Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 27 de marzo de 2016

Siete cabezas tiene la Bestia


La ramera de Babilonia, Biblia de Lutero (1534)


"Me trasladó un espíritu al desierto. Y vi a una mujer, sentada sobre una Bestia de color escarlata, cubierta de títulos blasfemos; la Bestia tenía siete cabezas y diez cuernos. La mujer estaba vestida de púrpura y escarlata, resplandecía  de oro, piedras preciosas y perlas; llevaba en su  mano una copa de oro llena de abominaciones, y también las impurezas de su prostitución, y en su frente un nombre escrito -un misterio- : 'La gran Babilonia, la madre de las prostitutas y de las abominaciones de la tierra'. (...) Me dijo además (el espíritu): 'Las aguas que has visto, donde está sentada la Prostituta, son pueblos y muchedumbres, naciones y lenguas".

Apocalipsis de San Juan 17



La Hidra, el mítico monstruo policéfalo que Hércules mata en uno de sus legendarios trabajos impuestos por la Sibila delfica, encuentra correlato iconográfico con las bestias de siete cabezas descritas en Apocalipsis 12 y 17, cuyas fuentes se pueden rastrear en relatos sumerios que darían lugar a expresiones artísticas como las que podemos ver en la imagen impresa de un sello real, simbolizando la eterna lucha del bien contra el mal o la imposición del orden a las fuerzas disgregadoras y el caos.

Impresión sobre cera de un sello cilíndrico sumerio donde se representa el ataque a un monstruo de siete cabezas.


Algo de esto parece perdurar en uno de los emblemas de Sebastián de Covarrubias, el 74 de la pimera centuria, donde la Hidra se presenta como imagen para ilustrar la confusión y desavenencias que se producen cuando se enfrentan variedad de pareceres sin orden ni concierto, lo que se da a entender por las siete cabezas del monstruo sobre las que está inscrito el mote TOT SENTENTIAE (TANTAS OPINIONES)


El epigrama en verso de debajo también es explícito al respecto:

Horrendo monstruo, bestia prodigiosa,
es la comunidad y ayuntamiento,
de la bárbara gente revoltosa;
sin orden, sin razón ni entendimiento,
propone mucho y no resuelve cosa.
Hay, sobre un caso, pareceres ciento,
cada cual tiene voto diferente,
o Cancerbero, o hidra pestilente.

En el análisis iconográfico dedicado a este emblema, Juan de Dios Hernández Miñano nos relata la presencia de este fantástico animal en la literatura clásica, bíblica y patrística, junto a los idearios simbólicos y morales que lo han acompañado en diferentes contextos históricos. También en la parte final conjetura sobre cómo Covarrubias pudo servirse de esa imagen para dirigir una crítica solapada al sistema asambleario del Cabildo de la Catedral de Cuenca, en cuyas interminables controversias se viera tantas veces involucrado siendo maestrescuela.



Juan de Dios Hernández de Miñano, análisis del emblema I, 74 de Emblemas Morales de Sebastián de Covarrubias.


La hidra es un animal serpentiforme y monstruoso que el poeta griego Pisandro de Camiro describe como un animal enorme y especialmente terrible, dotado de muchas cabezas que vive en lagos y pantanos. Plinio describe este extraño animal: Es como una culebra, pero tiene el pellejo muy pintado y hermoso, esmaltado de mil colores. San Isidro refiere que cuando se le corta una cabeza a este horrendo animal, le brotan otras tres.
La bestia bíblica, símbolo de las fuerzas irracionales, posee las características de lo informe, lo caótico y lo satánico. Como confusas son sus siete cabezas que representan los siete pecados capitales, cuyos cuernos simbolizan su potencia, y las diademas y coronas con que se engalana, su pseudorealeza, ante la que todos los hombres engañados la adoran. También se identifica con el Anticristo que tanta confusión llevará a los hombres.

