Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 10 de noviembre de 2010

La elocuencia del Rojo

Efecto conseguido con pinceladas de color rojo


"Lo Real no se revela a Sí mismo en una
forma sin que el siervo se tiña de su color."

Ibn Arabi


"Para la Obra del Sol, toma vitriolo bien depurado, rojo y bien calcinado, y disuélvelo en orina de niños. Destilas esta solución y repites tantas veces como sea necesario para obtener un agua muy roja. Entonces mezclarás este agua con el agua susodicha antes de la congelación; colocarás estos dos cuerpos en estiércol durante algunos días con el fin de que se incorporen mejor los destilarás y congelarás juntos. Obtendrás entonces una piedra roja parecida al Jacinto una parte de la cual proyectada sobre siete partes de Mercurio o de Saturno bien depurado se transformará en oro refinado".

Santo Tomás de Aquino, Tratado de Alquimia



El texto que sigue a continuación es el capítulo titulado Me llamo rojo de la obra de igual título del escritor turco Orhan Pamuk. En él, el color rojo nos habla acerca de su presencia en las miniaturas que ilustran los manuscritos donde se narran las principales obras clásicas de la literatura persa y árabe. Es un discurso apasionado, como no podía ser de otro modo tratándose de ese color, y en donde medita también sobre su condición simbólica que lo relacionaría con lo vital, exaltación de la energía creadora expresándose en toda nuevo nacimiento, en toda nueva manifestación de la vida. También tendrá palabras para contarnos el proceso por el que tuvo lugar su nacimiento. Acabará contando una anécdota narrada como un cuento, donde las conjeturas de un viejo maestro ilustrador ya ciego nos harán reflexionar.

El texto ha sido un perfecto motivo para buscar imágenes de miniaturas persas por las que siento una especial atracción e incluirlas como acompañamiento.



