Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

****************************************************

lunes, 27 de octubre de 2014

La tierra baldía




¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecen
en estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,
no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conoces
un montón de imágenes rotas, donde el sol bate,
y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuela
y la piedra seca no da agua rumorosa.


T. S. Eliot, La tierra baldía


¡Oh Dios! ¡Dios!... ¡Qué fastidiosas, rancias, vanas e unútiles me parecen las prácticas todas de este mundo!... ¡Vergüenza de ello! ¡Ah! ¡Vergüenza! ¡Es un jardín de malas hiervas sin escardar, que crece para semilla; productos de naturaleza grosera y amarga lo ocupan únicamente!...

William Shakespeare, Hamlet (I, II, 133)


La tierra baldía
(fragmentos)
por
Patrick Harpur


La pérdida del alma

(...) William James, en su libro sobre las variedades de la experiencia religiosa, escribió que el principio que transforma el mundo  durante las experiencias místicas es el mismo que actúa en la despersonalización, pero que actúa a la inversa. La despersonalización no es, en otras palabras, una condición médica. Es como una visión, pero una visión en la que el mundo se vuelve "aburrido, rancio, vano e inútil", como lo percibió Hamlet. Esta visión parece haber sido un acompañamiento inevitable de la vía negativa. El obstinado rechazo del alma y sus imágenes por parte de los padres del desierto condujo a un estado llamado acedia, o acedía, una especie de apatía que describían con frecuencia en términos de sequedad espiritual. Era como la noche oscura del alma de san Juan de la Cruz, cuando el suplicante siente la lejanía de Dios y la esterilidad del mundo.
El individuo despersonalizado ya no se reconoce como persona. Observa sus propias acciones como si estuviera fuera, como si fuera un espectador de sí mismo. No está exactamente deprimido; más bien, sufre de esa falta de vitalidad, de ese vacío, apatía y sensación de monotonía para que el término "sequedad" parece la metáfora más apropiada. La pérdida del alma es también la pérdida del Alma del Mundo, de manera que no sólo se está alejado de sí mismo, sino también del mundo, que parece extraño e irreal. Se vuelve plano, carente de la tridimensionalidad que le otorga la doble visión; y está muerto, porque le falta la imaginación que lo animaría. (...)
El mundo de la despersonalización es el mundo del cientifismo, cuyo rechazo de la iniciación y negación de la muerte, así como su mantenimiento del ego racional, cueste lo que cueste, nos introduce en una distopía vacía y sin alma. Me hiere una punzada de temor al pensar que puedo estar, que los occidentales podemos estar tan despersonalizados, que sólo por rutina estamos medio vivos. Me pregunto si tenemos siquiera la sospecha de cómo podrían ser nuestras vidas si nuestros efímeros contactos con el Alma del Mundo -esos pequeños destellos de verdad y de belleza- se volvieran continuos como el aire que respiramos.


El Santo Grial

No es coincidencia que el poema saludado como el primer poema moderno -La Tierra Baldía (1922) de T. S Eliot- trate precisamente de la crisis característica del S. XX: la pérdida del alma. O, como señala Ted Hughes, en Winter Pollen, "la compulsiva desacralización del espíritu de occidente".
El poema describe las secuelas de la catástrofe que Shakespeare había tratado de alejar, dramatizando las consecuencias de la exaltación del nuevo ego racional puritano a expensas del alma. Nacido de "la depresión y del derrumbe violento del ego" que Eliot había sufrido como un chamán, La Tierra Baldía describe un mundo urbano "irreal", cuyos habitantes son seres inquietos,vacíos, indiferentes, y mas bien sórdidos. La figura de Tiresias, el ciego vidente andrógino del mito griego, se mueve en el trasfondo y actúa como nuestro guia a través de la modernidad y el desierto, donde "no hay agua, sino solo rocas", y el "trueno seco, estéril y sin lluvia". Ya casi no es posible la poesía, salvo algunas citas raras de poemas del pasado, cuyas riquezas están esparcidas a lo largo de la tierra baldía como restos relucientes en el polvo.
E. M Foster señala en algún lugar que el poema trata sobre "las aguas regeneradoras que no  llegan". ¿Y que son esas aguas?  Son las que devolverían la fertilidad a la tierra baldía.

 El Rey Pescador, herido en el muslo. Ilustración del manuscrito "Le Roman du Saint Graal" S. XIV.


El título es un eco deliberado del mito artúrico, en el que el rey herido (el rey pescador) de manera incurable, gobierna un pais yermo, en un invierno perpetuo. Solo puede ser revitalizado por el Santo Grial, que traerá las aguas no en el sentido literal de fertilidad, sino en el sentido espiritual. El Santo Grial es el Alma del Mundo. Su fertilidad es la generación sobreabundante de toda vida imaginativa.
De este modo, el mito de Demeter y Core, que mencioné anteriormente como paradigma de iniciación del alma individual, es también un mito sobre la pérdida del Alma del Mundo. Deméter devasta el mundo, prohibe que los árboles den fruto, y que crezcan las cosechas, pues está encolerizada con Zeus por permitir que su hermano Hades se apodere de su hija. Tampoco restaurará el mundo hasta que Core sea devuelta. Pero el regreso de Core es precisamente la restauración del Alma del Mundo. El hecho de que coma unos granos de granada, y sea obligada por ello a permanecer en el Mundo Inferior durante tres meses al año, no es solamente un mito sobre los orígenes del invierno, es tambien una metáfora de la manera en que la vida natural, la reverdeciente vida de Deméter está siempre conectada con Hades, con la muerte a través del alma.

 Core y Hades en el Mundo Inferior, marmol s. V a. C.


Sin alma, sin la imaginación y sus daimones, el mundo parece baldío. Y esto es lo que Eliot teme que le haya sucedido al mundo moderno. La Tierra Baldía implica lo que ya previó William Blake: "que el apocalipsis que mata el Alma del Mundo no está al final de los tiempos, ni está próximo, sino que el Apocalipsis está aquí: Y newton, Locke, Descartes y Kant son sus jinetes".
A comienzos del s. XX, el alma, que había estado tanto tiempo marginada por el materialismo y el racionalismo, señaló su regreso a través de síntomas físicos que Freud observó en las neurosis de sus pacientes. Desde entonces, hemos confundido el alma con el lugar en el que fue redescubierta, como si nuestra alma perdida solo pudiera ser recuperada por la psicoterapia. Además, y a consecuencia de ello, hemos tendido a localizar el alma, ahora llamada "inconsciente", exclusivamente en el interior del individuo. Hemos olvidado que el alma está en todo, y que todo está en el alma, y que el alma es tanto colectiva e impersonal como individual y personal. Hemos desatendido el Anima Mundi, que ahora, a principios del S. XXI clama por nuestro cuidado y atención con síntomas físicos análogos a los que el psicoanálisis observó en el individuo.
Todo lo que una vez apreciamos como fundamento de la vida, aquello a lo que siempre podíamos acudir, si todo lo demas fallaba, se ha vuelto al parecer contra nosotros: el aire, la luz, el sol, la lluvia: todo está contaminado, todo es cancerígeno, ácido, todo contiene veneno. Parte de la contaminación es la manera en que -aunque la contaminación literal no fuera cierta- sentimos que lo es. La paranoia es una forma de vida cuando nos sentimos atacados por agentes invisibles que nos rodean: gérmenes, virus, "rayos" invisibles (como las microndas) en el aire e incluso venenos en los alimentos llenos de supuestos pesticidas, agentes químicos, y peligrosas modificaciones genéticas.
El sentido paranoico de que el mundo está conspirando contra nosotros es también, por supuesto, un síntoma del revivir del mundo. Lo hemos declarado muerto durante tanto tiempo que cuando vuelve a la vida, dotado de alma y animado como antaño, regresa aparentemente como la muerte misma. Los daimones proscritos vuelven como los demonios vengativos de síntomas patológicos letales.
Si queremos reinstalar el Alma del Mundo en su gloria original, tendremos que hacer algo más que introducir remedios medioambientales, que , por muy bienintencionados que sean, tienden a mantenerse en un polo igual y opuesto, esto es, tan literalistas como el daño que hacemos. Tenemos que cultivar una nueva perspectiva o visión en profundidad, y tambien, un sentido de la metáfora, una doble visión. Si queremos cambiar nuestra obstinada literalidad, tendremos incluso que dejar entrar un poco de locura, abandonarnos a cierto éxtasis. Siempre podemos comenzar tratando de desarrollar un mayor sentido de lo estético, una apreciación de la belleza, que es el primer atributo del alma. Por la manera en que vemos el mundo podemos restaurar su alma, y el modo por el que es dotado de alma, puede restaurar nuestra visión.
Si, por otra parte, seguimos ignorando a los dioses y daimones, y viviendo tras las barricadas del ego racional heroico, ya sabemos lo que sucederá. Sabemos lo que sucederá porque sabemos lo que sucedió, y lo que está sucediendo siempre a Heracles, que encarna especialmente esta perspectiva. Y añado aquí su historia, aunque sea conocida, a manera de un didáctico cuento final.


