Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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lunes, 7 de septiembre de 2015

Dos historias de amor


Entre los relatos reunidos en La noche sexual de Pascal Quignard traducidos por Paz Gómez Moreno en la reciente publicación de Editorial Funambulista, destaco dos inspirados en obras literarias clásicas. El primero en la historia sobre Eros y Psique aparecida en Metamorfosis o El Asno de Oro de Apuleyo escrita en el siglo II d. de C. 
La segunda recrea la leyenda de Leandro y Hero tratada en diferentes versiones a lo largo de la historia; entre las más destacadas, la primera de la que se tiene noticia fue la aparecida en el siglo I a. C. en Heroidas de Ovidio a modo de intercambio de cartas entre dos amantes, después en el siglo V d. C. el bizantino Museo el Gramático le daría forma poética, y ya durante el Renacimiento Chistopher Marlowe comenzaría una extensa versión que tras su muerte concluiría el poeta George Chapman. 
Las acompaño con la selección de algunas pinturas y un grabado impreso también inspirados en esas inmortales historias de amor.



La noche sexual
(capítulos XXIII y XXIV)
por
Pascal Quignard



EROS Y PSIQUE


Giuseppe Maria Crespi, Cupido y Psique, s. XVIII


ELLA TIENE LA LLAMA en la mano izquierda. Se inclina. En la otra mano tiene una navaja afilada.
    Antaño Psique había sido expuesta por su padre en la cima de una roca sobre la que cayó dormida: de pronto un monstruo la raptó. A partir de entonces vivió sola en un palacio misterioso. Unas voces la obedecían como su fueran sus esclavas. Caída la tarde, después de que la noche alcanzara su plenitud, su marido invisible la visitaba, se deslizaba bajo la manta de lana y la penetraba en la noche opaca. No sólo él gozaba en ella, sino que también ella gozaba con él. Él le hablaba, pero no le preocupaba verla. Ella le respondía, pero no le veía, al igual que él no la veía a ella. Ni siquiera su sombra. Ni siquiera su silueta. Un día ella le preguntó:
    -¿Puedo verte?
    Él le respondió:
    -Sí, puedes verme, Psique. Pero piénsatelo. Pues en el mismo momento en que me hayas visto, dejarás de verme.
    Ahora bien, por muy feliz que fuera en los brazos de su marido, la joven desaba conocer el rostro de su raptor.
    Apuleyo da a entender esta queja de Psique en su Metamorfosis:
    -Nunca he podido ver el rostro del ser que me posee todas las noches. Ni siquiera sé a qué mundo pertenece. Tan solo oigo el sonido de su voz, que llega hasta mi oído entre las sombras. En la oscuridad sufro el acercamiento de un ser cuya naturaleza se me escapa (incerti status) y que huye de la luz (lucifugam). Bien que noto que es algún tipo de bestia.
    Psique toma una navaja semicircular (novacula). Afila su hoja. Rellena de aceite una pequeña lámpara portátil, prende la mecha, lo esconde todo bajo un caldero al que da la vuelta.
    Ella espera la noche. La noche llega. El monstruo solamente se presenta una vez que la noche alcanza la plenitud. Sube a la cama. Levanta la manta. La penetra. Goza. Cae dormido.
    Psique, desnuda, levanta la manta, se desliza fuera de la cama. De puntillas, va a levantar el caldero: libera la lámpara de su carcel de tinieblas ciegas (caecae tenebrate custodia). Tiene la lámpara en su mano izquierda. Se acerca. Se siente muy audaz. Levanta el brazo. Pero en cuanto la luz ilumina la cama, distingue a la más dulce de las bestias (dulcissimam bestiam).

 Jacopo Zucchi, Eros y Psique, 1589


Cupido duerme. Hasta la llama de la lámpara se aviva alegremente (hilaratum) al descubrir el joven cuerpo masculino, cautivador y desnudo, que descansa.
Entonces Psique deja caer la navaja semicircular. Su mano izquierda también comienza a temblar. Quiere contemplar todavía más de cerca a aquien desea. Se agacha. Una gota de aceite hirviendo cae sobre el hombro derecho del dios (super umerum dei dexterum). Debido a la quemadura, Cupido se despierta sobresaltado, da un brinco, se transforma en pájaro, levanta el vuelo sin mediar palabra (tacitus). El pájaro sale por la ventana. Se posa en la rama de un ciprés que se alza frente a la ventana abierta de par en  par de la habitación. Dice:
    -Ego quidem, simplicissima Psyche, immemor... (Yo también olvidadizo, Alma simplicísima, ahora huyo...)
    El pájaro abandona la rama del árbol en la que se había posado. Desaparece. Se disuelve en la noche...

François Éduard Picot, Amor y Psique, 1818



LEANDRO Y HERO


Hevelyn de Morgan, Hero esperando el regreso de Leandro, 1885


ELLA TIENE LA LLAMA en la mano derecha. La protege del viento. En lo alto de la torre prende la mecha de la lámpara secreta. Esa lamparita es como la llama de un faro que permite a Leandro orientarse en la negra noche. Museo el Grámatico compuso  su obra maestra a principios del siglo VI. Se trata de la "pequeña epopeya" (epullion) que dedicó a Leandro y a Hero. El autor llama a su poema el Nadador nocturno. Marlowe decía que la narración de Museo era "el poema de amor más hermoso del mundo". Comenzó a traducirlo antes de morir asesinado por su propia mano. La muerte que lo interrumpe le sigue dando un sentido que no aparecía en vida.
    Siempre se le da un sentido a un cadáver traído por el mar.
    Pues es un recuerdo.
    El "nadador nocturno" viviía en Abido. Hero era sacerdotisa de Afrodita y vivía en la orilla del Helesponto: servía en el templo de la diosa que estaba situado en Sesto. Cada noche, para poder reunirse con ella, Leandro tenía que  cruzar el estrecho. Primero se desnudaba para introducirse en el agua, se ataba las ropas a la frente, luego se echaba a nadar guiado por la llama de la lamparita de aceite que la sacerdotisa había prendido en secreto en lo alto de la torre-faro en el extremo de la península.
    Llegó el invierno y el mar helado, rugiente, violento, agitado por súbitas tempestades. Dejaron de verse. De repente Hero no aguanta más sin ver a su amante. ¿Dónde está? ¿Qué hace? Sube a la cubierta de la torre. Prende la lámpara.
    Al otro lado del estrecho, en Abido, el buceador de nuevo se sumerge. El viento sopló. La mecha se apagó. Leandro no pudo encontrar la costa en las tinieblas, entre las olas terribles, bajo las embestidas de la borrasca. Con la primera luz del alba, al pie de la torre, Hero vio como las olas arrastraban el cuerpo mancillado y desfigurado de su amante. Desde lo alto de la torre se arrojó al vacío.

François Chauveau, Hero y Leandro, 1676

    En el texto de Museo, en mitad de la noche, cada vez que el nadador nocturno se pone en pie en la orilla de Sesto, Hero le susurra al oído antes de lavar su cuerpo desnudo:
    -¡Oh, amante mío, olvida el olor de los peces del mar.
    He aquí lo que le susurra Hero a su amante mientras lo lava y lo perfuma en la gran pintura de Delorme, que data de 1814 y que está expuesta cerca del mar, en el museo de Brest.