Me llamo Rojo, por Ohran Pamuk



Cuando Firdausi, el poeta de El libro de los reyes, pronunció el último verso de una cuarteta cuyos tres primeros versos terminaban en una dificilísima rima después de haber sido despreciado por los poetas del palacio del sha Mahmut a su llegada a Gazna porque era un campesino, yo estaba allí, en su caftán. Estaba en la aljaba de Rüstem, el héroe legendario de El libro de los reyes, cuando fue a lejanos paises en busca de su caballo perdido, en la sangre que brotó al cortar en dos con su espada maravillosa al gigante de la leyenda, entre las arrugas del edredón bajo el que pasó la noche haciendo el amor con la hermosa hija del sha en cuyo palacio se hospedó. Estaba en todas partes y estoy en todas partes. Yo estaba allí cuando Tur decapitó traidoramente a su hermano Ireç, cuando ejércitos legendarios hermosos como sueños se enfrentaban en la estepa y mientras refulgía la sangre que le brotaba sin cesar a Alejandro de la nariz porque había sufrido una insolación. Yo estaba en el vestido de la hermosa mujer que visitaba los martes, aquella de la que estaba verdaderamente enamorado, al sha sasánida Bahram Gür, que pasaba cada noche de la semana bajo cúpulas distintas con una mujer distinta llegadas de climas distintos escuchando las historias que le contaban, y desde la corona hasta el cafttán en la ropa de Hüsrev (Cosrroes), de quien Shirin se enamoró viendo una pintura. Estaba en las banderas de ejércitos que sitiaban fortalezas, en los manteles de los banquetes, en los caftanes de terciopelo de los embajadores que besaban los pies del sultán y en cualquier lugar en que estuviera pintada la espada cuya historia tanto gusta a los niños. Aprendices de ojos hermosos, bajo la mirada atenta de maestros ilustradores, me aplicaban con delicados pinceles sobre gruesas hojas de papel de la India y Bujara para remarcar las alfombras de Usak, la decoración de las paredes, las camisas que vestían bellas mujeres de cuello de cisne mientras miraban a la calle por los huecos de los postigos, las crestas de gallos entregados a la lucha, granadas y frutas legendarias de países legendarios, la boca del Diablo, la fina línea del interior del encuadre, los bordados curvos de la tiendas, las flores que apenas pueden verse a simple vista y que el ilustrador pinta para su propio placer, los ojos de cereza de las esculturas de pájaros hechos de azúcar, los calcetines de los pastores, las auroras surgidas de la leyenda y los cadáveres y las heridas de miles de guerreros, monarcas y amantes. Me gusta que me apliquen en las escenas de batallas donde la sangre se habre como una flor, en el caftán del mejor literato cuando jóvenes hermosos y poetas se reúnen en el campo para beber vino y escuchar música, en las alas de los ángeles, en los labios de las mujeres, en las heridas de los muertos y en las cabezas cortadas cubiertas de sangre.
Puedo oír vuestra pregunta: ¿En qué consiste ser un color?
El color es el tacto del ojo, la música de los sordos, una palabra en la oscuridad. Como desde hace decenas de miles de años he estado escuchando lo que hablaban las almas, como si fuera el susurro del viento, de libro en libro y de objeto en objeto, puedo afirmar que mi caricia se parece a la de los ángeles. Parte de mí llama a vuestros ojos desde aquí, ésa es mi parte seria; la otra se vuelve alada en el aire con vuestras miradas, ésa es mi parte ligera.¡Qué feliz estoy de ser el rojo! Soy fogoso y fuerte; sé que llamo la atención y que no podéis resistiros a mí. No me oculto: para mí el refinamiento no se manifiesta a través de la debilidad o la falta de fuerza, sino a través de la decisión y la voluntad. Me expongo abiertamente. No temo a los demás colores, ni a las sombras, ni a la multitud, ni a la soledad. ¡Qué hermoso es llenar con mi fuego triunfante una superficie que me está esperando! Allí donde me extiendo, brillan los ojos, se refuerzan las pasiones, se elevan las cejas y se aceleran los corazones. Miradme: ¡qué hermoso es vivir! Contempladme: ¡qué bello es ver! Vivir es ver. Aparezco en cualquier parte. La vida comienza conmigo, todo regresa a mí, creedme.
Guardad silencio y escuchad cómo me convertí en un rojo tan prodigioso. Un maestro ilustrador que entendía de pigmentos machacó en un mortero con sus propias manos las mejores cochinillas rojas secas llegadas del lugar más cálido de la India hasta convertirlas en polvo muy fino. Preparó una mezcla con cinco dracmas de aquel polvo, un dracma de planta jabonera y medio dracma de venturina, echó tres cuartillos de agua en una cazuela y puso a hervir la jabonera, luego añadió la venturina y los mezcló todo bien. Dejó hervir la mezcla el tiempo que tardó en tomarse tranquilamente un café. Y mientras él se tomaba el café, yo me impacientaba como el niño que está próximo a nacer. Cuando el café le despejó la mente y agudizó su mirada como la de un duende, echó el polvo rojo a la cazuela y lo mezcló bien con uno de limpios y delicados palillos que usaba para tal menester. Ahora iba a convertirme en un auténtico rojo, pero mi consistencia era tan importante... Era absolutamente necesario que el agua no hirviera en vano aunque, por supuesto, debía hervir algo. Cogió una gota del líquido con el extremo del palillo y se la puso en la uña del pulgar (los otros dedos no servían lo más mínimo). ¡Oh, qué hermos era ser rojo! Le teñí la uña de rojo pero no me derramé como el agua por los bordes; mi consistencia era la correcta pero aún tenía grumos. Apartó la cazuela del fuego, me filtró pasándome a través de una tela limpísima y así me hizo más puro. Luego volvió a ponerme al fuego, me hirvió dos veces más hasta hacerme bullir, añadió un poco de alumbre machacado y me dejó enfriar.
Pasaron varios días y yo permanecí allí, en la cazuela, sin mezclarme con nada. Me apetecía que me pusieran en todas las páginas, en todos los lugares y en todas las cosas y quedarme alló parado me partía el corazón. En medio de aquel silencio medité en lo que significaba ser rojo.
En cierta ocasión, en una ciudad del país de los persas, mientras un aprendiz me aplicaba con un pincel en la silla de un caballo que un ilustrador ciego había dibujado de memoria, pude escuchar una discusion entre dos maestros ciegos:
-Nosotros, que hemos acabado quedándonos ciegos, como es natural, después de habernos pasado la vida trabajando con placer y convenciniento, sabemos, podemos recordar que típo de color era el rojo, qué sensación producía -dijo el que había dibujado de memoria el caballo-. Pero ¿y si fuéramos ciegos de nacimiento? ¿Cómo comprender ese rojo que está aplicando nuestro aprendiz?
-Una cuestión interesante -respondió el otro-, pero los colores no pueden comprenderse, se sienten.
-Explícale la sensación del rojo a alguien que nunca lo ha visto maestro.
-Si lo tocáramos con la punta de un dedo sería entre el hierro y el cobre. Si lo cogiéramos en la mano, quemaría. Si lo probáramos tendría un sabor pleno como de carne salada. Si nos lo lleváramos a la boca, nos la llenaría. Si lo oliéramos, olería a caballo. Si oliera como una flor se parecería a una margarita, no a una rosa roja.
En aquellos tiempos, hace ciento diez años, la pintura de los francos no era una auténtica amenaza que los shas se esforzaran en imitar y aquellos grandes maestros legendarios, que creían en sus maneras de la misma forma que creían en Dios, veían como cierta deshonra y como un signo de inexperiencia el hecho de que los maestros francos usaran todo tipo de tonos intermedios del rojo para la más vulgar de las heridas de espada o el más corriente de los paños y se reían de ellos sin hacerles el menor caso. Sólo un ilustrador novato, indeciso y sin voluntad usaría varios tonos para el rojo de un caztán, decían. Las sombras no sirven como excusa. De hecho, sólo había un rojo y sólo creían en él.
-¿Qué es lo que significa el rojo? -volvió a preguntar el ilustrador ciego que había dibujado el caballo de memoria.
-El significado de los colores es que están ante nosotros y podemos verlos -le contestó el otro-. No se puede explicar el rojo a quien no lo ha visto.
-Para negar la existencia de Dios, los ateos, los impíos y los incrédulos dicen que no se le puede ver -continuó el ilustrador ciego que había dibujado el caballo.
-Pero Él se aparece a quienes son capaces de ver- contestó el otro maestro-. Es por eso por lo que el sagrado Corán dice que son lo mismo el ciego y el que ve.
El apuesto aprendiz me aplicó lentamente sobre el cobertor de la silla del caballo. Es una sensación tan agradable introducirme con mi plenitud, mi fuerza y mi vitalidad en el blanco y negro de una hermosa ilustración, que cuando el pincel de pelo de gato me extiende sobre el papel siento un cosquilleo de alegría. Y así, al darle color, es como si le ordenara al mundo "existe" y el mundo toma mi color de sangre. El que no ve puede negarlo , pero estoy en todas partes.