 La túnica de Neso

La mujer de Heracles, Deyanira, se siente desdichada porque su marido la tiene abandonada. Cuando él le pide que le teja una túnica especial para ponérsela en un sacrificio, ella ve la oportunidad de reconquistar su interés, pues tiene un filtro de amor que le dio un centauro llamado Neso, hecho con su sangre. Moja la túnica en la poción y se la entrega.
Como sucede a menudo con las mujeres de los héroes, Deyanira representa el alma de Heracles. Como todas nuestras almas, es constante y continua enamorada, sin importar que la desatendamos, o que seamos conscientes de ello o no. Pero si seguimos resueltos a negarla, su amor solo podrá alcanzarnos de forma distorsionada, incluso destructiva.
La sangre de Neso en la que moja la túnica no es un filtro amoroso, sino un veneno, pero Deyanira no lo sabe, pues Neso, el centauro, es un daimon vengativo, a cuyos camaradas Heracles había dado muerte (como parte de su guerra contra todos los daimones). Otra versión del mito nos cuenta que la sangre de Neso es venenosa porque, en el pasado, Heracles le había herido con una de sus flechas envenenadas. Esto encierra una verdad y una justicia poéticas, pues es Heracles mismo el que ha envenenado realmente el amor. El veneno es a veces la única manera en que puede alcanzarnos el amor. Estamos ante una metáfora de la fuerza corrosiva que es el amor para el insensible ego heracliano, ego que, si no quiere morir a si mismo, debe finalmente consumirse. Y asi, Heracles se puso la túnica, y loco de dolor, se autodestruyó.

Hércules abrasado por la túnica del centauro Neso
Francisco de Zurbarán (1598-1664)



Lecturas:

Patrick Harpur, El fuego secreto de los filósofos. Atalanta 2006



Entradas relacionadas:

Mundus Imaginalis

El Grial 

Doble Visión

Deméter y Perséfone

El lado oscuro de la mente

.


6 comentarios:

Lilliana Ramos-Collado dijo...

The Wasteland, junto con Four Quartets, son mis poemas favoritos de Eliot. Bella traducción la del fragmento que publicaste, Jan! Gracias!!!

M.A.O dijo...

Un mundo sin imaginación, sin la magia del arte, sin poesía...un mundo de autómatas egocéntricos que se adosan una vida promisoria y eterna, un protagonismo en el cual la muerte no ocupa un lugar, la muerte es de los otros...qué mundo es ese que no logro entender, ¿o será que mi propio universo no corresponde al universo en el cuál vivo? Hay amores que salvan y hay amores que matan, envenenan, corroen...dejando finalmente de ser amores. Difícil es transitar los caminos en tiempos de borrasca. Sólo la fuerza de la imaginación y el prodigioso acicate de las utopías puede lograr un universo diferente, donde primen la belleza, la compasión, la empatía y la paz.

Como verás, una interpretación un tanto subjetiva de los interesantes fragmentos que has seleccionado. Como siempre, gracias querido Amigo.

Una forta abraçada (desde mi primavera litoraleña hasta tu otoño en Catalunya).

Jan dijo...

Hola Lilliana, esta es la segunda vez que Fragmentalia dedica espacio a ese gran poema de Eliot. Un placer encontrarte por aquí. Abrazos

Jan dijo...

Comparto tus deseos Mabel, y en la misma línea suscribo las palabras de Harpur: "Siempre podemos comenzar tratando de desarrollar un mayor sentido de lo estético, una apreciación de la belleza, que es el primer atributo del alma. Por la manera en que vemos el mundo podemos restaurar su alma, y el modo por el que es dotado de alma, puede restaurar nuestra visión".

Abrazos !

Moisés dijo...

A veces no soy capaz de distinguir si la tierra es un fértil vergel o es terreno baldío. Y puede parecer fácil elegir entre estos dos extremos, pero no lo es. El poema de Eliot es magnífico, toda la grandiosidad de la poesía al servicio de la épica.

Un abrazo.

Jan dijo...

Lo cierto sería Moisés, que es tanto fértil vergel como páramo baldío. El paraíso oculta un infierno y éste un paraíso, de la misma forma que en todo ángel hay un diablo y viceversa. Como buen seguidor de William Blake, Harpur sostiene la idea de ejercitar la "doble visión" por la cual descubrir que todo se encuentra en todo. Sería desarrollar una forma imaginativa de ver no con los ojos, sino "a través de los ojos". Sobre esta cuestión, Harpur se refiere a lo largo de su obra en varias ocasiones (aquí en estos estractos hace referencia de pasada) y de la que ya publiqué algo anteriormente. Siendo una cuestión tan crucial para cultivar una mirada poética y metafórica del mundo, y que tan interesante me resulta, me encuentro ahora ultimando los detalles para la próxima entrada donde se expone de una forma clara y sugerente.

Siempre un placer encontrarte por aquí, abrazos.