 Pierre-Claude-François Delorme, Hero y Leandro, 1814


    Quinientos años antes de Museo, Ovidio había inventado dos cartas que los dos amantes se habrían escrito cuando el invierno los separaba.
Leander Heroni (Leandro a Hero) : Ya que no puedo ir, me veo obligado a escribirte. Acerca los labios, abre la boca, enseña los dientes, roe el cordelillo bajo el sello de lacre. Ya que no puedes amarme, léeme. Desnudo, era yo a la vez navío, timonel, barquero. Cada noche, bajo la claridad de la luna, al descender de la roca, dos veces me desnudaba. Cada noche , a poco que esta fuera tranquila, dos veces me despojaba de mis ropas: para introducirme en el agua, para introducirme en ti. Dos veces sumergía mi rostro. Dos veces utilizaba los remos de mi cuerpo. Dos veces un agua conocida (nota aqua) me atraía. Me abría paso. Me sumía en el silencio. Nullaque vox usquam, nullum veniebat ad aures praeter dimotae corpore murmur aquae... De ninguna parte en el espacio voz alguna llegaba a mis oídos. Ningún murmullo se levantaba si no era el del agua que mi cuerpo desplazaba en la noche.
    Hero Leandro (Hero a Leandro): ¿Dónde está ese cuerpo que mi mano secaba cuando salía totalmente desnudo del mar en la claridad de la luna? Lo lavamos en la sala de al lado. Me digo a mí misma: Veni. Non patienter amo. Ven. Amo sin paciencia. Les hablo de ti muerto a todas las cosas que me rodean. Odio el mar. Odio la torre, la llama, el viento, la orilla vacía, las gaviotas y las cornejas que graznan. Mi nodriza enjuga mis lágrimas con su pulgar. Odio su compasión y su actitud solícita. Odio el manto seco que he tenido en las manos mientras he permanecido sentada. Odio a Ulises que sobrevivió al naufragio, dormido, demacrado, barbudo, sucio, respirando entre la maleza de la isla del rey de los feacios. Odio el huso que cae, el delfín que nada, el pecio que arrasa la ola. Leandro, voy a levantarme, voy a reunirme contigo allí donde estás. Ahora me toca a mí dejar las ropas en el borde de la torre. Me lanzo de repente al aire como un gavilán marino. Ahora me toca a mí ir a reunirme contigo en el fondo del reino húmedo y nocturno del mar. 

 William Etty, Hero y Leandro, 1828


Lecturas:

Pascal Quignard, La noche sexual. Editorial funambulista 2013

Apuleyo, La metamorfosis o el asno de oro. Biblioteca digital Miguel de Cervantes 1999

Christopher Marlowe, Hero y Leandro. La Palma Ediciones 2009

 .

martes, 15 de abril de 2014

Ficción y verdad


Abdul Mati Klarwien, Aleph Sanctuary
Instalación inspirada en El Aleph, de Jorge Luis Borges


"En el mapa de tu imperio, oh gran Kan, deben ubicarse tanto la gran Fedora de piedra como las pequeñas Fedoras de las esferas de vidrio. No porque todas sean igualmente reales, sino porque todas son solo supuestas. Una encierra aquello que se acepta como necesario mientras todavía no lo es; las otras, aquello que se imagina como posible y un minuto después deja de serlo"

Italo Calvino, Las ciudades invisibles



Umberto Eco finaliza su último libro publicado Historia de las tierras y los lugares legendarios, con un capítulo a modo de epílogo con una sugerente conclusión tras su intenso y amplio recorrido por lugares y personajes de leyenda, míticos y literarios que han poblado la imaginación humana a lo largo de la historia.


Los lugares novelescos y su verdad
(fragmentos)
por
Umberto Eco


Como hemos dicho en la introducción, son infinitos los lugares que en realidad nunca han existido y en los que se desarrollan numerosas acciones novelescas. Muchos de estos lugares forman parte ya de nuestro imaginario, de modo que fantaseamos sobre el País de los juguetes de Pinocho, la isla donde Simbad encuentra al pajaro Roc o la isla Sonante de Rabelais, por no hablar de la cabaña de los siete enanitos, el castillo de la Bella Durmiente, la casa de la abuela de Caperucita Roja o la montaña del Imán que aparece en muchos relatos orientales y occidentales.
Algunos se convirtieron en materia novelesca pese a haber existido en la realidad, como la isla de Robinsón, donde naufragó un personaje real, Alexander Selkirk, en el que se inspiró Defoe, y que se encuentra en el archipiélago de las islas Juan Fernandez, en el océano Pacífico, frente a la costa de Chile. (...)


No sabemos dónde estaban los jardines de Armida de Tasso o la isla de Calibán, ni tampoco Lilliput, Brobdingnag, Laputa, Balnibarbi, Glubbdubdrib, Luggnagg y el país de los Houyhnhnms de los Viajes de Gulliver, la isla misteriosa de Verne, el Xanadú de Coleridge (aunque Orson Wells reconstruyó un Xanadú ficticio en Ciudadano Kane), las minas de rey Salomón, en qué punto naufragó Gordon Pym, dónde estaba la isla de los monstruos del doctor Moreau, el País de las Maravillas de Alicia, y todos los principados de opereta, de Ruritania a Parador, Freedonia, Sylvania, Vulgaria, Tomania, Bacteria, Osterlich, Slovetzia y Euphrania, al ducado de Strackenz y los reinos de Taronia, Carpania, Lugash, Klopstokia, Moronica, Syldavia, Valesca, Zamunda, Marsovia y las repúblicas de Valverde, Hatay, Zangaro, Hidalgo, Borduria, Estrovia, Pottsylvania, Genovia y Krakozhia, hasta el reino de Ottokar en los comics de Tintín. (...)


Si bien se presume que la Gotham City de Batman es una Nueva York tenebrosamente transfigurada, siguen siendo ilocalizables Smallville, Metrópolis y Kandor, que en las historias de Superman el malvado Brainic ha capturado y miniaturizado en recipiente de cristal.
Y por supuesto no existen las esplendidas ciudades invisbles de Calvino y, ¡ay!, aunque se ha intentado hacer una reconstrucción comercial tremendamente decepcionante, nunca más veremos el Café Americain de Rick, en Casablanca.

 
Por otra parte, nadie ha imaginado jamás que existieran realmente los lugares representados en la Carte du Tendre, mapa de un país imaginario del que habló en el siglo XVII Madeleine de Scudéry en Clélie.
Igual que solo podemos soñar el lugar más vasto e innombrable de todos, aquel que Borges cuenta haber visto a través de una rendija situada en los peldaños de una escalera. El Aleph, el punto desde el que contempló e intentó describir el universo infinito.
Entre los lugares novelescos podemos enumerar también los que aún no existen, esto es, los lugares de la ciencia ficción, partiendo de los clásicos, como el París del Dos mil imaginado por Robida en el siglo XIX. Pero tal vez esas fantasías deben ser clasificadas entre las utopías, positivas o negativas, que pretendieran o pretendan ser.

Albert Robida, Paris la nuit, ilustración para Le vingtième siècle (1883)


En cualquier caso, todos estos lugares de los que tratamos en este capítulo (sin pretender agotar la infinita lista), no son los lugares de la ilusión legendaria sino de la verdad novelesca. ¿Cuál es la diferencia? La diferencia estriba en que (incluso en el caso de Robinson) estamos convencidos de que no existen y de que nunca han existido, como el País de Nunca Jamás de Peter Pan o la Isla del tesoro de Stevenson.
Y nadie intenta ir a descubrirlos, como sí han hecho muchos con la isla de San Brandán, en cuya existencia se creyó realmente durante siglos.
Estos lugares no suscitan nuestra credulidad porque, gracias al acuerdo ficticio que nos une a las palabras del autor, aun sabiendo que no existen, aparentamos que han existido y participamos como cómplices en el juego que se nos propone.

Mapa e ilustración de La isla del tesoro (1886) de R. L. Stevenson


Sabemos muy bien que existe un mundo real en el que se produjo la Segunda Guerra Mundial y los hombres fueron a la Luna, y que han existido  y existen Blancanieves y Harry Potter, el comisario Maigret y madame Bovary. Una vez  que, fieles al acuerdo ficticio, hemos decidido tomar en serio un mundo narrativo posible, debemos admitir que Blancanieves fue despertada de su letargo por un príncipe azul, que Maigret vive en París en el boulevard Richard-Lenoir, que Harry Potter estudió magia en Hogwarts y que madame Bovary se envenenó. Y el que afirmase que Blancanieves no se despertó nunca de su sueño, que Maigret vive en el boulevard de la Poissoniére, Harry Potter estudió en Cambridge y madame Bovary fue salvada in extremis por su marido con un antídoto, suscitará nuestro desacuerdo (y tal vez le suspenderían en un examen de literatura comparada). (...)


