaciones no podrá orientarse a la magnificación de una o dos, ni siquiera tres, de las innumerables mónadas preexistentes en su vasta y polimórfica extensión. (...)
Porque a medida que se van disolviendo las formas étnicas particulares, la imagen que va surgiendo de entre ellas es la del andrógino Anthropos. "Seguramente -como percibió el poeta Yeats- una revelación está por llegar."
Mientras tanto, en el viejo Oriente Próximo, donde en tiempos de Sargón parece haberse practicado por vez primera la noción de la guerra de conquista como instrumento político, hoy se enfrentan los ejercítos de las tres únicas mónadas monoteístas del planeta (cada una devota de su propia idea históricamente condicionada de "Dios" como si, desde toda la eternidad, fuera una verdad absoluta que no puede ser alcanzada por las palabras, ni por el ojo, ni por la mente), amenazando así, en este delicado momento de inminente unificación global en el que hablo -el "año del Señor" de 1985-, todo el proceso de unificación mundial con los peligros del Armagedón profetizado por sus propias escrituras.

Sin duda que una revelación es inminente.
Sin duda la Segunda Venida es inminente.
¡La Segunda Venida! Apenas pronuncio estas palabras
Cuando la vasta imagen del Spiritus Mundi
Perturba mi visión; entre las arenas del desierto
La forma de un cuerpo de León con la cabeza de un hombre,
Con mirada vacía y despiadada como el sol,
Empieza a mover sus muslos lentamente mientras a su alrededor
Las indignadas aves del desierto proyectan sus sombras en círculos.
La oscuridad se cierne de nuevo; pero ahora sé
Que el estremecimiento de su cuna ha convertido en pesadilla
Veinte siglos de pétreo sueño.
¿Y qué salvaje bestia, llegada al fin su hora,
Avanza acechante para nacer en Belén?
(William Buttler Yeats, La segunda venida 2ª parte)


William Blake, El Gran Dragón Rojo y la Bestia del Mar (1805-1810)



Fragmentalia espera para todos sus lectores y amigos lo mejor para el próximo año.
Bienaventurado 2015



Lecturas:

Joseph Campbell, Las extensiones interiores del espacio exterior. Atalanta 2013


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domingo, 14 de diciembre de 2014

La cábala de Robert Fludd


Selecciono en esta entrada algunas imágenes analizadas por Joscelyn Godwin sobre los estudios que Robert Fludd dedicara a su visión de la Cábala. Ayudado por los grabados de esquemas cósmicos que acompañan sus escritos, el gran esoterista inglés expondría los principios que gobiernan el Universo y su imagen microcósmica, el hombre. Para ello, básicamente seguiría los postulados expuestos con anterioridad (a principios del Renacimiento) por el discípulo de Marsilio Ficino, Pico della Mirandola. Éste, en palabras de Frances Yates: "...fue el primero que, intrépidamente, formuló una nueva posición para el hombre europeo, el hombre como mago que utiliza la magia y la Cábala para actuar sobre el mundo, para controlar su destino mediante la ciencia". Pico uniría en sus Conclusiones mágico cabalísticas -un catálogo de creencias del mago del Renacimiento-, la tradición esotérica de la mística judía conocida como la Cábala, al hermetismo, el neoplatonismo y la magia. La Cábala sienta las bases de su doctrina de las veintidós letras divinas del alfabeto hebreo y las diez Sephirot, a partir sobre todo del Sefer Yetsirah (Libro de la Creación) escrito por un judío neopitagórico entre los siglos III y IV de nuestra era. Las Sephirot son representaciones simbólicas de las emanaciones o poderes angélicos por las que se despliega el poder creador de Dios. 
Son dispuestas gráficamente en un diseño que las interrelaciona formando el  Árbol de la Vida, un esquema donde se representa la ascensión a traves de diez niveles que sube desde la esfera más baja (Malkhut) del ser hasta la Fuente Divina (Keter), abarcando todas las posibilidades de existencia. El Árbol cabalístico sería -siguiendo a Frances Yates-, un soporte para la meditación mediante el cual se articulan las jerarquías del universo, un medio por el que imaginar el universo ordenado y así, interiorizándolo, organizar la psique como escalera hacia Dios. Subiendo a través de la meditación los peldaños sefiróticos, el cabalista se acerca con seguridad a la unión con Dios. Por otra parte, dentro de una compleja filosofía religiosa, la Cábala judía sería cristianizada al considerar a Cristo como figura central y mediador para alcanzar un prometido retorno a la primigenia religión universal de la que se originaron todas las religiones. De esta forma, el cristianismo se otorgaría una papel predominante ante otras religiones.