 Beato de Fernando y Sancha, Folio 186 v. (detalle)


Muy pronto el mundo clasico identificó a la bestia de múltiples cabezas con la imagen de la confusión, al resultar desconcertante en su forma de ser y de actuar. Platón estima que un sofista es la imagen de la hidra, porque sostiene sus argumentos con mentiras y engaños, puras opiniones. Los moralistas del mundo clásico habían distinguido entre razón y opinión, reconociendo en la primera la trascripción firme y ordenada de la verdad y, en la segunda, un parecer versátil, caprichoso y desordenado, de ordinario incurso en el error. Así, pues, la opinión del grupo o de sus miembros resulta siempre tornadiza y sin criterio y, por tanto, carente de valor y de consideración alguna. Lo que dio lugar pronto a expresiones de claro matiz despectivo, como la de Terencio: Quot capita tot sententiae (Tantas cabezas, tantas opiniones), con clara alusión a la hidra sin nombrarla expresamente. Horacio, con la profundidad crítica característica, escribe sobre la confusa vida de la Comuna romana:

Eres, pueblo de Roma, una bestia de muchas cabezas; así pues, ¿a quién o qué seguiré? Algunos se desviven por conseguir el arriendo de los impuestos públicos; otros se dedican a cazar viudas avaras con pastelitos y frutas y a conquistar ancianos para ponerlos en sus viveros, y muchos hacen crecer su fortuna con clandestina usura.

Para Tervarent, la hidra es el atributo de Hércules y también de Alejandro por ser éste el creador de un imperio que, aunque pretendidamente unitario, estaba integrado por numeros reinos con diversas lenguas y comunas ingobernables.

 Vaso griego, Heracles mata a la hidra en su segundo trabajo

La pervivencia de esta idea se aprecia en algunos bestiarios como el de Cambridge, que siguen de cerca a Plinio y San Isidoro, al pretender ver en la bestia-hidra, entre otras valoraciones, el símbolo de la gente sin criterio, hipócrita, disoluta y poco fiable, porque, de alguna manera, tiene su misma naturaleza.

 La guerra contra el dragón, manuscrito francés (1295)


En el siglo IV, Lactancio, filósofo de la Patrística, refiere que, cuando la ciencia no alcanza su objetivo, sólo queda la función de opinar; y es que todo el mundo opina sobre aquello que no sabe, incluso algunos, ante una incertidumbre, opinan que es como ellos piensan; luego desconocen la verdad, porque la ciencia se mueve en el campo de la certidumbre, y la opinión en el de la incertidumbre. De ahí que el Eclesiástico diga: ¡son tan numerosas las opiniones de los hombres, y sus locas fantasías los extravían!
No obstante, durante el Medievo, la opinión del público tenía una alta consideración por la creencia de estar dotada de virtudes naturales y ser expresión de la voluntad divina. El juicio popular era como el cauce espontáneo de la razón moral. De ahí el aforismo vox populi, vox de Dei. Pero, desde el siglo XVI, esas palabras se olvidan y se recurre cada vez más a expresiones que van en sentido opuesto. La razón está en que la opinión del pueblo se ve ahora como algo informe e inculto, como algo que surge de una masa anónima cuyo parecer no supone un orden natural de racionalidad. En este sentido, Gracián dice que por ningún acontecimiento se diga que la voz del pueblo es la voz de Dios, sino de la ignorancia, y por la boca del vulgo suelen hablar todos los diablos.


 La bestia del mar se encuentra con el dragón, manuscrito francés (1295)


Con la llegada del Renacimiento, tendría lugar la consolidación del proverbio clásico, tal como lo expresa Erasmo de Rotterdam: Tantas cabezas, cuántas opiniones. Dante Alighieri, partidario de la idea de que la unidad de acción es preferible a la caótica pluralidad que rige en la sociedad humana, refiere:

¡Oh, género humano, cuántos tormentos y pérdidas, cuántos naufragios te ves obligado a padecer por haberte convertido  en una bestia de muchas cabezas y agitarte con tendencias contrarias!