La verdad de la ficción novelada supera la creencia en la verdad o falsedad de los hechos narrados. En la vida real no sabemos con seguridad si Anastasia Romanov fue asesinada junto con su famila en Ekaterimburgo o si Hitler murió en realidad en el bunker de Berlín. Pero si leemos las historias de Arthur Conan Doyle, estamos seguros de que el doctor Watson es la persona a quien Stamford llama por primera vez por este nombre en Estudio en escarlata, y a partir de ese momento tanto Holmes como los lectores, cuando piensan en Watson, se refieren a ese hecho bautismal. El lector confía en que en Londres no existían dos personas con el mismo nombre y el mismo currículum militar, a menos que el texto nos lo diga porque pretende contar la historia de un simulador o de un personaje con doble identidad, como sucede en El doctor Jekyll y Mister Hyde. (...)


Todo esto significa que el mundo posible de la narrativa es el único universo en el que podemos estar absolutamente seguros de algo, y que nos proporciona una idea muy profunda de verdad.
Los crédulos creen que existen o han existido en algún sitio El Dorado y Lemuria, y los escépticos están convencidos de que nunca han existido, pero todos sabemos que es innegablemente cierto que Superman es Clark Kent y que es falso que la mano derecha de Nero Wolf sea el doctor Watson; que es indiscutiblemente cierto que Ana Karenina murió bajo las ruedas de un tren, y falso que se casara con el príncipe azul.
En nuestro mundo lleno de errores y de leyendas, de datos históricos y de falsas noticias, una cosa absolutamente verdadera lo es tanto como el hecho de que Superman es Clark Kent. Todo lo demás siempre puede ser discutido.


Los exaltados siguen confiando en encontrar un día al señor del mundo o en que las criaturas de una raza venidera puedan surgir de un subsuelo vacío. Los alucinados han creído (y algunos lo siguen creyendo) que la Tierra es hueca. Pero cualquier persona normal sabe que, en el mundo del que nos habla la Odisea, la Tierra era plana y albergaba la isla de los feacios.
Todo esto nos proporciona un último consuelo. Las tierras legendarias, en el momento que pasan  de ser objeto de creencia a objeto de ficción, también se convierten en verdaderas. La isla del tesoro es más verdadera que Mu y, al margen del valor artístico, la Atlántida de Pierre Benoît es más indiscutible que aquella en cuya búsqueda partieron tantos exploradores de tierras desaparecidas, y asimismo indiscutible, en el mundo de Platón, cuando lo leemos en clave narrativa (como hay que hacer con los relatos mitológicos), es la Atlántida con la que el filósofo nos fascinó, y su tierra no puede ser cuestionada, como conviene hacer en cambio con la de Donnelly.


Acuden también en nuestro auxilio las narraciones figurativas que acompañan los capítulos de este libro, que fijan a quienes eran personajes de leyenda en una realidad imborrable, parte del museo de nuestra memoria. Esos héroes o esas tierras desaparecieron (o nunca existieron), pero su imagen no puede ser cuestionada.
E incluso el que no cree en la existencia del Paraíso, ya sea el terrenal o el celestial, si mira la imagen de la "cándida rosa" de Doré, y lee el texto de Dante que la ilustra, comprende que esta visión forma parte verdaderamente de la realidad de nuestro imaginario.


Gustave Doré, ilustración para el Canto XXXI de El Paraiso de Dante

 "Todas aquellas almas tenían el rostro de llama viva, las alas de oro, y lo restante de tal blancura, que no hay nieve que pueda comparársele. Cuando descendían por la flor de grada en grada, comunicaban a las otras almas la paz y el ardor que ellas adquirían volando; y por más que aquella familia alada se interpusiera entre lo alto y la flor, no impedían la vista ni el esplendor, porque la luz divina penetra en el universo según que éste es digno de ello, de manera que nada puede servirle de obstáculo.
Este reino tranquilo y gozoso, poblado de gente antigua y moderna, tenía todo él la vista y el amor dirigidos hacia un sólo punto. ¡Oh trina luz, que centelleando en una sola estrella, regocijas de tal modo la vista de esos espíritus!"


Lecturas:

Umberto  Eco, Historia de las tierras y los lugares legendarios. Random House Mondadori 2013

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

La elocuencia del Rojo

Efecto conseguido con pinceladas de color rojo


"Lo Real no se revela a Sí mismo en una
forma sin que el siervo se tiña de su color."

Ibn Arabi


"Para la Obra del Sol, toma vitriolo bien depurado, rojo y bien calcinado, y disuélvelo en orina de niños. Destilas esta solución y repites tantas veces como sea necesario para obtener un agua muy roja. Entonces mezclarás este agua con el agua susodicha antes de la congelación; colocarás estos dos cuerpos en estiércol durante algunos días con el fin de que se incorporen mejor los destilarás y congelarás juntos. Obtendrás entonces una piedra roja parecida al Jacinto una parte de la cual proyectada sobre siete partes de Mercurio o de Saturno bien depurado se transformará en oro refinado".

Santo Tomás de Aquino, Tratado de Alquimia



El texto que sigue a continuación es el capítulo titulado Me llamo rojo de la obra de igual título del escritor turco Orhan Pamuk. En él, el color rojo nos habla acerca de su presencia en las miniaturas que ilustran los manuscritos donde se narran las principales obras clásicas de la literatura persa y árabe. Es un discurso apasionado, como no podía ser de otro modo tratándose de ese color, y en donde medita también sobre su condición simbólica que lo relacionaría con lo vital, exaltación de la energía creadora expresándose en toda nuevo nacimiento, en toda nueva manifestación de la vida. También tendrá palabras para contarnos el proceso por el que tuvo lugar su nacimiento. Acabará contando una anécdota narrada como un cuento, donde las conjeturas de un viejo maestro ilustrador ya ciego nos harán reflexionar.

El texto ha sido un perfecto motivo para buscar imágenes de miniaturas persas por las que siento una especial atracción e incluirlas como acompañamiento.