Los grabados pertenecen a Utrisque Cosmi Historia II (UCH II) 1619, Philosophia Sacra et vere Christiana (PS) 1626, e Integrum Morborum Mysterium (MC II) 1631.



Robert Fludd
Claves para una teología del Universo
(fragmentos)
por
Joscelyn Godwin



UCH  II, b, f. A3

"Bajo tus Alas, jehová"
El rey David se arrodilla ante el Más Alto diciendo: "Bajo la sombra de tus alas me regocijaré" (Salmos 63, 7). El tema recuerda el manifiesto rosacruz de 1614 (el Fama) que terminaba con palabras semejantes: "sub umbra alarum tuarum JEHOVA". Las nubes se han separado para permitir que David vea directamente el Tetragrammaton, la palabra impronunciable a la que los hebreos aluden como Adonai (el Señor) o simplemente como ha Shem (La Palabra); Fludd generalmente emplea estas letras hebreas para representar a Dios en sus diagramas. Para el cabalista se acomodan fácilmente a la doctrina de la Trinidad: las tres letras diferentes י Yod,  ה He, ו Vau, se interpretan como Padre, Hijo y Espíritu Santo. La presencia de dos letras procede del Padre y del Hijo; (...)



UCH  II, b, pág. 8

El Tetragrammaton en el Macrocosmos
"Dice Hermes que el mundo es una imagen de Dios, y también Moisés afirma que el hombre está hecho a semejanza de Él. De ahí que todos los cabalistas remitan estos reinos inferiores al arquetipo. Esta lámina muestra cómo el Nombre inefable está impreso  en el universo: por encima de todo y más allá de todo está la Yod, la letra de la que todo procede y que esconde en sí misma todo el Nombre. De ella emana el mundo empíreo simbolizado por la He. El Salmista dice que Dios tiene su tabernáculo en el Sol y esto lo podemos interpretar así: Dios forma en torno al Sol el mundo etéreo (Vau) separando el empíreo del He inferior, el mundo elemental". La lámina indica también cómo se forma paso a paso el nombre completo de Dios: I, IH, IHV, IHVH. Aunque Fludd no lo menciona, éstos son también los cuatro mundos de los cabalistas: Atziluth, el "mundo puro", Briah, el mundo de la creación, Yetzirah, el mundo de la formación y Assiah, el mundo material.



UCH  II, b, pág 8

El Tretragrammaton en el Microcosmos
Del mismo modo que las facultades del hombre corresponden a las regiones del universo, también pueden verse como manifestaciones del divino nombre. Yod es la mente más elevada que no está contenida en el cuerpo físico; por ello se encuentra sobre la cabeza del hombre, del mismo modo que en la lámina anterior Yod se encuentra por encima del universo manifestado. He, Vau y la He inferior son respectivamente el intelecto, la vida y la facultad natural. (...)



