Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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jueves, 16 de enero de 2014

Diario de un perro


Ilustración de Reinhold Hoberg, 1892


"El mundo subsiste gracias a la inteligencia del perro."

Zend-Avesta



Oskar Panizza (1852-1921) fue un psiquiatra y escritor alemán muy crítico con el tiempo que le tocó vivir, mostrándose siempre en contra del poder establecido tanto político como religioso, así como de los convencionalismos sociales y de la ceguera del ser humano ilusionado con erróneos ideales. Esa lucha constante contra lo establecido, junto a una visión desalentadora de la condición humana y del modelo de gran ciudad moderna que se imponía para vivir, contribuyó en gran medida a desarrollar la irónica y satírica lucidez expuesta con genialidad en Diario de un perro del que a continuación dejo unos fragmentos. Los acompaño con algunas de las ilustraciones que Reinhold Hoberg realizara para la edición original de 1892.


Diario de un perro
(fragmentos)
Por
Oskar Panizza



 ABRIL

HOY ME HAN VENDIDO a mi nuevo amo. Yo soy del campo. Desde ayer estoy en la ciudad. Todo es nuevo para mí, y todo se precipita sobre mí en forma de impresiones extrañas. Puedo decir que desde ayer siento que soy un perro. Estoy pensando. Antes hacía todo eso inconscientemente. Veo que el pensar es un trabajo que a menudo provoca dolor. Lo que me preocupa es que ese trabajo no se ejecuta voluntariamente. Ya no soy feliz como antes, pero me siento más orgulloso. (...)

HE CORRIDO MUCHO; Estoy muerto de cansancio; añoro mi pueblo. Allí, ¡qué rico trato con la naturaleza! Aquí, ¡qué monotonía, qué mundo gris, cerrado por muros de piedra! Allí un gigantesco cielo cuyo dibujo varía todos los días, árboles, bosques, estercoleros para nuestras narices, ¡mu, mu! y ¡quiquiriquí! Aquí un mundo cerrado con barricadas, y por medio da vueltas el género humano, saltando, gesticulando y chirriando las bocas. (...)

Yo soy un perrito, y hoy, mientras iba corriendo durante horas detrás de las jadeantes caravanas humanas, volví a sentir la vieja tentación de escrutar con más detenimiento a esa curiosa raza, de examinarla y estudiarla desde el punto de vista canino. Y que me disequen si hoy no he logrado, gracias a la lluvia, un descubrimiento memorable, un notable principio clasificatorio. Una diferencia  me había llamado la atención en esa raza saltarina y agitada:
a saber, que el cuerpo de unos remata en dos tubos o pilares tiesos como varas y gruesos como árboles, sobre los cuales avanzan trabajosamente, agitándose y contrayéndose con gran esfuerzo, mientras que en los otros la parte inferior del cuerpo termina en una punta achatada de forma cónica, que les permite, sin embargo, desplazarse lo suficiente, de modo semejante a los erizos. Acaso haya muchas variedades humanas más en toda esa comedia urbana, pero todo lo que he visto hasta ahora he podido reducirlo a esos dos tipos fundamentales. Pero cuál no fue mi asombro cuando hoy, mientras iban corriendo de un lado a otro, pude observar, favorecido por mi pequeñez, que también los hombres de remate cónico tienen, por debajo de ese extraño pellejo, unas piernas en forma de tubo, parecidas a las otras, aunque de índole muy distinta, semejantes a espigas y que se mueven. Y mucho habría de engañarme si esa bifurcación del cuerpo no se prolongara hasta una altura considerable. ¡Qué descubrimiento! ¡Qué curiosa variedad ha producido aquí la naturaleza! ¿Qué habrá pensado? ¡Así que esos especímenes voluminosos e hinchados por abajo tienen piernas por debajo de la hinchazón! Hoy he podido observarlo con toda claridad, cuando algunos levantaban un poco esa funda colosal, de forma acampanada, que les cubre las piernas. Resulta, pues, que la naturaleza les permite a unos enseñar las piernas (y hacer con ellas los más increibles movimientos en forma de tornillo), mientras que a los otros le ha otorgado la capacidad de ocultarlas bajo una especie de campana corpórea (ya que la funda es parcialmente hueca). ¡Los enseñapiernas y lo ocultapiernas! Esas dos especies pueden darse por seguras. (...)

CADA DÍA VOY MIRANDO detenidamente a los hombres con los que muy probablemente tendré que vérmelas durante los próximos tiempos. En fin de cuentas, son lo más interesante de lo que  uno encuentra por aquí. Lo que sigue todavía asombrándome sobremanera es que ellos, esa especie cuyos amontonamientos de casa y excavaciones de calles atestiguan aparentemente un alto nivel evolutivo, carecen por completo de talento para la orientación recíproca. Me refiero a la posibilidad de entenderse unos a otros. ¿A qué vienen esas tremendas expulsiones de aire al aire, esos  ruidos de dientes, esos chasquidos, esas endiabladas gesticulaciones? ¡Qué trabajo más penoso! Cuando uno observa a dos perros que se encuentran por casualidad y se exploran uno a otro, en pocos minutos todo está hecho. Sabemos que el otro se queja del frío, que tiene hambre, que lo han golpeado, que tiene un alma tierna, que es terco, que desconfía; el aliento nos lo dice todo; el alma se extiende abierta ante nuestras narices. Vean, en cambio, a dos hombres. A quien no lo haya visto, dificilmente podré darle una idea de lo que es eso. ¡Qué confusión! ¡Qué dispendio de ruidos y de movimientos! (...)
La verdad es que a menudo me pregunto si todos esos sonidos, esos graznidos y falsetes, tienen algún significado; si esa raza, pese a ese dispendio colosal, sabe finalmente qué piensa el otro por sí mismo y qué piensa de uno. Muchas veces, uno de ellos, con las mejillas hinchadas y ojos salientes, echa a rodar hacia fuera raciones enteras de sonidos, verdaderas explosiones, contra su interlocutor; éste, a modo de respuesta, se reclina y escupe hacia el cielo unos rapidísimos trinos o resoplidos en voz de tiple sobreagudo, verdaderas descargas de artillería, cruzando generalmente las manos sobre la barriga. Todo ello se acompaña naturalmente de abundantes contracciones, gesticulaciones y chasquidos (también a través de la nariz). Al final, uno de ellos vuelve a quitarse una parte de la cabeza (el sombrero), el otro saca el trasero, y luego se separan. ¿Sabrán algo el uno del otro? ¿De las cualidades de su alma? ¡Pobre especie! (...)