Me llamo Rojo, por Ohran Pamuk



Cuando Firdausi, el poeta de El libro de los reyes, pronunció el último verso de una cuarteta cuyos tres primeros versos terminaban en una dificilísima rima después de haber sido despreciado por los poetas del palacio del sha Mahmut a su llegada a Gazna porque era un campesino, yo estaba allí, en su caftán. Estaba en la aljaba de Rüstem, el héroe legendario de El libro de los reyes, cuando fue a lejanos paises en busca de su caballo perdido, en la sangre que brotó al cortar en dos con su espada maravillosa al gigante de la leyenda, entre las arrugas del edredón bajo el que pasó la noche haciendo el amor con la hermosa hija del sha en cuyo palacio se hospedó. Estaba en todas partes y estoy en todas partes. Yo estaba allí cuando Tur decapitó traidoramente a su hermano Ireç, cuando ejércitos legendarios hermosos como sueños se enfrentaban en la estepa y mientras refulgía la sangre que le brotaba sin cesar a Alejandro de la nariz porque había sufrido una insolación. Yo estaba en el vestido de la hermosa mujer que visitaba los martes, aquella de la que estaba verdaderamente enamorado, al sha sasánida Bahram Gür, que pasaba cada noche de la semana bajo cúpulas distintas con una mujer distinta llegadas de climas distintos escuchando las historias que le contaban, y desde la corona hasta el cafttán en la ropa de Hüsrev (Cosrroes), de quien Shirin se enamoró viendo una pintura. Estaba en las banderas de ejércitos que sitiaban fortalezas, en los manteles de los banquetes, en los caftanes de terciopelo de los embajadores que besaban los pies del sultán y en cualquier lugar en que estuviera pintada la espada cuya historia tanto gusta a los niños. Aprendices de ojos hermosos, bajo la mirada atenta de maestros ilustradores, me aplicaban con delicados pinceles sobre gruesas hojas de papel de la India y Bujara para remarcar las alfombras de Usak, la decoración de las paredes, las camisas que vestían bellas mujeres de cuello de cisne mientras miraban a la calle por los huecos de los postigos, las crestas de gallos entregados a la lucha, granadas y frutas legendarias de países legendarios, la boca del Diablo, la fina línea del interior del encuadre, los bordados curvos de la tiendas, las flores que apenas pueden verse a simple vista y que el ilustrador pinta para su propio placer, los ojos de cereza de las esculturas de pájaros hechos de azúcar, los calcetines de los pastores, las auroras surgidas de la leyenda y los cadáveres y las heridas de miles de guerreros, monarcas y amantes. Me gusta que me apliquen en las escenas de batallas donde la sangre se habre como una flor, en el caftán del mejor literato cuando jóvenes hermosos y poetas se reúnen en el campo para beber vino y escuchar música, en las alas de los ángeles, en los labios de las mujeres, en las heridas de los muertos y en las cabezas cortadas cubiertas de sangre.
Puedo oír vuestra pregunta: ¿En qué consiste ser un color?
El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad. Como desde hace decenas de miles de años he estado escuchando lo que hablaban las almas, como si fuera el susurro del viento, de libro en libro y de objeto en objeto, puedo afirmar que mi caricia se parece a la de los ángeles. Parte de mí llama a vuestros ojos desde aquí, ésa es mi parte seria; la otra se vuelve alada en el aire con vuestras miradas, ésa es mi parte ligera.¡Qué feliz estoy de ser el rojo! Soy fogoso y fuerte; sé que llamo la atención y que no podéis resistiros a mí. No me oculto: para mí el refinamiento no se manifiesta a través de la debilidad o la falta de fuerza, sino a través de la decisión y la voluntad. Me expongo abiertamente. No temo a los demás colores, ni a las sombras, ni a la multitud, ni a la soledad. ¡Qué hermoso es llenar con mi fuego triunfante una superficie que me está esperando! Allí donde me extiendo, brillan los ojos, se refuerzan las pasiones, se elevan las cejas y se aceleran los corazones. Miradme: ¡qué hermoso es vivir! Contempladme: ¡qué bello es ver! Vivir es ver. Aparezco en cualquier parte. La vida comienza conmigo, todo regresa a mí, creedme.
Guardad silencio y escuchad cómo me convertí en un rojo tan prodigioso. Un maestro ilustrador que entendía de pigmentos machacó en un mortero con sus propias manos las mejores cochinillas rojas secas llegadas del lugar más cálido de la India hasta convertirlas en polvo muy fino. Preparó una mezcla con cinco dracmas de aquel polvo, un dracma de planta jabonera y medio dracma de venturina, echó tres cuartillos de agua en una cazuela y puso a hervir la jabonera, luego añadió la venturina y los mezcló todo bien. Dejó hervir la mezcla el tiempo que tardó en tomarse tranquilamente un café. Y mientras él se tomaba el café, yo me impacientaba como el niño que está próximo a nacer. Cuando el café le despejó la mente y agudizó su mirada como la de un duende, echó el polvo rojo a la cazuela y lo mezcló bien con uno de limpios y delicados palillos que usaba para tal menester. Ahora iba a convertirme en un auténtico rojo, pero mi consistencia era tan importante... Era absolutamente necesario que el agua no hirviera en vano aunque, por supuesto, debía hervir algo. Cogió una gota del líquido con el extremo del palillo y se la puso en la uña del pulgar (los otros dedos no servían lo más mínimo). ¡Oh, qué hermos era ser rojo! Le teñí la uña de rojo pero no me derramé como el agua por los bordes; mi consistencia era la correcta pero aún tenía grumos. Apartó la cazuela del fuego, me filtró pasándome a través de una tela limpísima y así me hizo más puro. Luego volvió a ponerme al fuego, me hirvió dos veces más hasta hacerme bullir, añadió un poco de alumbre machacado y me dejó enfriar.
Pasaron varios días y yo permanecí allí, en la cazuela, sin mezclarme con nada. Me apetecía que me pusieran en todas las páginas, en todos los lugares y en todas las cosas y quedarme alló parado me partía el corazón. En medio de aquel silencio medité en lo que significaba ser rojo.
En cierta ocasión, en una ciudad del país de los persas, mientras un aprendiz me aplicaba con un pincel en la silla de un caballo que un ilustrador ciego había dibujado de memoria, pude escuchar una discusion entre dos maestros ciegos:
-Nosotros, que hemos acabado quedándonos ciegos, como es natural, después de habernos pasado la vida trabajando con placer y convenciniento, sabemos, podemos recordar que típo de color era el rojo, qué sensación producía -dijo el que había dibujado de memoria el caballo-. Pero ¿y si fuéramos ciegos de nacimiento? ¿Cómo comprender ese rojo que está aplicando nuestro aprendiz?
-Una cuestión interesante -respondió el otro-, pero los colores no pueden comprenderse, se sienten.
-Explícale la sensación del rojo a alguien que nunca lo ha visto maestro.
-Si lo tocáramos con la punta de un dedo sería entre el hierro y el cobre. Si lo cogiéramos en la mano, quemaría. Si lo probáramos tendría un sabor pleno como de carne salada. Si nos lo lleváramos a la boca, nos la llenaría. Si lo oliéramos, olería a caballo. Si oliera como una flor se parecería a una margarita, no a una rosa roja.
En aquellos tiempos, hace ciento diez años, la pintura de los francos no era una auténtica amenaza que los shas se esforzaran en imitar y aquellos grandes maestros legendarios, que creían en sus maneras de la misma forma que creían en Dios, veían como cierta deshonra y como un signo de inexperiencia el hecho de que los maestros francos usaran todo tipo de tonos intermedios del rojo para la más vulgar de las heridas de espada o el más corriente de los paños y se reían de ellos sin hacerles el menor caso. Sólo un ilustrador novato, indeciso y sin voluntad usaría varios tonos para el rojo de un caztán, decían. Las sombras no sirven como excusa. De hecho, sólo había un rojo y sólo creían en él.
-¿Qué es lo que significa el rojo? -volvió a preguntar el ilustrador ciego que había dibujado el caballo de memoria.
-El significado de los colores es que están ante nosotros y podemos verlos -le contestó el otro-. No se puede explicar el rojo a quien no lo ha visto.
-Para negar la existencia de Dios, los ateos, los impíos y los incrédulos dicen que no se le puede ver -continuó el ilustrador ciego que había dibujado el caballo.
-Pero Él se aparece a quienes son capaces de ver- contestó el otro maestro-. Es por eso por lo que el sagrado Corán dice que son lo mismo el ciego y el que ve.
El apuesto aprendiz me aplicó lentamente sobre el cobertor de la silla del caballo. Es una sensación tan agradable introducirme con mi plenitud, mi fuerza y mi vitalidad en el blanco y negro de una hermosa ilustración, que cuando el pincel de pelo de gato me extiende sobre el papel siento un cosquilleo de alegría. Y así, al darle color, es como si le ordenara al mundo "existe" y el mundo toma mi color de sangre. El que no ve puede negarlo , pero estoy en todas partes.



Crepúsculo vespertino, nacimiento de un nuevo día


A continuación un fragmento de otro texto en el que también el rojo es protagonista, esta vez en la figura de un sabio con el rostro rojo púrpura, color del cielo crepúscular a quien simbolizaría, siendo todo ello la forma oculta en que se manifestaría el Arcángel Gabriel. La visión del sabio se hará presente a un buscador espiritual durante su peregrinación por el desierto místico, a quien favorecerá como guía celestial. El color del cielo crepuscular surge entre la noche y el día y entre el día y la noche, cumpliendo una función mediadora entre la oscuridad y la luz, algo que lo relaciona con el papel del Arcangel Gabriel, mediador entre las sombras o ignorancia humana y la Luz divina. Le orientará en sus últimos pasos en el viaje de retorno desde el mundo de "la prisión de los sentidos", del mundo de la fragmentación de colores y apariencias temporales hacia el de la Eterna Luz, su verdadera morada. Los colores tienen un papel destacado en la mística sufí persa, simbolizando los diferentes estados del viaje espiritual. El texto recuerda mucho al poema gnóstico El canto de la perla.
Se trata del relato visionario El Arcángel teñido de púrpura del gran restaurador de la filosofía de la antigua persia Sohravardî (549/1155-578/1191), al que Henry Corbin dio a conocer a Occidente. Las palabras entre paréntesis las he añadido para orientar la lectura al tratarse de un fragmento.