UCH  II, b, pág. 42

El Misterio del Número 5
La falta de claridad del grabador al trazar los caracteres hebreos se ve complicada por una de las explicaciones más confusas de Fludd. La lámina parece representar el descenso del Espíritu  de Dios a la categoría de manifestación y el ascenso del alma a través de las jerarquías del ser hasta Dios expresado en numerología cabalística. La corona es Kether, el primer principio de la Cábala, que puede designarse mediante la primera letra del alfabeto hebreo, el Aleph    o  bien mediante la letra esencial Yod . En la imagen superior, las letras de la izquierda deberían ser la progresión alfabética a partir del Aleph:   Beth,   Gimel,   Daleth,   He. Éstas poseen valores numéricos del 1 al 5 y se alinean con la jerarquía cósmica:
1, 2, 3: Dios, ángeles  4 : Estrellas fijas, Saturno, Júpiter, Marte
  5 : Sol
  6 : Venus, Mercurio, Luna
7, 8, 9 : Región elemental
El Sol, número cinco, es también equivalente a la He inferior, o He segunda del Tetragrammaton: es el tebernáculo de Dios en el centro del universo.
A la derecha la serie es   Yod,    Mem,   Heth,   Daleth,   Resh. Mientras que el Aleph es el "Aleph Oscuro" símbolo de vacío último antes de la creación, Yod es el "Aleph Luminoso": Dios como Creador. Mem y Heth son "el resto de la oscuridad, de la que se hace la creación", Daleth es "la puerta por la que la sabiduría entra en el mundo" y Resh es "la vida que se produce en el mundo gracias a esa sabiduría".
En la figura inferior pueden verse las alas protectoras de Dios consideradas el objeto de los mortales. El orden de las letras de cada lado está invertido y en la columna central puede leerse: Yod, He, Vau, Aleph: las dos letras "formales" rodean la las dos letras "materiales". Esto es una aproximación de "JEHOVA" (véase primera lámina).



Omnipresencia de Dios (UHC II, b, página 74)
Las láminas anteriores podrían dar la imresión de que la Tierra queda privada de las emanaciones de Dios. Los diagramas de Fludd a menudo la representan como una densa esfera en el centro excluida de los planos celestiales. Esta lámina muestra las cuatro letras del Tetragrammaton relacionadas como antes con Dios y con los tres mundos. Las copiosas citas que Fludd ofrece respecto a la esfera inferior (La Tierra material) nos dan un nuevo punto de vista: "El Espíritu del Señor llena el mundo" (Sabiduría 1, 7) "Dios está por todas partes en el cielo, en el infierno, en las profundidades del mar, en la noche, en la oscuridad" (paráfrasis del Salmo 139); "Reconoce, pues, hoy y resuelve en tu corazón que Yavé sí que es Dios arriba, allá en los cielos, y abajo, aquí sobre la Tierra; y que no hay otro, sino él" (Deut, 4, 39).




PS, pág. 170

La Emanación de los Sephirot
Aunque Dios es Uno en sí mismo, es percibido de muchas manera y llamado por muchos nombres. Estos nombres corresponden a algunos de sus inagotables atributos. Concretamente diez nombres dan la clave a un posible símbolo del esquema universal por el que están hechos los mundos: la décuple emanación que se conce en la Cábala como Sephiroth. Aquí los nombres de Dios se dan en hebreo y resultan intraducibles. Los nombres se manifiestan como los diez Sephiroth designados con estos engaños, aunque habituales, términos: (1) Corona, (2) Sabiduría, (3) Prudencia, (4) Misericordia, (5) Poder, (6) Gracia, (7) Triunfo, (8) Honor, (9) Redención y (10) Reino. Para Fludd esto es otra muestra de la multiplicidad de los aspectos de Dios y su descenso al mundo creado.



UCH  II, b, pág. 11

Los mundos de la Balanza
Otra ordenación del Tetragrammaton nos muestra la Yod como la Divinidad Suprema que sostiene la balanza. El fulcro (la base del fiel) es el Sol, situado en el centro del mundo etéreo: punto de equilibrio en el centro del universo unido directamente a Dios. La balanza de la izquierda se eleva  porque representa el cielo empíreo hecho de "liviano fuego"; el platillo de la derecha desciende al ser la "pesada tierra" del reino elemental.



PS, pág. 174

Creación de la Sabiduría
La segunda palabra de los Sephiroth, Hokhmah, suele traducirse por "Sabiduría". Surge de la inefable Corona (Kether) henchida de las ideas del universo, que irradia como un sol. Aunque estas ideas tienen que atravesar los otros ocho Sephiroth antes de poder manifestarse realmente como seres creados, Fludd las muestra viniendo directamente de Hockmah y llenado el universo. (...)
Las creaciones de la Sabiduría son (de izquierda a derecha desde arriba) las estrellas fijas, Saturno, Marte, Venus, la Luna, el viento, las nubes, el trueno, la nieve, el hielo, los vegetales, los minerales, los animales, el hielo, el granizo, la lluvia, los relámpagos, otra vez el viento, los cometas, Mercurio, el Sol, Júpiter y los ángeles. Obsérvese que los vientos se hallan en el diámetro horizontal ilustrando la opinión de Fludd de que son mediadores entre el mundo etéreo y elemental.