Crepúsculo vespertino, nacimiento de un nuevo día


A continuación un fragmento de otro texto en el que también el rojo es protagonista, esta vez en la figura de un sabio con el rostro rojo púrpura, color del cielo crepúscular a quien simbolizaría, siendo todo ello la forma oculta en que se manifestaría el Arcángel Gabriel. La visión del sabio se hará presente a un buscador espiritual durante su peregrinación por el desierto místico, a quien favorecerá como guía celestial. El color del cielo crepuscular surge entre la noche y el día y entre el día y la noche, cumpliendo una función mediadora entre la oscuridad y la luz, algo que lo relaciona con el papel del Arcangel Gabriel, mediador entre las sombras o ignorancia humana y la Luz divina. Le orientará en sus últimos pasos en el viaje de retorno desde el mundo de "la prisión de los sentidos", del mundo de la fragmentación de colores y apariencias temporales hacia el de la Eterna Luz, su verdadera morada. Los colores tienen un papel destacado en la mística sufí persa, simbolizando los diferentes estados del viaje espiritual. El texto recuerda mucho al poema gnóstico El canto de la perla.
Se trata del relato visionario El Arcángel teñido de púrpura del gran restaurador de la filosofía de la antigua persia Sohravardî (549/1155-578/1191), al que Henry Corbin dio a conocer a Occidente. Las palabras entre paréntesis las he añadido para orientar la lectura al tratarse de un fragmento.



