Foto: Trencadís (cerámica fragmentada) en el Parc Güell de Barcelona

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miércoles, 28 de septiembre de 2011

El Desfile de las Hormigas


Rueda de la vida (Pintura tibetana)




La vida es la travesía de un sueño cósmico y colectivo realizada por un sueño individual, una conciencia, un ego. La muerte extrae el sueño particular del sueño general y arranca las raíces que el primero ha hundido en el segundo. El universo es un sueño tejido de sueños.

F. Schuon


El Shaikh (Ibn 'Arabi) dice en el Fass i-Shu'aibî, que el universo consta de accidentes, pertenecientes todos a una substancia simple, que es la Realidad que subyace en todas las existencias. Este universo cambia y se renueva incesantemente a cada momento y en cada aliento. A cada instante, un universo es aniquilado y otro semejante a él toma su lugar, aunque la mayoría de los hombres no lo perciben.

Jâmî



El desfile de las Hormigas
(Mito hindú)



Indra mató al dragón, titán gigantesco que se ocultaba en las montañas en forma de nube y serpiente y retenía cautivas en su vientre las aguas del cielo. El dios arrojó un rayo al centro de sus pesados anillos, y el monstruo saltó en pedazos como un montón de juncos secos. Se liberaron las aguas, y se desparramaron en franjas sobre la tierra para correr de nuevo por el cuerpo del mundo. Este diluvio es el diluvio de la vida y pertenece a todos. Es la savia del campo y el bosque, la sangre que circula por las venas. El monstruo se había apropiado del bien común, hinchado su cuerpo egoísta y codicioso entre el cielo y la tierra; pero ahora ha muerto. Han vuelto a manar los jugos. Los titanes se han retirado al submundo; los dioses han vuelto a la cima de la montaña central de la tierra para reinar desde las alturas.
Durante el periodo de supremacía del dragón, se habían ido agrietando y desmoronando las mansiones de la excelsa ciudad de los dioses. Lo primero que hizo Indra ahora fue reconstruirla. Todas las divinidades del cielo lo aclamaron como su salvador. Llevado de su triunfo, y consciente de su fuerza, llamó a Visvakarman, dios de los oficios y de las artes, y le ordenó que erigiese un palacio digno del inigualable esplendor del rey de los dioses.
Visvakarman, genio milagroso, logró construir en un solo año una espléndida residencia, con palacios y jardines, lagos y torres. Pero a medida que avanzaba su trabajo, las demandas de Indra se volvían más exigentes y las visiones que revelaba más vastas. Pedía terrazas y pabellones adicionales, más estanques, más arboledas y parques. Cada vez que Indra se acercaba a elogiar los trabajos, daba a conocer visiones tras visiones de maravillas que aún quedaban por realizar. Así que el divino artesano, desesperado, decidió pedir auxilio arriba, y acudió a Brahma, creador demiurgo, encarnación primera del Espíritu Universal que habita muy arriba, lejos de la tumultuosa esfera olímpica de la ambición, la lucha y la gloria.
Cuando Visvakarman se presentó en secreto ante el altísimo trono y expuso su caso, Brahma consoló al solicitante.
-Pronto serás liberado de esa carga- dijo-. Vete en paz.
Acto seguido, mientras Visvakarman bajaba presuroso a la ciudad de Indra, subió Brahma a una esfera aún más alta. Se presentó ante Visnu, el Ser Supremo, de quien él mismo era mero agente. Visnu escuchó con beatífico silencio, y con un mero gesto de cabeza le hizo saber que la petición de Visvakarman sería satisfecha.
A la mañana siguiente apareció antes las puertas de Indra un jovencísimo brahman con el bastón de peregrino, y pidió al guardián que anunciase su visita al rey. El centinela corrió a avisar a su señor, y éste acudió en persona a recibir al auspicioso huésped. Era un niño delgado, de unos diez años, resplandeciente de sabiduría. Indra lo descubrió entre la multitud de chicos que miraban embelesados. El niño saludó al anfitrión con una mirada dulce de sus ojos negros y brillantes. El rey inclinó la cabeza ante el niño; le dio alegre su bendición. Se retiraron los dos al gran salón de Indra, y allí le dio ceremoniosamente la bienvenida a su invitado, con ofrendas de miel, leche y frutos. Y dijo a continuación:
-¡Oh, venerable niño, dime el objeto de tu visita!
El hermoso niño contestó con una voz que era profunda y suave como el trueno lento de las nubes prometedoras de lluvia:
-¡Oh, Rey de los dioses, he oído hablar del poderoso palacio que estás construyendo, y he venido a exponerte las preguntas que me vienen a la cabeza! ¿Cuántos años harán falta para completar esa rica e inmensa residencia? ¿Qué nuevas proezas de ingeniería se prevé que lleve a cabo Visvakarman? ¡Oh, el más Alto de los Dioses- el semblante del niño luminoso esbozó una sonrisa bondadosa, apenas perceptible-, ningún Indra anterior ha conseguido completar un palacio como el que va ser el tuyo!
Embriagado de triunfo, al rey de los dioses le divirtió la pretensión de este niño de saber sobre los Indras anteriores a él. Con una sonrisa paternal, le preguntó:
-Dime, criatura, ¿has visto tú muchos Indras y Visvakarmans...o has oído hablar siquiera de ellos?
El maravilloso huésped asintió con aplomo.
-Desde luego; he visto muchos-su voz era cálida y dulce como la leche de vaca recién ordeñada-. Hijo mío- prosiguió el niño -, yo he conocido a tu padre Kasyapa, el Anciano Tortuga, señor y progenitor de todos los seres de la Tierra. Y he conocido a tu abuelo, Marici, Rayo de Luz Celestial, hijo de Brahma. Marici fue engendrado por el espíritu puro del dios Brahma; su riqueza y su gloria fueron su santidad y su devoción. Y también conozco a Brahma, al que Visnu hace salir del cáliz del loto nacido de su ombligo. Y al propio Visnu, el Ser supremo que sostiene a Brahma en su labor creadora, lo conozco también.