UCH  II, b, pág. 181

El árbol de los Sephiroth
En la particular interpretación que hace Fludd del tradicional árbol de los Sephiroth, sitúa las diez emanaciones a cada lado de un tronco central donde está escrito el Tetragrammaton. Las cuatro letras corresponden a la disposición tradicional de los Sephiroth según los cuatro mundos (véase la tercera lámina): Atziluth contiene uno, Briah los dos siguientes, Yetzirah, seis y Assiah los dos últimos. Pero la columna central debería incluir también Tifereth y Yesod.
Cada Sephira recibe su nombre hebreo, su traducción latina, el nombre correspondiente a Dios y, en algunos casos, la interpretación trinitaria. Sumamente interesante para Fludd es la emanación de Malkuth, de la que brotan diez ramas que a su vez llevan los nombres de los Sephiroth. Están emparejados con los nombres cristianos tradicionales de los nueve órdenes de ángeles (querubines, dominaciones, virtudes, arcángeles, serfines, ángeles, principados, poderes y tronos) y "Alma" corresponde al segundo Malkuth. Así el supremo árbol de los nombres de Dios queda reflejado en la jerarquía angélica apoyando la teoría de la correspondencia universal.



UCH  II, b, pág. 198

La constitución del Hombre
Esta lámina y las dos siguientes derivan de la idea cíclica (...). Todo comienca en la oscuridad de la potencialidad, emerge a la luz y vuelve otra vez a la oscuridad. El punto inicial de estos círculos está siempre en la parte inferior y avanza en el sentido de las agujas del reloj. Los anillos exteriores son los arquetipos del todo; el primero dice: "Movimiento desde la nada de la potencialidad del acto de la generación, al origen de la vida; el día de la generación y la continuación de la vida; el comienzo de la corrupción; el final de la vida". Los dos círculos siguientes muestran estos arquetipos tal como los expresan los cabalistas, en letras hebreas. Yod es el Padre Absoluto envuelto en una oscuridad incomprensibles que se manifiesta a través del Hijo y del Espíritu. Los dos Aleph, claro y oscuro, son sus aspectos positivos y negativos. "Aleph significa la oscuridad de la que surge la luz no creada. Corresponde a Yod, la virtud del Tetragrammaton. Mem es el símbolo de las aguas creadas, que el Espíritu, Shin, divide en gruesas y sutiles por la interposición del firmamento. Por ello, en el Tetragrammaton, Vau divide las dos He. A Aleph, Mem y Shin se les llama las tres Letras Madre, ya que, como la cera, reciben la impronta de las tres letras masculinas Yod, He y Vau". Los círculos interiores reflejan estos procesos tal como se manifiestan en el microcosmos a través de elementos psíquicos, sustancias sutiles y materiales, condiciones metereológicas, humores y órganos "a partir de todo lo cual está hecho el hombre".



UCH  II, b, pág. 198

La Constitucióndel Mundo
Los mismos principios gobiernan la creación e historia del macrocosmos. El tercer anillo comienza con la potencialidad que, por la influencia del Aleph Claro, da lugar a las aguas superiores o cielo empíreo, hecho de la sustancia de la luz que es la actividad perfecta. Correspondiendo a él en el lado negativo están las aguas inferiores del espíritu grueso, aliadas de la oscuridad. Los anillos siguientes tratan de los estados de la materia, sustancias vaporosas y gaseosas, fenómenos meteorológicos; y en el centro se condensa el cuerpo animal, vegetal o mineral. Es dificil separar tiempo, espacio, causalidad y correspondencia en este esquema ideal.