Para Ripa, la "Opinión" es todo aquello que tiene su lugar en la mente y la imaginación de los hombres, en tanto no tenga demostración patente; así que pueden ser múltiples, tantas como hombres. De ahí el conocido dicho: Cuantas cabezas, tantas opiniones. Otro hombre del Renacimiento, Fray Luis de Granada, llama a los creyentes a la prudencia para no alejarse de la comunidad cristiana, siguiendo las opiniones dispersas de algunos hombres:

A lo menos, esto es cierto, que ninguna mayor locura puede hacer un hombre que regirse por la bestia de tantas cabezas como es el vulgo, que ningún tiento ni consideración tiene en lo que dice.


Giusto de Menobuoi (1330-1390), La Bestia surgiendo del mar 

Por su parte, Baños de Velasco pretende avisar al Príncipe de lo poco consistente que son las opiniones del pueblo, pues nunca se expresan con una sola voz, sino que cada individuo es una opinión diferente y, además, se presta al cambio de acuerdo con las circunstancias:

Sabido porque lo dize el Impugnador tiene muchas cabeças el vulgo y tantas bocas como cabeças (...), si donde huviese muchas cabeças, precisamente se infiere ha de aver muchas variedades: su juizio es el peor, fluctuando a cada passo entre errores, es su boca un mar de mentiras, sus apetitos infames, sus aprobaciones imperfectas (...). Cuerpo de tantas cabeças, no es seguro para afiançar el favor, donde si se inclinase la una, han de sentir lo contrario los demás (...). Convierte esta venenosa Hydra, los cariños en manifiesta rebeldía.

En el siglo XVII, el pensador inglés Hobbes ve al hombre como un ser egoísta y sin interés por la compañía de sus semejantes; sólo intenta hacer prevalecer su opinión para destacar y someter a los demás a su criterio. Por lo que se hace necesario el nacimiento del Estado que despoje al hombre de su afán de poder, pero, al mismo tiempo, esta institución pronto se convierte en una bestia de pareceres distintos, semejante a la bíblica.
Hidra en un capitel de St. Aigna
La representación icónica de la bestia es abundante, de entre la que destacaremos la hidra o serpiente de siete cabezas de un capitel románico de la iglesia de St. Aigna (Francia), que representa los siete pecados capitales.
Más significativo resulta el grabado  que trae la obra del siglo XVII Basis Totius Moralis Theologiae (...), de Julio Mercero, que muestra a la bestia o hidra, de siete cabezas coronadas, encadenada a un obelisco donde aparece escrito: Praxis opinorum limitata (Se ha de limitar la práctica de la opinión).

Julio Mercero,Totius Moralis Theologiae... (1618)

Covarrubias fue nombrado maestrescuela de la Catedral de Cuenca, dependencia del Cabildo de esa ciudad. Durante años estuvo asistiendo normalmente a los cabildos y ocupándose de sus cargos. Con este emblema, nuestro autor arremete contra esas asambleas y sus largas controversias e indecisiones parlamentarias. Así, para González Palencia, la hidra o bestia es la imagen del Cabildo catedralicio conquense, que tantas trabas puso siempre a las solicitudes del maestrescuela. Sería, pues, una especie de pequeña venganza por parte de nuestro autor, aunque en el comentario del emblema diga que su intención no va dirigida a cabildos eclesiásticos.

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Lecturas:

Juan de Dios Hernández de Miñano, Emblemas Morales de Sebastián de Covarrubias. Ediciones de la Universidad de Murcia, 2015


Escena de Jason y los argonautas (1963) de Don Chaffey


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2 comentarios:

Moisés dijo...

Me ha hecho mucha gracia la coincidencia con mi entrada sobre Babilonia, del que el personaje de la ramera es fundamental para entender la gran metáfora que supone Babilonia para la cultura judeo-cristiana. De nuevos viejos mitos que se actualizan en cada nueva generación.

Un abrazo.

Jan dijo...

Los pueblos y civilizaciones desaparecen pero sus mitos perduran.

Abrazos Moisés.