“Oh, Rey de los Dioses, yo he conocido la disolución espantosa del universo. He visto perecer a todos una y otra vez, al final de cada ciclo, momento terrible en que cada átomo se disuelve en las aguas puras y primordiales de la eternidad de donde habían salido originalmente. Así, pues, todo regresa a la infinitud insondable y turbulenta del océano cubierto de absoluta negrura y vacío de todo vestigio de seres animados. Ah, ¿quién puede calcular los universos que han desaparecido y las creaciones que han surgido, una y otra vez, del abismo informe de las aguas inmensas? ¿Quién puede contar los siglos efímeros del mundo según se van sucediendo interminablemente? ¿Y quién enumerar los universos que hay en la infinita inmensidad del espacio, cada uno con su Brahma, su Visnu y su Siva? ¿Qué decir de los Indras que hay en ellos, los Indras que reinan a la vez en los innumerables mundos, los que desaparecieron antes de que éstos surgieran, y los que se suceden en cada línea, remontándose a la divina realeza, uno tras otro, y, uno tras otro despareciendo? Oh, Rey de los Dioses, hay entre tus siervos quien sostiene que es posible contar los granos de la arena que hay en la tierra y las gotas de lluvia que caen del cielo, pero que jamas pondrá nadie número a todos esos Indras. Eso es lo que saben los Sabios.
“La vida y reinado de un Indra dura setenta y un eones; y cuando han expirado veintiocho Indras, ha transcurrido un Día y una Noche de Brahma. Pero la existencia de un Brahma, medida en Días o Noches de Brahma, es sólo de ciento ocho años. Brahma sucede a Brahma; desaparece uno y surge el siguiente; no se pueden contar sus series interminables.
"Pero ¿quién puede calcular el número de universos que hay en un momento dado, cada uno albergando un Brahma y un Indra? Más allá de la visión más lejana, apretujándose en el espacio exterior, los universos vienen y se van, formando una hueste interminable. Como naves delicadas, flotan en las aguas insondables y puras que son el cuerpo de Visnu. De cada poro de ese cuerpo borbotea e irrumpe un universo. ¿Puedes tú presumir de contarlos? ¿Puedes contar los dioses de todos esos mundos, de los mundos presentes y pasados?”
Una procesión de hormigas había hecho su aparición en la sala durante el discurso del niño. En orden militar, formando una columna de cuatro metros de anchura, la tribu avanzaba por el suelo. El niño reparó en ellas; calló y se quedó observándolas; luego soltó una asombrosa carcajada, pero acto seguido se abismó en mudo y pensativo silencio.
-¿De qué te ríes?- tartamudeó Indra-. ¿Quién eres tú, ser misterioso, bajo esa engañosa apariencia de niño?- el orgulloso rey se sentía secos los labios y la garganta; su voz siguió repitiendo entrecortada-: ¿Quién eres tú, Océano de Virtudes, envuelto en bruma ilusoria? El asombroso niño prosiguió: -Me han hecho reír las hormigas. No puedo decir el motivo. No me pidas que lo desvele. Ese secreto encierra la semilla del dolor y el fruto de la sabiduría. Es el secreto que abate con una hacha el árbol de la vanidad mundana, y corta sus raíces y desmocha su copa. Ese secreto es una lámpara para los que andan a tientas a causa de la ignorancia. Ese secreto se halla enterrado en la sabiduría de los siglos y rara vez se revela siquiera a los santos. Ese secreto es el aire vital de los ascetas que renuncian a la existencia mortal y la trascienden; pero a las personas mundanas, engañadas por el deseo y el orgullo, las destruye. El niño sonrió y se quedó callado. Indra le miró, incapaz de moverse. -¡Oh, hijo de brahman- suplicó el rey a continuación, con nueva y visible humildad-, no sé quién eres! Pareces la encarnación de la Sabiduría. Revélame ese secreto de los tiempos, esa luz que disipa las tinieblas. Requerido de este modo, el niño enseñó al dios la oculta sabiduría: -He visto, oh Indra, cómo desfilan las hormigas en larga procesión. Cada una fue un Indra en otro tiempo. Al igual que tú, cada uno, en virtud de piadosas acciones pasadas, ascendió al rango de rey de los dioses. Pero ahora, tras multitud de renacimientos, cada uno se ha convertido otra vez en hormiga. Ese ejército es un ejército de antiguos Indras. La piedad y las acciones sublimes elevan a los habitantes del mundo al reino glorioso de las mansiones celestiales, o a los dominios superiores de Brahma y de Siva, y a la esfera más alta de Visnu; pero las acciones reprobables los hunden en mundos inferiores, en abismos de sufrimiento y dolor que implican la reencarnación en pájaros o sabandijas, y se convierte en esclavo o en señor. Por sus acciones alcanza uno el rango de rey o de brahman, o de algún dios, o de un Indra o un Brahma. Y merced a sus acciones, además contrae enfermedades, adquiere belleza o deformidad, o vuelve a nacer en la condición de monstruo. "Esa es la sustancia del secreto. Esa es la sabiduría que, surcando el océano del infierno, conduce a la beatitud. "La vida en el ciclo de los innumerables renacimientos es como la visión de un sueño. Los dioses de las alturas, los árboles mudos y las piedras, son otras tantas apariciones de esta fantasía. Pero la Muerte administra la ley del tiempo. A las órdenes del tiempo, la Muerte es señora de todos. Perecederos como burbujas son los seres buenos y los seres malos de ese sueño. El bien y el mal se alternan en ciclos interminables. De ahí que los sabios no se aten al bien ni al mal. Los sabios no se atan a nada en absoluto. El niño concluyó la lección sobrecogedora y miró a su anfitrión en silencio. El rey de los dioses, a pesar de su esplendor celestial, se había reducido ante sí mismo a la insignificancia. (...)



