
En las dos imágenes superiores vemos al Arcángel San Miguel o Mija-il en el Islam, como mediador entre lo Divino y lo humano. En la primera anuncia a María que dará a luz a Jesús como hijo de Dios, y a quien simbolicamente es denominado la Palabra o Verbo hecho carne. En la segunda, el profeta Mohammad tiene uno de sus encuentros con Mija-il por los que éste le irá revelando la Palabra de Dios que tomará cuerpo en la sagrada escritura del Corán. En este sentido, María y Mohammad son receptores y transmisores del Logos, de la Palabra a través de la que el hombre podrá unirse a la Divinidad. El acercamiento a la figura de Jesús como símbolo (lo que une dos partes separadas), hasta la plena realización en él, es la Puerta por la que se asciende hacia Dios. Por otra parte, la interpretación (hermenéutica o ta'wil ) más profunda de las sagradas escrituras coránicas en el esoterismo islámico, será el proceso por el que ir descubriendo el Nombre de Dios.
ra cada uno, como hay un ángel para cada uno. De aquí se derivan todos los componentes propios de una ontología de lo simbólico en cuanto que angelología: la hermenéutica espiritual o asunción del contenido simbólico, la temporalidad de la conciencia que interpreta el símbolo en cuestión, la variada imaginería simbólica, es decir, las formas que se epifanizan en el ámbito de lo simbólico representando el ámbito metafísico superior. Los nombres o atributos divinos (teofanías) expresados simbólicamente, son dichos y manifestados en nosotros y para nosotros, por lo que podemos afirmar que el escenario de la manifestación simbólica (y de la fenomenología del ángel, en consecuencia) es la subjetividad. Esto no quiere decir, desde luego, que el acontecimiento simbólico sea irreal o desprovisto de substancialidad; esto quiere decir que el ámbito de lo simbólico sólo tiene sentido si se desenvuelve en y para una conciencia, pues en función de ella se constituye. Repitamos de nuevo que la metafísica de lo simbólico es siempre una filosofía personalizadora y personal; o dicho de otra manera, es un ángel que se manifiesta. Es, en definitiva, el proceso mismo de la interpretación.Por todo lo cual, no podemos afirmar que la región intermedia y mediadora que es en la que reside el hombre como su lugar ontológico específico, está formada por las representaciones, figuras e imá
genes del lenguaje religioso: allí, en ese mezorios, habitan los simbolos y los mitos propios del ámbito de lo sagrado; allí suceden y transcurren los relatos y narraciones de las visiones y experiencias numinosas; allí es donde lo puramente inteligible se configura y se hace representativo, y donde lo sensible adquiere cualificación espiritual; allí acaece el símbolo y la vivencia de la fe; allí aparece el ángel. Y es aquí, en este mezorios, donde el ángel toma toda su significación, pues aglutina él todas estas características y funciones: el ángel es comunicación de un ámbito a otro, es figura representable, es teóforo (tiene nombre), y por lo tanto es determinable, lo cual hace posible una teología de lo nombrable; en definitiva, el ángel es símbolo. De igual manera, toda una serie de categorías pertenecientes al campo de la experiencia religiosa aparecen en el horizonte del mezorios. Pero uno de sus atributos más importantes estriba en el caracter dinámico que conlleva el mismo término mezorios. Efectivamente, al designar al hombre como mezorios, estamos designándolo como un ser entre dos, es decir, pasando (o con posibilidades de pasar) de una región a otra, precisamente porque no pertenece en puridad a ninguna. Existe, pues, un movimiento y una tensión del hombre que progresa y avanza desde una región h
asta otra. La misma palabra mezorios denuncia su sentido dinámico: meta-horos, a través del límite o frontera, esto es, desde lo finito hasta lo infinito, desde lo temporal hasta lo eterno, desde lo sensible hasta lo inteligible, en constante epectasis, en constante proyección de lo uno hacia lo otro. Y lo que podemos decir de la categoría mezorios respecto al hombre, también lo podemos decir de la misma categoría por ella determinada. O lo que es igual: la región ontológica compuesta por mitos, símbolos, imágenes, arquetipos, ángeles, también progresa y tiene movimiento, lo cual ahora significa: los flujos del alma equivalen a los flujos del mundo mediador, ya que los sentidos simbólicos de éste se corresponden con las operaciones de la conciencia que los interpreta, o lo que es lo mismo, el sentido de la mediación está en función de la conciencia que vive tal sentido. En este movimiento hermenéutico y personal ciframos la figura del ángel. Las características que debido a esta funcón ontológica ha tomado la figura del ángel son, entre otras las de metaxi, mezorios, Alma del Mundo, Mundus Imaginalis, Malacut, Barzaj... por tanto la dimensión y la experiencia del ángel es la experiencia de toda aquella realidad que sirva de puente o conexión entre lo inefable y lo decible: toda dimensión que cumpla esta misión, adquiere una connotación angélica (Ideas, Sefirot, Amesha Espenta, Inteligencias, Palabras)... El ángel interpreta lo Inefable, apalabra el Silencio: es hermenéutica de manera esencial. El planteamiento de la cuestión en la mediación y representación nos conduce a otra categoría fundamental y que así mismo podemos poner en relación con el tema del ángel y su conexión con la hermenéutica: nos referimos al lenguaje.