 JULIO

EN EL BALANCE DEL mes pasado, he sumado: 12 bastonazos; 25 puntapiés; 6 veces palizas, puñetazos y bofetadas; 3 veces he sufrido una sed terrible; 1 vez huesos raídos y duros como piedras; 35 veces "Aydidididididi, perrito guapo!"; aproximadamente 40 veces "¡Adededededé, el pachoncito negro!". De mi parte, por el lado de las prestaciones, he contabilizado: 120 lamidas; 370 husmeos; 500 meneos del rabo y cerca de 699 lameduras de botas. Cada uno se busca la vida como puede.


AGOSTO

PARECE QUE LOS HOMBRES a menudo se sustraen unos a otros los órganos más valiosos para unirse a ellos. Así he visto hoy, con no poco asombro, como un enseñapiernas en medio de la calle le metío a otro la mano en e bolsillo del pantalón y sacó algo con lo que acto seguido salió corriendo. El afectado, tras llevar rápidamente la mano al punto en cuestión, se percató de lo sucedido y se puso a dar unos gritos terribles. Todo el mundo acudía corriendo, averiguaba, gesticulaba, torcía todos los miembros imaginables; dadas las notorias dificultades de comunicación de esa especie, pasó algún tiempo hasta que que supieron qué pasaba. Entonces todos echaron a correr de repente en una misma dirección. El pobre hombre al que le habían metido la mano en el bolsillo del pantalón se quedó parado ahí, pálido y temblando. Por lo visto había perdido uno de los órganos más valiosos, sin el cual le era imposible seguir viviendo, acaso el corazón o el alma. (...)


SEPTIEMBRE

(...) El otro día encontré a la Luna. Estaba subiendo como un monstruo ardiente detrás del cerro. Una noche fresca y ligera colgaba del cielo. A lo lejos oía a un coro de ranas entregándose a rezos fervorosos y sonoros. Yo me encontraba ciertamente en un estado de ánimo religioso, pero ¡por Dios!, esas ranas con su parloteo incesante miden los padrenuestros por peso y creen que lo que cuenta es la cantidad. Yo, que soy perro luterano, concentro mis sentimientos en un solo golpe; rezo cuando tengo que rezar y cuando siento el impulso en mis adentros. Así que, mientras estaba echado allí fuera, en la falda del monte, con la mirada fija en la bola ardiente, sin ninguna preparación como estaba, sorprendido por el derrotero que tomaban mis propios pensamientos, empecé de repente: "¡Dios redondo de los flequillos luminosos! ¿Eres de veras un ser que nos protege, que nos depara huesos y sobras de carne y nos salva de las palizas de los hombres, que te presentas de noche para que no nos caigamos a las charcas y a las cunetas de los caminos? ¿O eres solamente un disco de señalización que alguien ha colocado ahí, semejante a aquel disco diurno que los hombres arrastran cada día en estado incandescente por el cielo, a fin de mejorar sus gesticulaciones? ¿Obedeces acaso  a otro ser más poderoso todavía, a un funcionario que hoy te pinta un cuarto, mañana la mitad y pasado tres cuartos? Y tu severa y bondadosa cara de perro  que nos muestras, ¿de verdad nos contempla piadosamente a nosotros, tus pobres hermanos azotados y vapuleados? ¿O es que lo que vemos en ti son solamente los feos agujeros, protuberancias y excrecencias de un viejo y arrugado queso de Holanda arrojado a través de los espacios celestes?".


Tras esa oración casi se me partía el alma de tanta emoción, de atormentada duda y dolor existencial, y me puse a aullar y a lamentarme hasta que en las calles cercanas los hombres de batas blancas sacaban las cabezas por las mirillas (ventanas), maldiciendo, chillando y gesticulando; uno salió con un bastón en la mano, y eché a correr a toda prisa.


OCTUBRE

¡ES INCREIBLE A QUÉ extremos son capaces de llegar esos comediantes! El otro día fui con mi amo a una casa en la que ya había estado antes, y en donde vivía un tipo que me daba siempre bizcochos. Apenas abrieron la puerta, vi a dos que estaban ahí de pie, con mocos y lágrimas corriéndoles por la cara, sonándose y torciendo los ojos que daba asco. Ya barruntaba yo que eso era otra gran comedia. Entro, y he aquí que el hombre, el tipo de los bizcochos, está echado, tieso como un palo, en una caja pintada de negro, disimulando, conteniendo la respiración, y no se mueve. ¡Vaya comedia! Acaso a alguno de vosotros, perritos, le da por pensar ahora que ese pillo al cabo de un rato se iba a levantar, darles la mano a sus colegas enseñapiernas y decirles, con las debidas reverencias y descubrimientos de dientes, que era todo una broma y que queden todos contentos? ¡Qué va!, el tipo deja que cierren la caja sobre él, la aseguren con tornillos, lo bajen por la escalera, lo suban a un fantástico carro tirado por dos caballos cojos y lo lleven durante una hora fuera de la ciudad.¡Qué broma más divertida!