Algunas notas de Heinrich Zimmer sobre el relato:

El maravilloso relato del desfile de las Hormigas nos abre una perspectiva de espacio desconocida, y late con un pulso de tiempo extraño para nosotros. Dentro de una tradición y una civivlización dadas, las nociones de espacio y tiempo se dan normalmente por supuestas. Rara vez se discute o se cuestiona su validez; ni siquiera por parte de quienes discrepan de manera radical en temas sociales, políticos o morales. Parece que son inevitables, anodinas, insignificantes; porque nos movemos en ellas como peces en el agua. Nos hallamos inmersos en ellas y atrapados por ellas, ignorantes de su peculiar carácter porque nuestro conocimiento no va más allá de ella. De ahí que al principio las nociones indias de espacio y tiempo nos parezcan a los occidentales erróneas y extravagantes. Los fundamentos de la visión occidental están tan cerca de nuestros ojos que escapan a nuestra crítica. Pertenecen a la estructura de nuestra experiencia y nuestras reacciones. Así que nos sentimos inclinados a considerarlas básicas para la experiencia humana en general, y forman parte integrante de la realidad.
La asombrosa historia de la reeducación del orgulloso y afortunado Indra juega con una visión de ciclos cósmicos -eones sucediéndose en la infinitud del tiempo, eones coetáneos en las infinitudes del espacio- que apenas tendrían cabida en el pensamiento sociológico y político de Occidente. En la India "intemporal", estas inmensas diástoles proporcionan el ritmo vital de todo el pensamiento. La rueda del nacimiento y la muerte, el ciclo de la emanación, fruición, disolución y reemanación, es lugar común del lenguaje popular a la vez que tema fundamental de la filosofía , del mito y el símbolo, de la religión, de la política y del arte. Se aplica no sólo a la vida del individuo, sino a la historia de la sociedad y al curso del cosmos. Cada momento de la existencia es medido y juzgado sobre el telón de fondo de este pleroma.