(..) Un día los cazadores Decreto y Destino tendieron la red de la Predestinación; pusieron como cebo el grano de la atracción, y por ese medio lograron hacerme prisionero. Desde aquel país que había sido mi nido, me llevaron a una comarca muy lejana (exilio occidental). Me cosieron los párpados; me pusieron cuatro clases de trabas (metafóricamente los cuatro elementos que constituyen el cuerpo perecedero) ; y por último se colocó a diez carceleros para que me custodiaran: cinco de ellos estaban vueltos hacia mi y de espaldas al exterior (se refiere a los cinco sentidos interiores, según Sohravardî, el sensorium, la imaginación representativa, la imaginación activa y la memoria), los otros cinco estaban de espaldas a mí con el rostro hacia el exterior (los cinco sentidos convencionales). Los cinco que tenían el rostro vuelto hacia mí y la espalda hacia el exterior, me mantuvieron tan firmemente en el mundo del adormecimento, que mi propio nido, el país lejano, todo lo que había conocido allí lo olvidé. Imaginaba que siempre había estado como me encontraba en ese momento.
-Cuando hubo pasado un cierto tiempo, mis ojos volvieron a abrirse ligeramente, y en la medida en que eran capaces de ver, me puse a mirar. De nuevo comenzaba a ver las cosas que antes no veía, y me sentía lleno de admiración. Cada día, gradualmente, mis ojos se abrían un poco más y contemplaba cosas que me turbaban y me dejaban sorprendido. Finalmente, mis ojos se abrieron por completo; el mundo se mostró tal cual era. Me vi con las ataduras que habían apretado en torno a mí; me ví prisionero de los carceleros. Y me dije: "Aparentemente, nunca me liberarán de estas cuatro trabas, ni se alejarán de mi los carceleros, para que mis alas puedan abrirse y emprender el vuelo, libre y sin coerción".
-Pasó todavía tiempo. Y un día me di cuenta de que mis carceleros habían relajado la vigilancia. "No podría encontrar ocasión más propicia", me dije. Furtivamente, me deslicé hacia fuera, de modo que, aun cojeando ligeramente por mis ataduras, terminé por ganar el camino del desierto (más allá de los sentidos). Y allí, en el desierto, vi una persona que caminaba próxima a mí. Fui a su encuentro y la abordé con un saludo. Con gracia y delicadeza perfectas, me devolvió el saludo. Observando el color rojo cuyo esplendor le teñía de púrpura el rostro y la cabellera, creí estar en presencia de un adolescente.
-¡Oh jovencito! -le dije-, ¿de dónde vienes?
-¡Oh muchacho! -me respondió-, te equivocas al interpretarme de ese modo. ¡Soy el mayor de los hijos del Creador!, ¿y tú me llamas "jovencito"?
-Entonces , ¿como es que no blanquea tu pelo, como les ocurre a los ancianos?
-El sabio: Blanco, lo soy en verdad; soy muy anciano, soy un sabio cuya esencia es luz. Pero aquel que te ha hecho prisionero en la red, aquel que puso trabas en torno a ti y encomendó a los carceleros tu custodia, hace mucho tiempo que me lanzó, también a mí, al pozo oscuro. Y ésa es la razón del color púrpura con el que me ves. De no ser por eso, sería completamente blanco y luminoso. Si un objeto, cuya blancura es indisociable de la luz, se mezcla con el negro, aparece entonces enrojecido. Observa el crepúsculo y el alba, blancos uno y otro, puesto que están en relación con la luz del Sol. Sin embargo, el crepúsculo o el alba son un momento intermedio: un lado hacia el día, que es blancura, otro lado hacia la noche, que es negritud, de ahí el tono púrpura del crepúsculo de la mañana y del crepúsculo de la tarde. Observa la masa astral de la Luna en el momento de su salida. Aunque la suya sea una luz que toma prestada, está verdaderamente revestida de luz, pero una de sus caras está vuelta hacia el día, mientras que la otra está vuelta hacia la noche. Así, la Luna aparece teñida de púrpura. Una simple lámpara muestra la misma condición; abajo, la llama es blanca; arriba, se convierte en humo negro; a media altura, aparece enrojecida. Muchas otras analogías o similitudes podrían citarse como ejemplo de esa ley.
-Yo: Oh sabio, de dónde vienes?
-El sabio: Vengo de más allá de la montaña de Qâf (el límite del mundo en la geografía visionaria irania). Allí está mi morada. También tu nido estuvo allí, pero ¡ay! lo has olvidado.



Lecturas:


Orhan Pamuk, Me llamo Rojo, Punto de lectura 2006

Sohravardî, El encuentro con el ángel, Editorial Trota 2006

Ana Crespo, Los bellos colores del corazón
Enlaces con entradas relacionadas en este mismo blog:
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sábado, 17 de julio de 2010

En el Laberinto

Plancha V de la colección Carceri d'Invencione de Piranesi
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"El verdadero horror de las Carceri reside menos en unas cuantas y misteriosas escenas de tormento que en la indiferencia de esas hormigas humanas vagando dentro de espacios inmensos, y cuyos grupos diversos no parecen comunicarse casi nunca entre sí, ni siquiera percatarse de su respectiva presencia y aún menos darse cuenta de que, en un rincón oscuro están dando tormento a un condenado. Y el rasgo más inquietante de esta pequeña multitud, quizá sea la inmunidad al vértigo. Ligeros, muy a gusto en esas alturas delirantes, estos mosquitos no parecen advertir que se hallan al borde del abismo."
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Marguerite Yourcenar
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Giovanni Battista Piranesi (Mogliano Veneto, 1720 – Roma, 1778) arquitecto y grabador, realizó más de 2.000 grabados de edificios reales e imaginarios, estatuas y relieves de la época romana así como diseños originales para chimeneas y muebles. Una de las primeras y más renombradas colecciones de grabados de Piranesi fueron sus "Prisiones" (Carceri d'Invenzione, 1745-1760), en donde transformó las ruinas romanas en fantásticos y desmesurados calabozos dominados por enormes y oscuros pasadizos, empinadas escaleras a increíbles alturas y extrañas galerías que no conducen a ninguna parte. Estos hermosos pero inquietantes grabados, fruto del delirio creativo, pueden sugerirnos ser expresión del abismal y caótico laberinto en el que puede verse reflejada la complejidad y el misterio de la psique humana en su aspecto más atormentado. Marguerite Yourcenar en un análisis de éstas obras escribe: "Esos lugares de reclusión donde se elimina el tiempo y las formas de la naturaleza viva, esas habitaciones cerradas que tan pronto se transforman en cámaras de tortura, pero en donde sus habitantes, en su mayoría, parecen encontrarse peligrosa y obtusamente a gusto, esos abismos sin fondo y, no obstante, sin salida, no son una prisión cualquiera: son nuestros infiernos". Aldous Huxley encuentra en estos grabados un mundo ficticio, pero al mismo tiempo siniestramente real, claustrofóbico y sin embargo megalómano que no deja de recordarnos aquél en que la humanidad moderna se encierra más cada día.
En el relato Informe sobre ciegos, que aparece intercalado en la novela Sobre héroes y tumbas del escritor argentino Ernesto Sábato, nos encontramos con un texto donde se narra una laberíntica inmersión por lugares oscuros de la mente humana teniendo como telón de fondo el subsuelo de Buenos Aires, y donde quizá descubramos, a parte de interesantes aspectos simbólicos , también la metáfora que apunta Huxley .
Me he atrevido acompañar los últimos fragmentos que dejo a continuación de Informe sobre ciegos, con los grabados que forman parte de la colección de las llamadas Carceri de Piranesi, al parecerme tanto unos como otros, de llegar a encontrarse.