MC  II, a pág. 181

Causalidad Universal
Esta lámina es una suma de las dos precedentes realizada por los nombres de Dios, los Sephiroth y los Angeles tal y como se encuentran en la Gran Carta Meteorológica. Su disposición se asemeja a la del "teatro de la memoria" de Giulio Camilo (véase Yates, Theatre of the World) y parece que pretende ser un esquema nemotécnico. Cualquiera que sea la opinión que se tenga sobre sus detalles, ilustra de modo muy apropiado las doctrinas de la emanación, de las correspondencias y del Eterno Retorno.
La teoría de la emanación sostiene que los principios más altos no crean a los inferiores a partir de la nada: emanan como manifestación de sí mismos sobre planos inferiores de existencia. Así, tomando una "cadena" como ilustración, de Vau, Hijo o Palabra arquetípicos, dimana Shin, el Espíritu que se manifiesta como Eloah, el Dios personal. De éste dinama la Gracia: la belleza del universo creada por una clase de ángeles, los llamados Virtudes. Correspondiendo a este principio en nuestro pequeño sistema solar está el arcángel Miguel, cuyo cuerpo físico es el Sol. El Sol nos proporciona nuestra fuerza vital, etc. (los círculo inferiores son vastante discutibles).
La doctrina de las correspondencias afirma que cada nivel de jerarquía del ser, desde el mundo mineral hasta los propios arquetipos, es un reflejo de los niveles superiores. Esto es consecuencia necesaria de la teoría de la emanación, pues de cada arquetipo pende una cadena de ser que desciende al propio fondo de la manifestación. Así, Miguel entre los Arcángeles, es como el Sol entre los planetas, el corazón en el cuerpo humano, o el oro entre los metales. Toda la magia, sea negra o blanca, se basa en esta doctrina, pues supone que las acciones que se efectúan en un nivel tendrán repercusiones en los correspondientes. Los objetos rituales de oro, por ejemplo, facilitarán el descenso de fuerzas solares a la copa, anillo, cetro, etc. y por tanto imbuyen de ellas a quienes los utilizan.
El principio de la ciclicidad es el "Mito del Eterno Retorno": la idea de que el tiempo no es una linea recta que corre sin sentido de infinito a infinito, sino un sistema de ciclos inscrito dentro de otros ciclos, ruedas dentro de ruedas cada una de las cuales gira a semejanza de los superiores, desde las espirales de electrones hasta el nacimiento y muerte de las galaxias. En el plano humano los ciclos se experimentan como día y noche, el retorno de las estaciones, el descendimiento periódico del individuo en la encarnación y el retorno de los períodos de la historia mundial, tanto si uno considera las épocas astrológicas (Piscis, Acuario, etc.) como el ciclo de las cuatro Eras de los hindúes y de los griegos. Todo esto implica una visión del mundo muy profunda que confirma la posición de Fludd entre los verdaderos filósofos esotéricos.


Lecturas:

Joscelyn Godwin, Robert Flud, claves para una teología del universo. Editorial Swan 1987

Frances Yates, El iluminismo Rosacruz. Siruela 2008


Entradas relacionadas:

Robert Flud: macrocosmos y microcosmos

El Arca de Noé de Athanasius Kircher

El poder de las imágenes

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viernes, 5 de diciembre de 2014

Delacroix, lago de sangre...

Eugène Delacroix, La libertad guiando al pueblo 1830


Es una mujer fuerte con poderoso pecho,
con la voz ronca, con grandes encantos,
que, morena la piel, con fuego en las pupilas,
es ágil y camina con grandes pasos.
Se complace con los gritos del pueblo, con las sangrientas contiendas,
con los largos redobles de los tambores,
con el olor de la pólvora, con lejanos repiques
de campanas y de sordos cañones,
que sólo escoge el amor entre el populacho,
que no da pábulo más que a los hombres fuertes como ella, y que quiere que la abracen
con brazos rojos de sangre.