DICIEMBRE

¡DIOS MÍO CREO QUE sea acaba el mundo!  Esta mañana... ¿Qué? Pues esta mañana, cuando mi amo abrió la ventana, el mundo entero estaba cubierto de una masa polvorosa, blanca y centelleante. A nuestro alrededor reinaba un silencio de muerte. Los dos nos quedamos tiesos de horror. Cuando más tarde salí a la calle y toqué esa papilla mortal, advertí que era un polvo de todo punto indefinible, una cosa que no pertenece a este mundo, algo del más allá. No es espeso ni ralo, ni pesado ni ligero, ni húmedo ni seco, no es para comer ni para beber, una cosa horripilante. Al tocarlo cruje y se espolvorea, mostrando que no es nada afin a nosotros; nada canino ni humano. No pertenece al arroyo, al prado, al árbol. No puede aportarle ningún provecho a nadie; a lo más puede arruinarnos a todos. Creo que es un castigo colosal que debe a hogarnos a todos. Creo que esa cosa blanca es el pecado. Todo el ancho mundo cubierto del pecado blanco. Y del cielo sigue cayendo cada vez más. Los pocos hombres a los que he encontrado hasta ahora están tiesos de espanto. ¡Ja! ¿Así que os han pillado? ¿Donde están vuestra gesticulaciones, raza de comediantes? ¡Todo está tieso y congelado! ¿Dónde están vuestros picotazos equilibristas corredores? Ahogados y enmudecidos por el polvo blanco del pecado. Esa pasta pecaminosa penetra en todas partes, en los oídos, en las narices, los pliegues de las fundas artificiales (ropa); he visto a mozos enteros empolvados de pies a cabeza. Una estirpe de molineros y harineros está cubriendo la tierra. Y esas muecas congeladas en las caras. Y las descargas bucales se han acabado. Reina un silencio espléndido, colosal, en el que el perro puede finalmente pensar y meditar. Creo que ahora le tocará al perro el turno de mandar; los hombres quedarán enterrados bajo el pecado blanco. Pero lo perros sabemos saltar, mantenernos arriba. ¡Ánimo y adelante! ¡No lloro a nadie! (...)
Los hombres tratan ciertamente de defenderse y protegerse; vienen cargando con nuevos miembros artificiales y se los abrochan; se colocan nuevas cabezas (sombreros) y pies (zapatos); recorren la ciudad, abren y cierran puertas, entran en los almacenes de miembros artificiales (ropa) y salen con nuevas partes del cuerpo gordas y rechonchas. Pero no les sirve para nada. El pecado sigue cayendo como llovizna, les penetra entre la barbilla y el cuello de la camisa; la perdición les está llegando hasta la barriga. ¡Así va! El mundo se acaba, y a vosotros se os llevará el diablo.




El pintor George Grosz mostró su admiración hacia Oskar Panizza al pintar la obra que aparece en la imagen siguiente titulada Dedicatoria a Oskar Panniza, que ha pasado a ser una de las obras del expresionismo alemán más célebres. 




Sobre esta pintura el crítico de arte Simón Marchán Fiz escribe: "...el oleo Dedicatoria a Oskar Panizza (1917-1918) refleja aún más el sentir apocalíptico de Meidner y los poetas crepusculares. Sólo que ahora el patetismo y la pasión dolorosa del primero son sustituidos por un sarcasmo que se asocia con la muerte. No es casual, a este respecto, la dedicatoria a un personaje tan controvertido como Panizza, médico psiquiatra de Munich que, acusado de injuriar a la religión y al emperador, vivía recluido desde 1904 en un manicomio. Autor de numerosos relatos fantásticos a lo Poe, como Visiones del crepúsculo, es un satírico y crítico implacable de la sociedad dominante, la pintura nos presenta una escena que se desarrolla en el laberinto callejero de la noche urbana. Motivos iconográficos como la danza y la muerte, los siete pecados capitales, la bajada a los infiernos o el mundo patas arriba, todos ellos de ascendencia barroca, no traslucen sino una exacerbación de los estados de angustia individual y colectiva, rayante en la desesperación destructiva y con el ocaso de la humanidad".(Contaminaciones figurativas págs. 61-62)


Lecturas:

Oskar Panizza, Diario de un perro, Pepitas de calabaza editores 2007 
Simón Marchán Fiz, Contaminaciones figurativas, Alianza Editorial 1986 

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El terror futuro

Ofelia

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sábado, 28 de diciembre de 2013

El constructor del mundo

EL CONSTRUCTOR DEL MUNDO
ESPECTÁCULO ARQUITECTÓNICO
DE BRUNO TAUT
(Portada de Der welt baumeister 1919)


"Quien desee 'entender' el discurso expresionista debiera permitirse al menos una vez, la primera si es posible, leer y mirar con sus propios ojos, darse un banquete de fantasía, entregarse a esta celebración de la nada como quien inicia la experiencia de un viaje lisérgico (esto es, bajo los efectos de sustancias alucinógenas, Nota de Fragmentalia)
(...) En El constructor del mundo el método fantástico produce una concepción cósmica cuya originalidad estriba, en gran medida, en el abandono del tiempo histórico y del modelo evolucionista de la naturaleza, por una concepción del tiempo en la que es obvia la presencia del eterno retorno nietzschiano, la idea de que en un mundo sin finalidad sólo puede vivirse como si cada instante fuese a repetirse eternamente. Desde esta perspectiva, toda la historia y la comprensión evolucionista se hacen planas y pierden su encadenamiento típico; el tiempo cíclico reúne historia y naturaleza en una universalidad recuperada de la que el texto de Taut da cumplida cuenta. Historia y naturaleza se funden en la búsqueda ciega de autorrealización del individuo, del artista en la belleza. No sólo el tiempo finalista es abandonado: las escalas de percepción convencional se diluyen simultáneamente, y tanto el microcosmos, como el universo, el pasado y el futuro, aparecen al alcance de la mano dando vueltas iterativas sobre sí mismo en una homotecia o autosimiliridad circular".


Iñaki Abalos, Taut, el eterno retorno



El arquitecto Bruno Taut (1880 - 1938) fue una de las figuras más relevantes del expresionismo visionario alemán. Una parte importante de su proyectos urbanísticos fueron de marcado caracter utópico en los que podemos encontrar plasmados en escritos y bellos dibujos, ideales socialistas junto a influencias de místicos como el Maestro Ekhart y la filosofía de Friedrich Nietzsche, todo ello dentro de una fuerte oposición al materialismo positivista con la aspiración de hacer efectiva una transformación espiritual en el ser humano, algo que para él, sería lo único que podría dar como resultado una verdadera revolución. Entre sus textos ilustrados se encuentra también un proyecto escénico, El constructor del mundo (Der welt baumeister) de 1919, una suerte de guión gráfico (storyboard) para un espectáculo donde se fusionaría arquitectura, música y efectos teatrales como elementos que darían lugar a una obra de arte total. Lo podemos interpretar como un intento de escenificación del "Eterno retorno", donde el despliegue de la creación se fusiona en la Nada y viceversa, la continua e imparable transformación del cosmos valiéndose para ello de la construcción arquitectónica como metáfora con la que abrirse, más allá de la linealidad temporal y los límites que imponen los propios recursos artísticos, a la visión de que a cada instante y simultáneamente todo se destruye y se crea. Fue editado en blanco y negro, pero hemos de imaginarlo tal como se ideó, como una sinfonía de colores. Nunca llegó a verlo exhibido en un teatro, así como tampoco la partitura músical que acompañaría el espectáculo.


El constructor del mundo
Por
Bruno Taut 



EL CONSTRUCTOR DEL MUNDO
Espectáculo Arquitectónico
para
MUSICA SINFONICA
Dedicado al espíritu de Paul Scherrbart

Dibujado por Bruno Taut
en septiembre de 1919


 Se abre el telón.

 EL ESCENARIO SOLO DESPIDE UNA LUZ DORADA Y RESPLANDECIENTE
Por lo demás, nada. Ni suelo, ni techo, ni paredes.
MUSICA
sin modulaciones... un solo sonido en el espacio...
un SONIDO largo, luminoso y amarillo resplandeciente...
Desde abajo brotan formas, y con ellas surgen figuras en la música; con las formas, las figuras musicales se vuelven más ricas y moduladas, más impetuosas y cromáticas.


Brota lentamente desde abajo...


 crece, se arquea. Las formas emergen libremente del espacio y...


sigue creciendo y creciendo... Un desplazamiento vivo de formas... hasta que...


se apoya sobre el suelo.
Base de un monumento gigantesco con portada.
La portada se decompone... El edificio entero se abre y...


despliega sus naves... Luz multicolor... CAMPANAS...


Se cierra... gira... una conmoción lo sacude... se ladea...
amenaza con derrumbarse...


y estalla... Pero las formas se desprenden sin dificultad...


caen formando círculos y se separan unas de otras... Saltan en pedazos...


se convierten en átomos y se desvanecen en el universo...
La luz se ha vuelto más oscura: del dorado luminoso ha pasado al naranja y al verde musgo...


y el espacio vacío ha adquirido un oscuro tono verde azulado...
LA MUSICA LEJANA DEL ESPACIO


Reina una completa oscuridad azul, y relucen las estrellas.


Desde las profundidades, llegan girando dos estrellas.
Una de ellas desaparece.


La estrella-catedral se acerca... gira sobre sí misma... baila...


danza... cambia de forma y de brillo.


Y surge un meteoro... y el espacio se pone otra vez azula oscuro... sin estrellas... durante mucho tiempo...
MUSICA EN LA ETEREA LEJANIA


El espacio vacío se vuelve rojo púrpura. Verdes formas foliáceas y flores caen balanceándose desde arriba y desde los lados...


El globo terrestre se abomba, se cubre de un verde luminoso.
El cielo adquiere un tono morado plomizo.         Truenos...


Lluvia intensa.


Arco azul, amarillo, rojo y verde sobre el azul celeste.


Luz del sol de verano. La superficie de la tierra se levanta; de ella brotan cabañas para la gente... como flores multicolores.


Del verdor originario han surgido árboles y jardines que alcanzan hasta el horizonte. Luz vespertina.
PIADOSA MUSICA TERRENAL... VOCES DE NIÑOS...


De la colina brota LA CASA, bañada por una cálida luz dorada.


La resplandeciente casa de cristal a la arrebolada luz crepuscular del escenario.


Se abre... muestra sus prodigios interiores: luminosas fuentes y cascadas, cristal reluciente ante un fondo dec olor rojo intenso.


La apertura y el desarrollo del edificio: agitación y fluir de todos sus elementos
Fulgor y centelleo. Todos los colores van adquiriendo un resplandor violeta.


Despliegue total. Las estrellas resplandecen a través de las placas de cristal. Arquitectura, noche, universo: una unidad.
Ya no hay movimiento. La imagen se detiene. LA MUSICA SUSPENDIDA EN UN TONO INFINITAMENTE LARGO
hasta...


el telón se cierra lentamente.



SOBRE TEATRO Y MUSICA
EPÍLOGO DEL "ESPECTÁCULO ARQUITECTÓNICO"
(fragmento)

Bruno Taut 

Suena el color, suenan las formas: colores y formas, como elementos puros e inquebrantables del universo, fecundan el tono. De ellos nace la obra musical  sin violencia alguna, del mismo modo que la creación de formas y colores surge libremente a partir de la obra musical. No hay una comprensión violenta de cosas sólo comparables y emparentadas, sino que el color y la forma del mundo audible fecundan y engendran, mediante un juego de efectos recíprocos, la forma y el color del mundo visible. ¡Del mundo! De un reino extenso que neutraliza todas las sensaciones y pensamientos individualizados e individualizantes, todas las ideas y sensaciones que aislan al yo y que en sí mismas están disociadas. Las formas audibles, las visibles y las palpables se unen sencilla y libremente en la esfera del elemento cósmico, contraen un vínculo que no está delimitado ni en sí mismo ni hacia afuera: una fusión profundamente íntima... fiel reproducción de los elementos del mundo real: tierra, aire, agua, fuego, sol y estrellas. Este reino del arte no admite la entrada de ningún individuo si éste no se presenta como miembro meramente subordinado del gran cosmos. El animal como criatura instintiva, con sus manifestaciones momentáneas, y así mismo el hombre, con sus peculiaridades humanas, con su vida espiritual únicamente representada a través de sucesos particulares, con su "psicología", sólo pueden molestar en este reino. (...)
¡Ay del arte que quiera proyectar lo instintivo, lo efímero del ser humano en el cielo estrellado! Toda la forma sigue siendo, no obstante, demasiado humana, y un perderse por completo... desgraciadamente... no existe. El arte aspira a ser una reproducción de la muerte, pretende fijar el límite en el que el obligado interés por las cosas terrenales se desvanece al contemplar lo que surge tras el umbral de la muerte.
El arte es una transmisión de sensaciones, y ése es su límite. No admite, por tanto, una abstracción que no resida en la naturaleza de sus recursos. Una abstracción que vaya más allá de éstos sobrepasa el límite de lo artístico y corre el riesgo de convertirse en un producto del intelecto, no de la imaginación.
De acuerdo con ello, este espectáculo utiliza todos los elementos, incluido el de la ilusión, que están al servicio del pensamiento dramático. El principio impersonal que crea y deshace detrás de las cosas, el "constructor del mundo" que obra en el cosmos, es el actor. (...)
La arquitectura, al igual que el arte musical, no puede describir ni ser psicológica, sino que se apoya única y exclusivamente en el mundo de las formas, creadas con libertad, sin limitación del entorno. Se puede conseguir una fusión de lo plástico con lo musical hasta ta punto que se borren por completo las fronteras entre ambos conceptos.
Quizá surjan dudas acerca de la representabilidad. Estos dibujos ante todo deberían mostrar la idea lo más claramente posible. Durante la preparación de la pieza teatral para el escenario, la adaptación al aparato escénico dará lugar con frecuencia a una simplificación y concentración estilística similar a la del teatro de títeres. El color y la luz aportan una riqueza que aquí apenas está insinuada, y serán los encargados de suplir la falta de ilusión. La ilusión como imitación de la naturaleza puede quedar completamente suprimida. Es suficiente con el juego de formas y colores que aparecen y se desvanecen, embebidos por el torrente de las notas musicales. De lo único que no se puede prescindir es del profundo espacio del escenario. Este espacio, en su infinita profundidad, es el seno materno que lo engendra todo: formas, colores, luz... como el tono fluctuante e ilimitado del que mana la música.



Fragmentalia quiere expresar sus mejores deseos a todos los lectores y amigos para el nuevo ciclo que ahora se inicia con el 2014.



Lecturas:

Bruno Taut, Escritos expresionistas. El Croquis Editorial 1997

Bruno Taut, Arquitectura Alpina, Círculo de Bellas Artes, Madrid 2011

Simón Marchán Fiz, La metáfora del cristal en las artes y en la arquitectura. Siruela 2008


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martes, 19 de marzo de 2013

El terror futuro

Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1912


Miré cuando abrió el sexto sello, y he aquí hubo un gran terremoto; y el sol se puso negro como tela de cilicio, y la luna se volvió toda como sangre; y las estrellas del cielo cayeron sobre la tierra, como la higuera deja caer sus higos cuando es sacudida por un fuerte viento. Y el cielo se desvaneció como un pergamino que se enrolla; y todo monte y toda isla se removió de su lugar. Y los reyes de la tierra, y los grandes, los ricos, los capitanes, los poderosos, y todo siervo y todo libre, se escondieron en las cuevas y entre las peñas de los montes; y decían a los montes y a las peñas: Caed sobre nosotros, y escondednos del rostro de aquel que está sentado sobre el trono, y de la ira del Cordero; porque el gran día de su ira ha llegado; ¿y quién podrá sostenerse en pie?

Apocalipsis de San Juan (6:12-17)


La tierra está yerma. Los campos están arrasados en lágrimas.Por una carretera infame circula un coche gris.
La techumbre de una casa se ha desplomado.
Caballos muertos se pudren en charcos.
Se divisan líneas oscuras más allá de las trincheras.
Una granja arde lentamente en el horizonte.
Estallan los disparos; se extinguen – pop, pop, pauuuu.
Los jinetes desaparecen lentamente en el bosque pelado.
Nubes de metralla iluminan el cielo y se apagan. Un camino en hondonada
nos acoge. Allá se detiene la infantería, mojada y llena de barro.
La Muerte es tan indiferente como la lluvia que comienza.
¿A quién le importa el ayer, el hoy o el mañana?

Wilhelm Klemm, En el frente



El pintor expresionista alemán Ludwig Meidner (1884-1966) es sobre todo conocido por su serie pictórica Paisajes apocalípticos, algunos de ellos pintados unos meses antes de desencadenarse la Primera Guerra Mundial, motivo por el que se considerarían visiones premonitorias de lo que más tarde sucedió. En estas pinturas se muestran panorámicas que exiben de forma desgarrada y terrible el horror de una guerra que parece adquirir proporciones cósmicas, algo sobre lo que posiblemente tuvo que ver el interés que Meidner dedicó en aquella época a lecturas sobre mística judía y del Apocalipsis de San Juan. Puede que el escritor simbolista Marcel Schwob (1867-1905) también prestara atención a este último texto perteneciente al Nuevo Testamento cuando se puso a escribir el relato que acontinuación dejo, y que sin duda parece anticiparse unas cuantas décadas -tanto en el motivo, cómo en la forma expresionista de ser narrado- a las escenas apocalípticas de Meidner, pareciéndome idóneas para acompañarlo. He incluído además dos poemas expresionistas, uno más arriba de Wihelm Klemm y otro al final de Georg Trakl, en los que expresaron la visión de la guerra que padecieron en primera persona desde el frente.


El terror futuro
Por
Marcel Schwob



Los organizadores de aquella Revolución tenían la cara pálida y los ojos de acero. Sus ropas eran negras, ceñidas al cuerpo; sus palabras breves y áridas. Ahora eran así, aunque antaño habían sido diferentes. Porque habían predicado a las multitudes, invocando los conceptos del amor y la piedad. Habían recorrido las calles de las capitales, con la creencia en los labios, cantando la unión de los pueblos y la libertad universal. Habían inundado los hogares de proclamas llenas de caridad; habían anunciado la nueva religión que debía conquistar el mundo; habían reunido a numerosos adeptos entusiasmados por la naciente fe.
Ludwig Meidner, Revolución 1913
 Luego, en el crepúsculo de la noche de ejecución, su modo de actuar cambió. Desaparecieron en una casa consistorial, donde tenían su sede secreta. Grupos de sombras corrieron a lo largo de las paredes, vigiladas por rígidos inspectores. Se oyó un murmullo lleno de funestos presintimientos. Los accesos a los bancos y a las casa ricas se estremecieron con una vida nueva subterránea. Se alzaron gritos, como repentinos chasquidos, en los barrios apartados. Un zumbido de máquinas en movimiento, la trepidación del suelo, el terrible desgarro de los tejidos, y después un asfixiante silencio semejante a la calma antes de la tormenta; y de golpe la tempestad sangrienta, ardiente.
Estalló con la señal de una larga bengala resplandeciente que salió del Ayuntamiento hacia el negro cielo. Hubo un grito lanzado desde todos los pechos de los rebeldes, y un impulso que sacudió la ciudad. Temblaron los grandes edificios, destrozados en su base; un fragor jamás oído atravesó la tierra en una sola oleada; las llamas ascendieron como sangrientas horcas por las paredes inmediatamente ennegrecidas, produciendo furiososas proyecciones de vigas, frontispicios, tejas de pizarra, chimeneas, cruces de hierro, adoquines; los cristales de las ventanas volaron, multicolores, en un haz de fuegos artificiales; chorros de vapor reventaron las tuberías, fundiéndose a ras del suelo de los pisos; los balcones saltaron, retorcidos; la lana de los colchones enrojeció caprichosamente, como brasas que se apagan, en las ventanas abiertas; todo se llenó de una horrible luz, de estelas de chispas, de humo negro y de clamores.

 Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1913

Los edificios se separaban unos de otros, se abrían como piezas dentadas, y cubrían la sombra de una capa roja: detrás de las construcciones que caían a ambos lados, se extendía la magnitud del incendio. Las masas de ruinas parecían enormes montones de hierro al rojo. La ciudad no era sino una cortina de llamas, unas veces claras, otras azul oscuro, con puntos de intensidad profunda, por donde se veían pasar gesticulantes manchas negras.
Paisaje apocalíptico 1913 (detalle)
 Los porches de las iglesias estaban abarrotados de la aterrada muchedumbre, que afluía desde todas partes como largas cintas negras; las caras se dirigían, llenas de ansiedad, hacia el cielo, mudas de espanto con los ojos fijos, horrorizados. Había ojos desmesuradamente abiertos, llenos de una especie de asombro estúpido, y ojos endurecidos por los negros rayos que lanzaban, y ojos rojos de furia, relucientes por los reflejos del incendio, y ojos brillantes y suplicantes llenos de angustia, y ojos pálidos y resignados, en los que las lágrimas se habían detenido, y ojos agitados por el temblor de la pupilas que viajaban sin cesar por todos los rincones de la escena, y ojos cuya mirada era interior. En la procesión de caras macilentas, lo único diferente eran los ojos; y las calles, entre los pozos de luz siniestra que se abrían en el ángulo de las aceras, parecían rodeadas de ojos en movimiento. 
Envueltas en una espantosa descarga, masas humanas retrocedían en las plazas, perseguidas por otras masa humanas que avanzaban implacablemente. El grupo que huía agitaba tumultuosamente los brazos extrañamente iluminados; y otro grupo caminaba apretado, denso, regulado, resuelto, con miembros que actuaban  acompasadamente, sin vacilación, bajo silenciosas órdenes. Los cañones de los fusiles formaban una sola hilera de bocas asesinas, de las que salían finas y largas líneas de fuego que rayaban la noche con su escenografía mortal. Por encima del estruendo continuo, entre los terroríficos instantes de tregua, sonaba una singular e ininterrumpida crepitación. 

 Ludwig Meidner, La ciudad en llamas 1913


 También había nudos de hombres, agrupados de tres en tres, de cuatro en cuatro, de cinco en cinco, entrelazados y oscuros, por encima de los cuales serpenteaba el brillo de los largos sables de la caballería y afiladas hachas, robadas en los arsenales. Unos individuos delgados enarbolaban estas armas y abrían las cabezas con furia, agujereaban los pechos con inmenso placer, destripaban los vientres con voluptuosidad, y pisoteaban las vísceras. 
Y. a través de las avenidas, semejantes a resplandecientes meteoros, largas corazas de acero pulido rodaban rápidamente, arrastradas por caballos al galope, espantados, con las crines al viento. Parecían cañones cuyas caña y culata tuvieran un mismo diámetro; detrás, una jaula de chapa sujeta por dos hombres activos que calentaban un montón de brasas, con una caldera y un tubo del que salía humo; delante, un gran disco brillante, cortante, dentado, montado sobre un mecanismo, y que giraba vertiginosamente ante la boca del alma. Cada vez que la embocadura de la parte dentada se ponía en contacto con el agujero negro  del tubo, se oía el ruido de un gatillo.
Aquellas galopantes máquinas se iban deteniendo de puerta en puerta: formas vagas se desprendían de ellas y entraban en la casa. Luego salían, cargadas de dos en dos con paquetes atados y chirriantes. Los hombres de las brasas metían regularmente, metódicamente, en el alma de acero los grandes fardos humanos; durante un segundo veía, proyectado hacia delante, surgiendo hasta el saliente de los hombros, una cara descolorida y convulsa; luego, cuando giraba la parte dentada del disco, lanzaba una cabeza en su convulsa revolución; la placa de acero permanecía inmutablemente pulida cuando soltaba por la rapidez de su movimiento un círculo de sangre que llenaba los vacilantes muros de figuras geométricas. Un cuerpo caía sobre el pavimento, entre las altas ruedas de la máquina; las ataduras se rompían en la caída, y, con los codos clavados en el suelo en un gesto reflejo, el cadáver todavía vivo eyaculaba un chorro rojo. 

  Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1912


Luego los caballos encabritados, con el vientre despiadadamente azotado con una correa, arrastraban los tubos de acero: se producía un sobresalto metálico, una nota profunda de diapasón en la sonoridad de su alma, dos líneas de llamas reflejadas en su contorno y una brusca detención ante una nueva puerta.
No había, excepto en los locos que mataban aisladamente con arma blanca, ni odio, ni furia. Solamente una destrucción y una masacre regulares, que iban aniquilando progresivamente, semejantes a una marea de muerte, que no dejaba de ascender, inexorable e inevitable. Los hombres que daban las órdenes, orgullosos de su obra, contemplaban la acción con rostro rígidos, petrificados de su ideal.
Ludwig Meidner, Visión apocalíptica 1912
 En la esquina de una negra calle, los chapoteantes cascos de los caballos encontraron una barrera de cadáveres sin cabeza, un enorme montón de troncos. La batería de tubos de acero se detuvo ante aquel amasijo de carne; por encima de los brazos confusamente crispados se alzaba un bosque de dedos que señalaban todos los puntos del espacio, levantados hacia el cielo como los brotes coloreados de una cosecha del futuro.
Al detenerse ante los pedazos guillotinados, los caballos se negaron relinchando a continuar el asalto, echaban humo por las fauces y aplastaban bajo sus herraduras las verdes entrañas. Entre la carne palpitante, entre la maleza de manos inanimadas, desesperadamente rígidas, había chorros de sangre que seguían manando.
Los padres de la masacre subieron a la barricada humana en la que se le hundieron los pies, agarraron a los caballos por lacabeza, los arrastraron por la brida, mientras resoplaban y obligaban a las ruedas a pasar sobre los miembros esparcidos cuyos huesos no dejaban de crujir.
Y de pie sobre su carnicería, con el rostro iluminado por la Idea de dentro y por el Incendio de fuera, los apóstoles de la nada miraron atentamente el fondo de la noche, en el horizonte, como si esperaran a un astro desconocido.
Ante ellos veían montones de fachadas destrozadas, escalones de piedra plantados de forma diversa, cabrios humeantes, ladrillos virutas de madera, trozos de papel, pedazos de tela, y un gran número de adoquines, agrupados en montones, como lanzados por una mano prodigiosa.

 Ludwig Meidner, Paisaje apocalíptico 1916


También había una casa pobre, medio derruida, en las que las chimeneas cortadas a lo largo habían dejado un largo reguero de hollín, con ramificaciones a diferentes alturas. La escalera de madera se había desplomado por debajo, a media distancia del último piso, hasta el punto de que los temblorosos peldaños iban no se sabía adónde, hacia las ascendentes llamas y los crispados cadáveres, como una frágil pasarela que venía del cielo. En aquellas miserables habitaciones destrozadas, al descubierto, se veía toda la vida inferior, una parrilla de carbón, un horno de barro rajado con diversos parches, un puchero lleno de una pasta oscura, cazuelas negras, abolladas, trapos amontonados en los rincones, una jaula roñosa en la que todavía flotaban algunas hierbas verdes, donde yacía boca arriba un pajarillo gris, con las patas encogidas bajo las plumas de su vientre, frascos de farmacia esparcidos, un catre de pie contra la pared, colchones reventados de los que salían manojos de paja, y macetas despedazadas, mezcladas con la tierra vegetal y fragmentos de plantas.
Y sentado entre las aceradas baldosas, arrancadas del cemento gris, un niño frente a una niña le mostraba triunfalmente una bala de cobre que había subido hasta allí. La pequeña se había metido una cuchara en la boca y le miraba con curiosidad. El pequeño apretaba los dedos, cuya delicada piel aún estaba arrugada, sobre la tuerca móvil llena de agujeros, y, manipulando el mecanismo, se abstraía en la contemplación del instrumento. Como los dos agitaban sus pies menudos, sacándolos de las zapatillas, profundamente distraídos, no estaban nada sorprendidos del aire que entraba, ni de la horrible luz que les invadía, y la niña, sacando la cuchara que le inflaba la mejilla, dijo a media voz: "Qué extraño, papá y mamá han desaparecido con su habitación, la calle está llena de enormes luces rojas, y la escalera se ha caído".
Todo esto vieron los organizadores de la Revolución, y el nuevo sol cuya aurora esperaban no llegó. Pero la idea que tenían en el cerebro surgió bruscamente; se les encendió una especie de luz; vislumbraron vagamente una vida superior a la muerte universal; la sonrisa de los niños se agrandó y fue como una revelación; la piedad descendió sobre ellos. Y con las manos en los ojos que aún no estaban cubiertos de párpados, descendieron tambaleándose de la muralla de hombres degollados que debía rodear la nueva Ciudad, y escaparon enloquecidos, por las rojas tinieblas, entre el estruendo metálico de las máquinas que galopaban.

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Por la tarde resuenan en los bosques otoñales
las mortíferas armas, y en las llanuras áureas
y en los lagos azules rueda el sol más oscuro.
La noche abraza a los guerreros moribundos,
irrumpe el lamento salvaje de sus bocas quebradas.
Pero silenciosas en la pradera,
rojas nubes que un dios airado habita
convocan la sangre derramada, la frialdad lunar;
y todos los caminos desembocan en negra podredumbre.
Bajo el dorado ramaje de la noche y las estrellas
vaga la sombra de la hermana (muerte) por el bosque silencioso
saludando las almas de los héroes,
las cabezas sangrantes.
Y en el cañaveral suenan las oscuras flautas del otoño.
Oh, qué soberbio duelo, con altares de bronce;
un terrible dolor nutre hoy la ardiente llama del espíritu,
por los nietos que no han nacido aún.

Georg Trakl, Grodek (Poeta expresionista que participó en la batalla de Grodek en 1914, quedando tan horrorizado que tuvo que ser ingresado en un hospital psiquiátrico de Cracovia donde a los pocos días se suicidó.



Lecturas:

Marcel Schwob, Corazón doble. Siruela 1996

Dietmar Elger, Expresionismo. Taschen 1991


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Cuarteto para el fin de los tiempos

El rey de la máscara de oro

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sábado, 9 de marzo de 2013

Ofelia

John Everett Millais, Ophelia (detalle)


... A su alrededor se extendieron sus ropas, y, como una náyade, la sostuvieron a flote durante un breve rato. Mientras, cantaba estrofas de antiguas tonadas, como inconsciente de su propia desgracia, o como una criatura dotada por la Naturaleza para vivir en su propio elemento. Más no podía esto prolongarse mucho, y los vestidos cargados con el peso de su bebida, arrastraron pronto a la infeliz a una muerte segura, en medio de sus dulces cantos.

Willian Shakespeare, Hamlet IV-VII


En las aguas profundas que acunan las estrellas,
blanca y cándida, Ofelia flota como un gran lirio,
flota tan lentamente, recostada en sus velos...
cuando tocan a muerte en el bosque lejano.

Arthur Rimbaud, Ophélie


La poesía expresionista aparecida entre 1910 y los primeros años de la primera guerra mundial supuso un cambio profundo en la temática tradicional de la lírica alemana. Mayoritariamente los nuevos poetas dejarán de centrarse en la descripción de una naturaleza caracterizada por un "estilo bello", para encontrar inspiración en la reciente realidad urbana industrializada que se les muestra terrible y amenazadora, surgiendo así una visión donde la fealdad, la disonancia, la desolación, lo perverso y lo apoaclíptico serán recurrentes. La ciudad se convertirá bajo su mirada en un lugar demonizado donde se concentra el potencial destructor de la civilización moderna, erigiéndose en el paradigma de un mundo próximo a su fin. Las imágenes infernales de grandes ciudades industriales, especialmente Berlin, aparecen como expresión de un temor trascendental donde el hombre se desnaturaliza y se deshumaniza. La inhospitalidad, la desesperanza,  la desolación, el desarraigo, la degradación y la locura, todo lo negativo del mundo moderno lo verán allí condensado. Así la nueva generación de escritores incorporará todo aquello que se oponga al gusto de sus antecesores. Lo repugnante, lo deforme, la enfermedad, la muerte e incluso la putrefacción, ocuparan lugar dentro de una estética de lo feo con la que rechazaban los ideales de armonia y felicidad de una tradición artística que, entendían sus atífices, no se correspondía con el clima de la época. Época en la que al ambiente prebélico le siguió una guerra con un poder destructivo nunca antes conocido en Europa. 
Ejemplo de esta nueva lírica lo podemos encontrar en el poema Ophelia, de Georg Heym (1887-1912), quien se servirá simbólicamente del personaje literario para crear una imagen revestida con las sombras del tiempo terrible y convulso que le tocó vivir. A continuación dejo el análisis que sobre esa obra hizo el profesor de Filología Alemana de la Universidad de Sevilla Manuel Maldonado Alemán.



La muerte y la putrefacción en la lírica expresionista
(fragmento)
Por
Manuel Maldonado Alemán
(Universidad de Sevilla)



El motivo de Ofelia, la bella joven, primero seducida y luego abandonada, que en su desesperación desea encontrar la muerte por asfixia en el agua, aparece ya en el drama de Shakespeare Hamlet. 
Ernest Hebert, Ophelia
Ofelia ama a Hamlet, pero también a Polonius, su padre. Cuando se entera de que éste ha muerto (Hamlet lo ha asesinado), cae en la locura y se suicida. Desde entonces, el motivo de Ofelia inspira a pintores y poetas. En 1870, Arthur Rimbaud compone el poema simbolista Ophélie, que ejerce una cierta influencia en el Expresionismo alemán. En él se transmite la imagen de una joven belleza, tierna, triste y pálida, irreal, que en su dulce locura encuentra la muerte en el agua. Con su muerte, Ofelia supera el sufrimiento, se reintegra en la naturaleza más elemental y abandona la brutalidad de una existencia en la que es imposible conjugar amor y libertad.

A diferencia de la composición de Rimbaud, en el poema Ophelia de Georg Heym (1887-1912), que se estructura en dos partes y que fue escrito en 1910, aparecen elementos repulsivos.

I

Ratas de agua anidan en su pelo,
y anillos en sus manos, que como aletas son
sobre las olas; nada en la sombría
selva grande que en el agua reposa.

El sol postrero que va errante y a oscuras
se hunde profundamente en su cabeza.
¿Por qué murió? ¿Por qué tan sola nada
sobre el agua que enreda los helechos?

El viento acecha en los espesos juncos
como mano que espanta los murciélagos.
Húmedos por el agua, con sus alas sombrías
en el oscuro río se alzan como humo,

como nocturnas aves. Largas anguilas blanquecinas
sobre el pecho resbalan. Una luciérnaga aparece
en su frente. Sus hojas llora un sauce
sobre ella y su pena silenciosa.


Ophelia


Mientras que el cuerpo de la joven muerta flota solitario e inerte en el río, los animales y los elementos naturales que lo rodean se muestran activos, plenos de vida, e incluso personificados. Las ratas de agua anidan en el cabello de la joven; sus manos parecen aletas de peces también muertos; en torno a su cuerpo se concentran los murciélagos y por su pecho se desliza una anguila. El sol postrero se hunde en su cerebro. El viento acecha en los espesos juncos y "como una mano" espanta los murciélagos. Una luciérnaga se posa en su frente y un sauce "llora sus hojas sobre ella". Sombra y oscuridad envuelven la "gran selva" que sirve de escenario natural. Pero, pese al malestar, e incluso asco, que provocan las imágenes iniciales, el poema en su conjunto produce una sensación de armonía y sosiego. La joven muerta es acogida plenamente por la naturaleza y se resigna en ella, aunque la cuestión del porqué de su muerte queda sin aclarar.

Odilon Redón, Ophelia


El río, que arrastra el cuerpo de Ofelia, otorga unidad a las dos partes de la composición. Mientras que las cuatro estrofas de la primera parte se centran en un escenario selvático, la segunda parte se desarrolla en un paisaje urbano. Aquí se muestra a la joven que viaja por el espacio y el tiempo.

II

Granos. Sembrados. Y el rojo sudor en la mitad del día.
Los amarillos vientos de los campos duermen silenciosos.
Ofelia quiere dormir, un pájaro, se acerca.
Le abrigan, blancas, las alas de los cisnes.

Los párpados azules sombrean dulcemente
y entre el aire que brilla en las guadañas
sueña en el carmesí de algún abrazo
sueño eterno en su eterna sepultura.

Pasa, vuelve a pasar. Donde la orilla sueña
con el bullicio de la ciudad, y el río blanco
rompe diques y el eco largamente
retumba. Donde se oye, río abajo,

el son de llenas calles. Repique de campanas.
El silbido de un tren. Lucha. Cae al oeste
sobre cristales empañados una sorda luz crepuscular
en que con brazos gigantescos una grúa amenaza,

tirano poderoso, la frente ennegrecida,
Moloc al que rodean sus siervos de rodillas.
Carga de puentes que atraviesan con pesadez el río
tal si lo encadenaran, dura condenación.

Nada invisible que acompañan las olas.
Pero allí donde cruza ahuyenta multitudes,
con grandes alas, un pesar profundo
que ambas orillas ensombrece a lo ancho.

Pasa, vuelve a pasar. Cuando se entrega tarde a la tiniebla
el alto día oeste del verano,
donde en el verde oscuro de los prados reposa
el cansancio sutil de la tarde lejana.

Lejos la arrastra el río, mientras se hunde
en luctuosos puertos invernales.
Tiempo abajo. Por entre eternidades
cuyo horizonte humea como fuego.


Paul Albert steck, Ophelia


En contraste con la oscuridad y la melancolía de la primera parte, ahora destaca un colorido metafórico en el que predomina la luminosidad y el color de la vida. El sufrimiento inicial ha desaparecido y se ha alcanzado un estado de armonía con la naturaleza. Ya no se habla de "pena silenciosa", sino de "sueño eterno". En vez de con un pez muerto, a Ofelia se la compara ahora con un pájaro. La noble imagen de los cisnes, cuyas alas blancas abrigan su cuerpo, contrasta con las ratas, los murciélagos y el anguila de la primera parte. Por un momento parece que Ofelia aún esté viva: sueña con el amor, "con el carmesí de un beso", pero su cuerpo continúa flotando en la corriente: se trata tan solo de "un sueño eterno en su eterna sepultura".


   Ophelia


En las últimas estrofas, se impone un paisaje industrial propio del mundo moderno, en el que la técnica y el maquinismo han sometido a la naturaleza. La prepotente presencia de la gran ciudad se destaca mediante metáforas visionarias que evocan ruido, amenaza, tiranía y supeditación. Finalmente, el cadáver de Ofelia se hunde en el agua. Su desaparición definitiva tiene un efecto apocalíptico: simboliza el ocaso de la civilización actual, cuyo horizonte, en la lejanía, "humea como fuego".


Robert Walquer, Ophelia


Lecturas:

Manuel Maldonado Alemán, El expresionismo y las vanguardias en la literatura alemana. Editorial Síntesis 2006

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