XXXIII


TROPEZANDO en aquella penumbra busqué una salida cualquiera. Abrí una puerta y me encontré en una habitación más oscura que la anterior, donde nuevamente me llevé por delante, en mi desesperación mesas y sillas. Tanteando en las paredes, busqué otra puerta, la abrí y una nueva oscuridad, pero más intensa que la anterior, me recibió. Recuerdo que en medio de mi caos pensé: "estoy perdido". y como si hubiese gastado el resto de mis energías me dejé caer, sin esperanzas: seguramente estaba atrapado en una laberíntica construcción de la que jamás saldría. Así habré permanecido algunos minutos, jadeando y sudando. "No debo perder mi lucidez", pensé. Traté de aclarar mis ideas y recién entonces recordé que llevaba un encendedor. Lo encendí y verifiqué que aquel cuarto estaba vacío y que tenía otra puerta, fuí hasta ella y la abrí: daba a un pasillo cuyo fin no se alcanzaba a distinguir. Pero ¿qué podía hacer sino lanzarme por aquella única posibilidad que me quedaba? Además, un poco de reflexión me bastó para comprender que mi idea anterior de estar perdido en un laberinto tenía que ser errónea, ya que la Secta en cualquier caso no me condenaría a una muerte tan confortable. Fui avanzando, pues, por el pasadizo. Con ansiedad, pero con lentitud, pues la luz era precaria y por lo demás sólo la usaba de tanto en tanto, para no agotar el combustible prematuramente. Al cabo de unos treinta pasos, el pasadizo desembocaba en una escalera descendente, parecida a la que me había conducido del departamento inicial al sótano, es decir, entubada. Seguramente pasaba a través de los departamentos o casas hacia los sótanos y subterraneos de Buenos Aires. Después de unos diez metros, la escalera dejaba de estar entubada y pasaba por grandes espacios abiertos pero completamente a oscuras, que podían ser sótanos o depósitos, aunque a la débil luz de mi encendedor me era imposible ver muy lejos.






XXXIV

A MEDIDA que iba descendiendo sentía el peculiar rumor del agua que corre y eso me indujo a creer que me acercaba a alguno de aquellos canales subterraneos que en Buenos Aires forman una inmensa y laberíntica red cloacal, de miles y miles de kilómetros. En efecto, pronto desemboqué en uno de aquellos fétidos túneles, al fondo del cual corría un arroyo impetuoso de aguas malolientes. Una lejana luminosidad indicaba que hacia el lado donde corrían las aguas abría una de las llamadas "bocas de tormenta", o un tragaluz que daría a una calle o acaso la desembocadura a uno de los canales maestros. Decidí encaminarme hacia allá. Había que marchar con cuidado sobre el estrecho sendero que hay al borde de estos túneles, pues resbalar ahí puede ser fatal sino indeciblemente asqueroso.
Todo era hediondo y pegajoso. Las paredes o muros de aquel túnel eran asimismo húmedas y por ellas corrían hilillos de agua, seguramente filtraciones de las capas superiores del terreno.
Más de una vez había meditado en la existencia de aquella red subterránea, sin duda por mi tendencia a cavilar sobre sótanos, pozos, túneles, cuevas, cavernas y todo lo que de una manera u otra está vinculado a esa realidad subterránea y enigmática: lagartos, serpientes, ratas, cucarachas, comadrejas y ciegos.

¡Abominables cloacas de Buenos Aires! ¡Mundo inferior y horrendo, patria de la inmundicia! Imaginaba arriba, en salones brillantes, a mujeres hermosas y delicadísimas, a gerentes de banco correctos y ponderados, a maestros de escuela diciendo que no se deben escribir palabras sobre las paredes; imaginaba guardapolvos blancos y almidonados, vestidos de noche con tules o gasas vaporosas, frases poéticas a la amada, discursos conmovedores sobre las virtudes patricias. Mientras por ahí abajo, en obsceno y pestilente tumulto, corrían mezclados las menstruaciones de aquellas amad
as románticas, los excrementos de las vaporosas jóvenes vestidas de gasa, los preservativos usados por correctos gerentes, los destrozados fetos de miles de abortos, los restos de comidas de millones de casas y restaurantes, la inmensa, la inmensurable Basura de Buenos Aires.
Y todo marchaba hacia la Nada del océano mediante conductos subterráneos y secretos, como si Aquellos de Arriba se quisiesen olvidar, como si intentaran hacerse los desentendidos sobre esta parte de la verdad. Y como si héroes al revés, como yo, estuvieran destinados al trabajo infernal y maldito de dar cuenta de esa realidad.
¡Exploradores de la Inmundicia, testimonios de la Basura y de los Malos Pensamientos!
Sí, de pronto me sentí una especie de héroe, de héroe al revés, héroe negro y repugnante, pero héroe. Una especie de Sigfrido de las tinieblas, avanzabdo en la oscuridad y la fetidez con mi negro pabellón restallante, agitado por los huracanes infernales. ¿Pero avanzando hacia qué? Eso es lo que no
alcanzaba a discernir y que aun ahora, en estos momentos que preceden a mi muerte, tampoco llego a comprender.
Legué por fin a lo que había imaginado sería una boca de tormenta, pues desde allí venía aquella débil luminosidad que me había ayudado a marchar por el canal. Era, en efecto, la desembocadura de mi canal en otro más grande y casi rugiente. Allá, muy arriba, había una pequeña abertura lateral, que calculé tendría casi un metro de largo por unos veinte centrímetros de alto. Era imposible pensar siquiera en salir de ahí, dada su estrechez y, sobre todo, su inaccesibilidad. Desalentado, tomé, pues, a mi derecha, para seguir el curso del nuevo y más vasto canal, imaginando que de ese modo, tarde o temprano, tendría que dar en la desmbocadura general si es que antes la atmósfera pesada y mefítica no me desmayaba y me precipitaba en la inmunda correntada.
Pero no había marchado cien pasos cuando, con inmensa alegría, vi que desde mi estrecho sendero salía hacia arriba una escalera de piedra o de cemento. Era , sin lugar a dudas, una de las salidas o entradas que utilizaban los obreros que de cuando en cuando se ven obligados a penetrar en esos antros.
Animado por la
perspectiva, subí por la escalerilla. Después de unos seis o siete escalones doblaba hacia la derecha. Seguí mi ascenso durante un tramo más o menos igual al primero y así llegué a un rellano desde donde se entraba en un nuevo pasadizo. Empecé a caminar por él, llegando por fin a otra escalerilla semejante a las anteriores, pero, mi gran sorpresa, descendente.
Vacilé unos momentos, perplejo. ¿Qué debería hacer? ¿Volver para atrás, al canal grande y seguir mi marcha hasta encontrar una escalera ascendente? Me extrañaba que hubiese nuevamente que bajar, cuando lo lógico era subir. Imaginé, sin embargo, que la escalerilla anterior, el pasadizo que acababa de recorrer y esta nueva escalerilla descendente, constituían algo así como un puente sobre un canal transversal; tal como sucede en las estaciones de subterráneo donde hay combinación para otra línea. Pensé que siguiendo en la misma dirección de todos modos, no podía sino salir finalmente a la superficie de una manera u otra. Así que reinicié la marcha: descendí por la nueva escalera y luego proseguí por otro pasaje que se habría a su término.

XXXV (...)