(..) Un día los cazadores Decreto y Destino tendieron la red de la Predestinación; pusieron como cebo el grano de la atracción, y por ese medio lograron hacerme prisionero. Desde aquel país que había sido mi nido, me llevaron a una comarca muy lejana (exilio occidental). Me cosieron los párpados; me pusieron cuatro clases de trabas (metafóricamente los cuatro elementos que constituyen el cuerpo perecedero) ; y por último se colocó a diez carceleros para que me custodiaran: cinco de ellos estaban vueltos hacia mi y de espaldas al exterior (se refiere a los cinco sentidos interiores, según Sohravardî, el sensorium, la imaginación representativa, la imaginación activa y la memoria), los otros cinco estaban de espaldas a mí con el rostro hacia el exterior (los cinco sentidos convencionales). Los cinco que tenían el rostro vuelto hacia mí y la espalda hacia el exterior, me mantuvieron tan firmemente en el mundo del adormecimento, que mi propio nido, el país lejano, todo lo que había conocido allí lo olvidé. Imaginaba que siempre había estado como me encontraba en ese momento.
-Cuando hubo pasado un cierto tiempo, mis ojos volvieron a abrirse ligeramente, y en la medida en que eran capaces de ver, me puse a mirar. De nuevo comenzaba a ver las cosas que antes no veía, y me sentía lleno de admiración. Cada día, gradualmente, mis ojos se abrían un poco más y contemplaba cosas que me turbaban y me dejaban sorprendido. Finalmente, mis ojos se abrieron por completo; el mundo se mostró tal cual era. Me vi con las ataduras que habían apretado en torno a mí; me ví prisionero de los carceleros. Y me dije: "Aparentemente, nunca me liberarán de estas cuatro trabas, ni se alejarán de mi los carceleros, para que mis alas puedan abrirse y emprender el vuelo, libre y sin coerción".
-Pasó todavía tiempo. Y un día me di cuenta de que mis carceleros habían relajado la vigilancia. "No podría encontrar ocasión más propicia", me dije. Furtivamente, me deslicé hacia fuera, de modo que, aun cojeando ligeramente por mis ataduras, terminé por ganar el camino del desierto (más allá de los sentidos). Y allí, en el desierto, vi una persona que caminaba próxima a mí. Fui a su encuentro y la abordé con un saludo. Con gracia y delicadeza perfectas, me devolvió el saludo. Observando el color rojo cuyo esplendor le teñía de púrpura el rostro y la cabellera, creí estar en presencia de un adolescente.
-¡Oh jovencito! -le dije-, ¿de dónde vienes?
-¡Oh muchacho! -me respondió-, te equivocas al interpretarme de ese modo. ¡Soy el mayor de los hijos del Creador!, ¿y tú me llamas "jovencito"?
-Entonces , ¿como es que no blanquea tu pelo, como les ocurre a los ancianos?
-El sabio: Blanco, lo soy en verdad; soy muy anciano, soy un sabio cuya esencia es luz. Pero aquel que te ha hecho prisionero en la red, aquel que puso trabas en torno a ti y encomendó a los carceleros tu custodia, hace mucho tiempo que me lanzó, también a mí, al pozo oscuro. Y ésa es la razón del color púrpura con el que me ves. De no ser por eso, sería completamente blanco y luminoso. Si un objeto, cuya blancura es indisociable de la luz, se mezcla con el negro, aparece entonces enrojecido. Observa el crepúsculo y el alba, blancos uno y otro, puesto que están en relación con la luz del Sol. Sin embargo, el crepúsculo o el alba son un momento intermedio: un lado hacia el día, que es blancura, otro lado hacia la noche, que es negritud, de ahí el tono púrpura del crepúsculo de la mañana y del crepúsculo de la tarde. Observa la masa astral de la Luna en el momento de su salida. Aunque la suya sea una luz que toma prestada, está verdaderamente revestida de luz, pero una de sus caras está vuelta hacia el día, mientras que la otra está vuelta hacia la noche. Así, la Luna aparece teñida de púrpura. Una simple lámpara muestra la misma condición; abajo, la llama es blanca; arriba, se convierte en humo negro; a media altura, aparece enrojecida. Muchas otras analogías o similitudes podrían citarse como ejemplo de esa ley.
-Yo: Oh sabio, de dónde vienes?
-El sabio: Vengo de más allá de la montaña de Qâf (el límite del mundo en la geografía visionaria irania). Allí está mi morada. También tu nido estuvo allí, pero ¡ay! lo has olvidado.