A. C. Swinburne


 Delacroix
Por
Mario Praz


"Delacroix, lac de sang hanté de mauvais anges..." (Delacroix, lago de sangre encantado por ángeles malvados..."): un verso definitivo, como definitivos son los ensayos que Baudelaire escribió sobre su pintor favorito, y del que querría citar los pasajes más destacados antes que hacer una pálida paráfrasis, debilitada por la distancia de nuestro modficado gusto. (...)
 Aquel pintor "canibal", "molochista", "dolorista" que fue Delacroix, incansablemente curioso de masacres, incendios, saqueos, de pudrideros, ilustrador de las escenas más sombrías de Faust (imagen derecha Mefistófeles) y de los poemas satánicos de su idolatrado Byron; aquel enamorado de los felinos  (¿cuántos son sus estudios de bestias dando dentelladas?) y de los países violentos y calurosos: España, África; aquel exaltador de la acción frenética se lamentaba de que "su alma enervaba su fuego, sus veinticinco años sin juventud, su ardor sin vigor", y se confesaba así:

Esta mañana, Hélène ha venido. ¡Oh desgracia!... no he podido.
La joven ha venido esta mañana para posar. Hélène se ha adormecido, o fingía que dormía.
  No se por qué me he creído obligado a poner cara de adorador durante esos momentos, pero la naturaleza no ha querido. He recurrido a un dolor de cabeza en el momento en que se iba, y cuando ya no había tiempo... el viento había cambiado. Scheffer ma ha consolado por la noche y me ha dicho que le pasa lo mismo. Todo me da miedo y siempre creo que un inconveniente será eterno...
Siempre soy así... Mis decisiones se evaporan en presencia de la acción. Necesitaría una amante para matar el deseo con la costumbre. Me siento muy atormentado y mantengo en mi taller intensos combates. A veces deseo la llegada de una mujer cualquiera. ¡Que el cielo haga que Laura venga mañana! Después, cuando el cielo me envía alguna, estoy casi molesto, no quisiera tener que actuar: ese es mi cancer...

Y entonces aquel "viejo germen", aquel "fondo negro imposible de satisfacer" que él sentía en sí debía hallar, sin embargo, una vía de salida y la encontró en las telas. La fiebre perniciosa que lo atacó en 1820 y debía destruirlo lentamente, ¿basta acaso para explicar el por qué de aquel "himno terrible compuesto en honor de la fatalidad y del irremediable dolor", como Baudelaire definió su obra? ¿Basta la fiebre para explicar aquella especie de bulimia que ensangrienta sus lóbregas pinturas? ¿O se podría ver en ellas también un influjo del gusto dominante, de los crueles estudios de tormentos físicos de un Géricault, pintor de locos y de cadáveres?

 Delacroix, La muerte de Sardanápalo 1827

"Todas estas obras violentas son el resultado de una sangre no consumida", declaró Dargenty. "Yo no siento nada de amor... No tengo más que sueños vanos que me agitan y que no me satisfacen en absoluto": he aquí el misterio doloroso que Baudelaire sentía celebrado en los melancólicos cuadros, proyección de un turbio mundo larval interior. Lo turbio de la inspiración, el no aplacado deseo, se traducirán, como en el caso afín de Swinburne, en un hiperdionisismo expresivo, en una incertidumbre vibrante de los signos, que harían pensar casi en la traducción pictórica de una musica, en el "suspiro ahogado de Weber", tal como se pretendió ver en los versos de Swinburne una especie de música virtual. Porque la voluntad expresiva tanto de aquel poeta como de este pintor parece tender espasmódicamente a un más allá; partiendo de la oscuridad, se pierde en la oscuridad. "Limbos insondables de la tristeza." Fanfarrias extrañas..." No en vano Delacroix mereció un verdadero culto por parte de Maurice Barrès. "Du sang, de la volupté, de la mort" podría ser también el epígrafe de su obra.

 Delacroix, La muerte de Ofelia (grabado)