XXXVI

MIENTRAS fuí avanzando, aquella claridad aumentaba, hasta que comprendí que la caverna en la que creí haber estado era un gigantesco anfiteatro que se levantaba sobre una planicie bañada por una luminiscencia entre rojiza y violácea de un astro muchísimo más grande que nuestro sol, pero cuyo desfalleciente brillo indicaba que estaba cercano a su fin. Uno de esos astros que, con los últimos restos de enegía, bañan frígidos y abandonados planetas, con una luminosidad semejante a la que, en la oscuridad de una gran sala silenciosa produce una chimenea cuyos leños se han consumido y en la que escasamente perduran brasas casi apagadas por las cenizas; misterioso resplandor que, en el silencio de la noche, nos sume en pensamientos nostálgicos y enigmáticos: vueltos hacia lo más profundo de nuestro ser, cavilamos sobre el pasado, sobre leyendas y paises remotos, sobre el sentido de la vida y de la muerte, hasta que, ya casi totalmente adormecidos, parecemos flotar a la deriva en una balsa sobre aguas apenas vivientes.
¡Comarca de melancolía!
Abrumado por la desolación y el silenco, quedé largo tiempo inmóvil.
Hacia el poniente, sobre el crepúsculo de un cielo tormentoso pero paralizado, como si una tempestad hubiese sido cristalizada por un signo, contra un cielo de nubes de desgarrados algodones empapados en sangre, se recortaban unas torres derruídas por los milenios y acaso por la misma catástrofe que había desolado aquel fúnebre continente. Esqueletos de alta
s hayas, cuyas siluetas cenicientas constrastaban sobre los rojos violáceos de las nubes, hacían suponer que todo habría comenzado o terminado por un incendio planetario.
Entre las torres se levantaba una estatua tan alta como ellas. Y en su ombligo brillaba un faro fosforescente que parecía parpadear, si la muerte que reinaba en aquella comarca no indicara que ese parpadeo no era más que una ilusión de mis sentidos.
Tuve la certeza que allí acabaría mi largo peregrinar y que, tal vez, en aquel aciago reducto encontraría por fin el sentido de mi existencia.
Hacia el septentrión, el paramo terminaba en una cordillera lunar, como la espina dorsal de un monstruoso dragón. Hacia el borde meridional, en cambio, sobresalían cráteres apagados, que probablemente eran los restos de volcanes que en otro tiempo calcinaron esa comarca con sus torrentes de lava.
El Ojo fosforescente parecía llamarme y de pronto sentí que estaba destinado a marchar hacia la gran estatua.
Pero mi corazón parecía haber entrado en una existencia latente, como la de los reptiles en los largos meses de invierno: apenas latía, y tuve la sensación de que se hubiese encogido y endurecido. Ningún sonido, ninguna voz, ningún rumor ni crujido se oñia en aquel imperio, y una melancolía se levantaba como una bruma en el fúnebre territorio.
Volví a comtemplar las torres, preguntándome sobre mi misión, antes del cataclismo. ¿Podrían haber sido el reducto de feroces y misántropos gigantes?
Durante un tiempo que me es imposible computar, porque el astro permanecía fijo en el firmamento, marché hacia ellas, y cuanto más me acercaba mayor era su majestad y su misterio.
Las conté: eran veintiuna, dispuestas sobre un polígono que debía tener un perímetro tan grande como el de una enorme ciudad. Estaban construídas en piedra negra, destacándose más así sobre aquel firmamento desgarrado por las deshilachadas nubes rojizas.
En el centro de aquel colosal polígono distinguía ya con nitidez la estatua de la Gran Deidad, terrible y nocturna, con poder sobre la vida y la muerte. Las torres hacían guardia en torno de ella. Estaba hecha con piedra ocre, su cuerpo era de mujer, pero tenía alas y cabeza de vampiro, en brillante basalto. Sus manos y sus pies terminaban en garras. No tenía rostro. La fosforescencia del Ojo se debía, tal vez, al reflejo de un fuego interior, porque ya era intenso, ya vacilaba o disminuía.
La gran planicie que le rodeaba mostraba restos calcinados, como un estático museo del horror: ídolos de ojos amarillos en mansiones abandonadas, diosas de piel veteada como las cebras, imágenes de una taciturna idoltría con indescifrables inscripciones.
Era una comarca donde sólo parecía celebrarse una sola ceremonia de la muerte. Me sentí de pronto tan desamparado que grité. Y mi grito se perdió en aquel silencio absoluto.
Proseguí mi marcha, porque el Ojo me llamaba inequívocamente, hasta llegar a la muralla poligonal donde guardaba a la Deidad. Calculé que tenía la altura de una catedral gótica. Pero las torres eran muchísimo más altas.
Yo sabía que debía haber una entrada para que yo pudiese pasar, y quizá sólo era eso. En ese momento mi espíritu estaba dominado por la certeza de que todo aquello ( las torres, la desolada comarca, muralla, el astro declinante) había estado esperando mi llegada y que unicamente por eso no se había derrumbado ya hacia la nada. De modo que una vez yo lograra penetrar en el Ojo todo se desvanecería como un milenario simulacro. Después de marchar durante agotadoras jornadas di finalmente con la puerta. En ella se iniciaba una escalinata de piedra que seguramente conducía al Ojo. Miles de escalones habría de subir. Temí que el vértigo y la fatiga pudieran vencerme, pero el fanatismo y la desesperación me poseían y así inicié el descenso.
Durante un tiempo que no podía precisarse, porque el astro permanecía en el mismo lugar, mis pies destrozados y mi corazón midieron, en cambio, aquel esfuerzo inhumano, en medio del silencio. Nadie me ayudaba con sus plegarias, ni siquiera con su odio: era una lucha que yo solo debía librar. M
uchas veces desfallecí y hasta perdí el conocimiento, pero al despertar reemprendía el ascenso. El Ojo aumentaba su tamaño y eso me daba ánimos y a la vez pavor.
Y cuando llegué ante Él, caí de rodillas, y permanecí de ese modo largo rato.
Hasta que una Voz que salía o parecía salir de aquel Ojo, dijo estas palabras: "Ahora entra. Éste es tu comienzo y tu fin."
Me incorporé y, ya enceguecido por el resplandor, entré. El fulgor intenso pero equívoco, como característico de la luz fosforescente, que diluye y hace vibrar los contornos, bañaba un largo y estrechísimo tunel de carne, en que me fue preciso trepar sobre mi vientre. Tuve la mpresión de que aquel fulgor provenía de lo alto, que adivinaba como una gruta submarina. Fulgor acaso producido por algas, semejante al que en la noche de los trópicos, navegando en el mar de los Sargasos, había entrevisto mirando hacia las profundidades oceánicas; combustión fluorescente que en el silencio de esas fosas alumbra regiones pobladas de monstruos, que no salen a la superficie sino en ocasiones, propagando la consternación entre los tripulantes de los barcos, abandonados a su suerte, como mudos testigos de la calamidad, navegando durante décadas a la deriva, fantasmas llevados y traídos al azar por las corrientes marinas y por los vientos, hasta que las lluvias, los tifones, el sol de ls trópicos y el tiempo pudren y desgarran sus cascos y sus mástiles para concluir carcomidos por la sal y por el yodo, por los hongos y los peces, desapareciendo finalmente en las profundidades.
Algo me sucedió a medida que ascendía en aquel resbaladizo y sofocante túnel de carne: mi cuerpo se convirtió en pez, mis extremidades se transformaban repugnantemente en aletas, mi piel se cubría de escamas.
El resplandor que provenía de lo alto se hacía más y más intenso. Y en el silencio creía oír nuevamente aquel quejido o llamado, algo que me recordaba, como en un sueño, hechos remotísimos que no podía precisar.
Mi cuerpo-pez apenas podía ya deslizarse por aquel agujero y ya no subía por mi propio esfuerzo, pues me era imposible mover las aletas: eran las contracciones de aquella carne que me apretaban las que me succionaban hacia lo alto. En aquel último tramo de mi ascenso pasaron ante mí rostros que parecían contemplarme, escenas de infancia, ratas en un granero de Capitán Olmos, sombríos prostíbulos, locos que gritaban palabras incomprensibles, mujeres que me mostraban su sexo abierto con sus manos, cuervos merodeando sobre caballos muertos en la pampa, un molino de viento en la estancia de mis padres, borrachos que hurgaban en tachos de basura, pájaros vengativos que se lanzaban sobre mis ojos con sus picos.
Hasta que entré en la caverna, hundiéndome en un líquido caliente y gelatinoso.
Entonces perdí el conocimiento.