Lecturas:


Orhan Pamuk, Me llamo Rojo, Punto de lectura 2006

Sohravardî, El encuentro con el ángel, Editorial Trota 2006

Ana Crespo, Los bellos colores del corazón
Enlaces con entradas relacionadas en este mismo blog:
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6 comentarios:

Iconos dijo...

Y rojos fueron los peces -única concesión al color- de la película "La Ley de la calle". Y rojo fue el abrigo de la niña que corretea, sola y perdida, en el gueto judío de La lista de Schlinder..

Muy bella tu reflexión, Jan.

Baruk dijo...

Original entrada.

Mi máscara es azulada, pero mi interior es ROJO.

Así me defino yo en color.

Abrazines

Jan dijo...

Hola Iconos.

Pues sí, la presencia del rojo en sus variadas connotaciones es un motivo utilizado con frecuencia, en cine, literatura, etc...

No he visto las películas que comentas, si tengo la ocasión estaré atento a lo que apuntas.


Muy amable tu comentario

Jan dijo...

Que tal Baruk,

una colorista forma de definirte.

y seguro que de vez en cuando el rojo rebosa su cobertura azul !

Abrazos

Anónimo dijo...

No está llamado a la indiferencia. Lleno de connotaciones según los tiempos, las personas, las tradiciones, al cerrar los ojos el rojo ha de ser percibido en el mundo de las metáforas, y estas deben entrar en contacto con el esoterismo, con la simbología, con los caminos de la luz para poder ayudar a entrar en el color.

Del primer texto destaco tres frases:

"Vivir es ver"
"Los colores no pueden comprenderse, se sienten"
"Son lo mismo el ciego y el que ve".

Una reflexión lírica que da ánima al rojo, pero que sirve como instrumento de sospechas, de verdades acaso, calladas.

Me siento impelida a responder a esas tres frases, para refrendarlas desde el cuerpo en que habito, que me adoctrina cada día en la percepción de la luz.
Tus letras de colores las lee un sintetizador para mí, y las miniaturas por ti elegidas son aumentadas por una lupa hasta el instante anterior a que sufran una deformación que, en cualquier caso, ya experimentan.
Ofreces libros maravillosos que casi con toda seguridad no podré leer, y sin embargo eso no me impide ver, tal vez saber de ellos a pesar de la negación de la prisión aparente.

Con ello entro en el texto de Sohravardi, del que sobran comentarios porque o se le entiende con el alma, y se le ve inmediatamente o mejor no molestarse en explicaciones razonables.

Cuánta luz hoy en tu post, Jan.

Veda

Jan dijo...

Es un gran placer releer textos que pasado el tiempo perdura todavía su fulgor en la memoria, apareciendo como antorchas encendidas a lo largo de nuestro recorrido. Si a ello se suma al mismo tiempo la posibilidad de compartirlos con quien es receptivo a la luz que desprenden, la satisfacción es mucho mayor.

Agradezco Veda tu interés y tus palabras en este espacio, dejándonos con ello, también algo de tu luz.