Mujeres atormentadas y enfermas: la hermosa prisionera desnuda atada al caballo de la Massacre de Scio; las hermosas concubinas masacradas en el tálamo fúnebre de Sardanápalo como en una de las orgías descritas -pero sin el mínimo soplo de arte- por Sade (Delacroix hacía decapitar, en el esbozo, a la esclava de la derecha, que en la pintura muere acuchillada); la mujer violada y asesinada que yace extendida sobre los escalones en actitud descompuesta, y la otra, la rubia patricia deshonrada y exhausta que se inclina sobre el rostro lívido de la madre muerta, en la Prise de Constantinople; (detalle en la imagen derecha)
Ofelia ahogada, cuya imagen obsesionará a Delacroix durante toda la vida; la sombra de Margarita que se le aparece a Fausto (un demonio sostiene por los cabellos a la pálida ajusticiada con el pecho impúdicamente descubierto); Angélica y Andrómeda encadenadas a la roca, Olindo y Sofronia atados a la hoguera, la india mordida por un tigre, Rebeca raptada, la otra joven mujer arrastrada por los piratas en la chalupa berberisca, la lívida belleza del cadáver femenino en el Apollon triumphant..., es todo un tenebroso harén de fantasmas crueles el que Delacroix hace desfilar funeralmente en sus pinturas. Pero Medea, poseída por su furibunda venganza, con movimiento de leona estrecha a los dos hijos contra el marmóreo seno: tiene en la mano un puñal: una sombra desciende sobre los ojos como una máscara- (imagen de abajo)
Medea
 Y el cadáver sangriento del hermoso efebo san Sebastián, del cual los dedos delicados de una mujer extraen las flechas; y el del otro joven mártir, san Esteban, a quien también una mujer enjuga la sangre de las heridas; y el cuerpo torturado del joven Foscari sobre el cual se abandonaron llorosa la madre y la esposa; y el obispo de Lieja asesinado en una orgía... En fin, el cielo raso del Palais Bourbon en París, donde la concepción dolorosa del pintor parece investir toda la historia de la humanidad, y una especie de filosofía a lo Sade, afirmando la inalterable crueldad de la naturaleza,se trasluce en los episodios de Plinio muerto por el Vesubio, de Arquímides herido por el ignorante soldado, de Séneca suicida por voluntad del tirano, de San Juan Bautista decapitado por el capricho de una mujer, de los israelitas proscritos y esclavos en Babilonia, de Italia pisoteada por las hordas feroces de Atila.

 La libertad guiando al pueblo (detalle de la parte inferior)

"Dura virago es, exige duras
y extraordinarias pruebas de peligro y de amor:
en medio de la sangre de su guirnalda
crecen las rosas".
(Carduccio)


Hasta la imagen que debería inspirar esperanza, la Libertad, pasa sobre los cadáveres, instiga el asesinato y tiene, más que el aspecto de una diosa, el aspecto de una Friné o de una pescadera (ver imagen de cabecera), como observó Heine. Todo el cosmos es sufrimiento y dolor, como en la Anactoria de Swinburne: no sólo los cuerpos humanos se extienden en la acción violenta o se retuercen en el espasmo o caen extenuados en la agonía, y las carnes tiemblan con nervios exasperados o languidecen de palidez mortal;

 Delacroix, La caza del león 1818 (detalle)

también las bestias y las plantas parecen vibrar con el mismo extremecimiento doloroso, y el cielo parece irrigado por una extraña linfa como hiel y pus, y se comba velado de hollines sobre aguas febricitantes, sobre el implacable mar.

Delacroix, lago de sangre encantado por ángeles malvados,
sombreado por un bosque de abetos siempre verdes,
donde, bajo un cielo apesadumbrado, fanfarrias extrañas
pasan, como un suspiro ahogado de Weber.

Versos que los cuadros de Delacroix nos llevan a la siniestra casa de los Ulster (de Poe), con el lúgubre estanque sobre el cual pesa una atmósfera fatal, el maníaco que se deleita con fúnebres improvisaciones, entre las cuales "una cierta paráfrasis singular, una perversión de la música ya bien extraña del último vals de Von Weber.

Esa melancolía grave y seria brilla como un reflejo lúgubre, hasta en su color, amplio, simple, abundante, dispuesto en masas armónicas, como el de todos los grandes coloristas, pero quejumbroso y profundo como una melodía de Von Weber.

En la mente de Baudelaire se había establecido un contacto entre Delacroix y Poe. En 1856 envió una copia de su versión de las Histories extraordinaries a Delacroix, quien hizo este comentario en su diario:

Baudelaire dice en su prefacio "que yo recuerdo con mi pintura ese sentimiento de lo ideal, tan singular y agradable en lo terrible". Tiene razón...


  Delacroix retratado por Léone Riesenier en 1842


Lecturas:

Mario Praz, La carne, la muerte y el diablo en la literatura romántica. El Acantilado 1999


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