XXXVII

IGNORO el tiempo que permanecí sin sentido. Cuando poco a poco desperté, no comprendí dónde me hallaba, ni recordaba mi peregrinaje, ni los episodios que lo habían precedido. De espaldas en una cama, mi cabeza pesaba como si estuviera rellena de plomo y mis ojos apenas podían ver: sólo alcanzaba a advertir esa fosforescencia que era la misma que había en el cuarto de la Ciega antes de mi fuga. Mis músculos no podían moverse. Paulatinamente mi memoria comenzó a reorganizarse, como una central de comunicaciones después de un terremoto, y empezaron a reaparecer fragmentos de mi vida anterior: Celestino iglesias, la entrada en el departamento de Belgrano, los pasadizos subterraneos, la aparición de la Ciega,
el encierro en el cuarto, la fuga y, finalmente, la marcha hacia la Deidad. Sólo entonces comprendí que la fosforescencia que dominaba aquella habitación era idéntica a la de la gruta o vientre de la gran estatua; a medida que mis ojos iban vislumbrando el techo y las paredes, sospeché que me encontraba en el mismo cuarto del que creía haber escapado. Aunque no me atrevía a volver mi mirada hacia la puerta, tuve la sensación que allí estaba la Ciega. De manera que todo mi peregrinaje por los subterráneos y cloacas de Buenos Aires, mi marcha por aquella planicie planetaria y mi ascenso final hacia el vientre de la Deidad habían sido una fantasmagoría desencadenada por las artes mágicas de la Ciega, por órdenes de la Secta. Y sin embargo yo me resistía a admitirlo, porque todo aquello tenía la fuerza y la precisión carnal de algo que realmente había vivido. En aquel momento no tenía ni la lucidez suficiente ni la calma para analizarlo, pero ahora tengo la certeza de que el viaje hacia la Deidad lo había vivido, y que, aun en el caso que mi cuerpo hubiese salido del cuarto de la Ciega, mi alma había recorrido verdaderamente aquella sombría región.
Sentí que aquella mujer se acercaba a mi cama. Más que sus pasos, que no alcanzaba oír, como si estuviera descalza, eran mis sentidos exarcebados y mi instinto que me lo anunciaba. Inmóvil, casi petrificado, mirando hacia el techo, tenía la certeza de su aproximación. Cerré los ojos como si quisiera así evitar lo que había de producirse, hasta que la sentí a los pies de mi cama observándome.
Hecho curioso: pensé que había llegado hasta mí en virtud de un incomprensible pero tenaz llamamiento de mí mismo. Todavía ahora, con los plenos poderes de mi mente, no sé como explicarlo: era verdad que yo era prisionero de la Secta y que aquella mujer, con la que tendría el más tenebroso de los ayuntamientos, era parte del castigo que la Secta me tenía destinado, pero, también, el punto final de una persecución que yo, por mi propia voluntad, había convocado a lo largo de años y años.
Una compleja sensación me paralizaba y me incitaba a la vez, una mezcla de miedo y ansiedad, de nausea y de maligna sensualidad. Y cuando por fin pude abrir los ojos vi que estaba desnuda ante mí: de su cuerpo irradiaba un fluido que llegaba hasta mis vísceras y desataba mi lujuria. Con esperanza que debía llamar negra -la que debe existir en el infierno-, comprendí que aquella serpiente se echaría sobre mí. En la oscuridad de las noches tropicales había visto desprenderse de los mástiles los espectrales fuegos de San Telmo; de ese modo veía ahora cómo aquella fluorescencia que bañaba el cuarto se desprendía de la punta de los dedos, de sus cabellos electrizados, de sus pestañas, de sus pezones anhelosos como brújulas de carne ante la cercanía del poderoso imán que la había traído a través de territorios delirantes. Porque en un relámpago tuve la revelación: ¡era Ella! Aquel universo de Ciegos resultaba ser un instrumento para satisfacer nuestra pasión y, finalmente, para ejecutar su venganza.
Inmóvil, quieto como un pájaro bajo la mirada paralizadora de una serpiente, vi como se acercaba lenta y lascivamente. Y cuando sus dedos tocaron mi piel, fue como la descarga de la Gran Raya Negra que dicen habita en las fosas submarinas.
Luego perdí el sentido de lo cotidiano, el recuerdo de mi vida real y la conciencia que establece las grandes y decisivas divisiones en que el hombre debe vivir: el cielo y el infierno, el bien y el mal, la carne y el espíritu. Y también el tiempo y la eternidad; porque lo ignoro, y nunca lo sabré, cuánto duró aquel ayuntamiento, pues en aquel antro no había ni día ni noche, todo fue una sola pero infinita jornada. Asistí a catástrofes y torturas, vi mi pasado y mi futuro (mi muerte), tuve edades geológicas, creo recordar un turbulento paisaje con arcaícos helechos recorrido por pterodáctilos. Una luna turbia iluminaba pantanos fétidos entre ardientes arenales.
Como una bestia en celo corrí hacia una mujer de piel negra y ojos violetas, que me esperaba aullando. Sobre su cuerpo sudoroso veo todavía su sexo abierto, entré con furia en aquel volcán de carne que me devoró. Luego salí y ya sus fauces sangrientas ansiaban un nuevo ataque. Corrí hacia ella como un unicornio lúbrico, atravesando pantanos en que a mi paso se levantaban cuervos que chillaban, y entre nuevamente en aquella cueva.
Sucesivamente, fui serpiente, pez-espada, pulpo con tentáculos que entraban uno después de otro y vampiro vengativo para ser siempre devorado. En medio de una tempestad, entre relámpagos, fue prostituta, caverna y pozo, pitonisa. El aire electrizado se llenó de alaridos y debí satisfacer una y otra vez su voracidad como rata fálica, como mástiles de carne. La tempestad se hacía cada vez más terrible y confusa: bestias cohabitaban con la mujer, hasta su sexo fue cavado por ratas.
Sacudido por los rayos, temblaba aquel territorio arcaico. Por fin la luna estalló en pedazos, que incendiaron los inmensos bosques, desncadenando la destrucción total. La tierra se abrió y se hundió entre cangrejales. Seres mutilados corrían entre las ruinas, cabezas sin ojos buscaban a tientas, intestinos se enredaban como lianas inmundas, fetos eran pisoteados en medio de la bazofia.
El universo entero se derrumbó sobre nosotros.

XXXVIII
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NADA puedo saber ahora sobre el tiempo que duró aquella jornada. En el momento en que desperté (por decirlo de alguna manera) sentí que abismos infranqueables me separaban para siempre de aquel universo nocturno: abismos de espacio y de tiempo. Enceguecido y sordo, como un hombre emerge de las profundidades del mar, fui surgiendo nuevamente a la realidad de todos los días. Realidad que me pregunto si al fin es la verdadera. Porque cuando mi conciencia diurna fue recobrando su fuerza y mis ojos pudieron ir delineando los contornos del mundo que me rodeaba, advirtiendo que me encontraba en mi cuarto de Villa Devoto, en mi única y conocida pieza de Villa Devoto, pensé, con pavor, que acaso una nueva y más incomprensible pesadilla comenzaba para mí.
Una pesadilla que sé ha de terminar con mi muerte, porque recuerdo el porvenir de sangre y fuego que me fue dado contemplar en aquella furiosa magia. Cosa singular: nadie parece ahora perseguirme. Terminó la pesadilla del departamento de Belgrano. No sé cómo estoy libre, estoy en mi propia habitaión, nadie (aparentemente) me vigila. La Secta debe estar a distancias inconmensurables.
¿Cómo llegué nuevamente hasta mi casa? ¿Cómo los ciegos me dejaron salir de aquel cuarto rodeado por un laberinto? No lo sé. Pero sé que todo aquello sucedió, punto por punto. Incluso ¡y sobre todo! la tenebrosa jornada final.
También se que mi tiempo es limitado y que mi muerte me espera. Y cosa singular y para mi mismo incomprensible, que esa muerte me espera en cierto modo por mi propia voluntad, porque nadie vendrá a buscarme hasta aquí y seré yo mismo quien vaya, quien deba ir, hasta el lugar donde tendrá que cumplirse el vaticinio.
La astucia, el deseo de vivir, la desesperación, me han hecho imaginar mil fugas, mil formas de escapar a la fatalidad. Pero ¿como nadie puede escapar a su propia fatalidad?
Aquí termino, pues mi Informe, que guardo en un lugar en que la Secta no pueda hallarlo.
Son las doce de la noche. Voy hacia allá.
Sé que ella estrará esperándome.




Decoración para una chimenea, diseño original de Pirnesi
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Nota: Las tres últimas planchas no pertenecen a la colección de las Carceri.

Recomendaciones:
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ERNESTO SABATO, Sobre héroes y tumbas. Seix Barral
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http://www.scribd.com/doc/17479547/Yourcener-Marguerite-El-Negro-Cerebro-de-Piranesi
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http://rubens.anu.edu.au/htdocs/bytype/prints/piranesi/display00055.html