Según las mitologías del hinduismo, cada ciclo del mundo está subdividido en cuatro yuga o edades del mundo. Éstos son comparables a las cuatro edades de la tradición grecorromana y, como ésta, declinan en excelencia moral según avanza la rueda. Las edades clásicas tomaron nombre de los metales: Oro, Plata, Bronce y Hierro; las del hinduismo, de los cuatro lances del juego indio de los dados: Krta, Treta, Dvapara y Kali. En ambos casos las denominaciones sugieren las virtudes relativas a los periodos, a medida que se suceden unas a otras en lenta e irreversible procesión.(...)
Olvidamos con facilidad que nuestra idea estrictamente lineal y evolutiva del tiempo (evidentemente establecida por la geología, la paleontología y la historia de la civilización) es característica del hombre moderno. Ni siquiera la compartieron los griegos de los tiempos de Platón y Aristóteles, que están mucho más cerca de nuestra forma de pensar y sentir de nuestra tradición actual que los hindúes. En realidad, parece que fue san Agustín el primero en concebir esta moderna idea del tiempo. Su concepción se fue instaurando gradualmente en oposición a la noción antigua vigente.
La Agustinian Society ha publicado un trabajo de Erich Frank donde se señala que tanto Platón como Aristóteles creían que cada arte cada ciencia habían llegado a su apogeo y desaparecido muchas veces. "Estos folósofos", escribe Frank, "creían que incluso sus propias ideas eran sólo el redescubrimiento de pensamientos conocidos por filósofos de periodos anteriores". Esta creencia coincide exactamente con la tradición india de una filosofía perenne, una sabiduría eterna revelada una y otra vez, restablecida, perdida y vuelta a restablecer a lo largo de los ciclos de las edades. "La vida humana", afirma Frank, "no era para Agustín un mero proceso de la naturaleza. Era un fenómeno único, irrepetible; tenía una historia individual en la que todo cuanto sucedía era nuevo y jamás había acontecido antes. Tal concepción de la historia era desconocida para los filósofos griegos. Los griegos tenían grandes historiadores que investigaban y consignaban la historia de su tiempo; pero... la historia del universo la consideraban un proceso natural en el que todo se repetía en ciclos periódicos, de manera que no ocurría nada realmente nuevo". Ésta es precisamente la idea de tiempo que subyace en la mitología y la vida hindúes. El paso periódico de la evolución a la disolución en la historia del universo se concibe como un proceso biológico gradual e inexorable de deterioro, corrupción y desintegración. Sólo después de haber abocado todo en la aniquilación total y haberse reincubado en la infinitud de la noche cósmica intemporal reaparece el universo perfecto, prístino, hermoso y renacido. Tras lo cual, inmediatamente, con el primer latido del tiempo, comienza otra vez el proceso irreversible. La perfección de la vida, la capacidad humana para aprehender y asimilar ideales de la más alta santidad y de pureza desinteresada -en otras palabras, la cualidad o energía divina del dharma-, está en continua declinación. Y durante el proceso tienen lugar las historias más extrañas, aunque nada que no haya acontecido antes muchas, muchísimas veces, en el interminable girar de los eones. (...)


Nuestra noción de las largas eras geológicas que precedieron a la población humana del planeta y prometen sucederla, y nuestras cifras astronómicas para la descripción del espacio exterior y los pasos de las estrellas, pueden habernos preparado en cierta medida para concebir las dimensiones matemáticas de la visión; pero apenas alcanzamos a intuir su relación con una filosofía práctica de la vida.Así que fue una gran experiencia para mí cuando, leyendo uno de los puranas, topé con el mito brillante y anónimo que he contado al principio del capítulo. De repente, las tandas de números vacíos se llenaron de vida dinámica. Se revelaron repletas de valor filosófico y de significación simbólica. Tan vívida fue la explicación, tan poderoso el impacto, que no necesité disecar la historia para extraer su significado. Era fácil entender la lección.Los dos grandes dioses, Visnu y Siva, instruyen sobre el mito a los oyentes humanos mediante la enseñanza de Indra, rey de los olímpicos. El niño prodigioso que resuelve los enigmas y derrama sabiduría con sus labios infantiles es una figura arquetípica corriente en los cuentos maravillosos de todas épocas y de muchas tradiciones. Es una versión del Niño Héroe que descifra el enigma de la Esfinge y libra al mundo de los monstruos. Es igualmente la figura arquetípica el Anciano Sabio, ajeno a la ambición y a las ilusiones del ego, atesorando e impartiendo la sabiduría que hace libres, destruyendo la esclavitud de los bienes materiales, la esclavitud del sufrimiento y el deseo.
Pero la sabiduría que se enseña en este mito habría sido incompleta si la última palabra hubiese sido la de la infinitud del espacio y el tiempo. La visión de innumerables universos surgiendo a la existencia unos junto a otros, y la lección de la serie interminable de Indras y Brahmas, habrían anulado todo el valor de la existencia individual. Este mito establece un equilibrio entre esa visión ilimitada y sobrecogedora y el problema opuesto del papel limitado del individuo efímero. Brhaspati, sumo sacerdote y guía espiritual de los dioses, encarnación de la sabiduría hindú, enseña a Indra (es decir, a nosotros, los individuos confusos) cómo dar a cada esfera lo que le corresponde. Se nos enseña a reconocer la esfera divina, impersonal de la eternidad, girando siempre y eternamente a través del tiempo. Pero se nos enseña también a estimar la esfera transitoria de los deberes y los placeres de la existencia individual, que es tan real y vital para el ser humano como un sueño para el alma durmiente.


Hee Sung Lee, La rueda de la vida. Oleo sobre papel 2004


Lecturas:

Heinrich Zimmer, Mitos y símbolos de la India. Siruela 1995

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4 comentarios:

dijo...

Hermoso!!

Siempre espero ansioso una nueva entrada para saborear un poco de sabiduria!

Muchas Gracias!

Saludos!

Mabel Ocampo dijo...

El relato encierra una sabiduría profunda, como un manantial de aguas siempre renovadas..Entiendo que haya tenido para vos, en su momento, el significado que le atribuís, algo así como "correr un velo", "darse cuenta" "visualizar con claridad aquello que no ha podido hasta entonces el intelecto"..Es importante ese rescate de la historia individual, la atribución de un sentido último en el devenir de los tiempos. Cierto es que cada civilización -antes y ahora- se ha creído poseedora de la verdad absoluta. Las nociones de tiempo y espacio son construcciones humanas, por lo tanto adolecen de ciertos ángulos de mira, un sesgo particular, social, comunitario, cultural...En el decurso del mito rescato también un punto que, desde mi modesta mirada, es trascendental. La existencia entraña un sentido, aún cuando cueste vislumbrarlo con claridad. La ambición humana es decididamente inútil pues nada permanecerá intacto. El cambio es el motor de la existencia y la muerte no es monstruosa, es sólo un cambio más. Te agradezco infinitamente el haber publicado esta nota, el tiempo que has dedicado a leer e investigar y tu voluntad de compartirlo. Con afecto, abrazo!

Jan dijo...

Saludos anónimo visitante.

Me gusta eso de saborear la sabiduría. De echo hay quien dice que al saber se llega por el sabor. Una satisfacción que lo que aquí se cocina pueda ser de gusto a tu paladar.

Jan dijo...

Hola Mabel,

la verdad que cuando leí el relato hace ya unos cuantos años no me dejó indiferente. Me sigue pareciendo una narración mitológica de gran profundidad y belleza, estimulante para abrirse a una visión que trasciende la realidad adquirida, de la construcción heredada en la que de alguna forma estamos prisioneros. La sabiduría que encontramos en los mitos, pueden ser puertas que se abren, que liberan de aquello que creemos ser, y como este, un golpe contundente dirigido al Indra que todos llevamos dentro con el que sacarlo del sueño.

Muy sugerentes las reflexiones a partir de la lectura que aquí nos dejas.

Abrazos