retación de la Palabra revelada. El orden de la representación va siempre más allá de sí mismo, está siempre abierto. Las imágenes generan nuevas imágenes, las palabras generan nuevas palabras, las interpretaciones generan nuevas interpretaciones. Es como si la imagen y la palabra tuvieran una potencialidad germinal que propiciara su desarrollo en nuevas palabras, imágenes, interpretaciones, experiencias. La potencialidad germinal del hombre es el ángel. El ángel es, desde esta perspectiva, el estado de abierto de una determinada realidad; privilegiadamente, de una realidad personalizada. El ángel es la apertura a nuevas posibilidades de ser (interpretaciones, denominaciones, determinaciones). Cuanto mayor sea el grado de apertura de una realidad, mayor será su posibilidad de fenominación de un ángel. Naturalmente, el hombre es el ser con mayor potencialidad de apertura y, por tanto, con mayor potencialidad para la recepción de la figura del ángel. Según hemos dicho, una de esas configuraciones privilegiadas que adquiere la figura del ángel en su misión epifánica es la de Palabra (Logos, Dabat-Menrá, Calam), Nombre (Shem, Ism), Intérprete (Hermeneutés). Pues en efecto, la palabra contiene todas las significaciones que acabamos de atribuir al ángel: la palabra es determinación y configuración, es mensajera, manifestación y revelación en cuanto discurso y prolación de lo Inefable. Una formulación clásica del lenguaje en las filosofías escriturarias estriba en la consideración de la lengua como la epifanía de lo Divinal, como la forma en que lo Absoluto mismo se manifiesta. Dicho de otra manera: el lenguaje es el Nombre de Dios. Dios se revela pro
nunciando su Nombre. El despliegue de la realidad es la dicción del Nombre (o de los Nombres) de Dios, los cuales son así símbolos, representación y mediación entre Dios mismo y nuestro mundo. A todo ello se le asocia el sentido de ángel teóforo, por la propia asociación que sufre esta figura con las anteriores categuorías, en virtud del muy semejante papel ontológico que todas ellas desempeñan. Por eso se explica la importancia de los ángeles teóforos: cada ángel es un nombre divino, una prolación divina, una logofanía, una revelación; aunque el Nombre propio de Dios, el que con mayor fidelidad y exactitud lo revela es su Verbo, su Hijo (de ahí que el Verbo o Hijo de Dios también haya sido llamado Ángel). En la medida en que la Palabra o el Nombre son revelación y desvelamiento, en esa misma medida el ángel interpreta y traduce lo inefable o puramente eidético en signos, símbolos y representaciones. Cuando a su vez la configuración hipostática es el Libro sagrado dentro de un orden ontológico (Ideas o Inteligencias asimildas a Textos), entonces el ángel (o Inteligencia o Idea) es el interprete del Libro precedente y él mismo es Libro para el subsecuente ángel que será su exégeta; y así hasta llegar a la revelación final (Corán, Torá o Biblia revelados, diferentes de sus modelos celestes) que es la suma de las interpretaciones hipostáticas, esto es, la revelación o epifanía o inter
pretación de todos los órdenes superiores. Por eso la experiencia hermenéutica del Libro sagrado se identifica a menudo con la aparición de un ángel, o bien es un ángel quien dona la interpretación: es, pues, ángel revelador a la par que ángel intérprete, como se ve de una manera paradigmática en la literatura apocalíptica. Ésta, en efecto, es una toma de conciencia del caracter transcendental y al mismo tiempo epifánico del Libro: la apocalíptica significa el cierre del Libro (la conciencia del Libro como totalidad), y al mismo tiempo su apertura (la mostración del sentido de cada uno y para cada uno). Naturalmente, de toda esta visión del lenguaje como revelación misma de Dios, del lenguaje como nombre de Dios, se deriva la constitución del propio lenguaje humanocomo manifestación lingüística última de Dios, ya que lo que implica el lenguaje es la experiencia del sentido y éste, a su vez, lo vive la conciencia religiosa como prístina revelación divina. El lenguaje del hombre sería, pues, el último paso del proceso por el que, a partir del genuino Nombre de Dios (su Hijo o su Verbo), y después de los diversos Nombres o logofanías, accede la presen
cia sagrada a nuestra realidad sensible. Estos nombres son los eones tomados en sentido lingüístico, como en el gnóstico Marcos, los cuales a su vez vienen a significar las potencias o atributos divinos (middot o sefirot de la Cábala). Debido a esto, toda filosofía de la religión tiene que ser teología del lenguaje humano y de sus modos expresivos: los lenguajes concretos, la poesía, la comunicación, la traducción, la narrativa etc. La experiencia del ángel es la experiencia del lenguaje; más concretamente, esa experiencia se cifra en el nombre de cada uno, esto es, el nombre que Dios profiere a cada uno y para cada uno. Es decir, estamos ante la vocación, que precisamente se conforma como el ángel de cada uno. La adquisición de un nombre, de nuestro verdadero nombre, radicaría entonces en asumir la realidad del ángel, de nuestra vocación o llamada pronunciada por Dios. Hemos hecho una aproximación al tema del ángel en función de la categoría de mediación, que se encuentra imbricada con otras como las de representación, simbolismo, lenguaje, personalización, interpretación. Esta última categoría es la que cualifica a la mediación como expresión angelológica. Con este breve acercamiento al tema en cuestión, hemos intentado también mostrar los múltiples aspectos y la rica fenomenología que puede tomar la imagen del ángel: ángel-mediación, ángel-palabra, ángel-símbolo, ángel-intérprete.
Para finalizar dejo un fragmento del ensayo de Henry Corbin, Necesidad de la angelología, donde su autor hace algunas observaciones que destacan la importancia preeminente del Arcángel Miguel, o Michael, sobre todo para la mística judía, en su papel de custodiador del Nombre y mediador de la presencia Divina.
Algunas lecturas recomendadas:





