Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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domingo, 18 de noviembre de 2012

Cuarteto para el fin de los tiempos

  Salvador Dalí, Reminiscencia arqueológica del Angelus de Millet (1935)



"Estad atentos, no sea que se emboten vuestros corazones por la crápula, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, y de repente venga sobre vosotros aquel día como un lazo; porque vendrá sobre todos los moradores de la tierra".

Lucas, 21, 34-36


Vuelvo en esta entrada con Giorgio Manganelli (1922-1990) animado por la reciente lectura de su libro Centuria, donde reúne cien relatos brevísimos presentados por él como "novelas-rio", y en los que demuestra ser un maestro del género. En un principio pensaba publicar tan sólo uno de sus relatos, pero entre tantos, tan cortitos e interesantes, me animé con alguno más que finalmente sumaron un cuarteto. Influyó en la selección que los cuatro giraran en torno a un tema común, y este resultó ser el del fin del mundo. Como algunos habrán podido observar para el título de la entrada me he servido del que diera el gran compositor musical Olivier Messiaen (1908-1992) a su obra Cuarteto para el fin de los tiempos, de la que quedé seducido hace ya muchos años. Igualmente he quedado seducido por los relatos desplegados en Centuria por Manganelli, y tras leerlos, he tenido la impresión de que tanto éstos como la obra de Messiaen ( más abajo dejo un vídeo con su primer movimiento) parecen, o a mi me lo parece, estar envueltos por una atmósfera entre lo dramático e irónico junto a una dosis de misterio e irrealidad. No quiero decir ni mucho menos con esto que sus obras hubieran estado entre ellas influidas de una forma directa, pero si parecen estar animadas por cierto espíritu de la época de las vanguardias  y de forma especial por la huella dejada por el surrealismo.
Estos son los cuatro relatos que selecciono. En el original se presentan simplemente con su número correspondiente del uno al cien, aquí lo he puesto entre paréntesis después del título que he escogido.




 I. La campana (63)

Un famoso fabricante de campanas, de larga barba y absolutamente ateo, recibió cierto día la visita de dos clientes. Iban vestidos de negro, muy serios, y mostraban un bulto en los hombros, que el ateo pensó que podían ser las alas, como dicen que usan los ángeles; pero  no hizo caso, porque no era conciliable con sus convicciones. Los dos señores le encargaron una campana de grandes dimensiones -el maestro jamás había hecho ninguna tan enorme- y de una aleación metálica que nunca había utilizado; los dos señores explicaron que la campana produciría un sonido especial, totalmente diferente al de cualquier otra campana. En el momento de despedirse, los dos señores explicaron, no sin una pizca de embarazo, que la campana tenía que servir para el Juicio Universal, que ahora era inminente. El maestro de las campanas rió amistosamente, y dijo que nunca habría Juicio Universal, pero que, de todos modos, haría la campana de la manera indicada y en la fecha concertada. Los dos señores pasaban cada dos o tres semanas a ver cómo avanzaban los trabajos; eran dos señores melancólicos y, aunque admirasen el trabajo del maestro, parecían intimamente descontentos. Después, durante algún tiempo, dejaron de aparecer. Mientras tanto, el maestro finalizó la mayor campana de su vida, y descubrió que estaba orgulloso de ella, y en el secreto de sus sueños le pareció que deseaba que una campana tan hermosa, única en el mundo, fuera usada con ocasión del Juicio Universal. Cuando la campana ya estaba terminada y montada sobre un gran trípode de madera, los dos señores reaparecieron; contemplaron la campana con admiración, y al mismo tiempo con profunda melancolía. Suspiraron. Finalmente, aquel de los dos que parecía más importante, se dirigió al maestro y le dijo en voz baja, casi con verguenza: "Tenía razón usted, querido maestro; no habrá, ni ahora ni nunca, ningún Juicio Universal. Ha sido un terrible error." El maestro miró a los dos señores, también él con cierta melancolía, pero benévola y feliz. "Demasiado tarde, señores míos", dijo, con voz baja y firme; y asió la cuerda, y la gran campana sonó y sonó, sonó fuerte y alta y, tal como debía ser, los Cielos se abrieron.


II. Endiosamiento (34)

Se trata realmente de un señor de costumbres fijas. Viste siempre, desde siempre, a cualquier hora que le veáis, un traje gris: tiene tres trajes idénticos, que se pone por riguroso turno. Tiene tres pares de guantes oscuros, tres pares de sombreros. Se despierta a las siete menos cinco, se levanta a las siete. Vigilan la exactitud de su despertar tres despertadores sincronizados, y ajustados a la hora de Greenwich; otros tres despertadores están constantemente confiados a los cuidados de un mismo relojero, absolutamente consciente de la gravedad de su tarea. A las ocho está preparado para salir. Treinta minutos de viaje le separan de su lugar de trabajo: ha renunciado a utilizar los servicios públicos, a causa de su imprevisible inexactitud. A las cinco y cuarenta y cinco está de nuevo en casa. Descansa durante treinta minutos. No lee libros ni diarios, que considera depósito de inexactitudes. Detesta el clima, y lo considera una muestra de la fundamental inexactitud del universo. Rechaza el viento o la lluvia. A las diez y media se acuesta. En ese momento, una feroz lucha se desencadena en este hombre firme y pacífico; en efecto, detesta los sueños. A veces sueña con morir, con ser asesinado, y se alegra, ya que supone que de ese modo es castigado y destruido el yo de los sueños. Se entrena en olvidar los sueños, hasta persuadirse de que no existen. Sin embargo, precisamente el hecho de que no existan, pero tengan forma, le turba profundamente. Hasta el no ser es capaz de desorden.
En su vida cotidiana practica lo que él llama un "ejercicio espiritual"; consiste en la limitación del mundo a un itinerario reducido, en cuyo ámbito cada vez puedan suceder menos cosas. Este "ejercicio" esconde en realidad una intención más sutil, obstinada y sabia. Quiere convertir su itinerario, su casa, en un lugar único, en el centro del orden dle mundo. Quiere que su paso sea el péndulo exacto del mundo. Está convencido de que el mundo no es capaz de enfrentarse a su exactitud. Por consiguiente, ha llegado a cultivar una ambición incluso más temeraria. Un día realizará un gesto inexacto, incompatible con el mundo; y éste, lo sabe muy bien, se verá desgarrado y dispersado como un diario viejo en un día de viento. En el Trono de Dios gobernará sobre la Nada depurada de sueños el funcionario vestido de gris.


III. Dinosaurios (47)

Los  dinosaurios estaban muriendo: los grandes reptiles eran conscientes de ello, y discutían, cada vez con mayor lentitud, los grandes acontecimientos de una historia que había sido grande, gloriosa, incomparable. Los viejos se encerraban en una indolente conversación, o meditación solitaria, conscientes ahora de que todo gesto carecería de sentido, de que no les estaba reservada ninguna posterior grandeza, que podían pecar o dejar de pecar todo era indiferente. Alguno de ellos intentó escribir, en estilo llano, una Historia de los dinosaurios, escrita desde el punto de vista de los dinosaurios de la última generación; pero se dio cuenta de que, por muy simple y desnudo que fuera, su lenguaje resultaría siempre incomprensible a cualquier raza que ocupara su lugar en el gobierno del mundo. Las abuelas y las madres no querían oír hablar del Fin de los dinusaurios; cuidaban a los últimos dinosaurios, jugaban con ellos, les enseñaban a rezar con palabras sencillas por sus muertos, para alcanzar la ayuda de los supremos y vivir una vida inocente y laboriosa. Pero los padres, los jóvenes, se torturaban: ¿por qué los dinosaurios, indiscutidos amos del mundo, cuyo tamaño y cuya tranquila violencia les otorgaba la inmunidad respecto a cualquier otro animal, por qué estaban muriendo? El Archimandrita, de piel rugosa y ojos saltones, atribuyó la culpa a la molicie de las costumbres y aludió a la ira de los supremos; el Librepensador, ágil y claro, se refirió al escaso espíritu de independencia e inadecuada alimentación; fueron propuestos como remedio el amor libre, la abolición del divorcio, la pena de muerte, la apertura de las cárceles: estaba claro que nadie entendía nada, salvo el hecho de que cada nuevo año veía sobe la tierra un número más exiguo de dinosaurios. Ya no discutían de fronteras, de derechos, de deberes, de moral, ni de sociedad; con resignción, con ira, con tristeza hablaban de los supremos. Recordaban que niunguno de ellos había conseguido jamás resolver el problema: ¿cuántos supremos había? Y ni siquiera hablar realmente con los supremos. Lo más que habían conseguido eran algunos juegos con las cartas que una profetisa, allá en los pantanos, seguía practicando. Los supremos les habían abandonado. Mientras tanto, en el abismo del cielo, los supremos se preguntaban por qué motivo ellos, los supremos, desconocedores de la enfermedad, estaban muriendo. Según la convicción más difundida, la culpa era de los dinosaurios, que les habían abandonado, que no les ofrecían sacrificios, y que habían dejado de contarlos.


IV. Hurto (62)

Al salir de una tienda en la que había entrado para comprar una loción para después del afeitado, un señor de mediana edad, serio y tranquilo, descubrió que le habían robado el Universo. En lugar del Universo había solo un polvillo gris, la ciudad había desaparecido, desaparecido el sol, ningún ruido provenía de aquel polvo que parecía estar totalmente acostumbrado a su oficio de polvo. El señor poseía una naturaleza tranquila, y no le pareció oportuno hacer una escena; se había producido un hurto, un hurto mayor de lo habitual, pero al fin y al cabo un hurto. En efecto, el señor estaba convencido de que alguien había robado el Universo aprovechando el momento en que había entrado en la tienda. No era que el Universo fuese suyo, pero él, en tanto que nacido y vivo, tenía algún derecho a utilizarlo. En realidad, al entrar en la tienda, había dejado fuera el Universo, sin aplicar el mecanismo antirrobo, que no utilizaba jamás, pues sus enormes dimensiones lo hacían de un uso poco práctico. Pese a su severidad consigo mismo, no se sentía culpable de escasa vigilancia, de imprudencia; sabía que vivía en una ciudad afectada por una delincuencia insolente, pero jamás se había producido un hurto del Universo. El señor tranquilo se dio la vuelta, y, tal como esperaba, la tienda también había desaparecido. Cabía pensar, por consiguiente, que los ladrones no andaban demasiado lejos. Se sentía, sin embargo, impotente y algo molesto; un ladrón que roba todo, incluido todos los comisarios de policia y todos los guardias urbanos, es un ladrón que se sitúa en una posición de privilegio que habitualmente no corresponde a un ladrón; el señor, aunque tranquilo, experimentaba aquel estado de ánimo que lleva a muchos señores  a escribir cartas a los directores de periódicos; y de existir periódicos, tal vez lo hubiera hecho. De igual manera, de haber existido una comisaría, habría formalizado una denuncia, precisando que el Universo no era suyo, pero que lo utilizaba todos los días, desde el instante de su nacimiento, de manera cuidadosa y sobria, sin haber tenido jamás que ser llamado al orden por las autoridades. Pero no había comisarías, y el señor se sintió molesto, burlado vencido. Se estaba preguntando qué tenía que hacer, cuando, inequívocamente, alguien le tocó en  el hombro, tranquilamente, para llamarle.



Y este es el vídeo con el primer movimiento de Cuarteto para el fin de los tiempos de Olivier Messiaen.






Lecturas:

Giorgio Manganelli, Centuria. Cien breves novelas-río.  Editorial Anagrama 1982


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La sombra de la torre

Belleza y horror de Medusa


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4 comentarios:

Estrella Polar dijo...

Estimado Jan,
Muy interesante, entretenida y con la peculiar “esencia” con la que se caracterizan la elección de los textos que publicas en tus entradas.
Me han gustado, sobremanera, el relato de la campana (conversión a la fe con independencia de que uno crea ó no, sea consciente ó no), y el de los dinosaurios (Dioses olvidados) que me ha recordado a la Historia Interminable, en el que la Nada, devoraba todo a su paso por el simple hecho de que el –hombre- había “olvidado”, y donde la “Re-Creación del Mundo” volvía a expandirse con tan solo el “recuerdo”, sólo con pronunciar Su Nombre, al final “evocación”.
Muchas gracias ;)

Jan dijo...

Hola Estrella, muy amable por compartir tus impresiones. Me animas a dejar las mías.

El fabricante de campanas ateo seducido por el resultado de su obra encontró las "verdaderas" razones para su rotunda conversión. ¿Vanidad iluminadora? Ni tan siquiera los ángeles anunciadores pudieron convencerle después de que todo había sido un error y no habría ni ahora ni nunca un Juicio Universal. Pero ya sabes, como ha escrito algun mediático guía espiritual contemporaneo: "Cuando quieres algo con todas tus fuerzas el Universo entero conspira para que se realice tu deseo".
Y como no, para el converso campanero se abrieron los Cielos.

No conozco la Historia Interminable , a ver si le echo un vistazo. Gracias a ti por pasarte

M.A.O dijo...

Los cuatro relatos tienen algo de desopilantes, un ligero toque de realismo y una cucharadita de sorprendente irrealidad. Me han gustado mucho y los he releído. Particularmente me ha impactado el último.. que de repente, inmersos en nuestra cotidianeidad nos encontremos completamente solos, solos de seres, de objetos, de paisajes, solos con nosotros mismos. Y de pronto alguien, desde la mismísima nada, llama nuestra atención...será dios? nuestro otro yo? o alguno de los muchos otros que no conocemos?...he ahí la magnificencia de la infinita soledad, soledad plena, ausencia de referencias, silencio absoluto...y, sin embargo, pareciera no ser el final.
¡Gracias por esta entrada Jan! es bellísima!
Van abrazos!

Jan dijo...

No conocía la expresión desopilante, busco su significado y encuentro: divertido, desternillante... hilarante creo que podría ajustarse muy bien a su significado. (Aquí en España también se utiliza "descojonante").

Sí Mabel, en estos relatos y el resto hasta los cien que componen toda la serie recogidos en el libro de Manganelli, ese sin duda es un aspecto destacable. Otro aspecto es la atmósfera melancólica que inunda sus relatos (creo que debió ser un profundo melancólico) pero con la capacidad de saber aderezarla con un inteligente y saludable humor.

El del robo del Universo que dejé en último lugar también es de mis preferidos y el que encuentro con una mayor dosis de hilaridad y abierto a interpretaciones. Con un final donde al humor se añade la angustia ante la sospecha de que, creyéndose sólo tocan al personaje el hombro por detrás, (como en algún momento a todos nos pasará)es el ineludible indicativo de que también a él le llegó su "fin del mundo".

Siendo el tema de la escatología últimamente muy tratado me pareció oportuno contribuir con alguna cosa más ;-)

Abrazos !